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patricia


Libros, fotos y reliquias del pasado

Uno de los regalos que trae cada primavera es la feria del libro y algunos de los actos paralelos. Un par de semanas en las que la tentación acecha a corta distancia, aunque sería absurdo negar que no disfruto sucumbiendo a ella. No ofrece ejemplares tan extraordinarios como la del libro antiguo, sin embargo ese despliegue de stands me alegran la vista y el alma. Recorrerlos sin prisa (preferentemente sola, que es como me gustar visitar las librerías y museos) es una delicia. Su variedad y el descuento que ofrecen son un incentivo irresistible. El día del libro cayeron dos, acompañados por un clavel rojo de propina que le da colorido a mi salón, dentro de un vaso con agua.


Este año han organizado, simultáneamente, la exposición “Carroll & Alice”, para conmemorar el 150 aniversario de “Alicia en el país de las maravillas”. Es una preciosidad que incluye fotos, textos manuscritos, poemas y ediciones antiguas. Que te transporta a un mundo mágico, como si te dejara observar el pasado por un agujerito. Y no pude dejar de pensar en cuanto me gustaría conocer las fuentes de inspiración de todos los libros que me han llegado de un modo u otro.


Ayer, a pesar de la lluvia que refrescó el ambiente, le dediqué un último recorrido. Al atardecer, los rayos de sol se colaron entre las nubes para despedirse también de ella hasta el año que viene.

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Evocaciones

Fue hace unos días, al empezar a leer un libro que me enamoró unos meses antes cuando lo vi en un escaparate. Ya había leído alguna reseña sobre él. Además, la portada me parecía preciosa, y ese es un detalle que yo valoro. Era de los caros, así que lo anoté con intención de conseguirlo más adelante. Pero mira por donde, lo encontré algo después en el blog de Isabel Allende, citado entre varias lecturas que había leído durante sus viajes y recomendaba efusivamente. Llegado ese punto, mi escasa paciencia tocó fondo, sucumbiendo ante “Las luminarias” de Eleanor Catton. 800 páginas de las que aun no puedo hablar con completo conocimiento de causa, pero que me devolvieron a la mente otra voluminosa narración, que me fue impuesta cuando tenía 16 años.


Apenas leí, justo después del enunciado del primer capítulo: “En el que un forastero arriba a Hokitika, se interrumpe un conciliábulo, Walter Moody oculta sus recuerdos más recientes y Thomas Balfour empieza a contar una historia”, recordé automáticamente “El Quijote” y todo lo que envolvió su lectura. El tocho que encontré en la biblioteca de mis padres, similar, supongo, al que existe en casi todas las casas españolas. Los domingos por la tarde tratando de leer con desgana el capítulo correspondiente, porque al día siguiente lo preguntaban en clase. Una monja añosa que barajaba con parsimonia maquiavélica tarjetitas en las que previamente había escrito los nombres de las alumnas y te sacaba al estrado para resumirlo en voz alta, lo que en mi caso constituía un suplicio. Y me pregunto cómo se puede hacer semejante despropósito con una obra que requiere ser disfrutada a su debido tiempo y sin presiones.


También me deja alucinada que una veinteañera sea capaz de escribir como lo hace. Y no me sorprende nada que siendo así, ganara en 2013 el Man Booker Prize. La genialidad que se palpa en cada página la hacen indiscutible merecedora.


…delatando quizá un toque de vanidad, pues los aspectos de la persona de Lauderback que más admiraba Balfour eran aquellos que cultivaba en la suya propia.


Y me voy dando cuenta de que tiene más características cervantinas de las que aprecié a primera vista.

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Pensamientos de Semana Santa

Por fin parece que es primavera. La lluvia ha sido sustituida por un cálido sol que me cambia la cara con sus primeros rayos. Ya sí que se paladea el buen tiempo, desafiando a la maldición que pasa por agua la Semana Santa.


La previsión de unos días libres también contribuye a mi buen ánimo, no lo voy a negar. Aunque no me voy a ningún sitio, disfrutaré de compañías queridas, de alguna que otra procesión y del anhelado descanso (los fines de semana se me quedan cortos). Con los tambores de fondo cada tarde, y las tradicionales pelis bíblicas en la tele.


Y como cada vez que acaricio la posibilidad de un asueto más largo del habitual, pienso inevitablemente en lecturas, a sabiendas de que luego estaré en casa menos horas de las que imagino. Pero la perspectiva me basta para ilusionarme. Miro de reojo el nuevo de Murakami, “Las luminarias” (hace meses le tengo ganas), “Despertar”, “La quinta esquina”, y otros tantos que me esperan en la estantería de los pendientes.


Y se me agolpan los recuerdos. Evoco mi Semana Santa mexicana, cuando recién llegada me encontré con dos semanas de vacaciones. Tenía tiempo libre, estaba en un país maravilloso pero no me sobraba el dinero. Por ese entonces vivía en una habitación de hotel y el clima casi veraniego incitaba a estar en la calle. Acepté la invitación de mi amiga Alma (una de las personas más generosas y leales que conozco) de pasar unos días a Guadalajara. Y a mi vuelta, aproveché para visitar la preciosa ciudad de Morelia. Exceptuando el hecho de que tuve que cambiarme de hotel por el ruido nocturno, todos mis recuerdos son bonitos. Estaba completamente sola, con la libertad que eso conlleva aunque en ciertos momentos echara en falta a alguien con quien hablar.


Así que a disfrutar, que son cuatro días. Nunca mejor dicho… 

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El despertar de la señorita Prim

A la mayoría de los libros se llega por aparente casualidad, aunque si analizas el camino recorrido, en muchos casos encuentras unos pasos íntimamente relacionados con tus intereses personales. Y en algunos, al leerlos, la sensación de que te estaban destinados de alguna manera.


Este lo conocí a través de una lista de recomendaciones de Isabel Allende, una autora que me inspira toda la confianza del mundo en cuanto a gustos literarios. Y la verdad, ha sido un maravilloso descubrimiento. Es la primera novela de Natalia Sanmartín Fenollera. Antes de empezar a leer ya me había cautivado su portada. Poco después, ese pueblecito fabuloso de San Ireneo de Arnois al que llega una protagonista que no pude evitar asociar a la señorita Buncle


Ni siquiera todo el mundo podía ser consciente, como ella lo era, de que todo lo que valía la pena admirar, todo lo hermoso, todo lo excelso, parecía estar desapareciendo sin apenas dejar rastro.


Lo describe como un lugar utópico sin ubicación concreta, lo que le da un toque de realismo mágico que me encanta. Con una biblioteca en la que va a trabajar, y una liga feminista dedicada al estudio y la lectura que se reúne en plan salón de té. Cuyos habitantes solo buscan un poco de paz y sencillez, lejos del mundanal ruido. En el que las farmacéuticas abren escuelas de pintura y las doctoras panaderías. Donde vive “el hombre del sillón”, una especie de eremita urbano.


Fue aquí donde descubrió que la inteligencia, ese maravilloso don, crece en el silencio y no el ruido.


Me ha seducido su originalidad, la elegancia con la relata ese universo idílico poblado por personajes como Horacio Delàs, Eugenia Mott, Hortensia Oeillet, Virginia Pille, Herminia Treumont, Lulú Thiberville… El gusto por los placeres antiguos, su profundo sentido de la hospitalidad. Y sus múltiples referencias literarias. “Dickens leía a Elizabeth Gaskell; su admirado Newman leía a Jane Austen, y Henry James, a Edith Wharton”. Una joyita digna de atención, que me siento afortunada de haber encontrado. 

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Mujeres medievales

El reportaje se llamaba “El viaje de Ken Follet hacia la Edad Media”. Lo encontré por casualidad, cambiando de canal un sábado por la tarde cuando terminó mi película. Y me enganché al momento… Es una época que a pesar de que tiene más sombras que luces, siempre me ha atraído. Además, me interesa la documentación de los escritores para cierto tipo de novelas que creo que la exigen. Leyendo “Los pilares de la tierra” y “Un mundo sin fin” advertí que había una importante labor de investigación detrás, un rigor histórico del que carecen libros más exitosos (que no creo necesario mencionar). Constaté una vez más lo esencial que es esa labor documental previa a la redacción de cualquier texto que recoja hechos históricos.


Una de las mujeres que mencionaba era Hildegard von Bingen, monja benedictina alemana del siglo XII, que fue abadesa, médico, visionaria, filósofa, compositora, escritora… que hasta se atrevió a hablar sobre sexualidad. Una dama polivalente e ilustrada, canonizada y declarada doctora de la iglesia.


Otra era Margarita Porete, mística del siglo XIV que formó parte de una comunidad beguina, dedicada a actividades benéficas. Escribió el libro “El espejo de las almas simples” (editado por Siruela), por lo que acabó en la hoguera acusada de herejía como Juana de Arco.


Conocerlas me trajo a la mente a otras tantas mujeres excepcionales. Cultas, inteligentes y adelantadas a su época, como Safo, Santa Teresa, Sor Juana Inés, Sofonisba de Anguissola, Mary Wollstonecraft, Marie Curie, Clara Campoamor y un largo etcétera, que desafiaron los convencionalismos y el machismo de una sociedad que no quería féminas pensantes sino sometidas a la autoridad masculina, allanándonos el camino. Y muchas más que permanecerán siempre en el anonimato pero que habrían cambiado el curso de la historia si las hubieran dejado.

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Manuscritos hallados

Últimamente los manuscritos inéditos aparecen como champiñones. Un regalo inesperado que amplía el patrimonio escrito de ciertos escritores cuando parecía imposible.  Además del hecho en sí, me encantan esas historias que envuelven su hallazgo: mudanzas, baúles, desvanes… polvorientos sótanos en los que de pronto brilla la pepita de oro.


El último ha sido un relato de Conan Doyle sobre Sherlock Holmes, encontrado en un trastero irlandés. Se titula “Descubriendo los burgos de la frontera y, por deducción, el bazar del brigadier”. Fue escrito en 1902 con el fin de recaudar fondos para reconstruir un puente destruido por la riada que tuvo lugar en el pueblo de Selkirk, y editado en 1904. Así que en este caso es más “perdido” que “inédito”.


Recientemente también se ha descubierto un texto de Harper Lee, la autora de “Matar a un ruiseñor” ganadora del premio Pulizter (magistral película, el libro aún lo tengo pendiente). Nada menos que su secuela, aunque fue escrita con anterioridad. Cuyos derechos editoriales finalmente han ido a parar a la Harper Collins. Su autora, quien vive en una residencia de ancianos en Alabama, se mantiene al margen de la polémica pero está encantada con su publicación.


Hace no mucho fueron unos cuentos de mi admirado J. D. Salinger: “El océano está lleno de bolas de bolos” (precuela de “El guardián entre el centeno”), “Paula” y “El chico del cumpleaños”, filtrados en Internet. Según afirma una biografía suya, en los próximos años podrían publicarse hasta cinco novelas de su puño y letra.


Y un cuento semiautobiográfico de Tenesse Williams, “Noche loca”, publicado el año pasado en The Strand Magazine.


Algo me frena a leer “Alabardas”, la novela que Saramago dejó inconclusa. Junto con la satisfacción de que exista una obra más de algún autor al que disfruto leyendo, no puedo evitar sentir que eso de que vea la luz de forma póstuma tiene algo de indecente. Aunque seguramente hubiera sido publicada por él, su conformidad no fue manifestada. Tal vez le hubiera gustado retocarla, tal vez incluso reservársela. Y desde luego, tenía todo el derecho a presenciar su publicación.


Y me pregunto: ¿Cuántas historias de aclamados escritores o pinturas de conocidos artistas permanecen aun ocultas? Y lo que resulta aun más inquietante, ¿cuántas no serán descubiertas jamás?

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Fantasmas

Supongo que el ser humano es morboso y contradictorio por naturaleza, lo que explica en parte que me sienta atraída por narraciones espeluznantes aun cuando me hacen pasar un mal rato. Siempre ha sido así: lo secreto, lo oculto, lo truculento, captan mi atención. ¿Acaso no es el momento en el que aparece el lobo y su corazón se acelera, el favorito de la mayoría de los niños cuando les cuentan un cuento?


Las historias sobre apariciones, espíritus, casas embrujadas… me resultan tan subyugantes como aterradoras. Me encanta la novela gótica. He disfrutado como una enana leyendo la vuelta de tuerca de Henry James, las ánimas de Bécquer, relatos de misterio de Conan Doyle, Poe, Gautier, Dumas, Edith Wharton, Dickens… Reconozco que el fantasma de Canterville me dio más ternura que otra cosa, pero en general estos argumentos me fascinan.  


No me considero aficionada a las películas de terror, quizás porque solo el terror psicológico consigue sobrecogerme (nada de zombies ni motosierras). Mis favoritas son las de fantasmas tipo “El sexto sentido”, seguramente porque les encuentro una verosimilitud. Pero también son las que más rechazo me producen, por eso mismo. Lo peor no es el durante, sino el después. Cuando la oscuridad y el silencio reinan en mi casa, esas imágenes acuden a mi mente torturándome sin piedad. La sugestión es un arma poderosa, y no voy a negar que soy miedica.


Estando sola no puedo ver programas como “Cuarto milenio”, sin embargo cuando lo encuentro zapeando una parte de mí quiere dejarlo al menos un ratito. Mi chico (al que le apasionan estos temas) y yo empezamos a ver “Buscadores de almas”, que emiten en un canal regional los sábados por la noche, porque nos hacía gracia lo cutre que era (daba más risa que miedo, la verdad), y nos hemos acabado enganchando. Sobra que diga que no sería capaz de verlo sin compañía…


Soy víctima de esa sensación ambivalente de atracción-repulsión, lo que no me parece tan irracional cuando pienso que tantos aspectos de la vida entrañan luces y sombras. Que casi todo lo que te cautiva tiene un lado oscuro. O cuando menos, una contrapartida. La cuestión es, hasta qué punto te compensa beberte el tentador veneno y asumir sus efectos. 

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Cuentos para entender el mundo

Una mujer estaba poniendo flores sobre la tumba de su esposo cuando vio a un anciano poniendo un plato de arroz en la tumba de al lado.


La mujer se dirigió a él en tono de burla y le preguntó:


- ¿De verdad cree que su difunto vendrá a comerse ese arroz?


- Sí, claro –respondió el anciano- el mismo día que el suyo venga a oler esas flores.


“Respeto”. Cuentos para entender el mundo. Eloy Moreno


Como dice Eloy Moreno, a partir de cierta edad a casi nadie le cuentan cuentos. Y a muchos, añado yo, nos gusta que nos los sigan contando. En realidad son pequeñas fábulas clásicas, algunas antiquísimas, que ha recopilado y reescrito con su particular estilo. Unas cuantas ya las conocía, pero permanecían semiocultas en algún recoveco de mi memoria. Otras han sido un valioso descubrimiento. La mayoría ofrecen una visión muy zen. Todas ellas exaltan valores humanos fundamentales: la amistad, el valor, la generosidad, la tolerancia… Los dibujos que las ilustran, obra de Pablo Zerda, son una maravilla. Me recuerdan a los personajes de las películas de animación de Tim Burton.


Me han hecho mucha gracia las instrucciones de uso, como si de un medicamento se tratara. Lo cierto es que pueden considerarse un eficaz bálsamo (sin contraindicaciones) para aliviar el desconcierto, abrir la mente y el alma, enfrentarse a la vida con una actitud positiva, indulgente. Mi favorita es la última: “Y cuando hayas comprendido el mundo, intenta mejorarlo”.


No podría quedarme con uno solo de los cuentos, porque todos son lúcidos y conmovedores, pero me ha impactado especialmente el de la niña que le regala a su maestra una pequeña flor naranja el día de su cumpleaños, que solo crece a la orilla de un lejano lago. Cuando esta le dice que no debió ir tan lejos para buscarle un regalo, la niña responde: “Bueno, eso también forma parte del regalo”. También el del rey que no era capaz de mantener el equilibrio entre la alegría y la tristeza, por lo que promete un premio a quien fabrique un anillo que le ayude a encontrarlo. Después de muchos candidatos, llega un viajero que le ofrece un simple anillo de bronce con tres palabras grabadas: “Esto también pasará”.


Un deleite, beberme este elixir de sabiduría y bondad.

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