Recuerdos de lo que todo el mundo, al menos en España, entiende cuando escucha Onceeme: el 11 de Marzo de 2004.
Ese día yo estaba en Holanda, más o menos en el ecuador de mi beca Erasmus. Eran más o menos las 10 de la mañana y yo seguía durmiendo; no sé si porque ese día no tenía clase, o porque había decidido no ir. Me despertó el ruido de alguien llamando a la puerta de mi habitación. Mi primer pensamiento fue cagarme en mis compañeros de piso, que seguro me llamaban para alguna chorrada. Estaba tan dormida que, en lugar de abrir, pregunté qué querían. Una voz en español me respondió:
- Miriam, perdona que te despierte, pero es que está saliendo Madrid en la tele. Han puesto una bomba o algo así.
Era la novia española de uno de mis compañeros holandeses, que estaba pasando unos días con nosotros. Ni que decir tiene que se me abrieron los ojos como platos. De inmediato abrí la puerta, y la chica repitió con cara de mucho apuro lo que acababa de decir. Me dijo que lo estaban echando en la tele, y salí como una bala a la sala común. En la televisión tenían puesta la CNN, o la BBC, o yo que sé cuál. La primera imagen que vi, y la que tuvieron puesta casi toda la mañana, fue de un tren de Cercanías tumbado en lo que parecía ser la entrada a Atocha.
Un tren de Cercanías como los que yo había usado a los 16 años para ir al centro de Madrid, a los 20 para ir a la facultad, y entre medias alguna que otra vez para ir a trabajar. Un tren de Cercanías como el que mis compañeros y amigos seguían usando cada día para ir a la universidad. Un tren de Cercanías como los que cogían cada día mis familiares para ir a trabajar. Una de las bombas había explotado en la estación de El Pozo, a diez minutos de la casa de mi abuela.
En cuanto medio comprendí lo que estaba pasando, fui corriendo a por el teléfono. Llamé a mi madre, llamé a la casa de mi abuela, y nadie me contestaba. Pasé los que siguen siendo los 20 peores minutos de toda mi vida, llamando a un teléfono detrás de otro sin tener respuesta. Finalmente conseguí dar con uno de mis hermanos, que contó exactamente lo que yo quería oír: estaban todos bien. Mi madre y mis tías estaban a punto de salir de casa cuando les llamaron para decir que no fueran a la estación del tren. Más tarde, me enteré de que justo ese día había huelga en la universidad, y nadie había ido a clase.
Aliviada pero todavía en shock, pasé la mañana pegada al televisor con mis compañeros de piso, que se portaron de forma excepcional como siempre. Por la tarde estuve con un compañero español, también de Madrid. Una y otra vez me hacía una pregunta un poco estúpida: ¿Por qué me ha pillado aquí? ¿Por qué no puedo estar allí, sufriendo con los míos? ¿Sufriendo con Madrid?
Algo que mucha gente no sabe, es que me siento madrileña hasta la médula. Echo muchas pestes de Madrid, y hace muchos años (concretamente, desde que volví de Holanda) que descarté la idea de establecerme allí. Pero estoy orgullosa de mi ciudad, de mi Comunidad. Amo Madrid. Todo lo que le duele a Madrid, me duele a mí.
En la Universidad de Nijmegen tuvieron el detalle organizar unos minutos de silencio en homenaje a las víctimas del atentado, y sobre todo en apoyo a los españoles que estábamos allí. Me los pasé todos llorando como una cría. Porque me dolía mi Madrid, y sobre todo porque quería abrazar a los míos y sentir en mi carne que realmente estaban bien.
En Mayo fui a Madrid de visita. Me quedé aplastada por la sensación de tristeza extrema que todavía lo impregnaba todo, aún dos meses después del atentado. La gente iba callada y cabizbaja. En el tren a Parla no se oía una mosca, salvo los soldados con metralletas, o como se llame la pedazo de arma que llevaban, que patrullaban los vagones arriba y abajo (muy adecuado para mantener el ánimo, claro que sí) Cada vez que entraba alguien con una mochila, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Creo que todavía a día de hoy, muchos madrileños se mosquean un poco cuando alguien entra en un Cercanías y deja una mochila más o menos apartada.
Una chica de mi facultad murió en los atentados, pero no la conocía. Afortunadamente, gracias a quien quiera que tenga mano en esto, nadie de los míos murió ni quedó herido aquel 11-M. Pero muchos otros, miles de otros, sí.
Ya casi nadie se acuerda del 11-M, salvo cuando llegan los políticos o sus simpatizantes a tocar los cojones, demostrándonos una vez más que son infraseres a los que poco o nada les queda de humanos. Los familiares de las víctimas y los heridos, claro que se acuerdan. Cada día. El resto de los madrileños hemos seguido con nuestras vidas, pero a ellos los pararon aquel 11 de Marzo de 2004. Y todavía hoy, hay quien se permite el lujo de despreciarlos, de ningunearlos o incluso directamente escupirles en la cara.
Sólo quería compartir mis recuerdos de aquel día, para seguir recordando yo también, y apoyando a los que sufren aunque sea desde la distancia. Que sepan que no están solos, y que los que tenemos la suerte de conservar a los nuestros sanos y salvos, ni podemos ni debemos olvidar.
Estoy en una edad (los 30), en la que muchas de las personas de mi generación y próximas a ella o bien ya tienen un hijo, o están embarazados, o a la búsqueda de estarlo. Esto, que en principio no tiene nada de particular, para mí crea una situación nueva. Además de estar empezando una nueva etapa de mi vida, dejando atrás la era veinteañera, me encuentro con una presión social intensificada alrededor del hecho de tener hijos. Hace algunos años, era una pregunta que surgía de vez en cuando, más como curiosidad acerca del proyecto vital que como confirmación de una realidad. En los dieciochos, diecinueves y veintipocos es algo que todo el mundo ve demasiado lejano en el tiempo como para darle importancia. Pero en los veintimuchos y treintas, la cuestión ya se convierte realmente en un "Qué vas a hacer".
No quiero tener hijos. Es algo que he tenido claro desde que tuve uso de razón para estas cosas, porque no recuerdo haber pensado de forma diferente. Jamás he sentido ni el más mínimo impulso maternal. Es una decisión consciente sobre cómo quiero que sea mi vida. Basada en mi impulso personal, en los cambios que he visto operar en las vidas de mis familiares cuando han tenido hijos, y en mi propia experiencia con niños cuando he tenido que cuidar de mis primos pequeños.
Y sin embargo, muchas personas siguen pensando que es un discurso de jovencita rebelde. Que "Ya se te pasará" o que "Verás cómo te entran las ganas". Pues no. A esta edad ya soy dueña de mis recursos y de mi tiempo, y afortunadamente, también de mi cuerpo. Y decido queno quiero ser madre.
Como en estas cosas siempre hay que hacer un disclaimer para que no parezca que te estás metiendo con quienes han tomado la otra vía, aclaro que no tengo nada en contra de quienes deciden ser padres. Para empezar, no tendría ningún sentido, a pesar de que me preocupa que seamos más de 7 mil millones de personas y sigamos creciendo porque millones de personas se mueren ya de hambre y muchos más van a morir. Pero ese es otro debate completamente diferente. Me parece estupendo que la gente, sola o en pareja, decida tener hijos. No me molesta que la gente me hable de sus hijos; excepto que se trate del típico discurso de "Mi hijo es el más guapo y el más mejor", que no lo soporto en ninguna de sus variantes. Hace poco conocí al hijo pequeño de una compañera de trabajo, y me hizo ilusión, a pesar de que no suelo disfrutar la compañía de los niños más que un rato corto. Así que no, este no es un texto dirigido a todos los padres en general. Sino a los padres y madres militantes, que te presionan para que tomes la misma decisión que ellos.
Lo que pido es el mismo respeto para mi decisión. No quiero aguantar a los padres y madres militantes, que vienen una y otra vez a intentar convencerte de que lo mejor que puedes hacer con tu vida es poner un loco bajito en ella. Entiendo esta forma de ver las cosas en personas de cierta edad o de otros contextos socioculturales. Fuera de eso, empiezo a estar bastante cansada de quienes vienen a contarme las mil y una bondades de la paternidad para que me una al club de los padres felices. En serio, no hace falta. Me las sé de memoria porque me las ha contado todo el que le ha parecido oportuno, le hubiera pedido que lo hiciera o no. Yo no te voy a contar las muchas cosas que me llenan en mi vida y de qué modo lo hacen, entre otros motivos porque es algo íntimo que sólo comparto con quien yo elijo hacerlo.
Ese es otro aspecto de la paternidad militante que me enerva: las explicaciones. Esperan que tras la afirmación "No quiero tener hijos" vengan los por qués. No es sólo que debas explicarlo. Puedo entender que alguien tenga la sana curiosidad de saber por qué otra persona ha escogido una opción vital distinta de la suya; ha habido quien ha preguntado con esa intención. El problema viene cuando el objetivo de la explicación es tener que justificarte. El padre o madre militante espera que le ofrezcas una o varias razones convincentes para que acepte tu decisión como válida. Obviamente, nunca lo va a ser, porque las contraprestaciones de tener un hijo siempre serán mucho mejores. Yo encantada de que estés encantada con tu maternidad, pero eso no te da derecho a cuestionarme. La única persona ante la que tengo que justificarme, en todo caso, soy yo misma.
Reflexionando sobre el tema, he llegado a la conclusión de que detrás de todo esto hay mucho de una convicción muy arraigada: que una mujer sólo llega a realizarse completamente como mujer, y por extensión como persona, a través de la maternidad. Sobra decir que no estoy nada de acuerdo. En nuestro conexto cultural y en este primer mundo que tenemos la suerte de habitar, tanto hombres como mujeres disponen de muchas otras opciones para llenar sus vidas aparte de formar una familia. Yo me siento tan plena cuando toco el violonchelo y suena bien, como una madre que abraza a su hijo. "¡Hala! ¡Qué dices! ¡Estás loca!", dirán los padres y madres militantes, echándose las manos a la cabeza. Pues no, señores. La experiencia humana es así de rica y variada, y la paternidad no tiene la exclusiva de la realización vital.
Sin embargo, está idea está tan anclada en nuestro fuero interno, que yo misma he caído en ella a pesar de tener siempre las ideas tan claras. Tuve una profesora de lingüística histórica, que solía afirmar que el momento más importante de su vida fue cuando le dieron el doctorado. Por su edad deduje que debía tener hijos, y me pareció una barbaridad que la mujer afirmara que ése había sido el momento más importante de su vida, en lugar del nacimiento de sus hijos. A día de hoy, me doy cuenta de cuánto me contradije a mí misma con ese pensamiento. ¿Y por qué no? Incluso aunque tenga familia, ¿por qué lo más importante para una mujer no puede ser su carrera académica? Para muchos, la respuesta es que lo más importante para una mujer es ser madre. Y si decide no serlo, siempre será menos mujer.
De eso nada, señores. Gracias a muchas mujeres que lucharon para que tuviéramos esta opción, y a mi lucha personal por vivir la vida tal como quiero hacerlo, soy una mujer muy plena. Bastante más que muchas mujeres desgraciadas con sus hijos. Porque no me cuenten eso de que los hijos dan la felicidad automática, ni de que todos los padres están encantados y felices de la vida con sus hijos. Si eso fuera así, no habría parejas que tienen hijos porque piensan que eso arreglará su relación, para luego verla hundirse más todavía; y muchos psicólogos se arruinarían porque no habría personas con problemas de dependencia porque no recibieron el cariño suficiente; o que no saben dejar de exigirse a sí mismos porque para sus padres siempre había un escalón más alto; o con el autoestima por los suelos, porque sus padres esperaban tener un mini-yo mejorado y se encontraron que su hijo no tenía nada que ver con sus sueños.
Mi profesora, o Doctora como a ella le gustaba que le llamasen, era bastante tremebunda pero aplaudo su valentía para afirmar qué había supuesto realmente el punto culminante en su vida. Padres y madres militantes, os digo que el día que vuelva a tener un violonchelo entre las manos seré la mujer más feliz del mundo. Y no lo cambio por todos los hijos de la tierra.
En esta España mía, esta España nuestra, cada vez se cocina menos y peor. Ahora que tengo un poco de experiencia, me gustaría ayudar con algunos de los principales miedos atávicos que se tienen cuando se empieza a cocinar. Por si alguien que no se ha metido aún entre fogones o acaba de empezar, lo encuentra útil.
Me hubiera gustado que me contaran que:
- Cada cocina es un mundo, y cada horno un universo paralelo: eso quiere decir que, aparte de que como todos sabemos no es lo mismo cocinar en gas que en vitrocerámica, no es lo mismo cocinar en la vitro de casa de tu madre que en la tuya. Cada aparatejo tiene sus propias temperaturas, sus propios trucos... que sólo se aprenden a medida que se cocina en él. Una receta que te salía perfecta puede resultar un desastre cuando te cambias de casa y la haces como siempre. La receta que te da tu amigo o tu madre, que a ellos les sale de muerte, puede no resultar tan bien cuando la haces tú en casa. Y gran parte de la culpa será de que necesitas descubrir los tiempos y temperaturas de tu cocina que son adecuados para esa misma receta. Lo cual nos lleva al segundo punto.
- A cocinar se aprende cocinando: esto, que parece una perogrullada, no siempre lo tenemos tan claro cuando damos nuestros primeros pasos en la cocina. Puede que tu primera lasaña te salga de lujo, pero lo normal es que la primera vez que haces una receta te salga más bien regulera. No hay que desanimarse, sino aprender de lo que hemos hecho mal. Compensa con creces la satisfacción de hacer una receta la segunda vez y comprobar que te ha salido mucho mejor.
- Empieza por lo fácil: otra perogrullada, pero que muchas veces nos saltamos por intentar hacer algo que tiene una pinta tremenda, o porque queremos probar a hacer ese plato que a nuestra madre le queda de lujo. Para empezar lo mejor es buscar recetas que te gusten y que sean sencillas: es decir, con pocos ingredientes. Frustra muchísimo gastarte el dinero en comprar los ingredientes precisos y pasarte un par de horas de pie en la cocina para que luego te salga un bodrio. Si te gusta la pasta, prueba con una receta de pasta que sea fácil y te apetezca probar. Los buenos resultados animan a seguir mejorando y experimentando.
- Es importante controlar los tiempos: los tiempos en cocina son muy importantes. Por ejemplo, para saber que mientras estás cociendo algo debes picar otra cosa para luego añadírsela en el momento adecuado. Generalmente, en las recetas escritas viene el orden en el que se tienen que hacer los pasos. Pero como todo, se aprende fundamentalmente con la práctica. Presta atención a si el arroz se te quedó muy pasado porque tardaste mucho en picar la verdura: probablemente quiere decir que la próxima vez tienes que picar la verdura en cuanto empiece a cocer el arroz. Prueba a hacerlo la próxima vez que prepares el mismo plato, y si te sale bien, ya has descubierto un truco!
- Es fundamental tener los instrumentos adecuados: y no me refiero a tener miles de cacharros (que los acabarás teniendo a poco que te aficiones a cocinar) Hablo de un par de buenas tablas de cortar y al menos un cuchillo bueno. No seas como yo, que han pasado años desde que empecé a cocinar hasta que me decidí a hacerme con unos porque pensaba que era una inversión que podía esperar. El 60% y muchas veces hasta el 80% de la cocina está en la preparación de los alimentos. Tener un buen cuchillo y una o dos tablas (yo tengo una de plástico para verdura y otra de madera para carne y pescado), hace que la parte más coñazo de la cocina sea más cómoda y rápida. Ergo, mayor motivación. Lógicamente hay que tener cuidado con los cuchillos. Manejarlos no es difícil, teniendo cuidado y yendo despacito al principio. En internet hay vídeos como este que enseñan cómo manejar el cuchillo, pero yo he aprendido un montón viendo programas de cocina.
- El horno no es un centro de control de la NASA: es decir, que no es tan difícil de manejar. Con seguir las indicaciones de las recetas respecto a tiempo y temperatura es más que suficiente. Y en el 99% de los casos, el proceso se reduce a:
1. Seleccionar temperatura (siempre, siempre, viene una ruedita con números, no hay que hacer integrales triples para averiguarla)
2. Dejar precalentar. Que caiga el mito: precalentar el horno no es una ancestral técnica reservada a los mejores cocineros. Consiste simplemente en encender el horno unos 10 minutos antes de utilizarlo, para que cuando metamos la comida ya haya alcanzado la temperatura.
3. Meter cosas ricas crudas
4. Esperar sin hacer NADA el tiempo que indique la receta
5. Sacar cosas ricas cocinadas
El otro 1% de los casos es cuando tenemos que abrir el horno y pinchar la comida con un cuchillo para ver si está hecha. Así que no nos vuelva a echar para atrás hacer una receta porque necesita tiempo en el horno.
- La olla exprés, ese aparato del diablo que echa vapor como si no hubiera mañana: Tu madre se mete en la cocina, hace alquimia con un montón de ingredientes de los cuales no conoces ni el nombre, pone ese cacharro de brujería en marcha, y lo siguiente de lo que tienes conciencia es que te estás comiendo un cocido de los que hacen afición. Pues que sepas que la olla exprés es el mejor invento de la humanidad después de la Baticao. Metes los ingredientes todos juntos, la tapas, esperas los minutos que digan las instrucciones de la olla, la destapas, y a comer. Que has oído rumores de que hay que contar cuando empieza a pitar y no sé qué rituales arcanos? Simplemente hay que contar el tiempo a partir de que empieza a echar vapor, o baja el pitorrito, o se ilumina en verde, o lo que haga tu olla para decirte que ya ha cogido presión. Lo pone en las instrucciones, así que si sabes leer, puedes hacerlo.
Cocinar da muchas satisfacciones, no sólo para ti sino para los que viven contigo. Es una pasada sentarse a comer algo que has hecho tú y decir: "Pues no es porque lo haya hecho yo, pero está cojonudo".
No hace falta tener una gran afición ni ser un experto; no es estrictamente necesario que en cada casa haya un "cocinillas", aunque sí estaría muy bien. Pero si al menos te haces con unas pocas recetas que te gusten y sepas preparar bien, verás que puedes comer mucho mejor y más sano.
Espero que esto anime a alguien a preparar más comidas caseras y aparcar los precocinados y congelados cuanto más, mejor.
Pongo algunas webs que me ayudaron en mis primeros pasos (y también ahora):
Javi Recetas: Blog ideal para empezar. Tiene recetas "normales" de toda la vida: gazpacho, berenjenas rellenas, espaguetis. Los ingredientes que usa son siempre de los que compramos normalmente, y todas están contadas paso a paso, como para una persona que no tenga idea de cocinar. También tiene algún post de técnicas de cocina (por ejemplo, para aprender a trocear champiñones)
Eroski Consumer - Alimentación: Para aprender sobre los alimentos, costumbres alimentarias y un montón de cosas. Lo más útil es que tiene calendarios para saber qué frutas y verduras están en temporada en cada mes del año. También tiene recetas, que suelen ser bastante sencillas, y lo mejor, con muy pocos ingredientes.
Blog de Cristina Galiano: Es como si tu madre escribiera un blog. Tiene consejos sobre cómo conservar los alimentos, congelarlos, cocinar un día para varios... lo mejor son las recetas para olla exprés y microondas.
La televisión no es todo aburrimiento y programas basura. También tiene sus cosas buenas. De vez en cuando, incluso te hace algún descubrimiento. Como me pasó años antes de independizarme, en una de esas tardes despistadas de fin de semana, cuando una no sabía muy bien si dormir la siesta o seguir con los ojos abiertos por si casualmente daban algo interesante en la tele. En esos momentos de indecisión amodorrada he llegado a ver no pocas películas que han merecido la pena, y una de ellas fue What’s Love Got To Do With It, el biopic de Tina Turner.
Como película, lo más destacable son las impresionantes actuaciones de Angela Bassett como Tina y Laurence Fishburne como Ike Turner. Por supuesto, también es interesante conocer detalles, sean más o menos ajustados, sobre una de las parejas más importantes de la historia de la música. Para mí, lo más importante de la película es su valor como la historia de una mujer que es una pura fuerza de la naturaleza.
Hasta que vi What’s Love..., para mí Tina Turner era una y un todo con uno de los sketch más famosos de Martes y Trece, y posiblemente mi favorito. Algo hubo en la historia de Tina, o en la película, o en la representación de Angela Bassett, que trastocó esa imagen por completo. En la última escena de la película, cuando la imagen deja de ser la de Angela Bassett haciendo de Tina Turner y se convierte en la propia Tina, se me pusieron los pelos de punta. En los títulos de crédito ya sentía una gran admiración por la mujer y la artista.
Tina Turner es, probablemente, la artista femenina en solitario más respetada. Y digo respetada, como intérprete y como persona, con toda la intención de usar esa palabra. Es la única, o al menos la única cantante que se me viene a la mente, capaz de derrochar sensualidad encima de un escenario sin acercarse ni de lejos a la pornografía barata que venden demasiadas mujeres en el mundo de la música. También es un ejemplo de superación y de fuerza, de cómo seguir siempre adelante; superando no sólo unas duras circunstancias personales, sino el declive de una carrera que había sido fulgurante, volviendo a la primera línea años después.
Algo que yo no sabía y aprendí por la película, es que Tina se convirtió al budismo a principios de los 70; y según ella, su conversión le dio las fuerzas que necesitaba para superar su pasado y relanzar su vida y su carrera. Con la utilización frívola del budismo que suele haber por parte de muchos famosos, este dato me aportó aún más respeto por ella.
Curiosamente, a pesar de que What’s Love... me influenció profundamente y añadió la figura de Tina Turner a mi ideario personal, no fue hasta mucho más tarde que me decidí a bucear un poco en su música. Ocurrió un día que en la radio del autobús comenzó a sonar la canción que da título a la película.
Ya en la era de Youtube y el mp3, pude dedicarme a indagar en el legado de Tina Turner y también de su carrera con Ike Turner. Me encontré lo que era de esperar: una fuerza arrolladora que entra por todos los poros de la piel y electrifica los sentidos, incluso aunque se escuche en la somnolencia de los auriculares un lunes por la mañana.
Con el paso de los años, Tina ha perdido parte de la voz como les pasa a todos los cantantes con la edad. Como mujer coqueta que se nota que es, también ha intentado permanecer físicamente en una juventud que continúa en su increíble energía, esa que seguramente seguirá notándose entre nosotros cuando ella no esté. Y efectivamente, esos pelos que llevaba en los 80 parecen un helecho. Pero para mí, que también he tenido una historia dura y difícil, lo más valioso que me ha dado es el ejemplo de su fuerza incansable. De esa presencia arrolladora que no tiene miedo de pisar bien fuerte con un tacón de mujer y decir, mirando de frente y con una gran sonrisa: "Aquí estoy yo. Aquí sigo. Nada ni nadie puede conmigo".
Las asociaciones mentales pueden desencadenarse en los elementos más inesperados. Jugando a los Sims, me encontré con que los desarrolladores habían dotado a uno de los barrios con una zona de bayou. El bayou es una especie de marisma que forman los brazos del río Mississippi en la zona del sur de Louisiana; y yo lo sabía porque no hace mucho leí el relato Beyond the bayou, de Kate Chopin, que encontré en la tremenda colección incluida en mi e-book.
El relato en sí es una historia bastante sencilla de superación personal de las propias limitaciones mentales, encarnadas en la barrera física del bayou, que separa el hogar de la protagonista principal de un mundo exterior al que sólo sus propios miedos le impiden acercarse. La metáfora es mucho menos sutil y refinada que la utilizada en The Yellow Wallpaper por Charlotte Perkins Gilman. El patrón del papel amarillo actúa como los barrotes de la jaula mental de la protagonista, donde se encuentra encerrada su identidad como mujer, y aparentemente también su salud mental. Aunque el relato de Kate Chopin esté bastante menos elaborado, merece la pena leerlo por disfrutar de la maestría narrativa de la Chopin y especialmente sus descripciones del bayou.
Beyond the bayou y The Yellow Wallpaper tienen también en común la presencia de la madwoman, ese icono tan característico de la eclosión de la escritura femenina en el mundo anglosajón a mediados y finales del siglo XIX. Sandra Gilbert y Susan Gubar estudiaron la representación de la madwoman en su ya clásico The Madwoman in the Attic; la figura de la mujer loca como el opuesto natural del "ángel doméstico", quizás también representación del temor de las propias mujeres de la época a perder la cordura si perdían el papel que la sociedad les imponía como el único aceptable. Ese "monstruo" femenino que debía permanecer encerrado, tras el papel amarillo, entre los límites del bayou, o en el ático del hogar y la memoria como en Jane Eyre.
La obra más conocida de Kate Chopin, The Awakening, también explora las limitaciones de la mujer en su época, pero desde otra perspectiva distinta, incluyendo las relaciones amorosas. El cuestionamiento del matrimonio y sobre todo la posibilidad de encontrar el amor fuera de él no era un tema frecuente en la literatura femenina de la época, por lo que no es de extrañar que su publicación levantara un enorme revuelo. Éste es sólo uno de los temas que The Awakening trabaja en varios niveles distintos; por esto, y por la gran habilidad literaria de Kate Chopin, es una lectura que recomiendo sin ninguna duda.
Afortunadamente, el concepto SGAE aún no ha puesto sus patazas en el mundo anglosajón, así que estas obras se pueden leer de forma gratuita y completamente legal (en el inglés original, pero seguro que al menos The Awakening es fácil de encontrar en español):
Para informarse sobre estas obras y su interpretación, es preferible no recurrir a la Wikipedia; algunas entradas están para mi gusto demasiado influenciadas por prejuicios sobre el feminismo, y desde luego carecen de un conocimiento profundo de las mujeres escritoras y sus obras en este periodo. La información que se puede encontrar en webs específicas sobre las autoras y especialmente en las webs de universidades, es de mucha mejor calidad y más objetiva.
Como antes no había (ni creo que haya ahora, ni que vaya a haber) en la educación obligatoria una asignatura de Literatura Universal en condiciones, y como por deformación profesional tiendo a centrarme en la literatura anglosajona, hasta ahora no había oído hablar de quien está considerado como el mejor poeta de la literatura rumana: Mihai Eminescu.
Ventajas de trabajar con personas de otros países, hace poco conocí, además de su nombre, el poema que se aprenden todos los niños rumanos al igual que los niños españoles nos aprendemos la Canción del pirata de Espronceda.