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PRISMAS

LA VIDA ESTÁ COMPUESTA POR INFINITOS MATICES


madre, mujer, diosa

Más que conocerla, se puede decir que la intuí. Más que verla, juraría que la sentí acercarse hacia mí sutilmente, como de puntillas. Más que empezar a quererla,  siento que la amo desde que tengo uso de razón. A lo mejor, es que por fin lo tengo desde que la conozco. O quizás es que lo he perdido desde entonces.


La manera en que apareció en mi vida en el momento preciso, la forma de llegar hasta mi a través de su exquisita sensibilidad, la sinceridad apabullante y serena con la que se presentó hablándome de sus circunstancias personales, de sus prioridades en la vida y, sobre todo, de la inmensa ilusión por no renunciar a lo que sientes siempre que cumplas con los compromisos que te propongas, me subyugó desde el preciso momento en que pude ver su mirada transparente y clara, sincera y profunda. La misma mirada que ahora me atraviesa el corazón cada vez que la veo, la que no nos permite engañarnos ni mentirnos, la que me impide la mayor parte de las veces expresar con palabras lo que siento por ella, aunque no haya cosa que mas placer me proporcione que susurrarle al oído lo que mi corazón siente y lo que mi cuerpo desea cada vez que estamos juntos.


Nuestras corazas cayeron rotas en mil pedazos cuando nos vimos y nos confesamos, nos mostramos tal y como éramos entonces igual que ahora nos mostramos desnudos de cuerpo y alma el uno al otro. Me habló de la mayor ilusión de su vida, sus hijos. Un niño y una niña a los que ama con locura, como cualquier madre quiere a los seres que germinaron y crecieron en sus entrañas y por los que daría la vida si hiciese falta. Pero en su caso, los ojos le brillaban de una manera especial. Estaba orgullosa de ellos y de ella misma, de cómo les habló siempre de respeto, de educación y de obediencia a sus mayores. Lo suyo no solo era amor de madre o adoración hacia sus hijos, era ilusión por verlos crecer y convertirse en personas que respeten al prójimo y valoren la vida, no por lo que tengan o posean, sino por lo que puedan aportar a los demás.


Y me habló de ella como mujer, de sus ilusiones y ansias más íntimas. De cómo se había limitado a soñar que algún día podría compartir con alguien todo eso que ella anhelaba desde hacía años y que había tenido que guardar celosamente, sin que nadie se diese cuenta, por no haber podido encontrar a alguien con quién compartirlo. Y mientras hablaba, yo me hacía ilusiones. Me imaginaba que si me contaba eso, a lo mejor era porque pensaba que yo podría ser esa persona, la que respetase su irrenunciable vocación de madre amante y responsable al tiempo que podría compartir lo que como mujer estaba guardando para ese hombre que tuviese la fortuna de cruzarse en su camino.


Por eso, ahora que ya estoy seguro de que ese afortunado hombre soy yo, que conozco hasta qué punto es capaz de luchar por el bienestar y la salud física y mental de sus dos hijos al tiempo de disfrutar de su vida conmigo con la ilusión de una mujer profundamente enamorada, de no desfallecer ni en las peores circunstancias, de seguir teniendo el empuje suficiente para luchar por sus convicciones, de rebelarse contra las pobres mentes estrechas que no son capaces de mirar mas allá de su orondo ombligo aunque sometan a un daño irreparable a seres inocentes, ahora que la veo día a día levantarse con la sonrisa de oreja a oreja pensando en que pronto será completamente feliz porque falta muy poco para que pueda vivir con las personas que mas quiere en esta vida, puedo comprender que no exagero cuando la considero una diosa.


Como madre, como amante, como mujer que es capaz de cualquier cosa que se proponga en la vida, la admiro y la adoro por encima de cualquier circunstancia y estaré siempre junto a ella, apoyándola para que pueda seguir siendo la mejor madre, la mujer más enamorada, mi adorada diosa del Olimpo.


 



Aunque esta carta vaya dirigida a una mujer muy concreta y especial, la dedico también  a todas esas mujeres que son capaces de tener y educar a sus hijos, trabajar fuera y dentro de casa, estar pendientes de todo, dormir apenas las horas justas, no poder ponerse nunca enfermas y encima tener que estar radiantes como si fueran top model. No renunciéis jamás a vuestros sueños, auténticas diosas de esta sociedad.


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Felices como conejos


 


Cuando somos niños, no nos preguntamos si somos o no somos felices. Nos limitamos a ver cumplidas nuestras necesidades físicas y afectivas de la forma más eficaz posible, es decir, que se cumplan nuestros deseos sin tener en cuenta quién lo hace. No encontramos especial satisfacción en ser nosotros mismos quien consigue cubrir la necesidad, sino que nos conformamos con que ésta se cubra.


A medida que crecemos y somos conscientes de nuestra identidad, vamos dejando de depender de otros y nos damos cuenta de la capacidad que atesoramos como individuos para conseguir por nosotros mismos lo que antes simplemente ponían a nuestra disposición, nos vamos dando cuenta de que la satisfacción que sentimos al conseguir algo por nuestros propios medios es doble: por una parte, satisfacer esa necesidad concreta; por otra, el orgullo de haber sido capaces de hacerlo con nuestros propios medios.


Mediante este proceso de crecimiento y autoafirmación de nuestra capacidad para conseguir satisfacer nuestras necesidades, deseos o ambiciones personales, vamos moldeando y elaborando en nuestra mente el concepto de la felicidad. Cada uno, dependiendo de su experiencia personal, de sus capacidades, de la formación que reciba en su infancia, sobre todo mediante el ejemplo y el comportamiento de las personas que tenga como modelo, tendrá un concepto distinto sobre el significado de “ser feliz”.


Pero hay una cosa que para mi está muy clara, independientemente de lo que para cada uno signifique el concepto “felicidad”, existe un estado que todos buscamos y deseamos, un estado de equilibrio entre nosotros y el entorno que provoca el bienestar que todos sin excepción buscamos, aunque muchas veces no seamos conscientes. Ese equilibrio es el que nos permite comunicarnos entre los seres humanos primero, con el resto de los seres vivos después y finalmente con cualquier elemento de nuestro entorno.


Para poder acercarse cada vez mas a este estado de “consciencia vital” , es imprescindible comprender que no somos el centro del mundo, ni como seres humanos frente al resto de la naturaleza ni como individuos frente a los demás. El universo sigue sin alterarse cuando nacemos, cuando crecemos y cuando desaparecemos de aquí. Aún en el caso de que una persona tuviese la capacidad de hacer desaparecer de la faz del universo el planeta tierra, comparado con la amplitud del universo y con el tiempo transcurrido desde que apareció y el que transcurrirá hasta que desaparezca, tendría menos influencia que el paso de una hormiga frente a la historia universal del ser humano.


Solo comprendiendo la relatividad de las cosas cotidianas, por muy importante que nos parezcan y desde la humildad de este planteamiento podemos empezar a cambiar la mentalidad que provoca miedos, conflictos y problemas de convivencia. La relatividad que Einstein aplicó al tiempo demostrando que cambiando una serie de constantes que se consideraban inmutables, el tiempo pasa de manera distinta para cada uno, puede ser aplicada a la mayoría de las circunstancias y asuntos de la vida para comprender que simplemente cambiando el punto de vista que a veces tenemos sobre un tema determinado, poniéndose en el lugar del otro para tratar de averiguar lo que siente o cambiando el foco de nuestra linterna para no iluminar siempre el mismo lugar, las cosas pueden cambiar de forma, de sitio o simplemente, desaparecer.


Igual que nuestros sentidos nos engañan a menudo porque están diseñados para explicar a nuestra mente el mundo que nos rodea de la manera mas fácil y cómoda posible, nuestra percepción de los demás es casi siempre engañosa, nos fiamos de la superficialidad de las personas para emitir juicios que no tienen ni asomo de verosimilitud, pero que son coherentes con la visión que nosotros queremos y necesitamos tener, no hacemos el menor esfuerzo por averiguar algo mas o intentar comprender el comportamiento o las ideas ajenas, no vaya a ser que tengamos que cambiar alguna idea propia de la que estamos convencidos.


De esta manera, no podemos ayudar a los demás ni ayudarnos a nosotros mismos, pues está demostrado que solamente seremos felices o, como mínimo, menos infelices, si logramos ser útiles, si nuestra existencia obtiene la recompensa de haber venido a este mundo para haber sido útil a alguien, por ayudar en alguna causa que consideremos justa, si gracias a nosotros alguien se ve favorecido en algo fundamental para su vida. Creo no equivocarme si afirmo que todos, sin excepción, recordaremos cuando nos llegue el final como los momentos mas felices de nuestra vida, aquellos en los que consigamos hacer un poco mas feliz a las personas que nos rodean. Me voy a poner a ello, a ver si algún día lo consigo.


 

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La quiero a morir





 


 


Hay ciertas canciones que, por alguna razón, quedan grabadas en la mente y en el corazón por su belleza lírica, por su cadencia o la melodía de su música. Para mi, una de las que más me conmueve en cualquiera de las versiones que muchos autores han cantado, es ésta compuesta por Francis Cabrel.


Hoy se me ha ocurrido, con todo el respeto del mundo, jugar con su letra y adaptarla para dedicársela a la mujer que amo y rendir homenaje a esa sonrisa que luce permanentemente, que actúa como el mejor bálsamo para todos aquellos que la admiramos tanto y la queremos más.


 


Su risa es el canto de mi libertad


Que yo entono sin miedo a escuchar en su voz


La quiero a morir


Podéis convocar al más fuerte huracán


Porque ella de un soplo lo va a convertir


En una brisa, como si nada


La quiero a morir


Ella borra las huellas de cualquier dolor


El sabor más amargo se puede endulzar


Con su sonrisa


Y levanta una tenue cortina de luz


que protege el espacio común de los dos


sin una brisa, con su sonrisa


la quiero a morir


Conoce bien mis secretos


Y cada pliegue de mi piel


Conoce bien mis secretos


Y a mi corazón también.


Imagino un paisaje cubierto de gris


Pienso en ella y de pronto aparece ante mi


El arco iris


Y derrama reflejos que no existirán


Hasta que ella en sus versos los mande crear


Como si nada a toda prisa


La quiero a morir


Podéis inventar todo cuanto queráis


Y tratar de borrar lo que ella creó


Es todo inútil 


La verdad permanece en el corazón


de los que aun son capaces de poder sentirse


como niños, con su sonrisa


La quiero a morir


Conozco bien sus secretos


Y cada pliegue de su piel


Conozco bien sus secretos


Y a su corazón también.


 


 

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Libre te quiero libre




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¿ Y luego qué ?

Julián tomaba su cerveza fresquita en la terraza de costumbre, disfrutando de la estancia veraniega en el pueblo costero que había elegido para pasar las vacaciones. Trabajaba muy duro durante todo el año y el médico, tras sentir un día un dolor intenso en el pecho, le había recomendado tomarse un período de descanso. Le encantaba levantarse temprano y pasear entre las redes y aparejos del puerto, contemplando las faenas diarias de los pescadores. Pero esta mañana había tenido un encuentro con alguien que le había obligado a reflexionar sobre su vida y los objetivos que desde muy joven se había puesto.


 


Se había fijado en uno de los pescadores, todavía joven y excepcionalmente meticuloso y eficaz en el trabajo. El estaba acostumbrado a examinar diariamente y elegir personas capacitadas para desempeñar labores en puestos de trabajo de alta responsabilidad. Julián era un auténtico cazatalentos.


 


-          Perdone, ¿me permite que le interrumpa un instante? preguntó al pescador.


-          Usted dirá...


-          Verá, hace un rato que estoy observándole y estoy admirado de su capacidad de trabajo, de su meticulosidad e incluso del cariño y alegría con los que desempeña sus labores.


 


El pescador permaneció un instante frente a él y se volvió a agachar para seguir con su trabajo.


 


-          Si usted dedicase un poco más de tiempo a la pesca, estoy seguro de que podría tener ingresos suficientes como para contratar a un par de marineros y comprarse un barco más grande. Con el tiempo y su buen hacer, pronto vendería su pescado a las mejores pescaderías y mercados de toda la región. Entonces, sería el momento de comprar mas barcos hasta conseguir tener una auténtica flota, no le costaría mucho convencer a algún banco para que le financiase esa inversión.


 


El hombre, mientras seguía con sus labores, giró la cabeza para preguntar.


 


-          ¿ Y luego qué ?


-          Pues luego llegaría el momento de empezar a controlar más fases del proceso productivo. Podría montar su propia factoría de congelados, aventurarse en el mundo de la conserva e internacionalizar la producción y la comercialización. Empezaría a extender sus bases y factorías por todo el mundo, abanderando sus barcos en los países convenientes para poder faenar en los caladeros más ricos del mundo.


 


Parece que aquel plan comenzaba a despertar algún interés en el modesto pescador, porque se incorporó y miró fijamente al elegante tipo de ciudad, pero volvió a formular la misma pregunta, aunque esta vez sonó más a reto que a curiosidad:


 


-¿ Y luego qué?


- Amigo mío, luego viene lo mejor de todo. Viene la salida a bolsa de la compañía. Usted tendría en ese momento un equipo formado por los mejores consejeros y asesores que ya tomarían las decisiones importantes. Usted podría dedicarse a disfrutar de la vida y hacer todo lo que le apetezca. Vivirá usted tal y como desee.


 


-          ¿En serio? ¿ Podría pasarme las tardes con mis amigos, tocando la guitarra y cantando?


-          Naturalmente, hombre. Eso y todo lo que le apetezca.


-          ¿ Y podría bajarme después al pueblo a beber un poco de vino y picar algo con mi mujer para irme después a acostarme con ella todas las noches tempranito?


-          Pues claro, hombre. Sería usted libre para hacer todo esto, si eso es lo que mas le gusta.


-          Ah. ¿ Y cuánto tiempo cree que me llevaría conseguir todo eso?


-          Pues con su interés y eligiendo cuidadosamente a las personas que colaboren con su empresa, yo calculo que entre veinticinco o treinta años, no mas.


 


El pescador se quedó un rato pensativo hasta que, de pronto, divisó algo que hizo que una enorme sonrisa se dibujase en su rostro.


 


- Me va usted a perdonar, pero es que por ahí vienen mis amigos, que me traen la guitarra. Todas las tardes nos reunimos y ensayamos canciones hasta que mi mujer viene a buscarme. Entonces, nos bajamos al pueblo a tomar unos pinchos con un par de vasos de vino. Luego nos retiramos pronto porque tanto a ella como a mi nos gusta acostarnos temprano. Esa es la vida que nos gusta


 

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Nuestra cruda realidad

La realidad, o lo que entendemos como tal, nos envuelve y confunde a veces de tal forma que impide apreciar lo que realmente somos.. El mundo exterior, nuestro entorno más cercano, es percibido por nuestros sentidos de diferente manera dependiendo del estado de nuestra mente. Mejor dicho, nuestros sentidos lo perciben siempre de la misma forma, por algo son resultado de millones de años de evolución con el objetivo de dotar a nuestro cerebro de la información suficiente sobre nuestro entorno para tomar las decisiones adecuadas.


Lo que difiere es la recepción en nuestra mente, la diferente acogida que otorgamos a sensaciones similares percibidas por nuestros órganos sensoriales dependiendo de lo que en ese instante esté pasando en nuestro cerebro. Contemplar un paisaje grandioso, una puesta de sol o una obra de arte sublime, puede ser una experiencia gloriosa o convertirse en la más insulsa e intrascendente, hasta puede llegar a pasar inadvertida si no estamos preparados para saborearla como merece.


A veces es cuestión de educación, de no estar suficientemente adiestrado como para apreciar determinadas imágenes, sonidos o un conjunto de sensaciones que requieren cierta preparación previa para su asimilación. Esto siempre tiene fácil arreglo, si uno se empeña en adquirir conocimientos o en aprender a apreciar el arte, la música, la literatura o simplemente la contemplación pura y simple de las maravillas de la naturaleza, está siempre a tiempo. Mientras hay vida, hay posibilidad de aprender.


Lo malo es cuando nos encontramos ante circunstancias en las que nuestra mente está centrada exclusivamente en percibir ciertas señales que envía eso que llamamos realidad, ese cúmulo de circunstancias que forman una masa informe, una amalgama de sensaciones, sentimientos contradictorios, percepciones deformadas por otros o por uno mismo y que, a veces, nos creemos que forman parte de la vida, de nuestra esencia, cuando no es así de manera alguna.


La esencia de cada ser humano radica en su interior, no en lo que percibe de ese mundo de fuera. Un ciego no puede ver, un sordo no oye, un parapléjico no puede moverse igual que la mayoría de las personas, pero eso no significa en absoluto que su esencia fundamental de persona, de ser humano único y diferente, pero igual en lo esencial a los demás, sufra alteración alguna. Las experiencias vitales son distintas en cada uno de nosotros y eso provoca que nuestro comportamiento ante las mismas circunstancias sea distinto. Al ver una película, cada uno de nosotros percibe de manera diferente el mensaje que el director ha querido expresar. Al leer un libro, adaptamos el guión del autor a nuestras vivencias e incluso ocurre que, leyéndolo en momentos diferentes de nuestra vida, descubrimos facetas desconocidas o entendemos conceptos que antes se nos habían escapado.


La experiencia, las circunstancias de la vida son las que hacen que variemos ese comportamiento, esa forma de afrontar cada una las vicisitudes que atravesamos. Lo que los demás ven de nosotros y lo que nosotros queremos que vean, que la mayoría de las veces no coincide, difiere mucho por lo general de lo que verdaderamente sentimos y eso nos causa frustraciones y problemas en nuestra forma de relacionarnos. Creo que los verdaderos artistas, sean pintores, escultores, literatos o músicos son aquellas personas que logran sacar de su interior lo que sienten, que es esencialmente lo que sentimos todos, con la diferencia de que son capaces de expresarlo de una manera bella, brillante, provocadora a veces por lo que tiene de cruda realidad, esa realidad que todos sentimos cuando de verdad nos miramos el forro, cuando nos despojamos de corazas, vestimentas mas o menos aparentes para poder pasar desapercibidos o para destacar, según el momento. Esa cruda realidad de la que no podemos escapar porque la llevamos debajo de la piel, corriendo por las venas, diciéndonos constantemente que tenemos que llevarnos bien, tío, que si tu y yo no nos entendemos ¿ con quién coño me voy a entender ? Llevémonos bien con nosotros mismos y nos llevaremos mejor con los demás, es mas fácil de lo que parece.


 

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los niños ven y aprenden




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