...y dime si es verdad que los cuentos existen. Y si es cierto que gritan los sueños. Y que las palabras se esconden en todos los rincones. Y que nadie sabe dónde está el silencio. Y que no sabemos qué es la vida. Y que no sabemos qué es el miedo...
Las primaveras son efímeras; a una le gusta la primavera. Es curioso, es extraño. La primavera sin esquinas rotas tiene algo de sueño y algo de acantilado: la abrazas, la adoras, la hueles, pensándola eterna. Y, en cambio, sabiéndola tan corta, tan transparente, tan posiblemente rota, la lloras, la despides, la empujas a un vacío del cerebro.
Si no existiera la primavera seríamos autómatas sin luz, ni flores, ni colores, ni algodón; si no existiera el otoño, el "adiós ha sido un tiempo precioso", el "ay, ay, ay, no... no quería decir adiós", el "stop, necesito espacio", el "por dios, ¡pero si sobra espacio!", la primavera se tornaría insípida, el invierno largo y sin siquiera planteamiento de que acabe, los días rutinarios, los sueños dormidos.
Pero lo que no saben los que lloran los otoños es que las hojitas que van cayendo, con su toque caprichoso de canela, su brillo azafranado por el sol, su planear ululando hasta el suelo... fueron verdes, son recuerdo del verde, son sueño del verde, son sonrisa de una primavera que nunca acaba. Todas nuestras primaveras, aunque el tiempo las convierta en secos espacios del abismo, tienen un verdor que permanece, no es esperanza ni recuerdo: es que no hubo esquinas en la verdadera primavera.
21 de marzo, 9:00 h. Las pestañas sonríen con la luz que las acaricia desde la ventana. Color de flores, bostezos, sonrisas. Se estira entre las sábanas y siente cómo sus huesos tiemblan al compás, de puro placer. Llegó la primavera.
Había un recuerdo en su cama y una cama en su memoria. Había historias y más historias, carcajadas y revolcones, manos y sudores en los rincones más tímidos de su cabeza, los descaros más escondidos... Había llegado la primavera, ¡qué gracia!, y aún no se había dado cuenta.
Se giró despacio y las sábanas bailaron ligeramente sobre su torso, jugando a arrugarse y desplegarse de nuevo, como el tiempo. Pegó la mejilla a la almohada y soñó que los recuerdos tenían piel y poros semiabiertos; boca, ombligo, silencios. Respiraciones agitadas imposibles de abrazar, incansables pupilas. Canciones sin rimas, serenatas sin flores, manos pequeñas perdidas entre otras mayores; días y noches, risas y llantos, lenguas avergonzadas, volteretas atragantadas al final de unas palabras, un enorme temblor huracanado en el centro de la cintura.
Y se rió tranquila; no conocía aún las estaciones.
Cuando me dio igual mi futuro y me refugié en el pasado, aquel lugar remoto en el que un día construí mi presente (eso que vivo, o malvivo, hoy), lloré. ¿Qué iba a hacer ahora que no quería futuro, que no me importaba un segundo más tarde del último suspiro, la última sal del ojo y el párpado, el último abrazo al frío...?
Las americanas rubias de las películas veían, cuando yo tenía quince años, a su vez otras películas de americanas rubias, y comían helado de chocolate para consolar su llanto, como tantas veces habían visto comer a otras Barbies de la tele. Yo escuché a Pablo Milanés, y me sentí apretada contra la inmensidad del duro colchón, de la gélida almohada, de mi revuelta cabeza.
Si no quería futuro, ¿para qué el presente marchitante? Sentía el eterno devenir rodar por mis venas, que parecían también eternas, en un ulular de ideas o a lo mejor de desinformación absoluta.
¿Y a mí qué qué ideas haya ahí, o no haya? Que se pare el mundo para bajarme, por unos días. Que pase el tren de ninguna parte; que necesito vacaciones, que tengo sobredosis vital. Que qué es lo que pasa conmigo.
A veces hay que poner un punto y seguido en este párrafo.
Parar, tomarse un café, borrar las ideas.
Escribir un enorme stop en esta hoja en blanco
y meterla en la cabeza, en mitad de la memoria.
Descubrir con el oido puesto en el suelo
que trotas a miles de km de ti misma,
Mandarte señales de humo, ensuciar el cielo,
asfixiar el aire de palabras de color gris...
Soñarse despierta, quererse y odiarse,
mirarse al espejo, llorar y reirse,
pensar con firmeza que una es...
...una naranja entera.
- Ya sé que quieres que te reflejen otros ojos; que quieres ver mundo. Conocerte en otras manos que no son las mías. Que en el fondo, con este tiempo ya fue bastante. Pero por favor, hagamos esta noche como que eso no está ocurriendo.
- Lo intentaré.
Ya hacía tiempo que no se asomaba a la ventana. Los días se perdían entre las hojas como la luz. Se echaba de menos a sí misma; echaba de menos su propia sonrisa, sus ganas de vivir, su ducha como micrófono, los gritos de alegría.
Ya hacía tiempo que no se preocupaba demasiado. Había dejado de ser guapa, divertida e inteligente, y ahora era simplemente un renglón más de la larga historia de la multitud. El espejo le devolvía las ojeras de la noche anterior, le regalaba una sonrisa forzada, plagiada de su rostro. Y entre el simulacro de realidades, el reflejo la mostraba cansada.
La habitación acumulaba cada vez más polvo, igual que su memoria. Se amontonaban los calcetines, los llantos y los dolores de cabeza.
Era un cuerpo vacío. Le faltaba algo que no quería admitir. Y sin embargo, parecía no faltarle nada...
María se tiñó aquella noche las palabras de rojo, pero de un rojo chillón, ruidoso, que molesta y que taladra las pupilas. Se quitó la chaqueta y la vergüenza y la tiró de golpe sobre la mesa. Se sentía ahogándose en su propio vómito de gritos, repugnante odio de ideas que no acababan jamás de salir de su boca, una detrás de otra, y otra y otra y otra más. Que es que ya era hora de gritarlas, hombre, que ya era hora de soltar la maldita intranquilidad en cualquier parte y que el aire le escuche, porque se ve que nadie quiere escucharle... Harta, harta, harta estaba María de las noches incompletas que no nunca se resolvían con unos buenos días, ni con la calma del final feliz de las pelis de amor americanas; harta, ¡HARTA! harta de tener en la boca el sabor a fresa y la labia de poeta orador, hartísima de ser la sabia de las sábanas, la experta devoradora, la que quiere querer, de ser la amante del colchón para que al día siguiente venga a caerse de bruces contra el suelo frío, porque a alguien se le olvidó decirle adiós.
HARTA.
Risas en el oído, garabatos en el estómago. Dibujaban contra el colchón la figura anaranjada de la mañana y el atardecer, del otoño sin frío, del olor a mar. Él que sólo cuatro minutos más, que ya sabía lo que le pasaba, que no podía, que aquello no estaba bien. . Daban volteretas sobre las sábanas, temblando en el calor denso del abrazo ajeno, descuidando la ropa y los modos.
Y se alargaron los cuatro minutos, como se alargan los extremos de la luna al menguar, y se mojaron las horas nocturnas en el rocío, y entre las hojas del árbol que se asomaba en su terraza, el sol curioseaba los resbalones, las risas, los rincones. Los cuatro minutos que se extendían sobre la cama esperaban pacientes ese segundo antes del descanso de los labios, del apretón del cuerpo, de la curva de su cuello, de la piel de su espalda...
- Ahora sí... que ya son las nueve, y dije cuatro minutos.
- Cuatro minutos más, y ya te vas.
Desaparece entre el aire, y se esconde en lo transparente de mi risa. Y parece que al irse mi manta se hizo pequeñita, pequeñita y fría. Pero si vuelve, sale del otoño para meterse en mi cuello, para que el invierno nunca más lo encuentre, para que tampoco lo haga el miedo? si vuelve se descongelan mis ojos, y hacen eco en su ombligo las cosquillas de mi ombligo. Si vuelve, ay, si vuelve, consigue apretar las horas entre las manos. Las hace pequeñas contra mi espalda, contra las caricias, contra los besos. Y de tantas carcajadas se rompen los cristales que le envuelven, y me aprovecho del aire divertido y desahogado de su libertad que de repente inunda la habitación, saliendo de su caja de agua sólida, respiro de su mismo aire y me contagio de esa enfermedad horrible, de esa droga imposible, de esa enorme adicción.
No sé quién soy. Nadie lo sabe. Hace tiempo que me lo pregunto. "Sobre mí" es el tema más difícil de hablar. Soy "volteretas", porque doy vueltas en el vacío sin parar, y me agrada no saber cuándo estoy en la postura correcta. A veces pienso que con los pies hacia el cielo, a veces que con los pies hacia el suelo, a veces que hecha un ovillo sin poder mirar qué está bien. Porque me encanta sonreír y jugar, siempre estoy jugando. Quizás estoy en edad de jugar, de dar vueltas en el vacío y de sonreír. Ojalá nunca cambie de edad.