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Virginia Woolf


la muerte es como volver al origen


yo creo que la muerte es como volver al origen.


Esta es una idea que extraigo también de Joan Garriga: “La meta es como el regreso a casa, como enseñaba Kavafis, en Itaca. Ya no vivimos en nosotros mismos, sino que somos vividos por la vida. La vida deja de pertenecernos porque hemos depuesto la presidencia del yo y algo más grande nos ha tomado a su servicio. Entonces nos volvemos espontáneamente benévolos y amorosos, y sensibles al sufrimiento y a la belleza del mundo. “


Entonces podemos sembrar semillas para el futuro pero solamente si hemos sabido ser vividos por la vida, o por esa otra vida que nos hace ver lo diminuto y pequeño que es el yo, y lo poco que sirve. Así podemos comprender mejor esa transición.


Uno ya parece libre de sí mismo, y al mismo tiempo pleno de algo mas grande. Y la muerte pues es como esa gran liberación, que nos inunda de amor y de un silencio infinito.

~


En el tema de Opeth : Harvest. La muerte se ve como una salida.


En el huerto ando mirando detenidamente el camino por delante de la puerta.

Escenas marchitadas para nosotros que no podíamos esperar.

Agotado por la caricia más fría, acechando sombras delante.

El halo de muerte, todo lo que yo veo es la salida.

El lamento del doliente pero soy yo el que soy el mártir.


~

Into the orchard i walk peering way past the gate.

Wilted scenes for us who couldn’t wait.

Drained by the coldest caress, stalking shadows ahead.

Halo of death, all i see is departure.

Mourner’s lament but it’s me who’s to martyr.


Es musica de black metal o de down tempo, doom metal, que es una música más suave o lenta pero que tiene ritmos oscuros que penetran esa idea lánguida de una cercanía con la muerte. Este estilo puede llegar incluso a tener grandes solos de guitarra y muchos temas armónicos, por eso a mí me gusta.

~


Por otra parte, no siempre morimos en paz, no todas la muertes son iguales, aunque digamos que nos iguala. Hay también algo tocante a este punto oscuro y difícil de explicar. La muerte siempre nos confronta con la verdad. Pero yo creo que si superamos este dolor, como dice Joan Garriga, podemos amar con mayor facilidad.


Por otra parte también es como bendecir la vida que también continua a través de los hijos, o de los seres que nos dan testimonio, como también se ha dicho en algun que otro comentario. Es una especie de amor transitivo que se va traspasando de unos a otros, y que se comunica.


Pero la muerte no sólo verifica sino que nos iguala también, en el sentido de que descubrimos que todos somos iguales, y que lo otro era como una coreografía que nos había tocado danzar. Aunque esta idea, como las demás, pueden darse a interpretaciones personales. Aun así, nos verifica, es decir, nos pone en un juicio ante la verdad. Lo cual ya es un contrasentido, de la misma idea.


En realidad todo esto se debe a tradiciones espirituales y de sabiduría. Porque como dice, vuelvo a citar al mismo autor, del que he quedado impresionada por su libro, Joan Garriga: “Logramos la paz a través del asentimiento y del movimiento emocional de amarlos a todos, con independencia de lo que nos dolió, o incluyendo precisamente lo que nos dolió.”


~


Y también agradecer a Paloma y a Elsa esta manera o este espacio para poder responderos y poder reflexionar cada día sobre temas tan bonitos y profundos.


muchos besitos!


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los hombres aman igual

 


La mujer cuando tiene una aventura tiende a enamorarse rápidamente, es decir, cuando tiene una aventura sexual con alguien no es capaz de separar tan fácilmente como hacen los hombres lo que es la aventura física de la aventura emocional. Entonces a las mujeres no nos resulta tan fácil tener estas aventuras, este tipo de vida, que intentan digamos imponer los hombres porque a ellos sí les es bastante fácil.



Evolutivamente ellos tienen interés para la reproducción, es decir, que es como una llamada de nuestros orígenes a tener relaciones con todas las mujeres posibles para poder reproducirse. La mujer en cambio elige, y eso está un poco en nuestra evolución. Está en la base de lo que somos.


Y ¿es realmente la mujer la que elige? Pues en parte ella toma el peso de la decisión, ella es la que asume ser madre, la que tiene que tomar el peso o el esfuerzo de la crianza, que cada vez también, es verdad, toman más hombres o se ven involucrados. Otras madres fríamente se separan de sus parejas cuando toman la decisión de tener un hijo, parece como si solo operase en ellas el interés reproductor. En cierta manera, parece que la Naturaleza es la que elige.

~


Y todo esto son razones evolutivas, que hemos ido aprendiendo del seguimiento de estas lecciones de Elsa.


Y otras razones que siempre imperan son las del cerebro que está programado ante todo para sobrevivir, y ante todo para sentir seguridad. De ahí que tendemos a eso que llaman la homofilia, amor entre iguales, y a relacionarnos con iguales, a agruparnos con personas que se parecen a nosotros y nos relacionamos dentro de redes sociales. Esto puede dar un poco de miedo, porque parecemos un clon, ya no podemos curiosear o mostrar interés por lo inédito. Pero el estar rodeados de personas que sienten, piensen o visten como tú eso da mucha seguridad. Y necesitamos tener relaciones con los demás.


Otras veces nos cuesta mucho racionalizar decisiones que en realidad salen del corazón. Como son la de la pareja. Se decide en base a lo que le apetece, a lo que realmente siente que le hace feliz, con buen o mal criterio. Y luego busca todo tipo de explicaciones racionales para justificar esa elección.


El amor se parece más a una respuesta química instintiva que a una evaluación objetiva de las personas.


De este modo, por una parte satisfacemos la tendencia a la necesidad del cerebro de seguridad, y de sentirnos bien, y por la otra parte, cubrimos con ello también la necesidad de reproducirnos, al mismo tiempo que sin tender a la fidelidad absoluta establecemos un marco de lealtad, de confianza, de redes sociales, de abrirnos a las relaciones que nos permiten también tener unos ritos sociales para poder entendernos.

Pero nos diferenciamos tal vez por más cosas, no solo por la diferencia hormonal entre estrógenos femeninos y andrógenos masculinos.


El hombre, evolutivamente, porque viene de una sociedad de cazadores en la vida diaria las emociones eran como algo que podíamos reprimir y que nos hacían débiles. Las emociones muchos hombres temen que les hacen débiles y ahí las emociones eran un problema realmente, el sentir pena por abandonar a tu mujer y a tus hijos, pues era algo con lo que no podían cargar y entonces realmente los sentimientos le sobraban. Y es muy interesante ver cómo los hombres están recorriendo este camino de las emociones muy deprisa en términos evolutivos.


Lo que ocurre es precisamente el hecho de que los hombres interceptan aquellos sentimientos que son especialmente más potentes como el miedo, la ira, la tristeza o la ansiedad, pero por lo mismo porque tienen más probabilidades que las mujeres de verse engullidos por estas emociones es porque temen perder el control. Y por eso reaccionan más bruscamente y se cierran en banda. Estoy hablando del papel de los hombres o el de la inhibición masculina, de modo general, pero no quiere decir que se pueda generalizar a todos los hombres y mujeres.


Pero esto se superaría con una buena educación emocional, enseñando a reconocer que la emoción no es debilidad. Con un lenguaje también emocional que aprendamos a expresar. Para corregir y no caer en ese miedo a la inundación emocional.


~


A veces la identidad de la mujer no está clara tampoco, debe definirse en torno a los cambios sociales y nuevos modelos y ella no tiene mucho margen donde definir sus relaciones tampoco; a veces corre el peligro de perder su papel como madre, y su papel como mujer siempre es cuestionado.


Queremos sentir amor pasional, eso sería ya otro tema, porque queremos enamorarnos realmente de quien nos gusta. Como cuando alguien refleja nuestra ánima oculta. Y empezamos a darnos cuenta de que no podemos tratar sólo el cuerpo al margen de todo lo demás. Y que el mundo emocional está muy implicado en nosotros también.


Porque cuando uno instrumentaliza la relación en el propio beneficio sólo de uno o cuando empezamos a contabilizar la fidelidad o la lealtad, entonces la relación se termina apagando muy pronto, porque no puede ser la unilateralidad de uno, sino un diálogo interpersonal o una razón intersubjetiva entre dos.


El hombre siempre ha tendido a completar su ser con algo romántico, busca la completitud, la universalidad, eso es lo que busca para darse y sentirse en plenitud. Y es lo que le hace que hable de “alma”, como también le gusta hablarnos a Joan Garriga.


La naturaleza para el romántico es inmensa, inabarcable, infinita, es “el mar insondable”, en “los abismos sin fin”, en “las profundas simas de la tierra y el cielo”. Y todas estas son metáforas de su amor, que quiere vivirlo como una fuerza infinita y universal, que trasciende siempre a más.


Nos quedaba el alma como un reto. Por una parte la Razón alumbraba la naturaleza; fundaba el carácter trascendente del hombre, su ser y su libertad. Pero entre la naturaleza y el yo quedaba ese trozo del cosmos en el hombre que se ha llamado “alma”.


Y quedaba descubrir esas razones del corazón, que el corazón mismo ha encontrado, aprovechando su soledad y abandono.


¿Porque quién no está solo y abandonado en medio de todas nuestras razones?


La profundidad, cualidad que igualmente adjudicamos a un alma. Un alma clara y profunda… ¿para qué última función de su vida necesita el hombre el tenerla?, ¿por qué tiene que dejar pasar el alma a través de su transparencia, qué hondas raíces tiene que albergar en su profundidad? ¿No indicará este hondo anhelo humano de “catharsis”, este perenne deseo de poseer un alma clara y transparente, alguna honda necesidad?


Joan Garriga tiene un libro que se llama “Vivir en el alma”, por eso me gustaría rescatar esta idea también, porque a veces con tantas condiciones damos un testimonio muy pobre y además no podemos dar otro porque estamos demasiados limitados.

~


Y cuando hablas de las constelaciones familiares, pues es como un modo de estirar el alma vital hacia el pasado, ya que no podemos o estamos apresados de pasado y no vivimos hacia el futuro. Nunca mejor dicho en este momento en que todos nos sentimos contraidos con deudas del pasado. Y ¿qué quiere esto decir?

Porque tenemos esa conciencia pequeña, ese “yo”, que constantemente lo juzga todo.


El amor es un concepto intelectual que albergamos también por el paso del tiempo. Y el hombre debe amar igual o más si cabe, claro que sí. Y necesita igual libertad o más, también. Pero como decimos, esa estrecha conciencia que lo juzga todo le impide ver la claridad de su alma.


Yo he visto a mi padre llorar cuando murió su padre, y el hombre es capaz de llorar como nosotras también lloramos, aunque sus motivos son diferentes en muchas ocasiones.


En el reconocimiento en la expresión facial o en el tono de voz que son facutades que dependen probablemente del hemisferio derecho del cerebro y de sus mejores conexiones con el sistema límbico, aquí las mujeres superan a los hombres, quizá porque para las madres es fundamental entender la expresión facial de sus bebés. En cuanto a las emociones la mayor amplitud de algunas partes del cuerpo calloso y de la comisura anterior en el sexo femenino ha servido para explicar una mayor capacidad de la mujer para juzgar las emociones de los demás, ya que especialmente la comisura anterior une -al parecer- regiones del sistema límbico.


Todos estos son planteamientos novedosos para explicar por qué las mujeres expresamos mejor las emociones o incluso juzgamos mejor las emociones.


~


Y luego está el mecanismo del amor condicional que también juega su parte relevante en la socialización y en el mundo de la vida.


El amor condicional nos lleva a tener que aceptar sacrificios, a amar en situaciones que exigen condiciones, y esto a veces en los niños es donde vivamente está mejor expresado, porque son fuente de abusos constantes y no se pueden defender, y ante su indefension para hacerse amar tienen que adoptar u obedecer un sistema de vida o una jerarquía que les viene impuesta, y el sistema educativo tambien un poco se ha basado en ello, aunque ahora se insiste al revés que es muy laxo en la educación de los hijos, porque no se les exije.


Pero lo importante es darnos cuenta que este sistema de autoridad se basa en la necesidad de suplir los lazos afectivos, que son más fuertes. Porque ningún niño puede vivir sin amor. Esto también lo estudió Freud al estudiar los lazos religiosos.


Y lo peor de todo es que el amor se ha convertido en moneda de trueque y se crean los patrones emocionales negativos.


Y es al revés, el amor no es dependencia del cuerpo o dependencia del sexo o del dinero, es al revés, es la necesidad de sentir la dependencia del amor lo que nos hace tal vez condicionarlo o convertirlo en moneda de trueque porque no sabemos hacerlo de otra manera menos vulgar y mas bonita.


Por eso se convierte en sentido de dominación y dependencia. Porque la verdadera debilidad del hombre siempre la ha mostrado haciendo la Ley, que es lo que ha venido a suplir su necesidad de parecer fuerte. Porque es así como el hombre suple a lo largo de la historia su sentido del amor, con el amor a la Ley, y aquí juega mucho tambien la relación con nuestros antepasados. Y en parte, lo que quiere es sentir esa seguridad, esa fuerza que le otorga el pertenecer a un clan, porque el hombre todo lo hace dentro de un clan o una tribu.

~
 


 


 




El psicólogo Joan Garriga dice:


"Lo que parece claro es que, a pesar de las diferencias, hombres y mujeres aman por igual, son adultos por igual, exponen su corazón por igual, desean el bienestar, la comprensión y la confianza por igual… Aunque son diferentes desean lo mismo, pero de distinta manera: las mujeres están más dotadas de recursos emocionales y afectivos, los hombres de recursos racionales y de acción. Los brazos del amor y la entrega son múltiples y variados, y su conjunto crea una totalidad necesaria y hace que cada quién aporte su especialidad.


Sería muy atrevido decir, aunque lo digo, que los hombres aman más que las mujeres pero hacen mucha menos publicidad de ello; sería atrevido pero probablemente no completamente exacto. Ambos, hombres y mujeres, aman en igual profundidad pero en distinta manifestación. Pero al menos sirva como reinvidación del profundo amor y vínculo que sienten muchos hombres.


Lo que ayuda no es que los hombres comprendan a las mujeres o que las mujeres comprendan a los hombres. Lo que ayuda es que dejen de intentarlo… y en lugar de comprender que se rindan ante el misterio, y rendirse significa basicamente respetar lo incomprensible del otro y amarlo tal cual es sin comprenderlo, porque sí. Esto es regalo y bendición.


Además los que reclaman no suelen dar justamente lo que exigen. Son las paradojas de las relaciones humanas. Ojalá quién pida comprensión la pudiera dar sin paliativos."




 


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todo deseo de practicar el arte de escribir me ha abandonado

 


Todo deseo de practicar el arte de escribir me ha abandonado completamente. Ni siquiera puedo imaginar lo que escribir significaría; mejor dicho no puedo adaptar mi mente a la línea de un libro, y tampoco de un artículo. No es la escritura sino la arquitectura lo que fatiga. Si escribo este párrafo, luego vendrá el siguiente, y luego el siguiente. Pero después de un mes de vacaciones seré tan dura y flexible como la raíz del espino, y los arcos y las cúpulas se alzarán en el aire, fuertes como el acero y ligeras como las nubes, pero ninguna de estas palabras da en la diana.

 


Ayer fuimos a Kew, y si escribo acerca de vegetales es para hacer constar que ayer fue el día culminante para la flor del cerezo, del peral y de la magnolia. Una bella flor blanca contenida en taza negra; otra purpúrea, a punto de caer. Otra y otra. Y las matas amarillas, y los narcisos en la hierba. Cruzamos Richmond, un largo recorrido junto a los estanques. Verifiqué ciertos detalles.


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Y esta mañana a pesar de estar rabiosa, he escrito en su integridad este maldito capítulo una vez más, en un espasmo de desesperación, y creo que me ha salido bien, por el medio de cuartearlo, por el medio de saltarme pensamientos y utilizar los paréntesis. De todas maneras, éste es el estilo propio del capítulo.


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¡Cuánto me gustaría volver a escribir una frase! ¡Cuán delicioso sentir cómo se forma y se curva bajo mis dedos! Desde el dieciséis de marzo no he escrito ni una sola frase nueva, y me he limitado a copiar y pasar a máquina. La frase escrita a máquina presenta cierta diferencia; en primer lugar, está formada con algo que ya estaba ahí; no salta lozana de la mente. Pero comprendo que esta labor de copiar debe proseguir hasta agosto. Ahora sólo he llegado a la primera escena de guerra; con suerte llegaré a E. en Oxford Street antes de que entremos en julio; y dedicaré julio y agosto al gran final orquestal. Y en agosto la volveré a escribir.


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Y estoy inquieta porque mañana he de almorzar con Clive, e iré con mi nuevo abrigo. Y no sé qué quiero decir con la palabra concepción: la idea en que se apoya F. Q. Como expresar una especie de natural transición de un estado a otro. Y el aire de belleza natural. Es mejor leer los originales. Bueno, el almuerzo con Clive me arrancará de todo eso. Y ahora que el asunto de la obra teatral ha terminado, debemos comenzar a ver gente aquí; e ir a ver Hamlet, y planear nuestro viaje de verano. Tomaré quince días de vacaciones, en materia de narrativa. La mente se me quedó hecha un nudo. Pienso en hacer que Teresa cante; y de esta manera dar lirismo al argumento. Y así alejarme de T. (que así se llama provisionalmente, después de haber dado nombres a Sarah y a Elvira). Pero, santo cielo, esa labor de condensar el pato; eso viene del pato prensado que en cierta ocasión nos regaló Jack; todo jugo una cacerola de jugo.


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Mañanas que no son tranquilas ni celestiales, sino una mezcla de infierno y éxtasis; jamás había tenido dentro de la cabeza un globo tan ardiente como en ocasión de volver a reescribir “Los años”; y ello se debe a que es muy largo; y la presión es terrible. Pero pondré todo mi arte a contribución para mantener la cordura de mi mente. Dejaré de escribir a las once y media, y leeré italiano y a Dryden, y de esta manera, mimándome, podré seguir adelante.


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Felicidad así, donde se dé, debe ser objeto de compasión porque ciega ha de ser”. Sí, pero mi felicidad no es ciega. Es el logro en el que he estado pensando, entre las tres y las cuatro de esta madrugada, de mis cincuenta y cinco años. Yacía despierta, calma y satisfecha, como si me hubiese apeado del agitado mundo para entrar en un profundo espacio azul y silencioso, y allí existiera con los ojos abiertos, ajena a todo mal; preparada ante todo lo que pudiera ocurrir. Jamás había experimentado esta sensación; pero varias veces la he experimentado desde el pasado verano, en que la sentí, en el peor momento de mi depresión, como si me apeara, despojándome de una capa, y echada en cama me entregara a mirar las estrellas, en aquellas noches, en Monk’s House. Desde luego, durante el día la sensación queda un tanto atenuada, pero existente. Y la tuve ayer, cuando el buen Hugh vino, y no dijo nada de Los años.


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De noche y en los días incoloros, las proporciones del paisaje cambian bruscamente. Y las colinas se alzaban muy altas y escarpadas a su alrededor. Los detalles quedaban borrados. Esto constituía un efecto extremadamente bello; los colores de los vestidos de las mujeres también destacaban, muy luminosos y puros, en el entorno casi desteñido. También sabía que las proporciones eran anormales, como si mirase por entre mis propias piernas.


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Es el último día de un mes acalorado. Cranbourne Chase: los achaparrados árboles del bosque aborigen, esparcidos, y no agrupados en cultivos; anémonas, campánulas, violetas, todas pálidas, aquí y allá, sin color, cerúleas, ya que el sol apenas ha brillado. Luego, Blackmore Vale: una vasta cúpula de aire, y los campos descendiendo hasta el fondo; el sol pegando aquí y allá; cortinas de sol, como un velo que se desprendiera del cielo, aquí y allá; y las lomas alzándose, muy empinadas (sí es que ésta es la palabra adecuada), de modo que formaban riscos y diferentes niveles; y una inscripción en una iglesia “buscó la paz y la halló”, y la pregunta acerca de quién escribió esos sonoros y estilizados epitafios.


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Noche, sensación de cansancio físico, pero con leve actividad mental, comencé a fijarme en las cosas. Sin capacidad de inventar todavía; sin deseos de organizar escenas.


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Por Saramago, tú eres para mí esa piedra en el camino

 


En las novelas de Saramago el amor se sostiene como a través de unos hilos mágicos o un encantamiento que une a los personajes, pero casi siempre ese encantamiento obedece a que hay alguien detrás de nosotros que nos sostiene, que nos lleva hacia las situaciones, ese alguien que se sacrifica por nosotros.

 


Esto se ve muy bien en sus novelas mágicas, La caverna, La balsa se piedra, y en tantas otras.

 


Siempre pienso que hay que tener esos hilos mágicos de Saramago a nuestro favor, hay que esperar el momento.

 


El amor nos llega a todos pero hay un arte de la amistad antes que hay que conocer pues el amor llega por pasos, no de golpe.

 


Esa forma fría de reaccionar cambiando fríamente de una cosa a otra a veces forma parte de su idiosincrasia, pero si algo ha cambiado es porque algo ha pasado que tiene más valor por venir. Y ahí nos arrastra una fuerza mayor.

 


Y aunque por mucho que tú tengas una fuerza mental suprahumana en el amor pasa como en Fedra, la tragedia humana siempre está ahí, hay algo que llama al odio y éste es más fuerte que todo, es una realidad telúrica, sólo sabiendo esto se puede tener presente su fuerza y se podría luchar contra toda fatalidad, pero tú pareces un alma extraviada que no ha encontrado su destino.

 


Aunque tú pienses que puedes jugar con los sentimientos, los sentimientos siempre van a jugar contigo, aunque tú creas que no mientes yo creeré que has tergiversado tus deseos.

 


Por otra parte, Marcel Proust siempre jugaba con su Albertine, le decía que no la quería para que ella sintiese deseos de él, que no quería volver a verla para que después ella volviese a él y siempre tenía un sentido ambivalente el lenguaje de los deseos. 

 


Fedra, en el mito clásico, no puede amar al objeto de su amor y a la vez no puede dejar que otra persona lo ame, son los celos, al final, y no la reputación de su amado lo que termina desencadenando la tragedia, de que Hipólito, su hijastro, se suicide.

 


Una mística que supiese enlazar el azar y la contingencia sería necesaria aquí, del azar es de donde nace la espontaneidad con que brotan las cosas de la naturaleza y de la divinidad nacería una conciencia que perdería su identificación exclusiva con el yo.

 


Tenderemos a encontrar un cierto equilibrio sanador dentro de un cierto desequilibrio creador necesario.

 


 El “Fausto” de Goethe nos viene a decir algo de esto, la frontera entre el deseo y el amor no se sabe donde tiene su fin, habiéndose traspasado esa frontera con el simil de la venta de su alma al diablo y la imposibilidad de volver a encontrar el sosiego tranquilizador en su vida.

 


Pero en Saramago esa frontera precisamente está en el amor, que él salva por la palabra mágica y por esos hilos que tejen, que comunican y lo rescata por otros seres que conspiran en su favor.

 


Es como Virginia Woolf, porque siempre hace un juego de distancias, habla de esa distancia cercana de las cosas, siempre atrae hacia sí el mundo lejano sin perturbar su cercanía ni su lejanía, todo está unido en ella pues se mueve dentro de una isla y es como una madre universal que guarda su relación de distancia pero que siempre está ahí esencialmente.  

 


Tú eres para mí como esa piedra en el camino a la que asirme y sostenerme para después tener que emprender mi camino de forma solitaria pero me haces bien y te agradezco que me escuches, es como saber que nos une ese hilo de encantamiento que cubre las lejanías cercanas.



 


Para Saramago, con todo su encantamiento hacia mí y desde mí.

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Leo a D. H. Lawrence con la sensación demasiado en común de la misma presión

 


Leo a D. H. Lawrence, con la habitual sensación de frustración; y con la sensación de que él y yo tenemos demasiado en común; la misma presión para ser nosotros mismos; en consecuencia, no me escapo, cuando le leo; quedo suspensa; lo que quiero es que esto quede liberado de todo otro mundo. Esto lo consigue Proust. Para mí, Lawrence es enrarecido, le falta aire; y no quiero esto, digo una y otra vez. Y la repetición de una misma idea. Tampoco quiero esto. En modo alguno quiero una “filosofía”; no tengo fe en dar a leer adivinanzas al prójimo. Lo que me gusta (en las Cartas) es la súbita visión, el gran fantasma saltando de la ola (de la espuma de Cornwall), pero ninguna satisfacción me producen las explicaciones de lo que ve. Y además es fatigoso ese jadeante esfuerzo en busca de algo; y “tengo seis libras y diez chelines” por todo capital, y luego el gobierno pateándolo, como si fuera un sapo; y prohibiendo su libro; la brutalidad con que la sociedad civilizada trató a ese hombre jadeante y dolorido; y qué inútil fue. Todo lo anterior da a su literatura una especie de estertor. Y nada de ello me parece esencial. En consecuencia, D. H. Lawrence jadea y se estremece. Además, tampoco me gusta ese tocar la guitarra con dos dedos; ni la arrogancia. A fin de cuentas, el inglés tiene un millón de palabras, por lo cual, ¿a santo de qué limitarse a 6?, y envanecerse de ello.

 


 


Leo a D. H. Lawrence, con la habitual sensación de frustración; y con la sensación de que él y yo tenemos demasiado en común; la misma presión para ser nosotros mismos; en consecuencia, no me escapo, cuando le leo; quedo suspensa; lo que quiero es que esto quede liberado de todo otro mundo. Esto lo consigue Proust. Para mí, Lawrence es enrarecido, le falta aire; y no quiero esto, digo una y otra vez. Y la repetición de una misma idea. Tampoco quiero esto. En modo alguno quiero una “filosofía”; no tengo fe en dar a leer adivinanzas al prójimo. Lo que me gusta (en las Cartas) es la súbita visión, el gran fantasma saltando de la ola (de la espuma de Cornwall), pero ninguna satisfacción me producen las explicaciones de lo que ve. Y además es fatigoso ese jadeante esfuerzo en busca de algo; y “tengo seis libras y diez chelines” por todo capital, y luego el gobierno pateándolo, como si fuera un sapo; y prohibiendo su libro; la brutalidad con que la sociedad civilizada trató a ese hombre jadeante y dolorido; y qué inútil fue. Todo lo anterior da a su literatura una especie de estertor. Y nada de ello me parece esencial. En consecuencia, D. H. Lawrence jadea y se estremece. Además, tampoco me gusta ese tocar la guitarra con dos dedos; ni la arrogancia. A fin de cuentas, el inglés tiene un millón de palabras, por lo cual, ¿a santo de qué limitarse a 6?, y envanecerse de ello.


Pero son las prédicas lo que me molesta. Como las de la persona que emite juicio, teniendo sólo la mitad de los hechos ante sí; y agarrarse a la baranda y golpear la almohada. Sal y ven a ver lo que hay aquí, tengo ganas de decirle. Quiero decir que es tan estéril, tan fácil, el dar consejos acerca de un sistema. La moraleja es: si quieres ser de ayuda, jamás sistematices, hasta que tengas setenta años, y hayas sido flexible y comprensivo y creador, y hayas explorado todos tus nervios y posibilidades. Sin embargo, murió a los cuarenta y cinco años. ¿Y por qué Aldous dice que era un “artista”? El arte consiste en desembarazarse de todo género de prédicas; las cosas en sí mismas; la frase bella en sí misma; mares multitudinarios; narcisos que llegan antes de que la golondrina ose; en tanto que Lawrence sólo sería capaz de decir algo que demostrase algo. Desde luego, no le he leído. Pero en las Cartas, Lawrence es incapaz de escuchar más allá cierto punto; ha de dar consejos; ha de meterla a una en el sistema también. De ahí la atracción que ejerce en aquellos que quieren que les encuadren; lo cual yo no quiero; verdaderamente considero que es una blasfemia ese encuadre de Carswells en el sistema de Lawrence. Es mucho más reverente dejarlos tranquilos; nada hay que merezca reverencia, salvo el carswellismo de Carwell. De ahí que Lawrence golpee y dé empujones a cuantos se le ponen delante: Lytton, Bertie, Squire, todos son limitados e impuros. La vara de Lawrence desciende y les mide a todos. ¿Por qué tanto criticar al prójimo? ¿Por qué no crear un sistema en que también se dé el bien? Qué gran descubrimiento sería el de un sistema que no excluyera.


~

 

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Listen the sense of complexity

 


Listen: a whistle sounds, wheels rush, the door creaks on its hinges. I regain the sense of the complexity and the reality and the struggle, for which i thank you. And with some pity some envy and much good will, take your hand and bid you good night.


 ~


Escucha: suena un silbato, ruedas ruedan, gimen


las bisagras de la puerta. Recobro el sentido de la complejidad, de la realidad


y de la lucha, y a ti debo agradecerlo. Y, con cierta lástima, cierta envidia y


muy buena voluntad, estrecho tu mano y te digo buenas noches.

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he dejado de ser una sola entidad

 


»La noche ha girado un poco más sobre las chimeneas. Por encima


del hombro de este hombre, a través de la ventana, veo un gato tranquilo que


no se ahoga en luz, que no está preso en sedas, con libertad para detenerse,


desperezarse y volver a avanzar. Odio todos los detalles del vivir individual.


Pero estoy aquí, clavada, para escuchar atentamente. Una inmensa presión


me agobia. No puedo moverme ni desplazar de su lugar el peso de los siglos.


Flechas, un millón de flechas, me atraviesan. La burla y el ridículo me


desgarran. Yo, capaz de recibir las tempestades en mi pecho, capaz de dejar


alegremente que el granizo me cubra, quedo inmovilizada, aquí. Quedo en


evidencia.




 


El tigre salta. Con sus látigos las lenguas se dirigen a mí. Móviles,


incesantemente, las lenguas se agitan sobre mí. He de defenderme con


mentiras. ¿Qué amuleto hay contra semejante mal? ¿Qué rostro puedo


invocar para que amortigüe este ardor? Pienso en nombres inscritos en las


tapas de las grandes cajas, pienso en madres bajo cuyas anchas rodillas


descienden las sayas, pienso en arboledas hacia las que descienden las


laderas de colinas con mil jorobas. Escondedme, grito, protegedme, porque


soy la más joven, la más desnuda, de todas vosotras. Jinny se deja llevar


como una gaviota por la ola, hábilmente se sirve de su aspecto aquí y allá,


diciendo esto y diciendo lo otro, sin mentir. Yo miento. Y delinco.




 


»Sola, balanceo mi cuenco. Soy el ama y señora de mi flota de


bajeles. Pero aquí, mientras retuerzo entre los dedos el friso de la bordada


cortina de la casa de esa mujer que me ha invitado, estoy dividida en


porciones. He dejado de ser una sola entidad. Entonces, ¿cuál es el


conocimiento que posee Jinny mientras baila, la seguridad que tiene Susan


mientras inclinada, silenciosa, bajo la luz de la lámpara, pasa el blanco hilo


de algodón por el ojo de la aguja? Dicen sí. Dicen no. Atizan sonoros puñetazos


en la mesa. Pero yo dudo. Tiemblo. Veo cómo el espino sacude su


sombra en el desierto.




 


~


 


Night has wheeled a little further over the chimney-pots. I see out of the window over his shoulder some unembarrassed cat, not drowned in light, not trapped in silk, free, to pause, to strecht, and to move again. I hate all details of the individual life. But I am fixed here to listen. An immense pressure is on me. I cannot move ithout dislodging the eight of centuries. A million arrows pierce me. Scorn and ridicule pierce me. I, who could beat my breast against the storm and let the hail choke me joyfully, am pinned down here; am exposed.




 


The tiger leaps. Tongues with their whips are upon me. Mobile, incessant, they flicker over me. I must prevaricate and fence them off with lies. What amulet is there against this disaster? What face can I summon to lay cool upon this heat? I think of names on boxes; of mothers from whose wide knees skirts descend; of glades where the many-backed sttp hills come down. Hide me, I cry, protect me, for I am the youngest, the most naked of you all. Jinny rides like a gull on the wave, dealing her looks adroitly here and there, saying this, saying that, with truth. But I lie; I prevaricate.




 


Alone, I rock my basins; I am mistress of my fleet of ships. But here, twisting the tassels of this brocaded curtain in my hostess's window, I am broken into separate pieces; I am no longer one. What then is the knowledge that Jinny has as she dances; the assurance that Susan has as, stooping quietly beneath the lamplight, she draws the white cotton through the eye of her needle? They say, Yes; they say, No; they bring their fists down with a bang on the table. But I doubt; I trumble; I see the wild thorn tree shake its shadow in the dessert.




 

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