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JUGUETEOS

Lo esencial es invisible para los ojos, sólo se puede ver bien con el corazón. Antoine de Saint Exupery


Matar o morir

 El soldado disparó la metralleta Thompson, casi sin apuntar, contra el bulto que se movía entre la maleza. No se detuvo a comprobar si había acertado y siguió corriendo, con el miedo agazapado en cada poro de la piel y el cerebro hecho un torbellino casi incontrolable. Los disparos eran continuos y levantaban pedazos de tierra y polvo a su alrededor. Se tiró de cabeza en una zanja que descubrió frente a él, apenas con el tiempo necesario para no ser alcanzado por las balas. El sol le quemaba el torso desnudo y sentía todo el cuerpo bañado en sudor. Se movió con rapidez, reptando con el arma preparada. Dos enemigos aparecieron casi al descubierto; apretó el gatillo sin titubear, con el corazón palpitante retumbando en las sienes. Uno de los cuerpos cayó a dos pasos de él; pero no había tiempo para nada, se incorporó y siguió corriendo. Con dificultad y siempre atento al entorno, trató de ordenar algunas ideas. La situación actual no era lógica, las cosas no parecían funcionar como debían. Estaban en guerra, él era un soldado en pleno combate y para salvar la vida había que matar enemigos. ¿Entonces, por qué tenía la impresión de estar viviendo algo ya vivido?, no una sino muchas veces, como un sueño repetido, como una pesadilla recurrente; en cada momento, la sensación de que todo pasaba inexorablemente una y otra vez, no lo abandonaba. No pudo reflexionar más; dando un enorme salto para librar una valla alambrada, trató de alcanzar el río que se encontraba un poco más allá. Se terció el arma a la espalda y se tiró al agua, mientras otra lluvia de balas casi lo alcanzaba. Logró llegar al otro lado y empuñar su arma, pero ya lo estaban esperando. Como pudo, disparó sobre ellos; pero eran demasiados. Con dolor, con rabia, con tristeza, sintió como el metal de múltiples balas penetraba en su cuerpo, y se miró caer sobre la hierba húmeda. Sabía que era el final y que no habría un mañana.

El soldado, condenado a la maldición del eterno retorno, nunca pudo escuchar el grito decepcionado del niño frente al televisor, al verlo caer abatido; mientras en la pantalla aparecía en grandes letras rojas, la leyenda: GAME OVER.

Encuentro casual

 Este es un texto muy viejo, de allá por el 2010. Lo traigo ahora, porque al releerlo casualmente, me ha sacado alguna sonrisa.

La mujer estaba semidormida cuando entró al baño y giró el interruptor de la luz; fue tan intempestiva su entrada, que no me dio tiempo de esconderme o correr hacia cualquier lado, así que me quedé quieto, confiando en que no volteara hacia el lugar donde yo estaba y me descubriera. Llevaba todas las intenciones de bañarse, porque sin más y casi a tientas, abrió las llaves de la regadera y empezó a mediar el agua; acomodó sobre la caja del sanitario, la toalla y la ropa interior que llevaba cobijadas bajo el brazo izquierdo y casi al mismo tiempo, empezó a desnudarse; en un dos por tres, la blusa y los pantalones de franela rosa que formaban su pijama, quedaron aventados por ahí; bajo aquellas prendas, vestía únicamente unas diminutas braguitas blancas, que no duraron más que unos segundos sobre su cuerpo, porque las retiró con rapidez y probó con una mano la temperatura del agua; puedo asegurar que aún en ese momento, ella no estaba despierta del todo. Completamente desnuda y casi de perfil, podía contemplarla a mis anchas, antes de que ella entrara a la regadera.

Tendría unos 30 años, alta y delgada, ostentaba unos senos más bien pequeños, que le iban muy bien a la complexión de su cuerpo y armonizaban perfectamente su figura; la temperatura ambiente era bastante fría, razón por la cual su piel nacarada, mostraba un aspecto levemente enrojecido y rugoso; sus pechitos, aparecían duros y levantados como dos puntitas de lanza a punto de atacar; usaba el cabello muy corto, como el de un muchacho, así que yo podía ver sin dificultad, los rasgos del  bello rostro de nariz afilada y pequeña, con los labios delgados un poco entreabiertos, que parecían pedir ser besados. Esto último me lo imaginaba seguramente, porque ella, levantando la cara y con los ojos cerrados, se metió bajo la ducha. ¡Qué delicia que lo hiciera así!, porque mientras el agua tibia escurría por todo su cuerpo, dando un ligero giro, quedó de frente a mí, mientras mis ojos sorprendidos, extasiados, la recorrían de arriba abajo, deteniéndose en la suave sombra triangular de vello suave y húmedo, que nacía entre sus piernas. ¿Cómo puedo describir las mil y una sensaciones que me recorrieron el cuerpo?...Me encontraba atónito y deslumbrado, azorado, temeroso, excitado, todo a un tiempo; era un sentimiento inefable el que me embargaba ante aquella visión maravillosa; porque la cadera y las piernas eran también un portento: las curvas de la breve cintura, de la cadera generosa y las piernas bien torneadas, eran una super carretera de inmensas subidas y bajadas peligrosas que podían desbarrancar a cualquiera. Cómo se antojaba viajar por aquellas sinuosidades, tocar con firmeza la carne blanca y joven, acariciar el cuello, la espalda, las voluptuosas nalgas, el bajo vientre prometedor y  besarla en la boca, con fuerza, mordiéndole un poco los labios pero sin hacerle daño; vagar luego concienzudamente y muy despacito, besando con fruición, cada parte, cada pliegue de esa piel blanca y suave, hasta mojar, acariciando con la punta de la lengua, la íntima y delicada azucena escondida entre sus piernas.

Comenzó a bañarse; ella ni siquiera se daba cuenta de que yo estaba ahí, mirándola, admirándola, lleno de miedo y deseo a la vez; porque tenía yo un miedo terrible, de que ella mirara hacia donde yo estaba y me descubriera; pero la diosa estaba en otra frecuencia, con una esponja y jabón perfumado, tallaba suavemente su rostro y su cuello, con lentitud, cadenciosamente, sin alguna prisa que alterara la magnífica obra que la suerte, me había destinado contemplar; porque era una suerte que la ducha no tuviera cancel. Yo, era una estatua de granito, de sal, inmóvil, hierática; con los ojos desorbitados, me complacía en observar a esa mujer incomparable, de bellos atributos físicos, que se bañaba desentendida de todo.

Con mucho cuidado, casi con ternura, pasó la esponja por sus senos, dándoles un masaje suave y circular, que los hacía moverse en todas direcciones haciendo que sus botones de rosa, se engrosaran poco a poco, quedando duros y enhiestos. Le tocó su turno a la espalda, al ombligo, a las caderas; como una obra musical in crescendo, el espacio estaba lleno de la presencia magnética de la mujer, de su cuerpo, de sus movimientos, de su escencia. El vaporcillo que envolvía su cuerpo escultural, le daba una dimensión de sueño, de irrealidad.

 

Con atención y paciencia, las nalgas turgentes, redondeadas y sin celulitis, fueron lavadas con sapiencia y también la zona oculta que nacía entre ellas; quizás para ese momento, ella estuviera ya completamente despierta; pero sus movimientos seguían teniendo la misma lentitud y cadencia del principio; se hicieron casi nulos, cuando su mano comenzó a pasar por la zona sombreada de la entrepierna y a buscar un poco más hondamente en aquella carne delicada y tibia que se adivinaba apenas. Se demoró en ello; la mano derecha subía y bajaba, entraba y salía sin ganas de salir, haciendo gozar a la mujer que en el rostro reflejaba la pasión y la voluptuosidad que le producía tallar una zona tan íntima. Finalmente terminó y le tocó el turno a las piernas, largas, muy deseables, dignas de figurar en alguna revista de esas que anuncian medias o ropa interior.

¿En que estaría pensando mi bella mujer?, ¡ah!, porque después de verla como la estaba viendo, ya la consideraba mía, no podía ser de otra manera. Estaba fascinado, aunque también había que contar el miedo, un miedo terrible que me seguía manteniendo inmóvil.

Se agachó para lavarse los pies y por un instante creí que me iba a descubrir. No fue así. El agua que bañaba su cuerpo, lo hacía brillar primorosamente a la luz existente. Ella, era una sirena desinhibida y feliz, concluyendo su baño.

Cuando tomó la toalla y se cubrió, fue que se percató de mí. Me miró frente a frente sorprendida, temerosa, la luz de sus verdes ojos, parecían no dar crédito a lo que miraban. De inmediato, vi la chispa de cólera en lo más hondo de sus pupilas, se encendió en un tris, se convirtió casi al instante en una ira sorda que afeó bastante el precioso rostro.

- ¡Maldito!- gritó al borde de la histeria-, todo este tiempo has estado ahí, espiándome. Eres un ser asqueroso y ruin que no merece vivir.

Actuando con una rapidez de la que no la hubiera creído capaz y hecha una verdadera furia, se abalanzó sobre mí, tomando una escoba cercana. Se me dejo venir encima sin concesiones, golpeó una y otra vez, hasta cansarse, mientras yo corría y trataba casi inútilmente de librarme de su furia vengativa y destructora. ¿Cómo un ángel podía convertirse en un momento en un demonio y hacer tanto daño?

Ante sus gritos, unos pasos se acercaron rápidamente tras la puerta del baño y hasta nosotros llegó la voz de un hombre.

-¡Amanda!, ¿sucede algo?

- ¡Este desgraciado que se ha metido en el baño y me ha estado observando todo el tiempo mientras me bañaba!

La puerta se abrió de golpe y el hombre apareció en la entrada. Me encontraba bastante maltratado por los golpes; pero el instinto de conservación me dio fuerzas para hacer lo único razonable en tal situación: correr, correr con todas mis fuerzas, para escapar de la muerte segura que se avecinaba. Salí por la puerta abierta, dolorido y maltrecho, para buscar algún refugio que me pusiera lejos del alcance de aquella furia que momentos antes fuera una deseable mujer.

-¡Mátalo, mátalo!- gritaba histérica. Corrí, corrí sin parar hasta hallarme a salvo. Me había librado por muy poco. En mi cabeza, resonaban todavía las últimas palabras llenas de rabia que le alcancé a escuchar:

-¡Maldito ratón, no sé por dónde se metió; pero hoy mismo pongo veneno por toda la casa, para que se vaya al infierno!

La mujer era una histérica. Es una verdadera lástima que no me quisiera cerca y yo, no voy a cometer el error de acercarme por ahí nuevamente; ¿que tal si con el veneno, las trampas que me ponga y el hambre que me atosiga casi siempre, termino inflado o despanzurrado en cualquier basurero?

¡Ratona suerte la mía!, ella podría haber sido la hembra perfecta para mí. 

Amanda, creo que te amo.

Un lector empecinado

 Vuelvo a esta casa cada vez que puedo. A veces, pasan largas temporadas sin que pueda regresar; pero finalmente lo hago. En ella me siento protegido, tranquilo, casi feliz. Nada ni nadie puede lastimarme mientras permanezco en ella. Se encuentra ubicada en lo más alto de una colina y desde los amplios ventanales del piso superior, puedo contemplar el campo, los sembradíos nacientes, el ganado que sestea, los hombres trabajando, el sol que brilla en todo su esplendor. Existe tal armonía en todo ello, que me entra la certeza de que lo que miro, podría ser el Paraíso. Observando, me quedo extasiado mucho tiempo, minutos, tal vez horas, hasta que recuerdo la verdadera razón de mis continuos retornos; entonces me retiro de las ventanas y con paso lento, mesurado, camino por las habitaciones solitarias, polvosas, de techos altos, de gruesos muros, hasta la enorme biblioteca de esta casa, donde se encuentran los libros que mi empecinada pasión, busca en cada ocasión en que retorno.

Por fin aparece la verdadera razón de mis regresos. La biblioteca es enorme y se halla ubicada en el ala este de la vieja casona, así que es casi la primera en recibir la luz y el tibio calor del sol. Cuando entro en ella, es como si penetrara en un recinto sagrado, el silencio reinante en su interior es tal, que casi semeja un bloque sólido que pudiera tocarse. Largos y altos anaqueles cubren las paredes y en ellos se apilan perfectamente alineados, hileras interminables de libros. Libros, libros y libros de múltiples grosores, colores y tamaños. Libros de ciencia, arte, música, pintura, literatura, de mil temas diversos. Anaqueles y anaqueles con libros repletos de infinita sabiduría. Y se encuentran a mi alcance. Aquí puedo permanecer una indeterminada cantidad de horas, hojeando, tocando, leyendo, sin que a nadie le parezca mal que lo haga, sin que nadie me perturbe.

Mi sillón favorito es uno muy grande y negro, de respaldo alto que está cercano al ventanal. Me gusta regodearme con su contacto sobre mi espalda y nuca, así que me siento en él, mientras entre las manos tengo ya aferrado tenazmente mi libro por leer. No puedo determinar cuántos libros y durante cuántos años, he leído en este cotidiano recinto, pero son muchísimos. El libro elegido es uno de Julio Cortázar, el segundo volumen de sus Cuentos Completos, una relectura largamente añorada donde me aguardan sus Historias de Cronopios y de Famas y su Manual de Instrucciones, esa serie de textos breves, extraños y sorprendentes que te dicen cómo cantar, llorar o subir una escalera. Cortázar no está, pero sí está. Yo, muchas veces no estoy, no logro recordar dónde permanezco mientras tanto, pero alguien me permite regresar  a ratos; por eso estoy aquí; entonces aprovecho para leer.

Leer a Cortázar me da miedo, porque me hace pensar, me da ideas, me sugiere cosas inverosímiles, raras, imposibles, como mis continuos retornos. En sus letras sugiere, descubre o revela monstruosidades que me ponen a temblar nomás con imaginar que pudieran ser reales. ¿O lo son y él lo sabía?...Ni siquiera las sombras que por momentos pululan misteriosamente a mi alrededor, me asustan tanto como sus historias. Sin más, sus instrucciones-ejemplos sobre la forma de tener miedo, me erizan la piel. Es tan simple y como al azar lo que dice, que precisamente en esa simpleza se encierra todo el horror de lo más cotidiano y conocido.

Cortázar, escribe: “En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere”. ¿No es realmente terrible que pueda suceder algo así? “En Amalfi al terminar la zona costanera, hay un malecón que entra en el mar y la noche. Se oye ladrar un perro más allá de la última farola”. Los perros nunca me han gustado mucho, menos si pudieran ser perros fantasmas. “Se sabe de un viajante de comercio a quien le empezó a doler la muñeca izquierda, justamente debajo del reloj pulsera. Al arrancarse el reloj, saltó la sangre: la herida mostraba la huella de unos dientes muy finos”. Imaginar a los seres que pueden infligir mordeduras tales bajo los relojes, me pone casi paranoico. Aun así leo a Cortázar. Me faltan por leer de esta biblioteca muchos libros, pero tiempo es lo que me sobra; leer y releer es una actividad asombrosa y también llena de azar, porque puedo elegir entre miles cuál será el libro siguiente.

Me preocupa más la cuestión de los retornos. No sé si alguna vez terminarán o serán para siempre. Suceden al inicio del Día de todos los Santos y duran poco menos de dos días. No estoy en ninguna parte y de repente ya estoy, dirigiéndome a la vieja casa desolada, que parece estar esperando para darme cobijo entre sus paredes. ¿Quién ha decidido darme este tiempo?...porque muerto estoy, de eso no tengo duda, casi puedo recordar a la gente bondadosa que me dio cristiana sepultura en el cementerio cercano.

Mientras los retornos duren, seguiré viniendo a la biblioteca de mi vieja casa, para perderme entre sus viejos volúmenes, entre el polvo largamente acumulado sobre sus hojas, entre la soledad de estos vetustos muros que ya no habita nadie. Quizás haya sido mi rabiosa pasión por la lectura la que me permite estos breves regresos. Quizás, sólo soy una aturdida alma, que se ha perdido en el camino.

Encuentro nocturno

 Le gustaba caminar de noche por las calles solitarias; salía del trabajo poco antes de las once y las seis o siete calles que lo separaban de la estación más próxima del metro, las recorría despacio, sereno, procurando ir atento a que nadie más caminara junto a él o detrás suyo, porque las más de las veces se perdía en sus pensamientos. La soledad lo atraía irremisiblemente con su silencio, su libertad para pensar, su no compañía. La oscuridad lo hacía sentirse protegido, libre de miradas curiosas o mal   intencionadas; su timidez menguaba y podía entonces, contemplar sin temor y con naturalidad todo lo que le rodeaba. Las sombras agazapadas en cada rincón, en cada recoveco, semejaban fantasmas imaginarios que vigilaran su paso, protegiéndolo de cualquier peligro. La noche le infundía valor, seguridad, la fuerza necesaria para generar soluciones que resolvieran sus problemas cotidianos.

En los pocos minutos que duraba aquel trayecto, pensaba en infinidad de cosas: en su vida, en cómo los años se le habían ido acumulando sin haber sido capaz de concretar sus sueños, en su empecinada pasión por convertirse en escritor, en sus escasos amigos y lo poco que los frecuentaba, en lo crecidas que estaban sus hijas y el papel cada vez menos relevante que representaba en sus vidas, en la mujer que amaba y que la mayoría de las veces, apenas sin chistar, estaba ahí para apoyarlo, para empujarlo si dudaba, para brindarle su cuerpo tibio en las noches de insomnio y de frío.

Esta noche hacía tanto frío, que el aire helado casi cortaba la cara y se metía por entre las ropas buscando  cualquier intersticio desprotegido, para penetrar hondo y mordiente. El hombre, envuelto en una gruesa chamarra, atento a sus pensamientos, apenas  si se dio cuenta de la mujer que se acercaba y se le plantó enfrente tapándole el paso.

-¿Me das para una torta?- dijo ella.

La miró sin verla y todavía tardó algunos instantes para reaccionar y comprender lo que le estaba pidiendo.

-No traigo nada- balbuceó confuso.

Entonces la observó con más detenimiento. Le calculó alrededor de unos treinta y cinco años. Tenía las mejillas y los labios pintados de un rojo intenso, que le daban un aspecto de muñeca barata, algo grotesca. No era nada fea, pero con el cabello todo despeinado, el maquillaje excesivo y las ropas estrafalarias que vestía, parecía más bien una mujer de la vida fácil salida de algún antro cercano y dispuesta a desvalijar al primer hijo de vecino que se dejara. El largo y holgado Eabrigo a cuadros negros y blancos que portaba cerrado hasta el cuello, no dejaba adivinar que ropa llevaba debajo. Las zapatillas negras de tacón alto y  unas piernas largas sin medias, completaban aquel cuadro un tanto absurdo, ridículo.

-Discúlpame, ya entiendo. Tú eres el jefe, no tienes que ver nada con alguien como yo- y la mujer dio un par de pasos para alejarse.

El hombre se alertó por fin del todo. Comprendió de golpe, que con tres breves palabras acababa de cerrar cualquier tipo de relación que pudiera haber existido entre aquella mujer y él; sin embargo, le llevó apenas un par de segundos atraparla por un brazo y decirle:

-No te vayas. No te marches aún.

La mujer, sorprendida, se detuvo. Expectante, lo miró a los ojos. Lo que el hombre vio o adivinó en esa mirada, en esos ojos verdes (porque eran verdes) que lo observaban extrañados, lo desarmó completamente. Adivinó el intenso sufrimiento, el desamparo, la frustración, el desamor, la inmensa soledad contenida en ellos. Se quedó estático, sin saber qué hacer o qué decir. Sólo atinó a murmurar:

-Espera un  momento.

Seguramente acostumbrada  a esos encuentros, la mujer aguardó. Se le veía desenvuelta, desparpajada.

Sin quitarle la vista de encima, el hombre buscó en sus bolsillos y extrajo un billete de cincuenta pesos. Sin decir nada se lo tendió a la mujer. Ella lo agarró con naturalidad y en el mismo movimiento cobijó la mano de él entre las suyas.

-¿Quieres pasar esta noche conmigo?- le dijo al hombre.

Él se hundió en aquella mirada verde. “Verde que te quiero verde…” Estoy hechizado, se dijo. Y la tonada de “I put spell on you”, rondó de inmediato por su cabeza.

-¿Qué?- dijo ella,-¿tengo bichos en la cara o fea y todo te gustó?...

Sonrió. Entre sus labios rojos, aparecieron una serie de dientecillos blancos, perfectos.

-Eres muy bonita. ¿Por qué no te pones menos mejunjes en la cara?

-¿Así no te gusto, verdad?

Él no respondió. Sólo se le quedó mirando. Sí, le gustaba, y mucho; pero bien sabía que no se iba a quedar esa noche con ella. “Ojos claros, serenos, si de un dulce mirar sóis alabados, ¿por qué si me miráis, miráis airados?”…recitó para sus adentros.

-¿Ya te vas, no?- insistió ella.

-Sí, ya me voy.

-Gracias por ayudarme- dijo la mujer con ternura.

Sin agregar más se acercó a él y lo besó en los labios; luego, echó a caminar con rapidez, alejándose. El hombre la miró irse, mientras acercaba una mano a su boca, que guardaba aún la sensación cálida de los fríos labios de ella. Se enjugó los suyos con la lengua para quitar los restos de bilé que habían quedado en ellos. Prosiguió su camino pensando en la mujer. Ni siquiera le había preguntado su nombre. ¿Pero, para qué?¿importaba acaso saberlo?...¿De haber pasado la noche con ella, habría podido darse alguna relación más duradera de aquel encuentro fortuito?...Nunca lo sabría...

De las inconveniencias de mudarse

 Este texto es un reciclaje, que había aparecido ya por aquí con anterioridad. Ojalá disfruten de él.

 

Regresar a la casa y enfrentarse con los recuerdos, era insoportable; así que Sandra decidió que lo mejor era mudarse de ahí, rentar un departamento pequeño y vender la casa donde la soledad y el vacío no le vinieran a recordar en todo momento, la dolorosa pérdida de su madre. Estaba muerta y a pesar del dolor profundo, lacerante que la embargaba, aquel hecho no iba a cambiar. A sus 35 años, Sandra miraba la vida como algo que se le había escapado; hubiera preferido morir con su madre y no estar como se encontraba ahora, con el dolor de la pérdida clavado muy hondo, una desesperación infinita que no se calmaba con nada y los hechos consumados mordiéndole el alma.

 El padre las había abandonado siendo Sandra muy niña, se fue así, casi sin decir nada y su madre tuvo que enfrentarse a la situación dolorosa de no saber qué hacer para proporcionarle comida y bienestar a su niña. ¡Cómo lloraron las dos la ausencia del padre! Recordaba muy bien el día en que su padre se marchó; las había invitado a  comer en un restaurante muy concurrido y elegante, que tenía decoradas sus paredes, con grandes mosaicos vidriados, de colores muy vivos: azul rey, rojo, ocre, verde limón, naranja. Cuando más alegres y risueños se encontraban, una mujer muy guapa, más joven que su madre, se acercó a saludarlos; su padre perdió la risa y el buen humor con aquel encuentro y luego que la mujer se fue, a pesar de estar ella presente, sus padres escenificaron una dolorosa disputa de palabras, gritos y manoteos, que terminó con la marcha definitiva del padre y lo alejó para siempre de sus vidas. Mientras ellos reñían, Sandra tuvo mucho miedo y para aguantárselo, se puso a mirar los colores chillones de los mosaicos. Con el tiempo, llegó a odiar todos aquellos colores tan vivos, instintivamente, los asociaba con la partida de su padre. Desde entonces su madre nunca volvió a ser la misma; pero Sandra la quería sinceramente, por eso sentía como una llaga viva, la muerte de su madre. Ya vería que hacer con la casa familiar, si rentarla o venderla, para acallar la nostalgia amarga de su ausencia.

Así lo hizo. Se mudó a un departamento pequeño y probó infinidad de medios para ahuyentar el dolor, el resentimiento feroz que sentía contra la vida, por haberle arrebatado a su madre. Como maestra de escuela que era, no podía tirarse completamente al abandono, tenía que trabajar; cada vez que pensaba en su madre, le parecía imposible que ya no estuviera. ¿Por qué se había ido, dejándola tan sola? Quería morirse, también.

El arrendador vendría cada mes a cobrar la renta; el hombre desconfiaba de la administración de los bancos y por ello hacía sus operaciones personalmente. Aún no llevaba Sandra dos semanas instalada en el departamento, cuando lo llamó por el móvil, para decirle lo de la puerta. Para acceder al departamento, había que recorrer un pequeño pasillo y al final del mismo, casi frente a su entrada, en la pared blanquísima, estaba la otra puerta, de aparente inútil existencia, pues parecía conducir a ningún lado. Reparó en ella por primera vez, dos días después de haberse mudado. No recordaba haberla visto el día de su llegada; seguramente estaba ahí, pero ella no se había dado cuenta. Parecía imposible que eso hubiera sucedido, porque era una puerta de madera pintada de un rojo muy vivo, de pésimo gusto, uno de los colores que ella más odiaba. No le concedió mayor importancia a la puerta hasta el tercer día, cuando escucho leves ruidos que parecían provenir del interior, suaves cuchicheos, como si alguien estuviera recargado detrás y gimiera con el rostro pegado a la misma. Estaba abriendo la puerta de su departamento cuando los oyó. Se quedó expectante y asustada, alguien o algo estaba detrás de aquella puerta, casi se podía escuchar su respiración.  Sandra se acercó cautelosa a la misma y aplicó el oído sobre la madera pintada de rojo. Contuvo un gesto de repulsión ante el contacto pegajoso de la pintura; prestó mucha atención, pero ya no hubo ruido ni nada, sólo silencio. A partir de entonces, empezó a vigilar la puerta roja; cuando salía a trabajar o cuando regresaba, la puerta estaba ahí, como todas las puertas, inmóvil, muda. Sandra recordaba perfectamente los ruiditos escuchados y una inquietud creciente la poseía, aunque en los días transcurridos después, no escuchara nada.

Fue cumplida la semana en el departamento, cuando volvió a suceder. Era viernes y una compañera de trabajo había invitado a Sandra para comer; entre comentarios y confidencias se les fueron largas horas y pasaba  ya de la medianoche cuando regresó. A punto de abrir la puerta de su departamento y no sin haber echado de reojo un vistazo a la puerta roja, escuchó perfectamente una voz grave, susurrante, que pronunciaba su nombre: “Sandra...” Saltó aterrada; apoyando la espalda contra su puerta; miró con espanto la omnipresente puerta roja. No había duda posible, aquella voz la había nombrado. No quiso saber más, nerviosa, tensa, se metió al departamento como un relámpago y cerró con el seguro. ¿Qué o quien estaba ahí, por qué la llamaba? Ella no creía en fantasmas ni espíritus vagabundos que se manifestaran en la vigilia para asustar a cualquier gente; pero la voz llamándola era un hecho y parecía haber venido de aquella aborrecida puerta. Quizás había un ladrón o alguien que sabía su nombre y hubiera querido asustarla; pero ¿para qué? Además, de momento, de sus conocidos, casi nadie sabía su nuevo domicilio.

El sábado se levantó tarde, apenas si había podido dormir. De repente se dio cuenta, que le daba miedo tener que salir, no quería ni ver la odiada puerta de enfrente. No pasó nada, el fin de semana y el lunes, terminaron sin ruidos ni susurros. Por si acaso, cuando llegaba, al abrir la puerta de su departamento, siempre lo hacía mirando varias veces tras su espalda. Se fue calmando, hasta llegó a pensar que quizás se había imaginado lo de la voz y lo de los ruidos. Con la enfermedad de su madre, los trámites del sepelio y la soledad golpeándole inclemente, sus nervios habían sufrido lo indecible, tal vez, lo de ahora, era consecuencia de todo aquel sufrimiento contenido.

Casi todas las noches soñaba con su madre, a veces con la imagen borrosa del rostro de su padre, muchas veces, con sombras grises y negras deambulando a su alrededor; pero invariablemente al final de cada sueño, los colores vivos, chillones, opresivos, la perseguían incansablemente; aparecían de algún lado, sigilosos, malignos y se le acercaban burlones y amenazadores para atraparla, así que el despertar, era un alivio deseado con fruición.

 

El martes por la noche los ruidos volvieron. Cenó algo ligero y se disponía a continuar la lectura de Orgullo y Prejuicio de la Austen, cuando percibió claramente fuertes golpes y arañazos que provenían del pasillo.  Abandonó el libro y fue despacio hasta su puerta, la abrió con sigilo y asomó la cabeza; estuvo a punto de cerrar despavorida cuando los golpes y arañazos se repitieron tras la puerta roja; ahogó un grito de temor mientras los ojos se le llenaban de lágrimas y decidía llamarle al casero. Pero ¿qué iba a decirle?¿qué se oían ruidos intranquilizantes y que una voz la llamaba susurrando su nombre?... Pareció conjurar a la voz, porque en aquel preciso instante, la oyó de nuevo.  Era muy grave, suave y áspera a la vez, parecía venir de muy lejos y la conminaba a acercarse.

“ Sandra, ven, ven por favor...” Esto ya no era una broma, se pasaba de mal gusto y tenía que terminar a la brevedad posible. Con valentía abrió la puerta y salió del departamento, en ese momento no había ruidos pero la voz continuaba su pedimento. Sin duda alguna, el sonido venía de atrás de la puerta color sangre...¿color sangre? Dio tres pasos y giró con violencia el picaporte de aquella puerta, dispuesta a encontrarse con lo que fuera. La puerta roja no se abrió; estaba perfectamente cerrada y por más esfuerzos que hizo no logró que se abriera. Con el dorso de la mano izquierda secó sus lágrimas y respiró más aliviada. Los ruidos y la voz habían cesado.

 

Por la mañana, desde la escuela donde trabajaba le llamó al casero y lo puso al tanto de la puerta y de la situación que estaba viviendo en tan pocos días de residencia.

-¿Una puerta? ¿Una puerta color rojo? ¿Está segura, señorita? En el lugar que me indica, sólo hay pared. Ahí nunca ha habido puerta alguna.

Sandra le aseguró al casero varias veces que la puerta estaba ahí; que ella era una persona perfectamente cuerda y que viniera a comprobar lo que le decía.

- Iré mañana jueves por la tarde, señorita, no puedo antes.

No resultó grato para Sandra saber, que tendría que pasar una noche más, antes de que el casero trajera la llave y abriera por fin la misteriosa puerta, para saber que iba a encontrar del otro lado.

Se encontraba ya acostada cuando la voz llegó, entre sueños alcanzó a percibirla; primero muy lejana; después con tal certeza, que se incorporó violentamente y se quedó escuchándola. La misma voz grave, que lentamente comenzó a tener una tonalidad más aguda hasta parecerse a la voz que recordaba de su padre. No, aquello era imposible; su padre estaba muy lejos, a lo mejor muerto también y ella no podía estar oyendo la voz de su padre llamándola. La voz seguía su plegaria, se hacía más aguda; ahora era la voz dolorida y quejosa de su madre enferma. No había duda. Era su voz.

“Sandra, hija, ven a hacerme compañía, me encuentro muy sola en este lugar...”

No, su madre no podía hacerle esto, sin importar que Sandra hubiera deseado morir también y quisiera acompañarla en la otra vida. Se cubrió el rostro con ambas manos y se puso a llorar quedito, luego más fuerte, hasta soltar verdaderos alaridos de angustia y dolor.

 

El dueño del inmueble vino por la tarde del jueves como lo prometió. Sandra lo esperaba con ansia. Cuando tocaron a la puerta y comprobó que era el casero, abrió de golpe dispuesta a mostrarle la odiosa puerta roja. En el otro lado del pasillo, casi frente a su puerta, sólo estaba la pared blanquísima, ninguna puerta roja ni de ningún otro color.  Seguramente puso cara de espanto y debió desfallecer , porque el hombre la miró y extendió los brazos dispuesto a ayudarla.

-¿Está usted bien? Estoy aquí para ver lo de la puerta.

-Ya no está. Se ha ido.

-¿Cómo?¿Bromea usted?

- No. Hace un rato ahí estaba.

Se sintió obligada a invitarlo a pasar y ofrecerle una taza de café. Ella también necesitaba uno, muy cargado.

Armado de paciencia, el hombre la escuchó. Le narró con voz nerviosa, todos los pormenores de los pasados días sin omitir nada, ni siquiera el dolor por la muerte de su madre y el rencor siempre escondido, por el abandono de su padre. El casero la escuchó con simpatía e incluso ni siquiera se burló cuando ella le fue contando todo lo de la puerta, ahora inexistente.

-Con seguridad, es el exceso de trabajo o sus nervios, señorita. Debiera tomar algunos días de descanso. Viajar, olvidarse un tanto de sus problemas personales. Le hará mucho bien.

- No puedo por ahora, darme el lujo de vacacionar; pero trataré de relajarme. Gracias por venir y atender a mi llamado.

El hombre se fue cuando empezaba a oscurecer. Sandra se quedó sentada a la mesa, pensativa, perdida en muchos revueltos pensamientos que giraban en su cabeza, que iban y venían como un remolino monstruoso. Decidió dormir un poco; pero antes quería asegurarse que la pared frente a su puerta, seguía siendo pared. Abrió su puerta y soltó el alarido. La puerta roja estaba en el lugar de siempre, como si estuviera esperándola. No hubo ruidos, ni susurros de voz alguna que la llamara; pero no pudo dormir en toda la noche. Por la mañana, partió al trabajo, sintiéndose como una autómata. Si pudiera quedarse en la escuela o en cualquier otro lugar y no regresar al departamento. Tampoco quería ir a la casa paterna. Buscaría aunque fuera  por esa noche, una habitación de hotel.

Así lo hizo, el viernes por la noche durmió en un hotel y el sábado por la mañana, regresó al departamento, dispuesta a contratar una mudanza y llevarse sus cosas a donde fuera, abandonando el departamento y la siniestra puerta roja. Llegó cerca del mediodía y en el pasillo, la puerta la esperaba como siempre. En un acto casi reflejo, se abalanzó sobre la manija del picaporte y lo giró con fuerza. La cerradura cedió, quedando la puerta abierta y entornada. Se armó de valor; ya no era el momento de dudar. Lentamente abrió la puerta y entró.

Había luz en el lugar. Una luz mortecina, amarillenta, apagada, neblinosa. Era una habitación solitaria de regulares dimensiones, cuya pared del fondo se perdía entre la neblina de aquella luz fría, casi sólida, ominosa. Al centro de aquel espacio una mesa redonda con dos sillas en extremos opuestos, eran el único mobiliario.

“Siéntate”, ordenó la voz de su madre. Ella se sentó en una de las sillas. Una sombra indefinida, que pareció surgir del fondo de la habitación, tomó asiento en la otra.

“Este es el momento que tanto has deseado”, murmuró la sombra, a veces con el tono de la voz de su madre y por momentos pareciéndose a la de su padre.

“Tienes ahora la oportunidad de terminar con todo y venir con nosotros, tu padre y yo estamos juntos y te esperamos. No desperdicies esta oportunidad única. Nunca más volverá a presentarse. Sólo necesitamos que tu aceptes”.

Sin voluntad, casi en estado hipnótico escuchaba la voz, las voces mezcladas y superpuestas de sus padres.

“Tu madre sería inmensamente feliz de tenerte aquí. Quédate para siempre”.

Mientras escuchaba, pudo percibir que de alguna parte y revoloteando, enormes mosaicos de vivos colores rojo-azul, verde-negro, azul-ocre, naranja-violeta, se acercaban a ella rodeándola, queriendo acariciarla, adhiriéndose suavemente a su cuerpo. El mirar los odiados colores, la mantuvo paralizada, sin capacidad alguna para intentar moverse o correr. Ya las mosaicos se adherían plenamente a sus brazos, a las piernas, alrededor de sus senos, de su cadera. Sandra deseaba gritar, pero no podía; un nudo enorme la atragantaba y le impedía emitir cualquier sonido. Sus lágrimas, que resbalaban profusamente por sus mejillas y boca, eran la única respuesta ante aquel pedimento y el asalto de las mosaicos coloridos que la martirizaban y la hacían sufrir. Decidió no luchar y abandonarse. No podía más. La ausencia de su madre, el abandono de su padre, la misteriosa aparición de la puerta roja, todo la sobrepasaba. Intentó balbucear un “sí”, para aceptar todo lo que la sombra informe le sugería. No pudo hacerlo; sin poder resistir más, se desvaneció.

El casero la encontró desmayada en el pasillo, como muerta; por más que la sacudió para que reaccionara, Sandra no se despertó. Por supuesto, en la pared no había ninguna puerta roja. Cargó a la muchacha como pudo, la llevó hasta el departamento y la recostó en el sofá de la sala.  Trató de reanimarla con un poco de agua. Cuando ella por fin abrió los ojos, lo hizo de una forma extraña, muy tranquila, como si despertara de un sueño profundo, reparador.

-Me tenía usted muy preocupado-, dijo el hombre.

-¿Qué hace usted, aquí?

- El jueves que vine a verla, la observé muy nerviosa y desesperada. He venido a saber cómo estaba y la he hallado tirada a medio pasillo. ¿Se encuentra  bien?¿Qué le sucedió? ¿Quiere que llame a un médico?

- ¡No, no lo haga! No sé qué me pasó; pero estoy mucho mejor. A partir de hoy, estaré mucho mejor -, dijo muy solemne y tranquila.

-¿Puedo ayudarla en algo más?

- No, con lo que ha hecho, es suficiente.

El hombre se extrañó de que ella no le hablara más sobre la puerta. Permaneció unos minutos más cuidándola; luego, se marchó.

Sandra estaba serena, ya no había razón para más llantos y gimoteos. Todo se encontraba en el sitio correcto. A solas, reflexionó un poco en todo lo sucedido. Lo peor había pasado ya, ¿o no?...Se incorporó del sofá, fue hasta la puerta del departamento y sin abrirla, la atravesó limpiamente. El verdadero horror, había comenzado.



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