Voy a contarte otra vez la historia. Una vez más, aunque ya la hayas escuchado, aunque un año tras año la repita, casi igual. Era una mañana de verano, una mañana de vacaciones. Seguro que podrías recordar el calor, desplomándose sobre la arena de la playa, hundiéndonos las fuerzas en una espiral de ingravidez, de postración. Me llegó tu voz, difusa, perdida en mi propia ausencia, entre el estrépito del agua muriéndose en la orilla una y otra vez, y el vacío de mi soñolencia.
-Voy a dar un paseo…
-De acuerdo – creo recordar que conteste, mientras oía el sonido entusiasta de las conchas repiqueteando en los bolsillos de tu bañador, las conchas que unos minutos antes habías estado recogiendo para mí, para mi obsesión con el mar.
Nunca podré olvidar aquel sonido, sonido con el color de nácar y de arena, un sonido encadenado a las puntillas blancas con las que se acababa, para comenzarse de nuevo, aquel mar.
Cuando desperté el sol estaba en lo más alto. No fui capaz de determinar cuanto tiempo había pasado, si había dormitado durante diez minutos, al arrullo del murmullo de una multitud ajena, o habían pasado horas. Tú aún no estabas. Y esperé. La historia que me contaba el libro entre mis manos, insulsa y desganada, no conseguía captar mi atención, y las hojas pasaban negligentes bajo mi mirada furtiva.
No apareciste a la hora de comer, ni a media tarde, mientras la inquietud comenzaba a dominarme. Varias veces acudí al puesto de vigilancia, a preguntar por ti, a dar aviso. Una y otra vez el anuncio de tu descripción recorrió las comunicaciones de la policía, de los servicios sanitarios. Pero las normas, las entupidas normas, detenían cualquier otra actuación, de los cientos de planes que en aquellas largas e interminables horas en la playa pude concebir.
-Es hora de recoger señora – fueron las únicas palabras con alguna cercanía que escuché aquel día. Y con un desasosiego indescriptible recogí nuestros enseres, aquellos que unas horas antes, interminables horas para mí, habíamos colocado entusiastas bajo la sombrilla y sobre las tumbonas de aquella playa.
Quizá te hubieras golpeado, y hubieras perdido la memoria. Quizá en estos momentos, estuvieras desorientado y angustiado en algún hospital, Quizá te hubieras indispuesto y estuvieras en el apartamento, aquel que tendríamos que dejar justo al día siguiente. No importaba como hubieras llegado, como hubieras entrado, cualquier historia me valía, me tenía que valer. No me habías llamado aunque tu móvil sin batería se había quedado en carga en el apartamento. Tendrías jaqueca. Recogí mis cosas, dejando las tuyas para el final, con la esperanza de que llegaras a tiempo de recogerlas tu mismo, de que hubiera alguna explicación a tu ausencia, por irracional que fuera, intentado ahuyentar aquel desaliento y aquella desazón que iba apropiándose de mi mente, entorpeciéndola, hundiéndola en las cabriolas del terror.
Tras dejar todo en el coche, en la apertura de la noche, me dirigí a la comisaría del pequeño pueblo, temiendo que tu desaparición no fuera tenida en cuenta hasta 48 horas, como así sucedió.
-No podemos dar aviso de desaparición hasta que pasen 48 horas – me confirmó el oficial que me atendió.
-Pero ¿no ven que no es normal? ¡No se llevó nada! Ni dinero, ni las tarjetas, ¡ni siquiera su ropa! Solo su bañador. Tengo la llave del coche. No puede haberse ido – volví a repetirle.
-¿Y no conocía a nadie aquí? ¿no es posible que haya conocido a alguien? – me preguntaron una y otra vez, con aquellas miradas sobre mí, compadeciéndome, declarando tu huída, quizá con otra mujer.
-No. No conocíamos a nadie. No nos hemos separado ni un minuto desde que llegamos. ¡lo sabría! – tú que siempre habías sido tan transparente, ¿Cómo convencerles de la imposibilidad?
-Hagamos una cosa, señora. – dijo aquel policía, ansioso por dar por terminada aquella entrevista que parecía estar durando demasiado – regrese a su alojamiento, y trate de quedarse un par de días más, para que pueda cumplirse el plazo, y pongamos en marcha el protocolo de desaparición. Tiene nuestro teléfono, así que puede usted contactar con nosotros en cualquier momento, ante cualquier situación que considere de importancia.
Y me fui al apartamento, en el que no había ningún rastro de ti, y que debía ser ocupado por otros clientes al día siguiente, según me indicó el gerente, de forma que no tuve más remedio que recoger nuestras pertenencias. Me gustaría poder describirte aquellos sentimientos de profundo desasosiego y angustia que me acompañaron mientras empaquetaba todas las cosas, tus cosas. Y el silencio, el lento y hondo silencio que me rodeó toda la noche, sobresaltado, sin ritmo ni regularidad, por el canto de algún gallo.
En la cercanía del amanecer, en batalla con el resplandor de la luna llena, el sueño me asaltó, tras haber revisado una y otra vez tu móvil, sentada en la cama, con las maletas, ordenadas metódicamente a sus pies. Sueño breve e inquieto, escoltado por el sonido de aquellas conchas chocando entre sí en los bolsillos de tu bañador, sueño del que bruscamente me alejé al buscar, inconsciente, y no encontrar, el calor de tu cuerpo. Una violenta y cruel vuelta a la absurda realidad.
Cargué el coche, y me dispuse a buscar un alojamiento para los próximos días. ¿Cuántos? ¿Tres? ¿Cuatro? Ojalá ninguno. De siempre emprendedora, recuerdo aquellos días de una cobardía inaudita. Me faltaba tu presencia, en cada momento, en cada decisión. Llamar a nuestras familias, tratando de dar a aquella situación una normalidad imposible, el desaliento de la desubicación, fuera de mi ambiente, enfrentándome a burocracias que parecían escaladas de alta montaña, que me hundían más y más en tu ausencia, tu incomprensible ausencia.
Nada. Ni una pista. Ni una referencia. Ni una huella. No estabas. Y el regreso, volver a nuestra casa, a nuestras obligaciones, a mis obligaciones. Y cada verano, regresar a aquel lugar, volver a aquella playa, antes luminosa, ahora cruel y escalofriante. Con algunas de tus cosas, siempre, por si te encontraba, por si te encuentro. En casa, todo está igual. Al principio, con la esperanza de que un día aparecieras, y hubiera una explicación, y después, ante las insistencias, retomar una vida sin ti, pero con el sonido de aquellas conchas, cada noche, chocando entre si, y tu ropa en el armario, por si vienes mañana, o pasado, por si regresas el mes que viene, o el otro, y así pasa un año, y luego otro, con tu foto, tu sonrisa, y tu mirada atenta sobre mi desde la mesilla, y el frío en la cama, mientras me despierto, una y otra vez temblando, alargando la mano hacia la seguridad de tu calor, y no encontrando nada. Nada.
Y en estos años, la inquebrantable inquietud. La vida en desasosiego. Mientras sigo viviendo. O algo así.
Hoy, en el aniversario, bajo la luna llena inundando de nuevo aquella playa, cierro suavemente mis ojos, y voy a contarte una vez más la historia, el último recuerdo, distinguiendo claramente el sonido de aquellas conchas, chocando dentro de ti, sin descifrar si es real, si estás aquí conmigo o solo es fruto de mi imaginación.
Alfredo había sido un hombre sencillo, de esos que avanzan por la vida perplejos, sin llamar la atención, entre lo desconocido y lo invisible. Un hombre tan sencillo en ocasiones, que la sencillez pasaba por estupidez, y otras veces por dejadez. Alfredo había sido, casi durante toda su existencia, un hombre de los que pasan por la vida con mucha más pena que gloria. Pena propia además, de esa que amarrada en la rutina y en la indiferencia no hay forma de deshacerse de ella y acaba por crear un aura ausente hasta de transparencia. Casi se podía decir que Alfredo no había tenido vida individual, y en el resumen de su vida no había aprendido a identificar los momentos estelares de su propia historia, aquellos que recordar como sus grandes hitos. Incluso las grandes derrotas de su propia humanidad, las cercanas, las del día a día, habían pasado por su lado sin dejar ninguna huella. Pero él no supo de estas circunstancias hasta que conoció a Malena.
Tras los primeros encuentros con aquella mujer inusitada, y justo cuando ella lanzó su Pregunta, así con mayúsculas, Alfredo dio por pensar en qué momento había dejado de apreciar su propia existencia, y por más vueltas que le daba al asunto nunca alcanzaba a comprender donde había podido estar aquel punto de inflexión. Llegó a la conclusión que aquello debió acontecer en su más tierna infancia, aquella que por su ingente inocencia carece incluso de conciencia, o incluso más allá, cuando aún en el vientre de su madre, esta ni siquiera fue consciente de su concepción. Quizá aquel espermatozoide, el veloz que llevó a su fecundación, debió ser más un despistado que el campeón que había conseguido llegar el primero a la meta. Sólo así, considerando que incluso el comienzo de su vida había sido un accidente, era capaz de razonar su insignificancia, prescindiendo de la urgencia de la inmediatez y de la capacidad de apreciación de la excepcionalidad de algunas situaciones de la vida como elementos que le hubieran destinado a hechos excepcionales.
Aquella tarde vaga, acomodada en la variabilidad de las nubes de un verano tórrido, contemplando el suave deslizar de los gansos sobre la cristalina superficie del lago, se sentó junto a Malena, mientras esta se anudaba las desangradas zapatillas de ballet, aquellas que durante años habían acumulado tantas grietas que rezumaban fatiga y ajetreo en cada hilo de su raso. Cuando Malena le preguntó que había hecho en su vida, siendo ambos conscientes de que la mayor parte ya había transcurrido, y lo que quedaba por vivir era más bien un inconstante, a Alfredo se le empañaron las canas y por más que rebuscó en su memoria no supo que contar.
Los segundos pasaban, con la mirada de Malena, su mirada escrutadora y fantástica, fija en él, mientras el arrebol ascendía contra toda voluntad, por las mejillas ásperas y veteranas de Alfredo, tratando de encontrar aquellos momentos que retrataran su vida hasta ahora, aquellas claves que lo hubieran convertido en lo que en ese momento, en aquel preciso instante, era él. Mas la respuesta no llegaba, y cada instante era una espina clavada en el corazón de Alfredo, pensando sorprendido por primera vez, en su inusitada sencillez; en su primera boda, más decisión de las familias y de su anterior esposa que de él mismo, en los nacimientos de sus hijos allá en las alejadas propiedades de su familia política, lejos de él mismo, como si su participación hubiera sido una circunstancia accidental, y en su posterior educación, decidida por tradición familiar en internados de otros países. Nada espectacular, nada excepcional, ni siquiera nada a lo que atribuirse, por necio que pudiera parecer, un pequeño éxito. Y mientras el tiempo pasaba, y Malena seguía sin pestañear, Alfredo encontró la respuesta que resolvió aquella incómoda situación:
Las viejas cortinillas del tren esconden entre sus pliegues los temblores de quienes se fueron sin querer marcharse, y las lágrimas de aquellos momentos que nunca llegaron a ser. En el frío tacto de la ventana, cuando apoyo mi mano, aún puedo percibir los arrestos de aquellos dedos que quedaron enganchados en un vaivén que de propio fue ajeno.
Hay un rincón en el vagón, allí donde imagino tu cajita de recuerdos, donde depositaste el pétalo de mi última amapola. Ahora, las amapolas, ya no están. Murieron entre los abrazos dorados de los trigos, y del centeno, muerte dulce. Me alegro de haber podido enviarte uno de ellos cuando aún su terciopelo podía hundirse entre tus dedos. Quizá ahora puedas atesorar el olor de la vieja tinta con la que te escribo. Me gustaría que en ella pudieras también ver el color amarillo ceniciento de un quinqué, fluctuando en las sombras de mi tinta, como un fantasma que conoces, pero que desaparece en cuanto tratas de hacerte amiga de él. Lleva la tinta también el sonido de mi mano, cuando se desliza sobre el papel. No consigo descifrarlo. Somos más misterio para nosotros mismos que para nadie mas.
¿Que encontraríamos tras las letras si pudiéramos mirar detrás, como se mira bajo una vieja alfombra? En sus sombras adormecen sueños, y se visten con los colores que retiene su negro, porque el negro, al fin y al cabo, son todos los colores, tan revueltos que han perdido su identidad, tan felices en su algarabía que no les importa como se ven. Quizá la felicidad es eso, estar tan revuelto que no importa como te muestres, ni como te vean.
Pero yo siempre creí que el negro era el color de los miedos, y el del sufrimiento. No el de las penas, que ese es el gris, que es como un negro desteñido, y el negro es el color de la soledad, el de la soledad profunda, como una noche sin estrellas, y sin luna. Y ahora me doy cuenta de que el negro es el color de la tinta, y el de la sombra de la tinta, y pareciera entonces que aquello que escribimos se vistiera solo de frustraciones. y entonces me asaltan las dudas ¿es la tinta la felicidad?
Quizá sea la tinta el hilo que aproxima mundos, el tuyo, el mío, otros desconocidos, ajenos, invisibles,... y quizá guarde el secreto de quién es más ajeno al otro, si tú te levantas, y a través de tu ventana ves una tierra redonda, pálida y sumisa, mientras yo te veo en mi bola de cristal, como mago de un mundo imaginario que envía sus misterios rodeados de candor, devolviéndo el arrebol de la infancia. Somos tan ajenos a los otros como queramos hacernos; somos tan ajenos a nosotros mismos como nos habitemos. Y solo en la negrura de la tinta, allí donde nos derramamos, sabremos quienes somos. Por eso sé quien eres. Y somos tan próximos como espacios entre nuestras tintas. Y aquí, en la sombra de la mía, en la sombra de mi vieja tinta, resuena el eco de los misterios, y una brisa fresca como bendición ancestral recuperada. En cada despedida, siempre queda el aliento de un nuevo encuentro. ¿Con qué te quedas?
Estaré, una vez más, en la sombra de mi vieja tinta…
descubriría que puede más el temor a la incertidumbre incierta
que el dolor de la incertidumbre certera,
descubriría que quiero mil vidas,
Sí, mil vidas,
las que estén por venir...
No somos más de lo que nosotros mismos nos pensamos que somos, luego somos lo que sea nuestra fe. Y es que no hay fe sin razón. Más de allá de nuestras limitaciones, nuestras miserias, lo que hay son ilusiones, y tentativas, y también la conciencia de la no existencia de la autosuficiencia, del arraigo en los demás,pues no somos dioses, que nunca lo fuimos, por mucho que soñemos con un Olimpo, y que moriremos, hoy, mañana, cualquier día,….
Si un día se me concediera la oportunidad de regresar, pediría que tu fe, y mi fe,sepan alimentar las mil vidas que nos quedan por vivir, aquellas mil vidas en las que aún podremos elegir qué ser...
“Yo sentí en ese momento, con una certeza que non estaba del todo exenta de un sentimiento doloroso, que tampoco el año que viene, ni el otro, ni en todos los años de mi vida escribiré un libro en inglés ni en latín: y eso por un solo motivo cuya rareza, para mí embarazosa, dejo a la discreción de su infinita superioridad mental el ordenarla, con mirada no cegada, en el reino de los fenómenos espirituales y corpóreos extendido armónicamente ante usted: es decir , porque la lengua, en que tal vez me estaría dado no solo escribir sino también pensar, no es el latín, ni el inglés, ni el español, sino una lengua cuyas palabras no conozco ni una sola, una lengua en la que me hablan las cosas mudas y en la que quizá un día, en la tumba, rendiré cuentas ante un juez desconocido”
Tremendo.
Supongo que en todos los que una vez nos pusimos delante de un papel, o de una pantalla en blanco con la intención de escribir “literatura” (cada uno al nivel que pueda o que le dejen (no aspiremos todos a convertirnos en los herederos de Zola o de Delibes), subyace la idea, nada descabellada por cierto, de que la “musa”, la “idea”, la “capacidad” o más allá, el “intelecto” nos abandone, y esta nuestra devoción por las letras y la pluma, un día, sin más, sea un abismo al que nos enfrentemos con el resentimiento de que una vez estuvimos a punto de dominarlo. Y para contrarrestar esa sensación y mantenernos ágiles en aquella actividad que tanta satisfacción nos produce, aún a costa algunas veces de parirnos textos con el sudor de nuestra frente y de arrancarnos tiempo donde no lo hay, estudiamos a otros, generalmente a “los buenos”, profundizamos en las armas de nuestro lenguaje, ampliamos nuestro vocabulario, gramática y formas de escritura, pasamos de la prosa al verso, a las frases descolocadas, a las metáforas, a los signos ortográficos que nos ayuden a retratar los gestos que queremos expresar, y nos estudiamos en fondo y forma, en espíritu y en calamidades para, apoyándonos en nuestras propias sensaciones y sentimientos, dotar de vida a nuestros personajes y a nuestros paisajes. Y para todo ello nos basamos en una sola cosa: la palabra. Conceptos asignados, la mayor parte de ellos en tiempo remotos, a los abstractos que han poblado nuestra vida.
Descubrir que aquello que nos rodea excede el contorno de las palabras, es una crisis a la que no quisiera sucumbir. Encontrar que los conceptos son irrisorios ante la verdadera esencia de la identidad de lo que nos rodea, que la naturaleza, las personas, los sentimientos contienen mucho más de lo que se recoge en el ámbito del lenguaje me deja una sensación de vértigo difícilmente superable, una crisis de identidad de lo racional, porque se complementa con las ausencias y con la irracionalidad de los conceptos y me enfrenta a la sensación tremenda e inmensa de que no sé nada, de que el mundo no sabe nada y de que nada me puede enseñar, y partiendo de la base de que mis conocimientos son nulos, nada podré aprender ni aprehender por mis propios medios. ¿Qué queda entonces? Solo dejarse llevar, retirarse de la vida, para intentar comprenderla y asimilarla desde la no vida.
Lo sé. Que este post hoy resuena un tanto trágico. Pero es que esta pequeña carta, escrita por un gran poeta que descubrió de repente que las palabras no le servían, que la poesía de la vida iba mucho más allá de todo lo que el, con su éxito, pudo escribir, me ha hecho meditar. Y me ha callado por un tiempo.
Y sin embargo, no puedo evitar pensar que la palabra, rodeada de sentimiento, de observación y de meditación, aun con sus limitaciones y con sus incongruencias, es el don del que nos han dotado para hablar de todo aquello que nos rodea y para expresar todo aquello que somos. Ningún otro ser vivo puede hacerlo.
Ni que decir tiene que recomiendo para una lectura pausada y en calma, este pequeño libro.