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RAZONES

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Es tu gesto,

esa forma de acariciar mi pelo

y despeinar todas mis razones.

La costumbre de besar

cada duda que me asalta.

 

Tu forma de mirar

calma,

profunda,

capaz de traspasar el mar oscuro

que a veces ruge en mis pupilas

y  alborotar la espuma de las olas que me arrastran.

 

Tu voz,

latiendo inclemente en mi pulso

para llenar de razones cada despertar,

colmar de certezas

la catástrofe de un nuevo amanecer,

y acatar el dictado inconcluso

de las noches ajenas.

 

Yo claudico, amor, cada mañana

ante el altar donde arden

las sábanas que nos nombran.

Y no me quedan excusas

no tengo palabras,

no hay nada mas allá

de ese gesto que te resume

y me rinde a la paz de tu presencia.

Nada más allá de tu voz o de tus ojos,

de tu piel

                de mi piel

violando las fronteras de nuestro deseo.

 

TACTO

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Me acerco a ti en silencio,

tenaz,

como esa lluvia

que colma la sed de un suelo fértil,

sutil como la lágrima

que da cuerpo a una emoción.

Mi hambre y tu deseo…              

                               un tropiezo afortunado.

Impaciente reclamas mi calor,

y sí,

yo me acerco

sin otro destino que fundirme en tu sangre

arder en tu voz,

y librar esta batalla

de la que no vamos a salir ilesos.

Llevo grabado bajo los párpados

el tacto de tu piel

para dibujar a ciegas tu sonrisa

perfilando,

con la yema de mis dedos

el rictus de tu felicidad.

 

Y ya ves…

por más que lo he intentado

todavía no he podido averiguar

cuánto amor 

              es capaz de contener una caricia.

 

RECORTES DE OTOÑO

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Encontraste el camino

                y yo no pude, no supe,

no quise evitarlo.

Te acercó la brisa de un mar

inesperadamente fresco y misterioso.

Varaste tu cansancio

en mis arenas

a la orilla de una noche infinita,

paciente,

aguardando mis pasos

y asediando mis silencios.

 

De qué forma tan sutil te acercaste a mi vida…

 

Temblé,

apenas un susurro y temblé;

te sabía llegando.

Deseé tu boca

en el mismo instante en que tu voz

doblegó mis intenciones,

vencidas y entregadas

a la vehemente inconsciencia de tus brazos.

Temblaron las huellas

de aquella nostalgia que impregnaba mis versos,

los cimientos de una soledad remota

que de pronto se antojó desconocida.

Y sin querer

se nos coló el otoño en los bolsillos

aquella tarde de lluvia

que nos dejó,

la conciencia sin excusas

el corazón en carne viva

y el alma llena de atardeceres.

 

Hoy,

aún a veces pretendes eludir

el eco ronco de ese tiempo

que huye vacío sin nada de ti,

de mí

de ese nosotros que anochece

en eterna rebeldía.

Y no puedes,

porque esas horas que se van, amor,

                                               también nos pertenecen.

 

PASOS CONOCIDOS

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Me miras,

como se miran las bocas

sedientas de otros labios

destapando la ausencia

de un pudor inmerecido.

Todavía me asombra

que el sonido de tu nombre

humedecido en la lengua

me provoque esta dulce

sensación de plenitud.

Cierro los ojos,

voy a esperar a que descifres

el enigma del silencio.

 

Sé que te acercas,

te delata ese andar

            elegante e impreciso

de los pasos que conocen el camino que transitan.

No hay piedras, no hay muros

no hay lastre que ofrezca resistencia.

La piel es agua y se desborda

cuando acallas con un gesto

detenido al borde de mi rostro

el latido feroz de la caricia

que te arde en la mano.

 

Tiemblo

como ayer

como mañana,

con la urgencia de un beso

a punto de nacer,

con la calma de un suicida

de puntillas ante el borde del abismo.

Tiembla mi sangre, mi voz

                        tiembla mi piel

antes de que tomes de mi cuerpo

lo que es tuyo.

Antes de que el cielo se derrumbe

por fin, sobre mi espalda,

desafiando la métrica imposible de aquellos versos

que ahogamos en la absenta del olvido.

Antes de que tu alma,

cincelada a la medida de mi infierno

vuelva a morir esta noche

                        entre mis brazos.

 

SINFONIA PERFECTA

Te aferraste al calor de mi pecho sin dudarlo.

Mi sangre y tus latidos... una sinfonía perfecta. Parecía imposible amarte más que en aquel instante en que llegaste a mis brazos; luego supe que el corazón es elástico, y su capacidad… simplemente infinita.

Ensayamos juntos la virtud de la paciencia, y disfrutamos del placer de las batallas entre el no rotundo y la esperanza del tal vez; ejercí mi obligación del aquí y ahora, mientras tú ejecutabas hábilmente tu derecho a cuestionar mis imperativos. Todos amor, no dejaste uno intacto; quiso la fortuna que según iban perdiendo fuerza cada vez eran menos necesarios.

Me encaramé a la atalaya del desasosiego; desde ella permití que la razón imperara a ratos, obligándome a ampliar poco a poco el perímetro de tu libertad; qué difícil!

Seguro que sabes, que de haber hecho caso a mi corazón nunca hubieses dado un paso más allá del alcance de mis manos o mis ojos.

Madurez, le llaman. Llegó muy temprano y te cubrió por completo pero no consiguió (nunca podrá) ocultar de todo la chispa de picardía que brilla en tu mirada cuando sonríes.

Y hoy, dieciocho años después, me he instalado definitivamente en esta mi torre de los desvelos. Experimento todavía con eso de la paciencia… ya no como virtud sino como necesidad; busco nuevos imperativos con los que estimular tu espíritu de la contradicción y me recreo en el orgullo de verte, encontrarme en ti, y saber que debajo de esa franca sonrisa late un corazón feliz.

Feliz cumpleaños mi pequeño gran hombre.

  



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