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.:Narcótica al Amanecer:.


El círculo de las promesas de color verde (parte 4)

 Marie Beaubeaux había nacido hacía sólo 8 años. Y desde entonces no había escuchado una sola palabra a su hermano. Su querido y hermoso hermano Ölá de cabellos rubios. Lo encontraba bastante divertido a pesar de que sus padres le habían dicho que no se le acercase y que no mediara palabras con él. Pero ella había encontrado la manera de conocerle. Todos los días se ofrecía a llevarle la comida a su habitación. Actuaba como una pequeña posadera jugando a las cocinitas y así pasaba sus días soñando con el día en que su hermano le dirigiera la palabra. Ella le amaba porque era especial, porque le recordaba a un pequeño gorrioncillo que habían tenido en la preparatoria. El pajarillo no cantaba nunca pero siempre saltaba de un lado al otro de la jaula realizando un baile cautivador con su plumaje. Ella en verdad le amaba aunque no lo conociera mucho. Como cada mañana despertó y se vistió corriendo con el conjunto de peto y camisita raída, sus mejores galas para bajar a desayunar. Corrió escaleras abajo dando un pequeó golpe en la puerta de su hermano. Su padre le cerró el paso en el vestíbulo:


-          ¿No te he dicho que no corrieras por las escaleras?- espetó - ¿Cuándo me van a hacer casos estos niñatos de una vez?


 


            Marie agachó la cabeza y camino lentamente hacia la cocina con las manos a la espalda. Tenía bien sabido que no debía contestarle a su padre. No cuando estaba de tan mal humor como esa mañana.  Sonrió a su madre al entrar en la cocina. Ésta portaba una nueva maceta hasta arriba de composta para sus nuevas semillas. Al verla tan feliz se preguntaba si algún día los vecinos dejarían de hablar de su familia como la casa de los horrores o si dejarían de cuchichear a su paso cuando fuese a la escuela. Ella se consideraba una chica normal en una familia especial. Pero a fin de cuentas en una familia que era lo único que de verdad quería mantener. Esa sensación de pertenecer a algún lugar de sentirse a gusto y protegida por unos padres que la quieran y que cuando llegue la navidad canten juntos villancicos y todos se regalen a todos.


            A la vuelta de la escuela la joven Marie corrió a pedirle a su madre el almuerzo de su hermano. Entendía que ellos no quisieran llevárselo así que siempre lo pedía con delicadeza y disimulo para que pareciera que les estaba haciendo un favor a ellos. Subió los escalones hasta el piso de arriba de uno en uno. Tenía los pantalones demasiado caídos y podía tropezarse si no andaba con cuidado. Abrió lo justo la puerta para introducir la bandeja pero al apoyarla se le cayeron los cubiertos un poco más hacia adelante. Se le coloreó la cara de la vergüenza. Intentó alcanzarlo como pudo desde la distancia a la que se encontraba pero no hacía más que dar manotazos sin encontrarlos. Las orejas se le calentaban y la respiración iba siendo cada vez más rápida. No podía tardar más de lo necesario ya que sus padres le reñirían si permitía que su hermano vislumbrase algo más que el trastero en el que le mantenían encerrado.  Vio como la miraba fijamente. No sabía exactamente qué le hacía comportarse así pero le resultaba encantadora aquella mirada ausente y cargada de pena.


            - Que aproveche – susurró mientras cerraba la puerta.


No entendía a qué tanta vergüenza cuando durante más de 3 años le había servido ella la comida. Iba entretenida de nuevo al piso de abajo dispuesta a comer junto a su “familia”. Sonreía. Siempre tenía la manía de sonreír a la hora del almuerzo. Tenía que mantener una fachada frente a sus padres así que se obligaba a pensar cosas horribles. Aquellas cosas horribles que una niña de ocho años puede pensar a esa edad: no tendré regalos este año por mi cumpleaños, no dejaran de reírse de mí en clase, me casaré algún día…


            Oyó una nueva discusión de sus padres:


-          ¡Otra vez te has gastado el dinero que te dí en esas plantas de mierda!


-          ¡Son lo único que me mantienen en esta casa, porque lo que es por ti ya no obtengo nada!


-          ¿Y quien narices trae la comida a esta casa para que tu y tus hijos sigáis comiendo? – le increpó con el puño en alto.


-          ¿Qué dinero? – rió a carcajadas la madre – ¡si cada mes tengo que hacer malabares porque la mitad del sueldo te lo gastas en tu maldito alcohol!


            Las discusiones eran así cada día. Y cuanto más gritaban más violentas se volvían. Marie se tapó los oídos con todas sus fuerzas para no escuchar la discusión. Se sentó bajo la mesa con las piernas cruzadas y cantó en voz baja una de las canciones que conocía de los juegos de las niñas en el patio del recreo.  El sonido metálico de la motosierra atravesó la barrera que se había creado. Se levantó de golpe dándose con la esquina de la mesa de la cocina en la cabeza lo que la hizo perder en parte el equilibrio. Corrió con lágrimas en los ojos al jardín y vio la estampa. Su madre en el suelo con la mejilla enrojecida sólo por uno de los lados, llorando y mirándola en el suelo. Una mártir sumisa de un proceso en el que no pensó cuando se caso años atrás con aquel muchacho de espaldas anchas que le habían presentado unas amigas. Su padre gritó de dolor. Marie vio caer al suelo un algo brillante.  No le dio tiempo a más. Su padre estaba como loco corriendo escaleras arriba destrozando a su paso cuadros y figuras que hacían de decrépita decoración. Corrió tras él. Ya había entrado en la habitación de su querido hermano. LA vista no era agradable. Ölá recibía patadas por todo su cuerpo. Ahogó un chirrido y fue en ayuda del niño. Sujetó con fuerza la pierna de su padre impidiéndole que se moviera durante los segundos que su hermano necesitase para escapar. No duro exactamente lo esperado pero por suerte su padre retrocedió con sudor en la frente. Marie corrió al cuello de Ölá, no iba a permitir que aquel hombre hiciera más daño al príncipe del castillo, no iba a permitir que fuera golpeado por algo de lo que no tenía culpa, por defender a una pobre mujer en manos de un cobarde agresor. Se aferró a Ólá para no ver más allá de la oscuridad de sus párpados cerrados. Y escuchó aquel sonido de amor roto y hecho trizas.


            Su padre yacía allí en el suelo. No se movía. Marie corrió asustada al piso de abajo para advertir a su madre pero no la encontró. No volvió a saber nada de ella de hecho. Desapareció como desaparecieron todas las vivencias de su futuro perdido. No volvería a ser la misma. Marie dejó de sonreír.


 


            En una calle cercana a la hamburguesería de Bob meditaba Candy con un cigarrillo en la mano. ¿Cómo había acabado ahí? Las medias de rejilla le picaban y no encontraba aquellos condones que le habían dado en el centro de salud no sin antes mirarla de arriba abajo como una suegra miera a su futura nuera. En medio de la calle nadie es el vecino amigable de nadie y en aquella situación o los encontraba o no iba a tener ningún ingreso más en toda la noche.  Hacía ya varios años que había dejado el centro de menores para aventurarse a las calles con el ideal y el sueño de poder encontrar trabajo de cajera de supermercado mientras terminaba sus estudios por la noche. Pero nada más lejos de la realidad. Aún así ella vivía en un mundo demasiado duro para que el resto de personas de la faz de la tierra lo comprendiera y  Candy lo comprendía. Por eso esta situación de besos robados y de veinte roces por noche era solo un paso que tenía que dar para llegar a su objetivo. Pero le estaba matando por dentro. Pensaba que todas las noches aguantaría las lagrimas que se reservaba mientras la penetraban pero al acabar en el arcén de la carretera era imposible no derramar nada de aquella angustia que traía a su memoria toda una vida de desgracias en las que la única luz que brillaba era la del recuerdo de su hermano. Decidió cambiarse el nombre porque el trabajo lo disponía así. De la Marie que fue tan sólo quedaba el nombre en el D.N.I, la certeza de lo vivido y aquellas manos pequeñas que no habían llegado a desarrollarse tanto como el resto del cuerpo. 


            Allí sentada en las escaleras fue donde se impregnó de coraje para volver a intentar cambiar su vida y conseguir una familia y poder salir de las rojas calles de la ciudad. Calles calenturienta y cargadas de esencias abrumadoras que te esclavizaban hasta robarte gran parte de la humanidad que poseía la mujer.


            Caminó a pie varios kilómetros soportando los pitos de los coches y de los camiones de la autopista hasta llegar a los jardines del hospital psiquiátrico Saint Abón de Fleury. Se bajó la falda que llevaba remangada a la altura de los muslos, se puso la chaqueta y camino con decisión al interior de aquella casa de locos en busca de su más preciado tesoro.


             La celda de su hermano era la doscientos dieciocho. Los de seguridad insistieron en acompañarla hasta la puerta junto con el doctor que trataba a su hermano. Jugueteaban con las esposas para intimidar a Marie quien ya conocía demasiado bien los juguetitos con los que trataba aquella calaña corrupta. Abrieron la puerta. Unos 20 centímetros de grosor y bastantes kilos de peso, calculó Marie. Entro con la cabeza gacha y media sonrisa, como siempre había hecho. No se atrevía a mirarle directamente a la cara. No sabía cómo sería ahora, cuánto había cambiado o si la reconocería en ese justo momento. Alzó los ojos lo suficiente para comprobar que todavía mantenía aquella melena larga y rizada de cabellos dorados. Seguía siendo hermoso, como un pequeño querubín, con aquella aura de misterio. Totalmente rígido, sentado en el suelo, las manos atadas y los ojos enfocando a un horizonte demasiado perdido para los presentes.


 Había encontrado a su hermano de nuevo. ¿Podría ahora volver a tener aquella familia que tanto deseaba? ¿Podría dejar la prostitución para cuidar de Ölá? Se agachó junto a él y le tomó las manos:


-          Ölá… Ölá, hermano, he venido para sacarte de aquí. Para que estemos juntos de nuevo.


-          Marie... – susurró.


La chiquilla se sorprendió de que le hubiera hablado. Era la primera palabra que le oía desde que había nacido y sonó como un cántico:


-          Öla, te necesito – le dijo sollozando – necesito que te quedes conmigo. Prométeme que vendrás conmigo Ölá. Prométemelo – le agitó – Vayamos a casa.


-          Casa… Marie, estoy en casa. Ven conmigo – y la miró a los ojos – te prometo que será lo más maravilloso que hayas visto nunca – y se le tornaron de nuevo a gris.


De nuevo con un cigarrillo en la boca. En acera de aquel manicomio con todo el maquillaje corrido.


*      *      *


En aquel paraje abierto en la montaña de quién sabe que cordillera de cualquier parte de un mundo que sólo él puede tocar… un ciprés. Hoy no hay frutos en el claro, hoy hay promesas que se recordarán.

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El círculo de las promesas de color verde (parte3)

 Un almendro floreciendo a la velocidad de la luz, dejando caer alguna que otra rosa flor.  Ölá sonrió. Había huido sano y salvo. O al menos eso pensaba él. De un solo golpe volvió a la realidad para caer desplomado en el suelo.  Y lloró. Quería volver junto al almendró. Lo intentó cuatro veces pero nada funcionaba. Las patadas que recibía le obligaban a mantenerse en aquella casa de paredes rojizas. Dos, tres cuatro golpes certeros. Noto las costillas fracturarse. Notó la picazón del dolor perforándole la cabeza con la misma sensación que si estuvieran hurgándole en sus recuerdos.  Tenía las manos rojas de la presión o tal vez de la concentración de las fuerzas que estaba generan do para poder aguantar la paliza. Recordó los pensamientos. La ventaja de ser joven viene de la mano de la resistencia física. A los pocos minutos las fuerzas le abandonaron a Paul. Necesitaba respirar. Sin duda tendría los pulmones demasiado recargados de partículas tóxicas de sus años en la fábrica. No le había supuesto ningún tipo de enfermedad como un cáncer o algo parecido pero cada cierto tiempo se le resentían los pulmones, eran demasiado pesados. Ölá aprovecho la ocasión para alejarse hacía la cama dando tumbos. Junto a aquel esperpento de ornamento floral que daba más risa que admiración. Las manos brillantes y torpes, las de toda la vida, las que había visto nacer se asieron a su cuello con una desproporcionada fuerza para su tamaño y su en efecto patente torpeza. Quien fuera el que se creyera el rey de la casa, de la cárcel, de las cuatro paredes mal pintadas de color rojo a camino de la oxidación, resopló como un toro en el corral para dar su segunda embestida. Los dos chicos apenas podían moverse.  Ölá hacía años que no salía de la habitación. No tenía ni idea de que había más allá. Tampoco es que en ese mismo momento le importase pero tenía que hacer algo por aquella niña de manos luminosas.


Un reguero que se confundía con las paredes. Un líquido inesperadamente fluido que atravesó la habitación como lo hacía en otros momentos la luz de la luna. Había detenido el tiempo, había detenido todo aquello que le había hecho volcarse en sí mismo pero sin embargo lo único que le preocupaba al joven era el poder volver a aquel lugar lejos de la tiranía y el desprecio. Donde estuviera solo y encontrase un nuevo árbol cada día. Allá donde las nubes y las copas de los árboles se fundían. Donde los colores no atendían a gamas sino que se unían para crear a cada momento inesperados golpes de luz que atendían a movimientos musicales apenas guiados por una mano invisible. Un director de orquesta que promovía la creación de un espacio sólo para él. Un paraíso.


Los trozos de aquel jarrón estaban desperdigados por toda la habitación. Ella ya no estaba junto a él. Había corrido escaleras abajo. La puerta abierta como una salida al mundo real. Y allí permaneció.


Aparecieron dos hombres con vestimentas blancas y alargadas. Médicos sin duda. Venían a por él. Las formas de aquella época no eran las mejores que se podían esperar de unos profesionales de la sanidad. Lo levantaron del suelo tirándole de los pelos. Ölá no opuso resistencia. Atravesaron las puertas y volvió a respirar aquel olor a madera a moho, en esta época del año, cuando las lluvias calaban a través de los travesaños.  Caminó escaleras abajo. Los hombros relajados, la mirada perdida, en pijama aun y respiró. Respiro el aroma a desayuno, a almuerzo, al correo y a vendedor ambulante. A todo aquello que se había perdido a tan sólo unos metros de su habitación. La acción del vestíbulo, la vida cotidiana. Pero eso ya no importaba.


De camino al hospital perdió la conciencia fruto de la droga administrada por los enfermeros. Al despertar se encontraba en aquel claro; al despertar se encontraba en aquella celda de paredes blancas.  Palpó el césped con las manos rasgadas; palpó el suelo almohadillado. Estaba en casa. 

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El círculo de las promesas de color verde (parte 2)

 Tras tres cuartos de hora interminables de los que uno nunca despierta, Ölá escuchó por fin como la lluvia cesaba y el viento se marchaba para amedrentar a algún otro pobre pueblo del valle. Salió de debajo de las sábanas y se incorporó en la cama destaponándose los oídos con el dedo meñique de la mano derecha. Resopló varias veces y se apartó sus rubios cabellos de la cara. Rubios como el oro cuando le daba el sol, más rubios que un campo de espigas, tan rubios que con su brillo hacía sombra incluso a los mismísimos rayos del sol. Su madre entró silenciosa en el dormitorio. Pocas veces se atrevía a hacerlo sin llamar pero seguramente creyó que él dormía y se permitió aquella licencia de la que seguramente estando en otra situación le hubiera costado algún berreo que otro, un mordisco o un mechón de pelo menos. Todo estaba oscuro  excepto la porción de habitación que aquel rayo de luz minúsculo  iluminaba  hasta llegar a la puerta. La madre de Ölá se acercó a la ventana de la que venía la luz para consumir el espacio y llevarlo a la total oscuridad. El joven se mantenía erguido en la cama, observándola minuciosamente. De ese tipo de miradas que dicen que matan pero que sin embargo no son más que intentos de reproche mediante el contacto visual.  Se mantuvo así toda la noche.


 


 


Era medio día, el reloj daba casi las doce mientras que el sol parecía no querer salir de las nubes que lo ocultaban pero en aquel bosque atravesaba las ramas de los árboles más altos para llegar cálido y reconfortante a las raíces. Junto al árbol más alejado del claro más redondo de quién sabe dónde, el pequeño Ölá descansaba. Tirado allí, boca arriba, con sus ojos grisáceos puestos en ninguna parte, sonriendo de vez en cuando porque su respiración coincidía con los sonidos de algún ser que le era totalmente desconocido pero por el que no temía ataque alguno.  Las  figuras  que la luz de aquel espacio formaba a través del verde de las copas acunaban los pensamientos del muchacho con el fin de distraerlo. Abrió varias veces las piernas y las cerró jugueteando con el extenso espacio de su cuna. Apoyó las palmas de las manos para abrazar la hierba perfectamente cortada a su espalda y respiró el aroma de la tranquilidad mezclado con un ligero toque a plátano. A Ölá le encantaban los plátanos.


Llevaba meses visitando su refugio particular. Ciertamente él no sabia en que momento apareció pero lo que más le importaba era que sólo él podía acercarse a lo que muchos hubieran considerado el “paraíso”. Cientos de hectáreas de espacios verdes en los que sólo importaba el claro al que, da igual las vueltas que diera, acababa llegando.  Cada día había un árbol diferente. Ölá no los conocía todos. Hacía muchos años su madre, antes de que empezara todo, le había enseñado uno de sus libros de jardinería:


-                   Ves Ölá, estos son robles – le decía enseñándole un gran árbol de aspecto viejo y robusto – tienes que crecer igual de sano y fuerte que este árbol.


 


           Pocos meses después de ese maravilloso recuerdo él dejo de hablar. Las discusiones en la casa se incrementaron a ritmo desenfrenado. Toda la familia fue dejándose poco a poco, cayendo en sus propios corazones y esperando a conciencia la muerte o el abandono de quien provocó su sufrimiento. Cuando en realidad el corazón que más roto estaba era el de Ölá.  El aspecto de la casa se consumía como la familia, aunque quizás ésta dejo de ser tal para convertirse en una comunidad de dependencia mutua a la que sólo se llegaba a través del trato sucio y repulsivo del intercambio monetario. No tardaron mucho en enviarle al trastero. Quizás dos meses o tres después de que el chico dijera su última palabra. Luchó y lagrimeó tanto como pudo pero al demonio no se le convence más de lo que a él le agrada. Y él no era de su agrado.


Llamaron a la puerta y colocaron una pequeña bandeja con el almuerzo en el suelo. Dos manos brillantes, pequeñas y delicadas buscaban a tientas, sin mostrarse por completo, realizando movimientos juguetones y torpes que buscaban algo en concreto. Ölá, en el suelo, giró la cabeza. Sus ojos no parecían tener fondo mientras seguía disfrutando de un descanso en el claro. No movió ningún músculo. Aquellas manitas desaparecieron tras un susurro que no atendió a entender. Su cuerpo se movió sólo mientras rodaba como una piedra hacia la bandeja con la comida pero al verlo se le apeteció aburrido el almuerzo, sin duda aburrido, increíblemente  en comparación con la satisfacción de probar la fruta que le ofrecía el bosque.  Se creó a sí mismo la necesidad de ir de nuevo. Como esas necesidades que le surge al espíritu cuando realmente siente que ha hecho todo en la vida y de repente se aparece ante él un cartel de neón, luminoso y exótico que te atrae aunque sepas que no puedes permitirte el gastarte ni un solo centavo. Pero vas. Ölá accedió al claro. A pesar de haberlo abandonado durante unos segundos, el árbol que estaba antes había desaparecido. En su lugar se presentaba una pequeña zarza plagada de moras apetitosas, en apariencia de catálogo de frutería cara. Una nube cruzó la zarza ensombreciendo las gustosas frutas. Hubo un destello y un jarrón. Un jarrón vacío con varias rosas azules pintadas. Un jarrón de cerámica vacío de muy mal gusto que le entristecía. Abrió los ojos,  afilados y llorosos como quien despierta de un sueño. Ahí estaba la tinaja aunque realmente no estaba vacía. Ölá se fijó en que tenía unas cuantas florecillas que tuvieron mala suerte el día que las cogieron. Ya no quedaba nada de su esplendor.


Pasada la hora de comer escuchó la motosierra de su padre en la parte trasera de la casa. Su madre lloraba y corría de un lado a otro del jardín escogiendo entre las numerosas cosas de jardinería  algo con lo que detener a la maquina fiera.  La hora de los pensamientos había llegado. La mujer insistía a su marido sujetándole con fuerza la camisa, tirando hacía otro lugar sin obtener ningún resultado. Su padre se había criado en una familia de hombres rudos dedicados a la siderurgia. Él, por supuesto, había contribuido a seguir con aquella tradición. Los brazos recargados, las manos negras y gastadas de cargar y trabajar con metales pesados, el olfato atrofiado y unas cuantas contracturas de espalda hacían de Paul Beaubaux un hombre de los criados a la antigua usanza. Fuerte  y vigoroso de cuerpo, lento y conservador de moral, violento de espíritu y tacaño en amor. Levantó la mano en la que aún conservaba su anillo de hombre casado y arrojó una bofetada a la cara de la madre de Ölá. Éste desde su cuarto pestañeó bruscamente, esperando que al abrir los ojos no hubiera ocurrido aquello.  Un juego de niños. Vio la sangre correr por los labios de la mujer que le había dado la vida. Quiso gritar y parar todo aquello pero las palabras no le salían de la boca. Zarandeó los barrotes de la ventana, abrió la boca con todas sus fuerzas… Pero nada. Lo único que conseguía era emitir un mugido silencioso y tenue que apenas podía confundirse con una palabra. Apenas con el balbuceo de un bebé. Agarró el tenedor de la bandeja casi sin pensarlo, enloquecido por la escena que se estaba viviendo en el jardín donde casi no quedaba rastro de los pensamientos y las lagrimas y los gritos de la madre regaban la tierra revuelta. Se acercó a la ventana y con una puntería finísima se lo lanzó a Paul dándole junto a uno de los puntos donde la fisioterapeuta le había dicho que había sufrido la peor contractura. Lo siguiente que sucedió apenas lo recordó. Hubo un golpeteo de pasos, como una manada de elefantes huyendo de los depredadores pero justo en dirección a él. Del mismo modo las puertas de aquella prisión roja cayeron ante el tirano.  No iba sólo. ¿Cómplices quizás? Lo cierto es que Ölá no se preguntaba nada de eso. Se hallaba parado junto a la ventana mirando hacía abajo. No había cambiado en nada su posición con respecto a la que tenía en el momento de la agresión. Pero sus ojos volvían a estar tornados en un vacío de granito puro. 

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El círculo de las promesas de color verde

 Hacía mucho viento allí fuera. Parecía que los dioses querían con todas sus fuerzas que esa noche Ölá no durmiera.  La pequeña casa de madera de los Beaubeaux chirriaba y crujía sobre unos cimientos poco estables. El camino de piedras, igual de pequeño, apenas existía, cubierto de cientos de ramas y diminutos cantos que la tempestad había arrastrado. Tres piedras golpearon la ventana del segundo piso. Tres avisos. Una llamada de atención con forma de una casual tormenta de verano. Todas las ventanas de aquella fortaleza estaban cerradas a conciencia, para proteger a la familia que la habitaba o para ocultar los defectos y secretos de sus corazones. Cualquier arquitecto hubiera dado su mano para asegurar que aquel caserón de aspecto cutre y más desaliñado que los vagabundos que se apostaban frente al ultramarino del pueblo, habría caído  como un viejo en los brazos del destino.  Pero allí se mantuvo, estoica y burlona frente al resto de casas del vecindario que sufrieron también los daños de la tormenta.  Y allí permanecería hasta que la última lágrima fuera derramada por sus suelos.


            La habitación del joven Ölá daba a la parte trasera del jardín. Las vistas no eran agradables: un cobertizo mugriento que apestaba a excrementos de paloma, tierra revuelta a lo largo de todo el terreno y malas hierbas que crecían más rápido que él. A través de los barrotes que protegían su ventana o impedían su escapada podía ver también un pequeño resquicio de lo que estaba convencido, era el jardín secreto de su madre. Cuatro pensamientos liliáceos se apuraban a mostrar tímidos algunos de sus pétalos cuando daba viento del este. Eran hermosos y más hermoso era imaginarse a sí mismo corriendo frente a ellos mientras éstos se giraban para observarlo en la plenitud de su felicidad. Para Ölá, ese era su mundo exterior. Más allá de las cuatro paredes de su dormitorio no conocía nada, excepto las escaleras que daban al recibidor y que pudo acariciar durante cinco segundos aquel verano que consiguió zafarse a tiempo de su dosis de medicina diaria. Había respirado la gloria, la libertad… Olía a pegamento, a metal y a madera barnizada. Era una libertad suave y aterciopelada que le sugería multitud de futuros momentos en su cerebro y que tan sólo duraron los pocos minutos que tardaron en encerrarlo de nuevo en sus cuatro paredes.


Una habitación extremadamente minimalista, carente de cualquier objeto que pudiera rozarle y hacerle sentir algo más que aburrimiento. La cama se encontraba alejada de la ventana. Era aquella típica cama de metal que atraía las miradas de los adictos al vintage. Patas cortas con la punta de goma de color verde pistacho, somier de metales entrelazados y cabecero, adherido, también de metal, bastante robusto y con un diseño más propio de un retablo que de un mueble.  El colchón también era de los de antes, mohoso en las esquinas con un diseño floral cuidadosamente ocultado por la sabana bajera color mostaza. La combinación de colores se le antojaba a Ölá en ocasiones militar y de esta manera jugaba consigo mismo al “despertar de la corneta”, juego que acababa a los cinco minutos, cuando la cama estaba perfectamente hecha. 


 


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Tan sólo es un esbozo de algo que estoy comenzando pero me parece muy importante saber si las descripciones se ven excesivas o si por el contrario se imaginan.

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Noche de verano

 Ya había anochecido. Los dos estaban allí, disfrutando de nada en particular, sentados uno junto al otro en el porche construido con el sudor del hombre que les unió mientras aun vivía y que dibujaba acabados producidos por el paso del tiempo. En medio de la noche, el ruido de tiempos pasados salidos de un gramófono antiguo que entonaba canciones de Carlos Gardel acurrucaba a la pobre madre en el vaivén de su mecedora. Su hijo callaba a su lado, pendiente de sus cosas: preocupaciones de futuro, preocupaciones del presente o simplemente pensamientos sobre lo ruidoso que le parecía la casa en noches tan calurosas como esa. 


            La anciana madre Mary tamborileaba con sus frágiles manos el son que le marcaban y se balanceaba esperando el momento oportuno para hablar. Quizás en algún minuto instrumental o cuando hubiera que cambiar el disco, pero lo cierto es que tenía que llegar ese momento. Vestía una camisola hecha a mano que le había regalado su madre tiempo atrás. Aún olía a azahar y jabón, el olor del otro lado del charco, de la maravilla que cada tres meses le devolvía a su querida madre, la cual regresaba siempre con un hombre diferente bajo el brazo, un pequeño regalo para ella… Pero no duraba mucho. Lo único que permanecía eterno era ese aroma de la Andalucía que ella sólo podía imaginar. Había vivido bien, y había tenido una infancia un tanto difícil por la distancia que mantenía con su amada madre, pero era normal para los tiempos que corrían por aquella época. Nunca le faltó un vestido y nunca le faltó algo para llevarse a la boca. Había pasado la época más controvertida de su país. La segunda guerra mundial, el racismo instigado e impuesto en el ambiente, el asalto del movimiento hippy a punta de tolerancia y multitud de revueltas que ahora se tornaban emocionantes cuando tiempo atrás dieron miedo. Carlos Gardel le acariciaba con sus melodías mientras susurraba “el día que me quieras”. Todo en esta noche, con el estruendo de los grillos, le parecía incompleto. Todo se hacía recuerdo, incluso el instante pasado y todo le resultaba insulso menos, por supuesto, su Gardel del alma. La brisa le trajo el aroma de madera seca, de ébano recién cortado en el que ya podía imaginar los anillos de su interior. Se ruborizó ligeramente y acercó la mirada al cielo, donde descansaba el único hombre al que había amado. Silencio de nuevo. Desde lejos podía verse la luz intermitente y dorada que desprendía el porche. Hectáreas de nada, propiedades y campos tejanos por los que apetecía pasear. Y llevado al extremo el olor a naturaleza, revivió Mary lo que fue aquello que deseaba recuperar.


            Llovía, como nunca. En sus tersos dieciocho volvía del trabajo que encontró en el centro de la ciudad. Servir café era poco más que una burla para ella. La humedad de la lluvia le encrespaba el pelo. El uniforme estaba empapado y su maquillaje desecho entre el sudor y el agua. Andaba con los tacones en la mano derecha y un cigarrillo en la izquierda. Era una perversa imagen que cualquier otro habría utilizado para sujetarla a sus deseos más lascivos. Una pequeña ramera de ciudad, joven, pálida y dispuesta ha hacer cualquier cosa para cambiar su futuro. Y no estarían muy equivocados. La pequeña Mary llevaba tres años aguantando a borrachos y policías que se creían con la potestad de meterle algo más que una simple multa. Su jefe le ofreció el uniforme más corto que había encontrado y aunque ganaba lo suficiente para poder marcharse de ese lugar, no lo hacía. Había estado otros dos años a la deriva, yendo de un lado para otro, conociendo a personas que no debería haber conocido y haciendo cosas de las que su madre estaría avergonzada. Ahora, en medio de la noche, se le antojaba la emoción palpitante de aquel pequeño pueblo que en la noche se llenaba de pervertidos ansiosos por beber el café de Mary Lu.


Rompió a llorar. Y se sentó en los escalones de un cine que llevaba años cerrado. Era demasiada angustia la que llevaba dentro. No tenía más que dieciocho años y le parecía que había tenido suficiente en su vida. Demasiado de todo, viajes, encuentros, trabajos, emociones. Se arrancó el lazo que sujetaba su pelo y éste le callo por toda la cara donde se unió a las lágrimas y al llanto que llenaba la solitaria calle donde se había derrumbado. Una mirada triste que deseaba paz y a la que le seguían los fantasmas de la alocada juventud aun cuando no había tenido tiempo para vivir.  Volvió al piso que tenía alquilado lentamente, haciendo caso omiso a los pitidos de los coches que detenían su marcha cuando pasaban junto a ella. Cerró la puerta, corrió al baño y su cuerpo la liberó de lo que había aguantado en el bar. Así, con la boca y el pelo manchados de penas, arrodillada como una mártir religiosa y vacía de sentimientos llegó al límite. Fue a la cocina y agarró temblorosa uno de los fríos cuchillos que la miraba reflejada en el metal anunciando con su brillo el final para unos y la paz para ella. Por fin podría relajarse y olvidar todo.


Sólo bastó dos estocadas en sus muñecas para caer sobre la encimera, debilitada. Sonó el timbre y ella no iba a abrir. No iba a permitir nada más por aquella noche, por aquel invierno, por aquella vida. Entreabrió los ojos y se dio cuenta que estaba en el suelo. Vio el rostro de un muchacho que conocía de algo. Quizás no era ni real. La mente se le nubló.


            La miraba desde tres mesas más atrás. Lejos de la barra. Era imposible que él pudiera acercarse a ella. Aquella camarera le mostraba siempre una sonrisa cuando le ofrecía café. No sabía ni cuándo ni cómo pero en pocos meses era ya un cliente habitual, al igual que aquellos cerdos que le acosaban. Mary era su sol, e incluso le había hecho un pequeño poema, breve e insulso para lo que quería demostrar y que decía así:


Hazme recordar la luna,


que me olvidé de buscarla.


Hazme recordar la luz,


que anhelo encontrarla.


Recuerdame que es la vida


y revuelveme el alma


Porque una vez perdida,


la vida, no es más


que la vida sin Mary,


Mi vida.


Él siempre había esperado a que terminase su jornada, con la esperanza de poder invitarla al cine o a tomar un café en algún otro lugar pero nunca había dado el paso. Ya se lo decía su padre: “Dean, a las mujeres hay que hablarles claro y sin pensar, de otra forma sólo recibirás calabazas y las risitas de sus amigas”. Pero él estaba hecho de otra pasta. Quizás el paso por la universidad le había hecho madurar o puede que encontrase en la mujer, en esa mujer, el aliciente para descubrir otra manera de amar.  Ese día, Dean decidió esperarla al otro lado de la acera. Bajo un paragüas aguardó de pie a que saliese su dama. Y allí estaba. Por un momento se olvidó de la lluvia y del frío. Sus deseos más profundos parecían acercarse conforme cruzaba la calle. Ella salió corriendo para no mojarse. Reflexionó por un segundo si sería correcto seguirla hasta su casa para poder confesarle el amor que deseaba y acto seguido fue tras ella dejando a un lado el paragüas abandonado. Corrió durante cinco largos minutos a una distancia prudencial. Aun no estaba preparado para hablarle y entre jadeos y sudor le dio la impresión de que no sería la mejor manera de acercarse a Mary. De repente vio como su esbelta figura se detenía y por un momento las gotas de lluvia le parecieron espejos que iluminaban su rostro con el reflejo de cualquier rayo de luz. Pero estaba llorando. Una preciosa cara marchitandose por la salazon de la tristeza. Las piernas le temblaron. Él quería acercarse y abrazarla para hacerle olvidar todas sus penas, pero no podía avanzar. Se le encogió el corazón viendo a Mary Lu sin su sonrisa. 


Unos tipos de mal aspecto pasaron a su lado con intenciones de avanzar por la calle en la que sólo se encontraba ella. Fue hacia ellos y aparentando estar ebrio les guió en otra dirección abrazandoles y simulando andares torpes. Se ganó varios puñetazos que apenas le dolieron pero consiguio alejarlos de la calle. Al volver, Mary Lu no estaba. Corrió desesperado hacia el centro de la carretera. Un coche amarillo salió de la nada, casi atropeyándolo y de él se oyeron insultos de todo tipo entre pitido y pitido. No le dio importancia. Buscó a Mary por toda la calle. Al doblar la esquina, la vio a lo lejos en un pequeño portal de color verde. Corrió con todas su fuerzas para alcanzarla pero ella ya había entrado. Dean el valiente, Dean el enamorado deseó poder poner todas sus fuerzas en apretar el timbre de la casa. Tardó varios minutos hasta que se decidió a llamar. Un timbre simple y ruidoso. Si hay algo que duele más que el rechazo, es la espera hacia lo desconocido. Cuando sólo tienes dos posibilidades y la mente y el tiempo te torturan dejándote divagar sobre lo que podría ser antes de que llegue el momento.  Un golpe sordo. El sonido de cristal roto. Dean salió de su ensimismamiento y aporreó la puerta con fuerza. Ni siquiera le respondieron de voz. El tiempo pareció ponerse de acuerdo con la situación y la nubes se exprimieron dejando caer todo el agua acumulada. Corrio hacia la puerta y la echó abajo. Allí estaba Mary Lu, martir, delicada mujer de tez pálida convertida en reina nacarada en la que destelleaban rojos reflejos de muerte.


Él la tomó entre sus brazos y le tomó el pulso. Aun respiraba. Tomó unos cuantos trapos y vendó sus muñecas con toda la ternura que podría esperarse en situaciones como esa. Llamó a la ambulancia. La noche se le hacía eterna y el corazón desbocado lloraba buscando esperanza. Mary Lu le abrió brevemente los ojos. Se miraron. Conectaron.


En aquel porche que emanaba aroma a madera suspiró Mary Lu tras recordar la primera vez que vio a quien le acompañaría el resto de sus días hasta hace dos años. Ahora, tras tanto tiempo, aunque parecía una locura, quería volver a aquella vida, salir del campo, poder vivir de nuevo aquella emoción pero sin olvidarle a él. Tenía que darse una oportunidad en la vida. Entonces comprendió que debió hacerlo hace muchos años. Habló a su hijo:


-          Dean, hijo mío. ¿qué representa esta casa?


-          Recuerdo cuando papá la construyó, tenía cinco años. – contestó pensativo. – es lo único que nos queda de él.


-          Lo único. – susurró Mary. – Lo único.


Y su voz se alejó con la brisa. Suspiró y cerró los ojos.


 


Dean Junior no sabía que hacía allí sentado con su pobre madre. Para él hacía mucho ya que ella había perdido el norte. Deambulaba por los senderos y se sentaba cada noche a mirar al horizonte, esperando algo. Tenía puesto aquel gramófono con cantantes que no reconocía y no paraba de balancearse. Callaba, puesto que su madre también lo hacía, y jugueteaba con las manos cual niño pequeño.  Dean miró a su madre buscando su mirada, pero estaba alli, con los ojos cerrados, escuchando aquel hombre que cantaba tangos de amor y no parecía que fuese a decir nada  hasta que terminase la canción. Pensó en la casa, y en lo que quería hacer con su vida. Iba a empezar a dar clases y sabía que tarde o temprano se tendría que ir de aquel pueblecito de Texas para encontrar un trabajo mejor. Quizas iría a la gran ciudad. Allí siempre había oportunidades para jóvenes profesores como él. Lo había decidido. Se iba de casa aunque supusiera tener que dejar a alguien a cargo de su madre. ¡Ah, su madre! Cuantas veces le había contado historias sobre su abuela asentada en Europa y sobre aquella casa en la que ahora se encontraban.  Miró de nuevo a su madre. Había cesado el balanceo y las mejillas  habían perdido todo el color que solían tener por el sol de la mañana. La llamó con dulzura por si se hubiese quedado dormida. Pero no daba señal de vida. Dean corrió dentro para avisar al hospital de que su madre había vuelto a recaer. Los ataques eran algo normal. Pasados cinco minutos el doctor del pueblo llegó a la villa asfixiado de correr y apenas vestido decentemente. El disco de Gardel ya había acabado y no volvió a sonar. Dean de camino al hospital sollozaba lo justo. Los hombres como él no solían llorar. Se odió por pensar que tal vez esta sería la oportunidad de cambiar las cosas.


 


Por la puerta entró un jóven vestido de negro y con aspecto taciturno. Se acercó a ofrecerle una taza de café y puso la mejor de las sonrisas. Anne, la camarera del Dino’s siempre tenía la política de comenzar la mañana sonriendo a todo el mundo. De cualquier otro modo no podría soportar la idea de mantenerse de pie durante catorce horas. A menudo entablaba también conversaciones con extraños intentando, quizas, olvidar su mundo y ver como viven los demás. Anne vio en los ojos de aquel hombre una gran tristeza que, sin embargo, no dejaba de otorgarle a su portador un aura hermosa. Era bastante atractivo. En su mente comenzaron a fusionarse sueños y planes que había construido cuando tan solo era pequeña. Jamás había estado enamorada y aún ahora nunca había encontrado a nadie para compartir su vida. La ciudad era demasiado grande como para encontrar a su media naranja.  La camarera se aflojó el lazo del delantal, cogió el bote de sirope de la barra y la jarra de café y se sentó frente al muchacho dispuesta a alegrarle el día, aunque en su interior odiase soñar con que ese momento le ofreciese la oportunidad de tener su futuro asegurado.  Al verle cara a cara se dio cuenta de que tenía cierto parecido a alguien conocido. Y no tardó mucho en descubrir que aquel jóven era un chico del pueblo en el que ella había vivido antes de empezar a esudiar en la ciudad.


-          ¿Sirope y café? – ofreció.


-          Gracias, creo que lo voy a necesitar. – Sonrió el invitado haciendo un esfuerzo.


Anne vio como devoraba el desayuno manteniendo un riguroso silencio para no molestar. Sabía lo que le había ocurrido porque su padre se lo había contado. A fin de cuentas él era el doctor del pueblo. Cuando terminó, le ofreció un poco más que amablemente el jóven Dean declinó. Ella se presentó como mejor pudo, tartamudeando y mirando hacia el suelo. La vergüenza siempre le jugaba malas pasadas. Vio como el chico se sorprendia y se interesó por su vida tras dejar el pueblo. Él también se había ido de allí tras la muerte de su madre. El dinero que le ofrecieron por la casa lo invirtió en el piso que ahora tenía en el cenro de la ciudad, muy cerca de donde trabajaba ella. Había sido una locura, pero ahora su vida estaba en esa ciudad. Anne recordó la casa de la que hablaba el muchadho y pensó que quizás en aquella pequeña cafeteria de barrio donde podía recordar los días en los que jugaba en aquella casa de olor a ébano estarían los días futuros que la harían feliz.

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Deseos de conocimiento

 Transcurrieron minutos y éstos se convirtieron en horas y éstas en días en los que más de una vez pensó abandonar. Pero por alguna razón siguió posándose estoico en aquel pedestal frente al gigantesco quiosco de prensa, mirando de reojo al gran Colón que  cada día le retaba para hacer su trabajo un poco más difícil. <<Yo al menos me puedo mover cuando quiera>>, había pensado alguna vez jactándose de aquel pedazo de bronce con forma de descubridor. No entendía el catalán y apenas podía hacerse entender en castellano. Por ese motivo le gustaba su trabajo, porque le permitía decir sin decir. Él había madurado, quizás demasiado.  Y atravesando el maquillaje agrietado de su cara se hacían visibles los achaques de la edad y de la locura, aquella diagnosticada hace ya cinco años por su mujer y sus hijos a los que no había vuelto a ver. En su modesta gruta de  sabiduría le quedaban sólo sus amados libros que le recordaban que hasta un loco puede tener a su alcance el mundo que desee y en la nevera, un cartón de leche y las sobras de lo que fue una vez comida.


Como cada día volvió a las Ramblas, se tomó un café y antes de que el sol calentase a través de unas pocas nubes amenazadoras, preparó toda la parafernalia de ropajes y maquillaje. Ese era su momento preferido de la mañana porque le recordaba que era él mismo, un hidalgo, castellano viejo criado  con la dureza de la vara y barbas forjadas con el metal de los que no desisten. Los ojos, azules y apagados de tanto leer vidas ajenas y la mente a veces cuerda, a veces hundida en el hipnotizante rubí, licor de la uva. No estaba especialmente orgulloso de ello, pero el trabajo le ayudaba a dejar de lado los tragos y pensar con serenidad, la misma que tenía cuando pasaba las páginas de grandes obras. En ellas se detenía como un crítico degustando un plato buscando todos los detalles y sabores que se fusionan en un bocado.


Al dar las diez se paró el tiempo y empezó como cada día la jornada: lanza de pega en ristre, pantalones bombachos desgastados por el tiempo y la suciedad que sin embargo daban más realismo al personaje, armadura de risa pero estratégicamente colocada y semblante pálido como si se tratase de  un actor del teatro barroco. Ese era él y allí estaba, frente a multitud de desconocidos. Amigos que le ayudaban a ser un día más  una persona y gigantes aterradores que le atacaban con sus crueles carcajadas de desprecio. Volvió a mirar al colonizador y pensó que por un día estaría bien cambiar papeles. ¿Qué sentiría un gran personaje histórico si un puñado de jóvenes de instituto le tirase papelillos mientras él permanece inmóvil? Él le miraría desde arriba, señalándolo de la misma forma que hace el actual Colón. Al final todo se queda en lo mismo, el privilegio de la fama. El sudor comenzaba a acumulársele en la frente. Aquellas malditas nubes que cubrieron temprano el sol se habían acobardado y le habían abandonado a su suerte.


 La llegada del mediodía trajo consigo la hora sagrada en la que reponen fuerzas. Hasta entonces, ya habían pasado por delante de él un grupo de asiáticos que le habían mareado flasheándole la cara, un colegio entero dirigido por dos monjas y mil caras sin nombre. Antes de bajarse de su altar, una pequeña sombra detenida frente a él le miraba fijamente. Aquel niño de unos seis años sostenía un helado al que le quedaban pocos minutos de vida. Tiró una moneda a la hucha de lata que compró en un todo a cien de una calle colindante. La misma que siempre ponía para la recaudación. Se zarandeó. Alzó una mano y la posó ante una pared tan transparente como las lágrimas que derramó al ver que su amor se retiró de la batalla. El aire se solidificó y posó las yemas de los dedos lentamente, acariciando cada poro de aquel  invisible y frío muro. Se aventuró a poner la otra mano, con la misma lentitud con la que realizaba sus movimientos quijotescos.  Del reflejo de sus manos apareció un semblante que le resultaba conocido y que le miraba con dos ojos que no eran ojos sino el abismo más profundo que hubiera conocido. Una negrura tal que ningún ser vivo que él conociese podría haber habitado.


 


-          ¿Qué estás mirando? - preguntó - ¿Me buscas?


 


El reflejo no dijo palabra alguna. Le dio la espalda y se sentó en un butacón fingiendo que leía:


-          ¡Tú al menos puedes hacer lo que te plazca! – le gritó el viejo. Perdió parte del equilibrio y su cuerpo se inclinó demasiado hacia delante. Sus dedos notaron la brisa correr a través de ellos.


-          No puedes entrar – habló el de los ojos como azabaches.- Este lugar es lo único vivo que intento mantener.


Las palabras de aquella sombra incordiaron aún más al dramaturgo de las Ramblas que sólo quería poder entrar para disfrutar de la misma felicidad que parecía mostrar la sonrisa de aquel que se le apareció. No entendía qué les diferenciaban. ¿Acaso él no merecía lo mismo? ¿Qué tan especial era aquel caballero sin iris que podía acceder a la libertad que desprendía su aura?  Sin que le diera tiempo a pensar nada más, sus débiles brazos fueron empujados fuera de lo que él creía que era el paraíso.  La locura le impregnó los ojos. Comenzó a golpear las paredes de aquella valla invisible con todas sus fuerzas. Lastimosamente todo el rencor y el sentimiento que había llevado guardado este tiempo salieron a la fuerza como un río desbordándose. No le quedaban lágrimas para derramarlas. Sólo odio por querer llegar a donde nunca había llegado, por querer presenciar y conocer lo que aquel reflejo le hacía envidiar.  Poco a poco fue perdiendo las fuerzas. Se le apagó el corazón momentáneamente. Suspiró y cayó al suelo atravesando la bruma que dejó la realidad con la que quiso unirse.


             En su paz interior, el reflejo del conocimiento, deseoso de aumentar el fondo de sus ojos, puso la mirada hacia el exterior. Se encogió al ver el rostro pálido de quien era su recipiente. Estaba pasmado, viéndose a sí mismo de manera lamentable, un personaje tragicómico de los que conocía por sus libros. Pensó el reflejo entonces que no era digno de acceder a lo que el con tanto anhelo guardaba. En el fondo él sabía que el viejo no aguantaría mucho más. << Míralo ahí, de pie, intentando ser algo que tan sólo puede imaginar. >>, pensó al mismo tiempo que inclinaba la cabeza ante la mirada estupefacta del que estaba al otro lado. El anciano manchego intentó atravesar la muralla que había entre ambos. ¡No podía tolerarlo! Acabaría convirtiendo su pequeño remanso de paz en un caos, como todo lo que tocan los del mundo material. El reflejo empujó con todas sus fuerzas. Se apoyó en el sentimiento de las artes libres, en la buena filosofía y en las ciencias para arrastrar a la calle al intruso. Cuando por fin lo consiguió vio como aquella masa de piel y huesos caía desplomada, inexpresiva Sintió lástima de él por un segundo pero se contentó con saber que lo eterno es aquello que él significa, el Quijote de las Ramblas yacía arrodillado en el suelo con la respiración entrecortada y el maquillaje despegado de la mayor parte de su rostro. El reflejo quiso desaparecer, volver a su butaca y esperar a lo inevitable, a fin de cuentas. El sería lo que quedaría vivo después de la muerte.


Cayeron las últimas gotas del helado de fresa que sostenía el muchacho. Ante sí había presenciado como un señor luchaba contra la nada aunque en su imaginación solo vio piratas y bandidos contra un fiel caballero. Pero ahora el hombre le lloraba, un sentimiento que él solo entendía cuando le dolía algo o cuando necesitaba que sus padres le prestasen atención. El pequeño se acercó aún más ante las miradas y los cuchicheos de los viandantes, turistas y locales, que atestaban a esas horas el paseo.


-          ¿Por qué lloras?- dijo lamiendo la galleta del helado.


-          Lo he perdido todo, he deseado lo inalcanzable y he pagado por mi codicia. – respondió el anciano. El infante hizo un gesto de extrañeza y repaso toda la escena con una mirada inocente.


-          Aun tienes mi moneda. – concluyó- ¿No es suficiente? No necesitas más, te di una moneda.


Ambos se miraron. El aroma de varias generaciones paseaba entre esa mirada. Ninguno de los dos sabía que pensaba el otro. El castellano miró hacia su hucha de lata y volvió a mirar al niño. Hubo complicidad y algo de simpatía, pero en este mundo no se vive de simpatía y él tras ver la maravilla más allá de lo real, no tenía nada por lo que vivir salvo su altar, su lanza y su gruta de la sabiduría que le esperaba al final de cada jornada. Alzo la vista al cielo. Se levantó como pudo y le gritó al niño que salió corriendo en busca de sus padres. Recogió con lentitud los bártulos y se marchó en dirección al Colón.


 

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La hora de sofocar las tentaciones.

Estando en cuarto de periodismo, un jueves, en clase de tres y media a nueve y media. Tentaciones aparte, que me preocupe por si llega o no llega las 7:30 es signo, de hecho, de que algo no funciona bien con los docentes. Y es que la tentación de poder bajar a tomarme un Qué Tentación acompañado de un Colacao cargadito de chocolate es mayor que la de instroducir nuevos conocimientos del Periodismo Especializado en mi pequeño cerebro.


Y todo esto en honor de las 7 y media, a Javier G. y a nuestra querida hora de la sofocación de las necesidades carnales y naturales. Food & Toilet ~~


Ajá!

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Y

  electrizantemente me aprisiono imaginando cosas que las nubes tardarían siglos en alcanzar.

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