Jhay, tenía escrito hace tiempo este cuento, y creo que te viene al pelo, jejeje. Y como el otro cuento todavía no lo he acabado y éste es más corto (aunque puede tener continuación), te le dejo para tí y para Lunita, ¿vale? espero que te guste...
En una casa señorial, muy lejos de la civilización, vivía un majestuoso loro en su palo del salón principal. Se divertía diciendo de vez en cuando palabras que los humanos recompensaban con cacahuetes, o mirando por el gran ventanal que tenía justo delante. Era un loro magnífico, con unas plumas grandes y de todo tipo de colores. Su nombre en idioma de humanos, Pity; en idioma loril, Godofredo II.
Un día como otro cualquiera, Godofredo estaba paseando por su palo en el salón, mirando hacia el gran ventanal, cuando de repente entre los matorrales vio surgir una extraña figura. Esa figura se iba acercando a la puerta de cristal del salón. Y en unos minutos, llegó hasta allí, la abrió y se coló dentro. ¡Era un ogro!
- ¡¡¡¡¡Ogrrrrrrooooo, ogrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrooooooo!!!!! – gritaba Godofredo sin cesar. Pero no había nadie en la casa, con lo cual nadie podía escucharle.
- Tranquilo – dijo el ogro con voz suave – no he venido a hacerte daño. Sólo que hace tiempo que paso por esta casa y siempre te veo aquí dentro, en el mismo sitio, y pensé en liberarte.
- ¿Liberarme? ¿Y por qué querría yo moverme de aquí si puede saberse? Yo soy muy feliz aquí, tengo mi palo, los humanos me dan cacahuetes... ¡soy feliz!
El ogro le miró perplejo. ¿Cómo alguien que estaba encerrado día y noche en el mismo sitio podía pensar eso? ¿Cómo el loro podía creer que era más feliz aquí que fuera, en donde ni siquiera había estado?
- Pero tú no has estado fuera nunca, no puedes saber si te gustaría más eso de ahí afuera que la vida que tienes aquí dentro. No has olido la hierba en el campo, ni las flores, ni has visto pasar las mariposas, ni el sol te ha dado en la cara hasta ponerte moreno. No has estado en el riachuelo que hay más allá de estos campos, y no has conocido a Don Salmón y Doña Lubina, los señores del río, y no has...
- ¡Alto, aaaaaaaltooooo! – gritó el loro exhasperado ante tal charla de virtudes del mundo de ahí afuera. – Tienes razón, no he estado nunca ahí fuera. ¡Pero mi vida aquí es muy cómoda! No me falta de nada...
- Hagamos un trato. Yo te saco de aquí hoy. Si no te gusta lo que ves, te traeré de vuelta antes de que los humanos regresen. Y así sabrás qué es lo que te gusta más, si lo de dentro o lo de fuera.
Godofredo parecía convencido. Estrechó una de sus plumíferas alas de colores y el ogro, entendiendo el gesto, alargó una mano tan grande como el loro y se estrecharon mano y ala.
- Por cierto, me llamo Godofredo, ¿tú cómo te llamas? – dijo el loro
- Timy, aunque he oido a los humanos llamarme Orcano. ¿No crees que es un nombre horrible para alguien como yo?
- No te quejes, a mi me llaman Pity... ¡un nombre ridiculo para alguien de mi alcurnia! Pero he aprendido que los humanos se fían mucho del aspecto exterior, no entiendo por qué.
Así que después de hacer las presentaciones pertinentes, Godofredo se subió al hombro de Timy y salieron juntos afuera.
Godofredo no se podía creer todo lo que vio ese día. Todo era increíble, los olores, los colores, el aire que movía sus preciosas plumas y les daba mil tonalidades diferentes... Cuando estaba en aquel gran salón, no imaginaba que todo esto pudiera existir. Y es que a veces hay que arriesgarse a salir ahí afuera, para comprobar que los cambios no son tan malos como creemos.
Timy y Godofredo vivieron a partir de ese momento mil aventuras todos los días. Como cuando fueron a visitar a Don Salmón y Doña Lubina. O cuando pasaron una temporada con el mono Monil, en una pequeña selva improvisada en las montañas. O aquella vez que tuvieron que rescatar a Peineta, la cebra alocada, que se había perdido en el Pantano Maldito. Godofredo pasaba de vez en cuando por la gran mansión donde vivía antes de que Timy apareciera.
Y nunca nunca nunca se arrepintió de haber salido de allí. Ahora comprendía lo que era realmente ser feliz...
Una ligera brisa entra por las rendijas de la persiana. Una penumbra de humedad y aroma a hierba mojada que empapa las verdes paredes de esta habitación. El espejo me devuelve la imagen de siempre, pero no es la misma. Hay algo que ha cambiado y no consigo comprender el qué...
Cigarras y grillos compiten afuera por el mejor puesto musical, y aquí dentro mis pensamientos no hacen más que gritar tu nombre. Las calles desiertas; no hay sonidos que alteren esta calma que por fin se respira en la ciudad. Los grises se van tornando blancos, e iluminan las sombras que quedaban en mi interior. Porque a tu paso por mi alma, la luz se cuela por rincones que ni yo conocía.
Tienes la virtud de enseñarme lo que ya pensaba aprendido desde hace tiempo, devolverme una felicidad que creí perdida para siempre hace demasiado como para tan siquiera recordarla. Haces que intente ser mejor persona. Y que a cada instante una parte de tí se cuele en mi mente para recordarme que algo así, sí que existe.
Una farola parpadea al son de una balada machacada por el tocadiscos de alguna casa vecina. ¿Qué es lo que ha cambiado en esta imagen que por fin consigo ver con nitidez? Creo que lo supe desde el primer instante en que noté tu presencia cerca de mí. Pero no me atrevo a decirlo. Puede que si lo digo en alto, el hechizo se rompa y te desvanezcas. Y es un riesgo que no puedo correr. Porque a veces un golpe de suerte, o ese destino que actúa en la sombra, nos recompensa de tal forma que hasta nos parece excesivo. Porque en una fracción de segundo hiciste que olvidara aquel pasado sin sentido. Algo ha cambiado, es cierto. Algo ha cambiado...
Ayer me tocó sesión de cine. Nada, lo justo para pasar esos domingos tan tediosos que no soy capaz de rellenar con nada útil aunque lo intente. Que no estoy yo motivada los domingos! Para ir haciendo boca volvi a ver Mucho ruido y pocas nueces (no pude evitarlo, estaba entre ésa y Desayuno con diamantes, mis típicas películas de domingo). Y después recordé que hacía unos días había descargado una película de un guapísimo Robert Redford y una ingeniosa Jane Fonda. "Descalzos por el parque", de 1967.
La típica pareja recién casada. Cientos de ilusiones. Miles de inconvenientes, esos inconvenientes del principio de una nueva etapa, pero los cuales se ven desde otra óptica. Me encantan este tipo de películas, tienen un humor maravilloso. Me encanta ese color apagado, casi ocre, de las películas de hace unos años. Es como si te envolvieran y te vieras yendo a cenar con Victor Velasco a un restaurante pakistaní, y acabaras bailando con ellos aquella danza extravagante hasta altas horas de la madrugada.
Creeemos que necesitamos a una persona que sea exactamente igual a nosotros para ser felices. Y nos desilusionamos al mínimo atisbo de diferencia. Pensamos que ya nada tiene sentido, descartamos y seguimos buscando. Pero creo que se nos olvida que necesitamos las diferencias para crecer como personas. Necesitamos a alguien al lado que nos recuerde que no somos perfectos, que se puede mejorar, que hay dificultades que es mejor superar juntos. Que por mucho que te empeñes en pensar que andar por el parque descalzo es divertido y audaz, hay quien te recordará que eso puede ser temerario e irresponsable. Queremos vivir una vida llena de emociones, y a veces se nos olvida el lado negativo de todo eso. Porque a veces para alcanzar la felicidad hay que subir cinco tramos de escalera, más el de la puerta principal. Y no siempre el vecino de arriba, el aventurero barba azul, es lo que parece, aunque queramos dejarnos arrastrar hasta su mundo. Esperemos no tener que vernos subidos a una cornisa para darnos cuenta de que lo que nos hace felices lo tenemos justo ahí al lado...
Voy a rescatar un poema que os dejé allá por el 2007 (ha llovido un poquillo, eh??) porque últimamente no dejo de darle vueltas, me ha venido de nuevo a la mente y no sé exactamente por qué. Hace tiempo que no escribo poesía, de hecho este poema lo escribí hace tantos años que ni me acuerdo (diez? doce?). La historia del por qué y del cómo escribí este poema es bastante estúpida. Estaba en clase de literatura dando Neruda, "podría escribir los versos más tristes esta noche, escribir por ejemplo, la noche está estrellada y tiritan azules los astros a lo lejos......" (algo así? antes me la sabía de memoria, pero mi memoria es de pez y no soy capaz de retener nada, jaja). El caso, es que estábamos con el famoso poema veinte, y yo hojeando el libro de texto, vi de repente una foto del Machu Pichu. Y me quedé mirándolo unos segundos antes de coger el boli y un papel. "Las grandes colinas elevadas..." y empecé a pensar en lo más simple de aquella civilización, no me comí mucho la cabeza, jejeje "órbitas infinitas de los dioses..." y a partir de ahí... de hecho, titulé el poema como "mi delirio", casi irónicamente...
Las grandes colinas elevadas
órbitas infinitas de los dioses,
son desesperado de alianza,
pero sin tí todo está en desorden.
Furia interna, sol de otoño,
azul del cielo, oscuro cobre
brisa densa que nos envuelve
pero sin tí, todo está en desorden.
Dulces sombras nos acogen
lánguidas en la fría noche,
otoño que no acaba, invierno que no llega,
sin tí, todo está en desorden.
Sueños extraños y complejos
renacen y surgen como acordes,
pálidos mensajes desde dentro
y sin tí, todo está en desorden.
Enormes ojos claros inundan mi mirada
y mis pesares se vuelven mayores,
desapareces de mí y todo cae en desgracia,
porque sin tí, el mundo entero está en desorden.
Por cierto, que me he dado cuenta que en el cambio de lda, las poesías las han cambiado en formato texto, ahi todo enrebujado! qué feas han quedado, tengo que ponerlas como debe ser, a ver si saco un rato y las coloco en versos de nuevo, que da muy mala impresión un poema sin forma de versos...
En el aeropuerto de Barcelona me encontré con una de esas casualidades de la vida. Hacía tiempo que quería leer este libro, pero cuando iba a comprarlo no lo tenían, o cuando lo veía en alguna libreria, no tenía tiempo de entrar a comprarlo. Así que cuando entré y vi en el puesto de libros, una estantería entera de Zweig, me acerqué instintivamente a buscar este libro. Y allí estaba, así que tuve que llevármelo. Mientras esperaba al avión, que venía con retraso (ya me diréis qué retraso puede tener un León-Barcelona, pero bueno...) me leí enterito el libro. He de decir que era muy corto, pero un relato encantador.
Mendel, el de los libros, un anciano encorvado, cliente desde hacía más de treinta años del café Gluck; un hombre extraño y excéntrico, que podía recordar exactamente cada libro, cada precio, cada lugar en el que encontrarlo, por temáticas, páginas o ediciones. Una mente increíble de las que ya no quedaban. Una época extraña y cruel en la que está ambientada. Un final injusto y muy real...
Somos demasiado fugaces, y el ser humano es una estela excesivamente infinita para seguir recordando a quien se va, aunque haya sido una persona grandiosa, con un prodigio de intelecto y de bondad. Pero a veces alguien tiene la gran suerte de ser recordado por un par de personas, cada una a su manera. Habrá quien le recuerde por su capacidad mental, otros le recordarán por su buen hacer. Y cada uno, de distinta forma, traerá al presente recuerdos pasados de gente que ya por evolución no puede quedar en este mundo. Los excentricismos intelectuales no están valorados como debieran, y les dejamos a un margen, hasta que caen por el peso de esta devastadora humanidad.
Ese grandisimo Keneth Branagh, y esa fantástica Emma Thomson. Benedicto y Beatriz, mis favoritos. ¿Habría que dar de vez en cuando un empujón al amor? ¿Es cierto que te puedes embriagar de ironía y llegar a enamorarte?
En contraposición, un drama, Hero y Claudio. Intrigas entre hermanos, noches de engaños que no son tales, ultrajes públicos, una muerte fingida, pues se muere en vida para resucitar de nuevo más fortalecida.
¿Por qué no le han dado la fama que se merece a esta tremenda comedia? Sí, es pasar de la una de la madrugada y mi mente empieza a actuar en forma de preguntas únicamente. Pero es cierto, mucha gente no sabe ni siquiera que es una obra de teatro, y menos aún de Shakespeare. Por eso, cuando me encontré con que había una película de mi obra de Shakespeare favorita, me sorprendí al ver su reparto y lo fielmente que siguen la obra (bueno, ya se sabe... el teatro en el cine no es perfecto, pero he visto cosas espeluznantes, y ésta se salva con creces).
A veces me pregunto (y de nuevo con las preguntas), qué hubiera pasado si no les hubieran gastado aquella broma a Beatriz y Benedicto. Hubieran estado, lo más probable, toda la vida siendo sarcásticos el uno con el otro. Y si no lo hubieran escrito, si no hubiera prueba de su verdadero amor... Deberíamos empezar a dejar por escrito muchas de las cosas que sentimos, puede que materializándolas nos demos cuenta de ellas. De otra forma, seguramente las disfracemos de lo que no son.
Y que no puedo con ese final, que me puede completamente. Que no es así como acaba la obra exactamente, pero es una frase increíble con la que perfectamente podría haber acabado Shakespeare la obra. Y es que el hombre es un ser muy voluble... y ya está todo dicho...
¿Por qué nunca decimos las cosas que sentimos? ¿Por qué esperamos a que sea demasiado tarde? ¿Creemos que no merece la pena decir las cosas, y más aún las importantes, las que harían que nuestra vida se tambaleara? ¿Por qué por cosas insignificantes podemos luchar sin problema pero en lo realmente importante nos paraliza el terror? ¿Nuestro instinto de supervivencia no debería ser al revés? ¿No deberíamos querer luchar por nuestra vida? ¿Cómo podemos querer vivir sin ilusiones, vivir sin esperanza, sin emociones, sin sentimientos que merezcan la pena, sólo por no arriesgarnos? ¿Sólo por no hablar? ¿Sólo por no confesar eso de lo que no estamos seguros sobre cómo lo recibirá la otra persona?
No puede ser, no puede ser posible que el ser humano sea tan sumamente cobarde... No es posible....
A las personas no se las conoce por una simple descripción. Pero una buena forma, sería comenzar por leerme. Quédate un rato por aquí, y vuelve cuando quieras.
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