Nunca podría haber imaginado que mi vida daría un giro de 360º. Sí, 360. Cuando iba por los 180, todo se había tornado especial, maravilloso, atractivo…¡perfecto! Pero no pude detenerme y seguí girando hasta la posición inicial, vamos, un asco.
La sociedad me había etiquetado como una persona tímida, débil y pusilánime. Cuando culpamos a “la sociedad” de nuestros fracasos personales nos hace aún más cobardes, pero yo la voy a culpar, para eso es mi historia, ¿no? Nunca me había planteado actuar como “cazadora”, “hembra alfa” o adquirir cualquier rol que implicase algún tipo de responsabilidad con los demás, siempre había preferido quedarme en la cueva esperando a que los peligros acechasen a otros y los laureles adornasen cabezas ajenas.
En fin, yo sabía cuáles eran mis limitaciones y también mis habilidades-aunque no lo parezca, alguna tengo, claro, no soy tan inútil como aparento-pero no quería destruir la imagen que “la sociedad” había creado de mi persona.
Trabajo aburrido, amigos aburridos, ropa aburrida, sexo aburrido y escaso, familia aburrida y pesada, total, vida “aburridamente aburrida” hasta que…
Recuerdo que era miércoles porque la noche anterior había visto un par de capítulos de House, que siempre la emiten los martes, llovía pero no hacía frío. Me había resguardado en la entrada de unos grandes almacenes que hay en el centro. La gente corría calle arriba y calle abajo, unos huyendo del agua y otros, los menos, disfrutando de las gotas de lluvia sobre sus caras. Entre la multitud se encontraba ÉL. Sí, ÉL con mayúsculas porque había que verlo: pelo moreno, ojos verdes, ni fuerte ni delgado, vaqueros, camisa blanca de lino con cuello tunecino y totalmente empapado. Puedo jurar que cuando se estaba sacudiendo el agua del pelo lo hacía a cámara lente.
A cámara lenta también se dirigió a la puerta donde yo estaba, y el único rayo de sol que pudo atravesar el amasijo de nubes se reflejaba en los blancos y perfectos dientes que adornaban su sonrisa. ÉL se apoyó en el otro marco de la puerta. Ya éramos dos quienes entorpecían la entrada y salida de los clientes. No me atrevía a mirarle, ya había babeado suficiente, pero de soslayo pude ver que venía hacia mí. Tiré el cigarro al sentir que me quemaba los dedos. Con tantas emociones había olvidado que estaba fumando.
-Disculpa –encima su voz era maravillosa -, tienes cara de buena persona y…
¡Pero bueno! Indignante. No me conocía de nada y también creía que era buena persona. No iba a esperar más, estaba decidida a hacerme mil tatuajes y a llenarme la cara de piercings, a ver si así también me tomaban por una mojigata, ¿qué se creía ese?
-Bueno, quiero decir que pareces de fiar –tuve que echarle la misma mirada que la que pondría un gato al caer en un barreño con agua fría –Esto… Nada, mejor olvídalo.
ÉL volvió a su lado de la puerta, cabizbajo, casi avergonzado y yo me sentí la peor persona del mundo. Algo es algo, si yo me sentía así, quedaba menos recorrido para que los demás no me viesen tan buena. Había girado casi 90º, pero como para ganar hay que invertir, gasté mis 90 y bajé la guardia.
-No soy una asesina en serie, si es a eso a lo que te refieres –ÉL sonrió –Pero de ahí a que sea buena persona…
-Me dejas más tranquilo –respondió casi susurrando mientras se acercaba lentamente -. Es que necesito un pequeño favor, es un poco embarazoso.
-Si estás pensado en que te preste dinero ya puedes ir buscando a otra con “cara de buena persona” –ahí recuperé mis 90º -. Estoy en números rojos.
ÉL me miró sorprendido y rió.
-Vaya temperamento -¿temperamento, yo? ¡bieeeen, 100º! -. No se trata de eso, tranquila, es que tengo que hacer un regalo a una mujer y pensé que podrías ayudarme.
-¿Lencería sexy para tu novia, tal vez? -¡toma corte, 120º! Estaba remontando, imparable.
-Más bien pensaba en un bolso o un collar para mi madre, es su cumpleaños.
Me desinflé como un globo y ÉL tuvo que notarlo porque no podía parar de reír. 30º, ¡mierda!
-Te has puesto colorada -20º y bajando mientras ÉL se reía a mi costa -. Eres muy divertida, ¿sabes?
“Divertida” no me parecía la mejor definición, preferiría “patosa” o, en su defecto, “torpe”.
-No sé, no te conozco.
-No tienes nada que temer. Es un lugar público y además –se acercó a mi oreja para susurrarme -, yo tampoco soy un asesino en serie.
-Quiero decir –me aparté un poco, estaba demasiado cerca de ÉL –que no conozco a tu madre, no sé qué le gusta o le horroriza. No creo en los regalos “estándar”, creo que deben ser personales.
-Ah, no te preocupes por eso –me cogió de la mano y me obligó a entrar en la tienda -, la conocerás esta noche en la fiesta. Ahora le compramos un regalo “estándar” de esos y la próxima vez, le regalas algo acorde a sus gustos.
-Pe… pero, ¿fiesta? Yo… ¿qué? ¿fiesta tú? –hablar como Tarzán no ayudaba a consolidar mi triste intento de persona segura de sí misma. 5º.
-Claro, vendrás a la fiesta conmigo –siguió arrastrándome hasta la sección de señoras - ¿no pretenderás que vaya solo? No quiero que mi madre se pase la noche diciéndome que debo sentar la cabeza, que si soy un golfo… No me mires así, no soy nada de eso, ya sabes cómo exageran las madres.
Yo también tenía una madre, y a exagerada no le ganaba nadie. Si eso daba puntos… pues 90º. A eso había que sumarle que iba a aceptar la invitación de aquel desconocido: 150º.
-No tengo nada qué hacer esta noche, me lo pensaré –un patético intento de hacerme la interesante -. También tendré que pensar qué me pongo.
-Eso lo solucionamos ahora mismo, bueno, después de comprar el regalo. Te compraremos un vestido, la fiesta es de etiqueta.
No dije nada. Estaba decidida a dejarme llevar por esta vez. Quería mi “media vuelta” y lo iba a conseguir.
Como no éramos capaces de decidir, y para ÉL no parecía suponer ningún problema el dinero, compramos un bolso y un collar a su madre y a mí… Tal vez fuese algo excesivo, pero ÉL se empeñó en devolverme el favor.
A las ocho pasó a recogerme y me llevó al pequeño palacete de su familia a las afueras de la ciudad, donde se celebraba la fiesta. Allí aparecimos, ÉL con su esmoquin yo con un vestido largo, de gasa y seda natural en varios tonos de gris. Los 180º eran míos.
ÉL me presentó a su madre y a varias amigas octogenarias a las que parecí caerles bien, claro, como tengo cara de buena. Todo era lujo: ostras, caviar, champán y como nota “popular” habían preparado una paella gigante. Habíamos guardado cola para que nos sirviesen un plato:
-Señorita, ¿prefiere sólo arroz o le sirvo de todo un poco? –preguntó el camarero.
-¡Lo de abajo para Carmen! –se oyó al otro lado de la sala una voz chillona muy familiar –A Carmen le gusta comer de la misma paella y rascar lo pegadito.
¡La madre que me parió! Era ella y, encima, con un par de copas de champán. ¿Qué hacía allí? Me quería morir de la vergüenza, todos me miraban, ¿por qué no miraban a mi madre? Ella era la borracha que estaba dando el espectáculo. Cero grados.
-¿Te llamas Carmen? –me giré extrañada hacia ÉL, ¿no tenía nada mejor que decir? –No nos hemos presentado.
-Da igual, antes de presentarnos no vamos a despedir. Yo me voy ahora mismo.
ÉL me sujetó del brazo.
-¡Atención, que todo el mundo deje su plato, coja una cuchara y al ataque con la paella! Nuestra amiga Carmen tiene razón, sabe mejor directamente de la paella.
Si lo llego a hacer yo nadie me hubiese seguido, pero, ¿quién se podría resistir a ÉL? Todos los invitados se subieron las mangas y empezaron a comer como si estuviesen en medio del campo. A los ricos les resultan divertidas estas pequeñas extravagancias.
-Ahora sí nos podemos ir –ÉL me cogió por la cintura y me llevó al coche.
-¡Qué vergüenza! Lo siento, nunca pensé que mi madre… -me tapé la cara con las manos, no quería que me viese así.
-Tranquila, conozco a tu madre, viene muy a menudo de visita, es muy amiga de la mía, y un contratiempo así lo tiene cualquiera.
-Pero yo nunca… ¡Ay, estoy a punto de dejar de respirar!
ÉL sonrió y me besó en la boca, ¡360º, qué mareo!
-En la fiesta del año pasado, mi madre bebió tantos mojitos que se puso a bailar desnuda en el jardín. No creo que tu madre supere ese espectáculo. Y si lo hace… pues que lo haga, las madres son así.
En aquel momento aprendí que a la vida no hay que darle vueltas, hay que girar con ella.
PARA LOS DÍAS TONTOS QUE COMPARTO CON LA CECI
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La verdad es que al principio no me hizo mucha gracia tu llegada, no era el mejor momento de mi vida. Con el tiempo y tu insistencia te empecé a querer.
Al año de llegar a casa, descubrimos que tenías un grave problema cardiaco. Nunca podría haberlo sospechado ya que siempre estabas jugando y mostrando tu genio a quienes querían subírsete a la chepa.
Cuando no habías cumplido los dos añitos empezaste a tener achaques, cinco pastillas al día, nada de esfuerzos, siempre en mis brazos, durmiendo en mi cama con tu cabecita en mi almohada y, de vez en cuando te quedabas sin respirar y había que reanimarte.
A pesar de te costaba respirar, y seguramente, tenías algún tipo de dolor, nunca olvidaré tus ganas de vivir, tus ganas de luchar, hasta que un día, te tumbaste el sofá, con el solecita en la cara como siempre te gustaba y diste tu último suspiro.
Te hecho mucho de menos, ¿cómo no iba a hacerlo si cada vez que me giraba allí estabas, persiguiéndome? Sin embargo, doy gracias porque no sufrieses al irte y estuvieses rodeada de la gente que te quería y a la que habías querido.
Ahora estarás jugando y corriendo sin miedo a que te dé un síncope y gruñendo a los otros perritos que quieran quitarte tu comida.
Puede que la mayoría de la gente piense que sólo eras una perrita faldera, pero me has enseñado a luchar por la vida, que no importa el tiempo que vayamos a pasar aquí pues hay que disfrutarlo al máximo, dar mucho amor y saber recibirlo.
Nunca te olvidaré, ni a ti ni tus incansables lametones, Ginebrilla, mi gordita.
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