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JUGUETEOS

Lo esencial es invisible para los ojos, sólo se puede ver bien con el corazón. Antoine de Saint Exupery


Feria del libro, en el Zócalo de Ciudad de México

Estamos de feria. La Novena Feria Internacional del Libro, Zócalo de la Ciudad de México, se está celebrando del 9 al 18 de Octubre. Hoy, tuve la oportunidad de asistir y perderme bajo las enormes lonas blancas de los “stands” y entre mucha gente y montañas de libros que podían mirarse. He de reconocer que este evento no se compara con el que se celebra a finales de febrero en el Palacio de Minería; pero no deja de tener su encanto el que alrededor del enorme asta bandera donde nuestra bandera ondea en todo su esplendor, se encuentren reunidos tantos libros llenos de sabiduría.

Los mexicanos seguimos teniendo fama de leer muy poco (cuando menos, libros), porque los comics y revistas ilustradas, se venden como pan caliente en los puestos de periódicos; aunque cada vez cuesta más trabajo (y dinero), adquirir alguna. Vi que la gente miraba y compraba, de acuerdo a sus posibilidades pecuniarias; pero no dejaba de hacerlo.

Estaban presentes editoriales importantes como Alfaguara, Fondo de Cultura Económica, Mondadori, Planeta y otras; también editoriales pequeñas, que incluso editan libros-arte, hechos a mano, preciosos muchos de ellos. Fui recorriendo los pasillos, mirando, tocando y hojeando libros que llamaban mi atención; pero de los cuales, el precio me asustaba no poco. Me gustó una antología bilingüe de poesía, de Charles Bukowski; varios libros de Phillip Roth; alguno de Vargas Llosa, Orhan Pamuk y la Yoshimoto. Desafortunadamente se queda uno con ciertos nombres y el costo de sus libros no eran de los más económicos.

He comprado algunos libros para mi hija pequeña, de los Libros del Rincón de la SEP y de Ediciones Castillo. Para mí, he traído poco (ya no queda espacio en casa para libros): la segunda parte de la trilogía de Cornelia Funke: “Sangre de tinta”, más un par de la revista de cuento (núms.. 1 y 5), llamada “El puro cuento”. En el # 1, aparecen varios cuentos de Antón Chejov inéditos en castellano (al menos en 2006, fecha de edición de este número de la revista); una entrevista con Bárbara Jacobs, una escritora joven, mexicana; así como cuentos varios de diversos autores. El # 5, trae como tema central las minificciones, de autores conocidos y no, todas excelentes. La entrevista del número, es con Alberto Chimal.

La feria ocupa toda la plaza; sin embargo, siento que le falta algo. Las carpas para conferencias y conciertos, hoy sábado, estaban vacías; quizás sea por eso la impresión ligeramente desangelada que me ha producido la feria. O a lo mejor ha sido la falta de recursos monetarios para traerme algunos libros más, lo que me la ha causado. Como sea, he visitado la feria que ya se termina.

La minificción siguiente, de Luisa Valenzuela, aparece en el # 5 de la revista:

 

No sabemos si fue a causa de su corazón de oro, de su salud de hierro, de su temple de acero o de sus cabellos de plata. El hecho es que, finalmente, lo expropió el gobierno y lo está explotando. Como a todos nosotros.

(Luisa Valenzuela)

 

Esperaré la feria siguiente, para desquitarme comprando libros.

 

“Cuando llegaron a la montaña, el cuento predicaba con los ojos cerrados.”

(Aparecido, en la revista “El puro cuento”) 

Despedida

Tendría poco más de 15 años cuando escuché por primera vez tu voz melodiosa y plena de matices, cantar hermosas canciones que hablaban de pobres, de desamparados, de parias desposeídos de lo más elemental, de humildes que nada tenían, ni siquiera un pedazo de pan que llevarse a la boca. Tu voz me cautivó, mostraba tanta dulzura y sinuosidades atrayentes, que terminé enamorado de tu canto. Había tanta magia en lo que cantabas y en lo que hacías Negra, que no por nada a través de los años se te fue considerando la representante más fiel de los desprotegidos en América Latina a los cuales defendías en tus cantos. Tu labor humana, defensora de los derechos de los más desprotegidos, te llevó a deambular por infinidad de lugares, ciudades y países del mundo, que pudieron constatar tu grandeza de alma y propósitos. Meche, ¿hasta que profundidades puede llegar la admiración por un ser como tú?... Te pienso tendida, ahora mismo, en la Sala de los Pasos Perdidos en el Congreso, y quisiera ser uno más de los miles que han tenido el privilegio de llegar hasta ti y poder despedirse de tu envoltura material personalmente; con un pensamiento, una palabra, una lágrima...un mar de lágrimas. Dentro de algunas horas no serás mas que ceniza; pero no es lo más importante, sino la obra que has dejado a tu paso y que seguirá vigente por generaciones.

Gracias a la vida que te permitió que pasaras entre nosotros y que nos iluminaras con tu Luna Tucumana y ese llanto desgarrado que es Alfonsina y el mar. Como la cigarra desgranaste tus dones entre nosotros, mientras anhelabas que la esperanza fuera libre. Fuiste pan, paz, teta, techo, manta, un montón de cosas sabias y mundanas que a pesar de tu partida permanecen. Al quemarse en el cielo la luz del día te vas, con el cuero asombrado te vas y tu ronca voz grita, tañe, susurra, que volverás, nueva, repartida en el aire para insuflar en cada uno de los que te extrañamos, un poquito de tu alma belicosa-bondadosa y seguir cantando contigo.

Tuve la enorme fortuna de verte varias veces en concierto y hoy ya no estás; sin embargo Negra, te llevaré por siempre en mi corazón.

Meche Sosa, descansa en paz.

Este era un gato...

Hace algunos días, he terminado la lectura de “Kafka en la orilla”, de Haruki Murakami. No es fácil describir el cúmulo de sensaciones, ideas y sentimientos que la trama y los personajes, han provocado en mí. Dicha trama se divide en dos historias principales: por una parte las tribulaciones y desventuras de Kafka Tamura, un joven de 15 años que anhela escaparse de casa y ser independiente; que no sabe lo que quiere hacer de su vida; que no logra discernir si hace lo correcto o no; que odia al padre, añora la presencia de la madre que lo ha abandonado y de la hermana que se ha ido con ella. Por otro lado, están los hechos acaecidos a un grupo de niños entre 8 y 9 años, en lo alto de una colina; recogiendo hongos silvestres se desmayan y permanecen así varias horas, ante la angustia de la maestra que los ha llevado de paseo y que corre a avisar a la escuela de lo sucedido a los pequeños; todos despiertan tiempo después, excepto uno, Satoru Nakata, que permanece desmayado por más de 3 semanas y, quien al despertar, habrá perdido la memoria y la capacidad para leer y escribir, quedando como una página en blanco, que desarrollará sin saberlo, la habilidad para hablar con los gatos.

Esto es solamente el inicio de este par de historias convergentes, que como un gran puzzle van mostrándonos poco a poco detalles de unión entre ellas, que las llevarán a unirse hacia el final, para darnos la clave de este largo relato.

Hay varios personajes que van apareciendo y resultan vitales para desenredar el nudo de lo narrado: Óshima, un asexuado dependiente de una biblioteca fascinante; la señora Saeki, una mujer triste, muy especial, capaz de despertar a sus 50 años el amor del jovencito Kafka; Hoshino, un conductor de tráiler, que no duda en abandonar su trabajo y seguir en sus aparentes locuras, al viejo Nakata; finalmente, Kafka y el propio Nakata, quienes en la búsqueda y cumplimiento de su respectivo destino, van dejando por todas partes, pedazos de su vida y de su corazón.

Las lecciones de vida, aparecen a cada momento entre las páginas del libro, mordiendo, avisando, enseñando, doliendo, como pequeñas serpientes venenosas que están ahí, agazapadas, para atacar en cualquier momento al despistado o incluso al más avispado lector.

¿Dónde termina la realidad cotidiana y comienza la realidad de la fantasía? En esta historia, la frontera entre ambas es muy fina o se diluye completamente, para mezclar ambas en un solo plano mágico, misterioso, que Murakami nos hace recorrer despacito y tomados de la mano de Kafka y Nakata, para mostrarnos una maravillosa realidad única, real-fantástica, la podríamos llamar.

Kafka se hace el fuerte; pero a los 15 años tiene tantas dudas, tantos deseos, tantos temores, que sólo gracias a la gente que se cruza en su camino, logra entrever, un poco de claridad, en lo que hará de su vida.

A Nakata, le ha tocado “bailar con la más fea”. Ha sido relegado del mundo y de su familia, como un retrasado mental; ni siquiera el don de hablar con los gatos o el equilibrio simplista de sus razonamientos, logran quitar el dolor que su historia nos produce.

Sólo he leído de Murakami, “Tokio blues” y la novela que ha originado este comentario. No puedo asegurar que Haruki sea el mejor escritor vivo, de Japón; pero creo que se le acerca mucho.

Termino esta nota, con los ojos del gato de la portada del libro, terriblemente fijos en los míos. Y de repente, pienso en otros ojos, que me recomendaron su lectura.

“Este era un gato, con sus pies de trapo y sus ojos al revés. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?...” 

El hombre que seré

Desde hace varias noches, estar ante el papel en blanco me aterra. Pretendo escribir algunas líneas; pero no me gustan. Inicio de nuevo intentando cambiar las frases y dudo en si estará bien o mal elegida tal o cual palabra o si sabré darle el sentido que deseo. De repente, me siento en crisis. Una crisis muy estúpida por supuesto; la cual, aunque trato de tranquilizarme y pensar que es normal que de vez en cuando suceda esto, no deja de hacerme sentir como un gusano desprotegido. ¿Cómo voy a escribir el texto que tengo en mente?...El plan general ya ha sido bosquejado con anterioridad, ya sé de qué quiero hablar y más o menos tengo ordenados los puntos de interés que quiero desarrollar; el problema está, en que ya sentado ante el teclado y puesto a escribir, dudo en si lo haré bien o mal,  y ello me paraliza. Lo peor de todo ( o lo mejor, no lo sé), es que esta inseguridad empezó cuando hace tres o cuatro noches vino a visitarme el hombre que se parece al que seré dentro de 10 años. Estaba por acostarme, cuando de improviso y sin saber de dónde salió, se colgó de mi cuello aferrándose con fuerza descomunal. Con su aliento fétido golpeándome el rostro, murmuró suavemente: “necesito hablarte”. El asco y el susto que me llevé fueron tremendos; pues a menos que estés frente al espejo, no es común ver tu propio rostro a 2 cm de tu cara y además con el cabello completamente blanco, profundas ojeras e incontables arrugas, que me hicieron exclamar para mis adentros: ¡qué viejo estás! ¿Y en eso  voy a convertirme en 10 años?

“¿Qué quieres?”, atiné a preguntar. “Sólo vengo a decirte que no hagas olas, que no te muevas tanto, que quiero que dentro de 10 años cuando llegues a esta edad me dejes ver tal como soy ahora: un viejo apacible y monótono, que vive feliz y tranquilo, sin problemas, disfrutando de todo lo que ya viví, de los buenos tiempos, de los recuerdos agradables.”

Conforme aquel ser hablaba, una rabia sorda se me fue acumulando en el pecho. No podía ser cierto lo que mi yo futuro estaba diciendo. Así que tenía que ser yo de cartón, dejarme llevar, no cuestionar, aceptar que la vida es un río manso que nos lleva suavemente y que no debemos agitar.. En la semi oscuridad miré a aquel ente directamente a los verdes ojos. Atragantado por mil palabras que pugnaban por reventar en mi garganta, se me salieron las de San Pedro y con ellas un hilo de voz: “¡vete a la mierda! No pienso hacerte caso. Quiero ser malo, rebelde, un clavo en el zapato propio y ajeno , que friegue, que moleste, que emprenda cosas, se equivoque y esté vivo, que deje en mi propio rostro la  huella de haber apurado cada momento como si no hubiera otro más.” El hombre que se parece al que seré dentro de 10 años, se rió bajito, luego más fuerte, hasta de plano carcajearse y atragantarse con un acceso largo de tos. Después, sin decir más, se fue. Pero el mal ya estaba hecho, me dejó temblando, furioso, desconcertado... Desde entonces estoy así, dudoso, con miedo de escribir mal...Mi razón me dice que no debo dejarme vencer, que todo pasará  y que mi voluntad rebelde tiene que prevalecer sobre cualquiera otra cosa. La realidad, me dice la verdad, que soy un pusilánime y un mediocre.  Y aquí estoy, como al principio, sin escribir prácticamente nada, como perro apaleado, como perro sin dueño, como quiere el hombre que se parece al que seré dentro de 10 años: una pobre caricatura para el álbum familiar.

 

Diez cuentos

Así como a muchos les gusta escribir poemas, novelas o ensayos, a mí me gusta escribir cuentos. No recuerdo en forma especial a nadie, que me hiciera tener predilección por ellos. No sé si de niño mamá o papá me contaban cuentos antes de dormir. Un día cualquiera antes de cumplir los 9 años, mi maestra de tercer grado me regaló “Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain. Después de leerlo todo se transformó; quise conocer más y le pedí a mi padre que me comprara otros libros; afortunadamente aceptó y en una edición ilustrada de Novaro, me compró Robin Hood y Las Aventuras de Sherlock Holmes. ¡Cómo gocé con ellos! Aún hoy parece que me veo recostado sobre la cama, tirado de panza, hojeando las páginas de aquellos libros maravillosos. Me enamoré de la sapiencia de Holmes y de la valentía y buen corazón de Robin de Locksley. Poco después El libro de las Tierras Vírgenes, de Kipling, me hizo amigo de Akela, Baloó, Bagheera y Mowgli. ¿En qué momento empecé a escribir mi primer cuento?...Tal vez con alguna tarea escolar de mi maestra de primero de secundaria, cuando aprender a redactar era cuesta arriba y tedioso; porque había que construir oraciones gramaticalmente correctas donde la forma de hablar, no era la misma forma de escribir. Los sujetos, la conjugación de los verbos, los artículos definidos e indefinidos, las preposiciones; las palabras agudas, graves, esdrújulas y sobresdrújulas, la sílaba tónica o átona, los acentos diacríticos y una sarta de conceptos que más o menos me fueron entrando a medias, no parecían ayudar a querer escribir. Para hacerlo, ignoré muchos de estos conceptos y escribí simplemente, bien o mal, correctamente o no, lo que me interesaba contar. Y claro, salieron muchas historias perfectamente horribles, mal escritas y sin la fuerza suficiente para soportar su lectura. Lo importante ( para mí, para este pequeño mundo que soy yo), es que no dejé de escribir, por muy mal que lo hiciera. A cuenta gotas, se fueron juntando algunas historias ( porque soy muy flojo a la hora de ponerme ante el papel en blanco). Algunas de ellas han quedado plasmadas en Jugueteos y muchas otras duermen el sueño de los justos, en borradores manuscritos, guardados en algún olvidado cajón. Quizá alguno de ellos vea la luz si tiene suerte.

Me gusta escribir cuentos; pero también me encanta leerlos. A mis hijas, siempre les he contado cuentos; ahora sólo de vez en cuando a la más pequeña. Por las noches, antes de dormir y con la luz apagada, comenzaba alguna historia leída con anterioridad, que en mi boca, se convertía en mundos mágicos para mis niñas. El Mago de Oz y Alicia en el país de las maravillas, fueron de las más afortunadas; infinidad de veces tuve que contarlas si es que las alcanzaba a terminar y no me dormía antes que los diablillos que las escuchaban. También les contaba alguna de mis historias, como aquella donde un hombrecillo montado en un avión de papel viajaba al mundo de las letras y los números, para ayudar a una pequeña y llorosa “w” minúscula.

Muchos años después, cuando ya la biblioteca de casa contaba con muchos libros de cuentos de diferentes autores y nacionalidades, me encontré en las mesas de ofertas de una librería, la revista El Cuento, donde Edmundo Valadéz, Juan Rulfo y otros, hacían una selección de cuentos de los más diversos géneros, tópicos y tamaños, que era una delicia leer. No sé si la revista aún se edite; pero compré muchas de ellas de las cuales todavía hay varias en casa.

De los libros, Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Horacio Quiroga, fue una revelación para mí. También los cuentos de El llano en llamas, de Juan Rulfo. Los cuentos completos de Edgar Poe, traducidos por Julio Cortázar, son diamantes pulidos en español. ¿Y los cuentos de Herman Hesse? ¿O los del mismo Cortázar?¿Conocen los de H. P. Lovecraft? Y no he hablado de los clásicos de Jacobo y Guillermo Grimm, Hans Christian Andersen o Charles Perrault.

Horacio Quiroga, Julio Cortázar, Roberto Bolaño e infinidad de escritores más, nos brindan sus opiniones y experiencias en el arte de escribir un cuento; nos dan sugerencias y ejemplos prácticos de lo que debemos o no hacer. Luego de leerlos, aparte de haber aprendido un poquito más, te das cuenta de todo lo que no sabes.

Esta pequeña exposición de algunos libros de cuentos y cuentistas que me gustan, no pretende ser la Biblia de los cuentos; cada quien tiene sus cuentos y cuentistas preferidos y puede diferir completamente de los que a mí me gustan. Eso es lo emocionante, porque siempre habrá quién nos recomiende un  cuento, un escritor o un libro completo. Yo, dejo hoy una pequeña lista de 10 cuentos que me parecen preciosos; aunque mi lista no se limita sólo a éstos. El orden en que aparecen, no significa que me guste más uno que otro.

 

El pozo y el péndulo – Edgar Allan Poe

La llovizna – Juan de la Cabada

El hombre que se perdió a sí mismo – Giovanni Papini

Silvia – Julio Cortázar

De nieve a lodo – Joseph H. Cole

Diles que no me maten – Juan Rulfo

El avión de la bella durmiente – Gabriel García Márquez

El flautista de Hamelin – Jacobo y Guillermo Grimm

El dragón – Ray Bradbury

El color que cayó del cielo – H. P. Lovecraft

 

A esta lista habría que añadir cuando menos 100 más.

 



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