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LOCUS AMOENUS, VIOLETABERNA

Semana Santa en Villajoyosa


PHI

 


Phidias como cada mañana, buscaba en los rostros ese atisbo de belleza tan particular, que probablemente a esas horas  de la mañana se escondiera tras gafas de sol oscuras, ojeras queriendo reivindicar su horario, o quien sabe que maquillajes tribales, para esconder que todos dormimos menos de lo deseado.

Era un simple juego, una forma de pasar ese trance diario, en ese tren, que como siempre había pensado, era un simulacro de cercanías, porque no acercaba nada, en los pocos años que llevaba usándolo, desde que mamá empezó a dejarle hacer solo sus desplazamientos, solo había sentido cerca la mirada de una niña, estuvo todo el trayecto mirándole fijamente, y en el minuto 23, quiso con su dedo rozar la mejilla, de súbito quiso haberla dejado, quiso que esa cercanía se materializara, pero sus impulsos mecánicos fueron más rápidos, y apartaron la cabeza de ese encuentro cercano.

Seguía día tras día intentando saber donde se encontraría con alguien cercano a su forma de mirar. Llegaba siempre sabiendo cuantos botones, colocados desproporcionadamente se había encontrado, entre las cinco paradas que tenía desde su casa al trabajo, una vez allí, repartía todos esos sobres, en el orden que él mismo había desarrollado, formando una sucesión armónica entre los despachos.

Pero nunca encontraba la mirada cómplice que le hiciera sentirse igual, sabía cuantos ojos azul tornasol había en la planta cinco, cuantos ambarinos en la segunda, pero ninguno miraba como él. Mamá le había explicado porqué se llamaba Phidias, el escultor griego que en sus esculturas plasmaba la divina proporción, él no entendía que quería decir. No era capaz de ver tanta belleza en esos cuerpos, nunca había visto un cuerpo desnudo además del suyo, para él la belleza era otra cosa, era una chaqueta plásticamente encajada a un cuerpo, con todos esos botones armónicos, eran unos ojos colocados en su lugar justo bajo cejas y separados por la nariz acorde, eran pasillos mentales sobre recorridos, y collares con el mismo número de cuentas que macarrones tenia su plato del día anterior.

Le costaba entender eso que mamá explicaba como proporción áurea, que el escultor lo utilizaba para que sus obras se asemejaran a esa forma que tiene la naturaleza de distribuir belleza en petalos, caracolas, piñas, las pipas de un girasol, y que ella había elegido su nombre, porque lo más bello que tenía era él. Después de eso le permitía darle un beso, no le gustaba mucho pero sabía que para ella era muy importante. Pero esa mañana, cuando llegó al vagón e hizo su mirada general, vio claro que  la proporción entre hombres y mujeres era similar a la de un panal de abejas, proporción áurea.




Rompiendo todas sus rutinas, se sentó junto a quien él consideró la abeja reina, y la siguió durante toda la mañana. Para cuando al mediodía llegó a su puesto, las cartas se amontonaban,  y lo que más le irritó no fue la reprimenda por sus horas de retraso, le irritó que lo que tantas veces había escuchado como libre albedrío, no le había proporcionado tanto placer como si a su vuelta, sus sobres hubieran guardado su ordén establecido.

 

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ME VIENES A LA CABEZA


 


 


 


 


Voy a escribirte hoy, que aún no ha ocurrido nada, que aún parpadeas cuando me acerco,  lo haré, para que si algún día, tienes la tentación de cerrar los ojos en ese parpadeo, si algún día cuando al pasar junto a ti,  tu mirada no se derrama sobre mi cuello, sepas esto.


Te pensaré en palabras  para cuando ocurran los desdeños, las regalaré al aire por si llegan los olvidos, hoy que todavía  corretea  entre los dos el sutil hilo rojo, dejaré esta misiva oculta, como esas últimas voluntades, por si en algún momento,  noto que no sigues mis pies, que ya no bailas sus compases, para que en ese día si desfallezco en mi intento de quererte, sepas que seguirás dentro, porque la cabeza es caprichosa.


Así que hoy que no han ocurrido más que rutinas, y no ha trascendido ninguna, hoy que todo me dice que sigues balanceándote  en el perímetro acotado, que todo indica que mi voz tiene eco en tu garganta, y las yemas de mis dedos se siguen quedando pegadas a tu espalda. Hoy te pensaré para entonces, te guardaré para cuándo, para sí ocurre hoy te diré que:


“Me vienes a la cabeza muchas veces, porque después de ti, después de ti casi todo es yermo, casi todo es estéril, me vienes y me vas, dejando mi cabeza como en latente suspenso, en espera de recuperación.


Porque me vienes a la cabeza que es donde anidaste, en lo alto, en la azotea de mis sueños, porque en la corola de mis pensamientos me vienes, como el dedo que recorría mi brazo, o el aliento que respiraba mi cuello, me vienes, y sin yo quererlo, me vas, me vas adentrando, como si pudieras hacer que mi piel se extendiera y la aterciopelaras con tu abrazo.


Me vienes y sin yo quererlo, volteo cualquier pensamiento, escampo de mí, me escurro, porque no sé dónde me llevas, porque me vienes y susurras todo aquello que callabas, y yo contesto todo aquello que no quería decir.


Me vienes a la cabeza, y lentamente me recorres, no sé si hasta los pies, o hasta que yo diga basta, porque huyo de mí, porque juegas a las escondidas tras mis pechos, quiero darle la vuelta a mi espalda para que no puedas encontrarme allí, porque me vienes buscando desde la cabeza.


Porque te huyo sin saber adónde, te huyo sin decirte nada, y me vienes detrás, apresando los momentos que derramo, dibujando los que sospechas, porque te intuyo, sin que abras boca, sin que toques piel, te intuyo cuanto sientes, te intuyo cuando me vienes.


Me vienes a la cabeza y cuando siento que entras, es como si entraras en el umbral de mis sentidos, te siento y te dejo,  te estrecho el camino, por si en un momento de dejadez, quisieras recorrerme, con parsimonia, como buscando tesoros que dejaras escondidos, descuidos en los recodos de mi cuerpo, por si en algún momento quisieras perderte conmigo donde la cabeza no nos pueda encontrar.”


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UN HILO FUEGO DE CALOR

 


 


 


Puse todos los nenúfares en tu mano, y no supiste que hacer con ellos, puse en tu piel todo el néctar, y no supiste como beberlo, puse en tu mañana un camino trenzado, una alfombra de susurros que no llegaron a escucharse.


A días retumbaban en mi vientre aquellos dedos, como si fueran esas palabras que habían llegado de visita, y después de acariciar mi oído se quedaran a vivir. Había momentos que mi cuerpo era testigo de todas esas caricias que deambulaban por la ciudad.


A noches quería que tu piel fundiera, que cogiera punto fuego, tal como  era capaz de experimentar, un hilo rojo de calor, un hilo de ardor que se deslizaba entre mis pechos.


A instantes te oía decir mi nombre, en ese tono que solo era para mí, en ese silencio que filtrabas en mi boca, a instantes te escuchaba y todo se encendía, todo se incendiaba.


Puse todo el dulce en mis labios, para que al volver a ellos supieras que hacer, para que te encontraras con todo aquello que guarde para ti, puse vida en mis besos, y los viví contigo.


Estruje los nenúfares en tus manos y pintaste mi piel desnuda como si nunca hubieras sabido que hacer con un cuerpo de mujer, atropellé tu voluntad, como si cualquier noche al deambular por otro cuerpo, mi néctar fuera el olor que respiraras.


A noches puse en tu cama mi olor para que no me olvidaras.


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PIEL CON PIEL


 Piel con piel, te oí pronunciarte, mi pìel sabía claramente el concepto, y recordaba el suave poso de una libelula en el dorso de mi mano, piel con piel.


El escalofrío que provocaba, que mis sueños me engañaran imitando tu roce en mi espalda, piel con piel.


El golpe frío del agua en mi cuerpo y la libertad que provoca dejarlo flotar, como dejarlo bajo tu piel, piel con piel; como sentir la fiebre y un quemazón ardiente me impidiere separarme de tu piel.


Te oí suavemente junto a mi oido, y la palabra piel se convertía en sinonimo de suave, de caricia, de respiro, de vanidad satisfecha, en un aleteo nocturno de cuerpos.


Rozaste mi piel, y tus manos dejaban jubilos bailando deliciosos, rozaste mi gozo y te colaste entre mis venas, y una sensación pétrea llego de pronto


Corri el riesgo de que mi piel quedara helada y viví pese a ello el instante de jugar a que mi piel venciera tu cuerpo de estatua.


Te oí pronunciarte, y mi piel venció el miedo a haberse quedado enganchada en la telaraña del olvido, te oí y pensé, que nunca más iba a creer, que nadie más que yo, sentía piel con piel cada vez que mi gozo se veía coronado.


 

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MARZO NUNCA PRONUNCIO MI NOMBRE



Solo dijo su nombre, Marzo, y un rubor enarbolo su mejilla, un rubor rosado, Marzo siempre me había parecido rosa, un mes rosa. Vi sus manos y me pareció que su piel translucida dejaba asomar un liquido rosa, y como un cortejo de agazapados misterios, sus cabellos cerraron filas tras su espalda.


Volví a verla cuando el rosa llegaba a termino, mi cuerpo brincaba con solo oler su cercanía, pero esta vez solo sus silencios me envolvieron, silencios que imaginaba precedidos por susurros, directos al oido, el lugar desde donde se perciben todos los silencios, aunque a veces oirlos cueste tanto como andar de noche con uno mismo, susurros que sin mediar palabra arañaban los sentidos. Solo conocía su nombre, y el trémulo deleite rosa que el pronunciarlo provocaba; para entonces ya eran yermos mis días, y mis horas sobornaban al destino para que la atrapara entre mis piernas.


Cambió silencio de mis labios por palabras de sus ojos, y engatusó a mis instantes para que  entre mis dedos parecieran ocasiones, oportunidades, conveniencias, sin grandes despliegues, con su palido  halo rosa. Fue capaz de encender todo el fuego que ancestralmente habitaba en mí, pero nunca conseguí que de su boca saliera una sola palabra que no fuera su nombre, Marzo. El mio se quedó ahogado en su garganta,  yo aún sigo nadando entre su boca y sus pies, henchido de placer.


 


 

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AFERRADA A TU SOMBRA DE HOMBRE


 


 


 


Para que yo sea mujer, tus ojos han tenido que bordar mis relieves y tus dedos han tenido que entender mis desaires, para que yo sea mujer tus labios seguiran diciendo donde tengo mi gravedad femenina. 


Candentes tus ojos como dos llamaradas, me recorreran y un halo de permisividad resbalara por mi frente. Un manto de transparencia capaz de dejarme al amparo de tus besos, a la orilla de tus labios donde un rio de dulces olas, baña la perla de mi cuerpo.


 Para que yo sea mujer he tenido que recorrer montones de valles umbrios, y verte en cada hombre. Para que sea tu mujer, he tenido que despegar del suelo de la indecisión y dejar que tu mirada me dé vertigo.


Quemando tu mirar, me he sentido mujer y destripando mi interior he palpado la esencia de la feminidad, la he tenido tan cerca, que no cabe en mi pensar que los hilos que manejas son del color del atardecer, violeta.


Seguire siendo mujer, sigo latiendo en cada caricia, seguiré meciendome entre tus dedos, estudiando tu mirada desde el lugar que dejo de ser atisbo de banal complacencia.


Para que yo sea mujer, he tenido que encontrar en tí el blues con retorno, el melisma que me repite, que estoy donde quiero estar, aferrada a tu sombra de hombre que hace crecer mi perfil de mujer.


Para que siga siendo mujer he creido en tí y en tu forma de mirarme.


 


 

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DE FRENTE


 


 


 Ya estas en tu balcón, ya sabes si va a llover, ya la montaña te tiene de frente como te gustaba, ya ves si el día traera buena cosecha de setas,  o si el frío nos hará abrigarnos, ya tienes el sol de cara al despertar.


Ya tu alma viaja donde quiere y sueña con todo aquello que no hiciste, ya campas a tus anchas por el borde de los sueños y ves el vuelo del aguila desde la copa de los arboles, y soplas con el viento melodías de vida.


Ya estás papá, donde el día comienza, donde la noche estrellada, ya estás pegadito a mi dandome la mano cuando tropiezo, ya tienes la suerte de cara y todo un mundo para tí.


Ya estás papá con quien tanto querías.


 


 

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COMERTE EL ALMA


 


 


 


 Encontré un lugar donde todo parecía tener sentido, las ilusiones,  encontre cielos que tocar con las yemas de los dedos, cielos rojos como labios tormentosos.


El daba pellizcos de calor con su mirada, despertando días que remoloneaban entre las sabanas, estrangulando las noches interminables, para acabar llevándose el alma a lugares inciertos, a rincones de mi cuerpo que ni yo sabía que existían.


 Callaba todo cuanto había respirado, nunca sabía cuando el sensual envoltorio que le rodeaba me abandonaría, y pegada a mis pasos de gacela asustada, esperaba ansiosa que al desvanecerse, mis manos estuvieran esperando para llevarle donde mi alma pudiera susurrarle, engatusarle y si fuera menester engañarle.


Me propuse hacer que sus palabras se perdieran en mis labios, encontré parcelas de piel que sus labios no habían descubierto ni explorado, un lugar donde las lenguas bailaban escondiendo el deseo encontrado.


 El decía que llevaba el alma en dos silencios y la vida en un te quiero, yo solo quería que me llevara a un lugar donde comerme el alma, a un tiempo donde los placeres fueran eslabones interminables del collar que rodeaba mi cuerpo.


Y mi voz le susurraba que me llevara de la mano, que dejara el abandono de mi deseo al hambre no saciada, que dejara las caricias a las noches venideras, que llevara mi alma a un lugar donde aprender a amarle.


 

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