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Metal Percutido

"...cuyos martillos activados por teclas percuten placas de metal en lugar de cuerdas tensas."


Momentos absurdos de la evolución humana

 Hombre Prehistórico está un buen día nadando en el mar, y ve una criatura no muy grande, con la piel brillante. 


- ¡Anda, un bicho que brilla! Oooohhh, brillanteeee... ¿Se podrá comer?


El bicho, que es un pez, mira con su ojo plano a Hombre Prehistórico; con esa cantidad de inteligencia que se mantiene inalterada en los peces, deduce que Hombre Prehistórico está pensando en zampárselo. Así que se va pitando, sin disimular ni nada. 


Hombre Prehistórico, al que podemos llamar O Rly, es muy cabezota cuando decide que quiere comerse algo. Así que se pone a perseguir al pez. 


Lo persigue y lo persigue, durante horas y horas. Y gracias a la cabezonería que es la gran ventaja evolutiva de la especie de O Rly, finalmente consigue atraparlo. Con los dedicos de las manos y los pies arrugados, O Rly sale del agua tan contento con su pez.


- Puaaaaaajjjjjjj ¡Qué peste echa este bicho!


 O Rly no puede oler nada debajo del agua, pero fuera de ella el bicho brillante se convierte en un bicho apestoso. MUY apestoso. 


- Bueno, ya que me ha costado tanto cogerlo...


Horas y horas de perseguir al bicho apestoso no pueden haber sido para nada. Así que O Rly, que con su brillantez cavernícola ha deducido que bicho apestoso debe tener tripas, lo abre para limpiarlas.


- Puaaaaaajjjjjj ¡Qué cosa más asquerosa!


El bicho brillante ahora es un bicho apestoso Y asqueroso. O Rly está a punto de darlo por perdido, pero claro, tantas horas arrugándose en el mar no pueden tirarse a la basura así como así. 


Para olvidarse un poco del asco que ha pasado limpiando el bicho apestoso y asqueroso, O Rly se concentra en encender un fuego. Más animado con el calorcito, ensarta al bicho en un palo y lo pone sobre la hoguera. 


- ¡O Rly! ¡¿Pero qué es esa mierda que has puesto al fuego?!


Desesperado, O Rly se da una palmada en la frente. En una lógica consecución de las leyes naturales, del bicho apestoso y asqueroso sale un olor nauseabundo que además se extiende por todo el campamento.


Pero O Rly no es un homínido que se acobarde ante las miradas cabreadas de unos cuantos monos bípedos, así que sigue asando su bicho hasta que piensa que está listo. 


- Anda, ¡qué bueno está! ¡Mañana cogeré otro!


Y así, trillones de cienes de años después, los descendientes de O Rly seguimos haciendo exactamente lo mismo que él.



¿Por qué, Humanidad? ¿Por qué?



 


Próximo capítulo: Del voy a comerme un bicho con pinta de alien chungo al pulpo a la gallega. 

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Tercer Premio del Jurado en el II Certamen de Microrrelatos de Terror del Museo del Romanticismo

 Durante estos años de idas y venidas he compartido muchas cosas con los amigos areneros; mis impresiones sobre los paisajes que he visto, los poemas que me han salido del alma, las veces que me he asomado al abismo de la depresión, y el encuentro de la felicidad junto al mar. 


No quería dejar de compartir una gran alegría que me llevé ayer: como reza el título larguísimo del post, he ganado el Tercer Premio del Jurado en el II Certamen de Microrrelatos de Terror del Museo del Romanticismo. Un concurso pequeño y cuidado, como el mismo Museo del Romanticismo, y en el que me hace mucha ilusión haber participado y que el jurado haya considerado mi microrrelato digno de premiarse. 


El relato en cuestión se titula "Crema de Mantequilla", y se puede leer junto al resto de premiados en esta presentación que ha preparado el Museo:




 

También para los que estéis en Madrid, si os pasáis por el Museo del Romanticismo (C/ San Mateo, 13, Metro Tribunal), hasta el domingo podréis coger de forma gratuita una de las graciosas ediciones que ha preparado Nanoediciones de los ganadores del Premio del Jurado y del Premio del Público. ¡Yo tendré que esperar a que el Señor Correos me traiga la mía!

Con este Tweet que os pego podéis haceros una idea de cómo han quedado.


Es la primera vez que me encuentro entre los premiados de un concurso. He presentado otros textos a alguno que otro, siempre sin resultado. Más que para ganar, para motivarme a escribir. Cuando nací, alguien debió quedarse con mi ambición, porque soy la persona menos ambiciosa que conozco. Ni fama, ni dinero, ni reconocimiento significan nada para mí. Y a pesar de que esto me permite vivir de forma mucho más tranquila mis aspiraciones, también es un arma de doble filo que puede acabar con la motivación. Si a esto le añadimos inseguridad y timidez, participar en algún concurso en no pocas ocasiones ha sido lo único que me ha movido a escribir algo nuevo. 


Así que me hace mucha ilusión que este II Certamen de Microrrelatos de terror no sólo me haya animado a escribir "Crema de mantequilla", que ya tenía en mente de hace tiempo pero nunca me decidía a plasmar, sino que también lo hayan considerado digno de reconocimiento.


Además me resulta una inyección de "ego", ya que hace poco que descubrí el formato de microrrelato y apenas he escrito tres o cuatro antes que éste. Conocí la existencia de los microrrelatos en el espacio Relatos en cadena de La Ser, y desde entonces me he ido enganchando a estas píldoras condensadas de literatura. 


Aprovecho para dar las gracias a todos los amigos de Libro de Arena, que con tanto cariño me reciben cada vez que vengo por aquí. Me llena de calor leer vuestros comentarios y vuestros blogs, en los que se derrocha un talento que merecería ganar muchos concursos. Este premio también es vuestro, que me habéis animado muchas veces a escribir y a recuperar la fe en mis versos con vuestros comentarios.


Un beso enorme a todos, nos seguimos leyendo.

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Cometas

Tenemos prejuicios y opiniones prácticamente para todo; incluso cuando declaramos no tener una opinión sobre algo, en realidad sí la tenemos, sólo que quizás no hemos pensado demasiado en ella y no nos sentimos seguros de mostrarla al exterior.


Tomando estos juicios previos como punto de partida, somos capaces de construir universos enteros de creencias e incluso de preferencias: nos dejamos guiar por este universo de ficciones para decidir si algo nos gusta o no. En multitud de ocasiones nos conducimos como los niños que rechazan la comida antes de haberla probado.


Este tipo de opiniones eran las que me había construido yo sobre las cometas. Podía entender que los niños, esos animalitos hiperenergetizados capaces de repetir durante horas la misma acción, se entretuvieran con ellas. Pero se me escapaba del todo qué clase de motivación llevaba a varios adultos a manejar los cacharritos flotantes, y mirarlos encantados durante minutos sin fin.


Hasta que tuve la oportunidad de volar una cometa en esta playa (El Cotillo, en Fuerteventura)


 


En cuanto un amigo me dejó manejar la cometa que estaba haciendo volar, comprendí el encanto que llevaba a tantos adultos con sus cometas junto al Auditorio Alfredo Kraus. No solamente era el placer de jugar con el viento una vez que le cogías el truco al manejo de las cuerdas.


El solo acto de contemplar la cometa flotando en el cielo posee una especie de tranquilidad zen que inunda los sentidos y los apaga. Una paz perfecta en su simplicidad.

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Grados de perfección

 


Siempre he sido una persona muy deportista, y hay varios deportes que me gusta ver por la televisión: rugby, voleibol, natación, patinaje artístico... de entre ellos, hay tres a los que le tengo especial cariño, y que sigo desde que era muy pequeña: la gimnasia rítmica, la gimnasia artística, y más recientemente la natación sincronizada. Como son deportes minoritarios, muy pocas competiciones son retransmitidas, por lo que cada ocasión que tengo de verlos es especial. La última ha sido la que más recuerdo haber disfrutado: los Juegos Olímpicos de Londres 2012, muy bien llamados los juegos multimedia. Me lo he pasado como una enana comentando y leyendo comentarios sobre las pruebas por Twitter en tiempo real, siguiendo como podía en el trabajo las retransmisiones online de TVE, y consultando horarios y resultados en la web oficial de los Juegos. 


Creo que para todos los aficionados a la gimnasia en este país, las retransmisiones tanto de rítmica como de artística están completamente ligada a la voz de la grandísima Paloma del Río; una profesional como la copa de un pino que sabe retransmitir estas disciplinas tan difíciles de una forma entretenida y muy didáctica, siempre asumiendo que los espectadores no son expertos en el deporte. Además, lleva tantísimo tiempo haciendo estas retransmisiones que tiene un conocimiento enciclopédico de deportistas, entrenadores y personalidades varias.Hasta tal punto que, en la competición de rítmica de Londres 2012, escuché y vi cómo reconocía y llamaba por su nombre a uno de los empleados técnicos. 


Siguiendo estos Juegos tan cerca y tan en las redes sociales, me ha sorprendido leer algunos comentarios acerca de las retransmisiones de Paloma del Río, sobre lo minuciosa que es resaltando hasta los más mínimos errores de los gimnastas. La mayoría eran en tono cariñoso y de admiración por el buen hacer de Paloma; pero me pareció percibir un cierto grado de incredulidad en los comentarios de la gente menos "puesta" en el tema, como si no fuera necesaria tanta precisión. Y no he querido dejar de pasar la ocasión de aportar mis "dos céntimos", como dicen los ingleses, al respecto.


Y es que no sólo Paloma del Río tiene un ojo excelente para señalar lo que el jurado también va a ver, sino que nos ha enseñado a muchos amantes de la gimnasia a detectar esos mismos fallos, que distinguen a una buena gimnasta de una gimnasta excepcional. Después de años de ver gimnasia, sé que la diferencia entre una medalla de oro y una de plata puede estar en la posición de un pie, los milímetros de un lanzamiento o los grados de apertura de las piernas. Para quienes no estén muy rodados en estas cosas, estas distinciones les pueden parecer exageradas. Pero tienen que pensar una cosa: en los más altos niveles de la competición, lo que se está puntuando son diferentes grados de perfección. Por hablar de lo más reciente, cuando en una final te encuentras a dos gimnastas de la talla de Kanaeva y Dmitrieva, ¿cómo decides a cuál le das el oro y a cuál la plata, si ninguna comete errores ostensibles? Valorando esos pequeños fallos que el espectador corriente no ve.


Llegados a este punto, y aunque sólo he hablado de gimnasia, voy a meterme en el charco de las críticas que se hicieron a los de Gemma Mengual en las retransmisiones de sincronizada en Londres 2012. Especialmente en Twitter, muchos la acusaron de prepotente e incluso cruel. Yo escuché la mayor parte de esas retransmisiones, y no estoy nada de acuerdo con esas críticas. Por supuesto que había cosas que mejorar, y de hecho Gemma mejoró conforme avanzaba la competición. Pero su "pecado" fue resaltar claramente las diferencias en la calidad de los distintos equipos. La gente prefirió claramente el estilo de Almudena Cid, que en sus comentarios de rítmica intentaba hacer hincapié en el mérito de las gimnastas más inferiores; por muy encantador que esto pueda resultar, no se ajusta a la realidad de la competición. La cruda verdad es que suele haber un grupo grande de gimnastas (o nadadoras en el caso de la sincro) que su mayor aspiración es estar en la final, y una vez allí, mejorar el puesto de competiciones anteriores. Y muy por encima del nivel de estas deportistas, un grupo escogido de tres o cuatro que luchan por las medallas. Si hemos coincidido con una generación excepcional, habrá dos de ellas inalcanzables para el resto que lucharán por el oro. No todas son iguales, y no quiero que un comentarista cualificado me diga que lo son, porque no es verdad. La propia Gemma Mengual lo explica muy bien en esta entrevista.



Es cierto que en estos deportes, en los que la puntuación depende de un jurado, no solamente la perfección técnica y artística pesa en la nota. Sara Bayón, la entrenadora de nuestras "conjunteras" de rítmica lo comentaba en esta entrevista. Los grandes nombres siguen pesando mucho, y más que ninguno el de la Federación de Rusia. A pesar de los intentos de conseguir puntuaciones más objetivas, como los tres apartados o el jurado neutral de Londres 2012, seguimos viendo las clásicas injusticias. En rítmica concretamente, el ninguneo sistemático de las búlgaras, y últimamente la inexplicable aparición en las finales de gimnastas mediocres como Joanna Mitrosz y Caroline Webber (explicable la de Mitrosz por chanchullos que explicó Paloma del Río y ya me olvidé) 


Y sin embargo, para mí después de tantos años me sigo acercando a la tele con los ojos como platos para ver algunas notas, y sigo poniéndome en pie aplaudiendo como una niña cuando una de las grandes hace una actuación de las grandes y veo aparecer esos números rozando el 10. Y sigo escrutando como un aguililla esas actuaciones memorables, registrando esos fallos apenas perceptibles y pensando cómo registrará el jurado esos gestos en su escala de perfección. 


 Para terminar, aunque sea en una nota agridulce, no quería dejar de comentar la polémica que se está levantando estos días en torno a la destitución de Anna Tarrés, la seleccionadora de sincronizada. Una de las primeras cosas que me vino a la cabeza fue el recuerdo de otra polémica, la que rodeó a Emilia Boneva tras ganar la medalla de oro olímpica en conjuntos de rítmica en el 96. Siempre ha habido polémicas en estos deportes tan exigentes con el cuerpo de la mujer (curioso que nunca se haya dicho nada de las exigencias a deportistas masculinos); tengo que decir que era un poco horrible ver esos cuerpos de niñas esqueléticas, y me alegro de que la rítmica haya evolucionado en este sentido y lo que se vean ahora sean cuerpos formados de mujeres jóvenes. Pero en cuanto a estos asuntos turbios que salen después de las medallas, creo que nada se puede ver en blanco o negro. Me da la sensación que hay muchos intereses poco honestos, juegos de envidias y también de frustraciones. Además de mucho edulcoramiento de lo que significa el deporte de alta competición.


Los grados de excelencia que se consiguen en la televisión llevan detrás un sacrificio que no es sólo una palabra: es el símbolo de enormes cantidades de sufrimiento, físico y también mental. Porque aguantar la presión que supone el deporte de élite, salir a hacer un ejercicio impecable cuando estás a 0,100 de las chinas, abstraerte de los fallos que pueden echar al traste toda una temporada y mucho dinero, exige una fortaleza mental que no se cultiva con mimos y cariños. Yo misma no he estado tan cerca de un deportista así como para saberlo de primera mano, pero creo haber visto lo suficiente de ciertos deportes para entenderlo. 


Es discutible hasta dónde se puede llegar para formar a un deportista de élite, pero no podemos olvidar lo que realmente exigen los altísimos grados de perfección que llegan a nuestras pantallas. Por mi parte, de momento seguiré agradeciendo a gimnastas y nadadoras lo muchísimo que disfruto gracias al enorme esfuerzo que ellas hacen día tras día.


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Barcos de Vela

Barcos de vela

Pesadas y gruesas amarras

caen y se deslizan

lentas, en el agua

Serpientes pitón del pensamiento



Crujir de madera

Orgánica despedida del casco

ante el silencio del muelle

testigo ocular de los primeros pasos

Tembloroso balanceo iniciático



Sol de atardecida

Calmos navegaremos bajo la Luna

Durmiendo la pesadilla

Encontrando la relajación a oscuras

Translúcido preludio del despertar



Simas de arena

Paredes convertidas en barro negro

rellenadas con cristalina marea

y sentencias de sal

Lodos cicatrizantes de olvido



Libertad de vacío

Ausencia de laberintos sombríos

donde resuenan las emociones

contra paredes podridas en perpetuo rocío

Triunfante desenganche del abismo

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Recuerdos del 11-M

Recuerdos de lo que todo el mundo, al menos en España, entiende cuando escucha Onceeme: el 11 de Marzo de 2004.


Ese día yo estaba en Holanda, más o menos en el ecuador de mi beca Erasmus. Eran más o menos las 10 de la mañana y yo seguía durmiendo; no sé si porque ese día no tenía clase, o porque había decidido no ir. Me despertó el ruido de alguien llamando a la puerta de mi habitación. Mi primer pensamiento fue cagarme en mis compañeros de piso, que seguro me llamaban para alguna chorrada. Estaba tan dormida que, en lugar de abrir, pregunté qué querían. Una voz en español me respondió:


- Miriam, perdona que te despierte, pero es que está saliendo Madrid en la tele. Han puesto una bomba o algo así.


Era la novia española de uno de mis compañeros holandeses, que estaba pasando unos días con nosotros. Ni que decir tiene que se me abrieron los ojos como platos. De inmediato abrí la puerta, y la chica repitió con cara de mucho apuro lo que acababa de decir. Me dijo que lo estaban echando en la tele, y salí como una bala a la sala común. En la televisión tenían puesta la CNN, o la BBC, o yo que sé cuál. La primera imagen que vi, y la que tuvieron puesta casi toda la mañana, fue de un tren de Cercanías tumbado en lo que parecía ser la entrada a Atocha.


Un tren de Cercanías como los que yo había usado a los 16 años para ir al centro de Madrid, a los 20 para ir a la facultad, y entre medias alguna que otra vez para ir a trabajar. Un tren de Cercanías como el que mis compañeros y amigos seguían usando cada día para ir a la universidad. Un tren de Cercanías como los que cogían cada día mis familiares para ir a trabajar. Una de las bombas había explotado en la estación de El Pozo, a diez minutos de la casa de mi abuela.


En cuanto medio comprendí lo que estaba pasando, fui corriendo a por el teléfono. Llamé a mi madre, llamé a la casa de mi abuela, y nadie me contestaba. Pasé los que siguen siendo los 20 peores minutos de toda mi vida, llamando a un teléfono detrás de otro sin tener respuesta. Finalmente conseguí dar con uno de mis hermanos, que contó exactamente lo que yo quería oír: estaban todos bien. Mi madre y mis tías estaban a punto de salir de casa cuando les llamaron para decir que no fueran a la estación del tren. Más tarde, me enteré de que justo ese día había huelga en la universidad, y nadie había ido a clase.


Aliviada pero todavía en shock, pasé la mañana pegada al televisor con mis compañeros de piso, que se portaron de forma excepcional como siempre. Por la tarde estuve con un compañero español, también de Madrid. Una y otra vez me hacía una pregunta un poco estúpida: ¿Por qué me ha pillado aquí? ¿Por qué no puedo estar allí, sufriendo con los míos? ¿Sufriendo con Madrid?


Algo que mucha gente no sabe, es que me siento madrileña hasta la médula. Echo muchas pestes de Madrid, y hace muchos años (concretamente, desde que volví de Holanda) que descarté la idea de establecerme allí. Pero estoy orgullosa de mi ciudad, de mi Comunidad. Amo Madrid. Todo lo que le duele a Madrid, me duele a mí.


En la Universidad de Nijmegen tuvieron el detalle organizar unos minutos de silencio en homenaje a las víctimas del atentado, y sobre todo en apoyo a los españoles que estábamos allí. Me los pasé todos llorando como una cría. Porque me dolía mi Madrid, y sobre todo porque quería abrazar a los míos y sentir en mi carne que realmente estaban bien.


En Mayo fui a Madrid de visita. Me quedé aplastada por la sensación de tristeza extrema que todavía lo impregnaba todo, aún dos meses después del atentado. La gente iba callada y cabizbaja. En el tren a Parla no se oía una mosca, salvo los soldados con metralletas, o como se llame la pedazo de arma que llevaban, que patrullaban los vagones arriba y abajo (muy adecuado para mantener el ánimo, claro que sí) Cada vez que entraba alguien con una mochila, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Creo que todavía a día de hoy, muchos madrileños se mosquean un poco cuando alguien entra en un Cercanías y deja una mochila más o menos apartada.


Una chica de mi facultad murió en los atentados, pero no la conocía. Afortunadamente, gracias a quien quiera que tenga mano en esto, nadie de los míos murió ni quedó herido aquel 11-M. Pero muchos otros, miles de otros, sí.


Ya casi nadie se acuerda del 11-M, salvo cuando llegan los políticos o sus simpatizantes a tocar los cojones, demostrándonos una vez más que son infraseres a los que poco o nada les queda de humanos. Los familiares de las víctimas y los heridos, claro que se acuerdan. Cada día. El resto de los madrileños hemos seguido con nuestras vidas, pero a ellos los pararon aquel 11 de Marzo de 2004. Y todavía hoy, hay quien se permite el lujo de despreciarlos, de ningunearlos o incluso directamente escupirles en la cara.


Sólo quería compartir mis recuerdos de aquel día, para seguir recordando yo también, y apoyando a los que sufren aunque sea desde la distancia. Que sepan que no están solos, y que los que tenemos la suerte de conservar a los nuestros sanos y salvos, ni podemos ni debemos olvidar.

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La maternidad militante

Estoy en una edad (los 30), en la que muchas de las personas de mi generación y próximas a ella o bien ya tienen un hijo, o están embarazados, o a la búsqueda de estarlo. Esto, que en principio no tiene nada de particular, para mí crea una situación nueva. Además de estar empezando una nueva etapa de mi vida, dejando atrás la era veinteañera, me encuentro con una presión social intensificada alrededor del hecho de tener hijos. Hace algunos años, era una pregunta que surgía de vez en cuando, más como curiosidad acerca del proyecto vital que como confirmación de una realidad. En los dieciochos, diecinueves y veintipocos es algo que todo el mundo ve demasiado lejano en el tiempo como para darle importancia. Pero en los veintimuchos y treintas, la cuestión ya se convierte realmente en un "Qué vas a hacer".


No quiero tener hijos. Es algo que he tenido claro desde que tuve uso de razón para estas cosas, porque no recuerdo haber pensado de forma diferente. Jamás he sentido ni el más mínimo impulso maternal. Es una decisión consciente sobre cómo quiero que sea mi vida. Basada en mi impulso personal, en los cambios que he visto operar en las vidas de mis familiares cuando han tenido hijos, y en mi propia experiencia con niños cuando he tenido que cuidar de mis primos pequeños.


Y sin embargo, muchas personas siguen pensando que es un discurso de jovencita rebelde. Que "Ya se te pasará" o que "Verás cómo te entran las ganas". Pues no. A esta edad ya soy dueña de mis recursos y de mi tiempo, y afortunadamente, también de mi cuerpo. Y decido que no quiero ser madre.


Como en estas cosas siempre hay que hacer un disclaimer para que no parezca que te estás metiendo con quienes han tomado la otra vía, aclaro que no tengo nada en contra de quienes deciden ser padres. Para empezar, no tendría ningún sentido, a pesar de que me preocupa que seamos más de 7 mil millones de personas y sigamos creciendo porque millones de personas se mueren ya de hambre y muchos más van a morir. Pero ese es otro debate completamente diferente. Me parece estupendo que la gente, sola o en pareja, decida tener hijos. No me molesta que la gente me hable de sus hijos; excepto que se trate del típico discurso de "Mi hijo es el más guapo y el más mejor", que no lo soporto en ninguna de sus variantes. Hace poco conocí al hijo pequeño de una compañera de trabajo, y me hizo ilusión, a pesar de que no suelo disfrutar la compañía de los niños más que un rato corto. Así que no, este no es un texto dirigido a todos los padres en general. Sino a los padres y madres militantes, que te presionan para que tomes la misma decisión que ellos.


Lo que pido es el mismo respeto para mi decisión. No quiero aguantar a los padres y madres militantes, que vienen una y otra vez a intentar convencerte de que lo mejor que puedes hacer con tu vida es poner un loco bajito en ella. Entiendo esta forma de ver las cosas en personas de cierta edad o de otros contextos socioculturales. Fuera de eso, empiezo a estar bastante cansada de quienes vienen a contarme las mil y una bondades de la paternidad para que me una al club de los padres felices. En serio, no hace falta. Me las sé de memoria porque me las ha contado todo el que le ha parecido oportuno, le hubiera pedido que lo hiciera o no. Yo no te voy a contar las muchas cosas que me llenan en mi vida y de qué modo lo hacen, entre otros motivos porque es algo íntimo que sólo comparto con quien yo elijo hacerlo.


Ese es otro aspecto de la paternidad militante que me enerva: las explicaciones. Esperan que tras la afirmación "No quiero tener hijos" vengan los por qués. No es sólo que debas explicarlo. Puedo entender que alguien tenga la sana curiosidad de saber por qué otra persona ha escogido una opción vital distinta de la suya; ha habido quien ha preguntado con esa intención. El problema viene cuando el objetivo de la explicación es tener que justificarte. El padre o madre militante espera que le ofrezcas una o varias razones convincentes para que acepte tu decisión como válida. Obviamente, nunca lo va a ser, porque las contraprestaciones de tener un hijo siempre serán mucho mejores. Yo encantada de que estés encantada con tu maternidad, pero eso no te da derecho a cuestionarme. La única persona ante la que tengo que justificarme, en todo caso, soy yo misma.


Reflexionando sobre el tema, he llegado a la conclusión de que detrás de todo esto hay mucho de una convicción muy arraigada: que una mujer sólo llega a realizarse completamente como mujer, y por extensión como persona, a través de la maternidad. Sobra decir que no estoy nada de acuerdo. En nuestro conexto cultural y en este primer mundo que tenemos la suerte de habitar, tanto hombres como mujeres disponen de muchas otras opciones para llenar sus vidas aparte de formar una familia. Yo me siento tan plena cuando toco el violonchelo y suena bien, como una madre que abraza a su hijo. "¡Hala! ¡Qué dices! ¡Estás loca!", dirán los padres y madres militantes, echándose las manos a la cabeza. Pues no, señores. La experiencia humana es así de rica y variada, y la paternidad no tiene la exclusiva de la realización vital.


Sin embargo, está idea está tan anclada en nuestro fuero interno, que yo misma he caído en ella a pesar de tener siempre las ideas tan claras. Tuve una profesora de lingüística histórica, que solía afirmar que el momento más importante de su vida fue cuando le dieron el doctorado. Por su edad deduje que debía tener hijos, y me pareció una barbaridad que la mujer afirmara que ése había sido el momento más importante de su vida, en lugar del nacimiento de sus hijos. A día de hoy, me doy cuenta de cuánto me contradije a mí misma con ese pensamiento. ¿Y por qué no? Incluso aunque tenga familia, ¿por qué lo más importante para una mujer no puede ser su carrera académica? Para muchos, la respuesta es que lo más importante para una mujer es ser madre. Y si decide no serlo, siempre será menos mujer.


 De eso nada, señores. Gracias a muchas mujeres que lucharon para que tuviéramos esta opción, y a mi lucha personal por vivir la vida tal como quiero hacerlo, soy una mujer muy plena. Bastante más que muchas mujeres desgraciadas con sus hijos. Porque no me cuenten eso de que los hijos dan la felicidad automática, ni de que todos los padres están encantados y felices de la vida con sus hijos. Si eso fuera así, no habría parejas que tienen hijos porque piensan que eso arreglará su relación, para luego verla hundirse más todavía; y muchos psicólogos se arruinarían porque no habría personas con problemas de dependencia porque no recibieron el cariño suficiente; o que no saben dejar de exigirse a sí mismos porque para sus padres siempre había un escalón más alto; o con el autoestima por los suelos, porque sus padres esperaban tener un mini-yo mejorado y se encontraron que su hijo no tenía nada que ver con sus sueños.


Mi profesora, o Doctora como a ella le gustaba que le llamasen, era bastante tremebunda pero aplaudo su valentía para afirmar qué había supuesto realmente el punto culminante en su vida. Padres y madres militantes, os digo que el día que vuelva a tener un violonchelo entre las manos seré la mujer más feliz del mundo. Y no lo cambio por todos los hijos de la tierra.

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Cosas que me hubiera gustado que me contaran cuando empecé a cocinar

 




En esta España mía, esta España nuestra, cada vez se cocina menos y peor. Ahora que tengo un poco de experiencia, me gustaría ayudar con algunos de los principales miedos atávicos que se tienen cuando se empieza a cocinar. Por si alguien que no se ha metido aún entre fogones o acaba de empezar, lo encuentra útil.


Me hubiera gustado que me contaran que: 


- Cada cocina es un mundo, y cada horno un universo paralelo: eso quiere decir que, aparte de que como todos sabemos no es lo mismo cocinar en gas que en vitrocerámica, no es lo mismo cocinar en la vitro de casa de tu madre que en la tuya. Cada aparatejo tiene sus propias temperaturas, sus propios trucos... que sólo se aprenden a medida que se cocina en él. Una receta que te salía perfecta puede resultar un desastre cuando te cambias de casa y la haces como siempre. La receta que te da tu amigo o tu madre, que a ellos les sale de muerte, puede no resultar tan bien cuando la haces tú en casa. Y gran parte de la culpa será de que necesitas descubrir los tiempos y temperaturas de tu cocina que son adecuados para esa misma receta. Lo cual nos lleva al segundo punto. 


- A cocinar se aprende cocinando: esto, que parece una perogrullada, no siempre lo tenemos tan claro cuando damos nuestros primeros pasos en la cocina. Puede que tu primera lasaña te salga de lujo, pero lo normal es que la primera vez que haces una receta te salga más bien regulera. No hay que desanimarse, sino aprender de lo que hemos hecho mal. Compensa con creces la satisfacción de hacer una receta la segunda vez y comprobar que te ha salido mucho mejor. 


- Empieza por lo fácil: otra perogrullada, pero que muchas veces nos saltamos por intentar hacer algo que tiene una pinta tremenda, o porque queremos probar a hacer ese plato que a nuestra madre le queda de lujo. Para empezar lo mejor es buscar recetas que te gusten y que sean sencillas: es decir, con pocos ingredientes. Frustra muchísimo gastarte el dinero en comprar los ingredientes precisos y pasarte un par de horas de pie en la cocina para que luego te salga un bodrio. Si te gusta la pasta, prueba con una receta de pasta que sea fácil y te apetezca probar. Los buenos resultados animan a seguir mejorando y experimentando. 


Es importante controlar los tiempos: los tiempos en cocina son muy importantes. Por ejemplo, para saber que mientras estás cociendo algo debes picar otra cosa para luego añadírsela en el momento adecuado. Generalmente, en las recetas escritas viene el orden en el que se tienen que hacer los pasos. Pero como todo, se aprende fundamentalmente con la práctica. Presta atención a si el arroz se te quedó muy pasado porque tardaste mucho en picar la verdura: probablemente quiere decir que la próxima vez tienes que picar la verdura en cuanto empiece a cocer el arroz. Prueba a hacerlo la próxima vez que prepares el mismo plato, y si te sale bien, ya has descubierto un truco! 


Es fundamental tener los instrumentos adecuados: y no me refiero a tener miles de cacharros (que los acabarás teniendo a poco que te aficiones a cocinar) Hablo de un par de buenas tablas de cortar y al menos un cuchillo bueno. No seas como yo, que han pasado años desde que empecé a cocinar hasta que me decidí a hacerme con unos porque pensaba que era una inversión que podía esperar. El 60% y muchas veces hasta el 80% de la cocina está en la preparación de los alimentos. Tener un buen cuchillo y una o dos tablas (yo tengo una de plástico para verdura y otra de madera para carne y pescado), hace que la parte más coñazo de la cocina sea más cómoda y rápida. Ergo, mayor motivación. Lógicamente hay que tener cuidado con los cuchillos. Manejarlos no es difícil, teniendo cuidado y yendo despacito al principio. En internet hay vídeos como este que enseñan cómo manejar el cuchillo, pero yo he aprendido un montón viendo programas de cocina. 


- El horno no es un centro de control de la NASA: es decir, que no es tan difícil de manejar. Con seguir las indicaciones de las recetas respecto a tiempo y temperatura es más que suficiente. Y en el 99% de los casos, el proceso se reduce a:


1. Seleccionar temperatura (siempre, siempre, viene una ruedita con números, no hay que hacer integrales triples para averiguarla)


2. Dejar precalentar. Que caiga el mito: precalentar el horno no es una ancestral técnica reservada a los mejores cocineros. Consiste simplemente en encender el horno unos 10 minutos antes de utilizarlo, para que cuando metamos la comida ya haya alcanzado la temperatura.


3. Meter cosas ricas crudas


4. Esperar sin hacer NADA el tiempo que indique la receta


5. Sacar cosas ricas cocinadas


El otro 1% de los casos es cuando tenemos que abrir el horno y pinchar la comida con un cuchillo para ver si está hecha. Así que no nos vuelva a echar para atrás hacer una receta porque necesita tiempo en el horno. 


- La olla exprés, ese aparato del diablo que echa vapor como si no hubiera mañana: Tu madre se mete en la cocina, hace alquimia con un montón de ingredientes de los cuales no conoces ni el nombre, pone ese cacharro de brujería en marcha, y lo siguiente de lo que tienes conciencia es que te estás comiendo un cocido de los que hacen afición. Pues que sepas que la olla exprés es el mejor invento de la humanidad después de la Baticao. Metes los ingredientes todos juntos, la tapas, esperas los minutos que digan las instrucciones de la olla, la destapas, y a comer. Que has oído rumores de que hay que contar cuando empieza a pitar y no sé qué rituales arcanos? Simplemente hay que contar el tiempo a partir de que empieza a echar vapor, o baja el pitorrito, o se ilumina en verde, o lo que haga tu olla para decirte que ya ha cogido presión. Lo pone en las instrucciones, así que si sabes leer, puedes hacerlo. 


Cocinar da muchas satisfacciones, no sólo para ti sino para los que viven contigo. Es una pasada sentarse a comer algo que has hecho tú y decir: "Pues no es porque lo haya hecho yo, pero está cojonudo".


No hace falta tener una gran afición ni ser un experto; no es estrictamente necesario que en cada casa haya un "cocinillas", aunque sí estaría muy bien. Pero si al menos te haces con unas pocas recetas que te gusten y sepas preparar bien, verás que puedes comer mucho mejor y más sano


Espero que esto anime a alguien a preparar más comidas caseras y aparcar los precocinados y congelados cuanto más, mejor.


Pongo algunas webs que me ayudaron en mis primeros pasos (y también ahora):



  • Javi Recetas: Blog ideal para empezar. Tiene recetas "normales" de toda la vida: gazpacho, berenjenas rellenas, espaguetis. Los ingredientes que usa son siempre de los que compramos normalmente, y todas están contadas paso a paso, como para una persona que no tenga idea de cocinar. También tiene algún post de técnicas de cocina (por ejemplo, para aprender a trocear champiñones)

  • Eroski Consumer - Alimentación: Para aprender sobre los alimentos, costumbres alimentarias y un montón de cosas. Lo más útil es que tiene calendarios para saber qué frutas y verduras están en temporada en cada mes del año. También tiene recetas, que suelen ser bastante sencillas, y lo mejor, con muy pocos ingredientes.

  • Blog de Cristina Galiano: Es como si tu madre escribiera un blog. Tiene consejos sobre cómo conservar los alimentos, congelarlos, cocinar un día para varios... lo mejor son las recetas para olla exprés y microondas.



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