Hoy nada de galas ni eucaristías. Hoy tras la celosía, escondiendo mi desgana, mi desgracia y mis dudas. Cediendo mi porción de felicidad a otros, a los que, tal vez, ni conozco (esto sí que es altruismo...).
Alimentando mi lucha interior entre el querer, el deber y el poder (ya podrían coincidir alguna vez...). Regodeándome en la creencia del sinsentido, de las sinrazones, y la incapacidad para tomar decisiones favorables.
¿El esfuerzo/sacrificio se verá recompensado? La pregunta va en dos direcciones, la personal y la laboral... Yo que siempre he defendido mi libertad de hacer lo que me produzca placer y satisfacción como una buena epicureista...
Con lo bien que estaría yo tomando el sol, sin autolimitarme como una masoquista empedernida...
Es la primera vez que salgo siguiendo a Madrás, mi maestro.
Él no lo sabe, pero tengo vértigo.
Haber alcanzado esta terraza no me ha supuesto gran esfuerzo. Soy joven y ágil. Me siento en plenas facultades. Lo demostré el otro día en el árbol del parque. Pero esto de hoy es otra cosa. No hay ramas a las que agarrarse y la altura es considerable.
Madrás, que tiene fama de pendenciero, salió elegido en la reunión del garaje como mi guía. Yo hubiese preferido a Leo, pero le tocó emparejarse con Barrabás, íntimo amigo mío, casi hermano.
Esta noche ha llovido ligeramente. Algo que no me favorece en absoluto. Pero pienso para mis adentros: "Si él puede, yo he de poder!". "Claro que él no padece vértigo" - añado luego.
De un salto nos plantamos en el alféizar del terrado. En este pueblo pocas casas lucen tejados de teja roja. La pizarra, por supuesto, no quiero ni verla.
Sigo sus pasos con precaución, pisando donde él pisa. Procuro no mirar abajo so pena de que un mareo imprevisto me deje KO y pierda el equilibrio. Atravesamos cinco o seis casas más con el cielo ya despejado y el universo de estrellas floreciente sobre nuestras cabezas.
- ¿Estás bien? - me pregunta sin mirar atrás.
- Sí - me apresuro a responderle, sin mirar a ninguna parte.
Y descendemos elegantemente por una cuesta que yo no conocía.
He de decir que fue la primera y la última vez que caté las alturas. Mi vida hasta ahora ha transcurrido felizmente con mis almohadillas pisando tierra.
Y es que a ver ¿Quién dijo que fuera fácil ser gato?
Todos somos infinitos. Nos movemos en la inmensidad de la nada. Perdidos entre sus cuatro paredes.
Pero yo, desde mi humildad, creo haber tenido suerte. Mis padres me marcaron generosamente los límites necesarios. Y ahora también estás tú.
Tú, que me cubres la espalda, que me defiendes. Que calmas mi corazón y excitas mi mente. Que me avisas de mis excesos y defectos.
Ya no me siento extraviada.
Eres el dios de mis pequeñas cosas, el que me concede y me podría conceder hasta los deseos imposibles… mi punto de referencia para entender mejor el mundo… para entenderme…
Haces que mi vida sea menos absurda. Me haces feliz, el fin de toda existencia.
También yo quisiera ser tu espejo para que, ni siquiera intentándolo, pudiera devorarte el infinito (si acaso el que dibujo a veces en tu torso). No importarían tanto tus preguntas como mis respuestas… que te sirvieran, igualmente, para hacerte feliz…
Y que le den por el saco al amenazante infinito y a sus sobredosis de absoluto, sin tablero ni horizontes…
Tengo 43 años. Quiero seguir recibiendo la vida con los brazos abiertos. Que todo me siga impresionando. Mi meta es sufrir lo menos posible. No busco la perfección, ni ella a mi. Me gustan los perros y los gatos, la lectura, la mitología y un largo etc. Acabaría antes diciendo lo que no me gusta.
Soy un libro por escribir, con el planteamiento hecho, pero sin nudo ni desenlace. Saludos.