Portal de blogs literarios, comunidad literaria, y foro literario - Libro de Arena
Conoce a ruben_serrano            0 libros en su biblioteca
     0 valoraciones      234 posts en su blog      Es lector de 1 grupos

Libro de arena de Rubén Serrano

Bienvenidos a mi espacio, donde los sueños se transforman en palabras, las palabras en historias y las historias en sueños en otras mentes... Porque, como dijo el poeta, "I'm a dreamer, but I'm not the only one".


RELATO PARA UNA NUEVA ANTOLOGÍA DE TERROR

Tras mi colaboración para el número especial de Calabazas en el trastero dedicado a la figura de Edgar Allan Poe (de la editorial Saco de Huesos), que tuve el privilegio de prologar, su director, Pedro Escudero, me ha convocado para participar en una nueva antología, en la que varios escritores versionan diversos clásicos del terror.

Así, se versionarán en dicha antología obras como El diablo y el relojero, de Daniel Defoe; El Beso, de Bequer; La cabellera, de Guy de Maupassant; La fábula del chaval que viajó lejos para saber lo que era el miedo (más conocido en España como Juan Sin Miedo), de los hermanos Grimm; El espectro, de Emilia Pardo Bazán; El corazón delator, de Poe; La historia del difunto señor Elvesham, de Wells; El infierno artificial, de Horacio Quiroga...

Y Nyarlathotep,  el poema en prosa escrito en 1920 por  Howard Phillips Lovecraft, que es el que me encargo de versionar yo.

Aquí os dejo el principio del texto que acabo de escribir para que le echéis un vistazo y me transmitáis vuestras impresiones. Está redactado en la línea de Lovecraft, contado en primera persona por un angustiado narrador que trata de describir el gran horror que acecha a la humanidad.

 

EL HORROR ACECHA

Antes de que mi tiempo se consuma completamente y ya sea demasiado tarde, inicio la redacción de este breve documento con la esperanza —posiblemente vana— de que mis palabras no caigan en saco roto y la gente pueda conocer la verdad, la terrible y gran verdad de nuestra existencia.
Sabed lo que me ha sido mostrado: que el mundo no es lo que parece; que nuestra realidad es una farsa y que todo lo que los seres humanos hemos construido durante siglos no sirve para nada... Sin embargo, nos aferramos firmemente a ello para no dejar ni un resquicio a la aterradora idea de que otra realidad, invisible pero a veces perceptible, se solapa con la nuestra; una dimensión de pesadilla que no podemos ni imaginar.
Nos resistimos a ver la verdad y tratamos siempre de proporcionar una explicación racional para todo, pues no podemos —nuestra cordura no puede— aceptar que el horror está ahí, acechándonos.
Negamos aquellos fenómenos que la ciencia no logra explicar y los tachamos de superstición para no tener que admitir que vivimos en un universo extraño. Pero lo cierto es que lo es... Y no es menos cierto que Ellos están aquí.
Esas presencias se hallan entre nosotros desde los albores de la humanidad. Todas las culturas del mundo las han vislumbrado y, desde entonces, han pasado a formar parte del folklore popular, ya fuese como ángeles, demonios, fantasmas o, más recientemente, como extraterrestres.
Esos seres imposibles se mueven entre las dimensiones y dominan el espacio y el tiempo…
¡Y nos vigilan! Nos rondan por la noche... Están fuera, pero también dentro: se esconden en nuestros sueños. Se sitúan en el borde mismo de la consciencia y desde allí observan nuestros pensamientos. Nos manipulan… Esas entidades son las que tienen el control de todo…
Sí, ya sé que mis palabras deben sonar igual que los desvaríos de un pobre loco... Y no es para menos, pues no es fácil mantener intacta la cordura cuando se sabe lo que yo sé; cuando se ha visto la siniestra amenaza que se cierne sobre todos nosotros.

Él me lo enseñó. Él es uno de Ellos, el mismísimo mensajero de los Dioses Exteriores. Dice llamarse Nyarlathotep, aunque tiene mil nombres. Y también mil formas: puede adoptar cualquier apariencia y presentarse ante los hombres como uno más, aunque su verdadero aspecto es monstruoso, horrible y… fascinante.


 

TERROR EN LAS ARENAS: DIABÓLICA INFLUENCIA

 

Abandonó el museo visiblemente disgustado y mascullando maldiciones entre dientes mientras descendía por la amplia escalinata, enfadado consigo mismo por haber permitido que su curiosidad le arrastrase a visitar tan abominable exposición, además de indignado y resentido con el lunático al que se le había ocurrido montar semejante colección de horrores. Para Héctor estaba claro que sólo una mente enfermiza podía haber diseñado tal aberración de monstruosidades, cadáveres desmembrados y masas sanguinolentas, y encima pretender llamarlo arte.
La visión de tanta barbarie le había dejado descompuesto y con un mal cuerpo que, sin duda, tardaría varios días en desaparecer, al menos hasta que las terribles imágenes de pesadilla se diluyeran en su mente. Pero lo peor, lo que más le había ofendido, era el hecho de que hubieran insultado su inteligencia tratando de hacerle creer que el horror y la muerte podían ser entendidos como una forma de cultura. Y es que, desde el primer momento, le había resultado evidente que la muestra no pretendía condenar la violación del derecho a la vida y a la integridad física de los seres humanos, ni tampoco ser un recordatorio para que tales atrocidades no volviesen a repetirse jamás, sino que, por el contrario, eran una apología y un enaltecimiento de los más espantosos crímenes cometidos por la mano del hombre.
«¿Cómo han podido permitir las autoridades que se exhiba algo así?», se preguntó, consciente del daño que su contemplación podía causar a las personas sensibles.
Sin embargo, no sólo lo habían permitido, sino que lo habían promovido y apoyado plenamente. Por lo que Héctor sabía, incluso un concejal del Ayuntamiento había estado en la inauguración oficial, unos días atrás. Los medios de comunicación presentes en el acto habían informado de ello, aunque la noticia había sido tratada desde un punto de vista casi anecdótico, sin pararse a criticar realmente el siniestro contenido de la muestra. Hasta un padre que había llevado a sus hijos al museo, al ser entrevistado, manifestó: «A mí no me parece que sea terrorífico. Con tanta sangre y violencia como se ve en la televisión y en el cine, los cadáveres de aquí no deberían asustar a nadie».
Y así, cientos de visitantes, movidos por la atracción de lo macabro, recorrían cada día las salas de la exposición, dejándose empapar por su impactante y perturbador contenido. Algunos quedaban absortos ante tan alucinante espectáculo, mientras otros quebraban muecas de auténtico espanto.
De pronto, los pensamientos de Héctor fueron un poco más allá:
«¿Qué efecto tendrá sobre nuestros jóvenes, que pueden llegar a creer que éstos son los modelos a imitar?»
Él nunca se había considerado un moralista ni una persona de mente estrecha, pero se descubrió a sí mismo preocupado por la transformación que la diabólica exposición pudiera obrar en los visitantes, así como por las consecuencias que ello llegase a acarrear.
«En una sociedad como la nuestra, cada vez más deshumanizada y sin valores, en la que los principios éticos están casi olvidados y la delincuencia y el crimen van en aumento —se dijo—, esa disparatada galería de los horrores es una fuente de inspiración para los psicópatas asesinos y una invitación a la mutilación y al homicidio brutal.»
En esos pensamientos se hallaba inmerso, mientras caminaba en dirección a su casa por las calles de la populosa ciudad, sin ser consciente de hasta qué punto la experiencia del museo le estaba cambiando también a él…
Ingenuamente, había optado por regresar al hogar dando un paseo; pero pronto empezó a arrepentirse: la tarde comenzaba a morir y el aire se tornó más frío, obligándole a levantarse el cuello de la chaqueta para resguardarse.
Las primeras estrellas apenas pudieron brillar en el cielo unos instantes, asomándose entre los edificios justo antes de que el alumbrado público se encendiera y las hiciera desaparecer.
Era una noche como cualquier otra en la gran urbe, con decenas de transeúntes moviéndose deprisa en todas direcciones y los vehículos llenando las calzadas.
Igual que todas las noches… Y, sin embargo, ésta era distinta.
A Héctor le pareció percibir algo extraño en el ambiente, una especie de atmósfera malsana que casi trastornaba los sentidos. Y supo de inmediato que lo que distinguía era el olor ocre de las almas putrefactas de la gente, el hedor de la corrompida e inmunda sociedad.
—La naturaleza humana esconde auténticos monstruos —susurró al cuello de su chaqueta.
De súbito, al escuchar sus propias palabras, sufrió un ligero estremecimiento y se sintió repentinamente asqueado de permanecer entre el gentío de la calle. Por ello, decidió atajar por el parque, a pesar de que la iluminación parecía haber fallado y estaba demasiado oscuro.
Al cruzar la calle y llegar hasta los pies del arbolado, le dio la sensación de que la oscuridad que se abría ante él era casi sólida, impenetrable. Pero eso no le detuvo, sino que avanzó para acabar descubriendo que, a medida que sus ojos se acostumbraban a las tinieblas, podía distinguir el sendero por el que caminaba.
En un principio, se sintió seguro, como en el interior del vientre materno. Pero a medida que se adentraba en las intimidades del lugar, el aire se llenó de funestos presagios y la imaginación de Héctor, alentada por la experiencia vivida en el museo, echó a andar sin previo aviso, propiciando un fulminante acceso de inopinado temor.
Con los sentidos en alerta máxima, se sobresaltó de pronto, al creerse observado. Un inesperado escalofrío recorrió toda su espalda al notar que una presencia, algo, parecía acecharle entre las sombras.
Con un sentimiento de angustia creciente, se esforzó por mantener la compostura.
Su corazón se aceleró, instándole a escapar del peligro. Pero, ¿de qué peligro?
Como un adulto, convino que su imaginación le estaba jugando una mala pasada y trató de que el buen juicio se impusiera… Hasta que un fugaz movimiento a su derecha, casi imperceptible y detectado únicamente por el rabillo del ojo, le hizo cambiar de opinión.
Aceleró el paso, invadido por un terror irracional, como si los monstruos de las pesadillas infantiles, relegados por la edad y la razón a algún oscuro rincón de la mente, hubieran vuelto a resurgir al primer indicio de anormalidad.
Tal vez por eso vio lo que creyó ver: unos enormes ojos en medio de la oscuridad, repletos de un odio inhumano, observándole…
«No puede ser —se dijo, tratando de imponer la lógica—. Esas cosas, sencillamente, no ocurren en la vida real.»
            Pero, a pesar de sus tranquilizadoras palabras, no pudo evitar que un sentimiento de pánico se apoderase de él.
            Tuvo la impresión de que algo sinuoso y horrendo se acercaba por detrás y, en su desesperación, echó a correr ciegamente. Sin embargo, en su alocado afán por escapar, tropezó con algo que no pudo distinguir y cayó al suelo de bruces. Allí se quedó un rato, inmóvil, petrificado por el miedo, tratando de escuchar si la impía abominación se acercaba…
            Nada. Lo único que logró oír fue su propia respiración entrecortada.
            Al mover la mano derecha, ésta tocó algo pesado: era una barra metálica, sustraída en una obra y abandonada en el suelo por unos niños tras sus juegos. La asió con fuerza, como si la vida le fuera en ello. No era la mejor arma del mundo, pero era un arma. Le serviría para defenderse si llegaba el momento de tener que hacerlo.
            Entonces, vio el amarillento resplandor de las farolas de la calle al otro lado del parque y se decidió a continuar.
            Se incorporó, todavía jadeante, y se puso de nuevo en marcha, hacia la luz.
«Ya casi estoy», se dijo para darse ánimos.
            Junto a un banco, dos siluetas recortadas por la amarillenta luminosidad se interponían entre Héctor y la seguridad del espacio abierto.
Los dos hombres hablaban entre sí:
—¡Mierda! Se me ha escapado —escuchó que decía uno de ellos.
—Prueba con ese otro tío… —respondió su acompañante, al tiempo que señalaba hacia Héctor.
—Sí. Éste no se me escapa —aseguró el primero. Y fue corriendo hacia él.
            Ante la nueva amenaza, Héctor no titubeó. En cuanto la figura se hubo aproximado lo suficiente, levantó la mano derecha con energía y actuó con decisión.
            —¡Oiga! ¿Tiene fueg…? —le oyó decir, justo antes de hundirle la barra metálica en la cabeza.
  
© Rubén Serrano, 2010

EL PEQUEÑO PROFESOR Y EL DRAGÓN DEL CAOS

Atendiendo a la petición de algunas personas que me lo han solicitado, aquí os dejo el cuento que he creado expresamente para la antología sobre autismo. Es una historia sencilla, con la única pretensión de mostrar algunas pinceladas sobre cómo es el mundo de las personas con síndrome de Asperger y hacer ver lo importante que puede llegar a resultar la ayuda de quienes están a su alrededor. Espero que os guste.

A Diego le gustaban las estrellas y los planetas. Por eso, siempre iba con su enciclopedia infantil de astronomía debajo del brazo. A sus diez años, no le atraían las cosas que llamaban la atención a los demás niños de su edad, como jugar con la videoconsola o dar patadas a un balón. No. Las únicas cosas que despertaban su interés eran los astros que poblaban el universo. Se sabía de memoria los nombres de todos los planetas del Sistema Solar, de las constelaciones y hasta de las estrellas que las componían. De ahí que le llamasen el pequeño profesor.
 Por las noches, cuando el cielo estaba despejado, Diego pasaba horas y horas observando por la ventana de su dormitorio. Y en las épocas en las que hacía buen tiempo, sobre todo en el verano, salía al jardín a contemplar el firmamento con el telescopio que le había comprado su padre.
 Cada vez que enfocaba a alguna estrella que le gustaba, decía su nombre en voz alta:
 —Betelgeuse… Algol… Mizar… Polaris…
 Luego, se tumbaba en el suelo y se dedicaba a examinar la bóveda celeste, tratando de descubrir cuántas estrellas podía llegar a haber en el espacio infinito. Era una tarea ardua, pero muy entretenida.
 Desde la casa de al lado, la vecina —que era un poco cotilla— solía curiosear sus actividades para luego comentar a su marido:
 —Mírale. Ya está otra vez. Se pasa así las horas muertas.
 Diego, que tenía un fino oído, escuchaba sus palabras, pero no llegaba a entender lo que aquella mujer quería decir: las horas eran una medida de tiempo; no estaban vivas y, por lo tanto, tampoco podían estar muertas.
 Por eso, en lugar de seguir escuchando cosas incoherentes, el pequeño profesor prefería concentrarse en su tarea e ignorar lo que sucedía a su alrededor.
 Le gustaba el cosmos, pues era —al menos, en apariencia— fijo y ordenado. Cada astro tenía su lugar y un camino marcado por el que desplazarse por el espacio. Todo se movía de forma pausada. No había movimientos bruscos ni sobresaltos. Y eso llenaba a Diego de una grata sensación de paz y tranquilidad…
 No como en la Tierra, donde siempre acechaba el Dragón del Caos y todo era un auténtico alboroto.
 Por supuesto, no era que hubiese un dragón de verdad. Lo que sucedía era que Diego percibía la realidad de otra manera y le parecía que el mundo, más allá de los límites de su casa, era un lugar confuso y hostil.
 Su familia se esforzaba a diario para que todo a su alrededor fuese apacible y organizado. Sin embargo, fuera de su santuario, de la fortaleza inexpugnable en la que se había convertido su hogar, había un territorio adverso, donde habitaba el Mal. De ese modo, su vida y la de sus guardianes era un eterno combate: la lucha entre las fuerzas del caos y las fuerzas del orden.
 La peor experiencia de su vida había tenido lugar un par de años atrás, aquella vez en la que su tío, inocentemente, le había llevado al centro comercial. Resultó que estaba todo lleno de gente y había demasiadas cosas a la vista, demasiadas imágenes que su cerebro no era capaz de procesar adecuadamente. Y tantos ruidos y voces… Además, la intensa luz parpadeante de los fluorescentes distorsionaba lo que veía y todo el espacio parecía palpitar. Le dolían los ojos y no lograba concentrarse ni conseguía determinar su propia ubicación en el espacio. ¡Una auténtica pesadilla!
 Cualquier otro niño habría podido manifestar su malestar y demandar una solución. Pero Diego era incapaz de expresarse correctamente y, mucho menos, de describir lo que sentía.
 Había empezado a hablar tardíamente, a los 4 años, y no lo había hecho con cierta soltura hasta los 9. Dada su dificultad para comunicarse, no sabía cómo pedir ayuda, por lo que aquel día en el centro comercial sólo pudo revolverse y ponerse a gritar, dando manotazos a su tío hasta que consiguió que le sacara de allí y le llevase de nuevo a casa.
 En contra de lo que pudiera parecer, Diego no era violento. Su agresividad no era más que su forma de defenderse ante unas amenazas que, para él, eran muy reales. Así, su agitación servía a sus padres y profesores para saber que algo andaba mal… Como en aquella ocasión en que dos amigas de la madre fueron de visita a su casa. Mientras ella preparaba café en la cocina, el niño se presentó en el salón con su volumen de astronomía debajo de brazo. Ignorando la presencia de las mujeres, se sentó en la alfombra a ojear el libro.
 —Hola, Dieguito —saludó una de ellas, que parecía conocerle—. Hay que ver cómo has crecido. La última vez que te vi sólo tenías dos años y apenas levantabas un palmo del suelo.
 El niño, al notar que le hablaban a él, levantó la cabeza, pero se quedó mirando en silencio.
 —¿No dices nada? —inquirió la mujer, pensado que el niño era vergonzoso—. ¿Acaso te ha comido la lengua el gato?
 Diego observaba a la señora, perplejo, pues no comprendía el sentido figurado de la pregunta. Así que le enseñó la lengua para que viera que ésta permanecía en su sitio y que ningún gato se la había comido. Sin embargo, la mujer pensó que le estaba haciendo burla y se sintió ofendida.
 —¡Oh! —exclamó—. ¡Qué niño más mal educado!
 —Si es que le has intimidado... Déjame a mí —manifestó la otra señora; y luego, dirigiéndose al muchacho, le dijo—: Si me das un beso, te doy un caramelo.
 Aunque a Diego le gustaban las golosinas, no estaba dispuesto a dar un beso a una persona a la que no conocía de nada, así que se quedó en su sitio, inmóvil.
 —Bueno, ¿qué me dices? —insistió ella, mostrando un caramelo de fresa que había extraído de su bolso.
 Deseaba decirle que sí quería el caramelo, pero que no tenía mucho interés en darle beso alguno. Se trataba de dos ideas contrapuestas, que no sabía bien cómo expresar.
 Ante su silencio, la mujer empezó a impacientarse:
—Al menos, podías contestar, ¿no? —le dijo.
 Y a él le habría gustado hacerlo, pues se suponía que tenía que responder cuando le hablaban, pero no era capaz, pues las destrezas del lenguaje no eran su fuerte. Entonces, lo que hizo fue repetir algunas de las cosas que había aprendido en su libro sobre los astros.
 —Los planetas del Sistema Solar son Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter…
 Situaciones como ésa eran las que daban lugar a que la gente que no conocía las particulares circunstancias de Diego llegase a creer que era algo raro.
 —Ah, mira —se percató entonces la señora, acercándose a él—. Está hablando de las cosas de su libro.
 Pensando que lo que el niño quería era llamar la atención sobre el volumen que sostenía en la mano, se lo cogió para verlo…
 Lo que ocurrió a continuación dejó perplejas a ambas mujeres, pues el muchacho se puso a gritar histéricamente y a mover los brazos con energía, como si le hubiera dado un ataque.
 Por suerte, su madre acudió enseguida y, al percatarse de que el libro estaba en poder de una de sus amigas, se lo recogió, devolviéndolo de inmediato a las manos de Diego. Al instante, todo volvió a la normalidad, como si nada hubiera sucedido.
 —Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno —terminó de recitar, tranquilamente, el pequeño profesor.
 A pesar de lo desconcertante que podía llegar a resultar su conducta, todo tenía una explicación: su libro, la fuente del conocimiento sobre los astros y su ventana al universo, era también su armadura y su espada para combatir al Dragón del Caos. Sin él, estaba desprotegido y se sentía vulnerable. Por eso no podía consentir que tan importante elemento cayera en manos de personas desconocidas.
 Y es que Diego no sólo experimentaba una realidad distinta y vivía en un mundo diferente al de los demás, sino que tampoco se relacionaba con las cosas del mismo modo que el resto de la gente, pudiendo llegar a aferrarse al objeto más simple, a ignorar el más valioso o a temer al más inofensivo.
 Tenía muchos juguetes, como cualquier niño de su edad, pero rara vez despertaban su interés. Por eso, su amiga Lucía, que iba a su casa a menudo para jugar con él, debía ser muy paciente y explicarle que ni el coche teledirigido servía para dar martillazos ni el teclado musical era un taburete para sentarse encima de él.
 Lucía vivía en la misma calle que Diego, un par de casas más abajo, y solía visitarle casi todas las tardes, a la salida del colegio.
 Él había aceptado bastante bien su presencia desde el principio, aunque su peculiar comportamiento había provocado que la niña llegase a asustarse en alguna ocasión. Sin embargo, la madre de Diego le había hecho comprender plenamente su situación.
 —¿Cómo te sentirías tú —le preguntó en una ocasión— si vivieras en otro país, con otras normas distintas y donde se habla un idioma que no conoces? ¿Cómo harías para hacerte entender y que la gente supiera lo que quieres? ¿O para hacerles ver que algo te molesta?
 —Supongo que sería muy difícil… —reflexionó Lucía en ese momento.
 La mujer asintió.
 —Pues algo parecido le ocurre a Diego: no siempre es capaz de hacerse comprender, ni siempre entiende lo que tú le dices. Por eso, hay que hablarle despacio y con claridad… Y aun así, es posible que le tengas que repetir la misma cosa varias veces.
 Lucía le hizo caso y, desde entonces, se esforzaba constantemente en explicar todo bien a su amigo para asegurarse de que lo entendía.
 No siempre era fácil, dada su dificultad para comunicarse y el hecho de que a veces se quedaba ensimismado con cualquier cosa. Pero la niña no desistió en su intento. Y siempre se esforzaba por ayudarle a involucrarse y a participar en los juegos, por más que no estuviera del todo presente.
 Fue así como, con el paso de las semanas, acabó desarrollando una especial habilidad para ponerse en su lugar y llegar a ver las cosas desde su perspectiva. De este modo, lograba saber qué le agradaba y qué le perturbaba en cada momento, qué objetos podían usarse y cuáles debían permanecer siempre en su sitio… Pues, cuando algo estaba fuera de lugar, ese artículo se convertía en una puerta abierta al Dragón del Caos, la malvada criatura que siempre amenazaba el sereno discurrir de su vida.
 Empleando la imaginación, Lucía pudo percibir finalmente a la horrible bestia. Se dio cuenta entonces de que el Dragón del Caos rondaba por todas partes: la ciudad entera era su dominio y campaba por ella a sus anchas entre la gente. Ajetreo, ruido, confusión… Todo era un incoherente desbarajuste, sin orden ni concierto, al que las personas estaban ya tan acostumbradas que no se daban cuenta de lo desconcertante y perturbador que podía llegar a resultar.
 De manera que Lucía empezó a comprender por fin a Diego: no era sólo que él fuese diferente y que tuviera obsesión por el orden y la rutina, o que no soportase los cambios. El problema no estaba solamente dentro de él, sino que el entorno también le inducía a mantener semejante actitud. Por ello, frente a ese ambiente hostil, el niño tendía a aislarse, a refugiarse en su pequeño santuario de organización y coherencia.
 Tras pensarlo largo rato, a Lucía se le ocurrió una idea: su amigo necesitaba más armas para combatir al Dragón del Caos. Así que decidió fabricarle una, un… ¡amuleto mágico! Sí, eso haría.
 Salió al jardín y buscó una piedra que fuese bonita. Pronto halló una pequeña y redonda, algo achatada, de color gris claro, que resultaba adecuada para su propósito. Con un rotulador de color negro, dibujó sobre ella una estrella de ocho puntas, pues sabía que así lograría llamar la atención de Diego y conseguiría despertar su interés.
  —Toma —se la ofreció luego—. Ésta es la Piedra de Estrella, un eficaz talismán que concentra la magia del cosmos —se inventó, como si fuera parte de un nuevo juego—. Su gran poder es capaz de mantener a raya a cualquier criatura maligna, incluidos los Dragones del Caos.
 Diego la sostuvo en su palma, contemplándola largo rato, como hipnotizado.
 No dijo nada, pero Lucía supo que le había gustado.
 De hecho, desde ese día, el pequeño profesor no se separó de su especial amuleto. Siempre lo llevaba consigo. Y, gracias a él, pudo empezar a plantar cara a la caótica realidad sin temor.
 Tan sólo era una piedra recogida del jardín, pero debía de ser realmente mágica, pues la bestia maligna que le acechaba constantemente se debilitaba al acercarse, como si el talismán formase una barrera invisible a su alrededor. Y eso hizo que, con el tiempo, cada vez resultara más fácil enfrentarse al Dragón del Caos… hasta lograr su definitiva derrota.
 La incondicional amistad de una niña y una imaginativa idea permitieron que el pequeño profesor terminase venciendo a su amenazador enemigo y que, al final, pudiera llevar una vida normal.

© Rubén Serrano, 2010

 

DESCUBRIENDO LA MAGIA (MICROCUENTO)

—Eres un poderoso mago —le reveló el desconocido.

—¿Yo, un mago? Eso es absurdo: la magia no existe —replicó el muchacho.

—Por supuesto que existe. Te lo demostraré —dijo, sacando de su bolsillo un bolígrafo—. Ten. Sujeta con fuerza este talismán de poder...

—¿Bromeas? No es más que un boli.

—Te equivocas. Es una poderosa fuente de energía taumatúrgica —insistió el extraño—. Agárralo con fuerza y pídele que te haga volar.

No sin cierta reticencia, el muchacho lo sujetó y deseó poder volar. Para su sorpresa, sus pies se despegaron del suelo y se alzó hasta casi un metro de altura.

 —¡Cielos, puedo volar! ¡La magia existe! Y esto es un poderoso talismán —dijo, alzando la mano en la que sostenía el bolígrafo.

—No lo es. He mentido —admitió el desconocido—. Sólo es un mero instrumento de escritura.

           

LA TORRE DE MARFIL (III): LA REALIDAD EN TORNO A LA TORRE

Desde que me aparté del mundo y ofrecí mi muerte social a cambio de la inmortalidad espiritual, he aprendido muchas cosas. El mundo exterior se ha desnudado ante mí y los hombres me han mostrado sus secretos. A través de los grandes ventanales de mi ciclópea fortaleza de marfil ha llegado hasta mis ojos la auténtica esencia de los seres de mi propia especie. Ahora les conozco bien y les comprendo: son criaturas llenas de confusión, desorientadas, en lucha permanente consigo mismas. Su alma es un lugar caótico... Y su mundo no lo es menos. Los individuos despliegan en sus personalidades un complejo sistema de impulsos y represiones, que llevan a la sociedad a ser tan complicada como ellos mismos. El impulso natural que mueve a los hombres choca con la realidad social, por lo que está condenado al fracaso. La búsqueda de la felicidad queda limitada por el marco material y social en que se mueve cada persona, obligándola a atemperar su yo a un molde mucho más modesto que el ideal dionisiaco. La felicidad se ve mermada por el eslogan «vive y deja vivir». Pero, en lugar de vivir, lo que hacen es pasar a soportar la existencia, y emplean una serie de recursos que les ayudan a evitar el sufrimiento (aunque no siempre lo consiguen). En definitiva, están lastrados desde su esencia misma... Y la sociedad, condicionada y contaminada por nuestra propia naturaleza, hace de los hombres criaturas de plástico, sin vida. El instinto destructivo surge entonces. El individuo es agresivo... incluso contra sí mismo. Ciegamente, avanza a toda prisa hacia el abismo, hacia la culminación de su propia biografía. No debemos esperar a que la angustia existencial nos consuma, a que llegue el ocaso, para intentar renacer de nuevo... El ave fénix de la mitología era capaz de resurgir de sus propias cenizas, pero dudo mucho que la especie humana sea capaz de hacer lo mismo. Yo ya he encontrado lo que buscaba. La agonía ha desaparecido: vuelvo a encontrarme dentro de mi piel, contemplando con mis propios ojos cosas sencillas y conocidas, tales como los niños jugando en la calle, el sol del atardecer resbalando por los cristales de un alto edificio gris, el calor del hogar, las amas de casa comprando en el supermercado, los tulipanes floreciendo en los jardines... Ha llegado el fin de la eternidad: se acabó el exilio. Es cierto que los seres humanos son limitados, pero también lo es que están llenos de magia. Debo, pues, regresar a su lado y olvidar que he estado por encima de todos. Yo no soy mejor que ellos, ni tampoco más sabio. No soy un dios todopoderoso, encaramado en lo alto del monte Olimpo para vigilar a los mortales. Soy tan sólo una criatura más de esa especie llamada Homo sapiens... Y creo que ha llegado el momento de abandonar mi Torre e ir al encuentro de los hombres. Fin de la Trilogía de las Torres Rubén Serrano Octubre 1990



Ayuda | Contacto | Condiciones de Uso | Política de Privacidad



2014 © librodearena.com