En ocasiones uno se pregunta porqué es tan poco. Por qué es tan solo una persona, simple y sin más, insignificante y vacía. Por qué uno no puede ser la persona que guíe a la humanidad hacia el pensamiento perfecto, hacia la convivencia perfecta, el líder espiritual que necesita la gente que no sabe hacia donde se dirige.
Por eso soy tan poco, porque yo tampoco sé adonde me dirijo. Vagamos por la vida buscando otro pie al gato, sin preocuparnos de que no tiene porqué tener otro pie. Vemos solamente lo que nos permite no centrarnos en lo importante.
¿Qué es lo importante?
No creo que exista algo más importante que el momento. Es el único instante en el que firmemente se existe y se siente de verdad. Ni el recuerdo ni el deseo de lo que viene es tan siquiera un resquicio de lo que uno experimenta al preguntarse, al detenerse y hablarse a sí mismo, al decirse a uno mismo qué es lo que siente en este momento.
No siento felicidad ni odio, ni alegría ni tristeza, no siento envidia ni solidaridad. Sólo una cosa puede sentirse cuando uno, siempre que uno, se lo pregunta.
¿Qué siento en cada momento?
Siento vida.
Uno se pregunta por qué es tan poco. Es porque no sabe cuánto es.
- El mar es como la mente humana, sube, baja, se encabrita, se calma y dentro de poco no habrá vida dentro él.
¿Puede ser que nunca nadie hasta ahora haya dudado de sus propias palabras, de su propia verdad?
Cuando la incredulidad se acrecienta por doquier como un tumor visceral y coherente, uno no puede cejar en el empeño de buscar una verdad, única y plausible. Lógica.
Para ello duda de toda opinión subjetiva, de todo dato consensuado, de las estipulaciones convencionales. Uno debe buscar más allá, pero también debe darse cuenta de que ha de buscar más acá. Ha de dudar de su búsqueda, ya que no es más que otro inquilino supeditado a la transgeneración de las ideas, al eterno transcurrir y heredar de la existencia y la realidad estipulada.
Si nada es absoluto, como verdad, estas palabras tampoco lo son, como paradoja. Y si esto es así, es porque no lo es. Y viceversa.
- Somos como el escarabajo pelotero, dándole vueltas siempre a la misma mierda para que después se la terminen comiendo nuestros hijos.
El octavo chakra, tsédek y mispat, yad y sem, el A.D.N., la cuarta dimensión, los maestros masones y los chamanes. Tantas claves para tan poco misterio, tanta relación para tan poca conclusión. Cuánto tiempo estudiando, buscando indicios en lo oculto, en lo susceptible de malinterpretación.
Hiram de Tiro, Salomón, Sem, Ivrí, Osiris, Jacques de Molay, Jesús. Juan Matús, Paramahansa Yogananda, Sai Baba, Einstein, Platón, Da vinci, Yukteswar, Aristóteles. Jung, Freud, Gillighan, John Dee, Atanasius Kircher, Eward Kelley, Alystair Crowley, Hitler, Himmler, Churchil, Edgar Hoover, Kennedy. Tutankamón, Ramsés, el Rey Escorpión, Siddharta, Buda, Mahoma, Moisés,?
Cuánta Historia. Qué poca Historia. Cuánto nos quedó por saber o cuánto damos por hecho que sabían. El Nirvana, el Cielo, el Paraíso, Asgard, el Olimpo, la Isla de Pascua, los Vedas, Zeus, Yahvé, Alá. El Hijo del Hombre.
Mi mente naufraga a cada momento entre olas de datos, personas, dioses, milagros, sucesos y misterios, y no llega más que a la misma isla desierta.
Soy libre para viajar, pero no lo soy para elegir el destino de mi viaje.
Varado en la misma isla desierta de siempre, buscando comprender porqué me asedia un mar de dudas.
No sé si recogeré todo lo que siembre, ni si apaciguará mi calma a tantas olas.
- Si sientes que cada cosa que escribes es como un fósforo que se enciende e ilumina solo hasta que te quema los dedos, lo sueltas con un grito y se apaga, es que lo estás haciendo bien.
El recto camino es el más corto, pero no sabemos cuál de los dos es el más sencillo.
La filosofía dicta que el hombre debe deshacerse de sus emociones, abrazarse a la vía del no apego para conllevar una vida de satisfacción personal, espiritual. Un camino sencillo que para muchas personas es ni siquiera imaginable y, por ello mismo, difícil de conseguir. Sin duda alguna que la vida sencilla y humilde al paso del tiempo se hace monótona y complicada. También es correcto que una vida ajetreada, alocada y derrochadora resulta cansada. Y es por esto que el de vida sencilla desea vida complicada y que el ajetreado añore humildad.
Como la realidad es que deseamos siempre lo que no tenemos, el camino difícil siempre será intentar conseguirlo. El fácil sería resignarse.
¿Llevar una vida complicada y resignarse a ella no es acaso un camino difícil?
¿Llevar una vida sencilla y esforzarse cada día no es acaso un camino difícil?
¿Cuál es el camino fácil?
Es la ilusión que nos empuja a resignarnos o a revelarnos, ¿es fácil despegarse de algo preciado? ¿Es fácil sentir apego hacia algo odiado?
Mientras exista Yin y Yang, Amor y Odio, camino fácil y difícil, existirá la concepción de la vida como tal y no como vida en sí misma. Y si nos observamos al final, ¿cómo juzgaríamos nuestra vida?
¿Difícil, fácil?
Sólo vida.
El Yin y Yang son partes de la vida, no la vida en sí misma.
Suelo valerme de la poesía para expresar aquellas sensaciones que para mí superan el entendimiento racional, que son difícilmente narrables, describirlas con el lenguaje habitual. Por eso en ocasiones el lector no comprende o exclama ¡¿eso es todo?!
Porque cuatro, cinco o seis versos pueden llevar más sentimiento y pueden hacer comprender más que un extenso ensayo sobre la igualdad, la comprensión o el amor.
El amor.
¿Cuánta gente se despierta cada día enamorada?
Jamás un sentimiento tan desconocido y caprichoso fue tan global. Pero, ¿qué es? ¿Cómo reconocerlo? ¿Cuánto dura?
Son tantas las preguntas a las que no podemos responder que podríamos pensar que ni siquiera sea algo que existe de verdad.
Hay quien dice que el hombre da amor a cambio de sexo y la mujer sexo a cambio de amor. Yo creo que quien así piensa es porque el amor no le ha atrapado.
En algunas materias se utiliza la eliminación a la hora de definir términos o teorías complejas, también en este caso puede adaptarse. El amor no es atracción sexual (al menos no solamente) no es capricho pasajero ni estabilidad económica. El amor no es una buena apariencia ni un engaño perpetuo. No es algo trivial, acto casual o interesado.
Pero está ahí, como el viento, sin verlo. Podemos sentirlo, escucharlo.
Entonces, ¿será acaso una atracción superior a lo físico, una sensación superior al capricho que no busca ninguna estabilidad más que la emocional? ¿Será el amor una verdad absoluta (por no ser un engaño perpetuo), algo sumamente relevante?
El lenguaje poético es así, es el lenguaje de las interpretaciones líricas, del sentimiento. Unos versos no cuentan una crónica de sucesos palpables, intentará ejemplificar, desconcertar o hacer que se intuya el mensaje. También, según el autor y el momento, podrá ser sencillo y fácilmente comprensible, no por ello menos romántico o musical.
Me gusta estar enamorado, y lo estoy hasta los huesos. Estoy enamorado de la vida, de cada respiración, de cada sentimiento que expreso, del águila que sobrevuela los campos, del rechinar del camión de la basura. Un paseo campestre o una caminata urbana, disfruto a cada paso, en su caso.
Si no se puede vivir del amor,
tampoco es digno sin belleza.
Si no se puede vivir sin sabor,
tampoco es digno con tristeza.
La gente suele centralizar el sentimiento del amor en una persona de sexo opuesto (o no) con la que se comparten muchas cosas. También con familia, amigos y demás. Yo amo tantas cosas que las que aborrezco no me producen desasosiego. Pero no puedo decir que el sentimiento de estar enamorado, de compartir trayecto con una persona que te comprende y que pisa sobre tus huellas (y otras veces tú sobre las suyas), sea algo diferente al amor. Creo que es un gran punto de inflexión en la vida de las personas el momento en que lo sientes. A veces se deforma y se pierde, es una carretera sin asfaltar, cargada de guijarros y algún que otro canto rodado, pero no deja indiferente.
Mis versos en incontables ocasiones se han dirigido tanto al amor en general como al experimentado hacia una persona.
Alisios roces los de tu mano
sobre la espuma marina,
estáticos vientos del cambio
que tramontan nuestro destino.
Nubes llevadas por tu poniente y suavidad
en nuestra senda al barlovento.
Mi brisa de los vientos
de pasión monzónica,
tropical e indómita.
Te amo porque te veo,
y sé que tú me contemplas
desde donde estás,
por el ojo de la cerradura
de nuestro huracán.
a Brisa Mar
?Somos pequeños en nuestro amor. Es plancton, un pequeño puntito en el mar, pero que puebla todos los océanos. No se ve ni se toca, pero todas las criaturas se alimentan de ello, lo perciben. Es un diminuto moho, escamoso e insignificante, pero que cubre las rocas y montañas enteras, que llena de color las grises cumbres. Así es nuestro amor, insignificante para el mundo, pero se encuentra en todas partes. Nos alimenta y nos llena de color.?
Pero las palabras del sentimiento tienen mucho más que expresar que las de la razón, en este caso. Las metáforas, la rima, la musicalidad, la métrica y el juego de palabras consiguen rodear al lector de algo más, de una especie de complicidad, de comprensión sensorial ante lo impreso en los versos por el autor. Si esto es así, el poeta habrá conseguido su meta: inspirar su sentimiento a otros, hacer que personas que sienten identifiquen a partir de unos versos recitados algo que tienen o alguna vez tuvieron.
Eso, para mi, no tiene precio. Es parte de lo que nos hace ser humanos, el comprendernos unos a otros, el reflejar nuestra igualdad frente al odio y la inquina vecinal que puebla la sociedad de la competitividad, el consumo y la superioridad actual. Es un punto de inflexión.
La noche es nuestra manta,
la Luna nuestra lámpara,
nuestros cuerpos unidos son la belleza de la noche encarnada,
y nuestro amor es tan grande como la negrura de la noche oscura.
Un escritor dijo hace poco que ?el que imagina una historia y convence a un montón de lectores es un poco Dios? (José María Guelbenzu). Yo quiero ir más allá, quiero que sientan lo que siente el personaje, el autor, que experimenten amor como Romeo y Julieta.
Pero en los tiempos del Siglo XXI el amor está levemente corrompido. Tal vez la idealización nos ha llevado a su caída. Al menos eso parece al dar un vistazo por la sociedad. El amor no es noticia y se ha desvirtuado hasta el punto de no contemplarse a la hora de forjar una relación o de deshacerla. El amor como apego existe y más que nunca, por eso se confunde tan a menudo con el deseo, con el apego.
Sin embargo el mítico sentimiento existe por cada persona que daría su vida por la felicidad de otra, por cada padre que se sacrifica por su hijo, por cada proeza de enamorado. Nada tiene mayor recompensa, por dura que haya sido la tarea, que ver reflejada en otra cara la sonrisa del amor.
En estos festivos días he tenido el gran placer de participar como congresista en el I Congreso de la Asociación de Escritores Noveles, en Oviedo.
Mucho se habló, y de seguro se hablará, acerca de temas importantísimos para el novel, de cuestiones que tal vez no estaban bien perfiladas para algunos de nosotros y que ahora tienen mayor claridad. Personalidades, he de decir, muy competentes y otros de menor reconocimiento pero igual competencia, supieron ofrecer todo lo que el escritor novel necesita. Todo esto preparado por una minuciosa organización sin la cual el orden y la completitud del Congreso no habrían tenido lugar, no al menos de una forma tan perfecta.
Pero no era mi intención con este artículo o reseña tratar lo que todos han tratado, incluso en prensa y televisión, sino lo que pasó inadvertido para esa máquina mediática. Tampoco hablar del Comité Organizador, Junta y Gobierno de AEN, que titánica labor realizaron, ni de los autores de renombre que apoyaron el acontecimiento. Esto lo harán otros con mayor criterio que servidor.
Entonces, pensarás, ¿qué narices vas a contarme?
Pues quiero mencionar a todos los socios (y menos socios) que como yo acudieron de manera anónima, amistosa, y con ansias de aprender al Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo en este codiciado puente de la Constitución.
Sé que estas personas pueden no parecer importantes, pero también puede parecerlo esta revista.
Y todo esto es por una simple razón, las jornadas han durado varios días y en ese tiempo ha transcurrido otro gran fenómeno: que una generación entera de (como decía una mujer chilena) escritores emergentes ha tomado contacto y consciencia de sí mismos. Y lo ha hecho desde la amistad y camaradería derivada de una comprensión mutua. (¿Nos llamarán en un futuro la generación del Congreso 2007? Quien sabe.)
Por eso mis líneas van dirigidas en honor y agradecimiento a personas (antes que escritores) con las que tuve el placer de interactuar. Como por ejemplo mis acompañantes de trayecto: el hombre que ha escrito el mejor libro de relatos de los últimos cincuenta años, el profesor de música que nos transportó a otro lugar con su buena fe y paciencia o cierto allegado al mundo de la televisión que en ocasiones tenía que agachar la cabeza.
También una pareja varada entre Galicia, León y Zaragoza nos deleitó con su alegría y candor. Nos acompañó una profesora avilesina muy agradable y simpática, el doble del hermano del maño que resultó ser malagueño.
No se preocupen ustedes que el orden de los factores no altera el producto.
Se encontraba un tocayo de nombre y profesión que residía en Madrid, el sevillano y su acento inconfundible que acompañó a una viajera chilena a su hotel.
No he de dejarme en el tintero (pese a lo breve del encuentro) a la joven de Lanzarote con la que comparto camaradas, a la finalista ex-economista presencial del premio Luis Adaro (sin ánimo de eclipsar al simpático ganador) o a esa otra deliciosa pareja proveniente de Málaga y (creo recordar) Valladolid frente a los que compartí llantar.
Y si me falla la memoria a tan sólo unas horas del contacto, no me adjudiquéis delito por omitiros en mi recuerdo o por no haber podido intercambiar unas palabras. Pero no he de olvidar a ese madrileño escritor de relatos ni a su rubia paisana. O, por ejemplo, la deuda contraída con cierta mujer de acudir a su conferencia/presentación cuando vuelva por Gijón.
Y con esta rima facilona pero encantadora (digo yo) se me acuerda un señor que nos hizo sentar en el suelo para presentar su libro, o aquella entrevista que nos hicieron casi como una pequeña mesa redonda a seis personajes del panorama, yo minúsculo entre ellos, con alarma de móvil como sonido de fondo.
Con otros más crucé conversación, algún reputado escritor ex?vegetariano o el afamado corrector afincado en Madrid a quien deseo lo mejor para su regalo de Navidad.
Perdónenme de nuevo si es que mi tintero aún alberga jugo y se queda seco, pero éstos han sido unos pocos de los muchos más que merecen mención (pese a ser de manera anónima) y a los que agradezco su presencia.
Para todos mucha suerte y que lo vivido en estos intensos días cale en ese pequeño corazoncito de escritor que todos llevamos dentro.
Bradley corría veloz, angustiado como una presa que huye aterrorizada de su perseguidor. Miraba hacia atrás esperando ver un animal, depredador terrible de colmillos tenebrosos y negras fauces. Pero no fue así. Sólo verde jungla devorada por una niebla que resquebrajaba su aterrorizado corazón. Apartaba hojas oscuras, de su cara, del camino indeciso que seguían sus piernas incansables, de un camino que no tenía principio ni fin. Ni pies ni cabeza. La desesperación le llegó como un escalofrío de pánico, con un murmullo de ramas por detrás de su galope. Dejó atrás a su propia respiración y desdeñó girar su cabeza hacia atrás. Hojas verdes, oscuras, cada vez más espesas impedían su veloz escapada cada vez con mayor intensidad. Una respiración furiosa y desasosegada se unió a sus talones. Apretó sus ojos para no ver nada, creyendo que desaparecería todo, pero siguió empleándose a fondo en su amarga huída.
De repente su pie derecho no encontró suelo en el que pisar. Su izquierdo tampoco. Se precipitó violentamente hacia un terreno inexistente. Y cayó. Abrió repentinamente sus ojos, pero ahora no vio nada. Sólo claridad y caída libre hacia el vacío. Sentía el viento entre sus dedos, por el cuello y alrededor de sus piernas. Caía, pero no hacia abajo. No había debajo ni encima. Una fugaz sombra cruzó por su periferia. Se sobresaltó e intentó voltearse en medio de la vorágine de aires que le sostenían. Movió un brazo y la mano invisible del dios del viento le hizo dar la vuelta. Inmediatamente se sobresaltó, un terror innombrable, inenarrable, le atenazó tan fuerte que ni siquiera sus cuerdas vocales pudieron emitir chillido. La visión le pareció tan pavorosa, intrigante y espeluznante que trató de cerrar sus ojos. Pero ya estaban cerrados. La tensión se volvió ansiedad creciente, terror visceral, seguía precipitándose hacia ningún final bajo las figuras de cuatro número fatídicos de enormes dimensiones, como de cartón piedra, que le amenazaban. 2012. Fue tal el pánico que su garganta estalló, sus ojos se apretaron tanto que reventaron y encontró fin a su precipitada caída.
Estaba en el suelo de la habitación. Una sensación de desorientación le abordó mientras se daba cuenta de que había tenido una pesadilla. De las gordas. Bradley era un joven peculiar que llevaba semanas teniendo un recurrente y angustioso sueño acerca de una figura terrible: los números 2012. Bradley no era guapo, ni fuerte. De hecho tenía de hombre más bien lo justo. Ésto en el año 2012 era ser completamente diferente a las corrientes de moda y de normalidad social, lo cual te brindaba la opción forzosa de marginarte con personas malcaradas, morlocks de una era en la cual, como en la antigua Grecia, se premiaba la belleza física por encima de cualquier valor anterior o tradicional. El joven ideal era un ser andrógino hormonado, una criatura genéticamente perfecta que rozaba el hermafrodita. Tanto la mujer como el hombre, en ocasiones, no se diferenciaban en más cuestiones que en las de la entrepierna. Y con dificultades.
El joven se incorporó apoyándose en la pared de su reducido piso. Una habitación de 15 metros cuadrados. Su cama se recogió automáticamente y la cocina entró en escena, en su lugar. Los pisos de 15 metros de Ikea revolucionaron la inmobiliaria y el aprovechamiento del espacio, años ha, tras la Tercera Gran Guerra. Ésta duró muy poco tiempo: comenzó con un golpe de estado en un país centroamericano hacía pocos años. Los Estados Unidos decidieron interesarse, pero se complicó y un conjunto de líderes comunistas de Sudamérica intervino. Europa dijo no, Rusia que sí, China se dividió apoyada por Japón. La India no quiso guerra, pero África sí. En pocos meses el presidente norteamericano optó por terminar la disputa soltando una de esas bombas que producen enormes hongos en el Caribe. Creyó que terminaría el conflicto, como en Hiroshima y Nagasaki, pero se equivocó, y en cuestión de meses principales capitales mundiales quedaron asoladas y miles de kilómetros de La Tierra infestados de radiación mortífera. Pero no fue el Armagedón. Ni mucho menos.
Era el 22 de Diciembre de 2012. Hoy era el día en que se enfrentaría a la gran cifra que le abordaba durante pesadillas terroríficas. ¿Acaso tenía sueños premonitorios? Si le hubiera preguntado eso a algún parcelista (aquellos que debido a su capital podían permitirse una casa de 70 a 100 metros) seguramente le diría que no se puede soñar con un monitor. El montacargas de su bloque le dejó 25 pisos más abajo, donde estaba su empresa: una inmobiliaria. El espacio era tan reducido ahora en el planeta que una inmobiliaria era el negocio más rentable. Entre las crecidas marítimas provocadas por el deshielo de los polos, las zonas radioactivas, la baja mortalidad y la alta densidad de población, conseguir espacio vital era casi imposible. Salvo, claro, con dinero.
Caminando por el estrecho pasillo en el que estaban las oficinas, Bradley se cruzó con dos muchachos sonrientes de maldad. Altos, con delicadas facciones, pequeños pechos incipientes, trasero respingón y largos cabellos.
- Hola Bradley ? dijo uno con sorna - ¿qué tal está tu sensibilidad hoy?
- Vaya, creí que en un día como hoy dejarías de hacerme la eterna y diaria pregunta insulsa e intrascendental, ya sea por el fin de año, el fin del mundo o porque tus neuronas han encontrado la forma de crear pensamientos e ideas. Pero veo que ? las caras de los jóvenes andróginos comenzaron a mostrar incomprensión ? sobrevaloraba la capacidad del adolescente moderno creyéndole capaz de actos tan imposibles como oponerse a la doctrina y lo estipulado.
- Déjale, - dijo despectivamente el otro ? no ves que es un pensante?
Y se fueron orgullosos de ganar una batalla dialéctica importante, aunque sin conocer el significado de la palabra dialéctica. Los pensantes. Eran gente como Bradley, vilipendiada por su curiosidad y ansiedad por el saber, por su lógica, conocimiento y sabiduría. En el año 2000 hubiera sido un estudiante de carrera más, pero en el 2012 era un fuera de serie, un superdotado. Y un odiado trasgresor de los principios sociales. No se hormonaba, ni practicaba deportes de interior, no practicaba sexo insulso y consensuadamente ordenado. Sentía interés por artes pasadas como la física cuántica, la filosofía o lo paranormal, en lugar de sentirlo por la Intec: música tecnológica y virtual que, desde tu cuarto, te transportaba a fiestas perfectas con inyecciones de hormonas, estimulantes, alucinógenos y, si eras estúpido y cuasihermafrodita, al sexo.
El trabajo de Bradley era investigar posibles fraudes de espacio bicuadrado o tridimensional. Ya que el espacio real era sumamente prohibitivo, la red virtual conocida vulgarmente como Internet cobró importancia vital para el negocio. Un mundo virtual lleno de espacios abiertos y vegetación daba cabida a millones de personas con ánimo de gastar su dinero.
Pero otros, personas más parecidas a él que a sus compañeros de trabajo, utilizaban sus conocimientos para destruir (virtualmente) espacios de multinacionales, ocupar mediante piratería propagandística los recovecos de programación dejados por los estandarizados técnicos dedicados al mantenimiento de la red. Heredaron el desaparecido nombre de ?terroristas? ya que hacían perder en ocasiones cifras astronómicas a entidades magnas.
El joven pensador podía realizar su monótono y castrante trabajo pese a las preocupaciones que le rondaban la cabeza. Una serie de sueños repetitivos, agónicos, en los que le asediaba una agobiante figura, digital, el 2012. Esa noche comenzaría el ansiado 23 de Diciembre de 2012, y con él la respuesta a sus tensiones espirituales. El 2012, a las 12 de la noche, el fin de todo un ciclo solar de más de 29.000 años, predicho como cambio en la evolución de pensamiento por los olvidados mayas? El 2012, el cumplimiento de las profecías religiosas de las nuevas sectas, la fecha tempestuosa donde se vería las caras con la plena verdad y sabiduría, con el final de un ciclo, el comienzo de otro. O una consecución lógica de acontecimientos, la nada, pasividad, Navidad, Nochevieja y Año Nuevo como siempre.
Volvió a su cuarto, nervioso y cabizbajo, mordiéndose las uñas, algo que había sido eliminado de la memoria colectiva. Reflexionaba. La tecnología y las nuevas artes virtuales avanzaban tan rápido que la única manera de prestarles la atención adecuada había sido eliminar materias elementales y conocimientos ?no necesarios?. Así, mediante la eliminación de tantos principios básicos y de la Historia, Literatura y Filosofía, las nuevas generaciones estaban totalmente centradas en las, valga la redundancia, nuevas tecnologías. Ya no era necesario un grado de estudios que no fuese tecnológico, informático o electrónico. Salvo quizá algo que iba muy unido a los anteriores: economías, estadísticas y todo lo relacionado con el dinero y la población. Poco a poco al principio, y de manera más acelerada en los últimos tiempos, la memoria colectiva había sido eliminada, reformada y retocada a gusto de una sociedad virtualmente evolucionada. Virtualmente mejorada, donde todo era posible y, a la vez, era mentira.
Al igual que en el pasado existieron poetas que recitaban versos sin rima, sin métrica; como hubo tratados acerca de todo lo imaginable y libros hasta de Dios sabe qué cosas, también en el año 2012 Dios los criaba. Y ellos se juntaban. Bradley deseaba sentarse frente a su ordenador cada día para entablar contacto con Roxanne, una joven de cuatro bloques más al sur. Roxy proyectaba una imagen holográfica autodefinida, es decir, no utilizaba los cánones de imagen por defecto sino los suyos propios. Es como si a uno le propusieran convertirse en una persona bella, voluptuosa, sexy y con éxito y prefiriese mostrarse tal cual es. Bradley hacía lo propio. Puede que por eso no tuviesen más amigos adheridos a su cuenta. La imagen de Roxanne era la de una mujer diferente: no se depilaba, ni se maquillaba, llevaba ropa fuera de moda como una camiseta y una minifalda. Sus caderas eran anchas y sus pechos grandes y desiguales. Lucía pelo largo, oscurecido y liso que le resbalaba por la espalda y medio tapaba las pequeñas imperfecciones de sus carrillos, antes llamadas pecas. A Roxy le encantaba la poesía y cada día Bradley le regalaba los oídos recitando con su voz ajada e imperfecta poemas sacados de alguna biblioteca de contenidos ilegales. Aquel día sólo habló del 2012.
- ¿Recuerdas las pesadillas que te he estado relatando tanto tiempo? ? le dijo Bradley a la joven
- Cómo olvidarlo ? mientras sonreía ? si no dejas de hablar de ello
- Pero es que hoy es el día antes de?
- Mañana. Hoy es el día antes de mañana ? le interrumpió para quitar importancia- Tú mejor que nadie, y más que todos esos idealizados ilícidos mentalmente corrompidos, debería ser capaz de aplicar la lógica antes que la perspectiva de la realización de un sueño recurrente y fantástico. ¿Cuántas posibilidades hay de que un enorme número caído del cielo te aplaste?
- Ay? - suspiró el chico, condescendiente ? no es eso lo que temo. No sé qué es lo que he de temer, y eso me aterra.
- Es una gran paradoja, sin duda ? respondió Roxy con aires
- Sí, pero de suceder algo, sin duda no hará realidad al sueño. Probablemente solo esté esperando a una correcta interpretación, de manera que pueda solventar algún problema de mi propia psique que me trae de cabeza?
- Vaya, Freüd aún existe. Espero que no tenga tu problema nada que ver con tu miembro? - y se rió con esa vocecilla delicada que deshacía al inocente Bradley
- Seguro que eres una experta en esas cuestiones ? guiñó un ojo ? y sólo estás a cuatro bloques de aquí. ? Ambos rieron
- Y qué es lo que dicen tus preciados hololibros acerca del tema, seguro que ya le has encontrado algún significado trascendental a la apremiante fecha del 22-12-2012.
- Pues algo he encontrado, no de manera muy lícita, acerca del 2012. Fue tema de debate en diversos lugares y acontecimientos del año 2006. Y 2007. Por aquel entonces debieron correr ríos de teclas sobre el tema ? en el 2006 poco se utilizaba la tinta, y en el 2011 ya ni siquiera el teclado.
- Eres increíble. No quiero saber en qué videotecas o teletecas habrás estado insertado para dar con material de esa índole? - pero mostró interés
- Muchos vaticinaron un cambio de pensamiento global, se basaban en cálculos astronómicos, en las profecías coincidentes de las antiguas culturas sudamericanas. Algo así como un despertar espiritual, una evolución? - hizo una pausa reflexiva ? No sé, puede que estemos ante un momento histórico, a nivel de nuestra propia existencia.
- Si estás en lo cierto, cada vez queda menos tiempo para comprobarlo?
Llamaron a la puerta del montacargas del cuarto. Bradley, sorprendido, se disculpó ante Roxanne esperando encontrarla tras la puerta. Pero lo que vislumbró tras el visor fueron las figuras de dos personas. De oscuro traje verde y blanquecina faz. ?¡Tenemos permiso para registrar sus holodatos!?. Y con la última letra en la boca del mandatario antiterrorista, Bradley ya estaba dispuesto a todo.
Le habían descubierto. Día tras día descargaba información comprometida y se engañaba a sí mismo diciéndose que no pasaría nada, pero en lo más profundo, puede que no tan hondo, sabía que cualquier día aparecerían dos figuras tras su puerta. Era el momento de la verdad, el momento de una decisión que en sus sueños ya había tomado. Miró hacia el holograma de Roxy y empujó la puerta con todas sus fuerzas. Los brigadas, cogidos por sorpresa, observaron atónitos cómo un joven escuálido les atropellaba cual estampida y se alejaba por los estrechos pasillos.
Bradley corría veloz, angustiado como la presa que era de los depredadores sociales. Miraba hacia atrás esperando ver un animal, depredador terrible de colmillos tenebrosos y negras fauces. Pero no fue así. Sólo el fondo de un claro pasillo y, tras de sí, un par de oscuras y góticas figuras esmeralda. En ningún momento los hombres de verde trataron de disuadirle, de proponerle un trato, una detención. Sólo rostros firmes, casi endiablados, como animales en plena caza. Un escalofrío le recordó cierto sueño recurrente y aceleró su carrera. Ya no sentía ni cansancio, dolor o fatiga, tal vez algo de velocidad, pánico e incertidumbre. Paredes lisas y escaso espacio, esquivando y golpeando puertas que se abrían. Avanzaba torpemente hacia un espacio infinito frente a él, separando puertas atropelladamente. Un murmullo tras su cabeza le recordó a las malignas y furiosas fuerzas que le asediaban. Casi le tenían. Cerró los ojos fuertemente, sin desfallecer en su carrera, y apuró su aliento hasta límites superhumanos. Corrió como jamás en su vida, como en sueños si cabe, movía sus extremidades rítmicamente, escapando de?ellos. Apretó los ojos, un poco más, se dijo.
Y su pie izquierdo tropezó con algo. Sus brazos, instintivamente, se fueron adelante y cruzó una superficie escamada. Su derecho voló por encima de sus pasos y se propulsó hacia delante. Hacia la nada. Se precipitó violentamente hacia un terreno inexistente. Y cayó. Abrió repentinamente sus ojos, pero ahora sí que vio. Claridad y caída libre hacia el suelo. Sentía el viento entre sus dedos, por el cuello y alrededor de sus piernas. Caía, y lo hacía definitivamente. Una fugaz sombra cruzó por su periferia. Estaba tranquilo, pero quiso ver el número, movió sus extremidades como un paracaidista guiado por la rosa de los vientos y se encaró con el cielo. Ahora ya no había suelo al que llegar en caída libre, ni número maldito y aterrador. Una luz extraña, en forma de aro, le enfocó desde el sol. Era un eclipse. Total. La sombra proyectada por la pequeña masa planetaria era mancillada solamente por un pequeño haz de divina claridad que parecía enfocarle, supervisar su viaje. Sintió paz y sonrió. Un gozo inexplicable para la palabra, indefinible para los diccionarios y holotecas abordó el espíritu de Bradley mientras aún el móvil aire se disputaba la permanencia de su posición. La visión fue tan perfecta que quiso cerrar los ojos de felicidad, pero ya estaban cerrados. El gozo le tranquilizó y se volvió amor infinito hacia el Todo, que proyectó en su precipitado deslizamiento hacia ningún final, frente al comienzo.
Fue tal la sabiduría que su cerebro estalló, y su consciencia se expandió tanto que reventó, fue diseminada por doquier y esparcida por un viento elíptico, áureo; y encontró fin a su precipitada caída.
El tiempo es relativo. La mayoría es con lo que nos quedamos de Einstein. Sabemos que el tiempo no transcurre de igual modo cuando miramos las agujas del reloj que cuando miramos el marítimo cielo cargado de gaviotas, que circula de distinta forma el intransigente para aquel que está entre rejas que para quien hace el amor. Sabemos ya que no es absoluto el correr del tiempo, que varía según la percepción, la velocidad.
Por eso cuando nos afanamos en tareas de nuestro agrado o que, al menos, nos hacen fijar la atención de una manera total o mayoritaria el tiempo pasa volando, de manera imperceptible. De un modo que se nos hace imposible, una vez levantada la visión hacia el mundo real, adivinar los minutos transcurridos. Las horas, a veces. Tanto es así que un escritor es capaz de pasar horas y horas fuera de sí, pero dentro de una fabulosa historia por entramar. En ocasiones las horas de sueño se llegan a difuminar con cuentos fabulosos, personajes increíbles y bocetos imposibles de adaptar. Ideas descartadas, absurdas, que parecen a priori errores conceptuales o recursos estilísticos complejos, narraciones obvias o demasiado complicadas.
A veces, doy fe, uno se puede pasar segundos, minutos de reloj. Horas. Pensando, analizando cuál es la mejor forma de contar un suceso. Desde el punto de vista de quién, dentro del ritmo de cuál, que si en prosa que si en verso. Pamplinas. Un borrón, un manotazo y tal vez una idea. Quizás una nueva historia, relegando lo anterior a un momento que probablemente jamás llegará. Toneladas de archivos comenzados, párrafos, páginas. Incluso escasas palabras. Tal vez un día? nos engañamos.
Pero a pesar de todo, esos momentos de inspiración súbita, de brainstorming reflejado en tecleo, de una escritura casi automática que, como ahora, parece surgir de los propios dedos, más rápida que nuestra propia mente, nos hace sentir que algo realmente bello y precioso en su entendimiento está surgiendo de una parte de nosotros que no es mental, racional. Es arte. Y cuando eso sucede nada más es perceptible a nuestro alrededor. Mucha gente no comprende porqué, por ejemplo, Stephen King necesitaba situar su caravana junto a un aeropuerto para evitar el temor que le producían sus propias historias. Si no lo comprendes es porque nunca has sido capaz de envolverte de la circunstancia que deseas relatar, de integrarte de verdad en un mundo que solamente existe en tu mente y del que brotan, con sosiego o tumulto, las palabras que lo describen. Esto sucede, al menos a mí, de igual modo cuando uno está leyendo, concentrado y casi en estado de éxtasis, un buen libro.
Pero para que esto suceda, como venía diciendo, es necesario que el espectro horario a disponer sea medianamente amplio. Es como ver una película entretenida de aventuras en períodos de diez minutos diarios, la percepción final está totalmente desvirtuada por el visionado interrumpido y la falta de concentración derivada. Ahí es donde un filme que entretiene pasa a aburrir o un mensaje trascendente se convierte en palabras triviales. Evitar estas cuestiones conlleva una dedicación horaria como la que pocos disponen hoy en día, así que los mortales, la gente de a pie que gusta autodenominarse amateur o novel, tiene que robarle horas al día. Arañarlas tal vez como quien lucha por no dejarse caer por el precipicio, con uñas y dientes. Diez minutos de aquí, otros veinte de allá, para poder acumularlos al final del día junto con el montante de las horas de sueño que cada uno sea capaz de robarse. Y digo sea capaz sin dejar de ser persona al día siguiente.
Tener que hurtarle al sueño y al descanso es tan sólo una de las principales decisiones que uno ha de tomar cuando ejerce una profesión por necesidad mientras trata de forjarse otra por placer. Y no es fácil, ni agradable sino fuera por la gratificación de conseguir llevar a buen término cualquiera de las obras proyectadas. Eso merece cinco horas diarias de sueño. O menos. Como bien dicen los mayores: ?ya dormirás cuando te mueras?, y quien mejor que ellos lo va a saber.
He ahí la cuestión, ¿se puede gestionar, planificar u optimizar el tiempo dedicado a algo tan efímero como es la creación artística? Solamente cuando el talento es constante, cuando el individuo es capaz de crear en cualquier momento del día, en cualquier estado anímico, en cortos períodos o largos con interrupciones. O sea, que no es factible. Uno no puede almacenar en la nevera de su casa pedazos de inspiración ocasionales para tomarlos entre una y otra parada de autobús. Ya es bastante complicado de por sí atraer a la auténtica musa, atraparla cuando nos conviene con el lazo de la impaciencia entre las abundantes malas ideas del mismo redil. Es como buscar la verdadera oveja dentro de una jauría de lobos con piel bovina.
Así que lo que nos quedan son las difíciles horas tardías y oscuras de la noche más acuciante y lánguida, las horas muertas después de un duro día, en las que tu cerebro pide descanso mientras intentas explicarle que aún no, que no debes dejar pasar otro día sintiendo que lo has desaprovechado, que no has hecho todo lo posible para llevar a cabo lo que verdaderamente deseas.
En definitiva y conclusión, el tiempo pasa y advierte, que da la vida y la muerte, (rezaba un viejo mapamundi del siglo pasado) y cada uno guarda sus minutos para lo que le place y únicamente cada cual responderá ante sus deseos, tarde o temprano. Sólo sabremos si de verdad hemos empleado este pedazo de existencia como quisimos cuando estemos en nuestro lecho de muerte, donde cada parte de nuestra vida pasará por la mirilla de nuestro ser y cada minuto por el juicio de si ha sido arrojado al pozo negro de la insensatez o insuflado por cada poro de nuestro espíritu, llenándonos de un gozo indescriptible.
Con la poesía podemos describir en ocasiones ciertas sensaciones o percepciones que de otra forma nos sería imposible comunicar. Esto es por lo imposible de simular un sentimiento con palabras, por eso la poesía, un verso, trata de hacer que el lector, el oyente, experimente al escuchar esas palabras la sensación que queríamos definir. Por eso en los poemas habitualmente nos encontramos con formaciones que nos son difícilmente entendibles o de significados racionales sumamente inverosímiles.
Hace poco escribí:
La teja me busca,
y me encuentra,
en un nido de cigüeña y veleta.
La teja desgastada y porosa me reclama,
entre cerezos caducos y longevos,
me pide que la mire.
Mirarla es pasear
por las vías de un apeadero yermo,
caminar por el brillo del verde atardecer
de la mano de una fisura inenarrable.
Yo la digo, firme y desafiante, que no,
que el Sol se esconde de mí cada noche,
que las aves emigran de dolor,
que el apeadero está yermo.
Que sobre la acera reposa una teja quebrada.
¿Significado? No sé a qué se refiere concretamente, ni siquiera yo lo sé, pero conozco la sensación que me imprime en la hoja blanca de mi corazón. Melancolía. Las tejas que veo desde la ventana de una casa vieja me llevan por los recuerdos de una infancia en el pueblo, arbórea y tranquila. Pero también me dicen que no volverá esa niñez. Yo tomo consciencia de ello y se lo digo a la propia teja. Pero decidí escribir un poema. Unas palabras que transmitan a quien las lea la misma sensación de juventud irreversible que yo sentí en aquel momento. Así sucede que muchas veces un poema carece de un sentido concreto, al menos ciertos poemas, y únicamente buscan una musicalidad concreta o idea fugaz que irradie un sentimiento lírico.
No hace mucho:
Playas espectaculares por las que vuela
gratis la alegría de un café,
por la ventana aromática parada
mas allá de la indecencia hasta poniente.
¿Qué quiere decir? Ni yo mismo podría describirlo de otra manera diferente a la utilizada en los versos. ¿Qué sentimiento transmite? Puede que no a todos nos haga sentir igual escuchar en según qué momentos las mismas palabras. Playas, vuela, alegría, aromática, poniente, todas llevan tranquilidad, armonía y paz. Pero también hay pequeñas dosis de realidad: café, ventana, indecencia. Por eso en la poesía, creo yo, la elección de cada palabra es algo totalmente crucial ya que cada sustantivo o verbo evoca algo más al lector que una simple cosa o acción.
Demostrada queda ya la sinestesia, que es la capacidad que tiene nuestro cerebro de ?iluminar? colores, letras, sensaciones y recuerdos con solo visualizar un número, una palabra. Relacionar instantáneamente y de igual modo números, letras, colores, notas musicales, etc. Los sinestésicos son capaces incluso de percibir palabras como ?plátano? escrita en color amarillo (o del color con que la asocie).
Dadas las increíbles y maravillosas asociaciones que nuestro cerebro puede llegar a crear de manera totalmente ajena a nuestra mente consciente, una poesía con las palabras adecuadas puede tener una extensión ridícula y comunicar una sensación mucho más profunda que páginas enteras.
Un ejemplo de esto son los Haikus:
Veo desde aquí
el árbol verde pino
y mi soledad.
Como una espontánea oración inducida por una musa invisible, estos poemas te dicen a la cara cuatro cosas que de haber estado escritas en medio de una prosa no llamarían tu atención. Como por ejemplo lo lejos que estaba en aquel momento del universal color de la esperanza y de la cruda soledad.
Sigo abogando entonces por una lectura poética sensitiva en lugar de comprensiva. Lo importante, al menos en mis poemas o es lo que pretendo, es que el lector cierre la página sintiendo algo, recordando, recapacitando sobre lo que le importa y no sobre lo que el autor trataba de, rebuscadamente, comunicar.
Para esto me valgo de una herramienta perfecta. El idioma. Desde pequeños todos asociamos a las palabras muchos recuerdos o sensaciones, momentos que hacemos nuestros y nos lo evoca una frase o unos versos. Y hasta para eso somos generacionalmente iguales. Quiero decir, por ejemplo, que cuando alguien nos recita un refrán o dicho, éste suele movernos a la primera persona de la que lo escuchaste, o al menos a la que más oíste, que suele ser una abuela, madre, padre,? entorno familiar (el mítico ?ya lo decía mi padre?). Un dicho o refrán, por norma, nos hace tomar un cierto aire familiar. En algunos casos un refrán nos indicaría sabiduría ya que, por otra norma, éstos siempre son utilizados en los momentos donde cobran verdad.
Con la similitud gráfica o vocal de unas palabras podemos también referirnos a otras, por ejemplo transmitir colores mediante palabras que lleven su letra o métrica.
Ojos vedados
de color verte,
que no pueden parpadear
por el magro
manto azuzado
de la enfermera Rosa.
No requiero mirar
para poder amar, y yo
suturo heridas de pus,
violadas por un bisturí
maestro que olvida tu cara.
Unas estrofas construidas sin colocar ningún nombre de color pero que nos evocan una buena gama de ellos. El color verte (verde), el manto azuzado (azulado) o las violadas (violetas). Pero también, de manera más turbia introduzco el color amarillo: para poder [amar, y yo].
Este burdo ejemplo se hace extensible por supuesto a cualquier sensación, palabra o percepción que deseemos colocar en la mente del lector de una manera indirecta y no expresa. Estaríamos hablando, si se quiere, de una poesía subliminal.
Por todo esto la poesía es para mí como un fluir de concepciones, un torrente precipitado y vorazmente deseoso de expresión que se debe encauzar por la vía del idioma no sólo escrito o hablado, sino por el idioma común de las personas: las sensaciones. Al igual que existen símbolos gráficos que nos infunden temor, alegría, paz, etc. (como un pentáculo, el sonriente acid o una simple paloma blanca) también el idioma tiene sus palabras o expresiones que producen algo más de lo que aparentan ser.
Madrugaste, pero Dios no te ayudó.
Camina o revienta, paso a paso,
porque tu brida se va. Se suelta
en tugurios de mala suerte,
modificas la constante de viento
con un fumador entumecido
que repite:
- Rompe las hormas, zapato precoz.
Y te fugaste, pero todo cambió.
Apilar la madeja nunca fue lo tuyo,
te quedaste como heces fatales
bajo el manto de estelas
del coche que te mató.
La ruptura de los enlaces automáticos que puede realizar el cerebro atraen la atención ya que la palabra que le sigue no es la supuesta. Un fumador es empedernido y no entumecido, se rompen las formas o las heces son fecales. Pero eso ya se da por hecho. De este modo cuando digo tugurios de mala suerte cualquiera puede percibir que el tugurio era de ?mala muerte? (por la similitud escrita del sustantivo y su habitual uso combinado), pero se huele, se percibe o se siente un componente de mala suerte o fracaso adicional. Bajo el manto de estelas es otro ejemplo: el cielo nocturno (en este caso lo que se tiene encima de la cabeza) es un manto de estrellas. Una estela es casi (fonéticamente) una estrella, así que la sustituimos y conseguimos un manto de estrellas que dejan una estela, produciéndole al lector la sensación de ver algo más de lo que realmente está escrito.
Esa es la clave final. Convertir la lectura de cuatro frases en una experiencia reveladora que nos diga, de manera implícita y subliminal pero que percibimos de manera casi consciente, que existe algo más allá de lo que miramos. Y podemos sentirlo. Eso es poesía, poesía eres tú.