Calor y monedas
¿Y para qué te sirve poseer las estrellas? El Principito
Retoñarán aladas de savia sin otoño... (Miguel Hernández)
Cuando la voz de los políticos acalla el susurro lejano de las cunetas, la memoria se tambalea en una pasarela sobre la barca de Caronte. Obligados al perdón y condenados al olvido, allí yacen los cuerpos encarcelados en jaulas de huesos y años compitiendo con raíces en un juego opuesto; las unas de vida...los otros de muerte.
Sin más tumba que la tierra, escriben estos tuétanos en las hojas arrancadas de los libros incorpóreos de la Historia.
Pongo en vuestras falanges descarnadas la carne de mis manos; aquí os estrecho espectros con el abrazo que sólo os pueden dar ya las palas.
Habéis muerto para renacer como retoños del tronco seco; aquí os brindamos los cuerpos, la sangre, los latidos que os robaron, mas no hay otro premio que la tumba y el descanso; y sin ellos, ¡qué larga la muerte!
Venid de nuevo, hombres sin bando, a navegar sobre Leteo
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¿Por qué hace uno lo que hace para luego arrepentirse?¿Por qué hacer aquello de lo que no se está seguro?
Entre las dudas y las horas que divagan por las calles de las ciudades en noches de bullicio, el alcohol viene abriendo caminos y acaba por ser tu único amigo. Su hombro siempre está ahí, su consejo mudo y todas las respuestas silenciosas. Y el amigo te abandona al despertar después de patearte, dejar tus huesos sin rigidez, tus músculos lentos y doloridos, el bolsillo vacío y la cabeza llena de orquestas sinfónicas desafinantes rugiendo.
El mejor amigo y el mejor traidor.
Y las preguntas siguen en el aire enrarecido de vapores etílicos, del hedor del vómito en la paciente papelera milagrosa, del humo de tabaco abrazando la ropa desperdigada.
Despertar es un cúmulo de sorpresas desagradables; es el dolor; es la boca seca y amarga. Pero las preguntas siguen estando ahí.
Sólo sé que te quiero, sin saber quién eres ni dónde estás; porque no sé verte, ni encontrarte.
Te quiero.
Donde estés.
Quien seas.
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El mundo está en manos de ineptos, y no me refiero a los políticos; éstos, en su mayoría, ni siquiera son humanos salvo cuando obran mal y no tienen más justificación. Me refiero al día a día y al mundo que se ve alrededor. El sistema nos ha adoctrinado bien y cada nueva generación es un despropósito para el planeta y para la existencia en sí.
El mundo es una cápsula petri ocupada por un cultivo que poco a poco la cubre en toda su extensión. ¿Habéis tenido la curiosidad de ver el mundo a cierta altura con el Google Earth? La imagen es similar en cierto modo. Somos como una plaga de langosta que devora poco a poco el planeta sin mayor preocupación que dar trabajo a un puñado de expertos en paripés cada cierto tiempo, para que nos recuerden que esto no va por buen camino.
El sistema se deborará a sí mismo. La Historia es testigo de que todo tiene su límite.
Hubo un tiempo en que la supervivencia dependía del equilibrio con la Naturaleza y aquellos "cavernícolas" estúpidos subsistían obteniendo recursos que a los sofisticados contemporáneos nos suponen poco menos que magia. En más de un millón de años, la especie no necesitó producir; ahora simplemente "necesitamos".
Y los evolucionados somos nosotros...
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Aquí debió haber algo, un día, no hace mucho; así son las yemas de los árboles cuando la primavera alborota su savia. En su nacimiento, el mismo vigor ahuyenta el miedo y hace olvidar su cuerpo débil; es la misma savia que en su ascenso porta y ventea una esperanza, ¿qué nacer tendría sentido sin ella?
Y así, creciendo, el brote ha de sufrir los primeros envites; es el juego del céfiro arrastrando las nubes para que el sol lo acaricie o portando la lluvia que lo enviste. Esto es todo: ésta es la paradoja.
La juventud, en su búsqueda, tiene mucho de naufragio y otro tanto de Robinsón, pues tropezando se aprende a andar. Luego está el Amor, un juego amargo de utopía y desengaño donde tan pronto se aprende como se olvida. Aquí empezaron los naufragios.
El ideal no es más que la meta inútil hacia la infelicidad; el verdadero ideal es un ave Fénix que renace de sus cenizas, como levantarse al tropezar.
El problema es no saber andar y así caer, es el comienzo de un nuevo tropiezo.
Aquí debió haber algo, en mi pecho vacío; restos quedan en las rocas en el acantilado de las sirenas donde flota su canto. Calipso fue espejismo; ¿dónde está Penélope, mientras se desteje en canosas hebras?
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