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Paisajes del alma

"Escribir es como respirar" (Julia Cameron)


Azul andaluz

 Nunca existió un cielo


para los ausentes


ni un limbo para


los huérfanos.


No habrá nunca eternidad


sino memoria


bajo un límite


de sombras agridulces.


 


Las olas erosionan


una playa en la que manos


entrecruzadas esperan


borrando conciencias


de finales inapelables.


Dibujamos sonrisas


con tizas de colores


ficticias sonrisas,


transitorias


pero ciertas,


tan ciertas como el final


en el filo de una ola.


 


A los que se fueron


para no volver,


pero que nunca


dejarán de estar.


Siempre


en ese cielo infinito


de azul andaluz,


rasgado de blanco.


 

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Partita

 En el pasillo que une la línea verde con la roja un violinista toca música de Bach. Marta pasa todas las mañanas por su lado. A veces le deja una moneda, tal vez siente lástima porque es joven y también guapo, pero nunca se detiene a escuchar la música. Marta tiene demasiada prisa, como todos a aquellas horas. Debe acudir a la Facultad de Física, en la otra punta de Barcelona, desde Sant Andreu, y siempre va con el tiempo justo y la mente ocupada por problemas diversos.


El violinista toca las Partitas de Bach y sabe distinguir a Marta entre toda la riada de gente que transita a aquella concurrida hora por el pasillo del metro. Conoce de lejos su caminar ágil y su melena oscura; y, cuando ella se aproxima para dejar su moneda, siente un aroma de jazmín y de canela que destaca por encima de todos los olores nauseabundos del pasillo. Un día lluvioso de la primavera recién estrenada, una mañana en la que todo el mundo parece todavía más estresado de lo habitual, cargando con paraguas que gotean y que hacen del suelo una superficie inestable, el violinista comienza la ejecución de la Allemande de la Partita número dos de Bach. Cuando la ve aparecer con un paraguas rojo, cree que ella le mira y le sonríe, fija la vista en las cuatro cuerdas del instrumento y siente que se ruboriza. Pero un ruido le llama la atención, alza los ojos y cesa en su música de repente. Marta ha caído, se ha resbalado, ha caído al suelo y nadie la ayuda a levantarse. El músico suelta su violín y corre a ayudarla, la levanta, le da el paraguas que ha rodado por el suelo y la carpeta azul, “¿Te has hecho daño?”, pregunta angustiado. Marta lo mira y niega con la cabeza, le da las gracias y le pide que coja el violín y siga tocando. Él vuelve a comenzar la Allemande. Pero ella no se ha ido, sigue allí, quieta, escuchándolo. De vez en cuando se miran a los ojos. Ella sonríe. Pasados unos minutos se sienta en el suelo y permanece escuchando la música hechizada por aquel sonido puro. No advierte que ha pasado más de media hora cuando la música termina, el músico saluda, y el público, que poco a poco se ha ido congregando, aplaude la actuación. Marta deja unas monedas en el estuche del violín y se va.


Pero Marta vuelve más días a sentarse ante el violinista a pesar de saber que se perderá alguna clase. Otros también pierden clases o llegan tarde a los trabajos y quehaceres. Los días han transformado el triste pasillo del metro en un auditorio improvisado en el que no sólo se encuentran los que van de paso sino también los que acuden atraídos por la magia de aquel sonido limpio, salido del alma. Y un día, antes de recoger sus cosas para irse, el músico tiende a Marta un papel doblado.


Ha decidido quedarse el fin de semana en el piso de estudiantes. El domingo se despierta lluvioso y Marta se prepara para la cita de las doce del mediodía. Cuando ya está a punto coge su paraguas rojo y se dirige a la estación de metro. El convoy la lleva hasta las cercanías del Parque de la Ciudadela. Baja y se encamina a la estatua de la Dama del Paraguas. Él la está esperando, lleva un impermeable amarillo, el estuche del violín y un enorme paraguas negro. Se miran y se sonríen. Se cogen de la mano y comienzan a caminar bajo la lluvia hasta un café cercano. Y aquí comienza otra historia.


http://youtu.be/2H0l_sSamis


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Todos los cuentos de Gabriel García Márquez


 “Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba bandera ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusa y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.”



Así empieza el cuento“El ahogado más hermoso del mundo.”


En esta edición de Debolsillo, bajo el nombre de “Todos los cuentos” están agrupados los cuentos de cuatro colecciones de Gabriel García Márquez, los de “Ojos de perro azul”, los de “Los funerales de la Mamá Grande”, “La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada” y los “Doce cuentos peregrinos”. En total 41 cuentos del gran escritor.


Mi primera lectura de García Márquez fue hace un montón de años, siendo todavía adolescente, demasiado adolescente tal vez para poder captar la inmensidad de “Cien años de soledad”. Es un libro que no entendí, que me costó acabar y que sigue pendiente de una relectura madura. Me costó años volver a aproximarme al escritor colombiano.


Y hace un tiempo decidí probar con sus cuentos. Este libro que es el primero que acabo en el 2014. Son mágicos, maravillosos y toda una lección sobre escritura. Ya no tengo más dudas sobre la maestría de su autor. Sus personajes son creaciones fantásticas; los escenarios, diversos, entre ellos la mítica ciudad de Macondo; mis preferidos: La mujer que llegaba a las seis, “Alguien desordena estas rosas”, “Un hombre viene bajo la lluvia”, “Un señor muy viejo con unas alas enormes” (una preciosidad llena de ternura), “El ahogado más hermoso del mundo”, “El último viaje del buque fantasma” (una sola frase que dura seis páginas pero que explica toda una historia), “El avión de la bella durmiente”, “Me alquilo para soñar”, “Sólo vine a hablar por teléfono” (una angustia increíble), “El verano feliz de la señora Forbes” y “El rastro de tu sangre en la nieve”.


Un libro muy recomendable con cuya lectura he disfrutado muchísimo.



“Fue como si en aquel recuerdo hubiera escanciado ella también la última gota de pasado que le quedaba en la casa.”



(Un hombre viene bajo la lluvia)


 


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No os olvido

 No sé el tiempo que hace que no me asomo a la ventana de Libro de Arena, pero creo que estas fechas son el momento adecuado para decir que no olvido a mis buenos amigos del arenal. Cada cosa tiene su momento y llegó uno en que escribir los posts de Paisajes del alma dejó de motivarme. No es que haya dejado la escritura, todo lo contrario. Estoy embarcada en un proyecto novelístico que será largo y que no me permite dispersarme demasiado en otro tipo de escritura. La verdad es que pese al resultado incierto me hace mucha ilusión y me supone una terapia magnífica para superar mis problemas de ansiedad y depresión. Sólo por esta ayuda inestimable vale la pena intentarlo.


Con algunos de los areneros sigo en contacto a través de Facebook, que ha venido a sustituir en parte al blog. Allí escribo acerca de mi vida cotidiana, a veces breves reflexiones, publico fotos… No suele presentar los problemas de Libro de Arena para publicar y, bueno, que ya me he acostumbrado.


Lo que quiero sobre todo con estas palabras es desear a todos los amigos, conocidos y desconocidos lectores de Libro de Arena, unas fiestas muy felices, con todos los tópicos de rigor. Y especialmente que el 2014 traiga todo lo mejor, que ya toca. A veces tengo la sensación de que nos vamos acostumbrando a perder y a no luchar, que toda esta crisis y sus consecuencias nos han cogido a todos por sorpresa y todavía no hemos sido capaces de reaccionar. Ojalá encontremos entre todos el camino. Tiene que haber alguno.


Gracias, siempre gracias a los compañeros de Libro de Arena, unos amigos virtuales que son algo más. Y que han sido el inicio de un proceso en el que he aprendido el verdadero valor de la amistad. Creo que si un día hace cuatro años y medio no me hubiera asomado a esta ventana abierta al mundo, mi vida no sería lo que es ahora, sino mucho más solitaria y oscura.


No, no os olvido.

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Veredicto

 Son cinco mujeres alrededor de una mesa. La mayor se llama Antonia, tiene más de ochenta años; le tiemblan las manos cuando sirve las tazas con el café, viejas tazas desparejadas y desconchadas. Mila la ayuda, es todavía joven, y muy guapa, abre unos ojos enormes llenos de vivacidad y sonríe a su abuela. Inés no sonríe sino que frunce el ceño; es hija de Antonia y tía de Mila, seca y huesuda, su boca se curva en un rictus amargo. Marie es la cuñada de Mila, la mujer de su hermano Benito; tiene la mirada perdida y le tiemblan los labios; los cabellos le caen en guedejas cobrizas alrededor del rostro ovalado ocultando unas manchas moradas y amarillentas. A Marie la abraza la hija de Mila, Elena, la más joven de todas, casi adolescente, siente una pena infinita por su tía.


Cada una ante una taza de café, se miran en silencio antes de atreverse a hablar. Dos horas más tarde la deliberación ha terminado y la sentencia ha sido dictada.


En el entierro de Benito Peláez hay cinco mujeres vestidas de negro sentadas en el mismo banco. En el centro está su viuda, Marie. No puede evitar llorar a pesar de todo. O tal vez llora porque finalmente su calvario de mujer maltratada ha terminado. Sus compañeras le cogen las manos, la abrazan por la cintura. Sabe que no está sola.

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Octubre

 


Jazmines en octubre


bajo un sol resistente


a la amenaza del frío.


Jazmines abiertos,


efímeros, fragantes,


estrellas blancas en mi balcón


que sobreviven al verano,


que me amarran a la vida,


a los recuerdos de los ausentes,


al patio andaluz, las casas,


blancas irradiando luz,


los zaguanes frescos,


una mañana en el barrio


de Santa Cruz


por callejuelas estrechas


y plazas de naranjos.


 


Y en esta tierra mía,


tan lejos,


de noches de hielo,


que trae el invierno,


llegarán pronto los días


de tapar sus hojas,


de protegerlo del frío, de


lograr, la supervivencia


un año más.


Porque un hilo invisible


me une a sus flores


y a las ausencias que


me resisto a olvidar.


 


Jazmines en octubre,


mientras caen las hojas


y se acortan los días.


promesa y esperanza


de vida renacida.

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Instantes

 Todo se diluye bajo la lluvia


incesante de los segundos


que caen a plomo


sobre las luces y las sombras.


Un suave amanecer se levanta


tras la noche susurrada


por un viento lento


que roza las hojas


y cantan


en una aria barroca


de colores intensos.


 


Nada permanece,


todo se escurre


de los dedos frágiles


de la existencia,


cerrar los ojos,


tan sólo un instante


y el paisaje es otro.


Las voces pasan,


se pierden


en un mar de ausencias,


y los besos rotos


se estrellan en olas


que se repiten


a sí mismas.


 


Todo escapa, todo muere,


se transforma,


y las palabras


son solo


signos toscos


por los que el agua


imparable de la vida


se desliza.

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No sin decir adiós

 Ni si quiera sé si esto que escribo es un adiós o es un hasta pronto. Pero me niego a dejar de aparecer por estas páginas sin decir nada. Han sido cuatro años de Libro de Arena, cuatro años en los que he conocido a montones de personas maravillosas que para mí tienen una existencia muy real. Es evidente que esto ya no es lo que era cuatro años atrás. Todo cambia y evoluciona, todos cambiamos. Aterricé aquí en una época difícil, en una época en que todo se complicaba a mi alrededor. Tuve una gran suerte de encontrar eco a mis inquietudes, lectores para unas páginas que nunca había mostrado. Y no puedo decir otra cosa que gracias. Gracias de corazón.


No quiero pensar que esto sea definitivo. Pocas cosas lo son en la vida. Pero por el momento me voy. No es ninguna crisis personal, no ahora cuando me planteo proyectos nuevos en los que la escritura forma parte de manera fundamental. Escribo y escribiré y son muchas las historias que dejo en la oscuridad. Supongo que he perdido la motivación o que intuyo que mis historias en estos momentos interesan a poca gente y no es mi intención aburrir a nadie.


No sé cuándo volveré. De todas maneras con muchos de vosotros ya estoy en contacto por otros medios así que no nos despedimos aquí. Sabéis dónde encontrarme.


Gracias por estos cuatro años.

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