Crepúsculo
Ya lo sé: la dan en el cine. Justo por eso decidí leer la novela antes de ir. Hostias, me ha enganchado muchísisisismo. Pero mucho-mucho. Seguro que es comercial, adolescente, un bodrio rosa, lo peor de lo peor...yo que sé. Pero a mi me ha encantado y por eso os la recomiendo. Me he quedado por unos días prendida de éste par de dos, Bella y su amante vampiro, con su amor imposible y sus tejes-manejes para sortear la tentación. Él con esa súper voz y ella con su poca pericia para mantenerse lejos de cualquier lío. ¿De qué me sonará? Acabo de terminar el libro y sólo sé tres cosas con certeza: la una, que quiero un Edward en mi vida. La dos, que lo que no me conviene siempre me encanta. La tres que la autora del libro -Stephenie Meyer- me mata de envidia por ser capaz de atrapar así con sus letras.
"Oficina de recuerdos perdidos"
Así se llama el libro de Víctor, un amigo mío y mejor persona, al que acaban de dar la estupendísima notícia de que van a publicarle. No contento con esto, se propone, además, que su libro se venda. Yo creo que arrasará en las librerías, me consta que escribe de perlas. Por si esto fuera poco el chico goza de una iniciativa de aquellas de armas tomar, como tiene que ser. Os dejo con él (vereis qué guapo), para que le conozcais un poquito más, y os sumeis -si os apetece- a seguir sus aventuras. Tratádmelo bien ¿eh? Yo, mientras, me voy a hacer cola en su Güeb, para no perderme ni uno de los capítulos que publique. He pensado en acampar allí, ya tengo la mochila preparada y todo. SI alguien se viene a pasar la noche, por mi encantada: ahí estaré, con la pandereta, el termo y la manta ;-) .
Cambio de reglas
Hace algun tiempo, de pronto descubrí que a media partida me habían cambiado las reglas del juego. O era yo, que las tenía mal entendidas (que podría bien ser). De repente todas las cosas empezaron a encajar por sí mismas, pero en una casilla distinta a la que yo habría previsto. Fué un cacao, ni os lo podeis imaginar. Si eso te ocurre jugando al parchís, incluso al ajedrez, el asunto tiene fácil arreglo: a tomar por saco ésta partida, ya ganaré en la siguiente. Cuando el juego en cuestión es la vida misma, el caso se pone más chungo. Porque ya se sabe que el pasado tiene poco arreglo, y que nacemos con fecha de caducidad, aunque desconozcamos a priori cual és. Vida, para bien o para mal, sólo tenemos una. Es complicado saber qué hacer entonces. En el tablero las fichas estan dispuestas tal como tú tenías el juego planteado, pero a la vista de la nueva reglamentación se te antoja del todo ineficaz tu táctica. Podrás ir jugando, alargando la partida con cierto confort, pero nada más. Te das cuenta que para ser feliz, o serlo de veras, no queda otra que empezar a cambiar el rumbo. Claro que tambien puedes seguir jugando igual a sabiendas que tal como está el asunto no tienes opción de ganar. Para mí, eso es morir en vida. Reconozco que aquella fué una época (tampoco tan remota) intensa porque sí. Con sus malos (malísimos) momentos, y miles (millones) de incertidumbres. Cuando uno se la juega sin red debajo llega un delirante punto en que prácticamente olvida el peligro que está corriendo, aunque solo sea para salvar el puto pellejo en el intento: si te paras a ser conciente de la que te viene encima, no harías nunca nada. Cuando miras de nuevo para abajo, es porque ya te encuentras a salvo. En la otra orilla. Hoy he recordado todo esto al leer un fragmento de libro. Supongo que cada texto aterriza en la vida de uno en el momento adecuado, y a mí, éste me ha ayudado a sintetizar toda la experiencia que hoy os cuento. Cuando puedes resumir un capítulo de tu vida y verlo en prespectiva es señal que todo eso ha quedado ya atrás. Me he sentido tremendamente bien, por eso quiero compartirlo aquí. Por si a alguien más le puede venir bien leerlo. Allá va: "Un enorme y majestuoso elefante de circo había vivido desde siempre atado por su pata a una estaca de madera y así aprendió desde pequeño que por mucha fuerza que hiciese no podía soltarse de la misma, ya que, entonces, no era muy vigoroso. Creció el elefante bajo esa experiencia. Ya de adulto no probó nunca más a soltarse, pues la incapacidad había germinado en su interior, y así lo creía firmemente. Si tan sólo una vez aquí y ahora hubiese probado a soltarse, habría comprobado que era muchísimo más fuerte de lo que imaginó de pequeño, lo suficiente como para soltar la estaca del suelo." (Fragmento de "Emociónate", de Bruno Moioli)