Comencé a recitar números visualizándolos en mi mente y, cuando iba por el número cuarenta y dos, decidí parar. Así, sin ninguna explicación aparente, había comenzado a enumerar la sucesión, y de la misma forma, decidí no continuar. Bebí un sorbo de cerveza, sentí la tibieza del líquido al atravesar mi garganta, enjugue las gotas que habían quedado depositadas sobre mis labios en la manga de la camisa, y fijé la vista en el viejo coche que estaba aparcado delante de la tienda de comestibles.
Hacia calor, -pronto tendré que dejar las botas en casa- pensé, me invadió una sensación de fastidio; el advenimiento del verano traía consigo una serie de incomodidades que para nada me eran gratas. Alargué la mano, y sin girarme, rasque la cabeza del perro. El contacto con sus ásperos pelos me produjo una grata sensación. Sabía que estaba ahí. Me gustaba su compañía, de la misma forma que temía por su cercana ausencia. -Los años no pasan en balde- pensé. Se irguió levemente, y la palma de mi mano toco su cuerpo.-Tranquilo- le dije.
¿Qué hago aquí? La pregunta se materializó lentamente, letra a letra, y cuando tomo su forma completa, respondí en voz alta –No lo sé-. Acaso la soledad estaba socavando mi ser. Era un síntoma de una locura incipiente que otro yo, íntimo, escondido, lanzase preguntas que no podía obviar, que contestaba sin pensar, conocedor de la respuesta. Era cierto que el tiempo renqueaba como mi pierna derecha,que se mostraba radiante yyo podía pasear entre los árboles, pero a veces, sin previo aviso, nubes traicioneras empapaban los verdes campos y la maltrecha rodilla sucumbía bajo un dolor sordo.
El desgastado coche seguía frente a la tienda. Las copas de los árboles del jardín trasero oscilaban levemente. El perro se levantó y, cansinamente comenzó a caminar hacia la estructura que hacia las veces de casa. En términos humanos, bajo esas sucias tablas parecíaun indigente, pero a él parecía importarle poco.
Me levanté para coger otra cerveza, una breve punzada recorrió mi pierna.-Va a cambiar el tiempo- murmuré, mientras franqueaba la mosquitera.Tardé un poco en acostumbrarme a la luz de la habitación. Saqué del refrigerador una botella de cerveza, observé con cierto pesar que solo quedaba otra.- Cerveza- anoté en una larga lista que colgaba de la pared.
Cuando salí, el coche había desaparecido. La dueña de la tienda me saludó con la mano mientras me sentaba nuevamente en la silla. Noté un leve zumbido en la oreja izquierda, una abeja pasó zigzagueante y se perdió de mi vista. Bebí un sorbo de la botella, estaba fresca. En esta ocasión, mi lengua relamió las gotas que quedaron en mis labios.
–Mañana tengo que ir a comprar mas- me repetí varias veces, como si necesitase que ese pensamiento arraigase de manera profunda.
Es Marzo. En realidad no importa la fecha, ni el mes, ni tan siquiera el año. Tampoco importa si hace frío o calor, si la lluvia se desliza con suavidad dejando que una ligera brisa la zarandee de un lado a otro, o si por el contrario cae con fuerza, recia, como si manos invisibles derramaran cientos de cubos haciendo que la tierra fuese incapaz de tragarla.
El sol no ha hecho su aparición, pero se intuye en el horizonte. Una pequeña carretera serpentea sin que se atisbe su final. Ruido de motores comienzan a hacerse audibles, imposible saber cuantos son, pero el sonido que los acerca desde el este comienza a hacerse a cada momento mas nítido. La mañana se aventura soleada, no hay nubes, así que el día será perfecto para pasear, dejar que el fresco del amanecer impacte sobre la cara aún adormecida, que ese aire limpio penetre en los pulmones, turbándolos. Los vehículos se acercan, y ante una señal invisible comienzan a detenerse, frenos gastados chirrían en el silencio. Son camiones viejos, destartalados, cansados monstruos de metal en el final de sus vidas, emiten un sonido bronco, arrítmico, que poco a poco va despareciendo. Una voz emerge, recia, hosca – bajadlos a todos- un grito histérico que sale de una garganta seca. El dueño de esa voz es joven, viste un uniforme verde, sin nada destacable en su físico. Algunas estrellas en su pecho indican que es la autoridad, el que manda, no en vano, algunos hombres han descendido de los vehículos, y con dificultad han abierto los portones traseros. Todos llevan armas, desgastados fusiles, herrumbrosas armas que se mantienen vigilantes. Uno a uno, moviendo sus miembros con torpeza, entumecidos por el viaje, por horas de hacinamiento en espacios reducidos, hacen su aparición unos hombres. Todo se desarrolla en un silencio irreal, espectros apareciendo de una manera teatral, con caras visibles, ropas sucias, desgastadas, rotas, que les confieren un aspecto lúgubre. El guión sigue su curso, todo se ha ensayado previamente, durante siglos, porque no es la primera ni será la última ocasión en que esto ocurra; fuertes contra débiles, la dicotomía de los buenos contra los malos, cada uno del lado de su razón, solo hay que hurgar un poco y observar que tras toda la obra no hay nada, solo miseria, una miseria cargada de dramatismo.
El joven que da ordenes se toca el pelo, no está incomodo, se pasea de una lado para otro con parsimonia. A sus órdenes, decenas de pies se mueven varios metros más allá; pies doloridos, magullados, manos atadas al frente, cabezas bajas, lágrimas. El camino se separa de la carretera en dirección norte, con lentitud el decorado hace su aparición, la suave pendiente de las colinas, la hilera de árboles que señala el cauce del río, el campo plagado de flores, ¡Alto! Gritan desde el final del grupo. Todos se detienen. Frente a ellos hay un agujero grande, no muy profundo. La tierra aún esta fresca, así que no debe hacer mucho que se ha realizado el trabajo. A golpes van cayendo en el foso, algún grito escapa, lágrimas ahogadas, el miedo adormecido ha hecho su aparición, es real, tanto como las manchas que aparecen bajo las partes de algunos. Mirados en la distancia el marco es bucólico, solo desentonan los vehículos, y un grupo de hombres que apuntan hacia el suelo, la realidad es mas dramática. Solo una orden simple ¡Fuego! Durante unos segundos, tal vez un minuto, solo se escuchan disparos, manos temblorosas, gritos ahogados, que cuando cesan quedan en nada, ningún sonido emerge, solo silencio. Una amalgama de cuerpos sin vida, puede que alguno respire aún, pero no sobrevivirá cuando la tierra caiga sobre ellos. -Tapad eso y nos marchamos- grita el joven con estrellas en el pecho. Enciende un cigarro, nota un leve temblor en sus manos, por su mente pasa veloz un pensamiento – solo he cumplido una orden-. Un pensamiento y una certeza, la de que nunca olvidara esto, esas caras, esos lamentos, ese grito escupido por un moribundo ¡Asesino!-. El sol calienta la tierra. Los hombres han cubierto el agujero, sudan por el esfuerzo, no hablan entre ellos. Cuando abandonan el lugar, nada parece haber modificado el paisaje.
El frío apareció con una voracidad inusitada. No hubo aviso. Un enorme gigante helado depositó sus manos sobre la ciudad, cuerpos ateridos, ayunos de calor, buscando en vano un refugio, ¡Está lleno! ¡No cabe nadie más! espetan a sus trémulas caras anónimos vociferantes, seguidos de un coro creciente, temerosos del roce de sus cuerpos, el contagio del miedo, el pavor que se propaga como una mancha de aceite, hombros que se encogen protegidos por cristales, miradas que ven la calle desierta, pocos son los que se aventuran: uno aparece tras una esquina, raudo, veloz, ojos silencios lo observan, tal vez esperan que se caiga sobre el helado suelo, o es deseo lo que dejan entrever sus pupilas, el deseo del mal ajeno, la lamentación simuladamente afectada, la mentira de la complicidad de una barra, la masa que se transforma; el sol lo intenta pero no puede, por mas que sus rayos se afanan, no consigue imponerse, para que pelear si la batalla está perdida de antemano, cobardemente retrocede, los ojos vuelven a la calle, todo es gris, o así lo ven ellos, aunque haya árboles, coches aparcados, letreros; una niña con un vestido azul hace su aparición, no es un espectro, ni tan siquiera una imagen creada por el inconsciente, es real, camina sin prisa, una mochila sobre su espalda, una bufanda al cuello,percibe las miradas pero no le importa, el miedo no es su compañero, ¡es demasiado joven aún! grita una desde el fondo, como si intuyera el pensamiento de todos los presentes, aunque en realidad su grito parece un lamento, la agonía de quien percibe que hay menos tiempo por delante del gastado por detrás, la pequeña cara de la niña muestra una inocente sonrisa, tan sincera, que cuando los mira les saluda con su pequeña mano, sus pies continúan su camino, el ruido vuelve paulatinamente a inundarlo todo, las calles comienzan a recuperar la vida que habitualmente transita por ellas, nada ha ocurrido varios minutos mas tarde, soloha sido una ilusión, pero aún así, se sigue percibiendo el miedo.
Su ausencia se me agarró en lo mas hondo, como si de un anzuelo se tratase, anclada en un zona profunda de la que me era imposible extraerla. Atrás quedaba una mañana de invierno envuelta en una bruma espectral. La maleta repleta se hacia menos pesada que el dolor que sentía. Unas manos conocidas se agitaban en el aire, quedando como un recuerdo, un vano recuerdo que parecía no haber existido unos kilómetros más adelante. La vida nueva, esa expectativa que se acrecienta cuando el destino se aventura tras cada curva.Demasiadas dudas se disiparan en el futuro. Otras no. Será una decisión acertada. Pregunta o reflexión. Da igual, el paso del tiempo me dará una respuesta, y cuando la obtenga, será imposible volver a este momento, tomar un camino diferente. Preguntas, montones de ellas, me abordarán, me acosarán, no podré responderlas a todas, de eso estoy seguro, de la misma forma que la duda no me ha abandonado desde que le dije adiós, una solitaria palabra, escueta, miserable, soltada sin pudor sobre su cara. Ojos tristes. Los noto sobre mi espalda. Aún los presiento. Su mirada sobre mi figura, atravesando la chapa del autobús, los asientos, elaborando una pregunta ¿Por qué? No hay respuesta, le digo sin que las palabras manen a través de mis labios. No me puedo enfrentar al amor, no puedo porque no amo. No a su manera. Como corresponder sin pasión, sin sentir que los pies flotan, imaginando el vacío bajo ellos. Por eso dije adiós. Su recuerdo persiste muy dentro, tanto que hay veces que pienso que todo fue un sueño.
Un perturbador insecto: esa era la impresión que el constante zumbido del aparato que giraba sobre su cabeza le transmitía. Un insecto molesto, cansino, inagotable, unas alas imaginarias que se movían a un ritmo frenético, agotador, tan molesto, que a pesar del sofocante calor que provenía del exterior, no le hizo dudar un instante al apretar el interruptor del ventilador con fuerza.
Se levanto a duras penas, intentando que sus piernas obedeciesen paulatinamente las órdenes enviadas desde el cerebro: primero un pie, luego el otro, y así sucesivamente. Se paró frente a la ventana. Un pequeño temblorrecorrió su cuerpo de abajo hacia arriba, fue solo un leve espasmo, pero lo suficiente para asirse al pomo del marco con una velocidad del todo innecesaria. Intentó esbozar una sonrisa pero no le salía. No recordaba cuando fue la última ocasión en que sus labios se curvaron hacia arriba. Tras el visillo, se adivinaba una solitaria calle, abrasada por un implacable sol. El efecto del ventilador se disipaba con rapidez en la habitación, provocando la aparición de unas minúsculas gotas de sudor en su frente. -Esto es lo que hay-, se dijo para sus adentros, -te mueres de calor o te aguantas con el ruido-, sentenció.
Ahogadas conversaciones llegaban a través de las sucias paredes.No mostraba el mínimo interés en conocer su contenido; hubiese sido un buen ejercicio para mantenerse activo, pero no estaba para esas trivialidades.
Varios días sin aseo dejaban a la vista manchas de suciedad, un atisbo de dejadez que por momentos comenzaba a preocuparle. Desperdigadas revistas ocultabanen algunos lugareslas figuras geométricas del desgastado suelo.
Volvió sobre sus pasos de manera titubeante, no tenia la seguridad de que al soltar el pomo su cuerpo permaneciese erguido, pero aun así, recorrió la escasa distancia que lo separaba de la cama con la sensación de caminar por una delgada línea desde la que podría caer en cualquier momento – algo si debe ser la sensación que experimentan los equilibristas- logro pensar,cuando la seguridad del colchón le devolvió algo de lucidez a su cabeza. Cerró los ojos, no sin antes percatarse de que la botella seguía a la vista. Un cristal translúcido que solo lograba enturbiarse con el color ocre del licor en su parte mas baja. -Ya queda menos-, murmuro para sus adentros. El sudor comenzaba a resbalar por su cara, su espalda se humedecía con rapidez, sus poros se abrían como minúsculas bocas necesitadas de aire, expulsando una mezcla inmunda.Se durmió abrazado a un recuerdo, el de un niño que agitaba la mano en su dirección en señal de despedida.
Cuando lo encontraron hacia un día que había muerto. El dueño de la pensión llamo repetidas veces a la puerta, y al no obtener respuesta abrió con la llave maestra. Un olor insoportable impacto en su cara, el calor corrompía el cuerpo con rapidez. No era la primera vez, ni seria la ultima que alguien fallecía entre esas paredes.
Cuando llego la policía, las pocas cosas de valor habían desparecido. Se llevaron el cadáver de manera rápida; daba igual el motivo de la muerte, nadie hacia preguntas, nadie solía esperar respuestas. Uno de los agentes odiaba esa parte de su trabajo, ese constante goteo de sujetos anónimos que aparecían por sus calles, ese ambiente que propiciaba el puerto y, que junto a las mercancías atraía toda suerte de personas, de dudosa procedencia, de incierto destino.
Rellenaron el papeleo de manera apresurada, había que enterrarlo cuanto antes. Esa noche era navidad, una calurosa noche de navidad. Inventaron el nombre, su fecha de nacimiento, su origen. Al día siguiente esa historia solo seria una anécdota más.
En la pensión la habitación estaba ocupada de nuevo. El dueño anotaba con dificultad sobre un desgastado cuaderno los datos del nuevo inquilino. En el renglón anterior aún se podía leer un nombre y un apellido: el mismo que estaba inscrito en el reloj que reposaba en su bolsillo. Si al menos la policía hubiese preguntado, o él se lo hubiese dicho, se habría anotado ese nombre en el atestado, pero tampoco hubiese servido de mucho, desde allí no se enviaban comunicaciones oficiales.
Esa era noche de navidad; una familia tal vez dejase una silla vacía alrededor de una mesa, quizás un recuerdo, una plegaria; un joven retendría la imagen de su hermano cuando partía hacia un lugar indefinido; quizás esperase su vuelta.
Las calles aparecen desiertas en la pequeña ciudad portuaria. En el interior de las casas la animación va en aumento. Unas manos cierran la puerta de la comisaría. -Feliz navidad-, dice uno. -Hasta mañana-, responde otro con voz cansada, mientras se seca con un pañuelo su frente.
Dos mas dos son…, sus dos pequeños ojos miraron dubitativos, esperando una pequeña ayuda, su inexperto cerebro se intuía trabajando apresuradamente para conseguir elaborar una respuesta. Dos mas dos son…, le volvió a repetir él: la aspereza con la que fue expresada la pregunta, hizo asomar tímidamente sobre sus ojos unas lágrimas. Desvió la mirada instintivamente, y agarro con fuerza un pequeño dinosaurio de peluche, su pequeña mano apretó la cola, la fina piel de sus dedos adquirió un tono rojizo. Volvió a mirar la cara del hombre que estaba a su lado, su expresión no dejaba lugar a dudas, quería obtener una respuesta a su pregunta. Sus labios continuaban cerrados, ya no era capaz de abrirlos, así que apretó el muñeco contra su pecho y comenzó a llorar en silencio.
¿Qué día es hoy? le preguntó alguien a su espalda. Es catorce, respondió ella. Con toda probabilidad, el esperaba un respuesta que invitara a continuar una conversación. Catorce de abril, matizó ella. Desde su posición, él no podía ver sus ojos, unas oscuras gafas bloqueaban las pupilas de la mujer. Lo siento mucho, le dijo él sin mucha convicción. Ya sabias como era, continuo ella, siempre tan serio, esa enorme dificultad para expresar sus sentimientos, pero era un buen tipo: ahora se que lo echaré de menos. La primera vez que te vio, solo me dijo una cosa,- procura que te respete, si no es así, no merece la pena-, y desde ese momento solo se limitó a observar, yo era consciente de ello, pero nunca me reprochó nada, eso formaba parte de su peculiar manera de pensar: confiaba en mi, dejaba que me equivocase, y cuando mas dificultad tenia para encontrar una respuesta, cuando empezaba a experimentar odio hacia su persona, siempre en ese instante, me decía, -siéntate, te voy a contar una pequeña historia-, y curiosamente, en esas palabras expresadas lentamente, a pesar de su áspero tono, encontraba una calma reconfortante, a veces, he llegado a pensar que poseía un don, una suerte de magnetismo, que conseguía transportarme a un lugar especial , un recóndito lugar en el que mis preocupaciones quedaban reducidas a pequeños detalles sin importancia. Cuando nació la niña, sonrió, fue la última, o quizás, la única que yo recuerdo, su mano tocó micara, una suave caricia, y tras eso, un escueto –enhorabuena-, sacó aquel viejo dinosaurio de una bolsa, me lo puso en la mano, y antes de marcharse me dijo, -dáselo a la pequeña, sabes que es un amuleto contra las matemáticas-, esbozo esa sonrisa que te acabo de comentar, y se marchó. Para mi siempre ha sido un enigma, porque nunca dejó que irrumpiese en su interior, ese oscuro mundo, que seguro comenzó a forjar, cuando mi madre falleció durante mi nacimiento, incluso he llegado a pensar, que me culpaba de ese hecho, pero con el tiempo he descubierto que era mucho mas racional, era incapaz de dejarse arrastrar por esos primitivos impulsos. Sabes lo que lamento, no haber hecho un esfuerzo mayor por haberlo conocido, pero por otra parte, creo que nuestra relación ha sido tal y como el ha querido. Siempre me recriminaste que mantuviese la calma incluso en nuestra discusión mas virulenta, y ahora se, que ha sido gracias a él, eso me sirvió para sobrellevar el divorcio, para afrontar nuestra situación desterrando cualquier atisbo de visceralidad, por nuestro bien y el de la niña, y creo que nos ha ido bien. ¿Cómo ocurrió?, le preguntó. Al parecer fue fulminante, mientras dormía la siesta.No he llamado a mucha gente, porque se que no le hubiese gustado. Mañana será la incineración, y después nos iremos a comer, si te apetece, he leído una carta que me dejo para cuando falleciera, y respetare sus indicaciones: quiere ser incinerado, que vayamos a tomar unas cervezas con aquellos dos amigos suyos de la infancia, que hagamos un brindis a su salud, y sus cenizas sean esparcidas en la sierra. No es muy difícil de cumplir, le dijo el mientras le ponía la mano en el hombro. Ella agarro su mano. Sabes canto son dos mas dos, le dijo ella, mirando a través de la ventana. El dijo, cuatro, sin saber a que venia esa pregunta. Ella sintió como sus ojos se humedecían bajo las grandes gafas oscuras.
El viaje, un punto de inflexión en lo cotidiano, una pequeña brecha que rasga la rutina, es un hecho en si mismo; un reto que en alguna medida puede modificar nuestro ánimo de una manera imprevisible. Se acabaron las grandes rutas rumbo a lo desconocido. Todo esta delante nuestra, en libros, en documentales, en revistas, en conversaciones de amigos que desgranan con detalles irrelevantes su periplo viajero. Soy injusto con ellos. He visto…, he estado…, hicimos…; buen comienzo, y el final para cuando, me pregunto sin dejar de esbozar una sonrisa. Nunca hay final. Pero aunque algunos no logren saberlo, ya no son los mismos. Han decidido salir, romper con lazos invisibles, yeso ya es un principio. Así comienza todo. Así éramos, hasta que alguien decidió dejar de moverse, construyó una casa, sembró algo, y tras innumerables años, solo nos diferenciamos en la sofisticación, pero en esencia, dejamos de movernos. Los nómadas, aquellos que siempre recelaron de los sedentarios, nunca los entendieron: para ellos, desde el nacimiento,el viaje era parte de sus vidas en el mas estricto sentido de la palabra. Me siento y observo las maletas. Soy uno de ellos. Solo dispongo de unos días, y puedo optar. Ya tome la decisión hace tiempo, y hoy comienza todo. Solo una semana me separa del final, y parece que ya he acabado. Como si el verdadero viaje hubiese ocurrido mientras compraba billetes, reservaba hoteles, obtenía información. De alguna manera ya he estado allí, solo falta la confirmación. No se si me arrepentiré, si miraré al vecino que se sienta a disfrutar de sus días de asueto junto a su casa, que sesumerge dentro de unas paredes conocidas a descansar, con nostalgia. Es temprano. Cargado de bultos me desplazo a la estación de trenes. Una señorita amable me pide los billetes. Se que no hay vuelta atrás. Para bien o para mal no seré el mismo. Cuando regrese ya os contaré, aunquesiendo sincero, ya he regresado.