Seguí a las dos niñas por un amplio y oscuro vestíbulo. Subimos muchas escaleras, y, por fin, llegamos a una puerta.
- Su habitación, señor -anunció la morena.
- Que duerma bien -dijo la castaña.
Y ambas se volvieron y empezaron a bajar de nuevo escaleras.
Me quedé solo frente a la puerta. No me apetecía entrar de golpe, así que me dediqué a observarla detenidamente.
Era una puerta extraña. Era de madera muy oscura, y tenía unos dibujos muy raros en la superficie.
La empujé un poquito. Estaba abierta.
Dentro sólo había oscurirdad. Y al ambiente estaba cargado de humedad. Y hacía frío. Mucho frío...
Tanteé la pared de al lado de la puerta en busca de mi ansiado interruptor; lo encontré y lo pulsé.
Una bombilla que colgaba del techo de iluminó débilmente.
Pero apenas me dí cuenta del aquel detalle. En cuanto la escasa luz llenó la estancia, abrí los ojos desmesuradamente de asombro.
¿Allí iba a dormir yo?
Y lo peor es que no sabía cuánto tiempo iba a tener que quedarme...
Las paredes eran grises, el suelo, de blancas bladosas (en su día), estaba cubierto por una capa de polvo de varios centímetros, la cama... No quiero recordar aquel camastro lleno de muelles tan horriblemnte incómodo. En un rincón había un lavabo... Bueno, una especie de lavabo, porque no era más que una tubería que salía de una especie de recipiente de plástico... Tenía agua, fría, pero tenía, como pude comprobor más tarde. Al lado del raquítico lavabo había una especie de orinal.
En ése momento decidí que buscaría otro baño por la casa, pues a la fuerza debía de haber alguno mejor.
Dejé mi bolsa de viaje sobre la "cama" y miré a mi alrededor, tratando de no entrar en contacto con nada de allí.
¡Qué sucio estaba todo!
Y no podía quejarme, pues no era un hotel y me estaban acogiendo con toda, o casi toda, su amabilidad.
Me senté con cuidado en la cama, pero no debí haberlo hecho. Era tan vieja y tan, tan... que se dobló por la mitad, con un estridente ruido de muelles volando por todas partes.
Hala... Ya no tenía cama. En ése momento sólo tenía un colchón viejo para dormir.
Me relajé y me paré a pensar en todo lo que me había sucedido desde.. ¡Desde aquella mañana!
Suspiré...
¿Por qué se había ido todo el mundo? ¿Por qué se había ido también Tanaquil? ¿Dónde estuvo hasta tan tarde? Y lo que más me importaba en ése instante... ¿Dónde estaba en ése moemento?
Las intenté seguir con sigilo. Digo "intenté" porque en varias ocasiones creí haber sido descubierto, pero, por suerte, me equivocaba.
Aunque no podía confierme.
Ambas se movían rápidas por el bosque. Me daba la sensación de que lo conocían mejor que nadie. Sorteaban todos los troncos caídos, los aguejros que servían de madrigueras y muchos más obstáculos con los que yo, escritor fracasado e inútil, me tropecé o me choqué.
Ya tenía los brazos y el rostro cubierto de arañazos y magulladuras, cuando ví a lo lejos un claro.
Tanaquil y Yaiana iban hacia allí.
Cuando tuve ante mis ojos lo que había en aquel pequeño espacio sin árboles del bosque, no pude evitar abrir la boca de asombro.
Frente a mí se alzaba una casa, una mansión, un castillo... ¡No sabía que era!
Pero sí sabía que era hermoso. He impresionante.
Pero en el rato que estuve pasmado como un tonto viendo las formidables paredes de aquel lugar, la posadera y su amiga de orejas puntiagudas desparecieron.
No me costó mucho decidir que llamaría a las puertas de aquel lugar y preguntaría dónde estaba, finguiendo ser un viajero extraviedo y perdido.
Y, si Tan y Yaiana habían entrado allí, tendría alguna ocasión de encontrarme con ellas.
Así pues, busqué durante un rato la puerta de entrada y llamé, aunque me sentí un poco estúpido al hacerlo, pues la puerta era por lo menos cien veces más grande que yo.
Ya pensaba en irme (pues no habrían) cuando la puerta se abrió una rendija.
Rápidamente puse mi cara más penosa y más fatigada, y me dirigí a la niña que había abierto.
- Hola... Me llamo Kirolus... Me he perdido, y me preguntaba si podría... Si podrías indicarme el lugar en el que me hallo en un mapa.
La niña, me miró con unos preciosos ojos negro, muy grandes. De pronto, a su lado apareció otra niña. Ambas eran muy parecidas.
La una era morena, y la otra castaña. Una llevaba un vestido negro, y la otra uno blanco.
Igual me quedé mirándolas, completamente atontado, unos segundos.
- Puede pasar, angustiado señor, pero prométanos que todo lo que aquí vea lo guardará bajo llave en alguna habitación de su mente -dijo la morena.
- Sí -corroboró la castaña a su amiga, o hermana, o igual era su prima...
Entonces se hicieron a un lado, cada una a uno, y me dejaron pasar al interior del extraño edificio perdido en el bosque cercano a la Posada del Escritor, ahora abandonada.
Estaba caminando, sumido en mis pensamientos, cuando oí unas voces que salían del bosque. Me quedé quieto y agudicé el oído.
No pude entender nada, pero creí reconocer la voz aterciopelada de Yaiana. Estaba hablando con alguien.
Pensé en entrar y decirle si había visto a Tanaquil, pero en ése caso tendría que contarle que el día anterior les había visto juntas.
Al final, decidí aventurarme en la espesura, pero manteniéndome oculto.
Sí, era Yaiana. Estaba hablando con... ¡Tanaquil! Le había encontrado. Por fin.
No pude oír mucho más, pues ambas empezaron a caminar por el bosque.
Y yo, las seguí.
Al día siguiente desperté con una extraña sensación recorriéndo e todo el cuerpo. Me vestí inquieto y bajé a desayunar.
No había nadie tras el mostrador. la sala estaba vacía.
"¿Dónde estará todo el mundo?", pensaba.
Entré a la cocina (sólo yo podía hacerlo, dada mi amistad con Tanaquil) y encontré a Elly de espaldas a mí mirando por la ventana.
- Elly -llamé- ¿Qué ocurre?
La joven se volvió hacie, y entonces (sólo entonces), pude ver su rostro pálido, sus ojos enrogecidos y algunas lágrimas cayendo por sus mejillas.
- ¡Kirolus! -exclamó al verme- ¡Se han ido todos!
- ¿Qué? ¿Quiénes?
me acerqué a ella y le tranquilicé un poco. Entonces me explicó lo que había pasado.
- Ésta noche, han empezado a bajar todos los huéspedes con sus maletas y sus bolsas. Iban con los abrigos y las chaquetas puestas, y parecía que tuviesen prisa.
"Tanaquil no estaba en ése momento. Yo no la había visto desde su repentina salida por la tarde. Atendí a la gente, que vino al mostrador a pagar. Eran todos. Todos. Todos menos tú se iban.
Ull estaba dormido en su cama, y yo debía estar desde hace rato en mi casa, en el pueblo. Pero no quería dejar la posada sola.
Esperé y esperé. Al fin, oí la puerta de entrada abrirse y ví con alivio que era Tanaquil, que volvía sonriente y feliz. Se sombró al verme y me preguntó que por qué no estaba en mi casa.
Le dije que se habían dio todos. Me olvidé de mencionar que tú seguías en tu habitación. Creo que por eso se fue.
Metió algunas pertenencias en una bolsa y salió, diciendo que por favor no me moviese de aquí. Y ella también se fue."
Al llegar a ése puento de la historia, Elly rompió a llorar. Le consolé lo mejor que pude y luego, mientras ella se abrigaba para volver a su casa, fue a ver a Ull.
Y para sorpresa mía no estaba.
De pronto oí un fuerte portazo.
"Elly se ha ido", me dije, "Y yo estoy más solo que la una".
Entonces hizo lo que ya no me pareció raro, dadas las circunstancias, hice mi maleta y salí de la Posada del Escritor. Antes d eirme definitivamente, dejé una nota para tan, por si volvía, y atranqué la puerta para que no entrasen animales.
Luego, mirando frecuentemente por encima del hombro hacia lo que había sido mi hogar tanto tiempo, emprendí la marcha por el cmaino que iba al pueblo.
Me sentía triste... Triste y solo. Había perdido a Tanaquil. Quizás ya nunca la volvía a ver... su sonrisa, su pelo... Quizás ya nunca le contaría mis historias fracasadas al calor de la lumbre...
Quizás, quizás...
Un día, Tanaquil salió al bosque en el que me encontró. Antes de irse, me dijo que había visto algo moverse entre los árboles.
No le dí importancia, "Ocurrencias de Tanaquil", pensé. Pero cuando me dí cuenta de que ya llevaba dos horas fuera me empecé a preocupar.
¿Qué había encontrado que le entretenía tanto tiempo?
preocupado, salí fuera y miré hacia el bosque. curiosamente, no se movía nada.
De normal, todas las ramas del bosque se mueven, pues siempre sopla por ésa zona un viento terrible... El mismo que me heló los huesos en su día a mí, escritor fracasado.
Entré de nuevo en la posada para decirle a Elly, que en ése momento estaba auhecando los cojines de un sillón, que salía un momento.
Luego, me dispuse a tomar el camino que va de la Posada del Escritor al pueblo. Ése camino pasa todo el rato bordeando el bosque, así que tendría oportunidad de husmear entre los árboles, en un intento de distinguir a Tanaquil.
Mi idea no resultó ser un fracaso, precisamente. Ni si quiera la llegué a probar.
Ví a la posadera sentada en una roca, al lado del camino por el que yo circundaba. Estaba hablando con alguien, pero desde mi posición no podía ver con claridad de quién se trataba.
Avancé un poco, manteniéndome oculto entre algunos arbustos que crecían solitarios.
Tan (así es como yo llamaba a Tanaquil) estaba hablando animademente con una joven de su edad, más o menos, pero que tenía algo de especial...
La desconocida (para mí) tenía el pelo cobrizo, parecido al de Tanaquil, y muy ondulado. Tenía una mirada viva, y unos ojos preciosos.
Llevaba un vestido que parecía una tela con unos cuantos nudos aquí y allá. Tenía diversos arañazos en los brazos, pero aquello no restaba puntos a su belleza. También colgaban de su pelo algunas ramitas rotas, como si acabase de arrastrarse por el suelo del bosque.
Entonces me fijé en el detalle más curioso de su cuerpo: sus orejas eran puntiagudas.
Estuve tan cerca que oí un fragmento de la conversación:
"- ¿De verdad que no quieres subir a la posada a descansar un rato, Yaiana?"
"- No, en serio, no te preocupes. Mi hogar es el bosque. Allí encuentro todo lo que necesito para vivir."
Yaiana, así es como había llamado Tan a la otra joven, tenía una voz dulce, aterciopelada. Hablaba con una sencillez y una soltura increíble, y cuando su sonido se elevaba, los pájaros emitían un gorgojeo de alegría.
No quería meterme en la intimidad de Tanaquil, por lo que salí silenciosamente de mi escondite y eché a andar hacia la posada.
Tanaquil es la posadera. Nunca me ha dicho cuántos años tiene, pero es joven.
Tiene el pelo cobrizo, largo y suelto. Sus ojos son marrones, muy profundos.
Que yo sepa, nunca ha salido de la posada, salvo para ir al pueblo a comprar.
No lleva la Posada del Escritor sola, le ayuda entre semana Elly, una joven que vive en el pueblo con ganas de ganar un poco de dinero.
También tiene contratado al cocinero, pues a Tanaquil no se le da muy bien preparar las comidas. Se llama Ull. Es un extranjero, de las ragiones bárbaras, que llegó hace mucho al valle y le gustó la posada. Le encanta cocinar, y sus recetas son siempre exquisitas.
Él, al igual que Tanaquil, vive en la misma posada.
Conozco desde hace seis años a la posadera. Aún recuerdo con escalofríos aquella noche en que yo, escritor fracasado, bagaba con hambre y frío perdido por un bosque. Lo que yo ignoraba entonces, es que ése bosque pasaba al lado del camino que iba hacia el pueblo, donde podría haberme cobijado.
Me encontró ella, en una de sus observaciones con el catalejo y sus charlas con las nubes. Me vio moverme con lentitud entre los árboles, y bajó a socorrerme rápidamente.
Desde entonces vivo en la posada. Dejé de pagarle a Tanaquil hace unos meses, pues como escritor fracasado que yo soy no tenía ninguna moneda.
A ella no le importa, le gusta que le haga compañía durante todo el año.
Imagino que me quedaré aquí hasta mi muerte, comiendo la deliciosa comida de Ull y contándole algunas de mis historias (también fracasadas) a Tanaquil.
Le encantan.
Al pie de la colina se puede apreciar bastante bien la posada. Es una casa vieja, de tres pisos, grande.
Sus paredes son de piedra y sus suelos de madera. en la fachada se pueden ver cómo algunas plantas crecen entre la piedra, enredándose aquí y allá.
Sobre la puerta de la entrada cuelga un cartel que ha sufrido las consecuencias del tiempo. "La Posada del Escritor", reza.
Subiendo por la ladera de la pequeña montaña, se puede distinguir, cada vez mejor, el jardín que hay al lado de la posada. Es pequeñito, pero muy acogedor.
En él hay un banco, sobre el cual descansa un viejo catalejo dorado.
Quien bien conoce a la dueña de la posada, sabe que hace poco ha estado allí sentada, oteando el horizonte en busca de anomalías.
Al abrir la puerta de entrada se oye un ruido chirriante, debido a los años que hace que no se cambia el gran portón.
Tanaquil sale a recibirme enseguida.
- Sabía que vendrías. Ellas me lo dijeron.
Cuando dice "ellas" se refiere a las nubes, a las nubes con las que ha estado conversando mientras miraba por su catalejo dorado.
Soy Kirolus Slovanur... Escritor fracasado. Tengo muchos años... Creo. Lo único que recuerdo es que de todos ésos años he perdido dos. Pero apenas sé más.
Cuando una mañana desperté dolorido en la Posada del Escritor, sólo podía recordar una cosa: escritor fracasado.
Y Tanaquil me contó cómo y dónde me había encontrado, pero no sabía más.
Fue como volver a nacer estar en su posada. De hecho, la única vida que recuerdo han sido los últimos seis años, en compañía de Tanaquil, Elly, Ull y sus huéspedes.