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PARA TOCAR EL CIELO...

 

El primer movimiento de mis manos fue sólo una intención, un gesto que no llegó a rozarte; una palabra se estremeció nerviosa en mi garganta rendida al sonido de tu voz, cuando la primera sonrisa que me regalaste se clavó sin piedad en mi retina.
Conservo la sensación de ese primer instante a flor de piel.
Recorro a diario la huella valiente de cada uno de los pasos que ese día vencieron la distancia que separaba nuestras vidas, porque fue en ese momento tan fugaz, que supe que mi corazón no estaba muerto sino dormido esperando recuperar el rumor de un latido, tan ausente del tiempo, que ni siquiera podía retenerse en la memoria. Acudo a menudo a los primeros minutos de aquella tarde para alimentar a las mariposas que anidan en mi regazo, adictas a una ternura que exige dosis constante de ti.
Y se me derraman los recuerdos en palabras que nacen sin esfuerzo ni dolor, para ser prosa o poesía con la misma delicadeza con que tus ojos las susurran a mis labios.
Los sueños de ayer son planes de presente, porque del futuro únicamente esperamos que nos siga sorprendiendo, juntos. 
Buscaba un lugar especial a donde llevarte hoy pero no preciso viajar lejos para hallar lo que deseo, si tropiezo en tu regazo... ya me basta para tocar el cielo. 
He puesto lluvia para que nos sirva de puente al arco iris; el otoño vestido de nieve será el encuadre perfecto para un abrazo interminable, y la luna permanecerá apagada esta noche, así, en completa oscuridad podremos plantar nuevas estrellas y bautizar constelaciones con el nombre de los deseos cumplidos.
Rindo mi piel a tus dedos de músico con una sola condición, debes componer sobre ella la melodía más dulce que puedas tararear con el alma, para que yo luego la pueda ensayar en tu cuerpo. Quizá mis manos vibren de una forma extraña amor, porque el caso es que todavía... tiemblo al saberte llegando.
 
FELIZ CUMPLEAÑOS 
 

UN ANGEL

   

Hoy me encuentro cansada. Intento escuchar con atención pero me cuesta trabajo así que dejo que mi cabeza se apoye levemente en el brazo de este hombre que recita a mi lado; las palabras se le rompen un instante en la garganta y me mira con ternura.
Qué bonita voz… no puedo evitar preguntarle si tiene hijos. 
Porque si los tiene – le digo – no debería usted pasar una sola noche sin leerles un cuento antes de dormir. 
Yo solía leer cuentos a los ángeles; no consigo recordar cómo es un ángel pero recuerdo perfectamente el olor de su sonrisa, el sonido de sus manos, el sabor dulce de su voz, la suavidad de su mirada… Recuerdo sus besos en mi risa, y aquellos deditos inquietos toqueteando en mi boca las palabras antes de engullírselas feliz entre carcajadas.
Pero no consigo recordar cómo es un ángel. 
Y este hombre sigue leyendo versos para mí; poemas de amor que son como caricias en el alma y yo creo que él sabe cuánto me gustan. Qué raro... Alguno me suena, posiblemente alguna vez antes los leí pero no lo recuerdo. No sé donde tengo la cabeza últimamente.
La cadencia de su voz tiene algo que me relaja. Es amable y guapo, muy guapo, seguro que también tiene ángeles. 
 No se olvide de besarlos cada noche, de tocar su piel para retener y recordar ese contacto cuando ya no pueda recordar su cara – insisto – los ángeles tienen un color especial. 
Yo solía acariciar las espaldas de mis ángeles; no consigo recordar cómo es un ángel pero recuerdo sus lágrimas mojando mi cuello después de una caída; recuerdo su sonrisa orgullosa tras cada reto superado; los ángeles ríen si son felices y también lloran cuando sufren. A veces incluso se enfadan porque tienen su corazón, pequeño corazón de ángel, y las cosas les duelen igual que a nosotros. Pero no consigo recordar cómo es un ángel. 
Quizá se esconda detrás de esa nube blanca que se ve a través de la ventana. Quizá si miro fijamente lo vea, pero no estoy segura de poder reconocerlo; hoy no consigo recordar como es un ángel. 
El extraño me mira con cara de preocupación y le sonrío. Le pregunto su nombre. 
 Diego mamá, soy Diego... tienes que descansar. Mañana volveré a la misma hora. 
¿Quién será mamá? no importa. El hombre me besa con cariño y se marcha no sin antes dejarme una foto en las manos, la misma que antes él sostenía mientras leía para mí. En ella una mujer joven abraza algo que quizá sea un ángel, sí desde luego tiene que ser un ángel.
Yo tenía un ángel, solía llamarle Diego y aunque hoy no recuerdo como era sí recuerdo cuánto le quería.
A los ángeles no se puede no quererlos.
 

COBARDE

Te enfrentas a mí con miedo; no te gusta lo que ves porque en el fondo te reconoces en el vacío de esa mirada que te devuelvo.

Y para que no se enteren de que la cordura te ha abandonado hace meses, permites que tu alma se oculte en la oscuridad de la noche, escondes tu vergüenza tras esa cortina de humo que has fabricado bordando mentiras a los recuerdos, cosiendo engaños a una vida que ya no es ni siquiera un pasado, porque ya no queda más que las ruinas de lo que nunca hubo.

Mientras recoges del frío suelo del baño los despojos de dignidad que maquillan tu orgullo, tu intocable orgullo, te preguntas si habrá merecido la pena.
Me miras; la respuesta es NO.
Quisieras odiarte, pero siempre encuentras una excusa que te disculpe; intentas llorar la pena de haberlo perdido todo, pretendes que las lágrimas apaguen las llamas de ese incendio que te consume y tu alma... tu alma es un desierto.
Alzas el puño en ese gesto que es tan tuyo como la cobardía de atacar a quien sabes de antemano que no se va a defender; espero impasible y sin pestañear ese golpe que sé que voy a recibir, porque la insolencia de mis ojos gritando tus miserias te resulta insoportable. 
Y en el frío suelo del baño, sí, allí donde quedan las babas de tu dignidad, la sangre de tus nudillos se mezcla con las lágrimas oscuras que brotan de cada unos de los pedazos en que has destrozado esa imagen, ese rostro que tanto aborreces.
Te metes en la cama a resistir otra noche intentando que los remordimientos te concedan una tregua. Ya no recuerdas cuánto hace que no duermes, ya no importa, mañana pondrás un espejo nuevo y te asegurarás de que te diga lo que quieres oír y te vista de buena persona para poder seguir muriendo un día más de tu existencia. 
Pero tú sabes quien eres, y yo no dejaré de decírtelo. 
 

EL MEJOR REGALO

Anochece. Ya estoy llegando, mi amor.  
Reposas sumido en un letargo apacible y profundo. Cómo envidio esa facilidad para dormir... Y a pesar de mi sigilo es posible que me presientas, siempre lo haces, y casi con toda seguridad, incluso estando dormido temblarás al saberme llegando. 
Me aproximo a tu cama, de puntillas y en silencio, agradeciendo a la luna que hoy brille en su todo esplendor y me permita contemplar tu rostro.
Quisiera besarte; busco tus labios y sin apenas rozarlos ya intuyen mi deseo; no es el viento, amor, hoy soy yo; es mi voz la que susurra ese "te quiero".
Tu respiración serena se altera pero me detengo justo a tiempo, no quiero que despiertes, todavía no… es mi momento y voy a disfrutar de tu indefensión.
Tropiezo con tu nombre al recordar aquel mapa de caricias que esbocé con los lunares de tu cuerpo, y desde esta esquina de mi cielo, espiando tu recuerdo a contraluz, me laten sordas las palabras más valientes. 
Mi aliento roza levemente la comisura de tus sueños en el embeleso de la penumbra, y con un suspiro regresas de nuevo a ese abismo de paz donde entierras tu fatiga.
Shhhhhh... descansa. 
Mis manos guardan con mimo un poema que voy a esconder en el mismo lugar donde una vez me dejaste un regalo, el mejor regalo, sé que lo recuerdas; mañana mis dedos lo recitarán lentamente en tu piel con la misma suavidad con que el arco acaricia las cuerdas de un violín, poniendo música a mis versos.  
He buscado por todas partes ese sitio especial que quería regalarte hoy y no lo hallé, no lo pude traer pero ahora sé que tengo que esperar a que despiertes, mi amor, porque la lluvia de mi cuerpo precisa de la luz de tu mirada para establecer ese lugar, el lugar exacto donde nace el arco iris. 

FELIZ CUMPLEAÑOS

Canto de Otoño

Van a ser las doce y el móvil que cuelga sobre la puerta me anuncia su llegada. Marcial es el único que aprecia la belleza del sonido de los tubos de bambú cortados en escala pentatónica; ensimismado los hace sonar una y otra vez mientras yo le escucho desde el almacén; normalmente a esta hora acabo de recibir los pedidos y me demoro a propósito abriendo las cajas y clasificando la mercancía para no molestarle en su rutina.  
La madera del suelo dibuja la huella de sus pies cansados y las estanterías guardan el recuerdo del tacto de sus ojos; camina con las manos extendidas como si sus dedos guiasen sus pasos hasta llegar al punto exacto donde siempre se detiene, Baudelaire...   
Cada mañana al abrir la puerta de mi pequeña librería recuerdo con nostalgia al hombre que me enseñó a amar los libros, a disfrutarlos con todos los sentidos grabando en la retina la belleza de las letras, saboreando las palabras, apreciando las texturas de las distintas encuadernaciones, empapándome del aroma del papel; añoro esas primeras poesias recitadas... Le echo tanto de menos...  
Marcial sostiene el poemario sobre su pecho mientras aspira con fuerza. Siempre el mismo ritual; me mira y me doy cuenta de que intenta convertir en palabras esos recuerdos atrapados en su memoria, un puzzle de letras que casi nunca es capaz de completar con éxito. Sin embargo hoy sus ojos pardos tienen un brillo conocido y su voz firme lo vuelve a llenar todo. 
- “Breve tarea! La tumba aguarda; ¡Está ávida! 
¡Ah! Déjame, mi frente posada sobre tus rodillas, 
gustar, añorando el estío blanco y tórrido,...-  
- ... Del otoño el destello amarillo y dulce!” – respondo conteniendo las lágrimas.   
- Canto de Otoño... mi preferido, aún lo recuerdas, hija.  
Sonrío emocionada; él regresa inmediatamente a ese rincón del olvido en donde ha establecido su residencia desde hace meses. Temo ese día en que se vaya y no regrese jamás.
 

 



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