
Cae fuerte la lluvia
Cae fuerte la lluvia, y la tierra queriendo atraparla,
cuando cada gota al salpicar se eleva,
como queriendo volver a esa lejana nube,
donde ella un día fue etérea,
allá en las alturas, allá,
un poco antes de llegar al fin de lo que en la tierra se cree es infinito,
sudor y lagrimas, cuerpos y mentes,
aun siguen siendo pago, que no cesara,
hasta que la mayoría de los humanos lleguen a entender,
que el mundo donde vivimos, no es otro,
que el mundo que creamos a cada paso
cae fuerte la lluvia, y cada gota es para cada semilla,
una oportunidad de germinar,
la magia que existe en la posibilidad que hay ,
que esa semilla con sus raíces,
se funda en un abrazo con la tierra,
pero no olvidemos que,
regada es la tierra constantemente,
con lluvia de sangre de aquellos,
que pensaron podrían cambiar el mundo,
pero olvidaron antes cambiar ellos,
aunque, cae fuerte la lluvia,
y la tierra queriendo atraparla
MIGUEL DE LOS RIOS
GRACIAS Y PURA VIDA
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George Carlin
Tomado de: http://abundanthope.net/pages/article_814.shtml . Publicado en este sitio web el 27 de Octubre del 2.007.
Original en Inglés, traducción al Español por Luis Prada.
Comentario de Candace Frieze: La esposa de George Carlin recientemente se murió… él publicó este alimento para el pensamiento. ¿No es maravilloso que George Carlin —un comediante de los años 70 y 80— pudiera escribir algo tan elocuente...y tan apropiado?
““““““““““““““““““““““““““““““““““““““
La paradoja de nuestro tiempo en la historia es que tenemos edificios más altos pero temperamentos más cortos, autopistas más anchas, pero puntos de vista más estrechos. Gastamos más pero tenemos menos, compramos más, pero gozamos menos. Tenemos casas más grandes y familias más pequeñas, más conveniencias, pero menos tiempo. Tenemos más grados pero menos sentido, más conocimiento, pero menos juicio, más expertos, sin embargo más problemas, más medicina, pero menos bienestar.
Bebemos demasiado, fumamos demasiado, gastamos muy imprudentemente, reímos muy poco, manejamos demasiado rápido, nos ponemos demasiado irritados, nos estamos hasta muy tarde en la noche, nos levantamos demasiado cansados, leemos muy poco, miramos demasiada TV, y rezamos muy rara vez. Hemos multiplicado nuestras posesiones, pero reducido nuestros valores. Hablamos demasiado, amamos muy rara vez, y odiamos muy a menudo.
Hemos aprendido cómo ganarnos la vida, pero no cómo hacer una vida. Hemos adicionado años a la vida pero no vida a los años. Hemos ido todo el camino a la luna y de regreso, pero tenemos problema para cruzar la calle para conocer a un nuevo vecino. Hemos conquistado el espacio exterior pero no el espacio interior. Hemos hecho grandes cosas, pero no mejores cosas.
Hemos limpiado el aire, pero contaminado el alma. Hemos conquistado el átomo, pero no nuestros prejuicios. Escribimos más, pero aprendemos menos. Planeamos más, pero logramos menos. Hemos aprendido a ir de prisa, pero no a esperar. Construimos más computadores para tener información, para producir más copias que siempre, pero comunicamos menos y menos.
Hay los tiempos de comidas rápidas y de baja digestión, de hombrotes y mujerzotas pero de carácter pequeño, ganancias empinadas y relaciones superficiales. Éstos son los días de dos ingresos pero más divorcios, casas más extravagantes, pero hogares rotos. Éstos son los días de viajes rápidos, pañales desechables, moralidad desechable, encuentros amorosos de una sola noche, cuerpos con sobrepeso, y pastillas que hacen de todo, desde animar, a aquietar, a matar. Es un tiempo cuando hay mucho en la vidriera del mostrador y nada en el almacén. Un tiempo cuando la tecnología puede traer esta carta a ustedes, y un tiempo cuando Ud. puede escoger ya sea compartir este entendimiento, o sólo pulsar borrar...
Recuerden, gasten algún tiempo con sus seres queridos, porque ellos no van a estar ahí por siempre.
Recuerden decir una palabra amable a alguien quien los mira maravillado, porque esa personita crecerá y dejará su lado.
Recuerden dar un caluroso abrazo a alguien cercano a Uds., porque es ése el único tesoro que pueden dar con el corazón y no cuesta un centavo.
Recuerden decir “te amo” a su pareja y a sus seres queridos, pero principalmente, háganlo con intención. Un beso y un abrazo repararán heridas cuando viene de muy adentro de Uds.
Recuerden cogerse de las manos y compartan el momento porque algún día esa persona no estará allí de nuevo.
¡Dense tiempo para amar, dense tiempo para hablar! Y dense tiempo para compartir los preciosos pensamientos de su mente.
Y SIEMPRE RECUERDEN:
“La vida no es medida por el número de alientos que tomamos, sino por los momentos que nos quitan el aliento.”
Si no envían esto al menos a 8 personas.... ¿a quién le importa?
George Carlin
No es lo que recoge, sino lo que dispersa lo que dice qué clase de vida ha vivido Ud.
GRACIAS Y PURA VIDA Sr CARLIN
AQUI TENEIS UN MONOLOGO DE EL,
MUY BUENO Y EN EL CUAL CRITICA ""EL SUEÑO AMERICANO""
Espero lo disfruteis
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CON ESTAS PAGINAS COMIENZA ESTE LIBRO DE SAGAN EL CUAL RECOMIENDO
GRACIAS Y PURA VIDA
CARL SAGAN
EL MUNDO Y SUS
DEMONIOS
Cuando bajé del avión, el hombre me esperaba con un pedazo de
cartón en el que estaba escrito mi nombre. Yo iba a una conferencia de
científicos y comentaristas de televisión dedicada a la aparentemente
imposible tarea de mejorar la presentación de la ciencia en la televisión
comercial. Amablemente, los organizadores me habían enviado un chofer.
—¿Le molesta que le haga una pregunta? —me dijo mientras
esperábamos la maleta.
No, no me molestaba.
—¿No es un lío tener el mismo nombre que el científico aquel?
Tardé un momento en comprenderlo. ¿Me estaba tomando el pelo?
Finalmente lo entendí.
—Yo
soy el científico aquel —respondí. Calló un momento y luego
sonrió.
—Perdone. Como ése es mi problema, pensé que también sería el
suyo.
Me tendió la mano.
—Me llamo William F. Buckiey.
(Bueno, no era
exactamente William F. Buckiey, pero llevaba elQuería saber de ciencia, pero toda lale llegó de épocas remotas. Hay librosLa ilustración del cristal,
de Katrina Raphaell —unos libros que han tenido un papel principal en la
locura del cristal en Norteamérica—, los cristales de la Atlántida leen la
mente, transmiten pensamientos, son depositarios de la historia antigua y
modelo y fuente de las pirámides de Egipto. No se ofrece nada parecido a una
prueba que fundamente esas afirmaciones. (Podría resurgir la manía del
cristal tras el reciente descubrimiento de la ciencia sismológica de que el
núcleo interno de la Tierra puede estar compuesto por un cristal único,
inmenso, casi perfecto... de hierro.)
Algunos libros —
ejemplo— interpretan comprensivamente las leyendas originales de la
Atlántida en términos de una pequeña isla en el Mediterráneo que fue
destruida por una erupción volcánica, o una antigua ciudad que se deslizó
dentro del golfo de Corinto después de un terremoto. Por lo que sabemos, ésa
puede ser la fuente de la leyenda, pero de ahí a la destrucción de un
continente en el que había surgido una civilización técnica y mística
preternaturalmente avanzada hay una gran distancia.
Lo que casi nunca encontramos —en bibliotecas públicas,
escaparates de revistas o programas de televisión en horas punta— es la
prueba de la extensión del suelo marino y la tectónica de placas y del trazado
del fondo del océano, que muestra de modo inconfundible que no pudo haber
ningún continente entre Europa y América en una escala de tiempo parecida a
la propuesta.
Es muy fácil encontrar relatos espurios que hacen caer al crédulo en
la trampa. Mucho más difícil es encontrar tratamientos escépticos. El
escepticismo no vende. Es cien, mil veces más probable que una persona
brillante y curiosa que confíe enteramente en la cultura popular para
informarse de algo como la Atlántida se encuentre con una fábula tratada sin
sentido crítico que con una valoración sobria y equilibrada.
Quizá el señor «Buckiey» debería aprender a ser más escéptico con lo
que le ofrece la cultura popular. Pero, aparte de eso, es difícil echarle la
culpa. Él se limitaba a aceptar lo que la mayoría de las fuentes de
información disponibles y accesibles decían que era la verdad. Por su
ingenuidad, se veía confundido y embaucado sistemáticamente.
La ciencia origina una gran sensación de prodigio. Pero la
pseudociencia también. Las popularizaciones dispersas y deficientes de la
ciencia dejan unos nichos ecológicos que la pseudociencia se apresura a
llenar. Si se llegara a entender ampliamente que cualquier afirmación de
conocimiento exige las pruebas pertinentes para ser aceptada, no habría lugar
para la pseudociencia. Pero, en la cultura popular, prevalece una especie de
ley de Gresham según la cual la mala ciencia produce buenos resultados.
En todo el mundo hay una enorme cantidad de personas inteligentes,
incluso con un talento especial, que se apasionan por la ciencia. Pero no es
una pasión correspondida. Los estudios sugieren que un noventa y cinco por
ciento de los americanos son «analfabetos científicos». Es exactamente la
misma fracción de afroamericanos analfabetos, casi todos esclavos, justo
antes de la guerra civil, cuando se aplicaban severos castigos a quien
enseñara a leer a un esclavo. Desde luego, en las cifras sobre analfabetismo
hay siempre cierto grado de arbitrariedad, tanto si se aplica al lenguaje como
a la ciencia. Pero un noventa y cinco por ciento de analfabetismo es
extremadamente grave.
Todas las generaciones se preocupan por la decadencia de los niveles
educativos. Uno de los textos más antiguos de la historia humana, datado en
Sumeria hace unos cuatro mil años, lamenta el desastre de que los jóvenes
sean más ignorantes que la generación inmediatamente precedente. Hace dos
mil cuatrocientos años, el anciano y malhumorado Platón, en el libro VII de
Leyendas de la Tierra, de Dorothy Vitaliano, por
Las leyes,
dio su definición de analfabetismo científico:
El hombre que no pudiera discernir el uno ni el dos ni el tres ni en general los
pares y los impares, o el que no supiera nada de contar, o quien no fuera capaz
de medir el día y la noche o careciera de experiencia acerca de las
revoluciones de la Luna o del Sol o de los demás astros... Lo que hay que
decir que es menester que aprendan los hombres libres en cada materia es todo
aquello que aprende en Egipto junto con las letras la innumerable grey de los
niños. En primer lugar, por lo que toca al cálculo, se han inventado unos
sencillos procedimientos para que los niños aprendan jugando y a gusto...
Yo... cuando en tiempos me enteré tardíamente de lo que nos ocurre en
relación con ello, me quedé muy impresionado, y entonces me pareció que
aquello no era cosa humana, sino propia más bien de bestias porcinas, y sentí
vergüenza no sólo por mí mismo sino en nombre de los helenos todos.
1
No sé hasta qué punto la ignorada de la ciencia y las matemáticas
contribuyó al declive de la antigua Atenas, pero sé que las consecuencias del
1
Versión de José Manuel Pabón y Manuel Femández-Galiano, Madrid, 1984.
analfabetismo científico son mucho más peligrosas en nuestra época que en
cualquier otra anterior. Es peligroso y temerario que el ciudadano medio
mantenga su ignorancia sobre el calentamiento global, la reducción del
ozono, la contaminación del aire, los residuos tóxicos y radiactivos, la lluvia
ácida, la erosión del suelo, la deforestación tropical, el crecimiento
exponencial de la población. Los trabajos y sueldos dependen de la ciencia y
la tecnología. Si nuestra nación no puede fabricar, a bajo precio y alta
calidad, los productos que la gente quiere comprar, las industrias seguirán
desplazándose para transferir un poco más de prosperidad a otras partes del
mundo. Considérense las ramificaciones sociales de la energía generada por
la fisión y fusión nucleares, las supercomputadoras, las «autopistas» de datos,
el aborto, el radón, las reducciones masivas de armas estratégicas, la
adicción, la intromisión del gobierno en la vida de sus ciudadanos, la
televisión de alta resolución, la seguridad en líneas aéreas y aeropuertos, los
trasplantes de tejido fetal, los costes de la sanidad, los aditivos de alimentos,
los fármacos para tratar psicomanías, depresiones o esquizofrenia, los
derechos de los animales, la superconductividad, las píldoras del día
siguiente, las predisposiciones antisociales presuntamente hereditarias, las
estaciones espaciales, el viaje a Marte, el hallazgo de remedios para el sida y
el cáncer...
¿Cómo podemos incidir en la política nacional —o incluso tomar
decisiones inteligentes en nuestras propias vidas— si no podemos captar los
temas subyacentes? En el momento de escribir estas páginas, el Congreso
está tratando la disolución de su departamento de valoración tecnológica, la
única organización con la tarea específica de asesorar a la Casa Blanca y al
Senado sobre ciencia y tecnología. Su competencia e integridad a lo largo de
los años ha sido ejemplar. De los quinientos treinta y cinco miembros del
Congreso de Estados Unidos, por extraño que parezca a finales del siglo XX
,
sólo el uno por ciento tiene unos antecedentes científicos significativos. El
último presidente con preparación científica debió de ser Thomas Jefferson.
2
¿Cómo deciden esos asuntos los americanos? ¿Cómo instruyen a sus
representantes? ¿Quién toma en realidad estas decisiones, y sobre qué base?
---ooo---
Hipócrates de Cos es el padre de la medicina. Todavía se le recuerda
2500 años después por el Juramento de Hipócrates (del que existe una forma
modificada que los estudiantes de medicina pronuncian cuando se licencian).
2
Gran Bretaña tuvo una primera ministra así con Margaret Thatcher. Sus estudios de química, en
parte bajo la tutela de la premio Nobel Dorothy Hodgkins, fueron la clave de la fuerte defensa
por parte del Reino Unido de la prohibición mundial del CFC reductor del ozono.
Aunque puede afirmarse lo mismo de Theodore Rooseveit, Herbert Hoover y Jimmy Cárter.
Pero, principalmente, se le recuerda por sus esfuerzos por retirar el manto de
superstición de la medicina para llevarla a la luz de la ciencia. En un pasaje
típico, Hipócrates escribió: «Los hombres creen que la epilepsia es divina,
meramente porque no la pueden entender. Pero si llamasen divino a todo lo
que no pueden entender, habría una infinidad de cosas divinas.» En lugar de
reconocer que somos ignorantes en muchas áreas, hemos tendido a decir
cosas como que el universo está impregnado de lo inefable. Se asigna la
responsabilidad de lo que todavía no entendemos a un Dios de lo ignorado. A
medida que fue avanzando el conocimiento de la medicina a partir del siglo
IV, cada vez era más lo que entendíamos y menos lo que teníamos que
atribuir a la intervención divina: tanto en las causas como en el tratamiento de
la enfermedad. La muerte en el parto y la mortalidad infantil han disminuido,
el tiempo de vida ha aumentado y la medicina ha mejorado la calidad de vida
de millones de personas en todo el planeta.
En el diagnóstico de la enfermedad, Hipócrates introdujo elementos
del método científico. Exhortaba a la observación atenta y meticulosa: «No
dejéis nada a la suerte. Controladlo todo. Combinad observaciones
contradictorias. Concedeos el tiempo suficiente.» Antes de la invención del
termómetro, hizo gráficas de las curvas de temperatura de muchas
enfermedades. Recomendó a los médicos que, a partir de los síntomas del
momento, intentaran predecir el pasado y el probable curso futuro de cada
enfermedad. Daba gran importancia a la honestidad. Estaba dispuesto a
admitir las limitaciones del conocimiento del médico. No mostraba ningún
recato en confiar a la posteridad que más de la mitad de sus pacientes habían
muerto por causa de las enfermedades que él trataba. Sus opciones, desde
luego, eran limitadas; los únicos fármacos de que disponía eran
principalmente laxantes, eméticos y narcóticos. Se practicaba la cirugía y la
cauterización. En los tiempos clásicos se hicieron avances considerables
hasta la caída de Roma.
Mientras en el mundo islámico florecía la medicina, en Europa se
entró realmente en una edad oscura. Se perdió la mayor parte del
conocimiento de anatomía y cirugía. Abundaba la confianza en la oración y
las curaciones milagrosas. Desaparecieron los médicos seculares. Se usaban
ampliamente cánticos, pociones, horóscopos y amuletos. Se restringieron o
ilegalizaron las disecciones de cadáveres, lo que impedía que los que
practicaban la medicina adquirieran conocimiento de primera mano del
cuerpo humano. La investigación médica llegó a un punto muerto.
Era muy parecido a lo que el historiador Edward Gibbon describió
para todo el Imperio oriental, cuya capital era Constantinopla:
En el transcurso de diez siglos no se hizo ni un solo descubrimiento que
exaltara la dignidad o promoviera la felicidad de la humanidad. No se había
añadido ni una sola idea a los sistemas especulativos de la antigüedad y toda
una serie de pacientes discípulos se convirtieron en su momento en los
maestros dogmáticos de la siguiente generación servil
nombre de un conocido y polémico entrevistador de televisión, lo que sin
duda le había valido gran número de inofensivas bromas.)
Mientras nos instalábamos en el coche para emprender el largo
recorrido, con los limpiaparabrisas funcionando rítmicamente, me dijo que se
alegraba de que yo fuera «el científico aquel» porque tenía muchas preguntas
sobre ciencia. ¿Me molestaba?
No, no me molestaba.
Y nos pusimos a hablar. Pero no de ciencia. Él quería hablar de los
extraterrestres congelados que languidecían en una base de las Fuerzas
Aéreas cerca de San Antonio, de «canalización» (una manera de oír lo que
hay en la mente de los muertos... que no es mucho, por lo visto), de cristales,
de las profecías de Nostradamus, de astrología, del sudario de Turín...
Presentaba cada uno de estos portentosos temas con un entusiasmo lleno de
optimismo. Yo me veía obligado a decepcionarle cada vez.
—La prueba es insostenible —le repetía una y otra vez—. Hay una
explicación mucho más sencilla.
En cierto modo era un hombre bastante leído. Conocía los distintos
matices especulativos, por ejemplo, sobre los «continentes hundidos» de la
Atlántida y Lemuria. Se sabía al dedillo cuáles eran las expediciones
submarinas previstas para encontrar las columnas caídas y los minaretes rotos
de una civilización antiguamente grande cuyos restos ahora sólo eran
visitados por peces luminiscentes de alta mar y calamares gigantes. Sólo
que... aunque el océano guarda muchos secretos, yo sabía que no hay la más
mínima base oceanográfica o geofísica para deducir la existencia de la
Atlántida y Lemuria. Por lo que sabe la ciencia hasta este momento, no
existieron jamás. A estas alturas, se lo dije de mala gana.
Mientras viajábamos bajo la lluvia me di cuenta de que el hombre
estaba cada vez más taciturno. Con lo que yo le decía no sólo descartaba una
doctrina falsa, sino que eliminaba una faceta preciosa de su vida interior.
Y, sin embargo, hay tantas cosas en la ciencia real, igualmente
excitantes y más misteriosas, que presentan un desafío intelectual mayor...
además de estar mucho más cerca de la verdad. ¿Sabía algo de las moléculas
de la vida que se encuentran en el frío y tenue gas entre las estrellas? ¿Había
oído hablar de las huellas de nuestros antepasados encontradas en ceniza
volcánica de cuatro millones de años de antigüedad? ¿Y de la elevación del
Himalaya cuando la India chocó con Asia? ¿O de cómo los virus, construidos
como jeringas hipodérmicas, deslizan su ADN más allá de las defensas del
organismo del anfitrión y subvierten la maquinaria reproductora de las
células; o de la búsqueda por radio de inteligencia extraterrestre; o de la
recién descubierta civilización de Ebla, que anunciaba las virtudes de la
cerveza de Ebla? No, no había oído nada de todo aquello. Tampoco sabía
nada, ni siquiera vagamente, de la indeterminación cuántica, y sólo reconocía
el ADN como tres letras mayúsculas que aparecían juntas con frecuencia.
El señor «Buckiey» —que sabía hablar, era inteligente y curioso—
no había oído prácticamente nada de ciencia moderna. Tenía un interés
natural en las maravillas del universo.
ciencia había sido expurgada antes de llegar a él. A este hombre le habían
fallado nuestros recursos culturales, nuestro sistema educativo, nuestros
medios de comunicación. Lo que la sociedad permitía que se filtrara eran
principalmente apariencias y confusión. Nunca le habían enseñado a
distinguir la ciencia real de la burda imitación. No sabía nada del
funcionamiento de la ciencia.
Hay cientos de libros sobre la Atlántida, el continente mítico que
según dicen existió hace unos diez mil años en el océano Atlántico. (O en
otra parte. Un libro reciente lo ubica en la Antártida.). La historia viene de
Platón, que lo citó como un rumor que
recientes que describen con autoridad el alto nivel tecnológico, moral y
espiritual de la Atlántida y la gran tragedia de un continente poblado que se
hundió entero bajo las olas. Hay una Atlántida de la «Nueva Era», «la
civilización legendaria de ciencias avanzadas», dedicada principalmente a la
«ciencia» de los cristales. En una trilogía titulada
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