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Sortilegios y memorias

No es enteramente humano el que no piensa


Caminos...

El mensajero llega sin buenas nuevas esta vez.
Cuenta que ha perdido el camino al paraíso y que no le dejaron atravesar la orilla del oasis para aplacar la sed.
Llega con los pies molidos, envueltos en tierra y sin el pergamino con las órdenes expresas.
Dice haber atravesado montañas sin bautizar y un par de ríos limpios; dice haber aprendido dos o tres canciones populares que les cantan como nana a los niños. Y que la octava luna es tan bella que le pondrá ese nombre a su amada cuando deje de trajinar caminos.

A su caballo hace días que le perdió el rastro o quizá se lo robaron en los escasos momentos de sueño.

El mensajero hace sumas equivocadas para que le cuadren en el corazón las pérdidas y las halladas (sólo él sabe que se engaña).

Relata con viveza y descaro sus aventuras por esas tierras lejanas, pero sus cardenales delatan cansancio, luchas y carencias. Se ha sentido extranjero y ha conocido el hambre más devastadora, sin embargo lo que más lamenta es que las órdenes del pergamino no fueran imprescindibles para empezar la guerra. Y, amargamente, llora.

Cuento popular apto para todas las edades y sin pretensión alguna.

Érase una vez un monarca sin nombre.

Marcaba los ritmos en latín, dibujaba palomas libres y la lira era de su agrado. También coleccionaba libros. Desistía de todo conflicto y creía en el poder de la palabra.

Los gatos, aves y reptiles eran respetados y alimentados cada día (había jornadas en que ni él lo hacía).

Todos los infantes educados en disciplina y cabalidad. Los bosques limpios y cuidados.

La filosofía que le sustentaba no eran oráculos, estrellas o sortilegios, sino la que le marcaba la rutina de las necesidades de su pueblo, con el que se tuteaba.

No había tiempo para melancolías.

El reparto de riquezas y tareas había de ser justo, la sanación de los cuerpos prioritaria, así mismo la del alma.

Nunca hubo súbditos tan satisfechos.

Pero esto suena a cuento ¿verdad?

Todos sabemos que el ansia de poder, el egocentrismo, el afán de superioridad y la ignorancia vienen a caotizar esta suerte de ensueño.

El pronóstico se cumplió: el monarca no pudo contener la avalancha de fechorías, cohechos, prevaricaciones, evasiones de impuestos, tráficos de influencias que asolaron el país.

Un par de sibilinos tratos acabaron derrocándolo definitivamente y su nombre ni siquiera pasó a la historia.

No tengo nada mejor para hoy...

Atuso mis cabellos
mientras trato de encontrar el nombre para una estrella.
Despilfarro galantería
y dibujo ángulos que te agraden.
Me acucia la necesidad de amarte
¿es que no lo ves?.
Tú, a cambio, me devuelves sutilezas,
me prometes un destino
que me dejas pulir a mi antojo.
Mientras tanto me enraízo en tus redes
y refuerzo mis bases íntimas.
Me narcotizo con tus ritmos;
te embriago, a la vez, de mi veneno,
me deslizo por tus parajes recónditos
y te cedo mi espacio para que lo ocupes
cuando quieras.
¿Y si con ráfagas de aliento tórrido
te propongo
purgar
este pecado
en las llamas
de
tu cuerpo...?

De lo que no cure un espléndido paseo por la naturaleza (parajes recién descubiertos

Laderas alfombradas de brezo, castaños centenarios en cuyo tronco llegan a caber cuatro personas. El sonido del agua delatando soberbios arroyuelos corriendo por doquier. Flores coquetas.

Bifurcaciones flanqueadas por robles que no se han deshecho aún de sus hojas viejas…

No hace falta esmerar mucho los sentidos para dejarse invadir por la magia del entorno, salpicado por el vuelo de cigüeñas majestuosas y cernícalos acróbatas…

Respiro con avaricia y, sin ser muy consciente de ello, oxigeno mi cuerpo… y mi alma.

 

Pdta.: Para el color del brezo mejor una imagen que mil palabras.

Narciso.

Contempla tu rostro

Refléjate en el agua

Y no huyas.

Eres tú:

Eterno tormento hecho de carne.

 



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