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RUMBO A DONDE NADIE SABE

...Uno es más auténtico cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí mismo...


A los hombres que amé

Hubo un día en que me creí a salvo, en que me creí protegido. Los niños cuando crecen sufren, van experimentando el sinsentido que tiene la vida, no saben poner palabras al miedo, al sufrimiento, al temor de la responsabilidad, de su responsabilidad. En ocasiones me sorprendo echando de menos a hombres que amé, a los hombres que amé, pero sigo adelante porque empiezo a ser consciente de que no los extraño a ellos, extraño la esperanza, la sensación de felicidad inmensa, de plenitud tras hacer el amor con cada uno de ellos. Extraño su cuello, mis manos rozando cada uno de los rincones de su cuerpo, de sus esquinas, de sus caderas, de las mías golpeadas por partes del cuerpo que prefiero no citar. Y hoy soy feliz, soy feliz por seguir teniendo esperanza, por conservar toda la magia que perdí en búsquedas irreales de amores que creían iban a solucionar mi vida. Ese fue mi error, depositar en ellos las manos para desliar mis nudos, para ordenar sentimientos y emociones perdidas por todo mi ser. Yo puse las palabras que me dieron la fuerza para continuar, para continuar.

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2011-2012

Mi vida fue un barco sin rumbo, fueron nervios y angustia desde que consigo recordar lo que fui. Porque fui. Porque todos tenemos ese pasado que marca, en parte y sólo en parte, ese rumbo. Cuando os escribí por última vez en ese 2011 de heridas, aciertos y errores, lágrimas y sufrimiento, tampoco sabía cual sería mi rumbo. Como no lo sé hoy.


Sólo sé que han sido tres meses, tres meses en los que me fui, en los que me fui de un trabajo que me hacía infeliz y partía rumbo a nuevas metas. A esas que marcan mi rumbo en este 2012, No sé lo que quiero, no sé lo que me gusta, sólo sé que me muevo por emociones que cada día están más controladas y descontroladas aquellas que no se pueden controlar, aquellas que tienen que seguir haciéndome persona, haciéndome sonreir, haciéndome vivir ilusiones. Ahora soy más fuerte, un resiliente con rodillas grietas, labios desgastados y deseos de estar tranquilo.


Hoy lo estoy. Creo que lo estoy, pero ayer, cuando sonó la última campanada y la gente se besaba lloré, y lloré porque nadie sabe, ni siquiera vosotros, cuánto sufrí en este año que ayer acabó. No sé cuando volveré, no sé donde llegaré, no sé que me encontraré, y aunque sí me importa, sé que saldré adelante.

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Pasará

Como ideas pasadas, como lagrimas pasadas, como el sueño pasado. Como todos y cada uno de los nosotros pasados. Hay días que te ves en ese tú anterior y suspiras, sin saber si es de alivio o de ansiedad.


Hoy veo lo que fui y lo que soy. Hoy entiendo porque lo fuí. Porque quise volar y crecer, y sigue doliendo. Crecí pero diferente a como había soñado. Y eso es lo que duele, que las ramas se bifurcan de izquierda a derecha. Idealizar tu yo más social. Idealizar tu yo más íntimo, idealizar tu yo acompañado de un muchacho con barba de tres días que te llama desde el baño donde te hace el amor. En aquel baño soñado, idealizado. Entre aquellas baldosas azules oscuras donde se pierden los brazos que se erizan por el cambio de temperatura. Pero que se apoyan más fuerte para sentir dentro la rebelión de ese tú soñado.


Él existió, eso me repito a diario mientras camino solo. Mientras miro a mi alrededor y veo miradas perdidas. Mientras descubro que sin saber cómo me convertí en uno más de ellos. De esa multitud que caminan por los andenes de Atocha corriendo para ir a trabajar. Pero cuando subo escaleras mecánicas, cuestiono esa certeza. No existió, claro que no existió. "Sólo fue uno más". Uno más de los hombres a los que amé. Aunque últimamente recuerde más de la cuenta esa protección y cariño que se esfumó. Quizá acuda más a mi mente por esa apatía generalizada de otoño que ronda por cada una de mis esquinas. De mis huesos y esfínteres, de mi soledad. De la soledad que acuno en solitario. Sigo a la deriva, que deriva de aquellos pasos firmes que no logro a dar.Me encantaría despertar y tener la vida soñada, la idealizada. Aquella en la que soy un varón seguro de sí mismo, guapo, con pareja estable y un trabajo que le apasiona, y no despertar y observar cómo estas ojeras, que se enmarcan en mis pómulos, me conducen hasta la pantalla de un teléfono y un ordenador desde donde la vida no pasa. En fin, antes de dormir escucharé a Rosana susurrándome "Si hoy te cuesta despegar, podrás volar mañana... Vas a ver, volverá a amanecer"....

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Celebrando mi madurez

Y en este día de aniversario de algo que ya se perdió, recuerdo donde estaba yo hace cinco años. Dónde, cómo, con quién y con quién no, y recuerdo las calles de mi Madrid. Puedo ver cada rincón y puedo verlo hoy también. Eso ya es una suerte. Hay que celebrar la madurez, hay que celebrar que nos hicimos mayores, que somos más adultos, que nuestra vida ha seguido viviéndose, que sólo paré lo justo, lo justo y necesario para verme hoy aquí, aquí y ahora, pensando en el aquí y ahora. Y el aquí y ahora soy yo. Un yo soltero, un yo que se cuestiona, un yo que sufrió una metamorfosis tardía, como aquella cantante que admiré mientras me hacía mayor.


Quise entregarte mi vida porque no era capaz de conducirla yo. Porque no me atrevía a agarrar el timón y ponerlo rumbo a ese Mediterráneo que me atrapa. No supe porque no sabía, porque no entendía todo el malestar, todo el miedo, toda esa mierda que enmarañaba mi vida. La antigua vida mía. La vida del miedo, del absurdo, de los complejos. La vida que me mataba a diario, que me hacía ser alguien enganchado a la pena, y a la vez, enganchado a una ilusión de salir de eso. Me pregunto que será de cada uno de los amantes que no me amaron, me lo pregunto, y siempre llego a un joven, moreno, de ojos marrones que supo entender su vida antes que yo. Que lástima no sentarme a mirarte durante tres días. Que lástima no hablarte, no hablarnos. Tengo en mi cuenta de correo un mail que me juré no enviarle. Hay que respetar los espacios y aquel agosto se decidió. Y aquel septiembre lleno de lagrimas, lleno de desaliento, de desarme. Cómo le entiendo ahora. Cómo llego a entender el porqué de cada respuesta suya. Cómo hoy, cuando algo me lleva al pasado, recuerdo aquel punto de partida. Un amigo me dijo hace poco "Le quisiste mucho", y sí. Le quise tanto que jamás supe entender nada, ni siquiera el porqué de mi amor. Ni siquiera si eso era amor. Aquel enganche emocional tenía una explicación, y lo positivo es que ya lo comprendí. Madrid sigue siendo esa ciudad viva que tanto quiero, aunque ahora esté buscando salir de ella por un tiempo. Pero la vida pasa, y la ansiedad también.

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Remitente sin remite.

Ya no hablo de ti, ya no miento por dentro, ya no me digo "vete a buscarlo" tres veces al día. Ya miro a los ojos de un hombre, desde su cama, y no extraño tu mirada. Tu tierna mirada, tus ojos marrones, ojos junto a los cuales quería ver el mundo. Ahora muestro mi cadera y entrego mi alma sin sentir que te esté engañando. Ya no me juzgo. Ahora me planteo amanecer con otros hombres. Ahora sí. Ahora mi colchón, que lleva sin sentir tu olor mucho tiempo ya no me grita tu nombre, ahora puedo soportar la vida sin apreciar el olor que dejábamos en mi habitación cuando hacíamos el amor, sin embargo aún me cuesta cocinar en esa cocina donde me desgarraste el alma y otra parte del cuerpo. Aún me cuesta entrar en el baño y ver la toalla que compré de tu color favorito cuando te invité a pasar la vida junto a mí. Hubiese sido tuyo toda la vida. Hubiese acompañado tus ganas de vivir. Hubiese cantado por el mundo sin miedo a desafinar. Pero marchaste. Dijiste adiós. Y aunque todo es fruto de pequeños desatinos, supe que al verlos por segunda vez nada sería igual. Hoy vivo sin pensarte. Hoy me siento seguro de lo que soy, de lo que seré. Hoy no te extraño, hoy sé que se acabó. Quédate con tu escenario, con esa Iglesia Católica que no te representa y sigue predicando una palabra de Dios infectada de hipocresia. Quédate con todos los prejuicios que te inyectaron unos padres que quizá no supieron cuidarte más. Quédate en tu sitio, en tu lugar, allí, aquí, donde sea, pero sin mirarme con los ojos de deseo, con aquellos ojos por los que quise morir mientras te besaba en Malasaña, en ese barrio libre donde quizá algún día pueda recordarte sin lástima. Crece.

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Nunca es triste la verdad...

Mejorando lo que fui. Adaptando todos esos cambios narrados durante un tiempo vagando por el absurdo. Por la soledad y la tristeza. Por la oscuridad del miedo. De ese miedo desgarrador que se clavó en mí, que se quedó en mí a modo de sentimiento perenne. Y apago la luz. Apago la luz de la habitación para estar más íntimo, para estar yo conmigo mismo. Aunque nuevamente me sienta dependiente de alguien que no llegó a tener ni cabida en mi vida. No entender. No entenderme.


Hay días en los que uno se sorprende a sí mismo, y en los que uno se ataca a sí mismo. Necesito sacar un poquito más de fuerza para agarrar lo que quiero, para defenderme de este mundo roto y hostil, para saber que estoy aquí y que lo único que importa soy yo. Sólo yo. Y respetarme, y quererme, y mirarme al espejo y aceptar lo que se ve tras él. Esa es la verdad, aunque a veces sí sea triste, no como dice el Gran Serrat, al que suscribo cuando concluye, "lo que no tiene es remedio".


Y tengo ganas de que llegue el próximo miércoles y hablar. Hablar sobre este verano donde mi autoestima marchó dejándome solo ese gran torrente de autodestrucción que tengo. Porque uno ya decidió tomar riendas en ésto de los malestares y enfrentarse a todo. Con miedo. Con mucho miedo. Pero con la certeza de que cuando uno se enfrenta al sufrimiento, llega a obtener la calma, la tranquilidad. Y yo estoy preparado para ese largo periodo sin rumbo... O con el rumbo más claro que nunca.


 

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"Nada es infinito"

Marcharon, rieron, despertaron y lloraron. Y así, desde que el mundo es mi mundo, todo permanece girando, cambiando a cada instante, modificándose, germinándose capítulos de una vida, o de una era... Y es que cuando creemos que todo seguirá por tiempo, la vida, como la canción, nos demuestra que "Nada es Infinito", ni la tristeza, ni la apatía, ni tan siquiera las euforias que decrecen como lo hacen las olas de ese Mediterráneo que me recuerda a él. A ellos. A tantos y tantos corresponsables de una historia que sigue sin encontrar rumbo, una historia que será contada por las personas que más me quieren, que me rodean.


Hoy me reconocieron en la calle. Me pararon y, aunque muchos de vosotros areneros no lo sabéis, hubo un día en que tuve mi minuto de gloria. Vendí mi intimidad a cambio de dinero, de un dinero que me permitiese viajar rumbo a lo que siempre quise crear de mí. De ahí, que éste blog tenga el subtitulo de "Uno es más auténtico, cuánto más se parece a lo que ha soñado de sí mismo". Y me hizo reflexionar. Uno es exclavo de sus actos, aún cuando han pasado cinco años desde que decidí pasar por aquella experiencia, sin apenas repercursión social. Un arma de doble filo.


Pero en definitiva, "nada es infinito", y todo, a su vez, es cíclico. Acción, reacción, repercusión, y en lugar de un gritito flamenco de una corista de Macaco, allá encontrareis mi rostro serio, parado, quieto, cansado de sufrir, cansado de esperar, y con ganas de seguir caminando. Hace meses me fuí, como Amelie, para volver de nuevo. O como Bebe, para buscar dentro de sí y conseguir entender que la vida es como una montaña rusa. Ruleta rusa para algunos que sufren más que yo, y más que todos los nocturnos que nos encontramos en esta noche de julio. Pero digo que es cíclica porque de nuevo siento que retomo con fuerzas las riendas de lo que es rumbo a donde nadie sabe. Las retomo para saberme naúfrago de mí, pero en búsqueda de un horizonte claro, la estabilidad. Quiero no caer tanto que me cueste levantarme por las mañanas, y quiero saber, día a día, que estoy caminando por mí. Sólo solo. Sólo por mí.


Han sido meses largos, meses cansados, meses en los que la ansiedad golpeó fuerte cada uno de los pilares de éste, mi hogar. De éste, mi mirar. Ah, no, no podéis ver mi mirada. Pero llegó a estar seca. Llegó a sufrir nuevamente un abandono emocional del que hoy estoy más recuperado. Conseguí observar todos los desgarros del alma que llevo arrastrando, y aunque sé, que tengo que coser cada una de las heridas, iré haciendolo. Una a una. Quemando las agujas para evitar infecciones. Agarrando con fuerza el hilo y cada una de las partes ensangrentadas de una historia de vida que es contada con la cabeza bien alta. Así, estando orgulloso de cada paso que di en soledad, que di acompañado, y que daré desde mañana. Porque "Nada es infinito".

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Amelie brilla

Tan lejos y tan cerca. Y sonreir. Esa frase se repetía constantemente en una relación virtual que se convirtió en puntal clave de mi equilibrio y desequilibrio emocional. Madrid-Barcelona en un día, pero hoy Madrid-Huelva. Hoy es esa la distancia, aunque en realidad sólo me separen dos palmos para poder estar allí. Hoy Huelva está dentro de mí, porque mi amiga está allí. Hoy Huelva, y su luz, es más hermosa porque allí está Amelie, una chica de gomas en el pelo, orquillas de color y carcajada libre es más hermosa. Y más libre debía de ser porque todos a su alrededor la queremos cómo es. Y yo, además, la admiro y la respeto. "Ella, como os diría, era mi luz y mi razón"...


Amelie es una chica humilde que trata de cuidar el mundo, que trata de enseñar al mundo la mejor forma de sonreir. Aunque ella, durante un tiempo lo olvidase. Pero como chica inteligente, estoy seguro de que brillará, de que sonreirá, y de que seguirá cosiendo los retales de un mundo que sigue en plena fractura. Pero, ¿qué digo?, nunca dejó de brillar por mucho que ella se sintiera también rumbo a donde nadie sabe. Brilla como sólo las artistas lo hacen, gritándote al oido si le gusta mucho la canción que suena, susurrándote mientras te coge la mano tras sufrir la perdida de alguien, y abrazándote. Cómo hoy me gustaría hacer a mí.


Sin duda es mágica. Y sin duda, hoy querría que escuchara mi voz entonándola, "no hago otra cosa que pensar en ti, por alagarte y para que se sepa, tomé papel y lápiz y esparcí, los restos de mi amor, por Villaverde".


Te quiere.


Víctor.

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