Portal de blogs literarios, comunidad literaria, y foro literario - Libro de Arena
Conoce a zurdo a la izquierda            1 libros en su biblioteca
     1 valoraciones      24 posts en su blog      Es lector de 0 grupos

Miércoles

Acontecimientos, la información de todos aquellos sucesos relevantes en el tiempo cercano, el pasado inmediato. De pensar le dolía el ojo, sería mejor olvidar y largarse de allí, pensó con una urgencia de esquizofrenia que surgía desde dentro y le invadía cada grano de sangre de su piel pálida, bellísima... círculos exteriores en la mente, un judío que no creía en Jesús, la raza Arias, un megáfono... le aturdían y necesitaba no pedir nada, a nadie (ni) nada; quería dejar de pertenecer a un conjunto, volver a su ser intimo, dominar sin cordones que ataran, sentir placer al mojarse, oír el agua caer, inundar su casa.
 
Había donado sangre para poder acudir esa noche a un concierto en la ciudad, una cola y un bocadillo de atún en aceite de oliva. Inventando sonidos caminaba de intro, reflexionaba sobre la implicación del veneno en el liquido receptor tibio que contenía el anillo, lamió la piel del dedo en derredor del aro tropezando con un complicado cartel anunciando al país de la bota destrozando el tacón y hundiendo El Vaticano hasta aplastarlo contra la acera. Levantó la cabeza y vio aquel viejo edificio, un hombre cerraba una ventana, no pudo verle bien, de inmediato volvía a abrirla, pero sólo un poco, intentaba encajar bien la parte de abajo, lo hizo y la cerró de golpe, desapareció.
 
Volvieron los círculos exteriores que no solidificaron, los volatizó soñando a Bernard Shaw de la misma forma que éste soñaba a su Juana de Arco; el aceite le chorreaba las manos, volvió a lamer ahora casi toda la mano y tiró el resto de atún al suelo y eligió ser Jean Seberg, era Juana de Arco con toda su locura dejada atrás; ya era imparable, sentía que volvía a ser una lunática, un placer. La Seberg, sus amantes: Eastwood y el mejicano Carlos Fuentes, Ricardo Franco vio lágrimas negras en su melancolía del corazón; el amor de Emile Ajar (R. Gary) y el escritor negro Baldwin.
 
Encendió un cigarro pidiendo fuego a un acordeonista, giraba sobre si misma sin dejar de caminar, escapar de las fronteras de la locura, los gitanos de los balcanes bailaban al son de cachivaches centenarios que sonaban a latas y clarines de feria, obertura delirante de la tragedia final, tatuaje a fuego en su piel blanca y fría dentro de un pobre auto europeo.
 
Ese mismo frío sintió ella al quitarse los zapatos frente al viejo edificio con la ventana del segundo piso cerrada, había estado danzando en círculos, ese edificio, esa atracción le sacó de su desquiciada y suplantada vida sin beneficios; sentir que abandonaba el infierno al entrar en el refugio, mojándose los pies con el agua que lloviznaba del techo de su nueva casa, cribando la vida sintió que era allí, agarró la maleta y subió con ella por una escalera de pequeñas cataratas hasta la puerta de la fuente, llamó como si lo hubiera hecho durante los últimos dos años, Shelter abrió la puerta, hacia mucho tiempo que la estaba esperando.
 

Jueves

 

Al abrir los ojos vi el suelo lleno de mayólicas antiguas.  Despertando, la niebla de los sueños se disipa entre medias alucinaciones y temblores de realidad, hacía frío. Los jueves son los días más fríos del verano, en invierno los más cálidos aunque nieve, no sé por qué tenía frío, era jueves. Necesitaba salir a caminar, perderme por las fachadas de los vecinos, por la playa de la Estratégica que se sale del Limbo, en una librería virtual o llegar caminando hasta el interior de una búsqueda que entretiene aunque no conozca destino ni causa, perderse es gratificante si no te ciegas.

 

La pasión, que no depende de nosotros, según La Rochefoucault, tan poco como la duración de nuestras vidas, la sustituí por la codicia, por la voracidad desoladora de querer perderme dentro de mí, convicción firme de un débil. Caminé horas sin mirar, tan sólo busqué en el interior de una inteligencia dentro de un corazón envuelto de miedos. Divagando sobre trampas, gatillos de cañones, cicuta, violinistas desnudas, necios, profesionales especializados en maquillar cadáveres, monjas y Papas asesinados, cofres de tesoros, dentelladas de tísicos, algunos músicos del Bronx, cacatúas, poliedros en cabezas de balas alemanas de frutas y sobre el mal puro. Llegué ahí cuando advertí que ya no caminaba y me hallaba sentado junto a un mono que hablaba, recitaba la tabla de multiplicar por el seis. Apreté los puños y levanté la cabeza aún frente al espejo con el agua mojándome los pies, el agua salía del lavabo a borbotones, pequeñas cascadas ruidosas mientras el mundo seguía cayéndome encima como todos los días. Desconozco a ese tiempo que no se paró frente a aquel espejo, demasiado quizá. 


 

No creo que pudiese aguantar a dos Testigos de Jehová hoy, pensé cuando llamaron a la puerta. Cerré el grifo y salí sin camisa. En la puerta, plantada, estaba mi vecina, es de mi edad, vive sola y no creo que tengamos más vecinos en todo el viejo edificio. El agua de los monos parlantes había llegado a su casa. Volví dentro dejando la puerta abierta y preparé café. Era la primera vez que nos veíamos cara a cara, que escuchaba su voz cálida de Jueves y el ruido de su maleta arrastrada por el agua.

Un McDonnell Douglas en las Nubes

 

El hato de mentiras, desprecio, palizas y el no comer caliente, desata pantalones, shorts, camisas floreadas, bragas, calcetines, sueños y ligueros de cualquier secadero. Desencadena tristeza rabiosa y una desesperanza narcótica: Mirar los frutos maduros, casi secos, cayendo de ese tendal secreto que se llama “un sufrimiento de caballos”.

No me dejaba dormir, trescientas vueltas sudando pesadillas, demasiado ruido, el calor asfixiante que se declaraba inocente. Me levanté y perseguí aquel ruido calcado al despegue de un Douglas cuatrimotor del 46, en cada paso que daba el ruido rayaba hasta mover los dientes.

Entré en su casa, un caserón enorme con el suelo lleno de nubes que salían por la puerta. En el centro del patio, María (nombre escogido deliberadamente) de rodillas ante un balde sin agua y con lavadero de madera clamaba una retahíla de sinrazones, insultos, rascamientos de la cabeza de pelos anárquicos (estudio de una reforma neuronal) golpes secos de la palma de su mano, babas de ofrenda… Todo oculto, escondido, por el ruido de aquella lavadora pasada de centrifugado con tambor de carga frontal, viajando a la velocidad de la locura y escupiendo espuma de jabón industrial inflado; como un altar con sagrario donde María guardaba su dignidad y su odio hacía todos aquellos que le llevaron a su conflictiva y aseada locura.

CÉLULAS

 Van Gogh, Vincent

 

No miré el efecto ni el aspecto científico del hecho de salir al pasillo de la séptima planta y volverme para darle un beso de despedida, en la primera hora de la mañana es casi un ritual en lo que se convierte al separarnos para irnos cada uno a su trabajo. Ella estudia la mirada de la gente, yo miro a los que estudian nuestras miradas.

Unos días atrás Xevelq me dijo que me notaba nervioso y fuera de mi entorno. Yo sabía que ella, desde antes, ya estaba volando por los tejados del rascacielos que un arquitecto loco construyó en el campo, a noventa kilómetros de donde vive el vecino más próximo. Sonaban los teléfonos y corríamos en direcciones opuestas para contestar, después nos mirábamos y callábamos con los instrumentos del trabajo clavados en la moqueta del apartamento, las sospechas nos ahogaban, culpen a las lágrimas.

En la puerta volví a darle otro beso, rompía el ritual, nunca le besaba en la boca antes de separarnos en la calle, se detuvo y me acarició la cara con las yemas de los dedos. Después de cinco días nos veíamos recíprocamente las pupilas; curiosas coincidencias, los suyos brillaban también, idénticos reflejados los míos; ojos ni vidriosos de llantos ni cansados, irritados, el tono de las palabras sería: ansiosos, expectantes.

En el aparcamiento de aquella azotea me esperaba el señor Frölich, después de veinte años iba a conocer a mi hermana, bajé del coche y me fui acercando, Xevelq estaba a su lado llorando.



Ayuda | Contacto | Condiciones de Uso | Política de Privacidad



2014 © librodearena.com