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violetaberna


ROMPER MI RESPIRACION





 


 


 


Me gustaba tanto que me rompia la respiracion, era delicada y eterea y perfumaba las aceras a su paso. Me gustaba tanto que cuando la intuía me quebraba el aliento.


A veces me arrancaba instantes que nunca existirían y era capaz de guardarlos en los pliegues de sus parpados, insuflaba bocanadas de aire, que yo atesoraba para cuando me ahogaba con su mirada. Me gustaba tanto que mis huesos se descalcificaban si su mano me rozaba.


Era cristalina y mujer, era nitida y resplandecía, acolchando con su delicada piel las noches que me prometía ser mia. Me gustaba tanto que si amanecía y no olía sus cabellos, el día se tornaba ceniza y mi piel de hombre se encendía, consumiendose como un cigarro, gris, dañino.


Anhelaba siempre el lirismo de sus pasos, la danza de sus piernas enredandose en mi cuerpo, me perturbaba tanto su boca en mi cuello que mi espalda bailaba con vehemencia, para evitar que huyera de mí. Me gustaba tanto que si perdía el ritmo intenso de su son, cerraba los ojos y me evaporaba.


Era mujer y emitía un centelleo parvo, suficiente para que si se extinguia, mis ojos y mi lengua se secaban, faltandome el liquido vital.


Me gustaba tanto que estaba dispuesto a beber de sus pechos aunque supiera que después de eso mi vida tendría otra dimensión, el aire dejaría de ser mio, siendo ella la dueña de mi respiración.


 


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BELTRAN, EL FUNCIONARIO DE LA U.E.





Entrar cada día en las habitaciones solo tenía el pequeño aliciente de ver los cambios de personajes que las ocupaban, aunque en el caso de algunos como Beltran, el aliciente estaba en leer sus notas, las que tenía esparcidas por su mesilla, pegadas en el espejo del baño, el escritorio, perfectamente ordenadas pero que impedían a la camararera realizar su trabajo de forma rapida y comoda, cada vez que llegaba una chica nueva, en cuanto entraba en su habitación, venía rapidamente a exponer su queja, -" tranquila, en cuanto llegue el viernes el ocupante de la 403 te dejara la propina por las molestias, siempre lo hace"-, eso las apaciguaba.


Las notas eran variadas, algunas eran meros recordatorios, otras un pequeño diario, de tal forma que los lunes sabía que Beltrán había cenado con sus hermanos, o que el aeropuert había estado insufrible el domingo, los martes las premuras de las reuniones que iban surgiendo para la semana, los miercoles se notaba cierta tensión con todo lo pendiente para lo que quedaba de semana, entre las notas siempre había recordatorios de compras, libros pendientes de comprar, numeros de telefonos, lugares visitados. Sentía curiosidad por Beltrán, era funcionario de la Oami, y como muchos de ellos estaban en la ciudad en comisión de servicios, y vivian en el hotel situado junto a las oficinas de la sede. De vez en cuando preguntaba hasta cuando tenia reservada la habitación, pero en el registro no había fecha prevista,


Durante unos tres meses anduvo un poco enamoriscado, ya que las notas que rodeaban su mesiila de noche, tenian como protagonista a Marta, "-llamar a Marta esta noche" "comprar El mundo de Sofia para Marta"  "retomar la conversación de los bonsais"  "avisar a Marta del cambio de planes para el viernes"  "preguntar en recepción un restaurante especial para celebrar el cumpleaños de Marta", este post-it fue el que me decidió a contestar sus notas, me solidaricé con Marta y le recomendé un bonito y romantico restaurante, en esa nota añadí "La Marmita" y su dirección, y me permití escribirle en su nota de regalo que un libro con dedicatoria y una tarde de spa seguramente le proporcionaba mejores sensaciones que la pulsera de Pandora. Ese lunes al revisar las notas y junto a la sempiterna "por favor dejen el pijama doblado en el embozo" encontré una dirigida a mi "el restaurante impecable, el libro entrañable, y la tarde de spa...infalible". Reconoceré que esa nota saco de mí unos poquillos celos, y sonreí por lo tonto de la situación, pero nunca rechazaba una posibilidad de juego, y de tal forma entramos en una dinamica de notas secretas.


Asi, pudé ser testigo ciego de la evolución de su relación con Marta, aunque percibí que no había toda la chispa necesaria, y después de un par de recomendaciones de restaurantes más y alguna pelicula no compartida en gustos por ambos, aquello se fue al traste. No me lo comunicó, pero pude saberlo porque los fines de semana siguiente, las notas hacían alusión a su fin de semana en Bruselas, que es donde tenía su residencia fija.


Transcurrió un año mas o menos y no volví a saber de Beltrán, mi cambio de trabajo fue el motivo, bien podía haber dejado mi telefono, pero comprendí que el momento de Beltrán había sido el equivalente al momento laboral que había pasado, y no me pertenecía más. El último día junto al pijama clasico de hombre en popelín negro a rayas, dejé un post-it con la dirección de mi blog.


 Mi cambio laboral me llevo a vender casas, otra vez elucubrando vidas, me entretenía imaginando los porques de cada uno. La de Eric no era especialmente bonita, pero tenia una situación privilegiada frente al mar y eso la convertía en objeto de muchas visitas, notaba en ella una urgencia a la hora de elegir los muebles, y un uso poco personal de cada estancia; solo exigía dos horas de antelación para las visitas, tanto si él estaba como si no, teniamos copia de sus llaves, pero había que cumplir esas dos horas a rajatabla. Eric era un hombre alto, encabezaba su cuerpo un hermoso craneo de piel suave, donde unos profundos ojos azul oscuro me miraban siempre interrogantes y sorprendidos, como si en cada encuentro con mi rostro esperara envolverme en sus dudas.


Esa tarde era la tercera visita de una pareja de entusiasmados jovenes en busca de su primera casa, y la visión desde el dormitorio era dificil de resistir, por lo que tenía la corazonada que ese día la casa de Eric se vendía. Me vestí de rojo, era una calurosa tarde de julio, y siempre que quería conseguir algo, me vestía de rojo. Ella era la más entusiasmada con la casa, así que dejé a Eric con ella y acompañé en la visita a su pareja, en una ultima visita el comprador no se podía ver cercado, ni empujado contra su voluntad a formalizar la venta, todo debia resultar natural, que todo fuera una consecuencia de voluntades, que en cada mirada alrededor uno quisiera vivir momentos nuevos en esa casa, y aquella tarde resulto. La confluencia de voluntades hizo que al volver a la oficina, y despues de aclarar algun dato sobre fechas, se formalizo la venta.


Dias despues, una vez se firmo el contrato de arras, Eric me sorprendio con una llamada para invitarme a cenar, "- No puedes negarte, me queda poco tiempo de vivir en esta casa y he de aprovechar las ultimas noches de verano aqui, y especialmente esta luna que tenemos hoy, ademas he de buscar nuevas propuestas para seguir viendote, echare en falta tus visitas -".


Eric era divertido, no paró de hablar casi en ningún instante, todo eran preguntas, parecía querer saberlo todo de mí, me hizó reir , tenía cientos de anecdotas, alguna que otra novia en su haber, y supuestos practicos disparatados, "- imagina que somos dos genios recien salidos de nuestras lámparas y tenemos que intercambiar nuestros tres deseos, pero no podemos pedir dinero, salud, ni tan siquiera amor, empieza tu... -". Pedí una cartera activa de clientes, tiempo libre, y que mi cuerpo siguiera agil durante toda mi vida. Consideró que había hecho un poco de trampa en mis peticiones, y a cambio exigió que las suyas fueran cumplidas aquella misma noche. "- En primer lugar besarte, en segundo acariciar tu pelo, finalmente dormir al abrigo de tu espalda -" y conforme  acabo su frase y sin derecho a replica, me besó como si fuera el ultimo deseo que tuviera y solo esa noche fuera el espacio donde cumplirlo, me beso con los labios y también lo hizo con las manos, recorrió mi cuerpo, lo escondió bajo el suyo, desbocó los sentidos y fue sacando toda la furia que mi piel había acumulado. Eric resultó ser un genio hedonista que consiguió dulcificar el extremo calor, que aquella noche de verano nos sorprendió jugando y finalmente abrigó mi espalda incluso aunque despues de haber estado tan adentro no me quedará frio que abrigar.


Antes de dormirnos, me avisó que se marcharía muy temprano, " - Quedate el tiempo que quieras, dejaré la cafetera en marcha, disfruta del despertar en la terraza, es precioso - ". No quise en cualquier caso dormir hasta muy tarde, asi  que desperté y fui directamente a la ducha, pero al pasar delante del escritorio algo llamó mi atención, los distintos post-it pegados en linea y con notas cuya caligrafía no me era desconocida "no dejar pasar de hoy llamarla para invitarla a cenar" "comprar el vino, recordar que dijo que prefería Ribera" ; fue  como si la memoria fuera desgranando episodios, mis ojos miraron la pantalla, y ahí estaba, mi blog. Uno de los post-it estaba pegado sobre una factura de luz  " cambiar domiciliación luz"  y un nombre, Beltran Eric Casares. Volví a la cama y entonces vi el pijama y el post-it sobre él, "cielo deja si eres tan amable el pijama doblado sobre el embozo, te llamo".


Si llamó, pero no volvimos a vernos, busqué un par de excusas y no hizo falta una tercera, la verdad no se porqué, no es que Eric no me gustara, quiza lo que no me gustaba era haber visto su vida desde fuera, y de repente, verme involucrada, quiza eso me hizo rechazar el papel, en esta obra no quería ser la protagonista.


 

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ANDRES, EL COMISARIO

La cita era diaria, a las 11.15, hora en la que Andrés dejaba de estudiar. Tres horas diarias, tres horas duraban nuestras charlas, alguna vez más, no menos, por lo que hacía unos meses que mis ojeras eran considerables. Pero en esas tres horas el mundo caminaba a mil. Me embriagaba con sus charlas sobre su piano, sobre su casa en aquel pueblan de León, sobre sus frustrados sentimientos hacía su mujer. Como había cambiado con los años, perdiendo aquella pasión que un día le hizo, pese a ser ella 15 años mayor enfrentarse a todo. En cambio ahora se sentía débil por haber fallado a aquella promesa que le hizo cuando le dijo - Que más da vayas por delante de mí, nunca dejaré de estar pegado a tu mano -.

Yo  imaginaba su rostro, en aquel momento no era fácil enviar fotos ni tenerlas, así que me conformaba con imaginarle durante aquel frío invierno.

El verano interrumpió nuestras charlas, no había conexión en el pueblo, y los primeros días me sentía huerfana, sin saber como me había hecho adicta a esas tres horas, me conformaba con escribirle largos mails nada más abrir los ojos, desparramar todo lo que sentía. A primeros de septiembre, empecé a recibir sus correos, en el me llamaba "mi dulce niña", ningún hombre me había llamado "niña", a lo sumo "nena", mi aspecto de mujer autosuficiente creo que les impedía verme como una dulce niña. Así que adoraba que me llamara así. En sus correos vislumbré que las cosas en su casa no estaban bien, con lo que no me sorprendió cuando me anunció que a comienzos de octubre se mudaba a un pueblo cercano, había elegido ese lugar por estar ya en la sierra, necesitaba el campo, el olor a monte y de momento era lo más parecido a su casa de piedra en León. No tardó en proponer que nos viéramos, que había sido un largo año y nos merecíamos mirarnos a los ojos y darnos un abrazo. Y yo no tardé de aceptar. Subí a aquel tren dispuesta a enzarzarme en aquellos dedos que habían sacado melodías de su teclado. Los nervios no impidieron que él notara en mi cara, una cierta desilusión al verle, su aspecto desconocido para mí, fue una sorpresa, no me gustaba!! después de un año, imaginando rostros, tragándome la serie "Policías", estaba allí frente a él, y no reconocí nada en él, que me hiciera sentir lo que durante tantas noches. Me tranquilizó, haciendome ver que era normal, charlamos de camino a su casa en el coche, y poco a poco, vi que era él.

Empezaron a agolparse las preguntas, las palabras, las discusiones, y poco a poco salió de dentro ese hombre que me tenía ojerosa desde hacía un año. El fin de semana fue dulce, paseos enlazados de las manos, copas de vino tintineantes, desayunos al amanecer, y algo de miedo en las miradas. Me marché sin saber muy bien que ocurriría, subí al tren, oliendo el fuerte abrazo. Y eso fue lo último que tuve de él.

Aunque no es del todo cierto, unos meses después recibí un correo.

"Mi dulce niña, seré breve porque la cobardía me nubla los ojos. Los días pasados contigo fueron un fresco estimulo, necesitábamos olernos y tocarnos después de tantos meses. Pero siento que no estuviera a la altura. soy débil, tremendamente débil, y tu fuerza es ilimitada. Me dí cuenta en el restaurante, cuando al pagar mi tarjeta no tenía saldo, tantos años dejando que mi mujer se encargue de los bancos han hecho de mí un autentico adolescente. Pero lo peor fue la última noche, cuando mi falta de previsión hizo que en mi mesilla sólo hubiera un preservativo, y tu no eres mujer de uno solo. Así que me dije a mi mismo -Gilipollas, como puedes pensar que ella se conformará con ese "uno"-. Volví a mi rutina, a fin de cuentas todo estaba organizado en mi casa, mi mujer, nuestro hijo, ella los bancos, yo los "malos", y todo sigue igual, seguiré siendo un adolescente de 45 años, que vive bajo el techo de una mujer de 60. Y tú eres una mujer de cuarenta que necesita un igual a su lado. Vuela mi dulce niña, tu fuera es ilimitada."

Y eso fue todo, un maldito condón, acuchilló mis ojeras, ¡un solo maldito condón!.

Pasé un tiempo triste, pero  entendí que había sido lo mejor, entendí que no soy mujer de "uno solo".

 

 

 





 


 


 


 


 

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IRIS VESTIDA DE LUZ





Iris se va posando sobre la navidad, encandilandola, para que no la encuentre desprevenida y la pueda embaucar. No quiere dejarse impresionar y se ha vestido de luz, sus tacones dejan huellas de plata, como herraduras de la suerte. Iris se acerca a la navidad acaparandola, sin dejarse impresionar, guarda en las yemas de sus dedos caricias para regalar. Iris deambula entre el frio, y su escudo la moldea, poniendo hilos de acero en su cintura.


Iris baila con la navidad, se engalana y la engaña, no quiere verse sorprendida, y en esa danza va desentumeciendo todos los recursos adormecidos durante el año, todas las astucias olvidadas, para encontrarse cara a cara con las purpurinas,  suave soplarlas, volarlas, mientras su mirada se vestira de navidad, complice la engatusara, le restará importancia, apropiandose de todas las palabras que le hacen debil, de todas las ternuras necesarias.


Iris escribirá sobre su cuerpo todos los deseos, amainando asi toda la furia de la navidad, todo el brillo mundano que desprende, apaciguando al menos la creciente sensacion de soledad.


Iris pincelará su piel, el resto será navidad, el resto deambulará bajo sus pies.


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ALEJANDRO, EL COMERCIAL

 


Aquel 15 de agosto, era mi primer fin de semana libre en todo el verano, y heme aquí, sin planes y a la deriva. Carmen como siempre últimamente solo quería tomar cafés tranquilos en la terraza y llorar sus penas.

Recibí la llamada a eso de las 3 de la tarde, y rechacé la invitación a la playa, pero le propuse tomar un refresco sobre las 8. Alejandro había coincidido conmigo en el cumpleaños de una compañera, y al marchar pidió mi teléfono; era la primera vez que llamaba. Tomamos un refresco en una terraza frente al mar, me contó un poco sobre él, trabajaba como comercial en un empresa de sofás, estaba de vacaciones, y según me dijo llevaba varios días con intención de llamarme.

Alejandro era catalán pero llevaba unos años aquí. No era para nada mi tipo, pero llevaba tantos meses dedicándome solo a trabajo, que me pareció un hombre encantador, y acepté sin dudar su invitación a cenar. Hacía mucho tiempo que un hombre no cocinaba para mí, por lo que me pareció la cena mas suculenta que había degustado en  tiempo; me relajó mucho el ambiente que se respiraba en su terraza, una luz tenue, el mar de fondo, un excelente asado entrando lentamente por mi nariz, y un cava, capaz de desarmarme y dejarme sin aliento. El postre fue una crema catalana, acaramelada, que me fue poniendo dulce y melosa, el cava resbalaba por mi garganta, distorsionando la noche. No se en que momento decidí bajar a la piscina, si fue cuando el calor hizo mella, cuando el cava hizo estragos, o cuando mis ojos la vieron abajo iluminada, sugiriendo que me dejara abrazar. Alejandro se sorprendió de mi propuesta y temió que al no tener traje de baño, fuera a hacerlo desnuda, pero le tranquilicé, lo haría con ropa interior, y ningún vecino notaría la diferencia.

Tampoco sé en que momento pasó a tenerme en su brazos flotando, ni en que momento su boca buscó la mía, a partir de ahí la piscina fue un mar de cava donde me emborraché de sus besos. Alejandro me llevó esa noche a cielos que tiempo hacía no visitaba, y al despertar me pregunté que había visto en él, y me lo seguí preguntando unas semanas más, hacía tanto tiempo que no me mimaban como él lo estaba haciendo, que quise probar que se sentía. Reconozco que no me estaba enamorando de Alejandro, solo creía estar haciéndolo de mi sueño, y cada mañana al despertar me preguntaba que había visto en él.

Ese sábado cuando me dispuse a salir camino de su casa, recibí un sms suyo, "Ya tengo la cena preparada, te espero en "tasita", no tardes, "tetero", tu nene".

En un instante, me di cuenta de lo que no había visto en él, y supe lo que no quería.

Le llamé, fingí una indisposición, aunque eso no me libró de la consabida conversación, donde con mucho tacto le dije a Alejandro que no estaba enamorada de él, y era el momento de dejar todo como estaba sin hacerle daño.

No fui capaz de decirle que lo que yo quería era un hombre de verdad.

 

 





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RICARDO, EL VENDEDOR DE LOZA





 


   Ayer recogiendo los platos de la cena, uno se me escapó y el canto se astilló, noté los casquillos que saltaron pinchando mi cara, y rápidamente mire mi mano, la pequeña cicatriz en la eminencia tenar, y me acordé de Ricardo, la escena había sido tan parecida aquella noche que le invite a cenar.

   Nunca le hacia los pedidos a Ricardo yo; la mujer del jefe se adjudicaba siempre este proveedor, pero aquella navidad se vio desbordaba y pidió mi ayuda, tanta vajilla dorada, tanta copa, y tanto posarse su mirada sobre mi boca, me dieron un tremendo dolor de cabeza. Ricardo era de esos hombres de los que una ha de huir, apenas sabía nada sobre él, pero tenia la sensación que no era hombre de una ni de dos mujeres, su sonrisa fresca, ese pelo media melena bien cuidado, su mirada directa, y ese entender tan bien a la mujer, hacían de él un hombre muy atractivo y peligroso. Estuvimos toda la mañana entre catálogos y cada vez que Bernadette se ausentaba a atender alguna llamada, él aprovechaba para saber de mí, -"por fin un día puedo escuchar tu voz más de los 10 minutos de cortesía, ¿aceptaras cenar conmigo una noche y así darme el placer de hartarme de oírla?"-. No conteste ni con un si, ni con un no, porque sinceramente no sabía que contestar, y quizá eso le dio motivos para pedir mi teléfono y poder estar pendiente de mi respuesta.

   Pasaron cuatro días hasta volver a saber de Ricardo, apareció una mañana en la tienda, nada le traía por allí, salvo invitarme a un café, y como no, volver a hacer la misma pregunta. Esbocé una excusa blanda y correcta, pero me aseguró que no se daba por vencido.

   Tres días después, recibí en la tienda una caja a mi nombre, dentro una preciosa vajilla, una que él se percató de que me había encantado y Bernadette no eligió, dentro un nota "Prefería invitarte a cenar, pero estas tardando tanto en decidirte que tal vez quieras prepararme una cena, ¿que tal si aprovechas estos bonitos platos?". La vajilla era blanca y como único adorno, unas frases escritas en bonitas letras doradas, en el fondo de cada plato.

"Si llegas hasta aquí, querrá decir que has probado todo"

"Has comido, pues has vivido"

"Supuse que degustarías mi contenido, espero haberte satisfecho"

"Mil veces te llenaras de mi, y mil veces pedirás más"

"Saboréame, incluso cuando creas que ya no queda nada"

"Ahora dime, ¿a que sabe tu boca?"

Después de aquello no pude decir que no, llame a Ricardo y le invite a cenar el próximo viernes.

   No quise que aquella cena pareciera demasiado preparada, ni impresionarle, así que una ensalada de brotes  y un solomillo con cebolletas caramelizadas fue el menú elegido. Se presentó radiante, con su sonrisa seductora y me dedico una primera mirada que me hizo temblar, aproveche para servir un aperitivo y coger fuerzas, tenía la sensación que Ricardo venía a por todas, iba a ser una noche difícil. El vino, su risa, los brotes, los platos, las frases, las palabras, la música, todo formó un puzzle que se rompió cuando al recoger la mesa rompí un plato con tan mala suerte que me corte en la palma, un corte al bies, sangrante, que tizno la noche de rojo, lo intenté pero no conseguí evitar el  mareo, y casi en volandas Ricardo me tumbó en el sofá. Cuando abrí los ojos, me encontré con sus labios que suavemente me besaron, "- tenemos que ir al hospital.".

   Y de aquella forma tan tonta seguimos nuestra velada en la sala de urgencias; nos atendieron rápido, cuatro puntos, cuatro entupidos puntos en mi mano izquierda, seguramente fueron los puntos de inflexión para que la noche cambiara su trayectoria, si cuando Ricardo llegó yo estaba fuerte, a partir del instante en que salimos del hospital, me convertí en una niñita desvalida, hacía tanto tiempo que no estaba acompañada en los pequeños percances que me dejé mimar. Volvimos a casa. Junto a la infusión caliente, Ricardo trajo un Bourbon con hielo, me acomodó en el sofá, y aunque mis pies no tenían nada que ver con mi mano accidentada empezó a acariciarlos, reíamos ante lo absurdo de la noche, escuché palabras que no quería oír, no había porque decir que hacía mucho tiempo que no estaba con una mujer tan distendido como aquella noche lo estaba conmigo, son esas palabras que los hombres se empeñan en decir y que nosotras sabemos que no son ciertas; dí giro a la conversación, quería que me hablara sobre él "- ¿Quieres mi vida tranquila o mi lado oscuro?-" según pronunció esas palabras, un dedo suyo silenció mi boca, y sus manos avanzaron en la búsqueda de piel, su boca persiguió mi placer hasta tenerlo controlado. Mimo cada trocito de mi cuerpo.

   Ese lado oscuro apareció días más tarde, de momento aquella noche se limitó a llevarme al séptimo cielo.

   Durante un par de  semanas nos seguimos viendo, y aunque todo parecía normal, sabía que mi apreciación sobre el tipo de hombre que era, no estaba equivocada del todo, solo tenía que esperar acontecimientos, mientras tanto disfruté.

   Y de repente ocurrieron cosas, llegó la luna llena del mes, y como si de un licántropo se tratara despareció un par de noches, cuando volví a saber de él, estaba envuelto en un manto de frialdad, vi claramente que la aventura llegó a su fin.

No hablamos, le ahorré las palabras, aunque imagino que la nota que incluyó en el paquete era su forma de acallar su conciencia. Cuando llegue aquel día al trabajo, sobre mi mesa estaba ese paquete, dentro el plato que se rompió "saboréame, incluso cuando creas que ya no queda nada",

   "-Te advertí de mi lado oscuro, conocerte me hizo pensar que había llegado el momento de dejarlo de lado por completo, llevo un año en tratamiento y todo parecía funcionar bien, no se que ha podido ocurrir, soy débil y no se si algún día conseguiré salir de esta adicción, de mi adicción al sexo. Saborearte despertó en mí el monstruo dormido.-"

   Me dí cuenta que el mundo esta lleno de hombres con miedo, incapaces de enfrentarse a si mismos y a sus propios deseos. Menos mal que el radar para detectarlos nos vino a las mujeres de serie. En este caso tan solo me quedó una pequeña cicatriz en la eminencia tenar, apenas imperceptible cuando abrazo con mis manos.

 

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JAVI, EL HUEVERO

 No era mi tipo, pero mi premisa siempre era ir más allá, de esa forma había descubierto hombres maravillosos detrás de aspectos poco atrayentes. Javi tenía una granja de huevos, y en sus 48 años no había cometido locuras, así que cuando me contaba que la neurocirujana que había sido su pareja hasta el pasado abril, le había hecho despertar del letargo de aburrimiento al que estaba acostumbrado, vi en sus ojos que seguía enamorado de ella. Eso ya le restaba interés, nunca me han atraído los hombres que piensan en otras, aunque te digan que están a gusto contigo.


Salimos varias veces, era buen conversador, atento, y se esforzaba por encontrar lugares especiales, aunque siempre estropeaba el halo romántico que quería darle a nuestras citas contando alguna anécdota de la neurocirujana. Aquella noche, eligió un sitio especial para tomar una copa, estaba en un pueblo cercano, a unos 25 Km., era una casona de campo, llegabas a ella atravesando un camino de tierra parapetado por cipreses. La gran puerta de madera tenía una aldabón que había que golpear 5 veces, un árabe ataviado nos abrió y nos acompañó a nuestro reservado, aquel lugar parecía estar sacado de las mil y una noches, jardines con olor azahar, fuentes musicales, y una música especiada. El reservado era una pequeña estancia de forma circular con las paredes cubiertas de alfombras de cabra, y el suelo cubierto de mullidos cojines, lo franqueaba una gruesa cortina. Al minuto un delicioso té nos fue servido y una música moruna se colaba bajo el cortinón. A Javi no se le ocurrió otra cosa que contarme como había encontrado aquel lugar, y como no podía ser de otra forma, la neurocirujana irrumpió en la conversación, y de una cosa pasó a otra, para acabar contándome como el último fin de año, su eminente doctora le llevó a cenar junto a un buen nutrido grupo de profesionales de la capital, para acabar hablando de huevos y recogidas de basuras con una de las hermanas Koplovitch. Toda la magia del lugar se fue esfumando con el humo del té, y mis bostezos dieron lugar a un gesto que dio un repentino cambio a la situación.

Javi debió darse cuenta de mi aburrimiento, y en un arranque de espontaneidad deslizó su mano bajo mi vestido, subiendo desde la rodilla que era la altura que éste tenía, estaba cómodamente recostada sobre los cojines, y mi sorpresa no me dejó escabullirme, aunque no se si quería hacerlo, hasta ahora ni siquiera me había besado. Su mano subió de forma rápida, quizá para no arrepentirse, y muy de soslayo un dedo apartó mi braguita, joder...aquello no lo esperaba, el aburrido huevero iba a por todas, no probaba mi boca y quería abrir mis labios. Le dejé. Comprobé sus habilidades táctiles.

Nos encontramos de nuevo tres días después, esta vez la cita era para comer, me recibió con un beso en la comisura de los labios, volvía a ser el aburrido huevero. Al montar en el coche, me advirtió que pasábamos por la granja un momento a recoger unos papeles. El olor era fuerte; y orgulloso de su trabajo quiso enseñarme las dependencias, lo último que pretendía antes de comer era pasearme entre gallinas, pero le notaba deseoso de mostrar sus dominios, y al entrar en aquella nave donde cientos de pobres gallinas, bajo focos calientes, pasaban sus días sin más, procreando y piándose unas a otras, Javi tomo mi cara entre sus dos manos y acerco su boca a la mía. Un beso, sólo uno bastó para que la arcada subiera desde dentro y me hiciera salir corriendo de allí.

Hicimos el trayecto de vuelta sin hablar, baje del coche con un simple - Hablamos -, y al subir a casa, noté la punzada del hambre, en la nevera sólo había huevos, parecía una broma.

Dos días después, un mensajero trajo el zapato que perdí al salir corriendo, con una nota de Javi. "-No te sientas mal, se que hay mujeres que no soportan mis huevos-".

 

 




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ESTEBAN, EL ABOGADO

Fue una escapada rápida a Granada, era imperdonable que no la conociera, así que planeamos ir sábado por la mañana y volver domingo, no eran más que tres horitas de coche, pero Marijose en el último momento como hacía muchas veces, se arrepintió y se "indispuso"; se lo perdonaba porqué eran muchos años los que la conocía, y ya no merecía la pena tomárselo en cuenta. Me encontré en la disyuntiva de ir o quedarme, no me gusta viajar sola, será una tontería pero la idea de viajar la asocio a compartir. Pero aquel día me levanté, cerrá la pequeña maleta y monté en el coche. Apenas llegué al hotel, salí disparada a visitar la Alhambra, Era un día esplendido de septiembre, sol sin demasiado calor, ya podía oler el azahar.

 Fue en la torre de la ladrona donde Esteban, al que había visto desde el inicio de la visita, aprovecho para acompasar su paso al mio e iniciar una pequeña conversación - No me importaría fueras mi cautiva en esta torre - , se rió ante mi cara de sorpresa, - tranquila, sólo era una excusa para acercarme a ti, no creo que una mujer como tú debiera pasear sola por la Alhambra, tienes cara de ser primeriza, el asombro se ve en tus pupilas, y las hace más profundas - - Así que eres un guía espontáneo - Esteban era granadino, habían venido unos amigos y era visita obligada llevarles a La Alhambra, me invito a unirme a ellos ya que estaba sola, y acepté, era simpático, aunque me advirtió de su "mala follá". Al acabar el recorrido, Estebán se acercó a mi oído - Cuanto más se contempla la Alhambra, más se tiene la sensación de que el ideal de los árabes era vivir sobre un jardín. No puedes irte sin deambular de noche por estos jardines, te espero a las 22.00 -

Ciertamente no tenía mejor plan, así que allí estuve a la hora acordada. Esteban era un buen conversador, y resulto un excelente guía, que iba explicando cada detalle, lo cierto es que la visita resultó mágica, el sonido del agua, las risas en la sala de los secretos, cuando me dijo vete a aquella esquina y pude escuchar, - me alegra haberte encontrado, mujer de pupilas profundas, vete preparando para el beso que te espera frente al paseo de los tristes-, Fue un fin de semana especial, y especial fue la noche, tanto que acordamos volver a vernos. Esteban vino a mi ciudad, ya era octubre, y los días se regodeaban con el calorcillo poniéndoselo difícil, no se muy bien porqué pero todo fue distinto, si en Granada, nos rodeo un velo de romanticismo, aquí nos rodeo uno de lujuria, y practica mente apenas salimos de la habitación que Esteban había reservado, la cual abandomanos el domingo a las 12 en punto, con todavía el deseo soltándose de nuestros cabellos.

Comimos en un restaurante entre naranjos un excelso arroz, y el vino nos llevo de vuelta a los entresijos del deseo, así que en un alarde de espontaneidad, Esteban se aventuró a meterse por los caminos de los naranjales. - Quiero llevarme tus braguitas - me harté a reír cuando escuché aquello, pero vi en sus ojos que lo decía en serio, y me dejé llevar por la locura del "jovenzuelo" de Esteban, que sin querer me estaba haciendo sentir como una veinteañera. La noche cayó, era hora de marchar, pero algo nos iba a retener, un par de ruedas atascadas en medio de un barrizal, en el que con el impulso y las prisas no habíamos reparado, no había quien moviera el coche, y lo peor era que no teníamos ni idea de donde estábamos.

Así que bajo la luz de la luna, que afortunadamente nos alumbraba, empezamos a deshacer camino andado, con algún que otro tropiezo, y alguna vuelta de más, entendí la "mala follá" de Esteban, yo había decidido tomar a risa aquella pequeña aventura, pero él no. Cuando conseguimos salir a la carretera, fue todo un logro conseguir explicar al conductor de la grúa donde estábamos, y llevarle de vuelta hasta el coche, en Esteban se iba incrementando el mal humor, al fin encontramos el coche, y no sin esfuerzo, la grúa consiguió sacarlo de allí. Para aliviar la tensión Esteban iba contándole al conductor que no conseguimos dar con el chalet a donde nos dirigíamos, a lo que éste no contesto nada, tan solo cuando el coche estuvo desenganchado se nos acercó y colgando de un dedo, trajo mis braguitas, - esto debe ser suyo - Mi carcajada amortiguó el soplido que dio Esteban. La cara del conductor no tenía precio, para los 300 euros de la factura, Mastercard...

Sobre este palacio de peregrina belleza, brilla la grandeza del Sultán. Brilla su belleza y sus flores, la lluvia de las nubes le cubre generosamente. Las manos de sus creadores bordaron en sus lados bordados que parecen flores de jardín (...) Ibn al-Yayyab

 





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