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Las cárceles del alma


La mudanza (para todos mis amigos de las arenas)



Un puñado de arena, la rosa de los vientos y la huella que queda de vuestro calor en mi corazón. Los guardo en mi mochila y emprendo el camino de ida hacia mi nueva casa.

Éstas son las señas:

Los pensamientos de Revangel

Dejaré la luz encendida, un rincón que os aguarda siempre, un sofá para descansar, algo que picar a deshoras, sueños, experiencias y vida.

Os espero al otro lado.

Revangel.

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Patáfora atmosférica



Basta. Vete para siempre con la pleamar. Esta vida encerrada en el ojo de tu huracán me consume. No quiero predicciones de tu amor. Prefiero el anticiclón de la soledad conocida que no aguarda. Cada vez que te vas un nuevo frente frío me aborda, nublando los puntos cardinales de mi felicidad que no llega y me dejas una carta con la posibilidad de una ola de calor en el horizonte. Me quedo flotando en la atmósfera calma que precede a tu tormenta, bajo cero, esperando que regreses como una descarga eléctrica. Que me entregues tu pasión iónica que voltea las isobaras de mi cuerpo. Que cubras con tu aliento de borrasca y el viento céfiro de tus ojos esta meseta desértica, barriendo la voluntad de detener tu avance. Después me declaro zona catastrófica. Apenas queda tu calor residual y una sensación térmica menguante que duele a cada paso que la distancia crece. En el ambiente de mi rostro se concentra la humedad, que precipita como una gota fría mientras el corazón se acaba.

Idea de The Webjinni's Blog

¡Gracias, AliceCat!

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El nacimiento de Venus en invierno (alegoría del amor).

Tú eres Navidad, le dije.


De su boca naciendo fruta fresca y clavos de olor en sus manos.


Abrázame, llévate el frío de mis labios.




Para Microrrelatos de diciembre en Página2

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Haiku clínico (... cínico)




Tres en raya



Vientre perforado



De tus hormonas negado



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Qué diferente el tiempo.



Qué diferente el tiempo cuando duele.
Cuando tus manos no pueden tejerlo.



Te mueves tropezando en los escollos encontrados,
Pervirtiendo una sonrisa,
Repensando la manera de acabar antes,
De empezar con la marea.



Y luego regresas. Levantas el cuerpo y
Atisbas la corriente que quedó.
Y te descubres extraña.



Que para los otros que son tuyos,
De los tuyos,
El tiempo ha circulado por meandros conocidos,
Mientras en tu tiempo ambulatorio,
Esperabas tú el descenso de los limos,
Hasta que por sus grietas derrumba el dique
Para mostrarse el agua clara y límpida,
Otra vez.



Y así vuelves a ese cauce de los otros también tuyo,
Más allá del principio,
Y eres de nuevo en ese movimiento normal
?pero qué distinto?.



De cada uno es su tiempo,
Único y sin embargo sin dueño.


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Por pantalones.



(Ó de cómo un olvido doméstico es síntoma de problemas en la pareja).

Acabo de volver de la compra, sintiéndome un poco más tonta de lo que me fui al salir de casa.
Esta campana que tengo por cabeza, golpeada en las sienes a cada movimiento por un absurdo badajo inconsistente, y esta sensación de ojos inflamados a punto de saltar en cualquier momento para jugar a las canicas, hoy me han traicionado. Es la gripe.

La semana pasada dejé los pantalones de mi marido en la tienda de la esquina para arreglarle los bajos. Tenía que recogerlos el viernes, pero se me fue el santo al cielo. Esta mañana, después de un algidol y tres strepsils, me he vuelto loca buscando el papelito amarillo con el sello de ?Pagado?. He buscado en bolsos y cajones y no ha aparecido. Daba igual. Se acordaría de mí, seguro.

Total, que me visto, le pongo la cadena a mi perra y me acerco a la costurera a recoger los pantalones arreglados.

La señora, encogida tras su máquina, levanta la cabeza al escuchar la puerta. Con sus ojillos de alfiler me escruta y espera.

?Venía a recoger un par de pantalones ?mi perra se enreda en las patas de la mesa de coser.
?¿Cómo eran? ?arquea la ceja izquierda y suelta la pieza de tela que estaba trabajando.
?Ni idea, la verdad es que no me acuerdo, ¡como no eran para mí!

Se queda callada. Me empiezo a sentir incómoda. Mira a mi perra. Una media sonrisa que no entiendo se encaja en su cara. Le digo el nombre que dejamos en la nota.

?¡Pues si ya los recogieron! ?exclama. Su perversa sonrisa triunfal ocupa la sala.

Me quedo parada y entonces caigo en que debí pedirle a Pedro, en medio de mis alunizamientos griposos, que se acercara a recogerlos él, si le daba tiempo.

?¡Anda, esta gripe mía me tiene desmemoriada!

La señora se echa hacia atrás en su silla rodante y deja las manos lacias sobre sus piernas.

?Claro, el viernes por la tarde, me acuerdo porque él además venía con la perra.
?Pues sí, tiene razón. Me voy entonces, a ver si me tomo una pastillón que me arregle esta cabeza ?la tos acude a interrupirme mientras tiro de la cadena de la perra.
?Ten cuidado con el pastillón, no te vayas a ir al otro barrio.

Me despido con un gesto de la mano y una sonrisa de ?trágame tierra?, toda colorada y sudando como un pollo, a pesar del frío, por la vergüenza debajo de la cazadora enguatada, debajo del jersey fino de cuello de pico y debajo de la camiseta blanca de manga larga. Y cuando estoy poniendo el pie en la calle me zampa:

?Eso pasa por ir cada uno por su lado ?su dedo acusador pincha como una aguja?. ¡Hay que hablar más! ¡Tenéis que hablarlo!

Creo que he asentido a sus palabras, no por convencimiento, sino para dar por zanjada la conversación cuanto antes. Y luego me he quedado pensando en lo tonta que he sido, primero por olvidarme, con la fiebre, de tener los pantalones en casa y después por no responderle con cajas destempladas a su descarada insinuación. ¿Se puede ser más tonta?

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Incomunicados.



No me des la espalda.
[Le dice].
Háblame.
No me obligues a este silencio, no lo soporto.
[Le grita].
Vuélvete, dime algo.
[En la habitación se respira su ausencia].
Este vacío me hace daño.
[No hay respuesta].
¡Contéstame!
[Su voz cristaliza en paredes de aire.
El sol se oculta en el horizonte
Y en su huella deshabitada
Se funde la sombra sin habla].

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Poetry in motion

Música y color. No hace falta nada más... para sentir:

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