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JUGUETEOS

Lo esencial es invisible para los ojos, sólo se puede ver bien con el corazón. Antoine de Saint Exupery


acerca de los signos de puntuación

 no sé si escribir con puntos y comas distraigan la sinceridad de lo escrito así lo manifiesta gisela la novia de menelao en gazapo la novela de gustavo sáinz encuentro la cita en esfera una serie de ensayos literarios de jorge arturo ojeda siempre me ha gustado al escribir atender a todos los signos de puntuación necesarios para evitar eso de la anfibología confusión ambigüedad y demás yerbas y lograr cuando menos ser medianamente entendido por la gente con la que requiero comunicarme pero no desecho lo lúdico de evitar aparte de puntos y comas las mayúsculas al principio de las oraciones y en los nombres propios o los signos de interrogación al preguntar de admiración al mostrar sorpresa por algo de comillas guiones paréntesis y demás parafernalia ortográfica como juego es estimulante dejarse ir así nomás y escribir largos párrafos que aunque tengan sentido lógico dificultarán la comprensión de quien los lea por ejemplo ahora si me detengo a puntuar tal vez pierda alguna idea principal anecdótica o de cualquier otro tipo y no logre aportarlas a lo escrito así que mejor me quedo en la parte del juego aunque en este texto haya querido dizque respetar cuando menos los acentos porque como decía azorín estilo oscuro pensamiento oscuro y yo pretendo al escribir ser claro muy claro clarísimo como ahora

Sin nada que contar

 Me gusta contar historias; sobre todo cuando hay algo interesante que decir. Y si no lo hay, inventarlo, para que lo contado cause emoción y llegue hasta los sentimientos de quien lee. A veces, contar un hecho o imaginar una historia puede ser de lo más sencillo, las ideas corren como el agua y el bolígrafo o el teclado del ordenador, parecen impelidos por una fuerza misteriosa que los arrastra formando palabra tras palabra sin apenas parar. Lo malo es que no siempre sucede así. En ocasiones (las más), escribir una palabra, una frase, una simple oración, nos hace casi llorar lágrimas, porque nacen a cuenta gotas, sin querer salir o dejarse ver; es entonces cuando se siente uno desesperado, frustrado, triste, con ganas inmensas de mandar todo al diablo y acometer otro asunto. Pero es allí precisamente donde se necesita perseverar, no darse por vencido, no dejar que las palabras se conviertan en nuestras amas y señoras, y nos hagan desistir del firme propósito de contar una historia.

Una anécdota bien contada puede constituir una gran historia; pero a veces no somos tan afortunados y podemos echarla a perder si no sabemos superar nuestras limitaciones: la redacción,  el vocabulario, el estilo, etc; si nos sobreponemos a ello, escribir un texto: poema, ensayo, cuento, novela, puede convertirse en una experiencia inolvidable. Por ejemplo, yo estoy escribiendo las presentes líneas porque, precisamente, mi cabeza anda tan dispersa que no logro hilvanar muchas ideas, ni tampoco inventar algunas situaciones dignas de convertirse en un gran texto. En este momento estoy tan vacío como una cáscara de nuez (esos baloncitos redondos u ovalados cuya pulpa tiene un sabor espléndido, ideal para degustar sobre unos chiles en nogada o un flan suave bañado con rompope). Por cierto, ayer he visto una peli que trata sobre los problemas que sufre un adolescente, porque va a entrar a la escuela preparatoria y no tiene demasiados amigos. En la secundaria no le ha ido muy bien y no espera que en la prepa le vaya mejor, sino todo lo contrario. Así que no tiene amigos, ni novia, nadie lo ha besado en los labios, ni ha tenido sexo con ninguna chica. Ya tiene dieciséis, una edad de lo más difícil para un adolescente; si a eso le aunamos que ha estado enfermo porque tiene visiones de una tía muerta a la que ha querido mucho y que esto le ha ocasionado visitar el hospital por cierto tiempo, todo esto se convierte en una verdadera maraña que el joven no sabe ni cómo desentrañar.

Creo que me desvío; no quiero hablar sobre peli alguna, sino sobre el acto de contar y escribir una buena historia. Que resulta de lo más complicado cuando hay que inventarla casi en el aire, decidiendo los detalles que habrá de llevar y como engarzarlos de la mejor manera. El papel en blanco es un asesino, un matador de ilusiones para el que quiere escribir. A mí me da un miedo terrible, y la mayoría de las veces sucumbo ante su silenciosa blancura, que parece cegarme la visión y las ideas. Me asombra la facilidad que Anton Chejóv tenía para escribir sus cuentos, los construía sobre cualquier cosa, sobre la anécdota más pueril, sabiendo sacarle lo esencial y mejor, haciendo de cada cuento una pequeña obra de arte. Lo mismo admiro a Charles Dickens, que podía construir novelones de cientos de páginas y subyugar con ellos a sus lectores (a mí también). Y además, por entregas, manteniendo la expectación de la gente durante días enteros, hasta la aparición de la siguiente parte.

Que manía esta de irme por otros lados. Decía que si no se tiene un tema, de preferencia bien definido, planeado en sus detalles, lo más seguro es que no logremos una historia que tenga el suficiente interés para ser leída. Es muy probable que salga un bodrio aburrido y monótono que canse casi de inmediato a quien lo lea. Por eso hace ya algún tiempo que no escribo nada, ni siquiera cómo me siento porque la mujer que amo no parece ya sentir por mí, la misma atracción física de antes. Apenas me abraza o hace una caricia, apenas me besa en los labios, y ya ni me acuerdo cuándo fue la última vez que hicimos el amor. Y lo peor es que a ella parece no importarle que me muera por acariciar su piel café con leche o disfrutar el sabor a caramelo que tienen sus labios rojos; jugar con la lengua de su boca o compartir la trémula emoción que me embarga al desnudarla despacito, sin prisa alguna. A lo mejor le gusta alguien más. Quizá ya no le gusto o no me quiere o no le satisfago para nada.

Bueno, a lo mío. Ya lo dije: hace mucho que no escribo porque no tengo nada que contar, ni palabras para decir que hace unos días, he visto morir en la calle a un pobre perro, debatiéndose entre estertores, espumarajos y convulsiones; seguramente envenenado por gente desalmada y de mal corazón. Y con esto, me acuerdo de “El pinto”, ese cuento igual de triste y doloroso de Ángel de Campo “Micrós”. ¿Cómo alguien puede ser tan cruel para matar así a un animalito? O lo que es peor: torturar, mutilar o asesinar a personas.

Me quedo mudo; falto de ideas; triste de desamor; hastiado de la crueldad; angustiado por la suerte en una peli, de un adolescente virgen; resignado finalmente, por no tener nada que contar.

Reflexión

 Son cerca de la una de la mañana y abro este cuaderno para tomar algunas notas. ¿Sobre qué?... ni idea tengo, lo importante es haber tomado la pluma para emborronar algunas líneas que quizá no me lleven a ninguna parte. Sin embargo se siente bien, es decir, me siento bien, me siento cómodo en hilvanar palabras, como soldaditos en formación, una tras otra, uno-dos, uno-dos, sin un fin preciso. ¿O acaso se debe pretender ser siempre profundo, racional? ¿No se vale también jugar con las palabras y hacerle al tonto sin proponer nada definitivo, solemne, decisivo?...Porque navegar a la deriva a ratos es grato, muy grato, te permite reflexionar sobre infinidad de problemas, de cosas, para quizá resolver algún entuerto personal o tomar algunas decisiones importantes ( ja, ja, ¿importantes?...¿a quién le importan?...)

Una vieja fotografía

Miro la vieja fotografía donde apareces tan joven, tan delgada, tan abstraída y lejana, tan bonita, que tu imagen me devuelve el deseo de esos años y me inquieta tanto como entonces. Observo tu figura con avidez y puedo constatar la breve silueta de tus pequeños senos que pretenden pasar desapercibidos entre las rayas y pliegues de la blusa que se te adhiere al cuerpo sin lograr ocultarlos del todo. Tus manos de  largos y finos dedos, de uñas bien cuidadas, me recuerdan la tibieza de su contacto cuando acariciaban mi rostro suavemente o recorrían presurosas la piel y las intimidades de mi cuerpo. Pareces tan absorta en esa foto que quisiera adivinar en qué o en quién pensabas en ese instante. ¿En mí; quizá en alguien más?...Tu cabello negro y ondulado le da un marco perfecto a tu rostro, a tus ojos rasgados, a la pequeña nariz que preludia tus labios ligeramente gruesos, carnosos, coloreados de labial rojo, antojables.

Este deseo que siento crecer muy dentro con mayor fuerza al mirarte, me obliga a tragar saliva, a conjurar tu presencia inmediata, aquí frente a mí. Aunque no sólo por eso, también por todo aquello que no se ve y que preservo en la memoria: tu belleza clara, la tibia suavidad y el olor perfumado de tu cuerpo juvenil, la entrega incondicional en cada acercamiento de la desnudez de nuestras pieles, los largos paseos nocturnos por calles solitarias abrazado a tu cintura.

No sé para qué escribo todo esto. Nunca habrás de leerlo. No puedo regresar a ti a ese tiempo ni a ese entonces más que con el recuerdo, con la infiel e incierta memoria, con la frustración presente de saber que todo aquello ya pasó, que tú ya no estás.

 

Siempre tuyo: David.

Sobre olvidos y mujeres

 Me aterra olvidar las cosas, mis pensamientos, los hechos recientes. Olvidar situaciones o actividades realizadas apenas, puede significar que soy muy distraído o que a lo mejor estoy enfermo; en estos tiempos tan agitados el mal de Alzhaimer se ha vuelto tan común, que da verdadero pavor imaginar que pueda uno padecerlo. Últimamente he olvidado algunas ideas para escribir. Después del chispazo de tenerlas, de pensar en ellas, se han ausentado sin sentir, así, simplemente, dejando un espacio oscuro y negro donde no existe nada. Entonces siento en el centro del estómago una fuerte inquietud, un malestar indefinido por esas ideas olvidadas, perdidas quizá para siempre. Si hubiera tenido la precaución de anotarlas…

No recuerdo bien si fue en Elizondo o en Onetti, donde leí que eran mejores las mujeres imaginarias que las reales, que había más certeza, peso y congruencia en ellas (a pesar de su condición ilusoria) que en las hechas de carne y hueso. No estuve de acuerdo en ello. Me quedo con las mujeres reales, no importa lo volubles, inconstantes o desdeñosas que puedan ser; con todos sus defectos (y virtudes) son divinas. Mujeres imaginarias hay muchas, de cualidades y belleza extraordinarias, que en cantidad de casos  han pasado prácticamente de su estado no sustancial, a tomar personalidad casi corpórea. Pienso en Elizabeth Bennet, Catherine Earnshaw, Susana San Juan, Irene Adler. Y aunque también me han seducido, prefiero a las que hay que vestir, complacer, hacerles el amor y darles de comer.

 Una mujer real, imaginaria o imaginada, tiene la virtud de ser pensada y la imaginación del que la piensa puede interactuar con la imagen que crea de ella y endilgarle palabras, actitudes y acciones que en la vida corriente aquella mujer nunca tendría. Pero en eso estriba lo emocionante, que puedo imaginar que beso a Keira Knigthly o le hago el amor a Gretchen Moll, hasta lograr que la sensación de realidad se haga casi patente.

En lo particular, me cuesta trabajo relacionarme con mujeres reales. Parece haber en mi cerebro alguna parte que no funciona bien, que me impide guardar una actitud neutra o serena delante de una mujer, sea joven o vieja, bonita o no. Sin equilibrio en mis actitudes me pongo excesivamente nervioso y me tiembla la voz, no logro controlar mi mirada y termino con las manos sudorosas o sonrojándome. Es algo que no logro controlar. ¿Será timidez natural? ¿o algún problema sicológico más profundo, que necesite resolver a través de ayuda profesional?

Recuerdo algunos labios. El primer beso que me dieron en la boca. El primero que me dio la mujer que amo. El placer, el goce extremo de sentir el roce, la suavidad, el sabor de sus labios pegados a los míos, no tiene parangón. Es esa misma sensación tan especial que sientes si unos ojos queridos te miran o unas manos amorosas te acarician el rostro.

En resumen: entre mujeres reales, imaginarias e imaginadas, me inclino por las primeras, de las que puedo sentir el contacto real de sus labios al besar o la tibieza de su piel suave como la piel de la mujer que amo.



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