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Si no puede o no sabe soñar...

soweticos

 

 

 

“Si no puede o no sabe soñar…”

 

Cruzando Cris Hani road, un grupo de chicos sonríen. Hace tiempo que están allí. 

Es la hora en la que Shelter sale a pintar graffitis para los turistas.

 

- Viste, cada vez son más los que te  esperan.

 

No me contesta. Está en un rincón del salón demasiado entretenido guardando las pinceletas  en la mochila.  Tampoco lo hace Zunaid,  quien  sigue con los ojos clavados en el libro marrón de  puntas carcomidas dejado por  un turista como forma de pago. Es un tratado de química,  XXI  Century Alchemists,  firmado por un tal  Ferrarius.  Escribe los márgenes, subraya, dobla las hojas. El libro lo tiene  hechizado.

- Todo está inventado, amigo mío- le digo, a propósito, para que me mire y sabiendo qué  palabras usará  para defender el futuro.

-No podremos  fabricar petróleo, curs, quién no sabe que se  necesitan un millón de años para transformarnos  en una gota,  pero quizá consigamos algo que lo  reemplace y entonces ya nadie va a invadir tierras ajenas y entonces…

 

 (Sí. Creo que repite uno de los sueños de Shelter.)

 

Los turistas eran cada vez más exigentes, más sofisticados desde que el Google Earth nos mostraba como la tierra de las piedras brillantes entre  rostros oscuros. Cuatro aviones diarios, 120 personas por avión y un solo deseo: hacerse ricos. Cuando comprendían la realidad (todo había quedado vacío) buscaban algo  para justificar el viaje, un souvenir  exótico para la vitrina de sus casas. Fue cuando comenzaron  a desaparecer los lagartos o las lajirtijas de las plazas y se los podía encontrar a quinientos dólares  en los estantes de las otras tiendas. Disecados.

  Rabia. A Shelter, la nueva costumbre  le daba mucha rabia y no veía modo de salir de esta nueva tendencia mercantil   hasta que conoció a ese extraño turista que le pedía “un sueño para cuando estoy despierto”. Dos tardes después el hombre se llevaba sus “Trenes”. Le dio un sueño donde los vagones competían con los ríos, donde no existían las vías muertas. Todas llegaban  a destino y ofrecían un hogar para vagabundos.  El hombre pagó con un par de botas de agua, un capote de la marina francesa y el libro de química. 

Desde ese momento, los cajones comenzaron a crecer.  A los clásicos  de sueños sumábamos, ahora, los “PRE-SUEÑOS”.  Sí. Absolutamente personales, intransferibles.  Indicaciones  en papiro y tinta china, con nombre propio y posibilidad de ampliación. Escritos en la lengua original del soñador o en  isizulu  y la traducción aparte. Las indicaciones de uso eran sencillas: Antes de dormir, como quien toma una pastilla, se lava los dientes y reza, así, todas las noches se debían repetir las secuencias del presueño. (Hasta donde sé, nadie los devolvió) Muchos se ubicaban en una especie de paraíso bíblico.  Otros, más reales,  desplegaban su acción en las más importantes ciudades del planeta (París-Roma-Atenas, eran las favoritas para los presueños de amor).  Y fuera de él, también.  Hubo un  señor calvo, de  Australia, que  buscaba un sueño en el anillo B  de Saturno y una sudamericana   que deseaba un puente de 11.000 kilómetros construido sobre el océano Atlántico.

  La lista de pedidos especiales  para Mayo colgaba de un alfiler junto a la imagen de Héctor.

 

PEDIDOS ESPECIALES-MAYO

 

Robot para minas antipersonales: 4

Bolsas con medicamentos: 3

Libertad para los esclavos de Corea del Norte: 1

Vacunas contra el SIDA: 4

1 bala y/o 1 litro de nafta  por 1 kilo de comida: 10

 

¿Precio? Trescientos dólares no es caro. Con ese dinero se financia la escuela-hogar   de graffiteros y el criadero de lajirtijas.

 

 

“Si no puede o no sabe soñar…”

 

  ¿Voces en contrario? Claro. Muchas. Aquellos que criticaban  el hecho de que los sueños fuesen un  negocio…

 

 “Los sueños son patrimonio de los artistas, no tienen precio” Se leyó en un editorial de la revista “Soweto NoW”. Ese día las carcajadas de Shelter llegaban hasta la calle:

 

- Egoístas que tienen tiempo para desperdiciar sueños. ¿Acaso hacen algo con  ellos? Yo canjeo sueños y pre-sueños  por mundos mejores. Las personas duermen seis horas como mínimo y despiertan  sin recordar o peor, recordando pesadillas; sueñan con la misma vida sin colores que tenían antes de dormir.  Digamos que es un intercambio de colores: yo les doy sueños en colores y ellos me dan  trescientos dólares para ponerle color a este otro mundo.

 

    Ya casi termino de arreglar la vidriera. Al  viejo maniquí  le pusimos los tesoros del soñador de trenes.

 Pienso que no deben quedar muchas paredes vírgenes en el Soweto; Shelter tiene muchos discípulos con sueños propios que saben pintar.  

 

“Si no puede o no sabe soñar”

 

- Es hora, miralos, me están esperando.- dijo, poniéndose  al hombro su mochila cargada de frascos y aerosoles.

-   Sí. Como cada día.

- ¿Sabés? Necesito que me ayudes.

- ¿A acomodar más cajones?

- No, a soñar un rato.

 

 

 

 

 

         * Une pieta sud-africaine. Soweto, 2002.  Ernest Pichon Ernest

 

 

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