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Extraños

Ayer nos encontramos por la calle. Quise saludarte, o no... no lo sé. Tus ojos al cruzarse con los míos manifestaron todo el odio que acumulas contra mí, exhibieron sin pudor alguno y con orgullo esos demonios sin exorcizar que se han apoderado de tu alma, y yo ... no me hizo falta mirarme en la cristalera detrás de ti para saber que llevaba pintada la misma sonrisa que dibujo en mi rostro desde hace años, el mismo maquillaje que cada mañana discretamente ocultaba cualquier rastro de infelicidad con la seguridad de que nadie más que yo sabría que era una mentira, solo que ahora he rescatado la risa que pone música a esa mueca y la hace totalmente real. 
Ayer nos encontramos por la calle. Quise hablarte, o no... no lo sé. Mi voz sigue temblando cuando se enfrenta a tu rabia, esperando con temor el azote de cada uno de los reproches, que aletargados en tu boca esperan el momento de descargarse en la parte más débil de mi férrea voluntad de salir adelante. Mi recién estrenada felicidad todavía olvida a veces que los insultos no duelen si no dejas que te hieran. Persiste el miedo, y es entonces cuando realmente soy totalmente consciente del alcance de los daños. Siempre creí que al llover sobre mojado el agua resbalaba sin más, pero no, algo ha calado y hay un frío húmedo en alguna parte de mi corazón que espero que desaparezca ahora que he invocado al verano.
Ayer nos encontramos por la calle. Quise mirar hacia atrás, o no... no lo sé. Y a pesar de las dudas, desafiando el riesgo a convertirme en estatua de sal volví la cabeza. Busqué en el saco de la nostalgia pero los recuerdos más amables hibernaban bajo una gruesa capa de hielo, así que caminé con paso firme hacia delante, con la certeza de haber tomado la dirección correcta, sin temer el pasado, sin miedo al frío y con la esperanza de que la ternura encontrase una grieta que le permitiese brotar en el deshielo.
Ayer nos encontramos por la calle. Aquella con la que tropezaste, con mi voz y mi aspecto no era yo, era esa parte de mí que ha crecido en la cicatriz más profunda de mi autoestima y que ha tomado las riendas de mi vida. Quise pensar que mañana nos encontraremos y dejaremos de ser extraños, o no... no lo sé.
Seré feliz, eso sí que lo sé con seguridad. 
 

 

Amantes

Se amaban sedientos a lo largo de los años en el hechizo de la noche; morían la luz de cada día aletargados en un tic-tac de sueños inconclusos, aguardando ese preciso instante en que la somnolencia cruza la frontera de lo real. Sus corazones latían acompasados al ritmo imperceptible del transitar por el deseo contenido, del vagar por el subconsciente de su esencia, débiles pero unísonos, y es al atardecer cuando el viento sopla con el encargo de engañar al silencio y servir de puente para las palabras que nunca llegan a hacerse sonido.

Los labios, heridos y secos de tantear vacíos son solo espectadores de un beso que no llega a realizarse, y la brisa, cómplice, juega con sus deseos sin llegar a cumplirlos, arrancando palabras de amor de los ojos de uno para recitarlas al oído del otro, acariciando sus pieles y sus sentidos. 

Pero hoy el aire va y viene sin respuestas. Ella siente un frío a su espalda que le dice que algo va mal. Sin saber bien si es el miedo o una firme determinación lo que devuelve la vida a sus miembros dormidos, con paso seguro desciende los tres peldaños que la encumbran en una cárcel de mármol.

Sus pies descalzos sienten por primera vez la tibieza húmeda de la tierra mientras camina hacia un abrazo que no termina de encontrar. Bajo la curiosa mirada de la luna descubre que su hombre de piedra ha desaparecido y una peana desnuda le habla de ausencias y de vacíos; sentada en ella se deshace en llanto suplicando morir. 
Las primeras luces iluminan la figura pálida de la dama triste; el joven jardinero se acerca a ella cada amanecer con la esperanza de verle el rostro a su amada; con ternura la besa y le susurra al oído las palabras que tanto tiempo esperó pronunciar. 
“te quiero... te espero”

No tardaré

 

Se rompe el día en destellos dorados sembrando una ausencia en cada herida infligida por la noche. Al fondo, el perfil del horizonte se desdibuja en una fina línea que separa (o une) el cielo y el mar, proyectando sombras en mi cabeza e inyectando su negrura en mi corazón.  
Por la orilla, de la mano de una dama blanca, camina despacio mi alma arrastrando unos pasos sin rumbo y sin ganas de llegar al final de la playa.
Cansada recuesta la cabeza en el hombro de su misteriosa acompañante, está agotada, lo sé, por eso la dejo ir. Necesita descansar de mí, de la presión de este cuerpo sometido al desánimo y a la tristeza, del latido incesante de un corazón que redobla el esfuerzo por insuflar oxígeno en esta sangre que fluye cada vez con menos fuerza. 
El agua me acaricia los pies y un escalofrío me devuelve a la realidad; mis dedos enredados en la arena forman un poema que la marea se lleva al océano, vertiendo mis palabras allí donde los gritos mudos de la rabia agotan sus últimas fuerzas. La soledad me ahoga y recurro a ese pedazo de aire que guardo siempre para poder inhalar, cuando el que me envuelve se hace irrespirable. 
A lo lejos va mi alma atravesando la arena, sus manos te buscan y con ellas acaricia suavemente tus sueños recordando la geometría de tu cuerpo; sonríe complacida con el reflejo del mañana en sus pupilas, con el recuerdo del ayer en su piel. Se gira un instante hacia mí y con gesto agradecido me lanza un beso por el aire. La dejo ir de la mano de la esperanza sabiendo que con ella estará protegida  y saldrá indemne de esta batalla que me toca librar.  
Es la hora, me voy… me llevo tu voz para que me susurre un te quiero en los momentos más duros, me llevo el peso de tu mano sobre la mía para perder el miedo a caer; a mi alma le he dejado todo el amor que me has dado, la felicidad que siento al pensarte y al soñarte, le he entregado lo mejor de mí para que permanezca inalterable hasta mi regreso; va hacia ti, cuando llegue estréchala fuerte entre tus brazos, mi amor, llegará temblando pero intacta y con ella va todo lo que necesitamos para ser felices. 
… no tardaré, lo prometo.

Juegos

Camino hacia la ventana mientras noto tu mirada siguiendo cada uno de mis pasos, recreándose en mis movimientos. La luna llena logra durante un segundo acaparar toda mi atención. A mi espalda percibo un sutil movimiento y me vuelvo hacia ti; estás bellísima, iluminada únicamente por la tenue luz que llega desde fuera. Tus ojos me interrogan expectantes, sonríes con dulzura. No me olvido de ti, pequeña ¿cómo podría, sabiéndote entre mis sábanas…? Me tientan tus pupilas encendidas, y a punto de sucumbir a ellas inspiro con fuerza y te devuelvo la sonrisa con una lenta negación de cabeza.
No cariño, todavía no… todo a su tiempo. Lo entiendes… suspiras descolocada y percibo tu impaciencia. Despacio avanzo hacia la cama sin apartar la vista de tus ojos y sin dejar de tener presente que tu cuerpo reclama mi presencia en su interior; pero no llego todavía, te muerdes el labio inferior en un gesto de súplica y yo consciente de tu ansiedad, disfrutando de tus ganas y sin dejar de mirarte, me siento en la butaca que está frente a la cama; ahogas un suave gemido.
Sabes que me gusta jugar, sabes que te deseo tanto como tú a mí y que me recreo en esta tortura; dejo resbalar la vista acariciando tu cuerpo a través de la sábana que cubre tu desnudez, mientras lenta y premeditadamente comienzo a contarte paso a paso todo lo que vendrá a continuación; me detengo alevoso en ese escalofrío al rozar con mis labios la piel de tu cuello, y noto como tu respiración se acelera al besar la curva de tu pecho; necesito coger aire, las palabras empiezan a enredarse entre mis cuerdas vocales y son ahora apenas un susurro inaudible, pero llegan a ti; veo tus caderas alzarse cuando mi lengua encuentra el epicentro del temblor que te sacude, y casi puedo sentir tus piernas alrededor de mi cintura cuando mi cuerpo encuentra un hueco a su medida en tu interior. En ese momento la voz me abandona y al borde del delirio voy hacia ti desnudándome con toda la calma de la que soy capaz; ya llego mi amor… tus labios entreabiertos asoman un beso y hacia él dirijo mi aliento buscando la tibieza de tu roce; ya casi puedo sentir el tacto de tu piel en mis manos, pero antes de que pueda tocarte sales de la cama y caminas hacia la ventana envuelta en la sábana. Mi mirada sorprendida sigue tus pasos recreándose en cada uno de tus movimientos a la luz de la luna, bellísima, tus ojos me sonríen burlones mientras mueves la cabeza de un lado a otro. Olvidaba que a ti también te gusta jugar, mi vida.  
Presiento que esta noche será muy larga.

Mi violinista

 

Es la hora pero hoy domingo no vendrás. Cómo odio estos días de fiesta que me privan de tu presencia, que dejan mi música incompleta sin el ritmo de tus pasos sonando en este suelo tan vacío hoy sin tus huellas. Cierro los ojos mientras intento que el deseo de verte de nuevo arranque de mi violín las notas más agudas y bellas, para lleguen hasta tus oídos y te traigan a mi, de camino a ese despacho donde inviertes tus horas.

Ese breve instante que dura desde que te presiento hasta que se me pierde tu aroma, es suficiente para que haya valido la pena dedicar mi vida a la música, para que compense el frío, el calor e incluso las miradas de desprecio con que me agasajan a diario decenas de personas. Pero no tú; quizá sólo lo haya imaginado pero he creído encontrar en tus ojos una expresión agradecida cada mañana. Por ti querida desconocida, cómplice de sonrisas furtivas, sólo para ti vengo a diario a romper el silencio con mis notas, sabiendo que la música es una expresión sublime que nace del corazón y que solo llega plenamente a almas sensibles, por eso sé que la tuya es hermosa.

Pero hoy  es domingo… no vendrás. Y sigo con los ojos cerrados negándome a la realidad de este día que no me regalará tu imagen y es tanto lo que te echo de menos que hasta creo que te presiento llegar, que escucho tus pasos… y toco, toco sólo para ti. 

Amaneció el domingo, sus primera luces ya me trajeron tu recuerdo y te eché de menos, camarada de conciertos de esquina. Todavía en la cama con los ojos cerrados evoqué tu figura sosteniendo ese instrumento con la firmeza y el mismo cuidado con que se abraza el cuerpo amado, deseando ser cada una de esas cuerdas que acaricias suavemente con el arco, arrancando de mi garganta quejidos tan hermosos como los que llora ese violín entre tus manos.

Se me hacen eternos los domingos sin esa dosis de magia que necesita mi sangre para fluir con alegría por mis venas. Es posible que sea sólo una pobre ilusa pero me gusta pensar que me esperas cada día, que tocas para mí porque sabes que me estremezco con tu música, que siento que nace directamente de tu corazón y llega a lo más profundo de mi alma; quizá solo me lo imagine pero juraría que con esa sonrisa con que correspondes a la mía quieres decirme algo más.

Pero hoy es domingo, y a pesar de que sé que no estarás no he podido evitar salir con intención de pasar por donde sueles instalarte; según me acerco me asaltan los nervios de todos los días cuando me dirijo al despacho y de lejos empiezo a escuchar esa melodía… de hecho, tengo tantas ganas de que llegue mañana que casi diría que te estoy escuchando ya… tocando, tocando sólo para mí. 



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