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Parachutes Single


- Yo estoy loco; tú también lo estás.
- Y ¿cómo sabes tú si yo estoy loca?- le preguntó Alicia.
- Has de estarlo a la fuerza- le contestó el Gato-, de lo contrario no habrías venido aquí.

 (Lewis Carrol)

 

 MOEBIUS

 

El sol había venido a su cumpleaños como si estuviera al final de la calle acabando uno de sus balanceos: achicharrante. El taxi no tardó en llegar, nos hicimos amigos del taxista. 45, como la pistola de Hunter T. Yo abrazaba las hormigoneras y a los taxistas de Mali; teníamos ganas de pasar a Chile. La felicidad de los hongos. Para llorar siempre hay un tipo de tiempo, como para ver la Alhambra. Aquí no son necesarias las pistolas, no en estos casos de aguas de ojos con habitaciones de hoteles un poco más arriba saliendo disparadas por las ventanas. La última tarde que intentamos querer a los chicos de las calles lisérgicas nos acompañaba el viento, aunque no resultó en vano.

La montaña más alta, la de las nieves y eso, la forramos de cuentos chilenos de la época aquella en la que todos quisieron cambiar, poco antes del viaje de Allen Ginsberg con sus recetas urgentes y necesarias. Por lo que aumentaban nuestros deseos de pasar a Chile, nos traía al pairo porqué lugar, el país es inmenso en su extensión fronteriza. Un abrazo, otro, a una llama. 45, con la misma pistola, si se acercara un hippie, le matamos. Dije cuando ya subíamos y después de beber algún brebaje del grupo 0+ con lophophora.

No es ninguna misión. Tendría que desnudar un secreto. Bueno, no quería estar solo y el sol salvaje acampando en el parabrisas del coche reventado en su interior con una especie de cumbia mexicana. Te transportaba a no sé donde. Pero preferíamos ir hacia el oeste pues ya estaba la montaña y los cuentos, todo eso quiero decir, explicarme acaso, no sé... la imposibilidad de equivocarnos, la verdadera seguridad de la inexistencia de enigmas, los buscadores de oro que comen hojas de coca; las botellas y el niño corriendo por la calle mientras que su sonrisa regenera tu mundo delirante, tan real como arqueado a la misma tapia conocida en la que sabes a qué lado lanzarte sin pensarlo porque siempre tienes esa exigencia de equilibrio. Clá.

Dentro de las nubes podemos contravenir la misma noción del hecho, negar que estemos pululando entre ellas. No por alucinar, simplemente por objetar estéticas. Las expectativas de los lectores, la frustración ante la altura de la altiplanicie. Aclarar en este caso de que estamos de viaje y no implicamos aquí la metafísica pues representamos paradojas. Leyes distintas de la realidad nos llevará al otro lado en una casualidad que esta descripción de los sueños diluidos al borde de las conjeturas creará un nuevo orden en el que John Wilkins nos ayudará a registrar el aroma del destino una vez alcancemos la cima de la montaña. Un indio dormitaba con la espalda sobre la embocadura de una botella de whiskie en perfecto equilibrio un palmo por encima de las piedras. Un iPod en silencio a su lado con imágenes del olor de las distancias espaciales de Kubrick. Apuntamos su número de teléfono. Thompson y su abogado investigan sobre algo de la invisibilidad de los diálogos chinos en los burdeles occidentales. Una fotografía también, de un gato clavando sus garras en el caparazón de la tortuga de Robinson en el entierro de Melquiades Estrada (comentario insólito en Tichý).

45, la mitad de una vida porque la última llamada de Hunter T. la hemos dejado atrás para vivir todo lo que debemos de explicarle cuando lo pregunte. Descender es más fácil. Llegamos a la playa. Guardamos todos los recuerdos y el tiempo del viaje magullado en un reloj de sol asomado a todo lo vivido, los cachivaches, etc… en un agujero y KurtA dibujó un mapa del lugar para no olvidar nunca porque desde allí ya no se divisaban las montañas. La vida que transcurre fuera de una pantalla no me quiere devolver a la civilización. Y nos bañamos en el Pacífico. Cálido. 

Invierno. Alguna metáfora de la sangre y un cuento para regalarte.

 

Plan A: Y si nos pintamos tres X y nos vamos de rondín por el universo? Plan B: Ponemos un negocio de videos bizarros? Plan C: cricricri. (Kurt A)

 

 

 

OCÉANO LÁCTEO

The Pond Moonlight de Edward Steichen

 

 

Un bosque de Valium azul filtraba a trocitos en la tierra centenares de ojos de cíclopes con nebulosas estáticas perdidos por navidad. Era una noche de calor, de arcángeles dentro de las piscinas. Los dioses dormitaban sobre los puentes interminables del océano Lácteo. Despertó uno de ellos y se comió un halcón. Se fundían los días olvidando el color de los cielos; en blanco y negro se perdonaban estos cielos y los niños de los relojes. Una mujer con un carrito atiborrado de trastos, un gorro y vestida con harapos poseía los ojos de la Garbo. KurtA le dio una moneda, se la puso en las manos. Los edificios, los teatros, un nuevo río salvaje. Todo era blanco y quedaba atrás junto al ruido de las alarmas y los chiflos de los sindicatos.

Acaso si vimos las ventanas cromáticas de microcosmos de fuegos asilvestrados en el interior. Jadeos de bellezas orientales tatuadas. La música más trepidante revoloteaba en las esquinas donde los chicos malos vendían sueños inalcanzables. Lo material y lo intangible. Un cálido y extraño bóreas dentro de las campanas señalaba horas que a nadie interesaba contar. Se oía el mar, las olas uniéndose con las piedras. Chocaban sobre las paredes virginales rayos horizontales que pedían no ser olvidados por el invierno en la fecundidad de Démeter. Las bailarinas de las cajas de música cantaban credos antiquísimos de besos en estampas sagradas. Y originábamos sobrecogedores nuevos conocimientos con el silencio, con el miedo, los libros, dentro de la vida de los camaleones ocultos, observando el hábito de las sirenas de soñar con sitios distintos. Nadie se atrevió a ordenar prudencia. Los Titanes viven en nosotros. Volvía el tiempo que Libis había escondido. Habíamos quedado para ir a los espigones a pescar manzanas cuando estuvimos apoyados en la puerta del taxi que esperaba a Janis Joplin. Quisimos ir andando, saboreando algo que ambicionábamos recordar: los oficios antiguos, las miradas de los vecinos de Summertime, la locura de los trópicos… Una noche que la Luna cayó al mar y en la que el mundo para saber quién era se volvió sonámbulo.

 

MEZCLA PENNING. carta alcaloide 4

 

Ferrer

 

Nuestra ardilla con gafas disparaba fotos desde un árbol al gato que brincaba con cinco latas de tomates amarradas al rabo por el alambre de cianuro del cometa verde de Saturno, cuando un virus informático vórtice híspido nos zigzagueó hasta la puerta del cine Loren de una ciudad al sur de Sighisoara. Bailaban frente a la entrada junto a un violinista dos niños gitanos nativos de aquella avenida, robots descalzos de la casa de cartón. El cine estaba cerrado por defunción de las órbitas concéntricas. En el sombrero dejamos una foto del gato Warhol y una tarjeta con créditos que arreglan el mundo alejando a los archienemigos del origen de los ojos azules del Este.

La noche quieta sin el cielo de las bicicletas desbordado por los coches de luces rojas al pasar, la fina lluvia que se asoma para despedir al día. Pasear dentro de una nueva imagen de fotografía por la ciudad buscando el final de los huesos rotos. Inmutables al agua, a las señoras desnudas bajo visones atómicos nadando por las calles. “Amarcord” de Tonino, de Úrsula Iguarán. Me acuerdo, entonces, del viejo enloquecido de Riohacha que quemó la iglesia la misma noche que perdió a su esposa.

Estrujarnos un poco más para protegernos de las gentes y disfrutar de la seducción de la sonrisa nerviosa al sentir el viento de rascacielos de agua salvaje en la cara. La luz de las farolas rojas que va frunciendo la noche en el cerebro para no olvidar que en el parque de los niños nos espera un refugio que nos llevará bajo el lago soñado de Atitlán donde vestirnos con nuestros exoesqueletos de aviadores  para matar a los superhéroes y acabar con los eslabones milenarios que encadenan a todos estos mundos a la muerte más incomprensible y deshonesta. Mover el Sol mil años bajo las noches sin estrellas para así restaurar nuestra verdadera conciencia eónica de contrabando para vivir sin el traumático dolor sensorial oficial.

Un beso cuando despertamos del sueño. Sabemos que es real.

турист магазинa

                                         
 
 
- De reserva… uno nunca sabe cuando va a necesitar luz.
 
Fue una sensación.
Para mi, las últimas dos lajirtijas que Shelter sacó de su bolsillo duraron más. No sé. En ese ratito, y mientras él sacaba cuentas sobre los gastos para viajar hasta el límite oeste, yo recorría las charreteras de su chaqueta con la pluma de una grulla real. La misma que lucía la tarde cuando lo conocí.
 
Yo buscaba un medidor de luna que no fuese radioactivo. Uno simple de esos que marcan las fases de la creación. Lo necesitaba para adornar el frente de mi casa y tener una leve idea de los nacimientos en el nivel π. Pensé en la tienda para turistas porque es el único almacén de todo el ghetto en el que venden lo inimaginable.
Mi amigo Zunaid había comprado, allí, un erhu de cristal, con una muñeca china incluida, que sólo con el mando de la voz ejecutaba cualquier melodía.
 
Al abrir la puerta del lugar, el olor a café me mareó. Sí. Lo prohibido marea en todos los refugios. En el ghetto está prohibido pero la tienda está para satisfacer deseos de turistas (Él  también consigue Coca Cola de contrabando, obligando  a los piratas de Tlion a dejar un pack cada vez que pasan por la tienda a reponer mariposas adiestradas)
 
 
Desde uno de los ángulos:
 
 -Toeeeeeristeeee ,toeeeeeristeeee
 
Un pájaro multicolor, enorme.
 
Shelter apareció.
 
No, no, no: fue apareciendo… primero su gorra SwT; luego la chaqueta-que tiene puesta ahora y casi siempre- con sus X bordadas en las charreteras. Sus pantalones. Sus borceguíes acerados.
 
Intenté explicarle lo que buscaba pero la música de la jukebox me distraía “… y tú mirando para el Sur…larala…larala ”
 
- Qué de cosas! Le dije, finalmente, para que no quedaran rastros de inteligencia en mí.
 
- Uffff, te gustan las chucherías? Aquí hay de todo. Tienda para turistas, al fin. En estos anaqueles de dimensiones asustativas conviven cajas y cajas de marcadores Maradona; Todo tipo de ropa chamuscada por las llamas de la autocombustión. Se venden como rezagos a otros turistas advenedizos  junto a la pequeña cronología de los hechos ya que es habitual en turistas, eso de incendiarse junto al cartel ubicado a las puertas de la ciudad que dice:
“Soulless, el emporio de la piel llagada”…
 
-Cuál?
 
-Ese  que tiene dos muñecos desnudos siliconados…En el fondo, por allá,  tengo una colección de partituras de un loco al que llamaban  Wolf-gangus y cientos de varitas de director de orquesta. ¿Ves? Justo iba a remarcar el precio de las mermeladas de amores contrabandeados. Por supuesto todo tipos de pins: de la Escuela de sirenas, de la Academia para encuadernadores, del parque de lajirtijas. ¿Qué necesitabas?
 
Le conté sobre el medidor de lunas.
 
-Tengo.- sonrió satisfecho. Y se puso a buscar entre las cajones.
 
-SUEÑOS SIN USO- SUEÑOS USADOS (reponer)- SUEÑOS POR ENCARGUE
 
FASES DE LUNA- SAT.  buscó un papel lleno de símbolos.
 
- Acá está. ¿Tenés casa?
- Alguna…
-Bien, Pegalo sobre la pared  que da a las chimeneas PortLand.
 
 
- ¿Vendés sueños por encargue?
 
- Ah, esos. Antes si. Éramos muchos más y los turistas querían parecerse a nosotros. La mayoría deseaba encontrar diamantes de caras incalculables 
Ahora somos muchísimos  menos. Incluso menos lagartos y menos lijirtijas. Los turistas traen sueños holísticos y las minas son cráteres muertos.  
-¿Cuánto debo?
 
Nada.- Volvió a sonreír.- Cuántos keiros puedo cobrarte…mirate esos zapatos… a ver, Te vas a caer, como todos nosotros cuando arrastramos los hilos…- y se inclinó.
Ahí me di cuenta que íbamos a andar juntos.
Ahí me di cuenta de que era poeta; Lo supe por el modo en que me ató el cordón…
 
                  ***********************************
 
-Ey! Me estás escuchando
 - Ah, sí, perdón.
-Mmmmmmm, a ver ¿qué dije?
- Que el amor es dibujar flores en los picos nevados hasta que el rojo los derrita o adiestrar nubes que aprendan a jugar carreras sin hacerse trampa. Hacer que las lajirtijas sean   felices viajando al cielo.
- Jajajajajaja… Sí. Escuchaste!
 
 
(Ay… Mi margarita, si se desarma me muero.)
 
 
 
  
 

(Imagen Principal : Drawers, Marcin Jakubowski )

"LAJIRTIJAS"

 

Otros piensan en cápsulas espaciales para poder mandar sus poemas a la Luna, yo dejé los poemas que nunca escribí en casa de Háqrön para visitar la cara oculta de esa misma Luna. Los alfileres clavados en algunas fachadas nos invitaban a trepar hasta las cornisas llenas de nubes y repletas de niños que comían helados de frutas tropicales y niñas que saltaban a la comba de dos cuerdas volteadas por enanos blancos del Camerún; agarrados, girábamos alucinando estrellas con los zapatitos de las niñas sirenas.

Bajamos en un tubular helicoidal con letras en kirghiz: турист магазинa-Remington Steele; eran las ocho, las luces del parque se apagaban y volvían a funcionar dos horas si le echabas por la ranura dos lagartijas vivas autóctonas sin patas rotas, era su única manera de ir al cielo, permanecían esperando casi sin moverse frente a las luces que se apagaban con ranuras en el parque y mientras estábamos sentados nos acariciaban los pies rozándolos como hacen los gatos del Sol. Los turistas seguían empeñados, discutiendo, que las niñas sirenas a trescientos metros de altura, entraban en hibernación creacionista y que siempre esas noticias las verificaba Reuters. Echamos dos lagartijas más, madre e hija, bellísimas.

Siempre creí que habría sido un sueño. Toda esa libertad no era sino el deseo de volver a vivirla, tocar las escamas de los peces y sentir su frialdad, sentirme libre sin ojos en las manos que me apremiaran cada amanecer por mis débitos, por sus viejos compromisos, la vertiente más imprecisa, una delgada línea que puede llegar a separar en dos definitivamente la vida del ambiguo anfibio.

Así, debilitado, busqué un refugio en las ondulaciones de un cordón de aquellos zapatitos, en los lazos donde la brisa de New Orleans roza la respiración de las ballenas y propaga ese sonido hasta encerrarlo dentro de los platos chinos que tapizan la superficie de Europa, la segunda luna de Júpiter en la cual Zeus tiene prohibida la entrada. Harto de tantas tumbas, harto de no poder abrir los libros, recogí las fuerzas de aquel ángel frágil, sin arco, y volví al parque de las luces con ranura.

¿Si es verdad que no puede entrar un dios, cómo podrías hacerlo tú? Recordé algo que escuché a un sabio callejero en Bagdad “cuando la luna es una pequeña guadaña, empieza el sueño del dios”. Metí las manos en los bolsillos y saqué dos “lajirtijas” con las patas nuevas.



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