El ánimo mermado de urdir sueños que habrán de deshacerse después, de cubrir las mañanas y las noches con un tapiz de largas soledades, su alma naufraga cada tarde:
“Aunque sigan los días, aunque sigan las olas pronunciando su nombre, quizá no vendrá Ulises, por más que lo dibuje o intente adivinar sus ojos entre miles de pares.”
Penélope parece destejerse de la utopía. Pero ya su mirada se ha tornado oceánica, de tanto indagarle al mar.
*****
No conseguía imaginar cómo sería aquel encuentro, después de tanto. No conseguía recordar su rostro, ni mirar hacia la puerta por la que tendría que salir, sin distraerme en medio de aquel espacio transitado por otras esperas. Ni conseguía encontrar un sitio en el que sentarme tranquilamente a ordenar ideas o vacíos, ni entretener el tiempo, ni esquivar la inquietud, por más que se impusiera una calma obligada.
Me acercaba una y otra vez al panel informativo en el que seguían figurando los mismos códigos de vuelos, con la misma hora prevista para la llegada y la misma indicación: “DELAYED”.
El eco se abrió paso a través de los ojos, haciendo hincapié en ese término, “retraso”, como si fuese el habitante principal de la memoria. Una espera que se sumaba a otras tantas, una insistente broma del destino que me hacía insertar, en los minutos, los recuerdos y las dudas, a partes iguales. El deseo trenzándose en el miedo o escapándose de él, trasladándose en suspiros contenidos, impartiendo treguas entre un pensamiento y otro. Como esos pasajeros que iban apareciendo a borbotones, en grupos de 15 a 20. Oleadas intermitentes de equipajes amontonados cobre carros, empujados por personas que se abrazaban a otras que los esperaban, y desaparecían después.
Allí quedaban otros silencios, otras esperas, cada vez más evidentes, más solitarias e inquietas. Cambiaban esporádicamente de columna o asiento, en aquel espacio cada vez más diáfano, más vacío.
Qué extraña se hace la espera cuando adquiere otras dimensiones, cuando ese exceso de tiempo se nos dilata hasta permitir plantearnos si aquello que nos hace sentirnos afortunados es un acto generoso de la vida, un regalo, o no es más que un espejismo que se adelanta a nuestra sed. Lo que queremos creer, lo que nos hace “esperar”.
Las puertas volvieron a abrirse varias veces, dejando asomar nuevos grupos, a intervalos. Se repitieron los gestos, los movimientos, los abrazos, las permanencias y el sentimiento de ausencia ,7 veces, 8 veces, 10... “No, aún no”, nos dice una realidad que se nos impone.
La fortuna se nos planta delante y se detiene. Nos sonríe, pero no avanza. No dice nada. Calla. Ese silencio difícil de interpretar hace que el anhelo tiemble, que nos parezcan adornos inservibles esos minutos, sobrantes accesorios que reclaman paciencia y la esperanza se desmorona poco a poco, cuando quien aparece detrás de la puerta es la tripulación… y nadie más.
Quizá era cierto que no recordaba su rostro y había pasado ya delante de mí sin haberlo reconocido, escapándose y escapándome yo de su mirada. Quizá algo inesperado había ocurrido en el último instante, justo antes del embarque, quizá. O quizá estaba ya delante de mí, a lo lejos, buscándome mientras me llamaba, y esa figura que se acercaba era dueña de la voz que me susurraba al oído que ya pocos pasos nos separaban y yo podía desterrar de mi cabeza la incertidumbre.
Respiré tan profundamente que absorbí todos aquellos minutos previos y los expulsé lejos de aquel momento.
“Qué paz, tu abrazo”, dije, y él no entendía bien que yo dijera aquello, pero dejó que me meciera durante un tiempo entre sus brazos. Quizá terminó de comprenderlo, navegando en mis ojos, unos segundos antes de sus besos. Quizás.
A veces su corazón le traicionaba. Le producía avalanchas de sentimientos que arremetían contra ella, por no saber canalizarlos, por no encontrar una salida adecuada o un destinatario digno y dispuesto a recibir tanto. Eran demasiado intensas, tal vez, sus emociones y tal vez la vida no esté conformada para andar sin corazas, cuando lo normal es recibir pequeñas dosis de afecto o reconocimiento, alguna muestra recortada, como a regañadientes, como arrebatada de las manos, una limosna disfrazada o maquillada, no una invasión a cara descubierta.
Alicia, sin embargo, no sabía o no quería ignorar la magnitud que podrían alcanzar, porque lo había experimentado internamente y no entendía que otros renunciaran a vivirlo. “¿Nunca han recorrido un océano o sobrevolado un continente cabalgando a lomos de los sentimientos?”,se preguntaba. “¿Por qué se asustan, sólo de pensarlo?”...
Así, en vano, buscaba darle un sentido real a la vida, cediendo protagonismo a su corazón, de tanto en tanto, por si un día sucedía el milagro. Aunque supiera que lo más probable fuera que tuviera que plegar velas, después de haber provocado que los vientos arreciaran. Se acostumbró a navegar sola y a cambiar el rumbo, en busca de una isla que sólo había visto en su mente.
Aquel día había elegido un bonito vestido. Llegó antes de tiempo a la iglesia y, por sorpresa, se encontró con un coche fúnebre a la entrada. Era distinto a los que había visto hasta entonces. De color verde oscuro, como la botella de vidrio en la que parecía vivir, a merced de unas corrientes marinas que la navegaban sin rumbo determinado.“Aquí, en este espacio de cristal que me circunda, floto. Tan solo mis palabras hacen eco en mi memoria. Aquí, desde este espacio verde, arrastrada, alzada, volteada, veo otros objetos a lo lejos, agua de por medio, algas de por medio y, por medio, arena, como satélites ajenos al destino, como yo misma,… pero afuera. Aquí, en este silencio verde y cristalino, sólo puedo aspirar a ser mensaje… y no sé si alguna vez serán leídas las palabras que llevo grabadas en la piel, en el bies de estos pliegues que practicaron en mi cuerpo, antes de introducirme en la botella… y no sé si esperar llegar a salvo o si he de encomendarme al filo de una roca que resquebraje este refugio verde de silencio”.
La iglesia tenía dos puertas contiguas, de manera que intentó entrar por la otra y allí, tras una verja engalanada con flores, otro coche funerario esperaba. Éste era negro, más convencional. Por los comentarios que pudo escuchar de quienes esperaban allí, supo que, a pesar de estar produciéndose dos oficios a la vez, tan distintos, tan simultáneos, sólo un difunto se esperaba. Como si dos mundos se hubieran reunido, sin mezclarse, para despedir de muy distinta forma a una misma persona.
Miró hacia su muñeca buscando un reloj que nunca acostumbraba a llevar, porque le bastaba la luz del día para saber en qué momento vivía… y se rió de sí misma:“¿Cómo se puede ser tan despistada?”. Intuyó que su hermana estaría nerviosa, terminando de ajustarse su flamante vestido de novia, buscando alguna horquilla, algún pendiente que se escondiera frente a sus ojos, aprovechando su ceguera ocasional de niña a punto de contraer nupcias y cambiar su vida en un “sí, quiero”. Sacó el móvil de su bolso y llamó a su madre: “Mamá, dile a Lucía que no corra, que no hay prisa. Aún están a punto de celebrar un par de funerales y parece ser que el cura se ha declarado en huelga”.Curioso, era la primera vez que oía tal disparate, un cura en huelga, y ella se lo había transmitido a su madre con la mayor naturalidad del mundo… y su madre lo había admitido con la mayor naturalidad del mundo.
De todos esos hechos que se estaban cruzando ante su conciencia, dedujo que no era el mejor momento para enviar esa carta en la que, con tanto mimo y embeleso, se había derramado:
“Amor, ¿esperas mi llegada? Yo la ansío. La deseo tanto que la dibujo en mis sueños, porque quisiera, amor, dormir sobre tu pecho, despertar en tu sonrisa y escuchar el latido de tu sangre, así, tan cerca, que me meza en la noche, al compás de tus suspiros…”
Amor y muerte atropellándose en un día. Augurios turbios a través de la botella, la mar revuelta. Besó la carta y volvió a plegarla. Su perfume estaba en ella y, en un gesto alocado, como su vida, corrió a depositarla en el féretro verde.“La muerte es eterna y mi amor pretende serlo. Pero lo eterno es sin principio ni fin. Renunciaré al principio, si el final es el fin, sin fin… Te acompañará este mensaje durante la eternidad, si es que eso existe. Una sola persona con dos funerales, debió ser alguien digno de amar.”
Y así siguió esperando, sin espera, la mirada perdida en la cúpula de aquella iglesia extrañamente bella.
Este cuento es en respuesta a un reto lanzado por nuestra Violette, pensando en nuestra Patricia. Gracias a las dos por ser acicate de esta historia.
Fai unha noite clara e tranquila. Está la luna que da luz.Els convidats van arribant y van llenando toda la casade colores y de perfumes.
Heus aquí a Lady Byron, en el trapezi de Marion, el meu comandant Joan-Yves i el seu secretari Yuchan,… i Teisal, i el Doctor J, en Beatus Ille. Oh, benvinguts, passeu, pasad,…
De las tristezas haremos humo. Mi casa es vuestra casa, si es que hay casas de alguien
Hola, Liviano Manu, Musa Fugitiva, Bea y Puck, Unah, Victoria y Violette, Papá con sueño y Zahra-Galim. La reflexiva Merche, Cuentos Encarnados, Marinera, Virginia Woolf y el Vago Doz, el Dr. Jekkyl, Mr. Hyde,...
Buenas noches Entredosmares, LKH, Caballero de la Ínsula, señores Maparo y Wontolla, Mapache y Who?, Larrea y Güemes, Bohemia Urbana y Mr. Boötes. El señor Mago de Ilusiones y Xabier. Forlei y Cornwall. François viene con Ses Dammes cogidas del brazo. Está la Princesa Lidia, el Alma de la Isla, Aura, un Mar de Palabras y ChiSpark en patinete.
E ás doce chegaron o Anxo Negro… ¿o mouro?, a deusa Artemis, Manu co seu Prisma máxico, a amiga Kela y Sony-Bruxa. Oh, benvidos, pasade, pasad… Bai, por favor, pasatzen da.
Podéis venir cuantos querais, os esperamos, hay sitio para todos. El tiempo no cuenta, ni el espacio. Cualquier noche puede salir el sol...
Bueno y ahora sólo falto yo. Vendré tan pronto como me sea posible. Esperadme, guardadme el sitio, eh...
Ellas están por todas partes y en cualquier momento. Una dulce invasión que también forma parte de mis silencios.
A veces bosque, a veces huerto o terreno pantanoso, mostrándome espejismos como seres extraños, como duendes que asoman y me cambian las cosas de sitio y se esconden después; a veces un desierto diáfano y sediento, un oasis de sal que digiero a tragos grandes por ver si me llega la muerte o renazco a otra vida que no precise de nada más.
Letras, letras,… Mi mundo está conformado por letras que me proponen, no un juego, sino mil y no sé si, siquiera una vez, se me ocurrió sustraerme del encantamiento que me provocan. Aliadas o enemigas, no cesan de enseñarme de la vida, aun cuando me equivoco al invocarlas y acaban descorriendo una cortina que no recordaba haber puesto ahí.
Y se me hacen tan cortos los días, o lo que me dejan de ellos, que las sueño y las peino, las veo disolverse en el café que ingiero y enganchadas a la llave que las gira y las atrapa en mi refugio hasta mi vuelta. Pero me siguen o me adelantan y bajan los peldaños uno a uno, en busca de la luz, a respirar el aire del camino y enredarse entre mis pasos. Salen por el torno, abrazadas al billete que introduje pensando que estaba muerta esa otra llave de metros, de trenes y autobuses que después nos desplazan a todas juntas, a ellas y a mí, ansiando un momento como éste.
Bien, ya estamos aquí. Llegó el momento de salir al recreo y, aunque no haya otro manifiesto que firmar, esta libertad es suficiente para ser celebrada.
Letras y sentidos “sentires” que me acompañan con la intensidad de quien presiente que esta vida es una y en ella se halla todo. Algunos andan aparcados en algún lugar manso para que no convoquen a la nostalgia y vayan a nublarme la vista.
He aquí el resto, siempre conmigo en grado excelso, siempre asomados en extremo, ya sea a los abismos o a la luz.
No desdeñaría recorrer cada centímetro de esta Tierra, aun sabiendo de espinas y de riscos; también sé de pétalos y azules, de sinfonías de aromas y sabor a ternura, del olor de la vida, sorprendiendo silencios y quimeras. Sintiendo, sobre todo, sintiendo. Y, aunque a veces tenga la sensación de haberlos enmudecido a base de bálsamos y vendas, hay un galope que en vivir intensamente me insiste en las venas.
¿Cuántos sentidos dicen? ¿Y la intensidad, no cuenta? ¿Merece la pena sentir tanto?... Merece la vida sentir.
Queridos Joan y Wontolla, sé que he tardado y a punto estuve de no publicar esos 5 sentidos a los que me invitásteis, pero anduvisteis conmigo por nombrarme y, aunque el tiempo me acosara en estos días, he seguido sintiendo, por ejemplo, gratitud.
¿En qué órgano reside este sentido sentimiento?
No voy a nombrar a nadie a estas alturas. Mi interés tiene ciertas aficiones que son más que conocidas y están a la vista de todos. Cualquiera de esos sentidos o “sentires” me interesa, pero no provocaré nada; iré descubriéndolos a sorbos, según su naturaleza vaya posándose en las letras. Ya lo hacen…
Dejo unas notas de música en el primer cajón, para quien guste.
30 de octubre. Bueno, dejé música en el primer "cajón-comentario"... pero eso fue antes de que los duendes se pusieran juguetones y lo descolocaran todo. Y luego dicen que tengo magia... jajaja. No soy yo, son los duendes. En fin, por ahí anda la música, donde pone "Música", a saber...
“Nunca se produce algo tan devastador que no permita que una persona decidida rescate algo de las cenizas, arriesgando todo aquello que le ha quedado…”
El Cartero. DAVID BRIN
Quise rescatarte de entre tus propios silencios.
Como en otras ocasiones, desoí la prudencia; rellené con mis propias palabras tus respuestas huecas y atrapé tus arrepentimientos, trasladándolos a mi corazón con tierno mimo. Habría renunciado, de no ser porque el miedo a perderme se reflejaba en tus ojos y eso me hacía recordar que una vez cruzamos la inmensidad del espacio, lejos, muy lejos, hasta habitar un planeta que sólo a nosotros perteneció.
No debiste permitir que mi alma supiera de tu tristeza, que no era tan grande como la mía, ni estaba dispuesta a desbrozar de cadáveres sembrados por tu inconsciencia todas las hectáreas que nos separaban. Ni nombrar la pasión que desconoces, tampoco debiste.
La pasión no sabe de distancias, ni calcula lo adecuado o lo correcto. La pasión no se detiene, ni mide, ni medita; no esquiva, ni cuestiona. La pasión arrasa y se desboca y apenas ve otra cosa que no sea el motivo de su existir. Es capaz de lanzarse hacia el abismo pues, una vez que nace, nada importa. Sólo es y es, y es. Implacable, día y noche, es.
Pero no tiene sentido que te explique. Sólo el sentir distingue esta palabra sin sospechar que existe la renuncia.
A cada reencuentro nuestro, le precedió una fisura de locura y muchos miedos. Siempre fuiste tú quien encendió la mecha para apagarla al instante. Aquella indecisión compulsiva que teñía tus motivos de una materia nociva para la paz mortificaba cada tramo recorrido junto a ti o hacia ti.
Arriesgué la cordura y, con ella, el sosiego, la fe, la indulgencia, el olvido,… Todos los perdí. Por eso aún vienen a mí tus recuerdos, pero ya no perdono, ni creo. Ahora ando vagando en un espacio avieso de cautela, velado de sombras, el corazón sordo y mudos los deseos, y creo que ésa viene a ser la peor de las demencias. Un delirio seco.
De todos es conocido el “culto a la vida más allá de la muerte” practicado en el Antiguo Egipto. Conocido, sí, pero sólo de vista, como ese vecino de barrio al que apenas saludamos. Seguramente, si hubiéramos tomado un café siquiera con el Rito del Embalsamamiento, ya le habríamos preguntado cuál es ese “secretillo” que permite pasar más de 3000 años con tan buen aspecto. Vale que una momia no es exactamente lo que deseamos a nuestro espejo, pero tengamos en cuenta que los ejemplos que conocemos ya estaban muertos cuando fueron embalsamados y, por tanto, algo desmejorados.
Frivolidades aparte, o no, con ese famoso rito se ha compartido más de un café y una paella. Ya vamos por la muy íntima experiencia de haber pasado por un escáner; es decir, lo vamos conociendo. Pero, mucho antes de llegar a tal grado de confianza, ya sabíamos que, para alcanzar tan excelso punto de conservación, había que pasar por un vaciado exhaustivo de los órganos vitales que, al parecer, son los primeros en descomponerse. Curioso ¿no?, que lo que más rápidamente se eche a perder sea, precisamente, lo que más nos une a la vida.
Pero, antes de perderme en otras divagaciones, sigo con esa intrigante respuesta que los antiguos egipcios se dieron a su horror ante la muerte y la idea de dejar este mundo.
Crearon un complicado entramado de creencias y de prácticas, todas ellas relacionadas entre sí, como un laborioso mosaico que, casi, rozaba la perfección. Hicieron intervenir desde el sol, que era lo más parecido a un dios del cielo, hasta el juguetón escarabajo pelotero. Claro que, como de costumbre en cualquier civilización que se precie, la desproporción era manifiesta y el escarabajo era quien movía al astro rey entre sus patitas, de la misma manera que el esclavo acarreaba con la construcción de aquellos mastodontes que aún duermen en el desierto. Buena parte de los recursos nacionales iba destinada a la construcción de ese símbolo que permitía al faraón ascender hacia el cielo en busca de la inmortalidad: pirámides, criptas y mastabas. Y no quiero perderme de nuevo en comparaciones que soy capaz de no acabar.
La parte más mística de este puzzle, casi podemos imaginarla: cumplir ciertos mandatos, un juicio a la vida, un alma (Ba), una fuerza divina (Aj)… pero aparece un nuevo concepto que no coincide con nuestra cultura aprehendida: el Ka, que permitía al regio difunto llevar una vida terrenal, siempre que se hubiera llevado a cabo debidamente el embalsamamiento y tuviera a mano un buen surtido de alimentos. Y aquí es donde quería venir a parar. ¿Por qué? ¿Por qué os he hecho navegar a través del desierto y mirar de frente todo esto tan escatológico? Nkundi y sus viajes…
Porque, cada vez más a menudo, me tropiezo con los miedos. No sólo con los míos; con los de otros,… ¿los de todos, en un momento dado? Vale, no todos los momentos son iguales y cualquiera es capaz de articular un discurso lleno de esperanza y optimismo, pero lo último que quiero es engañarme, así es que no me queda más remedio que admitir un hecho que, por fantasioso o dramático que parezca, lo estoy viviendo como real. Miro alrededor y veo mucho recelo: al engaño, al desencanto, a perder de nuevo, a expresarnos, a que nos juzguen, a reconocer, a no hacer lo esperado, a no saber qué hacer, aprensión a que nos dañen o a dañar, a dejarnos sentir por miedo al miedo,… y así, hasta no dejarnos ser.
A veces, queremos proteger tanto esos órganos vitales que, si no los mutilamos, los envolvemos en venda hasta cegarlos y, una vez embalsamados y embutidos en sarcófagos blindados, los enterramos a 30 metros de profundidad, en mastabas perdidas en mitad del desierto. ¿Qué agobio, no? Pues lo hacemos. Aparentemente llevamos una vida terrenal, pero le vamos negando tanto mientras sucede, que la reducimos a algo que bien podría llamarse “vida en Ka”.
Espanto ante la muerte o ante la vida ¿Tendrían los egipcios una respuesta preparada para este otro tipo de horror?
No me voy a Egipto a comprobarlo, pero sí estaré unos días fuera. Procuraré no tener miedo. Hasta pronto.
Ocre, rojizo, gris, ocre, gris, verde, gris,… Si viniera el viento y lo borrara todo…
Gris, grava, ocre, gris, verde, arena, verde, gris,… No quiero pertenecer a esa raza que pasa las horas muertas en el despacho del fondo, frotándose las manos bajo la mesa. Ni a esa otra que se asoma de puntillas tras de mí, para mostrar la bonanza que ellos quieren.
Arena, ocre, verde, gris, acequia, verde, enebros, montaña, brillo. Atardece. Van dibujándose las sombras a lo lejos. Tampoco yo les intereso a ellos. No interesan las medidas de mejora por más que les salgan gratis. La Crisis les hace un guiño y a ellos les hace gracia esa prostituta que les enseña a fingir y a practicar sexo “sado” para abismar diferencias. Mrs. Crisis, con vestido de seda en las últimas inauguraciones y de “casual wear fashion” en el “off-site” de hace tres meses, jugándose a la ruleta otros destinos.
El compañerismo, furtivo y a la intemperie. Apenas dos minutos dura el humo al borde de la esquina, donde el viento, donde otra cámara apostada puede estar observando nuestros rostros. No sabemos si nos miden el tiempo, pero está mal mirado ese recreo. Será que no llega el sonido a su sordera embutida en cifras de vergüenza.
Tab-tab, oscuro, naranja, oscuro, tab, oscuro,…
Quisiera borrar el descontento de esos rostros que otros días resultaron alivio en el destierro y hoy andan contaminados de injusticia.
“Próxima estación: Fuencarral”. Cemento, gris, grava, traviesa, grava, ocre ceniciento y, al fondo, unas torres que pretendieron llamativas para alojar en ellas más luchas de poder, intrusiones a destajo, espionaje informático y de pasillo, otros oscuros negocios. Alcantarillas de lujo por la nubes. Naranja, oscuro, naranja, oscuro, gris, grafity “…”.
“Próxima estación: Chamartín”.
Maldito eco de tacones, de perfume de marca y de traiciones, de cattering robado de los picos que no sobresalen a mi sueldo; de corbatas impuestas o elegidas y un gran coche esperando en el garaje para mirarme a través de la ventana. ¿Te atreves a mirar en mis pupilas, sabiendo lo que sé de tus facturas?
“Próxima estación: Nuevos Ministerios”. La pulsión de una ciudad anónima, aunque un poco más cercana que tanto extraño conocido con quien comparto el café-brebaje de la empresa, convenientemente dispensado en jaulas de cristal, donde puedan inspeccionar nuestro rango. Comentarios mal intencionados, mal interpretados, mal avenidos; Gran Hermano de diseño traducido en hermetismo medido y desconfianza preventiva. La otra cara de lo expectante.
“Próxima estación: Sol”. Otros rostros, otros cuerpos cansados y una voz que canturrea en un idioma incomprensible. Sigue cantando, por favor, no pares; que tu canto me libera del hastío y a ti te preserva del miedo de haber caído en la trampa. Deja que el ritmo africano nos sustraiga del acero que se ha alojado en las almas.
Correspondencia con “Mañana será otro día” de sabor acre. Ahora practico un agujero por donde evadirme, cabalgo hacia el olvido con la música aferrada a los oídos. Tres kilómetros mide el pasillo hasta mi casa y siento alivio al recorrerlo. Cuarenta grados, o rondando y siento alivio. El cielo está casi negro y siento alivio ¿Estallará esta tormenta que se fragua? El aire quema la piel, pero es aire… y es piel.