Me gusta como describes los momentos, las situaciones, las miradas, los silencios…
Eran muchas las veces que había escuchado una afirmación de ese estilo, y siempre, la misma sensación de desprecio se instalaba dentro de mi, detestaba la adulación, pero mas detestaba la que provenía de alguien cuyo único interés era hacerme daño. Ese mezquino deseo de reconfortar mis oídos, con palabra dulces, calculadas, esperando, que tras una andanada de adjetivos agradables, mis labios pudiesen esbozar una sonrisa, apenas perceptible, que delatase una pequeña satisfacción, una pequeña y vanidosa grieta por donde se pudiese hurgar en mi interior, y así, provocarme un daño lacerante y cruel.
En esta ocasión, el lugar elegido fue una casa, en el siempre agradable barrio de Milflores. De diseño elegante, las cuadriculas perfectamente definidas, servían de márgenes para las elegantes casas de estilo colonial. Las amplias calles, con innumerables arriates, hacían destacar el verde vegetal entre el asfalto. Al fondo de una de ellas, justo en el numero 2, vivía Juan, un antiguo profesor universitario, persona culta y de aspecto frágil, que había conocido años atrás, y que dedicaba su tiempo a tareas de corrección estilística, una manera como cualquier otra de hacer algo, una vez, que había decidido, según me contó en cierta ocasión, que no tenia futuro como escritor.
Eramos un grupo numeroso, heterogéneo. Esporádicamente, se ofrecían fiestas donde los anfitriones y los invitados eran los mismos, solo se intercambiaban los papeles, poca comida, y mucho alcohol, que solían devenir en pequeñas grupales reuniones, que giraban en torno a temáticas similares, con la cuestión sexual rondando de manera central en la mente de todos.
Yo cada vez me sentía mas distante, mas ajeno a las preocupaciones que se mostraban de manera explicita en todas las conversaciones, y a las que intuía se debatían de manera real en el interior de cada uno de ellos. No es que jugara a ser dios, pero tras tantos años asistiendo de manera regular a cada una de las invitaciones, tenia una idea bastante aproximada de que se cocía en la mente de cada uno de los allí presentes.
El antiguo profesor, mantenía una animada conversación sobre el último encargo que había recibido, y anunciaba que lo que tenia entre manos, seria un éxito dentro de unos meses, cuando la editorial decidiese dar luz verde, y el hasta ahora desconocido escritor saliese a la luz: se convertiría en una estrella, lo que no sabia era cuanto duraría el fulgor de la misma. Ella, que seguía animadamente la conversación, se acerco a mi, y me dijo al oído, sabes que sigo desando estar contigo, y yo sin mirarla, le respondí, no quiero volver al pasado. Me retiré discretamente, y tomé una copa de vino.
Constantemente yo me hacia preguntas, eran tantas las respuestas por encontrar, que intentar comprender la actitud de ella se me hacia muy difícil. Es cierto que vivimos un apasionado romance; una tarde cada semana, ella estaba casada, y había que buscar el momento. El sexo era dulce, tranquilo, sin juegos, solo al final mientras descansábamos yo le leía unas hojas de lo último que había escrito, excelente, increíble, espectacular, siempre adjetivos grandilocuentes para algo que yo sabia mediocre. Así varios meses, hasta que decidí romper. La monotonía, esa pesada losa que se deposita sobre las parejas, me oprimía, y eso cuando se podía considerar nuestra relación como a tiempo parcial. Rompí por miedo a enamorarme, por la posibilidad de crearme vanas expectativas, por sus halagos.
Desde ese día ella cambió su actitud hacia mi, en cada fiesta, en cada reunión, no dudaba en lanzar dardos con forma de palabra, invectivas que daban en lo mas hondo de mi ser.
Seguí bebiendo vino, salí al exterior de la casa cuando parte de los invitados se habían marchado. Alguien me toco el cabello, note sus dedos acariciando mi oreja derecha, sabia que era ella.
A la mañana siguiente, cuando desperté, la luz se filtraba por las cortinas, sentía unas terribles nauseas, así que rápidamente corrí al baño y vomite. Tarde varios minutos en recomponer la figura. Me dirigí a la cocina, y sobre la mesa pude ver una nota, “Fue una noche maravillosa, como en los viejos tiempos, maravilloso escritor”. Puse la cafetera al fuego, el aroma a café inundo el aire. Me arrepentí de haber ido a la fiesta, de la cantidad de vino que bebí. Era un arrepentimiento mas formal, que real. Mientras daba vueltas al café, me acorde de una frase que hablaba de tropezar dos veces, y sentí como la tristeza se apoderaba de mi.
Claro, claro, pero no me vengas con esas. A estas alturas no deberías dedicar tu tiempo a intentar convencerme de algo que ni tu misma te crees, o es que acaso piensas que me chupo el dedo. Creo que deberías haber calculado mejor las consecuencias, es lo que tiene dejarse llevar, no prever que también existía la posibilidad de que algo saliese mal, como así ha ocurrido. No soporto esa penosa expresión que me muestras, es importante para buscar una solución, asumir el error como fruto de una decisión errónea, pero no de los demás, si no exclusivamente tuya, y a partir de ese hipotético momento en el que la sinceridad de tus palabras hubiesen dicho la verdad, la confianza se habría instalado entre nosotros. No te puedo asegurar que no me hubiese enfadado, por que mentiría si lo afirmase, pero no hubieras agregado a tu error la mentira, y eso es algo que logra sublevarme. No llores. Deja las lágrimas para mas adelante. Tranquilízate, y antes de comenzar a contarme la historia, ordena tus pensamientos, procura no obviar ningún detalle, incluso si piensas que será doloroso para mi, escuchar de tus labios cosas inimaginables . Te traeré algo para beber, un vaso de leche caliente te sentará bien. Parece que el puñetero día va a colaborar con nuestro animo.
La lluvia comenzó a caer de manera cansina, haciendo que las flores se moviesen rítmicamente bajo los impactos de las pequeñas gotas. El pequeño perro de la vecina dejo de ladrar y se cobijo en su caseta. Las calles se ataviaron de un halo triste, los pies de los transeúntes comenzaron a moverse en una zigzagueante coreografía, evitando los incipientes charcos.
Ella tomo el vaso de leche entre las manos. Bebió un sorbo, sintiendo como el calor que emanaba el liquido se le introducía en su nariz . Cuando levantó la vista, el seguía sentado en la silla, con la mirada fija en la ventana. Podía tragar a duras penas, un nudo le oprimía la garganta. Estoy lista para comenzar, le dijo sin mucha convicción. El le devolvió la mirada, tenia los ojos rojos.
Se levantó, se acercó a ella, la abrazó. Ya hablaremos mas tarde, todavía tenemos tiempo, le dijo con un tono tan triste, que la conmovió. Me gustaría que tu madre estuviese con nosotros, era tan sensata, le volvió a decir y ella le dio un beso. Mientras él le pasaba la mano por el pelo, ella sintió que nunca había dejado de quererlo. De su boca salió una frase espontánea, que le sonó extraña , papa te quiero.
El se levanto, y mientras se dirigía a la ventana, se paso la manga de la camisa por los ojos, yo también te quiero, le dijo sin volver la vista.
Fuera seguía lloviendo. El perro de la vecina comenzó a ladrar de nuevo. Quería decirle algo mas a su hija, pero de su boca salieron palabras tristes, que como un susurro se perdieron en el aire.
La chica tenia los labios pintados de un rojo intenso. Realmente no era eso lo primero en lo que fije la mirada; sus delgadas piernas, se perdían de la vista bajo una mínima falda, su cara me devolvió una expresión de reproche, parecía decirme, jódete que no veras nada, pero esa era una suposición, y sostuve la vista sobre sus ojos, ella me miro con cierto desprecio, se dió media vuelta y desapareció, permaneciendo como un efímero recuerdo.
El camarero me puso sobre la barra otra copa, miré el hielo, vi el ron deslizarse por la regular superficie de los fríos dados, cuando cesó el flujo del liquido, agarré el vaso, y lo acerque a mis labios, notando el dulzor de un sabor conocido, percibiendo sobre mi garganta una extraña sensación de placer.
Que mierda de vida, me dije, queriendo convencerme de algo que no creía. El camarero me miró desde el extremo de la barra, yo lo salude elevando mi copa, el hizo una mueca a modo de saludo y se volvió.
El taburete de mi derecha estaba vacío. No se porque, pero pensé que seria perfecto terminar la noche abrazado a unos brazos extraños. Desee mirar a mi derecha, y observar sobre el mullido cojín a una mujer, devolverle el saludo, iniciar una conversación sin importar que las frases fuesen coherentes, interesantes, solo el medio para compartir un momento en la soledad de una anónima barra de bar, dejando que nuestros sentidos se librasen de las convenciones, percibiendo como de manera paulatina la excitación comenzase a inundar el espacio que nos separaba. Quizás una invitación a desayunar, cuando solo era el principio de la madrugada, la hiciese reír, y agarrado a su brazo, cruzar las solitarias calles, camino de un desconocido lugar. Tal vez, en la penumbra de un cuarto, la besase, la desnudase, notase el olor de su pelo, la suavidad de su piel, el susurro de sus palabras sobre mis oídos.
Llamé con la mano de nuevo al camarero, que sin preguntar, volvió a llenar mi copa. Esta va de mi cuenta, me dijo, y se marchó sin darme tiempo a decirle gracias. Cerré los ojos por un instante, aún no había amanecido en mi sueño.
El viajero se sabe cansado. Sentado junto a un almendro, se lame las heridas. Las físicas, pues sus pies no han dejado de molestarle desde hace tiempo, a la primera ampolla siguieron otras varias, logra mitigar el lacerante dolor a duras penas, tras sumergirlos en algún arroyo cristalino, escaso, como muestra del degradante mundo en el que vivimos. Las cremas, ungüentos del presente, solo paralizan momentáneamente los punzantes espasmos que le hacen gesticular constantemente. Pero hay otras heridas, menos visibles, pero no por ello, menos dolorosas.
El alma del viajero, lo acompaña, lo ha acompañado y lo acompañara, solo el sabe, y algún día esta se cansará, lo dejara solo, y desde ese momento, en la consciente brevedad de un instante, sabrá que su viaje ha llegado a su fin.
Mientras mira hacia el horizonte, ve lugares lejanos en el tiempo, y se entristece, como se entristecía aquel hombre que le contó una historia, bajo aquel limpio sol de primavera, sobrecogido por la exuberante belleza de un prado florecido, donde las palabras brotaban torpes pero reales, cargadas de una autenticidad primitiva, que le hablaban del pasado, de la ilusión de un niño que quería ser marino, porque el mar solo se le aparecía en sueños, y estos desdibujaban las imaginarias olas, como se desdibujan los recuerdos, y de esto sabe mucho el viajero. Sonríe. El hombre prosigue, le habla de barcos milenarios , de capitanes que aguantan sobre puentes de mando, mientras terribles tempestades los invitan a luchar, de sirenas de senos turgentes, con voces que inundan los aires provocando que hombres fuertes, recios, enloquezcan como cualquier enamorado, dispuestos a dar sus vidas por algo que desconocen.
El viajero percibe que el tiempo pasa, pero la prisa no es compañera suya, la detesta, la rehuye, y en mas de una ocasión, cuando siente que el paisaje pasa ante sus vista a una velocidad en la que le es imposible percibir los matices, se detiene, cierra los ojos y respira.
El hombre, sigue hablando, ha dejado sus sueños, para pasar a la tierra, en un sentido físico, porque lleva toda su vida aferrado a ella, su mundo esta en decadencia, se sabe uno de los últimos de su especie, de aquellos que estrecharon lazos invisibles, inquebrantables, con la naturaleza, que sabían escuchar al viento, cuando este les avisaba de la proximidad de la lluvia, que con la calma de un amante, acariciaba con sus dedos la tierra para preñarla de vida. El hombre mira al cielo, se levanta y se despide. El viajero sigue sentado, lo ve marcharse, pero aun tarda un tiempo en continuar el camino. Cuando se decide es tarde, el sol está a punto de desaparecer, y algunas tímidas estrellas se dejan intuir en la incipiente oscuridad. Se levanta, carga con una mochila, con historias escuchadas de labios sinceros, de amantes efímeras, de flores, de pájaros, de piedras, de caminos polvorientos.
Hace mucho de esa historia. Levanta la vista, puede ver las bellas flores del almendro. Sus pies le otorgan un descanso. Se sabe viejo, pero aún piensa en el camino, en un destino incierto, en hombres y mujeres que le esperan para contarle historias, que cargaran sobre su abultada bolsa. En su alma. En el instante en que esta, cansada, le diga que lo abandona.
Me despedí de ella una noche de viernes, repentinamente, como suceden esos desencuentros que te dejan maltrecho el corazón, dubitativo, sin apenas tiempo para digerir el mal trago, me vi solo, arrastrando mi desdichado cuerpo por las silenciosas calles de una ciudad que se me revelo diferente a como la conocía, con figuras envueltas en penumbras que alargaban sinuosas siluetas, cuya sola presencia extraían miedos primitivos, ya olvidados, que hicieron sentirme infantil, vulnerable, tremendamente indefenso. Cargaba sobre mi espalda el peso de los años, la soledad de una vida desdichada, cobarde, y tras un recodo, me la encontré cara a cara, paré intentando retener el escaso valor que poseía, pero su falta de expresión, sus inexistentes ojos, su figura delimitada por un contorno que apenas reconocí, se me enfrento a un escaso metro, tras unos eternos segundos, di unos pasos hacia la derecha, y tras un fugaz destello, se perdió de mi vista al llegar a la esquina, apenas pude intuir su huida, no quiero pensar que fue premeditado, no era su manera de hacer las cosas. De pie, lloré como quien solo puede llorar cuando su cuerpo tiene la libertad de no controlar los impulsos, lloré por mis fracasos, lloré con rabia mientras un leve temblor comenzaba a recorrer mis extremidades. Logré recuperar el animo. Lentamente fui percibiendo el aliento de la noche, una gélida bocanada de aire que giraba desde la esquina por la que había desaparecido. No sin dificultad, conseguí subirme el cuello del abrigo, me senté o me caí, y le dije adiós. No estaba allí para escucharme, ni tampoco eso me importaba.
Me debí quedar dormido, porque cuando desperté, los tímidos rayos de un incipiente sol rebotaban sobre la pared de enfrente. Como pude me puse en pie. Me mire, y contemple la suciedad que portaba, despedía olor a alcohol. Recompuse la figura como pude, me dolía la rodilla izquierda, comencé a caminar con dificultad. Mientras las calles recobraban la vida adormecida, me acordé de ella. Una farola, una pared sobre la que reflejar, y una sombra que se avergüenza, que es mas digna que aquel que la provee de vida, que desaparece tras una esquina para dejarlo solo, bajo las tinieblas de una deprimente vida. Perdóname.
Premio que se otorga a los blogs en reconocimiento de su trabajo como un medio mas para lograr estrechar los lazos de amistad y de este modo todos y cada uno de nosotros amemos las letras y aquello que significan.
Para Gema, vivir soñando, por sus historias, su empatía.
Para Nana, la chica de la coraza, amante de la mitología y la musica.
Para el Mapache, huidizo compañero de estos lugares.
Para Patricia, andaluza del este, de vuelta de la ciudad de las rosas.
Para Rubentxo, morador de palacios efimeros.
Para PrincesaWallada, a la que me une una pasión tricolor.
Para Jezabel, mi paisana, que ya pronto estará disfrutando de su feria.
Indudablemente, mi mas sincero agradecimiento a Aura y Violette por acordarse de mi.
Pisa el pedal del freno y el tractor detiene su marcha, ¡por fin!, exclama para sus adentros, aun a sabiendas de que si lo gritase, nadie lo oiría. Frente a él, a través del sucio cristal de la cabina, una hilera de matojos delimita el final de su finca. Se saca un desgastado pañuelo de tela, que a juzgar por su aspecto ha pasado épocas mejores, seca las gotas de sudor que resbalaban por su frente, y comienza a tararear una vieja canción. Atrás quedaron varias semanas de esfuerzo, donde las horas se sucedían monótonas, tristes, solitarias. Era un trabajo necesario, pero la duda lo había asaltado, nunca es fácil acertar, se dijo, como no sabiendo que la cuestión era , ahora o nunca. Pero esa cuestión apenas le importaba, si antes lo oportuno era hacer las cosas a su tiempo, porque de eso dependía en gran medida la viabilidad del negocio, la posibilidad de renunciar a seguir adelante no solo era posible, si no incluso alentadora. Abre la puerta del vehículo, desciende, sus pies se hunden varios centímetros en la tierra recién arada. Fija la vista en el horizonte, la oscuridad que comienza a subir por el este, presagia la llegada de la noche. Recibe sobre el rostro la suave brisa del atardecer, impregnada de olor a tierra removida, ondulante, donde las cuchillas han hendido sus filos, abriendo surcos infinitos. Tanto trabajo, tanto esfuerzo, ¿para que?, se pregunta una vez mas, como si no supiese la respuesta. Le da un puntapié a una pequeña piedra, y mientras su mirada sigue fija en el suelo, una bandada de pájaros pasa volando bajo. Deja el vehículo a un lado del camino que conduce a la casa, quiere regresar caminando. La serpenteante silueta del carril, se desliza por una suave pendiente. Vuelve la vista, y se para a contemplar la desgarbada figura de su compañero de fatigas. Hasta nunca, le dice despacio, mientras las sombras se posan sobre la maltrecha chapa. Mañana lloverá, piensa, sus cansados pies dan media vuelta y continúan la marcha. La casa lo recibe en silencio. A través de las ventanas, la oscuridad interior se muestra de manera nítida. Antes, no hace mucho, la ventana se mostraba luminosa, y el aroma a guiso se escapaba hacia el exterior. Te quiero, le decían unos labios, que ahora apenas intuye, y que lo besaban como muestra de un cariño sincero. Con los platos humeantes sobre la mesa, en la soledad de una tierra conseguida a fuerza de trabajo, había encontrado la paz. Cuando enciende la luz, la mesa esta vacía. Se dirige al baño para asearse, los ojos se detienen en una foto, sonríe, hola cariño, le dice, sin obtener respuesta. Se mira en el espejo, es un hombre triste, demasiadas arrugas surcan su rostro. Ha mantenido la ilusión cuanto ha podido, pero sabe que ha perdido la guerra. En el armario elige su mejor traje. A tientas consigue ir por el pasillo, debería haber cambiado la bombilla, se dice, aunque sabe que ya nunca la cambiara. Consigue coger la escopeta, esa que hace mucho tiempo que no usa. En la cocina se sienta, se sirve una copa de vino. Este año será un buen año para el trigo, le dice a la foto que sitúa frente a el. Mañana lloverá, pero ya no estaré aquí para verlo
El vapor comenzó a inundar el cuarto de baño. No tiene que hacer mucho esfuerzo para desnudarse. Deja caer el camisón y se mira al espejo. Este le devuelve trozos de su cuerpo, el resto, oculto bajo la finas gotas de agua depositadas sobre la superficie del cristal, se los conoce de memoria. Se toca sus pechos, ya no los tiene tan erguidos como años atrás. No es importante. Cuando sus pies se introducen en el agua, el calor la reconforta.
Hoy es un día importante, quiere, o mas bien, debe afrontarlo de una manera positiva. Pero es demasiado difícil, prácticamente imposible, tanto como el día en supo que su madre se moría, y ella fue la primera en recibir la noticia. Nunca hablaron de ello, ¿para que?. Sin demasiados preámbulos, escuchó una frase que recibió como una losa de palabras sobre su cuerpo, siéntese que le quiero comentar algo acerca de su madre, le dijo el médico en tono comprensivo, no pudiendo impedir que sus ojos le mostrasen la gravedad de lo que tenia que anunciarle, su madre se muere y desgraciadamente solo podemos aliviar su dolor. Así, sin más, la vida se le reveló con toda su crudeza, y ella, solo ella, supo que tenía que ser la compañera de quien le dio la vida, durante sus últimos días. Hay algo que hacer, le preguntó sin demasiada convicción, nada, le respondió el doctor en un tono de voz tan bajo que pareció no haberlo dicho.
El agua comienza a perder temperatura, así que decide salir y prepararse para ir a la cita. Mira el reloj, son las nueve y cinco, aun tiene tiempo. Toma el papel que esta junto al teléfono, lo lee de nuevo y se percata de que han confundido el orden de lo apellidos, parece como si la escena la hubiese vivido con anterioridad, el mismo nombre, el mismo apellido, la misma consulta, con la sola excepción que ahora es ella la que debe afrontar el trance en soledad.
El cristal de la ventana refleja su rostro confundido entre la imagen de la ciudad. Aun soy joven, piensa, mientras se pasa los dedos por la pequeña marca que tiene en la ceja. Sonríe atrayendo la pequeña historia que hay tras esa herida. Te aseguro que no he hecho nada mama, le dijo con el rostro surcado por un pequeño hilo de sangre, pero tu piensas que me lo debo de creer, le contestó su madre mientras le limpiaba la herida con un algodón, lo que te he contado es verdad, le volvió a decir sin mucha convicción. Una historia irreal, que se había ido desarrollando, haciendo de la pequeña mentira, una mas grande, que iba adquiriendo matices, y que su madre zanjó con una caricia, déjalo estar fue lo último que le comento, y le dio un beso sobre la venda que cubría la ceja.
El camino no es muy largo. Las calles se le aparecen atestadas de personas que van de aquí para allá, en ese caos que provocan las mañanas de una gran ciudad. Se para a mirar un escaparate. La tentadora aparición de unas botas, altas, con un prominente tacón se le antoja interesante, pero no quiere llegar tarde, así que medita pararse cuando este de vuelta. En la puerta de la clínica, un par de hombres la miran, eso la halaga, aunque uno de ellos tiene un toque lascivo en su mirada. Cuando rebasa la puerta, el silencio la incomoda. Se dirige al mostrador y muestra el papel, pase a la sala de espera, le dice una señorita de manera cordial sin mirarle a la cara. No le gusta la gente que no mira a los ojos cuando habla. Es casi la hora. Una pila de periódicos gratuitos descansa sobre una mesa. En la portada, el titular es sobre una guerra que se produce en un país lejano, la foto que lo acompaña es desgarradora, por un momento se entristece. Comienza a sentir la tensión de la espera, de recibir una noticia que en cierto modo sabe. Instintivamente se toca un pecho, nadie puede percibir que tras esa ropa hay un pequeño seno que ocupa su pensamiento desde hace días semanas, justo cuando observó que su diminuto pezón se encontraba algo retraído.
La puerta de la consulta se abre, sale por ella una señora mayor, lleva un pañuelo sobre su cabeza. Pronuncian un nombre por un diminuto altavoz. Se levanta. Sus oídos han recibido la información, es su turno. Se acuerda de su madre, de que el mismo nombre y apellido flotaban sobre al aire de esa misma sala tiempo atrás, de sus palabras, vamos mama, verás como no es nada.