Los pelos del gato se acumulan en el pasillo, agrupados en cúmulos esféricos mecidos por la corriente que sopla bajo la puerta. La vajilla se amontona en la fregadera, comenzando a invadir el resto de la encimera, dificultando la más elemental de las tareas culinarias: vaso de leche, cucharada de café, pastilla de sacarina, microondas… La mesa del comedor está repleta de papeles por seleccionar, sobres por abrir, libros por leer. El mismo desorden, la misma mierda en las esquinas, las mismas cuatro paredes…
Pero entre el polvo y los estantes ahora hay más figurillas inservibles, entre mis libros pendientes se cuelan títulos ajenos, varias plantas vivas cuelgan de los muebles, ropa de mujer, zapatos de mujer, aroma de mujer, trastos de mujer en el baño…
Y es que es lo mismo, pero no es igual. Ni al pasar de la guardería al colegio o del instituto a la universidad, ni siquiera al empezar a trabajar mi vida cambió en lo sustancial. Siempre esperando el destino, la vuelta a la esquina hasta que el callejón se torne en amplia avenida, con cielo azul, con sol templado.
El callejón es el mismo, o parecido, la luz es la misma, el ansia es el mismo; pero la esquina la vuelvo de la mano de otra mano, que se alarga tras un brazo que bascula bajo un hombro que se ensarta en un pecho que encierra un corazón que late fuerte por las noches sobre el colchón y me acuna cuando tiemblo y me susurra cuando rabio y me besa cuando flaqueo y me despierta cuando sueño con la muerte de los niños que no quieren llorar. Y ya no lloro sólo.
Mis lágrimas saladas descienden por mi mejilla pero, antes de caer al vacío, son canalizadas por el valle que se forma cuando su cara me aprieta, y luego enjugadas con el dorso de su mano, que me lame la barbilla con su piel templada, taponándome la hemorragia, suturando mis heridas, blandiendo el machete para apartar las ramas, que se cierran ante el paso por el que pretendemos evadirnos, corriendo como perros en busca de nuestro amo, para que nos preste su alfombra, y nos acaricie tras las orejas, para que nos alimente a escondidas, entre sus piernas bajo la mesa.
Una mesa de madera de roble que nos proteja de los enemigos, que nos guarde del frío. En la que podamos acoger a los amigos, sobre la que podamos leer nuestros libros o cambiar a nuestro niño. Nuestro niño perro que viaje a las estrellas, que pise otros planetas, que encuentre la manera de escapar de este absurdo.
mira que es majo el chaval de la mensajería que viene dos tardes a la semana a recogerme los informes cuidadosamente encuadernados, letras calentitas con el dulzón aroma a laser y toner recién velado, que tanto me gusta aspirar al pasar las páginas orgulloso del trabajo terminado, hundiendo la nariz en el papel hasta casi rozarlo, y llama a la puerta el mensajero y asoma la nariz y luego un ojo y luego la otra ceja y buenas tardes.
suele venir el mismo la mayoría de las ocasiones, tan sólo alguna vez le ha suplido un mendrugo de esos con cara de actor americano y sonrisa profident interrumpiendo la actividad con sus deslumbrantes dientes blancos. debe tener unos veintinueve años, no sé por qué no le echo los treinta. a pesar de su amabilidad, seriedad y profesionalidad, poniendo todas las atenciones en mis paquetes (o tal vez fingiéndolas), de sus pocas y repetidas palabras deduzco que no ha nacido para el transporte urgente, no lo lleva en la sangre.
como no me da pie, no le pregunto. pero cada tarde que se pasa le imagino una vida al eficaz transportista. a veces se me ocurren historias realmente curiosas, unas más simpáticas, otras más trágicas. todavía no me he atrevido a inventar la que, poco a poco, voy considerando como la más plausible de las historias vitales imaginarias que para mi amigo (espero que no le importe) creo.
en realidad pienso que a Felipe (lo pone en una chapa que cuelga de su polo) lo que le gusta es la mecánica. y más que la mecánica el diseño. comprender por qué funcionan las máquinas, los procesos, el engranaje de mi artefacto para entretener a visitas inesperadas que tengo estratégicamente colocado junto al sillón de la entrada. lo veo en sus miradas furtivas a las maquetas de maquinaria de alto tonelaje que amontono junto a la pared. lo huelo en su sonrisa escrutadora a la par que serena.
pero en fin, toca repartir los proyectos y los informes de otros. toca contactar con la vocación desde el otro lado de la puerta. toca seguir intentándolo y mantenerse vivo mientras tanto.
y aún dice el gilipollas de Daniel que le parece caro veinte euros por enviar un paquetillo de no más de cuatrocientos cincuenta y tres gramos a cualquier parte de España. y en su destino mañana antes de las diez. pero qué va a ser caro, hombre. venga ya. te propongo una cosa: te doy diez euros y lo llevas tú. ánimo, echa cuentas, anda, anda. este va para Logroño. gasolina, ruedas, cafés, y siete horas de tu vida; venga corre, para mañana a las diez.
pero bueno?, si es que, es que? hablar es muy fácil. pero lo que hay que hacer es pensar, ehhh, pensar un poco antes de hablar. y así seguro que ahorraríamos saliva y, de paso agua, que al mundo no le vendrá mal.
yo lo tengo claro, me quedo con mi mensajero triste. no ves, si es que encima contratan a todo un ingeniero industrial para que te lo lleve? no hay color, no hay color.
(no me dormía, en absoluto) ·
un día, sin buscarlo,
me encuentro con mentes
que se excitan y gozan
lo mismo con un pedazo de hormigón
que con una luz verde,
o con un pedacito de historia,
o con una luna vergonzosa
de un planeta agonizante
que absuelve a diario
a unos seres suicidas
que la ocupan.
·
ese día comparto con ellos
un pedacito de mi alma
y, no es que mi vida,
de repente,
cobre sentido, no,
pero me siento un poco menos
solo
en ese mundo
ahora un poco menos vacío.
Resulta complicado rehacerse y, tras el fracaso, recuperar la esperanza y emprender un nuevo proyecto. No ya lanzarse a la búsqueda y decidir probar otra vez, que también; sino, una vez embarcado en una nueva ilusión, no sucumbir a los recuerdos del pasado.
Es inevitable comparar las singularidades de cada uno, preguntarse por qué las cosas salieron mal antes con lo sencillas que resultan ahora. Sin embargo los problemas son otros, porque siempre los hay. Las dificultades, cuantitativamente, son las mismas. Se centran cada vez en unos aspectos de las personas, o en unas peculiaridades de la convivencia, distintas pero igualmente transcendentes.
Se hace cuesta arriba cambiar la confianza del conocimiento mutuo, la dulzura del roce diario, la complicidad fruto del tiempo compartido juntos; por la emoción y la ilusión del descubrimiento de una persona nueva. Volver a empezar motiva, nos llama a la superación, pero cada vez da más pereza.
Y temo (realmente me atenaza la angustia) la sensación de que, más tarde o más temprano, el esfuerzo será tan brutal o mis fuerzas estarán tan justas que me plantaré allá donde me pille, solo o acompañado, remontando la ola o de capa caída.
No es malo el poso del camino recorrido juntos, no mancha, no enturbia pero, llegado el momento de que cada uno elija un destino diferente, sí lastra la certezas y castra las voluntades.
Me cuesta tanto salir de nuevo a la calle, otra vez solo, que me siento tentado a darme por vencido, cerrar las puertas de mi corazón y suerte para quien le pille dentro.
si me lees y crees que te odio,
no me estás entendiendo.
si crees que te odio y miento,
y estoy loco y escondo mierda dentro,
mejor ven y dímelo.
si vienes y te invito a un café
y me hablas y te escucho,
y te explico y me miras durante,
tal vez lo entiendas, y si no,
por lo menos me habrás hecho feliz.
porque me leíste,
porque no me entendiste y me lo dijiste,
y porque viniste.