Presintió la escena de la partida y pensó que no sabría contener las lágrimas, por más que su amigo Roque, el Moñigo, le dijese que un hombre bien hombre no debe llorar ni ante la muerte del padre.
Sigue siendo tan fácil fraguar las letras, y tan difícil desmontarlas… Vagaban mis pensamientos por esa vereda que diariamente recoge mis pasos. Es un camino viejo, de aquellos de antaño, cuajado de árboles sin nombre, quizá olmos, quizá álamos, que solo parecen existir cuando uno se da cuenta que la sombra que le ampara surge de sus ramas extendidas, en un abrazo espontáneo. Y sin embargo, si uno les presta algo de atención, puede resucitarse en ellos los matices de un invierno.
Estos días atrás, bajo una lluvia incesante y rotunda, se cuajaron sus ramas, huesudas y acartonadas, de un rojo Burdeos, muy oscuro, supongo emborrachadas de tanta agua, mientras soñaban entre sus crujidos con las promesas de Abril. En los días lejanos de sol luminoso y brisas gélidas, mostraban el gris leñoso embarrado en el verde musgo del norte. Más estos días, su tono era el propio y más cordial para este largo invierno, un gris sucio y harapiento, este tiempo apático que ha sido testigo de tu partida.
Quizá por las veces que estos días escuché tu nombre, D. Miguel, esta vereda me recordó al parque de la Plaza del Poniente, en las cercanías del río de la ciudad, donde hace años te veía pasear enfundado en tu chaqueta castellana y en la bufanda de cuadros. Ya sabía entonces que verte caminar en las calles de la ciudad era un gran privilegio, que era tu ciudad, esa que estos días te rinde homenaje en tu último paseo, la que a fuerza de resistencias y heroicidades calladas prendería una y otra vez tu recuerdo. Aquella que tu recogiste en tus textos, que tú ensalzaste y ultrajaste, alabando sus privilegios y denunciando sus miserias. Recuerdo que eras tema de conversación en las clases de literatura, a las que volvíamos emocionados después de haberte visto en el tiempo del recreo, sin nunca jamás haberte dirigido la palabra, pues tu fama de huraño te precedía. Suponía yo, desde el candor de la adolescencia, que sin dicha actitud hubiera sido imposible mantenerse algo cuerdo entre tanta notoriedad, pues usted, D. Miguel, quería seguir viviendo en la provincia con su sosiego y su rutina. Y nosotros, los pucelanos, obstinados en no perderle, decidimos hacernos los ignorantes de su presencia, aunque en el fondo el orgullo de verle pasear se nos desbordaba más allá de los límites de la ciudad.
Imagino, desde esta lejanía de mi éxodo escogido, donde a pesar de todo no se pierden las raíces, sus paseos a la sombra del Campo Grande, acogido en los colores hechiceros de los pavos reales. Seguro que estas mañanas se avergonzaron de su belleza y echaron de menos el rigor del negro que tiñera de luto algo más que los corazones. Pienso que no hay niños que pregunten al barquero del lago donde se esconde la bruja, aquella que por años habitó en la invisibilidad una cueva recóndita, sólo accesible desde el agua. Ahora, menos que nunca, se atrevería a mostrarse sumida en su propia irrealidad, perdida la fe en una leyenda que solo tus dedos hubieran podido recoger con la dignidad de la vida ficticia. Perdido tu bolígrafo entre los papeles reciclados que te enviaba tu periódico, la bruja nunca será ya lo que hubiera podido haber sido.
Escucho, D. Miguel, los pasos rancios y heréticos en los adoquines de las Cadenas de San Gregorio, y resuena el lamento de aquel rey cuyo primer paseo comenzó a través de los barrotes de una ventana. Los mismos adoquines que recogieron el tránsito de los herejes, y que gracias a usted, salieron del olvido. Los mismos adoquines por los que caminó el poeta Zorrilla, en cuyas proximidades aún se puede visitar su morada, y reposar en el jardín en que tantos versos debió componer. Y tu hogar, D. Miguel, próximo a la casa donde vivió Cervantes, en las orillas del Paseo del poeta Zorrilla. Porque no podía ser de otra manera. Un grande entre otros grandes.
Te llora la ciudad, D. Miguel, porque en tus letras la cubriste de recuerdos y de alientos, y los árboles afilados en el invierno, se lamentan de no tener hojas que acompañen con su lamentación esta tu partida, y el parque de la Rosaleda, ausente de flores, muestra con mayor fiereza el dolor de sus espinas. Y aunque los hombres no debieran llorar, como escribiste en El Camino, se llena la Plaza Mayor de lamentos, y en el camino al Cementerio del Carmen, se cubrirá el silencio con sordos sollozos. Quizá no somos tan hombres como creemos. Quizá aquellas letras, sobre lo que debiera ser, no corresponde a lo que es. O quizá no es aplicable aquella máxima a una ciudad entera. Una ciudad a la que usted, D. Miguel y vuestra memoria, han preñado de un poco más de Historia, aunque usted haya emprendido otro camino.
Un inoportuno catarro convertido en vértigos me dejaron incapacitada unos días para ir a trabajar, sin poder mantener el equilibrio y mucho menos conducir desde mi casa, en un pequeño pueblo a las afueras de la capital, hasta mi puesto en unas oficinas públicas de Plaza de Castilla.
La primera noticia de aquella luminosa mañana de marzo, mientras desayunaba, fue la impiedad y locura repentina de unos desalmados que sembraron de muerte y destrucción el trayecto que eventualmente realizaba en transporte público a mi puesto de trabajo y el que muchos de mis compañeros sí utilizaban de forma diaria. Y en aquella hora.
Recuerdo que no pude desayunar. Mi teléfono comenzó a funcionar, tratando de averiguar sobre mis compañeros, muchísimos de ellos procedentes del Corredor del Henares, donde se había hecho la selección de personal para cubrir los doscientos puestos que ocupábamos temporalmente. Hasta algunos días después no supe de algunos de ellos. Algunas historias absolutamente aterradoras, como la de Isabel, que había formado parte unos meses antes del equipo que yo coordinaba, y fue encontrada varias horas después del atentado, vagando por las vías en dirección Villaverde, absolutamente desorientada y sin razón. Muchos meses después aún estaba en tratamiento psiquiátrico.
O Juan, mi compañero técnico, en el tren de El Pozo, que años más tarde aún se culpaba de no haber hecho nada, cuando tras la onda expansiva que sacudió el vagón anexo al que él viajaba, solo pudo sentarse en el andén, intentado comprender que había pasado y qué era todo aquel amasijo que sus ojos contemplaban. No fue capaz de ayudar a nadie. ¿y quién lo culparía? A día de hoy, aún no ha expulsado sus demonios, contando que vio, que sintió o qué olió. Solo se culpa.
Marta, una preciosa muchacha rubia de ojos verdes, es uno de los milagros de aquel dia, pues la onda expansiva del tren que llegaba a Atocha solo la ocasionó moratones al salir despedida varios metros. Solo. Y Mª Angeles, en el tren que explotó en el interior de Atocha, del que salió sin mirar atrás, corriendo por las escaleras hasta la superficie. Un año después, nos habían trasladado a un edificio de la nacional II, y sentimos el atentado que se produjo en uno de los edificios en el Campo de las Naciones, a varios kilómetros. El suelo de nuestra planta se movió y todas las enormes cristaleras temblaron. Ella, en el acto, comenzó a llorar y a temblar, y tuvo que marcharse a su casa. En coche, porque aún no había sido capaz de montar en metro.
Entre todos mis conocidos, varias decenas, que viajaban aquel día en aquellos siniestros trenes, solo una de ellos, perdió a su hijo, un muchacho de veintitres años. Su único hijo.
Y aunque mis amigos pueden considerarse de los "afortunados" a mí aún se me encoge el corazón. Y creo que nunca dejará de encogerse. Y eso que no estuve allí.
Por alguna extraña razón del destino que no alcanzo a comprender, un día nuestros caminos se cruzaron. Fue una mañana de domingo, o quizá fuera otro día. No estoy segura pues el tiempo cambió su condición cuando le conocí. Pudiera entonces haber sido una mañana cualquiera de primavera. Recuerdo entre ciertas brumas un sol tenaz, que comenzaba a ganar la batalla al frío, y aún desafiando el aire fresco de la mañana, quise disfrutar del cielo limpio en la vereda de un camino en el Bois de Boulogne. Me gusta ir temprano, cuando la ciudad aún se despereza entre las sábanas y el alegre jolgorio de la naturaleza se impone al estruendo humano. Suelo apartarme de las sendas, y acomodarme bajo la lluvia verde de algún sauce llorón, pues el disfrute de algún libro exige que el lector se abstraiga completamente del tiempo y el espacio, y se adentre en aquello que el libro desea contarle. En un recodo del parque, entre las sombras de imponentes árboles, encontré una pequeña colina donde extender mi cuerpo, al resguardo del frío de la tierra gracias a una gran pañoleta que prudentemente había incluido en mi bolso. Él se sentó cerca, creo que sin percibir de ninguna manera mi presencia, y cerrando sus ojos, elevo su cara hacia el sol, como si estuviera dirigiendo una plegaria en un rito secreto. Después, lentamente, se descalzó, dejando al descubierto sus calcetines.
A menudo, sus calcetines delatan su condición. Uno de cada color. Resulta difícil describirle. Cuando alguien me pregunta por Héctor, por su aspecto, me quedo en blanco, y no sé qué decir mientras una sonrisa, invariablemente gana mi rostro, recordando aquel día que se presentó combinando un pantalón de tergal gris marengo, supongo de un traje de buena hechura, con una camiseta negra de algodón, estampada con la imagen del Discóbolo. Así, Héctor tiene la apariencia de cualquier otro ser humano, con sus defectos y con sus virtudes, y sin embargo hay algo que revela algo especial. Pienso muchas veces qué pudiera ser, y llego a la única conclusión posible. Héctor destaca por el amontonamiento de ideas que se derraman desde sus bolsillos al caminar. Y por la certidumbre tajante y rotunda cuando expresa su opinión, en contradicción con su peculiar aspecto, tan cercano a la desidia y la futilidad. Esta es una de las grandes paradojas de su vida.
Hoy Héctor cruza delante de mí, y ante su indiferencia debería sentirme dolida, pues en ocasiones me ha dicho cuan importante soy para él. Sin embargo, me limito a sonreír, dejándole perderse en la magia de sus cavilaciones. Yo ya sé como es. Ante personas como él solo hay dos actitudes posibles: rendirse a la magia de su genialidad, o rechazarlo y criticar su delirio. Es difícil hoy en día ser un genio, cuando dedicarse a pensar en la vida es un hecho absurdo, cuando se piensa que todo ya esta pensado. O que no hay nada que pensar, y se tilda de vagos a aquellos que son eso, pensadores, aquellos que creen que solo el pensamiento puede hacer de nosotros una raza racional, solo el pensamiento nos hará acreedores de la denominación “inteligentes” y conllevará una mejor sociedad.
Pudiera salir corriendo tras él, y gritar su nombre, sin ninguna garantía de que se diera por aludido, pero prefiero pararme y contemplar su caminar ausente y su pelo airado, recién salido de alguna batalla contra el viento, que por supuesto, en su mente, habrá ganado. No existe la pérdida en la vida de Héctor, pues para él, todo es siempre ganancia. Algunas absurdas, otras pasajeras, pero ganancia al fin y al cabo.
Tras aquella imagen del parque, con sus intrigantes calcetines y mi carcajada al verlos, Héctor y yo nos perdimos en conversaciones y diálogos. Un día, sin motivo aparente, comenzó a descorrer los pestillos de su Alma. Entornó sutilmente la puerta y permitió que mi vista vagara por su interior. Poco a poco, aquella puerta entornada fue abriéndose cada vez un poquito más, hasta que pude encontrar un pequeño acomodo, del que algunas veces consigue echarme.
El mundo brillante y sombreado que encontré en su interior fue el acceso al gabinete de trabajo de un gran artista, con pinturas, esculturas y artilugios en distintas fases de creación, y muy pocos terminados, mientras él únicamente mostraba a los demás sus manos embadurnadas de mil colores, cubiertas de grietas y heridas. Difícil hacer comprender que aquella apariencia que obstinadamente afirmaba bajo un aspecto huraño y a veces maleducado, era solamente el recubrimiento que protegía a un ser valiente y delicado, temeroso de sus propios esfuerzos, fiero ante sus tropiezos, receloso de su propia capacidad. Una persona cuya timidez le hacía incapaz de habitar entre los demás, terminando por convertirse en un genio deshabitado, quien en su lucha por encontrarse a sí mismo, más de una vez se había perdido, y perdiéndose él, no podía encontrar a nadie. “La ternura del poeta es blanda por dentro” me dijo en una ocasión, y supe que él era consciente de su destierro, pero también que aquella lucha contra su propio ostracismo estaba de antemano perdida.
La realidad era para él trozos de cristal que modelar y que pulir, aún cuando en su arte pudiera resultar herido, la realidad era versos que componer en el espacio de dos pentagramas, una melodía que sólo él podría escuchar.
Volvimos muchas veces a nuestro parque, y nunca dejó de sorprenderme su mirada del mundo, una mirada a veces tan infantil que me hacía sospechar se hubiera escapado de algún centro donde hubiera estado encerrado desde el comienzo del uso de la razón. Nunca olvidaré aquella tarde en la sombra del bochorno del verano. En un charco cercano, unos pequeños gorriones jugaban, aleteando dentro del agua, lanzando pequeñas gotas en derredor. Héctor me preguntó cual era el nombre de aquellos pájaros ante mi incredulidad, más su insistencia me confirmó que su pregunta era sincera y ciertamente no lo sabía. “Gorriones” le respondí yo “el pájaro más común de cualquier ciudad. Existen en todos los parques, desde tiempo inmemoriales…” mientras en su cara se acrecentaba un asombro jubiloso a medida que aquellos pájaros, ausentes de nosotros, se revolvían una y otra vez en el agua sucia; era el suyo un regocijo inconmensurable, como si Dios hubiera decidido en aquel mismo instante dar vida ante nuestros ojos una escena hasta entonces inédita de la creación. Y en aquel momento, supe que ya nunca le perdería, que siempre estaría conmigo, con sus pequeños detalles y sus grandes misterios.
En otra ocasión, su rostro afligido me adelantó alguna contrariedad. Al preguntarle, me contestó adivinando en su mirada y los tropezones de su voz una cierta carga de culpabilidad “¿Cómo te trato?”. La sorpresa en mi cara debió ser suficientemente precisa, pues añadió “sé que me quieres, y a veces he sentido que no me he comportado contigo con la dulzura que debiera…” El solo hecho de saberme en sus pensamientos fue el brote de una lágrima rodando por mi mejilla, oculta para él, que encendió mi corazón. ¿Cómo podría dejar de quererle?
Instantes después me sorprendió la intensidad de bombero en su mirada, como si un incendio estuviera próximo a destruirme y él estuviera tratando de salvar en su memoria aquellos detalles que irremediablemente se estaban consumiendo. O quizá descubrió en mi rostro algo nuevo, como la primera vez que la naturaleza te muestra su magia, y tratas, contra todo pronóstico, de atesorar cada uno de los recodos para luego decidir con cual quedarse… en mi mente, luchando contra un cruel destino, desterré la posibilidad de que fuera la mirada del adios. Sé que podría vivir sin él; sé que la vida incluso podría ser más fácil, pero qué distinta sería...
Héctor, con aquella mirada inquisitiva que me recorrió de arriba a abajo, descubrió, entre las trenzas de mis sandalias, una pequeña huella, el resultado de una batalla de verano con un mosquito, y recogiendo un beso de sus labios, lo depositó con sus dedos en aquella señal en la curva de mi pie. Nunca le dije que aquella marca nunca llegó a desaparecer, y que aún hoy, años más tarde, permanece conmigo, recordándome aquel instante de sublime ternura.
Y mientras yo me pierdo en mis recuerdos, Héctor camina calle abajo, descolgado de este mundo que tan poco comprende toda su excepcionalidad, ausente de un entorno en el que no encaja ni quiere encajar si para ello tiene que renunciar a lo que es, buscando algunas veces un mundo a su medida, un mundo que probablemente no llegará.
Cuando llegue a casa tendrá un plato de comida para alimentar su cuerpo, del que a veces tan poco se preocupa, obstinado en alimentar su espíritu, y con una sonrisa le recordaré que teníamos una cita para comer juntos, recordando que hoy era nuestro aniversario. Más hasta ese momento, disfrutaré en soledad de nuestro rincón en un bosque de Paris, allí donde, de una vez, y para siempre, mi vida fue la vida de Héctor.
‘Cuántos cuidados nos tomamos en alimentar a nuestro afortunado cuerpo! Pero, ¿cuántos de nosotros hacemos algo similar por su mente? ¿y qué es lo que marca la diferencia? ¿Es el cuerpo, con mucho, el más importante de los dos? [...]
<<¿Qué ha estado haciendo con la mente los últimos días? ¿Cómo la ha alimentado? Está pálida y su pulso es muy lento”>>
<< pues bueno, doctor, últimamente no ha tenido unas comidas muy regulares. Ayer le di muchos dulces>>
<< ¿Dulces? ¿De qué tipo?>>
<< Bueno, pues un paquete de acertijos, señor>>
Hace unos días cayó en mis manos por casualidad una pequeña obra de Lewis Carroll, apenas 70 páginas. Su título “Alimentar la mente”. Estos libros que sin buscarlos, de repente, te llaman desde donde se encuentran, y tras un breve vistazo sabes que tienes que llevarlo contigo. También he de reconocer que los dos temas que trata, qué leer y como escribir cartas, pesaban demasiado sobre mí. El primero por corresponder a una breve pero interesante conversación que había mantenido días antes. El segundo, ya lo sabéis, mi afición a escribir cartas.
Debo deciros que el libro es propio de Lewis Carroll, y en las escasa media hora que tardé en “devorarlo” me reí como hacía tiempo no conseguía hacerme reir un libro. Su forma de plantear las situaciones, como el pequeño párrafo que dejé arriba, es verdaderamente divertida, pero no por ello dejan de ser temas en los que meditar.
¿Somos conscientes de que aquello que leemos nos influye de manera determinante, aún sin nuestro permiso nos crea ideas, posiciones, e incluso hasta prejuicios, por cuánto es el alimento de nuestra mente? ¿Sabemos que este alimento debiera ser al menos tan importante como el del cuerpo? ¿Ejercitamos la mente para que esté sana?
A menudo creo que consideramos la mente algo tan espontáneo como el respirar, y sin embargo es el aspecto que define a la raza humana, aquel por el cual podemos considerarnos “los elegidos”, aquellos con la capacidad de construir y de destruir el planeta en el que vivimos. Esto es algo verdaderamente grandioso, y a menudo nos pasa más que desapercibido.
Me encanta “ir de librerías” (un poco más incluso, que “ir de compras”, ya sabéis, bolsos, zapatos, modelitos de última generación), pero cada día me resulta más difícil elegir qué leer, y al final, acabo en los clásicos, casi sin temor a equivocarme sobre qué alimento dar a mi mente. Soy partidaria de la diversidad, y de dar oportunidades a cuántos nuevos autores tengan algo que contar y que enseñar, una prosa que admirar, o una capacidad de crear poesía que envidiar. Pero los mostradores de las librerías están llenos de libros cuya única característica es que producen dinero, por aquello de que en los lectores no generan ningún tipo de meditación, ni de cambio en sus actitudes, ni de crecimiento intelectual.
Me pregunto qué baremos utiliza hoy en día la industria literaria para determinar que obras a publicar, y aunque efectivamente una industria está creada para dar beneficios y generar en cierta manera riqueza, también es cierto que existen ciertos controles de calidad para que los productos puestos a la venta tengan de alguna manera beneficio en los usuarios.. escribo y pienso que esto, en realidad, no se aplica en casi ninguna industria, ni siquiera la alimentaria, que debiera ser tan cuidadosa… qué lío de cita del domingo... Quizá debiera dejar de leer a Carroll...
Me pregunto si existe algo parecido a una MENTE OBESA. Realmente creo haber conocido a una o dos de ellos; mentes que tendrían dificultades en mantener el mínimo trote en una conversación, que no podrían saltar una valla lógica ni aunque les fuera la vida en ello, que se atascan rápidamente en estrechos argumentos y que en resumen no están en condiciones de hacer otra cosa que no sea andar dificultosamente por el mundo.
Un silencio, en el silencio, dura una eternidad. Siempre.
P.d. ¿Dos respuestas? ¿Una respuesta reiterada?
¿Y si fuera el silencio el lenguaje de un corazón? ¿Y si fuera el idioma del miedo, y escondiera en sus renglones el espíritu de los valientes?
¿y si para ser valiente antes, sobre todo antes, hubiera que ser un gran cobarde?
¿Y si fuera el miedo, en sus silencios, la gran contracción cada día, solo porque escapar de él, así, a impulsos, fuera el latido, crudo y hueco, de la vida?Un idioma, el del silecio, por conquistar...
En silencio... un horizonte teñido de transparentes irisados, una gota de agua infinita en el requiebro de un tiempo que no cuenta, una gota de agua, modesta y presumida,
que en silencio rompe un desierto...
En silencio... el deslizar de unos dedos y el crujir solemne de los botones de una templada camisa, y la cadencia de aquel beso que calló, y que cayó, sin orgullo, sin devoción,
sobre la piel monótona y asustada.
El silencio... la bruma que encierra el recorrido de un dedo en las esquinas del alma, mientras las mariposas resbalan, entre risas y escaramuzas, con el resplandor de su aleteo. Y las aves, libres, misteriosas, sin destino, sobrevuelan
entre las espinas invisibles de un cielo azul, demasiado azul.
¿Quieres un destino? Eres tú. El instante de una oración en el jardín de los almendros, mientras sus flores, blancas y rosadas, cantan aquella melodía que un día quisiste regalarme y no se llegó a componer... y que ellos, en silencio, cantan y que, en silencio,
tus dedos tocan sobre un piano mudo...
Escucha... es tu silencio... hay un lazo violeta escribiendo versos en el viento, señalando un pensamiento, que sube y baja, que llora, un pensamiento tentado de hablarte...
¿Lo oyes? Es el silencio... cuenta la historia de los campos yermos, atiborrados de soledades ocres, mientras los verdes duros de los olivos cierran sus ojos bajo el escarnio de un sol de verano, incluso mientras los olivos, con sus verdes señorial imponen su lustre en el gris chocolate de un invierno demasiado largo, sobre la tierra vuelta al cielo, abierta esperando si acaso un sepelio...
Un silencio, imperecedero e inmoral, acomodado en el gris granito, un silencio imborrable, perpetuo, que ya nunca más dirá, y por más que uno lo enfrente, el silencio, ese silencio, de amigo vagabundo que ya no volverá, ganará...
Siéntelo, se adentra el silencio bebiendo palabras,
cuando el suave deslizar de la tinta te menciona...
Ulises calla en este punto, cuando su cuerpo, tras haber recuperado en una ilusión el vigor del ayer, expulsa un sonoro suspiro y torna de nuevo en cochambre decrépita.
La memoria de Ulises vaga desconcertada por su pasado, tratando de encontrar el camino que le ha conducido a su parque, a este rincón teñido de espanto y de cenizas, donde los grises quedan encogidos en la mísera punta de un lapicero. Recuerda su decepción después de su trabajo en la mina, y el frío que sintió con aquella piedra entre sus manos, un frío intenso, devorador, que comenzó en un latido de su corazón, y acabó en el abismo vacío de sus ojos. Aquel frío quiso combatirlo con más frío, como si la suma de dos mismos factores pudiera generar el efecto contrario, y se fue a una isla helada, desierta, donde pasaba en tiempo inventariando cubitos de hielo, entre la soledad de su silencio, un silencio en el silencio, y el resplandor de su diamante, el brillo sobre el brillo blanco del hielo. Más el hielo solo hizo lo que sabe hacer, helar, y el frío de Ulises fue cada vez mayor, un frío universal, que arrugó su frente, y sus dedos, y su Alma hasta convertirla en un guiñapo de Alma, pequeña y recóndita, escondida de sí misma.
-Siga usted, por favor, aún tengo tiempo...
-Mucho más tarde quise detenerte el tiempo, se me escapaba mientras mis respuestas no llegaban, por más que me empeñaba en buscarlas. Y lamía constantemente aquel frío, engarzado en cada uno de los poros de mi piel hasta doler, curtiéndola hasta quebrarla; aquello sí que dolía, pero no era el dolor que yo buscaba, aún perdido en las ruinas de mi silencio, cauterizándome frente a mí mismo. ¿Sabe usted? Quise detener el tiempo, y casi lo conseguí. Quizá nunca perdí la ingenuidad de mi niñez, y con mis manos arremetía contra la arena de los desiertos, encerrándola en sus cápsulas de cristal. Construir relojes de arena fue otra de mis ocupaciones, aquella en la que pensaba que sometía a la arena, que al impedirla su libre volar en las risas del viento derrotaba al tiempo, pero la arena, nunca se acababa... era infinita... como el tiempo, que es infinito, pero yo no lo era... Y un día decidí regresar, endurecido, con mil respuestas que no buscaba y una pregunta sin responder. ¿Dónde está mi rincón absoluto, allí donde pudiera amar? Y desde entonces, me siento aquí, cada tarde, una vez más en un paisaje equivocado, pero ¿cuál es mi paisaje? Ya lo ve... aún al final, todo son preguntas sin respuestas...
-
Y un silencio. Cada uno de los dos, mira hacia su frente, como si volverse y encontrarse pudiera descubrir algún tipo de lazo entre ambos, como si la tristeza, en un solo gesto, pudiera manifestarse, y hubiera que evitar a toda costa semejante catástrofe. Y más silencio, magnífico y grave, cuando al sordo chapoteo de Andrew, en las proximidades de aquel banco, arrancó a ambos de su propio mundo en diferido para hacerlos conscientes del mundo que compartían.
-Debo irme, - lamenta el anciano.- Y ya lo siento. Ha sido un placer coincidir. Supongo que en algún momento podremos de nuevo volver a charlar.
-Sí, - dijo Ulises, arrastrando sus palabras – quizá...
-
Y Ulises permanece, siempre sentado en el mismo rincón del parque, perdiéndose, igual que durante toda su vida, los otros rincones del parque, pensando efectivamente que aquel era su paisaje más equivocado, pero sin atreverse a caminar ya hacia ningún otro lugar. Ulises, mientras reposa su espalda en el lacerante banco, se pierde en sus pérdidas, sin llegar a tantear las ganancias. No llegó a entender que el rincón absoluto que tanto buscó, al que dedicó toda una vida, no tiene que ver con el lugar donde físicamente se está, sino con los lugares donde se deposita el Alma, aquellos lugares que se vienen con uno tras haberlos visitado, los lugares donde Alma se gozó, donde sirvió con devoción, lugares donde quizá, se atesoraron lágrimas y dolor.
Hoy es el último truco de Ulises, aunque él no lo sabe. En la penumbra de una tarde de otoño, arrastra de nuevo su humanidad, más derrotada que ayer, quizá menos que mañana, y se sienta en el mismo banco que todas las tardes, que todos los otoños, que todos estos últimos años...
Hoy Ulises siente una pesadez especial en sus párpados, o que el sol, un poquito más bajo, tiñe de una plata brava la superficie del lago, cegándole. Y su cuerpo parece más espina que nunca. Sujeta el lapicero con fuerza, pronunciando un poco más el dolor de sus dedos, y durante unos segundos, espera que alguna fuerza ajena, posea su deseo y comience a dibujar. Pero nada sucede, y en la desesperación de un tiempo que se acaba, o que no acaba de llegar, cierra sus ojos. Y solo entonces, ajeno a todo, ajeno a sí mismo, el lapicero resbala y de su boca de grafito comienza a perfilar el recuerdo de Ulises, teñido de los grises de las caricias. En unos segundos, los segundos de un parpadeo pertinaz, el dibujo resbala bajo el anonimato del banco, donde lo encontrará días después su compañero de banco, que vio, conmovido el retrato de la que había sido, hasta hacía unas semanas, su mujer...
Y Ulises, el ilusionista del amor, cuenta despacio en su oscuridad
Uno
esperando que el truco que le de respuestas salga de su chistera...
Andrew se confunde con el brillo perturbador del agua,
¿donde empieza uno y acaba el otro?
Dos
intentando recordar, entre el silencio, la belleza, el frío, el tiempo, cual era la pregunta
Y Andrew se pregunta porqué el ilusionista no cambia de rincón, y de matiz
* * * * * * * * * * * * * * *
"¿qué color era aquel? no, no era el magenta que tiene nombre de batalla, y mucha más oscuridad, porque es un fucsia que tira al violeta. No era ningún color que tenga nombre propio. No es tan azul como los agapantos, un tanto pretenciosos, o como la flor del romero, o del espliego... No era malva tampoco, ni tenía, como tiene ella, sus pétalos marcados por trazos brillantes y llamativos. Ni lila, ni tan sonrosada como las peonías de ese tono, ni siquiera como la glicina, ni como la olorosa flor del tomillo o del cantueso. No tenía el dudoso azul del plumbago, ni la dura evidencia de la violeta tan invasora como el helecho casi, ni siquiera el delicado matiz de la vincapervinca.. Se asemeja más al heliotropo, pero fundidos en uno más modesto de sus matices...(...) No, no sé como acertar...."
Antonio Gala "Los papeles de agua"
* * * * * * * * * * * * * * *
* * * * * * * * * * * * * * *
* * * * * * * * * * * * * * *
* * * * * * * * * * * * * *
Todos los textos de este blog se encuentran registrados en el Registro de la Propiedad Intelectual. Reservados todos los derechos.