Erotical. (escena uno)
una tarde, unos pistachos... y todo acabó.
Pareciera que todo se volvió llamativamente espeso de pronto, el agua parecía retirarse y dejar paso a aquella suave manta de hojas secas que inundaban la charca. El otoño seguía siendo seco y lo que entonces fué una laguna de cierta entidad ahora era visitada con sonrojo por aves de paso desnutridas...
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Fueron, han sido, son demasiados viajes en coche.
Siempre deseando no desperdiciar esos minutos, esas horas en el ir y venir, y poder dar un salto y aprovechar el tiempo allá donde vayas.
Aunque el siempre algunas veces, algunas tardes,algunas noches, algunas madrugadas, algunas amanecidas se difumina, y uno se recrea en el camino, en un incesante fluir de ideas, de suposiciones, de escenas, de situaciones pasadas o por venir.
Recuerdo con dificultad una noche en que se mezclaban las ideas de Paul Auster, los malestares de mi mismo y las personas nuevas que circulaban en mi vida y que sólo con pensar en las remotas posibilidades, estaba dispuesto a saltar de mi trampa llena de jugoso queso, y buscar alimento en cualquier otro sitio.
Esos medios días de viento, de lluvia o de sol agitado, en que toda la vida pasa por delante de tí, y le das mil vueltas, intentas ponerlo todo a tu favor y no lo consigues, intentas ponerlo todo en tu contra y te sale solo.
Esos viajes de media tarde en que el coche se vuelve silencio, y no te sacarían una palabra ni con un sacacorchos...
Pienso, vuelvo a hacerlo, y me acuerdo de un día gris, con un sol tenue, y con el viejo olor a sábanas recien lavadas y tendidas con el pegajoso sabor del jabón de grasa vegetal, animal y sosa caústica. Pienso que aquel día pudo significar tanto en mi vida, que ahora ni puedo asumirlo. Pienso que aquel no fué un viaje más, y que hasta el coche sabía en cada cambio de marchas que en la siguiente curva podríamos tomar la dirección más inesperada, o la menos lógica, o hasta la más razonable, pero nunca sabríamos cual sería la próxima curva, ni el próximo pensamiento.
En aquellos primeros dias de aquella primera semana, los segundos iban con cierta parsimonia amontonandose tras las manecillad del reloj del comedor.
Sus paseos en bici era a un tiempo, alivio para la mente, y preparación física para lo que se avecinaba en el fin de semana. Apenas una semana y ya estaba organizado el viaje hacia la aventura total. Sabía que podía pasar cualquier cosa. Aquellas dos líneas por messenger, no habían significado nada, no decían nada, aquellas fotos espiadas tampoco. Pero una noche el se encontró sonrojado, y notó que algo rondaba su cabeza. Que cierto aire de traición se cernía sobre su cabeza, que los lazos del amor que tanto tiempo tuvo atados por Irene, ahora podían desvanecerse antes de que el se diera cuenta. Después de los meses, ve las fotos de aquel fin de semana, intentando detectar brillo especial en sus ojos, o en los de aquella morena de ojos rizados y pelo profundo, pero no hay más que todo lo que sucedió.
El fin de semana llegó y de nuevo el coche se llenó con el peso de la bici, y los augurios de cambios bruscos en el horizonte. De buenas a primeras la autovia se convirtió en un campo de batalla entre el diablillo malo y el diablillo bueno, en este caso más bien el diablillo asustón. Humillado, pero cobarde. El diablillo malo, sólo pedía ser ese chico malo que nunca pudo ser, y que debería de haber sido en su momento.
Cuando menos te lo esperas el domingo amanece, te preparas, te rodeas hasta de tu familia, y te los llevas como fieles gregarios a la concentración de bicis de montaña, para echarte una mano. El sol da las primeras puntadas, y allí aparece, en una calle cualquiera la niña más payasa del mundo, con sus atenas de hormiga, y un cuerpo redondito, de esos que a mí no deberían gustarme, pero al que no sabía como resistirme. Hice todo lo posible por disimularme a mí mismo que aquello no llegaría más alla de donde yo quisiera, y que seguro que ella no estaba allí delante de mí como puesta por azar para hacer tropezar y levantarme más espabilado.
... " Un buen dia te levantas, y sientes una punzadita justo en mitad del esternón. Un dolorcillo leve, que como un cordel suave de algodón, va creando espirales de desasosiego, desde justo el centro del pecho hasta el costado izquierdo. Sientes el pesadumbroso rumor del fluido sanguíneo haciendo gorgoritos con los globulos rojos. Quieres levantar la mirada, e incluos el brazo hacia el cielo, como buscando cierto alivio de esa presión vital atrapada en tu cuerpo. No es más que el preludio de una encrucijada.Hay veces en que la bifurcación del camino se vé a lo lejos, sobre un montículo pelado y que da la impresión de no llegar nunca, pero aquella mañana de Martes, sabía que la separación de las vias de aquellos trenes estaba más cerca de lo que pensaba, y que al final, en un dia cercano, mi vida giraría. O seguía por la senda más pisada, esa que parece que es la que te toca para toda la vida y que por momentos se hacia pesada y esteril, o por el contrario debería escoger una nueva y azarosa senda hacia lo desconocido."...
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El lunes amaneció rápido, y su caminata hacia el trabajo fué breve, no pensaba mucho, le molestaba que el sol ya casi se hubiera adueñado del cielo, seguía ensimismado en sus augurios, en no saber nada de Irene, aunque presuponia que todo estaba en orden. Que su viaje habría finalizado y que estaría descansando, y que dentro de unas horas sabría porqué no había podido conectar con ella. Quizás ya daría igual cualquier explicación porque las horas habian sido devastadoras, y pesadas como una mochila mal llevaba a las espaldas durante horas, y al quitártela ves como los roces te han marcado la piel, y el dolor sordo comienza a salir cuando te despogas de ella.
Las horas de trabajo no dejaban mucho hueco a pensamientos alegres, intentos continuos por no dejarse llevar por lo negativo, y risas de lata con los compañeros para suavizar lo tenso de sus pensamientos. Fué un alivio salir por la puerta y volver a casa. Aquella tarde por fín consiguío charlar con Irene, via internet, y resolver el enigma de porqué no pudo contactar con ella antes. Todo comprensible, todo normal, todo tan como siempre. En el fondo él se adueño de la casa, y se disponía a tomarse unas vacaciones sin ella, hacer lo que le apeteciera, sin temer una bronca, o algún comentario hostíl. Todavía recordaba la última disputa, y esa mirada rencorosa y ardiente que le dedicó a diez centímetros de su nariz. Aquella mirada con tintes asesinos lo desmoralizó profundamente, porque era el culmén de sus discusiones periódicas. Aquellos ojos habían traspasado su cuerpo como un carbón en llamas y él sabía que algo iba mal, muy mal. Y esa mirada, añadida a unas últimas semanas demasiado tranquilas, demasiado perfectas en que todo iba correcto entre ellos, y había un atisbo de paz en todos sus actos y todos sus encuentros le empezaba a pesar. Nunca había una palabra más alta que otra, nunca una reconciliación, todo eran enfados sordos que se suman a los rencores ocultos.
Él sabía que estos dias eran mucho más que unas vacaciones sin ella, era como una especie de prueba a su relación. Desde dentro surgían gritos que decían "¡Basta!". Gritos que pedían romper la baraja, y solucionar los problemas por los atajos más directos, y dejarse de largas sendas que sólo causaban dolor, exhabruptos, decadencia, epidermis secas, huesos quemados, tés frios, besos helados, caricias obligadas, amores lejanos. El grifo de las lágrimas anudadas, se estaba colocando en estos momentos, y él no quería mirar, por ese odio a la inpuntualidad habitual de los fontaneros.
La noche del Lunes cayó, pero Cleo estaba inquieta en el patio, él dormia a duras penas en una cama demasiado grande, y el viento acercaba más aún el ruido y el olor del horno de la fábrica de ladrillos cercana. El pensaba en la lluvia, en la tierra mojada, y en cómo escapar de sus dias tristes.
Cogió la cuerda de la puerta del garage, cerró con cuidado por dentro, y de inmediato se apresuró a cerrarla con llave. Pensaba que igual de esta manera se le pasarían rápidamente todos los efluvios que su mente fué destilando a lo largo del arduo camino por la autovia.
Dejó su escaso equipaje en la cocina, vió como algo de agua fria le servia para enfriar un poquito su boca, su mente y su corazón algo extraviado. Pensó de nuevo en ella, le intentó llamar por enésima vez, y volvió a toparse con su silencio. Un gran suspiro de desánimo salió por su boca, con el frescor del agua recien tomada. Miró a una esquina y miró el taburete blanco donde ella se sentaba a comer a diario frente a él. Recordó una de sus últimas frases, uno de esas que hieren tanto que se te clavan en la pantorrilla como un trozo de cristal de un vidrio roto a pedradas y te impiden casi hasta andar durante semanas. " Aunque algún dia tú y yo no estemos juntos, tú siempre serás el amor de mi vida, el hombre de mi vida ". Lo decia tan convencida que casi me sentía orgulloso de poder ser en el futuro el hombre de su vida, ya que ahora sentía que no lo era. Él nunca quiso responderle, nunca quiso decirle lo que él pensaria de ella cuando no estuvieran juntos. La verdad es que no lo sabía, pero a diferencia de ella, si creía que existiría un día sin ella, y no quería hipotecar su futuro con una respuesta que luego no pudiera cumplir o que tuviera que romper. Siempre le decía que no sabía lo que pasaría a partir del día que no estuvieran juntos. Él sospechaba que a pesar de poder vivir sin ella, nunca lograría olvidarla, que no sabía ciertamente si existiría alguien a quien quisiera más, ni si dejaría a la persona con quien estuviera si Irene le pidiera volver alguna vez. Incluso le dolía pensar que ella estuviera con otro hombre, y que fuera más feliz que con él. Le dolía imaginarse a su mujer haciendo el amor con otro hombre que no fuera él en el futuro. Pero él , que siempre tenía las maletas hechas, sabía que esa imagen tarde o temprano se haría realidad, y debía ser fuerte y asumir que ella no estaría toda la vida a su lado.
En esos minutos, donde aún le daba vueltas la cabeza por tanto ruido del motor del coche, del viento y de la música tan alta, reflexionaba sobre lo difícil que sería su vida si la perdiera a ella para siempre, si ella muriera y ya no estuviera en este mundo. Eso no lo soportaría nada bien, pero si ella tomaba otro camino, entonces todo sería diferente, al menos sabría que existia una posibilidad de hablar con ella, o de pensar que al menos todo le marcharía mejor que con él.
Y viendo el comedero vacio, comprendió que necesitaba salir de allí y buscar con urgencia a Cleo. Esta alborotada por los niños que la perseguían y perseguían sin parar, ladraba desde la casa vecina, porque sabía que él estaba allí y quería volver a su patio, y darle su bienvenida más expresiva. Cogío las llaves, y abrío la puertecita de atrás, tocó a sus vecinos, y una mancha de pelos se le tiró encima pidiéndole auxilio, perseguida por dos niños juguetones hasta la extenuación. Cleo le recibió con su lengua y unos granitos en los ojos, que semejaban lágrimas anudadas en aquellos dias que habia pasado sola, sin salir a pasear con ellos.
El coche seguía deambulando por aquellos parajes demasiado secos para la época del año. Aún así aquel domingo seguía siendo muy ventoso, nuboso, y él se atrevía a pensar por momentos que tenebroso.
Todo su oscuro interior de miedos y pasiones secuestradas se le mostraba a cada hito kilométrico que iba recorriendo. Cómo un caracol esperando esas gotas de lluvia de primavera, y esos rayos distraidos de una tarde de primavera, él se metía más y más dentro de su caparazón. Ya no existía casi nadie en su mundo que no fuera el mismo, y sus pensamientos que hacian un ruido ensordecedor, y que unido al del motor, le hacían estar como inconsciente, como sordo a todos los gritos de peligro que le salían a su encuentro. Irene, estaba en las nubes, lejos, en mitad de Europa, pensando en Ámérica. Distrayendo su mente en hacer fotos, en ver a sus familiares, supongo que en hablar conmigo inmediatamente, pero aquella inoportuna pérdida de batería de su móvil, había conseguido que él sin darse cuenta hubiera desmoronado todo su mundo, y la zanja para su relación estaba ya cabada a medias, sólo faltaban cuatro paladas por sacar y estas podrían ser extraidas del subsuelo en cualquier momento. Él no terminaba de ser consciente de ello, y de hecho no podía siquera imaginarlo, pero tampoco le resultaría extraño que algo así ocurriera.
Llevaba tiempo en que su mente esperaba la ocasión de "ser malo", como él decía en sus agonizantes malos ratos, aquellos en los que su cabeza se convertía en un hervidero de profecias desgarradoras, de aullidos de dolor por aquella situación inaguantable. " ¡ Tiene que haber alguna solución !! ; ¡ Debe de haber alguna persona que me entienda, que me haga ver las cosas de otro modo!". Se decía una y otra vez, y se imaginaba que parte de sus delirios oníricos de una vida mejor debían de ser una realidad que estaba escondida detrás de alguna puerta sencilla, y que él había obviado a lo largo de su vida sin darse cuenta. Y ahora tenía una ocasión demasiado llamativa, para "ser malo", para llamar a esa puerta y descubrir que había algo detrás de ella, y que él recuperaba parte de su autoestima, de su propia vida, de su propia felicidad. Una felicidad que se le derramaba como al niño que lleva una botella de agua sin tapar y al girarla en un descuido, ésta empieza a perder su líquido, y el niño desesperado quiere ponerle el tapón en tan incomoda situación, sin que el niño piense en darle la vuelta a su estado original , y así evitar el derrame inmediatamente y facilitarle la colocación del tapón.
Hacía unos kilómetros, recordaba a Cris, quizás porque había pasado cerca de ella. Aunque la historia de un semana ya estaba tan lejos, no podía olvidar que aquello significó mucho en su interior, porque dejó desgarros, pensamientos de traición, pensamientos de escapada, de huida hacia adelante. En realidad Cris, fué sólo una excusa para destrozarse aún más, porque en realidad sabía que viviría sin ella, sin recordarla inmensidad de dias, que todo se debía a un comentario sin importancia, y que de lo contrario ni se habría fijado en ella, en cambio Irene seguiría metida en sus músculos muchos dias, inclusive sin estar con ella, él lo sabía, y no quería volver a pasar de nuevo por aquello, pero perdía fuerzas y no sabía como recobrarlas. Era un desgaste lento, pero le parecía a veces, en los días grises, que inexorable.
Le asaltaban aquellos días de trabajo en Madrid, en donde su miedo atroz le hizo evitar aquellas coletitas de colegiala de Arantxa. Arantxa era su compañera de trabajo, y sus grandes ojos, y sus manos de modelo fotográfico, le demolieron los nervios del estómago durante semanas. No podía obviar, que si aquella tarde de fresas y nata, ella le hubiera sugerido lo más mínimo al salir del trabajo, él habría sucumbido. Un "no tengas miedo cielo, esto es mucho más fácil", les habría cambiado la vida a los dos. Ella no lo sabía, ni creo que nunca lo llegó a imaginar, pero aquella frase podría haberle salvado parte de sus posteriores día amargos. Él, con su miedo a cuesta permanentemente, nunca pensó en ello. Arantxa, no llegó mucho más lejos de la tarde de fruta roja y jugosa, que a él lo dejó algon noqueado, y pronto empezá a desvanecerse en las tardes del invierno pesado de un Madrid lluvioso.
Cuando volvió a casa, miró a Irene, y se dió cuenta de que aquellos rasgos lo enamoraron una madrugada, en la que estaba medio dormido, y así siguió durante muchos años, incluso cuando ella lo dejó por su trabajo. Ahora se preguntaba si no fué aquella primera vez en que la dejó marchar, la última vez que realmente amó de corazón, y la última vez en que la miró con la pureza del primer amor. Eran esos días de mudanzas en Madrid, y todo parecía que renacía, todo parecía que brotaba de nuevo con la intensidad de una lluvia que no cesaba.
De aquellos días de Madrid, ya quedaba poco. Sabía que marcharse de Madrid para ir de nuevo a La Mancha, no era del todo buena idea, que aún quedaba más recorrido en aquel pueblecito del norte madrileño. Que la naturaleza que le rodeaba le daba fuerzas, y los amigos recientes le empezaban a llenar de ganas de vivir fuera de su círculo mínimo. Irene, el trabajo, Irene, el trabajo, mal dia con Irene, el trabajo, Irene. Así semana tras semana. Esperando la nueva refriega, y sabiendo que no había posibilidad de reconciliar ánimos, que todo se quedaba como un arañazo más en la espalda, bastante surcada a esas alturas de relación. Y ella de nuevo con sus deseos de moverse, de mudarse. Él se dejó llevar una vez más.
A esas horas del mediodia, se sentía cerca de su casa, de Cleo y su lengua cariñosa, y pensaba una vez más que el fin de semana en Madrid fué aterrador y que planeaba como un buitre sobre sus sentimientos heridos y arañados por un maldito teléfono que no recibía mi llamada de auxilio. Las lágrimas anudadas, ahora colgaban como puños en sus mejillas heridas por tanto golpe seco. Quiso parar, frenar todos aquellos desquiciante juicios de valor de su vida y de la línea discontinua de su amor, pero parecía que a cada nuevo intento por desvestir a todos aquellos monstruos, surgía uno nuevo pidiéndole su traje de fiesta.