Cuando le preguntaron aquella vez qué sitio prefería para sentarse lo tuvo claro: encerrada. Enclaustada en algún lugar más bien diminuto para renegar de las miradas ávidas que todo querían escudriñar. Eligió un espacio artificialmente creado mediante la separación de una pared y el mueble que contenía los aparatos de vídeo, y dispuso allí su cuerpo arqueado mezcla de piernas y brazos recogidas en su mínima expresión.
Así se sentía segura, notando como su espalda y sus pies chocaban contra una superficie sólida. Protegida.
Cuando viajaba en autobús realizaba la misma secuencia de elecciones: asiento junto a la ventana, última fila a la derecha. No le importaban los tejemanejes que tenía que llevar a cabo para conseguir salir a tiempo en su parada, sorteando viajeros que adoptaban posturas extrañas con el fin de dejarle paso. En aquel ínfimo rincón ella se fundía con la música, con su aliento, con sus pesadas pertenencias. Sentía que no existía hueco en el mundo por el que pudiera escapársele la vida.
Al descubrir aquel cuaderno esperándola en el estante, también lo tuvo claro. Esas interesantes formas periodísticas en las que la tapa era levantada hacia arriba y doblada hacia atrás le producían vértigo. Las hojas se balanceaban entre unos márgenes difusos por los que las letras acabarían escapándose. No, necesitaba aquel cuaderno con forma de libro, de hojas bien prensadas, resguardadas, con el nexo de unión que no dejaba escapar nada.
Su cuerpo y aquel cuaderno eran en esencia la misma cosa: herramientas carcelarias.
Vivir en el país de las ausencias. Ciudad anodina. Cuerpo difuso, desdibujado, desarraígado. Palabras como notas musicales desacompasadas.
El llanto se genera en las papilas gustativas. Sientes como se avecina cuando la boca sabe a sal. En ocasiones, la lágrima se precipita a través del lacrimal y desciende surcando un camino prefijado en la mejilla. Otras veces, las más, invaginan en torno a la garganta alojándose (gota a gota) sobre el pecho y el interior del tronco. Pulmones encharcados.
Entonces puedes llorar en cualquier lugar. Viajando en autobús, estando en clase, comprando en el supermercado, caminando por la calle, hablando de los cambios climáticos en el ascensor, en el cine, en un restaurante, en un concierto, con amigos, con desconocidos, en una cola, en un parque, en la cama, en el país de las ausencias.
Pensamiento organizado. Esquemas mentales diseccionados conformando jerarquías de poder. La sangre bombea proporcionando tinta suficiente en la derrota literaria, mientras allá afuera todos pretenden que viven. Pretenden que viven. Ocultan el rastro putrefacto de monotonía cadaveresca con perfumes de diseño. Un olor que da asco. Y el sol rechina los rayos derrumbándose en el asfalto. Las historias nunca son compartidas, aunque se lean a dos voces. El aire nunca está repartido por igual en cuatro pulmones divididos en pares. Estoy cansada de que me roben el aire desestructurado por mis alveolos: devuélveme mi oxígeno.
Pensamiento concreto. Lógica abstracta. Todo dispuesto en estantes clasificados por colores y aromas corporales que invitan al recuerdo. Las imágenes pegadas con fiso en el interior del cráneo no dicen nada. Ya no dicen nada. Las fotografías borrosas ensayan el acto final.
Tenía la total certeza de que esa noche lloverían millones de virutas de purpurina.
Así que, visto lo visto, se encargó de prepararlo todo. Aquel maletín que le hacía sentir que ocultaba pedazos secretos de su fisionomía mental, ese sombrero que le resguardaría de acabar con el cabello en forma de esfera "disco" policromada, el vestido insulso que (precísamente por insulso) le daba aires de desinteresada y portadora de una gran vida interior. Estaba lista, sus pertenencias traidoras y mentirosas estaban dispuestas a representar aquella función nocturna. Una vez más.
Comenzó a caminar despacio intentando impregnarse de la vida que ebullía a su alrededor. El maletín, tieso a causa de la falta de uso, colgaba indefenso de su mano llevando a cabo la ardua tarea de mantenerla en equilibrio. Ella, por su parte, luchaba todo el tiempo contra la inercia de dejarse caer hacia atrás por el peso de sus pensamientos. Mientras llegaba a la meta se encargaba de disfrutar de la melodía que le ofrecía la atareada ciudad, siempre en movimiento. Todo lo contrario a su aletargada figura pretenciosa.
Llegó. Como siempre, los cuerpos iban y venían danzantes compenetrándose inútilmente dentro de un mismo hilo musical. Ella abrió su maletín, sacó las tapas duras y emborronadas, abrió su cuaderno. Estaba en blanco, pero la manera que tenía de acercarlo a su pecho mientras fingía escribir hacía que nadie pudiese notarlo (a no ser que ese alguien se acercara demasiado, como bien dice la palabra, de-ma-si-a-do). Sintió, como venía siendo costumbre, que las ideas se apelmazaban en torno a su cintura y le impedían respirar. Pero nada, no salía nada de aquella mano congelada.
El ajetreo en la estación conseguía evitar que volviera a quedarse sin aliento, pero no era capaz de sacar de sus entrañas el engendro no-nato que llevaba 20 años esperando, no era finalmente capaz de explicarle el proceso mediante el cual todo lo que guardaba dentro de sí se veía proyectado al exterior. Traducido.
Era esa maldición de la que tanto había escuchado, la de la soledad. Si no eres capaz de comunicarte, estarás solo.
Los dedos terminaron transformándose en piernas esbeltas y diminutas que jugaban a dibujar melodías pulsátiles. Era un arte acústico-visual, mano-cuerdas, baile-música armonizando en torno a una imagen que más podría corresponderse con la acostumbrada virtuosidad de un piano.
Pero era una guitarra.
Una guitarra que conseguía abstraer el eco circundante, reduciéndolo a un punto ínfimo por el que sólo se introducían las notas acompasadas al ritmo del vaivén de aquella simbiosis donde los dedos y las cuerdas se mezclaban conformando un ente nuevo. Todo ocurría tan rápido que apenas resultaba factible seguir el movimiento con los ojos.
Pero siempre, en cualquier caso, existen otras maneras de percibir la realidad.
Con el mundo cerrado en los párpados colocó sus palmas sobre aquella madera contra la cual la vibración no cesaba de chocar, en una suerte de batalla de fusión nuclear sonora. Ahora la música fluía también por sus brazos, haciéndolos temblar.
Pánico. A las palabras.
Porque fluyen desconsideradas asustando a las raíces del advenimiento desastroso.
Avecinan consecuencias que de ser serían inocuas si no fuera la carne débil sobre la que posan sus débiles colmillos.
Centelleantes, bruma dispersa, contraída, insulsa, gelatinosa.
Todo lo absorve, lo envuelve delicadamente en azul violeta.
Pulsión, sangre, vientre, desechado cual mentira viperina.
De lengua, de sal, de sienes contraídas, de trémulo fulgor en la mirada desviada.
Y desvío de intenciones, de carreteras sinusoidales, de esferas concéntricas enumeradas como estantes de personas.
A veces pienso que el conocimiento está compuesto de esferas perfectas de diversos materiales y tamaños. Nuestra función es intentar sujetar el mayor número de éstas posible, dejando estar a algunas veteranas y dejando caer a otras en pos de adquirir alguna nueva. Sin embargo, por mucho que quieras abarcar muchas esferas, el tamaño de tus manos es limitante. Podríamos pensar en esa típica escena visual en la que alguien intenta sujetar muchas cosas a la vez y éstas van cayéndose por todos los resquicios para acabar, en la mayoría de ocasiones, dispersas por el suelo. Esferas grandes y pequeñas, de cristal, plástico, cerámica, metal.
Yo me veo así. Intentando sujetar miles de esferas que no caben en mis manos. Y me pongo tan nerviosa al comprobar que se me caen? Se van rodando por la cama, cuesta abajo. Por las escaleras, dando tumbos como un estudiante alcoholizado. Voy caminando y a cada paso cae una esfera y su lágrima adyacente. Las ando perdiendo todo el tiempo, en cualquier parte, se derraman desde el pésimo refuerzo de mis brazos diminutos. Y como bien dicen por ahí: quien mucho abarca poco aprieta. Y mis esferas están colocadas en lugares tan inestables que corren el riesgo de destrozarse continuamente, como si en realidad no fueran más que pequeños veleros de papel navegando en charcos embarrados.
Sin embargo, es absurdo, yo no valdría para fabricar una gran esfera acorazada que sujetar con las manos firmes, llenas, sonrientes. Tendré que andar siempre pendiente del derrumbamiento inesperado, del clín-clín-clín tintineante de mis diminutas canicas en deseo de caer.
El niño que no tenía corazón siempre comía corazones de golosinas para tener un corazón que latiera, aunque fuera hecho de azúcar.
Cada semana acudía a su cita habitual con la viejecita de aquella tienda, y depositaba sus pequeños ahorros sobre el estrecho mostrador. Aunque muchas veces llegara asfixiado porque notaba que las fuerzas se le iban, siempre salía sonriente con su bolsa transparente llena de amarillos y rojos.
Y el triste niño sin corazón ocupaba todo su tiempo en oír el pum-pum. Y con olor a melocotón, sentía que aún seguía vivo.
La niña que siempre estaba sola se hizo amiga de los gatos. Ella sabía que en lo más profundo, en aquella zona desconocida de su ombligo, estaban las respuestas del porqué de su soledad.
Sencillamente, un día sin importancia así lo decidió.
Ahora le echa la culpa a la sociedad.
Ahora sólo ama a sus gatos.
El niño que no tenía corazón sí tenía los labios azucarados. Pero nadie hablaba nunca con él. Era demasiado débil. Demasiado enclenque. Demasiado raro.
El niño que no tenía corazón no se daba cuenta. Pero siempre estaba solo.
La niña que siempre estaba sola y se hizo amiga de los gatos comenzaba a flaquear. Ya no sabía hablar. No hacía más que maullar.
Pero esa niña con tantos amigos no reparó en un detalle. Y en la época del celo volvió a quedarse sola. Sin corazón.
El niño que no tenía corazón ya no podía respirar. Algún rato de más aburrimiento del normal le hizo comer demasiados corazones. Y más allá de producirle taquicardia, le entró la desesperación. Muy pronto moriría, él lo sabía, si no iba a comprarle a la viejecita más corazones de melocotón.
No podía correr. Poco a poco y débilmente se dedicó a contar los pasos que quedaban para su salvación.
La niña que siempre estaba sola salió a pasear con ella misma. Con sus zapatos de cartón recorrió las calles estrechas apartando a su paso todo halo de sociedad. Cuando se cansó de contarse cómo le había ido el día, se sentó en una acera para observar su delicada soledad.
El niño que no tenía corazón se aproximó lo suficiente para comenzar a sonreír. Entró en su hospital particular a comprar unos transplantes. Y cuando por fin salió con suficientes provisiones, lo que vio frente a él le hizo aflojar los dedos lo bastante para que todas sus energías salieran rodando por el suelo.
Él no se percató de la pérdida, porque estaba viviendo una de las mayores taquicardias de su vida. A los pocos segundos acercó la mano a su pecho y notó como si un tambor lo golpeteara por dentro. PUM-PUM.
El niño que no tenía corazón encontró el corazón que siempre había tenido.
La niña que siempre estaba sola miró de soslayo a las golosinas caer. Subió un poco sus ojos oscuros para ver a ese niño más detenidamente. Él estaba sorprendido palpando su camiseta gris. Y ella no lo entendía.
Sin previo aviso, y sin su consentimiento, sus comisuras comenzaron a tirar de ella. Sus dientes asomaron por vez primera.
Presa de ese sentimiento que sobrecoge al que vive algo realmente novedoso, olvidó de repente a sus gatos?