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	<title>la búsqueda de mi misma</title>
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&lt;br&gt;
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		<id>http://www.librodearena.com/busqueda/post/2008/03/15/sabia-que-tenia-buscar-v-vi-vii</id>
		<title>Sabía lo que tenía que buscar. V-VI-VII</title>
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		<updated>2008-03-15T19:46:45+00:00</updated>
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&lt;strong&gt;V&lt;/strong&gt;
Camila había permanecido nerviosa, escuchando como Lote hablaba de Merk.
-Lo primero que vamos a hacer es separarla del resto de residentes – Había dicho, golpeando la mesa de roble, con una mano presidida por un anillo de grandes dimensiones.
La anciana no pudo escuchar más, su corazón se aceleró de tal manera que casi le llevó a peores consecuencias. Bien se le valió que, ante el sofoco, se puso la pastillita de marras, la que siempre llevaba en esa cajita dorada, con forma de corazón, en uno de los bolsillos de su chaqueta de lana, aquella que había tejido en el balcón de su casa. Sus pensamientos la transportaron a ese momento en que las agujas tejían el comienzo de ese bolsillo y una lágrima se deslizó por su mejilla.
Cuando hubo recobrado el sosiego, se incorporó ágilmente y salió en busca de su amiga.
No había tiempo que perder. Tenían que marchar de ese lugar. Bastaría con coger sus medicinas y papeles. Sabía que para ese viaje no hacía falta equipaje. Esta certeza le pareció la cosa más natural del mundo. No se preguntó sobre que camino tomar. Algo le decía que sus pasos la llevarían allí dónde debía. 
Cuando llegó junto a Merk, la encontró esperándola. 
Salieron sin hacer ningún tipo de aspaviento. Nadie vio a esas dos personas atravesando la puerta principal.
Quienes formaban parte del grupo de residentes ni siquiera podían darse cuenta, inmersos como estaban en su mundo de añoranzas, y quienes no lo eran veían a una cuidadora que llevaba a una anciana pensando que la debería llevar a alguna consulta rutinaria.
Así fue como, tras pasar cuatro travesías, Merk y Camila se encontraron con Mariona.

&lt;strong&gt;VI&lt;/strong&gt;
Pasarían horas hasta que alguien se percatara de la ausencia de las dos residentes.
En los comedores, aquel día, se cuchicheaba. Los ancianos y ancianas se miraban dibujando una sonrisa que hubiera sorprendido a cualquier observador, no así a cuidadores y cuidadoras que se movían sin percatarse de que estaban entre personas.
Fue Lote, al entrar a grandes zancadas, la que puso el grito en el cielo al descubrir el hueco que dejaban las dos sillas vacía.
Sin esperar a que los otros buscaran se encaminó a los aseos de mujeres. Ellas tenían costumbre de ir juntas. Era una manía de las residentes, nunca iba una sola. 
No encontró a nadie y empezó a dar órdenes a todo el mundo ordenándoles que buscaran por todos los rincones, incluso por el jardín. Ya se sabía que las personas mayores tenían sus chaladuras y era posible que aquellas dos se hubieran quedado encandiladas con cualquier tontería.
De pronto se le ocurrió que Mariona se podía haber burlado de todos ellos. Era posible que esa cuidadora hubiera jugado a hacerse pasar por alguien ido y tuviera a las dos ancianas con ella. 
Enrojeció de rabia y tomando sus cosas de un tirón, salió atropellando a una cuidadora que llevaba a un anciano en una silla de ruedas, haciendo que cayeran al suelo los dos.
Cuando salió dejó tras de sí un absoluto caos. Quienes quedaron se miraron sin dar crédito a lo que estaba pasando, pero al cabo de un rato todo volvió a la normalidad.
Tras la comida, unos quedaron acomodados en sus cómodos silloncitos, y otros se fueron a sus respectivas habitaciones para estirarse un rato.
El ronroneo de un televisor encendido acompasaba los ronquidos de todos ellos.
Lote, mientras se sentaba, tomó del bolso una gruesa agenda y dejándola en el asiento de al lado puso el coche en marcha. Rápidamente emprendió camino por la larga avenida que le llevaría a una encrucijada en la que tres personas se estaban saludando.
A lo lejos divisó las dos ancianas y la cuidadora, pero algo la retuvo. Prefirió reducir la marcha y seguirlas. Quería saber a dónde le conducirían.
Algo extraño se cruzó por su mente. Captó lo que más tarde sería patente. Una sombra, que aparentemente correspondía a la de un árbol, tomaba formas extrañas, alargándose hasta fundirse con la que proyectaban, sobre el suelo, las tres mujeres. 

&lt;strong&gt;VII&lt;/strong&gt;
Aquellas tres mujeres no parecían arrancar nunca. Lote se impacientaba esperando que tomaran algún rumbo, quería organizar meticulosamente el lento seguimiento que pensaba llevar a cabo.
Inadvertidamente su mente empezó a vagar por rincones abandonados de su mente. Recordó su infancia, viéndose en los brazos de su abuela Jana. Le vino ese olor característico que sólo la abuela tenía. El espliego que ponía en los armarios pasaba a perfumar las sábanas y ropas blancas que tan bien le había visto ordenar. Hubiera querido ser como ella. Cuando despertaba, al amanecer, cuando apuntaba el sol, empezaba un ritual de aseo que ella siempre había mirado disimuladamente por temor a ser recriminada.
Sólo cuando estaba vestida y peinada y había encendido el fuego del hogar, la abuela le llamaba moviéndola con brusquedad. Ella disimulaba quejándose, pero ese contacto le pareció siempre la más cálida de las caricias. Su madre, una mujer enfermiza, huía de su contacto. No podía recordar a su madre ocupada en otra tarea que no fuera la de remendar tejidos desgarrados por las faenas y trabajos.
Tenía dos hermanos varones, pero mucho más mayores, tanto que a penas podía considerar su relación fraternal más allá que la del mero saberse formando parte de un mismo núcleo familiar.
Jana siempre la llevaba consigo, diciendo que debía aprender aquellas cosas que harían de ella una mujer de provecho. Admiraba de ella su carácter. Su abuela no se doblegaba ante nada ni nadie. Caminaba a su lado con orgullo y actitud altiva, considerando que la mujer más maravillosa del mundo era suya.
Cuando murió, se acercó y la abrazó con fuerza queriéndola levantar. La tuvieron que separar entre cuatro, tirando cada uno de una de sus extremidades. Gritaba y pataleaba. 
Recordaría siempre lo gélido y rígido de aquel contacto. Su olfato se quejó al no encontrar ese olor que siempre caracterizó a su abuela.
Ahora, con las manos en el volante se preguntaba sobre aspectos que nunca había considerado.
Miró a las tres mujeres que parecía empezaban a moverse, poniendo la mano derecha sobre la llave de contacto y pisando con suavidad el acelerador.
Una sombra de empatía pasó por su frente, pero no duro apenas un segundo. No era una blanda. Eso era un negocio y esa mema le estaba haciendo perder un tiempo precioso. Apretó las uñas sobre el cuero del volante, rompiéndose la del dedo medio. Aunque se hizo daño no se quejó y siguió, crispada, poniendo la cuarta marcha. Ese coche no tenía dirección asistida, ni ninguna de las lindezas que pregonaban en las vallas publicitarias. Su sueldo no daba para esas cosas. Hacía tiempo que había conseguido ese vehículo en una feria de ocasión. Tampoco le era muy necesario, viviendo en el mismo lugar de trabajo y con el transporte especial para traer y llevar a las personas dependientes tenía el servicio cubierto. Sólo lo utilizaba para acercarse a la ciudad muy de tarde en tarde.
A ella no le gustaba verse en el lugar de nadie. En ese momento se vio en una silla de ruedas. No entendía a que venían semejantes pensamientos. Un sudor frío le bajó por el esquinazo y un temblor incontrolado provocó que se saliera de su carril, dándose de frente con una señal de tráfico. Inmediatamente se armó un alboroto tal que hizo que acudieran personas de todas partes impidiéndole seguir a las tres mujeres que seguían lentamente sin apercibirse de lo que ocurría a sus espaldas. 
 
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		<id>http://www.librodearena.com/busqueda/post/2008/03/14/sabia-que-tenia-buscar</id>
		<title>Sabía lo que tenía que buscar.IV</title>
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		<issued>2008-03-14T07:02:33+00:00</issued>
		<updated>2008-03-14T07:03:33+00:00</updated>
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&lt;strong&gt;IV &lt;/strong&gt;
Aquella mañana, Mariona, se levantó inusualmente temprano. Cuando sonó el despertador lo apagó de un manotazo, pero hubo otro aviso venido de otro rincón de la casa. 
Tenía un sistema para esas ocasiones. Solía dejar un segundo despertador, el que más molestaba con su soniquete machacón, en el salón. 
Así fue como consiguió despegarse de las sábanas. 
Desperezándose y metiendo sus pies en las zapatillas, salió arrastrando los pies sobre el entarimado suelo, y tanteando las paredes entreabría los ojos guiñándolos, buscando adaptarse al impacto de la luz que procedía de los ventanales del salón. Cuando alcanzó el despertador lo lanzó por los aires de un manotazo. 
-Sólo se me ocurre a mí ponerlo tan temprano – Se recriminó, en voz alta. 
Descorrió los visillos y miró como al otro lado había un mundo en movimiento. 
Arrugando el entrecejo y con mohín serio, dejó tras de sí ese mundo que se divisaba al otro lado del cristal y se encaminó a la cocina para prepararse el café. 
Buscó sus gafas y, entretanto se hacía el café, empezó a anotar en una libreta. 
Tras las investigaciones que había hecho sobre sus sueños, había llegado a la certeza de que tenía que volver al lugar dónde ahora tan sólo quedaba un solar, tras el derrumbe y desescombro de la casa en que había encontrado aquel libro. 
Curiosamente, todavía no lo había abierto. Ni siquiera se le había ocurrido ojearlo. 
Ahora pensaba en ello sin acabar de entender en que se le podía haber ido el tiempo. 
Tomó una taza y la llenó de un café que inundó sus sentidos. 
-¡Qué delicia! – Pensó, esto es lo mejor de la mañana. 
Después de ducharse y vestirse cogió: su cámara, unos guantes y una bolsa de plástico. 
Metiendo esas cosas en su bolso, rebuscó las llaves que al fin consiguió localizar. 
Era una costumbre que siempre repetía. Si al cabo de un rato se le hubiera preguntado al respecto, seguramente hubiera dudado si realmente tenía sus llaves en el bolsillo delantero del bolso. Era de esas cosas que haces sin saber a ciencia cierta que las haces y por qué las haces. 
Transitó la puerta, que estaba cerrada sólo con pestillo, y la dejó ir, escuchando el golpe que hacía al cerrarse. 
Únicamente usaba la llave para acceder a su vivienda. Recordaba aquellos tiempos en que sólo se cerraban las puertas en la noche. No le gustaba sentirse encerrada. 
Durante unos años había vivido en una casa antigua, de cinco vecinos. En el piso más alto. Se había dado el gusto de tener la puerta entreabierta, pudiendo permanecer en la escalera con su té y leyendo una de las muchas historias de las que en ese tiempo decían de novela gótica. 
A ella, esas historias, le hacían revivir. Muchas veces pensó que lo que valía la pena de vivir era el gusto de poder escuchar música y tener en sus manos joyas como aquellas. 
Desde niña había sentido predilección por aquellas historias que la llevaban por los entresijos de la mente. 
Leía a dos velocidades. Cuando el narrador se entretenía en descripciones, ella iba pensando paralelamente en aspectos que le habían quedado colgados en el alma. Si ese libro no era nuevo, que solía ser casi siempre, porque o era de una Biblioteca o lo había adquirido en una de esas tiendas que solía visitar de tarde en tarde, mientras iba recorriendo los renglones preciosistas se iba imaginando los dedos que habían estado en contacto con esas tapas que ella sostenía. De forma inasible había recibido sensaciones y pensamientos que la transportaban. 
Como solía tener una serie de cojines, escampados por el descansillo de su puerta, a veces se adormecía y en ese estado de duermevela recorría caminos que hubieran sido considerados sueños. 
Tras los años, cuando recordaba una de esas lecturas solía rememorar esas otras informaciones que en otro tiempo habían pasado de largo. 
Ahora recordaba que esos pasos que le llevaban a la calle con el bolso sobre el hombro eran algo que sabía y que no era un ‘dejà vu’, era el recuerdo de aquello que ahora reconocía se había adelantado. En ese momento pensó en Merk y la vio ante sí, acompañada por otra anciana que tomándola del brazo la llevaba por las calles de la ciudad.

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		<id>http://www.librodearena.com/busqueda/post/2008/03/12/sabia-que-tenia-buscar-iii</id>
		<title>Sabía lo que tenía que buscar. III</title>
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		<issued>2008-03-12T19:31:18+00:00</issued>
		<updated>2008-03-12T19:32:32+00:00</updated>
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III
Aquellos días, en la Residencia de ancianos habían desaparecido algunos de ellos. 
Cuidadores y cuidadoras ocultaban los hechos porque no había parientes que los reclamasen, pero quienes gestionaban el centro empezaban a hacerse preguntas sobre ciertas casualidades.
Una determinada mañana apareció, en la cama de una de las ancianas, una de las mujeres jóvenes que tenía a su cargo ese servicio.
Lo curioso del caso fue que ella se comportó, desde el principio, como huésped y no como trabajadora, yendo junto a los otros ancianos y ancianas.
A la hora del desayuno, se situaba en la silla que correspondería a la anciana desaparecida y tomaba aquellas cosas que la misma solía tomar.
Sus pautas de comportamiento eran similares a las de los otros residentes.
Nunca respondía al requerimiento que se le pudiera hacer sobre tal o cual tarea que supuestamente tuviera pendiente.
Era como si no fuera con ella.
Dado su comportamiento y la incomunicación, habían decidido telefonear a su domicilio creyendo que algún familiar podría hacerse cargo de la situación. Tras distintos fallidos habían desistido.
No se les ocurrió hacer trámites con ningún estamento social o policial, temiendo que las investigaciones, sobre la desaparecida anciana, les pudieran llevar a ser expedientados por negligencia, poniendo en riesgo la continuidad en la gestión de la institución.
Así fue llegaron a una situación insostenible, pero eso es adelantar acontecimientos.
Aquella institución estaba bajo la tutela de la Comunidad local. Quienes se hacían cargo de su gestión habían conseguido la plaza en un proceso público, presentando un proyecto que debía ser aprobado y revisado cada tres años.
Llevaban dos años y medio y temían que este escándalo arruinara su continuidad.
Lote, la que encabezaba un equipo de cuatro, era quien residía en un edificio adosado al edificio principal. 
Convocó al resto y se reunieron en su casa.
Camila, una anciana perspicaz advirtió las idas y venidas de unos y otros. Salió al jardín y acercándose a la ventana del salón de té de Lote se sentó sobre la húmeda hierba poniendo uno de sus muchos pañuelos sobre ésta.
Desconcertada escuchó las discusiones de aquellos que habían entrado a hurtadillas, disimulando un encuentro que a ella no se le escapaba era de suma trascendencia.
Para la anciana las cosas no estaban claras. Empezó a dudar de la cordura de quienes se suponía debían responder por ella. A quien se le podía ocurrir tal aberración, la cuidadora que decían se estaba comportando como residente no era tal. Ella bien sabía que Merk, la supuesta desaparecida, había estado con ella, hacía un rato, mirando cómo entraban los niños a la escuela próxima. Era la alegría de todas las mañanas, ver llegar aquellas sonrosadas criaturas y sentir sus vocecitas como si gorjearan como pajarillos.
Nunca se perdían ese momento del día, Merk y ella solían mirarse, diciéndoselo todo con una sonrisa. Cómo podían decir que su amiga había desaparecido. La cuidadora, seguramente habría cogido otro trabajo que le fuera más beneficioso y les habría plantado sin más. Ya se sabía que quienes entraban a trabajar no solían durar, pero aquella de la que despotricaban no era, precisamente, de las que abandonan. Eso era extraño, puesto que recordaba como aquella muchacha era la única capaz de, sin apenas manifestarlo, ser amable con todos ellos. No era de las charlatanas, aquellas que cacarean creyendo que ser anciano es ser disminuido mental. Ella te miraba a los ojos y te trataba como a igual. Posiblemente sería alguna indisposición. Eso no se iba a quedar así. Decidió ir en busca de unos cuantos, los de más confianza, para localizarla.   



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		<id>http://www.librodearena.com/busqueda/post/2008/03/12/sabia-que-tenia-buscar-ii</id>
		<title>Sabía lo que tenía que buscar. II</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.librodearena.com/busqueda/post/2008/03/12/sabia-que-tenia-buscar-ii" />
		<issued>2008-03-12T19:27:20+00:00</issued>
		<updated>2008-03-12T19:27:44+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
II
Había dudado sobre lo que intuía, sin embargo fue mayor el impulso que tiró de ella.
No estaba segura de que ese era el objeto que debía encontrar. La duda se impuso, tras haber creído en la certeza. Dio un paso hacia atrás, pero un viento gélido se adentró en la casa, silbando una cacofonía extraña. Le pareció que unas voces la invitaban a entrar. Tembló ante la idea de estar ante espíritus, que venidos de ultratumba, la quisieran conducir por aquellos pasillos, que extrañamente cobraban dimensiones inusitadas. Hubiera jurado que la casa era mediana, y sin embargo, una vez dentro, le pareció una gran mansión. Estaba inmersa en estos pensamientos, cuando un remolino levantó una nube de polvo que se puso en movimiento marcándole el camino.
Tuvo claro cuales eran los signos y, aún con temor, siguió ese rastro sibilino.
Así fue como fue transportada a una habitación de grandes ventanales.
Cuando lo recordaba, repasando los contornos de la casa, no conseguía ubicarla.
Esa fue una de las incógnitas que la mantendrían inquieta durante largos días.
En sueños reconstruía lo que pudo ser aquella mansión en otros tiempos.
Cuando, al despertar los recordaba, trazaba croquis sobre hojas que después dejaba escampadas por el suelo.
Le absorbían tanto estas investigaciones, que dejo de asistir a su trabajo. Las llamadas por teléfono se fueron distanciando hasta que un buen día dejaron de sentirse.
A penas mantenía los mínimos de subsistencia, saliendo a alguno de esos locales que están veinticuatro horas abiertos, para adquirir, a altas horas de la noche, lo básico y poder tomar algún refrigerio.
Aquellos miedos a las calles oscuras y deshabitadas se habían trocado y convertido en los lugares que ella frecuentaba.
Empezó a moverse como una sombra más, sin que nadie se apercibiera de su presencia.
Los sueños y las lecturas de aquel libro que había rescatado estaban haciendo de ella un nuevo ser.
No se percataba de la transformación que estaba teniendo lugar, pero si alguien hubiera sido testigo diría que ella había desaparecido.
Dado que siempre había rechazado los espejos, no podía darse cuenta de que su cara era el puro reflejo de la de aquella anciana que en la Residencia se había comunicado con ella telepáticamente y que de esa manera le había instruido para que fuera en busca de aquel manuscrito. 

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		<id>http://www.librodearena.com/busqueda/post/2008/03/11/sabia-que-tenia-buscar-</id>
		<title>Sabía lo que tenía que buscar.</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.librodearena.com/busqueda/post/2008/03/11/sabia-que-tenia-buscar-" />
		<issued>2008-03-11T01:36:59+00:00</issued>
		<updated>2008-03-11T07:25:03+00:00</updated>
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Apacible situó el vaso sobre la repisa, a la espera de que el líquido elemento se enfriara, para poder tomarlo.
El desasosiego se había impuesto, impidiéndole seguir en la tarea que durante horas le ocupara.
Tenía en sus manos un manuscrito amarillento, rescatado del polvoriento suelo de aquella casa que estaba a punto de ser derruida.
Se contaba que hacía tiempo había sido habitada por una familia compuesta por nueve miembros.
En una de las salas, de la Residencia de ancianos, había conocido a una anciana silenciosa y longeva, que siempre miraba a través de una de las ventanas del largo pasillo, hacía esa casa.
Al principio, cuando empezó a hacerse cargo de las tareas que le asignaron, a penas apreció esa presencia. Fue tras idas y venidas por ese pasillo, que empezó a percibir algo extraño. Esa mirada la traspasaba. Se dio cuenta de que no importaba que hubiera movimiento o quietud. La anciana siempre estaba con su mirada fijada en ese punto, con una expresión, en el rostro, difícil de interpretar. 
Una vez le pidieron que la acompañara a su habitación para que se acostara. No era su tarea, pero aquel día le habían solicitado que cambiara su turno con una compañera. No le iba bien el de la noche, pero no queriendo parecer inflexible aceptó el cambio, no sin dejar claro que sería una excepción. Rechazaba esos turnos porque temía regresar a horas en que las calles vacías le hacían temer y sentirse en peligro. No era una zona en la que se hubiera dado ningún situación de alarma, pero no muy lejos de allí ya se había advertido de la presencia de seres extraños que transitaban a altas horas de la noche.
Aquella noche, cuando regresaba a su casa, intentando pasar por las calles más transitadas, su pensamiento no paraba de darle vueltas alrededor de una idea, ir a aquella casa que parecía ser la respuesta a esa enigmática mirada de la anciana.
Aunque la mujer se había dejado conducir por ella como si no la extrañara, supo que sus pensamientos le hablaban. Era una sensación que le hizo recordar momentos de su niñez. Esas comunicaciones sin palabras con la menor de sus hermanas.
Era un lenguaje no textualizado que le indicaba la ruta a seguir. Eso lo supo mientras estuvo preparándose para acostarse.
Después de valorar la importancia de ese mensaje tomó la decisión de acercarse a aquella casa uno de esos días. Posiblemente podría ir la semana siguiente.
Así lo hizo. Cuando hubo llegado se encontró con que estaban preparándose para echar a bajo un edificio que estaba a punto de caerse. 
Un impulso incontenido la llevo a acercarse a la puerta principal. No dudo. Sabía lo que tenía que buscar.

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		<id>http://www.librodearena.com/busqueda/post/2008/01/06/continuacion-aurea-blanca-dama</id>
		<title>Continuación de Aurea la blanca dama</title>
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		<issued>2008-01-06T13:06:31+00:00</issued>
		<updated>2008-01-06T13:09:22+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
Anteriormente el texto quedó aquí:
Aurea, la blanca dama, se pasea por la espesura recorriendo desconocidas latitudes.
Su destino se dibuja, será la nueva hechicera.
Ha dejado su casa para hallar nueva morada.
Se ha alejado de los suyos en ruptura desconsolada.
No hubo adioses ni rencores.
Emprendió su largo viaje con su hatillo a la espalda.
En cuanto se pusiera en marcha hubo fuerza renovada.
Ya los suyos son otra realidad. Izeta le acompaña, es quien mirará por ella cuando ciega sea. La hechicera habrá de perder la visión para acceder al conocimiento de la magia y de ultratumba.

&lt;strong&gt;Continuación de Aurea la blanca dama&lt;/strong&gt;:
Una dama oscura, vestida con pliegues oscuros suelta un largo discurso dirigido a Aurea, la blanca dama:
- Llega un paquete a mis manos. No puedo evitarlo, lo abro. No hay espera. Así es mi vida.
- Arranco con premura la cinta que lo envuelve, si no puedo con los dedos lo hago con los dientes. 
- No sobreviven quienes así se lo montan, pero yo sí. Aquí estoy. 
- A veces somatizo y padezco el freno que supone parar, restañando mis heridas. En ese caso duermo siglos de soledad. 
- Cadáveres a mi paso de almas que se desnudaron a mis manos. 
- Deslizo mis dedos y hurgo en sus entrañas. La sangre caliente corre por mis dedos y me vigorizan. 
- Era Cleopatra que usaba líquido elemento para rejuvenecerse. Experimentaba con aquellos que como esclavos usaba. 
- Con mis uñas afiladas abro ese hueco que brinda su alma. Supura y pierde substancia. En sus ojos recojo agradecida su mirada.
- Colecciono miradas de perro lastimero y hago recortes y collages en las paredes de mi casa.
- Dadoras de vida dicen que somos. Robo tu alma si a mi alcance te alzas. Néctar divino bajo la piel rosada.
- Afilo mis uñas, no necesito colmillos. Acaricio su torso desnudo. El objeto de mis placeres es el muchacho inocente y la doncella si se tercia.
- Juego en la playa y el baile. La luz no me derrite. Escritores ignorantes son creídos de historias lerdas que otros escritorcillos contaron antes. Eterna en mi tiempo me muevo. La muerte o la vida es de humanidad.
- De dioses o ángeles caídos alimentan las iglesias a sus súbditos. Cementerios y tumbas abiertas al hedor. No es ese mi territorio. Es otra realidad. Otra esfera paralela. Esta es la forma en que podrás entender dónde te internaste blanca dama. 
- La hechicera te propuso para continuar la saga y te trajo a ésta, mi realidad.
- Viajo a ese mundo del que vienes para hacer cacerías y experimentar el éxtasis que me produce el contacto con el cálido elemento de los humanos. 
 - Te preguntas el por qué tome esta senda. Yo también fui requerida por la dama que te atrajo y ofreciome vida eterna, de su juego aprendí cuanto sé y después deshice el yugo al que me atara. Volé tan alto que alcancé el poder sin dejar que me tendiera su red. Aprendí lo útil y deshice lo inútil a mi favor.  
- Te está haciendo promesas con el precio de perder la luz en tus ojos, deberías reconsiderar tu elección. 

Estas eran las palabras de la oscura figura que ante ella se manifestaba.

Había vuelto de ese sueño o todavía estaba en él. El abrazo amoroso con Jorge y el retorno al tálamo de sus primeros tiempos. Era sueño o recuerdo.

Esa presencia parecía real. Abrió y cerró los ojos intentando aclararse. Nada le daba pie a afirmar o negar.
Aurea de pronto sintió que un helado sudor le cubría la espalda, pensó en sus hijos bajo los brazos de esta mantis. Temió por ellos. Vio a sus dos hijos con cara de preocupación sentados en el sofá de la casa y con la agenda en la mano buscando, número de teléfono. Llamando. Era a su hermano. No contestaba nadie del otro lado. Ellos con gesto preocupado y abatidos, parecía que esperaban. Alargó su mano queriendo acariciarlos. Atravesó sus cabezas sin notar contacto. Entristecida contuvo el llanto que pujaba por salir. 
Su garganta se contuvo del alarido de espanto frente a lo que su mente captó viéndola tras ellos maquinando una danza macabra y derramando sus encantos.

Aurea sintió la premura de atraer su atención. Salió del lugar y la otra que tenía mayor deseo de tenerla de su lado olvido su presa. Miro hacía ellos y penso que en otro momento volvería.

Volvieron al circulo de piedras rojas, margas. En medio de aquella selva virgen, Oza. Las lianas colgaban de los hayedos. Los ríos derramaban su cauce, del deshielo, crecidos. Saltos de agua gorgoteando por doquier. 

La oscura dama, taimada, la miraba a la espera de algún gesto que delatara flaqueza. Por mucho que lo intentara no podía acceder al fondo del alma de la blanca dama. 

Aurea alejaba de sí todo temor, pues sabía que este haría crecer a la arpía.

Izeta, tu animal compañía se mantenía a distancia y temeroso, pero con actitud tensa dispuesto a darlo todo por ella.
  
En esas tierras pirinencas cuando renacía la vida tras el invierno las gentes se abstenían de acercarse por miedo a las crecidas de los irregulares ríos. 

El muérdago colgaba de los frondosos árboles a la espera del ritual en noche de plenilunio, pensaba Aurea mirando a ellos. Una hoz de oro para que el bardo pueda hacer ungüentos mágicos. Sería cierto que las fadas negras habían habitado esos parajes en otros ancestros y que al ser despojadas de todo quedaran las que como la dama oscura encarnizadas y dañinas iban y venían entre los dos mundos que allí se abrían.

Se introdujeron bajo la cascada, el Azú, y entre grieta angosta penetraron las dos damas. Aurea se preguntaba cuanto tiempo conseguiría captar la atención de la oscura dama.

Decidió entablar conversación. Hasta ese momento era la otra que había llevado la voz cantante. Ella con su silencio había mantenido la distancia con cautela pero el hecho de reconocer que sus hijos corrían peligro la alentaba a iniciar una serie de aciones para distraer a la dama.

Se dirigió a ella hablando con suavidad pero sin titubeos.

En la otra realidad, Jorge estaba atrapado en una maraña de hierbas enredaderas que sujetaban sus piernas y veía medio en tinieblas las dos figuras femeninas. Identificó los contornos de la que en la otra realidad había sido su esposa. Un escalofrío recorrió toda la superficie de su piel. Se le atezaron los músculos. La sangre ocluida dejó de circular y por un misterioso orden quedó petrificado ante el presagio anunciado tras la visión presente.

Aurea le preguntaba por detalles nimios para distraerla de objetivos mayores. Jorge recibía los pensamientos de prevención que Aurea desviaba de la atención de la dama oscura

El miedo que Aurea sentía por aquellas cosas que la otra pudiera hacer a sus hijos le daba mayor osadía. Proyectaba lejos estos sentimientos. Sin saberlo ella y Jorge habían entablado un diálogo paralelo en el que ella telepáticamente le informaba del peligro a que estaban expuestos los hijos.
Jorge intentaba deshacerse de la sujeción a que estaba sometido por las ramas que enredadas en sus tobillos le impedían tomar rumbo alguno.
Izeta consciente de la necesaria liberación de Jorge traspasa el espacio y tiempo y dirige su atención a éste conducida por la mente de Aurea. Muerde las ramas y hierbas que sujetan a Jorge liberándolo.
Cuando éste queda liberado queda de nuevo a la merced de la nada. Izeta se pierde en el vacío y sus ojos no encuentran camino ni salida.
Vuelve Izeta sumisa a los pies de su dama. 
Desdoblada ésta en las dos, Izeta sabe como buena fuineta que es que la dualidad en ese mundo se separa en los dos seres que se presentan.
Se debaten las dos identidades. Conforme el miedo crece la separación se hace más patente.

Continuará
Lanzó las cartas al suelo. 
La muerte y la vida en una. 
Duplicidad. 
Lo negro y lo blanco totalidad. 
Los dados marcaron casilla. 
Se lo jugaba a la vida.

&lt;em&gt;Anna, 07/12/2006&lt;/em&gt;
		</content>
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		<id>http://www.librodearena.com/busqueda/post/2008/01/06/sufrio</id>
		<title>Sufrió</title>
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		<issued>2008-01-06T13:04:30+00:00</issued>
		<updated>2008-01-06T13:10:15+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
Sufrió en sus carnes. Cayó por el precipicio. Atacó la bestia inmunda y en descuido erró el golpe.
Izeta estaba atenta a lo que allí acontecía.
Sobre Aurea, la arpía.
En el descuido logrado Izeta la ha despistado con un salto bien dado. Aurea estaba en su mente sin aparentar darse cuenta, no sabía lo que allí se daba.
Fidia se paró en seco, a punto de atravesarla. El miedo que traicionero a ella ha construido ahora se ha diluido. Fidia desaparece. Es estado transitorio, Izeta bien lo sabe.
El tiempo que es necesario para que Aurea conozcas nuevas artes de protección se ha dado.

¿Qué es aquello que la hizo inmune al ataque?
Fue recuerdo de otro tiempo, en otro lugar. Ya el tiempo es un otro no secuencial. 

Su recuerdo ha divagado en el amor de pasado, en su tiempo personal.

Es cierto, la había engañado. Como siempre sucede eres la última en enterarse. Todo el mundo lo sabía. 
Pensaste que Jorge y ella eran amigos. Como a tal la aceptaste.
Se hirió tu alma en profundo. No recuperaste la confianza. Nunca más el abandono.
Que no era importante. Que un desliz lo tiene cualquiera.
Querías ser ecuánime y no le recriminaste. Perdonar, no había nada que perdonar. No era ofensa. Es la vida. Cada uno propio guía. Te dolió y no sacaste tu dolor. Enfermó tu alma. Se apagó tu corazón.
Pensaste que él es libre. Que de ti no era obligado. Tu marido. Que estaba en su derecho de usar su libertad. Racionalmente lo viste. Te doliste. La emoción hizo espacio al infinito. Se te rompió el corazón.
No pudiste superarlo. No fuiste capaz de superar el trance en el que te veías envuelta. 
¿Le querías? No lo sabes.
Ya no te fue posible, nunca más, dejarte mecer en sus brazos.
Herida y dolida quedaste largos días, largas noches, muy largas, eternas.
Te buscaste ocupaciones. Distracciones. Construiste relación de afectiva amistad. En la intimidad te retirabas. Poco a poco desistió.
Han pasado años.
Tu mente y tu cuerpo vuelven a un estadio anterior. Ganas de vida nueva, placeres que por recuerdo reverdece esta flor.
Renaces de tus cenizas. Abres todos los sentidos a aquello que te habla del placer de estar viva.

En este su pensamiento Aurea divagaba y entre tanto ocurría que Izeta conducía.

En otra parte. En la espesura Jorge vislumbra un estrecho camino de piedra fina. Se siente guiado por mano invisible. Por el se desplaza. La hiedra lo cubre todo y de marañas los oscuros troncos apenas se vislumbran. Negrura espesa de niebla que todo lo engulle.
Aullidos en lontananza. Ulular y chasquidos. Todo ojos de alimañas. Escudriñando en la oscuridad.
Avanza el hombre abatido por esa tierra tan extraña. Recuerda que hubo un tiempo. Que pensó en un mañana. 

&lt;em&gt;Anna, 10/12/2006&lt;/em&gt;
		</content>
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		<id>http://www.librodearena.com/busqueda/post/2008/01/06/fidia-y-aurea</id>
		<title>Fidia y Aurea</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.librodearena.com/busqueda/post/2008/01/06/fidia-y-aurea" />
		<issued>2008-01-06T12:58:28+00:00</issued>
		<updated>2008-01-06T13:11:03+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
Lanzaba las cartas al vuelo.
El suelo las recogió.
La muerte y la vida en una.
Eso a ella le asustó.

Lo negro y lo blanco.
El todo y la nada.
Como única alternativa.
Dados marcando destino.

Casilla de muerte paró.
Se lo jugaba a la vida.
En ese agujero cayó.
No quedaba otra salida.

Cuando la luna brilla.
Sofocado su dolor.
Herido el costado.
Lastimado con pasión.

Miríadas de horas muertas.
Instantes de sinrazón.
Volandas que él aguanta.
Al abrigo del honor.

Palabra huera y vacía.
Camino de desventuras.
Cantó la arpía en su lecho.
Aparejando la urdimbre.

Tejedora de destinos.
Hueco negro y frío.
Silencioso en el abismo.
Grande fue su desatino.

Ardides de seducción.
Atractiva en su tesón.
Afilaba sus uñas rojas.
Con veneno el corazón.

Fidia la no nombrada.
Negra y oscura ocultada.
Seductora la alimaña.

Aurea a Fidia se opone.
Como el día a la noche.
Las dos caras de sí misma.

Desconoce que con fuerza.
Más aumenta la presencia.
Que oponerse es tenerla.

Si Izeta palabras tuviera.
Ella sabe que la doble.
Es del espejo venida.

Ahora es una fuineta.
Otrora mujer hermosa.

No alcanzando los saberes.
Guía y protectora de Aurea.

&lt;em&gt;Anna, 08/12/2006&lt;/em&gt;
		</content>
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		<id>http://www.librodearena.com/busqueda/post/2007/12/03/al-otro-lado-aurea-</id>
		<title>Al otro lado (Aurea)</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.librodearena.com/busqueda/post/2007/12/03/al-otro-lado-aurea-" />
		<issued>2007-12-03T06:05:50+00:00</issued>
		<updated>2008-01-11T19:23:40+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
Al otro lado, en la supuesta realidad Jorge está sobre su cama. Ana marchó dejando a sus hijos sin saber que decir. Cómo podían esperar una salida como esa.

- Te das cuenta, no nos ha hecho ni caso.

- Estoy anonadada, no sé que pensar.

- ¿Habrá perdido la chaveta? 

- ¿Adónde ha debido ir?

- ¿Has visto, llevaba un pequeño bulto que envolvía algo?

De pronto, los hermanos, se miran y se dirigen a la habitación. Constatan que las cosas personales de su madre no están.

- Se ha llevado sus cosas, es el colmo. ¿Qué les ha pasado a éstos?

Miran al padre que se mueve inquieto en su sueño y salen de la habitación apesadumbrados.

- Tendríamos que buscar ayuda, esto no puede continuar así.

- ¿Y adónde nos dirigimos o a quién se la pedimos? 

- No sé, pensemos en ello.

- Y si llamamos a los tíos, primero podríamos mirar de localizar a Carlos, el hermano de mamá, seguramente sabrá que hacer.

Marcan un número en el teléfono. Esperan un rato.

- Vaya, no contesta nadie.

- Ya llamaremos más tarde, déjalo ahora.

Entretanto en la habitación se producen cambios que ellos no ven. Todo lo que está ocurriendo del otro lado a veces va tomando forma, una forma desvaída, en este espacio. En la cama los cuerpos de Ana y Jorge cobran forma en un abrazo amoroso que es el acto que los une.

02/10/2006
...

Al otro lado

&quot;Renacen nuestros sentimientos de forma inverosímil.&quot;

Al otro lado, en la profunda oscuridad, Jorge siente en sus entrañas que está con ella, que la cubre con abrazo amoroso.

La ve a través de los ojos de Izeta. Sabe que ella es Aurea, que Aurea es ella.

Jorge desfallecido está sobre los guijarros de ese camino que no le lleva a ninguna parte.

Una luna omnipresente se abre paso en el oscuro espacio que delimitan altos y oscuros árboles.

Ese sueño abre esperanzas nuevas. Ya no está en la nada absoluta.

¿Dónde buscarla?, - se pregunta - .

Sale del éxtasis amoroso renovado y con ganas de iniciar su búsqueda.

Ahora irá por ella.

En algún lugar de su sueño la encontrará, lo intuye.

Jorge emprende su marcha con decisión. Se diría que sabe hacía dónde.

Ese amor que languidecía ha vuelto a ellos en esa nueva realidad. 

Del otro lado, en la cama de su habitación, duerme observado de cerca por sus hijos.

Ellos están a su lado, esperando que despierte.

En su rostro se ha dibujado una sonrisa que no les pasa desapercibida.

Se miran y en su gesto se dibuja una pregunta que no se formula.

20/01/2007

		</content>
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		<id>http://www.librodearena.com/busqueda/post/2007/12/03/aurea</id>
		<title>Aurea</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.librodearena.com/busqueda/post/2007/12/03/aurea" />
		<issued>2007-12-03T05:59:53+00:00</issued>
		<updated>2007-12-03T06:02:29+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
SE PRODUJO LA TRANSFORMACIÓN. ANA TRANSMUTADA EN AUREA CUAL MARIPOSA QUE SALE DEL CAPULLO DONDE SE METAMORFOSEÓ
Aurea volvió de su sueño y salió llena de luz. Sus hijos esperaban que ella despertara, llevaban siete días sin poderla ver. Ella se había ido triste y ahora resplandecía.
Sus cabellos largos recorrían su espalda y su tez se veía rejuvenecida. No salían de su asombro, ¿qué pudo suceder en esos días de ausencia?
Lo más sorprendente fue que Aurea pasó a su lado con la indiferencia de un extraño.
Cogió sus cosas en un hatillo y marchó.
A su paso la gente se asombraba y admiraba.
Se perdió en las calles de la gran ciudad como una más de sus habitantes.
Las calles le llevaron más allá. Vio el mar a su derecha y siguió su camino. Ya las calles se perdieron en la distancia y Aurea encontró su camino. si alguien la hubiera visto habría dicho que había desaparecido.
De nuevo en el poblado de la gran cascada. Aurea aprendiza de hechicera al servicio de la gran diosa.
Izeta la seguía en todos sus pasos.
Izeta era un animalillo que se destacaba por su fiereza y sin embargo era sumiso a los pies de Aurea tal cual un gatito.
Habitaban una cueva y en ella se acumulaban ungüentos y amuletos. 
La hechicera la había tomado a su cuidado. Se hacía necesaria una sustituta, ella tenía los días contados.
Aurea había sido invocada y traída del otro lado, dónde no hay individualidades, donde todos son multitud cual hormigas de una colmena. 
La hechicera se preparaba para el retorno y difusión de la forma.
Se había tardado mucho en encontrar a la candidata adecuada, aquella que hubiera terminado su ciclo en el otro lado.
Iceta, nada más verla, la había escogido y eso era la señal esperada. Izeta desde su irracionalidad tenía la capacidad del reconocimiento sin engaño.
La hechicera podría marchar tranquila porque el ciclo se continuaría.
Izeta es un animalillo muy inquieto.
Su destino se ha unido al de Aurea. Ella no le hace muchas carantoñas pero tampoco le es indiferente.
Cuando en la noche todo el grupo duerme Aurea queda en espera de ese silencio para pensar y recordar qué le trajo a ese lugar. Izeta en un rincón, enroscada, se hace la dormida, en ese momento nadie la reconocería ya que durante el día es tan movida que a todo el mundo le molesta y la apartan de su lado.
Aurea se acuerda de aquellos sueños que dejó aparcados con el tiempo y la crianza de los hijos. Recuerda que hubo un tiempo en que tuvo un compañero y una sensación punzante le atraviesa el útero. Añora caricias y besos...
Se sienta sobre sus rodillas y acaricia su pecho. Algo cálido se abre paso en sus entrañas, el deseo. Su lengua moja el labio superior y nota su fría tersura. Sus manos expertas recorren los sensibles recovecos de su cuerpo.
Algo se dispara y entra en trance. Izeta la mira desde su rincón, sus ojillos brillan en la oscuridad.
Cuando Aurea, relajada, se duerme Iceta se acerca y se enrosca a sus pies.
La noche transcurre con el ulular de las bestias del bosque y el gorgoteo del agua.

30/09/2006
		</content>
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		<id>http://www.librodearena.com/busqueda/post/2007/12/02/hilos-seda-continuando-hacia-fantasia-</id>
		<title>Hilos de seda... (Continuando hacía la fantasía)</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.librodearena.com/busqueda/post/2007/12/02/hilos-seda-continuando-hacia-fantasia-" />
		<issued>2007-12-02T20:44:56+00:00</issued>
		<updated>2007-12-02T20:45:09+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
HILOS DE SEDA SALEN DE SUS MANOS Y SE ENVUELVE EN ELLOS.
ES LA FASE 'IMAGO', COMIENZA LA TRANSFORMACIÓN.
Un capullo es toda ella y su cama y sus ropas. Toda la habitación entretejida entre hilos de seda.
La puerta cerrada impide que alguien lo vea.
-¿Dónde está mamá?
-En su cama, no la molestéis.
Nadie se apercibe.
Ella duerme el sueño de la renovación. Siete días, siete noches en que nadie entra. Siete años que transcurren en su largo viaje.
Ellos suponen que sale cuando no hay nadie. El padre les previno de la crisis de la madre.
En su recogimiento ella hace el gran viaje. Atraviesa ese túnel de luz centelleante, estrella de nueve puntas la de la diosa madre. Navega los mares astrales, recorre las nueve lunas y se encuentra con la luz matriarcal. Sabiduría primera, la de las madres.
Su primer movimiento en el inicio cuando el magma hizo a Gea. Viaja por las edades de la Tierra, la gran madre.
Su segundo movimiento la colonia humana. Esa niña que se pierde en las aguas del diluvio, esos montes y esos ríos.
Va siguiendo por memorias ancestrales del origen de la madre.
Acumula en sus entrañas tantas vidas del pasado que el dolor que la atenaza la amenaza con el llanto. No es pasajera pasiva, se entristece a cada paso.
Quien espera desespera, dice el refrán.
Jorge, a ratos, se acerca a la puerta del dormitorio, algo le detiene, aunque nada oye le sorprende el silencio más allá del que sería dado tener en la habitación cerrada.
Hay un algo que le aleja.
Aunque quisiera traspasar el umbral el sabe, no sabe como pero lo sabe, que es inaccesible.
Una fuerza se lo impide. El no la ve pero existe.
A los lados de la puerta dos guardianes la protegen uno es 'día' y otro 'noche', cancerveros adormecidos vigilantes.
En el quinto día Jorge ya no resiste. Se acerca decidido a franquear la puerta como sea y contra quien sea. Un perfume a rosas lo invade y detiene su empuje. Sorprendido se para y sin control de sus actos se da la vuelta y sale de la casa.
Hay realidades que se mueven en ese mundo del que ya no forma parte.
Ve a las gentes yendo de un lado a otro y se siente suspendido en el tiempo.
Han sido días y noche en vigilia, algo dentro de él se ha fracturado.
Sus pies le conducen no sabe dónde.
Llega a la consulta de su médico se sienta y espera. Pasa la mañana y unos llegan y otros se van. Él en un rincón ensimismado. Ya todos los pacientes han sido atendidos, no queda nadie en la sala de espera. Sale alguien en bata blanca y le mira. Se da la vuelta y se dirige a él.
-¿Espera, usted, a alguien?
Jorge no contesta. Sorprende su aspecto desaliñado, barba de cuatro días.
Insisten:
-Señor, ¿le sucede algo?
Jorge no responde, está ido.
Sale esta persona y regresa con dos más.
-Es extraño, lleva toda la mañana allí quieto.
-Llamemos al 061.
-Sí, mejor que se hagan cargo de él, no sea que de tanto insistirle le de algún mal arranque.
Se retiran y llaman por teléfono.
-Hola, tenemos una persona, un hombre que presenta mal aspecto.
-No, no hay forma de saber nada.
-Sí, hemos intentado preguntarle, pero no responde.
-Bueno, han dicho que ahora vienen.
-Mejor que sea rápido porque hay que cerrar y volver a abrir dentro de dos horas.
-Tendremos que quedarnos de guardia un rato.
-¿Queréis que traiga unos bocatas?
-Yo de tortilla y pan con tomate.
-Yo también.
-¿Y para beber?
-Para beber agua.
-No, yo una cervecita 'sin'.
Un silencio tenso ocupa el espacio.
Jorge de pronto se da cuenta de que no hay nadie y se levanta de su asiento.
-¿A dónde va?
Él ni se da cuenta de que le estan hablando y sigue camino de la salida pero la encuentra cerrada.
-No, no es por allí.
-Salga por esta puerta pequeña.
-Ya hemos cerrado.
-¿Quería algo?
Él no contesta, se va. Sigue por la acera hasta que se encuentra con el cruce de otra calle. Cruza sin mirar, casualmente en ese momento hay poca circulación y los coches que pasan consiguen evitar un posible impacto. Sigue caminando sin prestar atención a nada. Llega a su portal y sube. Se sienta en el sofá y se cubre la cara con sus manos. En ese momento una fuerte tensión en su garganta aflora en fuerte llanto.

Tras el llanto Jorge entra en un profundo sueño.
El olor a rosa ocupa el aire de la casa.
Llegan los hijos. Al ver a su padre dormido de mala manera sobre el sofá intentan moverlo para que despierte.
-¡Papá!
-¡Papá!
No consiguen, de ninguna de las maneras, despertarlo.
-Es curioso, ¿no hueles a algo extraño, como a flores?
-Sí, parece que se haya derramado algún perfume. Es un olor muy intenso.
-Sí, de rosas.
-Es cierto, pero nunca hubo un perfume ni ambientador que tuviera olor a rosas. A mamá le gustan otros olores, no los florales, más como de madera o resina. No se suele perfumar, mas bien sale del baño con olor a limpio.
Intentan, de nuevo, despertar al padre. Lo hacen con dulzura, como si de un niño se tratara.
-Papá, despierta.
-Venga vamos a la cama y te acuestas, estarás mejor.
Los hijos cogen a Jorge y lo llevan a la habitación. Éste, aunque dormido, se deja llevar.
Abren la puerta y encuentran a la madre tendida sobre la cama, desnuda y profundamente dormida. No osan despertarla. Se acercan con sumo cuidado y colocan a Jorge a su lado. Salen muy despacio para no hacer ruido y cierran la puerta para que nada les moleste.
Vuelven al salón y se sientan en el sofá.
-¿Te has dado cuenta?
-¿De qué?
-El olor a rosas salía del cuerpo de mamá.
-Sí, es cierto. Habrá cambiado de perfume.
Quedan pensativos y en silencio.
-Sabes qué, mejor nos vamos y los dejamos a su 'bola'.
-Sí, mejor.
-Algo les está pasando. ¿Será la crisis de los cincuenta?
-Si no estamos en casa les será más fácil hablarlo y se arreglarán mejor. ¿No crees?
-Sí, claro.
Salen los dos hermanos y cierran la puerta tras de sí.
Jorge y Ana están de viaje.
Él entra en su sueño sólo y perdido. Todo es oscuridad y vacío.
Ana está en otro espacio y en otro tiempo.
Jorge va vagando en el oscuro vacío, nada le referencia, nada a que asirse. Al principio del viaje sufre pánico y desconcierto. Poco a poco se acostumbra y conforme se calma el espacio se hace visible. Camina por terreno pedregoso entre marañas de arbustos, arañazos en su cuerpo que él no siente. Espesura boscosa le acorrala. Sigue estrecho camino de piedras y arenilla, es noche y no hay luna. Aullidos y cloqueos,  silbidos de aves nocturnas. En un principio permanece quieto, pero toma uno de los caminos sin saber bien hacía dónde. Seguirá por este laberinto largas jornadas sin luces ni nadie que le oriente o acompañe.
Ana se encuentra entre montañas formando parte de un grupo de personas reunidas en círculos concéntricos alrededor de un fuego espectral. Son mujeres, niños y niñas, ancianos y ancianas, y en el círculo externo hombres. No hay comunicación verbal, signos gestuales y telepatía. Los únicos sonidos son los del entorno. Una gran cascada cae en pendiente de entre las montañas.
Ella no se sabe como quien fuera es otra y se reconoce como Aurea. Se siente en otro cuerpo y otra mente, es ciega pero sus ojos no son necesarios capta lo que la rodea con mayor intensidad. Su piel esclarecida blanca como la nieve y su cabello cano, muy largo, cae sobre su espalda  como una cascada. Viste túnica transparente que deja entrever su cuerpo, que nadie ve desde los ojos físicos sino los del alma.
Se pone en pie y empieza con suave balanceo al ritmo del murmullo del agua y el susurro del viento. Es un rito iniciatico,  ella es el centro de ese movimiento que se va extendiendo a todos los círculos, de dentro a fuera. Sus mentes confluyen en un único pensamiento, una idea compartida por todo el grupo. Se alcanza el éxtasis del grupo y el murmullo del agua, el suave susurro del viento y ellos forman una unidad, son uno en su totalidad.
Vivimos en distintas realidades. Nos creemos habitantes de un mismo tiempo y espacio. Sólo es una creencia.
Jorge sigue perdido en la profunda espesura oscura de una noche perpetua.
Aurea, quien otro tiempo fuera Ana, ha encontrado un nuevo sentido. Se ha unido con el 'ánima mundi' que todo lo abarca y contiene.
Serán, en su caso dos nuevos años. Para sus hijos apenas dos días.
Para llegar al rescate bastará una mano inocente, en nuestro caso dos. Serán los hijos, que de alguna manera son ellos mismos, quienes traerán a los padres de nuevo a casa.
Bastará no saber nada para que así se resuelva el enigma que traza este viaje.
No se aman y la carencia ha destruidos los hilos que dan orden a la vida. La urdimbre que todo lo guía.
Serán los hijos que en su ignorancia recogerán los restos de estas dos almas solitarias.
El cambio tendrá un precio, ella volverá ciega y envejecida, él perderá toda posibilidad de cordura y será el tiempo y los mimos del hijo y de la hija que obrarán el milagro de los padres recuperados. Serán muchos días tras el retorno de estas dos almas perdidas.

24/09/2007
		</content>
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		<id>http://www.librodearena.com/busqueda/post/2007/12/02/ruptura-3</id>
		<title>Ruptura 3</title>
		<link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.librodearena.com/busqueda/post/2007/12/02/ruptura-3" />
		<issued>2007-12-02T20:42:07+00:00</issued>
		<updated>2007-12-02T20:42:28+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
Estás dolida. No sabes de qué te dueles, pero sientes la llaga que supura, herida hace tiempo padecida y no reconocida.
Hubieras deseado que no se hubiera dado el exabrupto, un acto más racional, menos precipitado.
Le oyes y algo se revuelve dentro de ti, algo así como una rabia contenida, un rechazo.
No sabes y quieres saber.
Era tan fácil seguir y ahora es imposible. De pronto nada tiene color. Se apagó el mundo y te cruza por la mente la frase: 'que se pare el mundo que me bajo'. En otro tiempo era posicionamiento revolucionario. Ahora la sientes en toda su esencia y te da miedo, porque parar el mundo y bajar no tiene otro significado que desconectarse. Te aterra este pensamiento. No quieres mirarlo. Una figura espectral toma forma tras las puertas de tu alma. Te paraliza el pánico.
Te preguntas que diantres ha sucedido o que venda de tus ojos ha caído. Era falso sentimiento. Era acomodo por el entorno que todo lo vuestro dibujaba como perfecto y extraordinario.
Sucede a veces que no nos atrevemos a cambiar el guión que devuelve la lectura que de nosotros hacen.
Esos hijos que ocuparon tantos años de tu vida fueron quizás la pantalla que impedía a tus ojos la mirada. Lo amaste, fue amigo, pero hace tanto tiempo de ello que te cuesta recordarlo.
Miras y no ves nada, eso te acobarda. Volver a la rutina de los días y las noches. Qué lo hace tan difícil. Deseas simplificarte, acomodarte. No puedes.
Sigues perdida por las calles. Al fin frente a tí el mar, 'ese mar de todos los días', te suena a verso. Te sientas en el primer banco que encuentras y te pierdes en el oleaje, suave. Oyes un concierto discordante, gaviotas.
A lo lejos un velero. Te sientes carga en la espalda, carga de muchos pesares. Te sientes cansada. Cada músculo de tu cuerpo se manifiesta incomodo, pesado y dolorido. Los cabellos pesada carga. Cierras los ojos y entras en tu conciencia. Bajas a los pies y notas su pálpito.
Buscan un caramelo que te endulce. Tienes la boca seca. No sabe. Lo retiras de tu boca con gesto amargo. Te levantas y emprendes la marcha por el paseo trazado al par de la orilla.
Vas pasando por delante de unos y otros garitos, no te atrae pararte. Recorres distancia y al fin ya en el tramo de la Barceloneta reconoces el rincón familiar de otros tiempos. Te sientas en una de las sillas y ante el camarero que se ofrece formulas tu deseo, uno de los tres deseos:
-Un agua, por favor.
Te recoges en ti y te adormeces. Tanto cansancio al final cede. Quedas ensimismada. En ti.
Estaba ella en su rincón. Se sentía ofuscada y sin embargo de sus labios salió dibujada una sonrisa, un fino gesto apenas perceptible. Su rostro reflejaba relajación y ensoñamiento del alma.
Fue en ese entonces cuando alguien la miraba, él.
Ella no se apercibe de la presencia, está navegando por los aires en ese globo que la transportaba sobre la ciudad dormida.
Recuerda el sueño que cuando despertara no había recreado en su memoria y que justo en este momento ocupa su pensar.
Nunca ha pensado que hacer determinadas cosas podría ser interesante o divertido. Como aquello que él decía de volar con un globo sobre la ciudad dormida.
La ciudad dormía en su sueño y ella veía las caras de los durmientes, sin extrañeza. Flotaba en un globo de múltiples colores que la transportaban con suavidad. En su sueño visitó su cama de niña, su cama de jovencita, su cama de anciana. No su propia cama, la que ocupaba en su sueño, el globo sería y por ello no la apercibía. Volaba, se deslizaba sobre los tejados de la ciudad, no ésta. La ciudad no conocida la ciudad de sus sueños. Se sentía liviana y sin bloqueos, liberada.
Cuando despertara, en la mañana, su cuerpo en el retorno se quejara. Un golpe de sangre subiera a su cabeza, palpitara sobre sus sienes en un martilleo persistente. Él a su lado, ella entristecida.
Dejó las sábanas y se dirigió al baño, la ducha. El agua caía sobre su espalda dolorida. Su mente autómata en acciones cotidianas de nada se ocupaba.
Y así atontada siguiera los pasos que con el la llevaran.
Ahora lo recuerda y se mira en ese recuerdo, se objetiva se convierte en espectadora de si misma.
En este recuerdo su gesto endurecido. Él ha marchado y no se ha apercibido.
-No, no hay tiempo para recuperar.
-Debo tomar la salida.
-Quiero tomar las riendas de esta vida, mi vida.
Expectante de si misma recorre territorios inexplorados, no explorados por ella. Su vida como si de una extraña fuera sabida.
Qué le importan las vidas ajenas. Sólo se tiene a si misma.
Los hijos, proceso biológico, tarifa de vida. Que planificaciones ni que peras en vinagre, arranque puro arranque tirón hormonal y del deseo. En su tiempo control con pastillas y una vez camino de Londres para interrumpir lo que en ese momento se era incapaz de afrontar y después ocultado sin soporte médico ni psicológico.
Sus hijos, es cierto, los siente carne de su carne, sangre de su sangre. su madre le dice, en la ancianidad, que los hijos son del alma. Se siente en sus hijos, pero ellos no son ella. Ella lo sabe. Costó compartirlos con el mundo. Que madre no hubiera querido conservarlos en su propio seno y que se detuviera el tiempo en ello. Somos generaciones de seres en plena deconstrucción psíquica y biológica. Historia, la nuestra, que viene de paso. En nuestro ser, la esencia, todo es cambio, nada permanece. Hacemos que la vida tenga orden, le ponemos tiempo en lo antes y por venir. Punto de partida y punto de llegada, la nada; y en el entreacto está lo que damos en llamar vida. La esencia es la degeneración, la disolución, la transformación en vacío. Polvo de estrellas que vuelve a ellas.
Y esta entelequia que llamamos vida se pierde en la memoria colectiva que recoge lo que recoge y desecha lo que se pierde.
Nadie en vida te puede 'retratar', menos después de vivida. Retazos de tu historia construirán un guión y diran de tí, de quien digan que tu fuiste, hacías o eras.
Te pareces a tu madre, te dicen, y tu te miras, la miras, y no te reconoces en ella. Ves registros del pasado y reconoces rasgos familiares, que hubo identidades. Se integraban en su medio, su entorno, contexto ya perdido y que el recuerdo emborronado apenas vislumbrado tras memorias selectivas, interpretaciones vivas.
Los propios pensamientos sufren el proceso, colonizados socialmente. No eres sin ser en el grupo al que perteneces y la cosa se complica, muchos marcos de referencia para este milenio que empieza . Los entornos que generan opinión y hacen que te sientas bicho raro. Ocultas bajo máscara aquello que ves rechazado. Te haces tantas preguntas a pesar de tus años. No encajas las miradas primitivas, de primate mal fundado, que se hace de forma reprobatoria y agresiva al distinto. Esa mirada de asco y rechazo. Mirada de desprecio al que fuma, al obeso, al distinto en maneras y formas. Aquello que manifiesta diferencia. Ese yoismo del grupo que desprecia y proscribe desde siempre y hasta ahora.
Kafka se sentía cuervo despreciado.
Esta perspectiva aniquila al ser humano. Se fractura la persona. esa actitud despreciativa no es integradora, es lesiva. La persona no se supera, se hunde más si cabe en ese magma social de desprecio y desamparo.
En este recogimiento te has destapado y descubierto que no debes permanecer en el mismo lugar, que debes dar el paso que te lleve a la libertad.
Sucedió en algún momento que ahora se te escapa. Él dejó de ser para tí quien antes fue. El amor tiene fecha de caducidad. Lo lamentable es que aunque la vida lo confirma no reaccionamos a tiempo y nos dejamos llevar. No sientes y eso te marchita. Poco a poco has ido muriendo sin percatarte de tu pérdida.
Ana mira su reloj y se levanta de su asiento. Levanta la vista y a lo lejos ve una figura reconocida, es Jorge.
-¿Me ha visto y sin embargo no ha osado molestarme?
-¿Qué novedad?
-Debería llamarlo, ¿para qué?
-No, prefiero seguir con mis pensamientos.
-Tomaré el camino contrario. Buscaré un lugar para comer. Allá por la Boquería, cerca de la Ramblas.
Ana marcha con buen paso.
Jorge ni se apercibe del cambio, no osa mirar atrás cual mujer de Lot no fuera se volviera estatua de sal.
Él camina lento y encorvado, ella nunca lo viera tan abatido.
El cielo está encapotado, las calles húmedas por su proximidad al mar.
Toma la ruta del muelle, el moll de la fusta, y se entretiene mirando el ir y venir de las gentes. Un olor impregna el ambiente, mezcla salina y aceitosa de las naves que por allí bogan.
La estatua de Salvat Papaseig con su oscuro porte frente al mar.
Llegando al final recuerda sus primeros años en esta ciudad. Mañanas de sábado en que venía con un libro y sentada en las gradas pasaba horas leyendo y mirando a su alrededor. Eran paseos solitarios, por las Ramblas y las Drassanes, llenos de ilusiones y sueños que ahora con decepción reconoce olvidados.
Cuando empezó su relación con Jorge fue puro fuego, choque de trenes. La convivencia y el día a día lo fue apagando. Esa mirada que un día descubriera en él no sabría decir qué, pero había mudado.
Sabe que sabía y sin embargo se apunto al engaño, autoengaño. Ya le pasaría y es cierto le pasó. Volvió a ella en el momento que ella hubo apagado todos los circuitos para que no le hicieran daño. Al principio disimulo al final ni eso. Excusas de las más nimias eludiendo abrazos. Acostabase más tarde esperando que él estuviera dormido para no negarse o disimularse.
Ahora se enfrenta cara a cara con estos hechos y dice que ya basta que el disimulo y el engaño le han hecho aún más daño.
No volverá a ese juego.
En un callejón encuentra ese restaurante de comida casera. La gente debe ser habitual por como se relacionan. Ella ocupa un puesto en una de las mesas. Recuerda que iba a este sitio, de ello hace tantos años que es posible que sea distinto. Su sorpresa es grande, parece que se hubiera detenido el tiempo, funciona igual. Se siente cobijada, como en casa.
Los camareros son jóvenes venidos de otras tierras. Antes eran andaluces ahora por lo que ve deben ser de otros países.
En el menú hay novedad, para ella, cuscús. Lo pide. Recuerda que su tío una vez les hiciera los honores preparándolo en su casa.
Está relajada, se siente acompañada. Cuando termina sale a la calle decidida a ir a su casa.
Sube la Rambla hasta la Gran Vía y entra en el metro. Lo hace con paso firme y suelto.
-No más engaños.
-A partir de ya voy a pensar con claridad.
-De momento le plantearé a Jorge que quiero una habitación propia.
-Son muchos años de convivencia será cuestión de intentar llegar a un acuerdo en el que no nos sintamos mal.
-No le quiero como hombre, es el hombre que amé pero no puedo superar los cuernos que un día me puso. Ya no me duelen, dolieron tanto que para sobrevivir cerré todos los canales.
-Volver a intentarlo no es mi propósito.
-Quiero mi libertad.
-Me acostumbre a ser compañera, no quiero recibir ni dar nada más.
-Así se lo voy a plantear.
Con estos pensamientos iba pasando una y otra estación hasta que llegó a su parada y bajó. Tomo el camino de la casa y cuando entró en ella frente a Jorge todo flaqueó. No podía hablar, no todavía. Marchó a la habitación y se sentó en la cama. Él se aproximó. Ella le dijo:
-Déjame sola, por favor.
Jorge asintió y la dejó, no la quería molestar. Le daría todo el tiempo necesario. Era muy importante para él, era su vida.

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		<id>http://www.librodearena.com/busqueda/post/2007/12/02/ruptura-2</id>
		<title>Ruptura 2</title>
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		<issued>2007-12-02T19:52:14+00:00</issued>
		<updated>2007-12-03T18:32:35+00:00</updated>
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Ana se ha alejado por las calles de la ciudad, perdiéndose en la vorágine humana.

Jorge está devorando cada uno de sus pensamientos. No acaba de creer que esto esté pasando, que le esté pasando a él.

¿Cómo es posible que no se diera cuenta de que algo no funcionaba?, piensa.

Y no hay forma de saber que se lleva entre manos.

-Ha pedido tiempo, ¿qué tiempo ni qué...?, no entiendo nada.

Dice en voz alta.

Se descubre gesticulando y hablando sólo. Esto le inquieta. Se silencia.

Coge el teléfono y llama, la llama.

-Ana, por favor escucha.

-No, no me cortes ahora.

-Ven, hablemos.

-¿Cómo puedes ser tan...?

-¡Me ha dejado con la palabra en la boca!

En un impulso contenido casi tira el teléfono al suelo. Bruscamente se lo guarda en el bolsillo y enciende un cigarrillo con gesto nervioso. Camina por la acera de arriba a bajo. Al final se para y toma una decisión. Marcha en dirección al mar.

Solían bajar a la playa en sus largos paseos, desde muy temprano, las mañanas de los domingos. Esto cuando aún no tenían los hijos y vivían como pareja sin más vínculo que la voluntad.

Recuerda las charlas que solían tener. Hablaban de todo y muchas veces discutían por cualquier chorrada, discrepaban en muchos asuntos. Eran tan distintos y al tiempo tan cómplices.

Sus ojos adquieren ese brillo que da la emoción. Saca sus gafas y las limpia con un trapito. Acelera el paso.

Se dirige al Puerto, a aquel café dónde permanecían largas horas repasando los diarios y suplementos matinales.

Las calles estrechas. La Barceloneta con sus casa y sus calles. Esa humedad que da la proximidad del mar. Ese olor peculiar de las cocinas de los restaurantes que preparan diversidad de mariscos.

Chicas y chicos en patines que en esta parte de la ciudad son habituales. Alguno en bicicleta.

Los chiringuitos que a estas horas empiezan a prepararse para la llegada de turistas. Algunos autobuses de los que transportan personas de comarcas que hacen su excursión a la ciudad condal. Reconoce nuevas voces, la riqueza del lenguaje que se comparte en una localidad. Es una cierta musicalidad.

En estas observaciones se distrae. Mira y allí está. Acelera el paso.

Al poco se detiene y se da la vuelta.

Ha visto en su cara una expresión nueva. Ella no le ha visto, no da muestras de ello.

Recapacita.

-Está consigo misma, no la importunaré.

-Quiere pensar.

-Mejor la dejo.

-La veo bien, mucho mejor de lo que hace tiempo la estuve viendo.

-Ahora me percato, ¿qué ciego estuve?

-¿Cómo pude pasarlo por alto?

Él marcha hacia otro lado.

13/09/2006

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		<id>http://www.librodearena.com/busqueda/post/2007/12/02/ruptura</id>
		<title>Ruptura</title>
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		<issued>2007-12-02T18:19:12+00:00</issued>
		<updated>2007-12-02T18:51:40+00:00</updated>
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Cierra los ojos y no mira. Una sospecha, un no se sabe qué.
Sale de la casa pausadamente, indecisa.
Vuelve atrás, enciende la luz y mira hacia la mesa, parece que algo busca. Un ligero mohín se dibuja en su cara.
-A qué esperas, vamos.
Él la mira y aprieta los labios en un gesto contenido.
-Quieres hacer el favor de darte prisa, que vamos a hacer tarde.
Ella desiste de la búsqueda y sale.
-No sé, siento como que algo me dejo, no sé.
-Quieres poner de tu parte, Ana.
-Tranquilo, ya he salido, ¡vamos!
-Sucede que entre unas cosas y otras nos queda tiempo justo para tomar un café.
-Ya lo tomaremos después, cuando lleguemos cerca de la consulta, y si no da tiempo te quedas en el bar que yo ya entraré sola.
-Ni hablar, ¿para eso te he estado esperando?
-¿Para eso te vengo a acompañar?
Dice irritado.
-Ya te dije que no era necesario, que yo sóla me basto.
Hay tensión contenida.
Él la mira con indignación.
-Ósea que cojo la mañana libre para poderte acompañar y ahora me dices que te vales tu sóla.
-Bueno, frena, no te pongas así.
Apresuran el paso y entran en la estación de metro. Él se adelanta e introduce su tarjeta y pasa. Desde el otro lado de las máquinas de paso la mira con cara de pocos amigos.
-Toma la tarjeta.
-No hace falta, ya llevo una.
Ella busca en su bolso en uno y otro compartimento, saca su tarjeta y la introduce en la ranura.
-He cambiado el bolso y ahora no me aclaro con éste.
Él no contesta.
Se oye la llega un metro en ese momento, bajan corriendo las escaleras y llegan al andén justo a tiempo para subir a él.
En todo el trayecto no hay palabras. Silencio.
Se han sentado y cada uno se pierde en sus pensamientos.
Ella cabizbaja mira al suelo. Se oye alboroto en la siguiente parada.
Algo sucede, el tren del metro no sigue su marcha.
Él la mira de vez en cuando. No median palabras.
Ella levanta la vista y observa distanciada. En el vagón que queda delante unos jóvenes están haciendo movimientos cogiéndose de las barras. Piensa que deben estar intentando hacer cómo aquellos que se exhiben en los circos.
Sucede que algo no va, no sabe qué. Se levanta y sale del vagón.
-¿Qué haces?
-¿A dónde vas?
Le espeta sorprendido.
-A casa.
-¿A casa?
-¡Sí, a casa!
-¿Y para esto me haces venir?
-No te pedí que vinieras. Así pues, ¡déjame en paz!
Él la coge por el brazo intentando retenerla.
-¡Que me dejes en paz!
-¡No aguanto más!
Él queda perplejo. La deja ir soltando su brazo.
-Desde luego, ya te dejo en paz.
Indignado se aleja, no mira hacía atrás.
Ella camina. Unas lágrimas corren por sus mejillas. Con unos manotazos se las quita y arranca a correr como alma que lleva el diablo. Al cabo de un rato se detiene mira a un lado y a otro.
Al otro lado de la calle hay una cafetería, entra y se sienta en la barra.
-¿Qué le pongo?
Mira enfrente de ella, se ven unos bocadillos pequeños.
-Un bocadillo de esos.
Señala enfrente.
-¿De qué lo quiere?
-¿De qué son?
-De atún, de jamón, de fuet, de chorizo,...
-De fuet, por favor.
-Un agua y un cortado, por favor.
El camarero coloca un vaso y un botellín de plástico delante de ella, va a buscar un plato y mientras tanto prepara la cafetera.
Ella desenrosca el tapón de la botella y empieza a beberse el contenido. Piensa: -tengo la boca seca-. El camarero le pone el bocadillo delante y ella mecánicamente empieza a comerlo pasando en cuestión de segundos a comer con avidez.
Mira a su alrededor y observa como el camarero está anudando un delantal que ajusta con fuerza a su cuerpo. Se para y advierte que el ambiente del local es agradable, hay buen 'rollito' entre la gente. El local es grande, al fondo se ven unas mesas donde la gente mantiene conversaciones animadas, a su lado un señor está ojeando el periódico. Entra alguien con paquetes de frutas. Piensa en ello y una sonrisa se dibuja en sus labios. Después echa azúcar al cortado y se lo toma saboreándolo.
Observa la caja al otro lado, se levanta y ve que hay una bandejita con su cuenta, entrega un billete y después recoge el cambio.
-¡Gracias, hasta luego!
Sale a la calle decidida.
La gente camina por la ciudad. Unos niños de la mano, un niño y dos niñas, de dos mujeres.
Ella piensa, -claro, han vuelto del veraneo ya pronto empezarán a ir a la escuela-.
Baja la calle, por una calle, sin hacer giros y bajadas como suele. Pasa por delante de un colegio, en el suelo restos de basura mal recogida, cosas de barro pintado rotas y otros restos de manualidades. En la esquina, más abajo, ve un grupo de chicas. Las mira y capta la mirada de una de ellas que se percata de su mirada, desvía la vista porque no quiere molestar. Piensa que quizá sean alumnas del instituto. Observa que van con pantalones cortos de color caqui, parecen prepararse para una excursión pero no llevan mochilas ni bolsas, se le ocurre que es coincidencia en el vestir, más o menos como el hecho de llevar vaqueros. Después de pasar de largo y cruzar la calle piensa que quizás no sean tan jóvenes como para ser alumnas del instituto. Las proximidades de los institutos son lugar de encuentro para ex alumnos. Se percata de que no sólo eran chicas, qué hizo que le pareciera presencia sólo de chicas. Sus pensamiento la llevan a pensar en lo a gusto que ella se encuentra con las compañeras de trabajo, algún compañero hay, no muchos. Ya se sabe que en los colegios los hombres escasean, la docencia es un trabajo feminizado.
Suena el teléfono. Mira y reconoce que es él. Duda en recibir la llamada o rechazarla. Con gesto decidido contesta: -¿Si?
Largo rato mantiene el teléfono en su mano, por lo visto él no para de hablar. Su gesto se endurece.
-Perdona, si sigues por ahí te corto.
-Déjalo ya, por favor.
Retira el aparato de su oreja y cierra la conexión.
De nuevo suena. Lo mira i aprieta durante un rato para que se desconecte y lo guarda en el bolso.
Da un respingo y sigue su marcha de forma precipitada.
Piensa que no son maneras, que algo va mal.
Se pregunta qué ha sido lo que le ha hecho tomar esa salida.
Recuerda estos dos meses.
Un vacío la invade.
Tiene que hacer algo, se la está jugando.
No se debe seguir con quién no te deja espacio ni aire para respirar.
Cuanto tiempo hace que no ha ido al cine. Sus compañeras hablan de tal o cual película. Se está quedando fuera. Y al teatro o a algún concierto.
Ha ido dejando que él decida. Él se mete en el ordenador y se está horas y horas. Se siente sola.
Han ido al pueblo y también a la playa. Odia la arena que todo lo invade.
Piensa que Luís y Julia, sus hijos, ya se han montado las vacaciones por su cuenta, que apenas si aparecen por casa.
- Hace tres veranos les planteamos que debían organizarse vacaciones independientes de las nuestras, digo planteamos, fue Jorge que insistió en la necesidad de recuperar nuestro espacio ahora que los niños ya no eran tan niños.
-Me siento sola, muy sola, y la casa se me cae encima. Me levanto con dolores por todas las articulaciones y las cervicales, por eso íbamos a la consulta y Jorge insistió en pedir permiso para venir a acompañarme, pero yo quería ir sola porque necesito hablar de la opresión que siento en mi pecho, el ahogo que está allí desde que me levanto hasta que me acuesto.
-Se me cae la casa encima.
-Tengo que hablarlo con alguien, pero con quien. Hace tanto tiempo que no intimo. Al principio con Jorge me bastaba, cualquier cosilla se hablaba y solucionado. Ahora sé que me he distanciado y que él o no se percata o no le interesa.
Pasa por delante de una frutería y entra. Mira las frutas y verduras, coge un paquete de plátanos y va a la caja. Se los pesan y le entregan el tiquet, busca en su monedero y entrega el importe justo. Sale a la calle.
Ya cerca de la casa ve que él la está esperando delante del portal fumando con gesto nervioso. Ella se para y se da la vuelta. Tira ese paquete de plátanos a una papelera y marcha en dirección contraria.
Marcha en dirección contraria, no se siente capaz de hacerle frente.
Necesita hablarlo, pero no con él, con él no podría.
Son tantos años de silencios contenidos, tantas ausencias.
Ella creía que vivía, pensaba que ésta era su vida.
Sucede que de pronto le ha caído la venda de los ojos y ahora no puede volver a dar los mismos pasos.
Necesita tiempo.
Coge su teléfono del bolso y lo vuelve a conectar, se para en la calle.
-Oye, Jorge.
Escucha con inquietud.
-Escúchame, por favor.
Se hace una pausa.
-Debes darme tiempo, necesito tiempo.
-Ahora no lo puedo hablar, necesito pensar.
Nueva pausa, escucha.
-Mira, te estoy diciendo que me des tiempo.
-No, no me pasa nada, sólo que...
Se interrumpe.
-Que te llamaré luego.
-Adiós.

11/09/2006

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		<id>http://www.librodearena.com/busqueda/post/2007/11/12/mandala</id>
		<title>mandala</title>
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		<issued>2007-11-12T00:08:14+00:00</issued>
		<updated>2007-11-18T21:56:58+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
He puesto ante mis ojos un mandala luminoso que le he tomado prestado a mi reina de las nieves, ella supone que es sirena, yo pretendo que traerá sobre la tierra ese manto blanco acolchado
Sus colores sobre el tapiz iluminado parecen transferir a mi alma la luz filtrada por una vidriera de un gran rosetón
Cálido impone su presencia cuando cierro el navegador o me muevo entre programas
Ella desconoce hasta dónde me ha llevado mi afán ante el impacto visual
Tentada he estado toda la tarde de decirle que me lo había apropiado
He callado
Me reservo para mi el gusto de disfrutarlo
Esta amiga que es virtual me acompaña en muchas cuitas
Es mi hermana en sentimientos
Como tal yo la siento
Me he hermanado con las personas que del otro lado me llegan
Paso largas horas ante un rectángulo de luz moviendo mis dedos en teclas o pulsando un adminículo al que se llama ratón
Fantaseo sobre cosas que no me vienen impuestas
Me desplazo por un mundo que no me sería dado, por mi propia pereza
Mañana marcara su ritmo las horas de mi trabajo
Ahora estiro mi tiempo pues no me entran ganas de desconectarme del mundo
En el salón la tele entretiene a mi amiga
Ella allí y yo aquí
Hoy hizo una buena paella
Bien se me valió de ella, porque si no hubiera sido así medio como y medio bebo, voy picando quitándome la gana y cuando cae la noche un pequeño tente en pie
Muchas veces me planteo que debo dedicar menos tiempo
Me corto las alas un tiempo
Arremeto en el retorno y lo tomo con más brío
Así que hasta mañana, rectángulo de mi hacer, bien temprano te volveré a ver
Me machacan con los puntos y las comas, me da que no me acabo de acomodar
Debería dedicarle tiempo a la puntuación, pero entonces perdería la pulsión
Cada cual que tome pausa, allí dónde le parezca
Si volviera sobre el texto haría la mía propia  

&lt;img src=&quot;http://www.librodearena.com/myfiles/busqueda/escritorimandala.jpg&quot; width=&quot;450&quot; height=&quot;337&quot; class=&quot;imgcen&quot; /&gt;
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		<id>http://www.librodearena.com/busqueda/post/2007/11/10/hay-dias</id>
		<title>Hay días</title>
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		<issued>2007-11-10T14:41:56+00:00</issued>
		<updated>2007-11-10T14:52:59+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
&lt;b&gt;Hay días que&lt;/b&gt; dejaría de lado esto y volvería a la pantalla televisiva a tragarme lo que me ponen por delante, eso sí con el mando a distancia en la mano que para eso hay 'diversidad' de canales.
He pasado por casa de mi amiga, como todas las tardes, y me he encontrado con la serie de Bea. Me gusta verla desde la distancia, no me implico ni me siento seguidora. Comento el cómo está construido tal o cual personaje, le busco sus debilidades y sus puntos fuertes. La coherencia o la falta de ella. Por principio me adhiero al producto propio. Algunas veces, ya en mi casa, veo alguna de las cosas que se hacen en el canal local y defiendo su escucha/visionado para evitar la invasión mental que supone la lectura de los productos venidos de fuera. No soy seguidora de ninguno no por menosprecio, que ya no lo  veo tan claro, sino por dedicarme a asuntos blogueros en mi tiempo libre y, como no, a algún sudoku que otro para agilizar la mente y evadirme de los comecocos laborales. 
En las vacaciones, con mi madre, me pondré/pondrá al día de todos los asuntos de sus series favoritas. En ese caso es elemento que favorece conversaciones más profundas entre ambas. 
En uno de mis relatos pongo en boca de la protagonista que: &quot;&lt;i&gt;Dicen que los culebrones son comecocos, &quot;No te ralles&quot;, que dicen los más jóvenes. Se lo pasa en grande siguiendo los melodramas. Y el diario de Patricia es para pasárselo en grande. Que le han de contar a ella. Mucho más divertido que los tostones de antes.&lt;/i&gt;&quot;
Mi madre me decía ayer que le distraen y evitan que piense. Yo reconozco que hoy me distraigo con esto y que quizás mañana siga sus pasos. Ahora ya no puede leer, las cataratas se lo impiden y no nos atrevemos a que pase por un quirófano dado su estado de salud. Se adapta a sus limitaciones y me enseña el camino venidero.

&lt;i&gt;&lt;a target=&quot;_blank&quot; href=&quot;http://myblog.es/linea-de-fuga/art/31680/El_observa#comm&quot;&gt;ESPERANDO EL PRÓXIMO TREN, ESPERANDO QUE PASE.&lt;/a&gt;&lt;/i&gt;

&lt;a target=&quot;_blank&quot; href=&quot;http://myblog.es/linea-de-fuga/art/31507/ME_DARIA_POR_SATISFECHA_#comm&quot;&gt;ME DARÍA POR SATISFECHA SI ...&lt;/a&gt;

&lt;b&gt;MORIR&lt;/b&gt;: &lt;a target=&quot;_blank&quot; href=&quot;http://myblog.es/linea-de-fuga/art/31893/SIMPLEMENTE_SE_CIERRA_LA_PUERTA_Y_HASTA_NUNCA_#comm&quot;&gt;SIMPLEMENTE SE CIERRA LA PUERTA Y HASTA NUNCA.&lt;/a&gt;
&lt;a target=&quot;_blank&quot; href=&quot;http://myblog.es/linea-de-fuga/art/31832/Fuimos_felices_en_otro_tiempo#comm&quot;&gt;
&lt;b&gt;Fuimos felices en otro tiempo&lt;/b&gt;&lt;/a&gt;

Publicado en &lt;a href=&quot;http://blogs.ya.com/busqueda/200611.htm&quot;&gt;busqueda anterior&lt;/a&gt;, en Noviembre de 2006.&lt;img src=&quot;http://www.librodearena.com/myfiles/busqueda/esperando-tren.gif&quot; width=&quot;480&quot; height=&quot;250&quot; class=&quot;imgcen&quot; /&gt;

Me cito:
ESPERANDO EL PRÓXIMO TREN, ESPERANDO QUE PASE.

&lt;blockquote&gt;Sentada sobre su maleta con el paraguas abierto espera el tren que ha de llegar para llevarla a alguna parte. Cae la lluvia pero ella no se guarece bajo el techado, la lluvia chispeando sobre el paraguas le hace sentir la vida que corre por sus venas. Es tal la ansiedad ante el viaje que no se siente capaz de encerrarse tras el cristal de una ventana y ver la vida pasar.
Tras esa ventana alguien la mira. Un hombre que leía un periódico de la tarde se percata de su presencia y sorprendido ante la figura femenina sentada bajo un paraguas se siente atraído de tal forma que por nada del mundo haría otro gesto que no fuera mirarla, admirarla. Una taza de café humea sobre un plato en la pequeña mesa en que está instalado.
El reloj, esfera blanca saeteado por dos saetas negras entre las tres y las cuatro. Ella mira su muñeca, inquieta juguetea con su zapato negro de tacón alto. Levanta la vista hacía el círculo del tiempo y remira en su muñeca. Parpadea y se arrebuja en su abrigo de paño gris azulado.
Él observa sus facciones detenidamente. Piensa en aquellas diosas del celuloide y la imagina protagonista de alguno de aquellos dramas en blanco y negro. Juguetea con su imaginación y se adjudica papeles y galanterías. Es tanto el deseo de aproximarse que empieza a maquinar una y mil formas de acercamiento. Se levanta y de nuevo se sienta pegado al cristal mirándola. 
Al poco ella se apercibe de que alguien la observa y sus artes de seducción se lanzan a la caza del hombre. Yergue su espalda y como quien no quiere la cosa se incorpora y se dirige al interior de la estación. Deja de interesarle el instante plácido que la retenía bajo la lluvia y se siente tentada por el juego de atracción y evasiva que del otro lado se propicia.
Él subyugado  por el magnetismo de esa figura que se aproxima no puede apartar la mirada y la sigue en cada uno de los movimientos. Ella entra y con su mirada recorre toda la estancia. Se sienta en una silla a una mesa que está desocupada. La camarera se acerca solicita con bolígrafo en mano y una libreta.
Él observa cada una de sus formas, las más imperceptibles se hacen visibles. No puede evitarlo, nada más podría captar su atención. Un hormigueo le recorre la nuca, un deseo.&lt;/blockquote&gt;

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		<id>http://www.librodearena.com/busqueda/post/2007/11/09/un-camino-y-sueno-destino-i--2</id>
		<title>Un camino y un sueño. Un destino. (I)</title>
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		<issued>2007-11-09T20:10:30+00:00</issued>
		<updated>2007-12-08T15:57:51+00:00</updated>
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-Espera, no te alejes. No ves que entre la maraña puedes perderte.
Decía una anciana siguiendo con apuros a un muchacho que apenas si la tenía en cuenta.
-Ya llegarás.
Pensó él sin parar cuidado.
-Siempre te andas quejando y nunca me pierdes de vista.
Estas fueron sus últimas palabras.
Ella llegó al lugar de dónde la voz provenía.
-¡Som!
Gritó desesperada mirando a uno y otro lado.
-No te escondas que ya es tarde.
-¡Som!
-Venga, deja de enredar y sal de una vez.
Así pasó largo rato a la espera del muchacho que no daba señales de vida.
Se cerró la noche sobre ella y desesperada no oso moverse quedando sobre el mismo suelo arrodillada a la espera de quien mucho tiempo estaría extraviado.
Lloró y se lamentó, incluso se enfadó. Al fin quedó dormida y el frío de la noche y la vejez la dejó para siempre allí, perdida.
-¡Maitina!
Le decían, cuando en la mañana la encontraron quienes fueron a buscarlos.
-Está dormida.
Dijo una niña que se introdujo por medio de todos ellos hasta acceder a poder tocar su frente.
-No es cierto. Ha muerto aterida de frío.
Le replicaron.
Ella se enfrentó a todos ellos.
-¡Os he dicho que duerme!
Algo hubo en ese gesto que paró a todos ellos.
-Bueno, si tú lo dices.
Contestó alguien que parecía tener más autoridad sobre todos ellos.
-Si ella lo dice será verdad.
-No me atrevería a contradecir a una hechicera, aunque sea sólo una niña.
Pensó al tiempo que daba ordenes a quienes estaban a su lado para que transportaran a la anciana a las inmediaciones del poblado.
-La dejaremos a distancia de nuestras casas.
Le dijo a ella sin atreverse a encarar su mirada.
-Hay una cabaña que podrás  ocupar mientras te hagas cargo de Maitina.
Dio orden a todos para que hicieran aquello que ella les demandara.
-Coged unas ramas y la hojarasca con restos de tierra que le han servido de lecho.
Hacedlo evitando moverla.
Ordenó ella, sin dudar.
No fue fácil realizar esa tarea, pero los más hábiles consiguieron transportar a la anciana en su propio lecho hasta la cabaña que sería su sepulcro.
Nasur, que así se llamaba la niña dejó a la anciana en la cabaña y volvió al lugar dónde la encontraron.
Cuando nadie la pudo ver ella se manifestó en toda su potencia luminosa dejando de lado la niña.
-Esperaré el momento en que ocurrió lo que vengo a buscar.
Con estas palabras movió el tiempo y fue testigo de la escapada del muchacho.
Ella, más ágil que la anciana, alcanzó a ver que pasaba, dejando tras de sí el cuadro que al día siguiente habían encontrado.
-¡Es él!
Pensó ella al ver como el muchacho era tomado por un ser gigantesco que batiendo sus enormes alas se acercó pasando sobre sus cabezas y con sus garras lo arrancó del suelo llevándolo lejos.
-Te seguiré dónde quiera que vayas.
Dijo al ver como se alejaba 
 
Al regreso del grupo presidido por Nasur, la gente ocultaba los ojos tapándolos con sus manos.
Una oleada de temor invadió a quienes quedaban atrás, mientras la comitiva se encaminaba a la cabaña.
Para ello hubo que atravesar el poblado. No había otra posibilidad. Hubieran querido dar un rodeo, pero el poblado quedaba sobre un cortante de roca por uno de los lados y por el otro el río se hacía imposible de cruzar. No había otra que atravesar a pesar de llevar con ello el temor y la incertidumbre.
-Es posible que la idea no haya sido tan buena.
Pensaba Malhyam, el mago del poblado, mientras veía como reaccionaba la gente del pueblo al paso de la comitiva encabezada por la niña y el cadáver de la anciana sobre tan extraño lecho.   
-Será necesario hacer un funeral y una depuración de todo el recorrido, sino la gente temerá salir de sus casas y el pánico se adueñará de nuestro pueblo paralizándolos y extraviándolos.
Dijo dirigiendo sus palabras a Jhord, que daba las órdenes a todos ellos, susurrándoselas para evitar fueran oídas por quienes no las podrían asimilar.
-Haz los preparativos pertinentes y no escatimes en gastos.
Contestó Jhord valorando lo crítico de la situación, disimulando igualmente, convencido de que estaba siendo advertido con sabiduría. 
-¡Buen servicio! Tendrás tu recompensa.
Pensaba mientras observaba como con un par de movimientos Malhyam desaparecía entre la gente, dando paso a una masa que se apelotonaba a su paso.
-Ya llegará ese día.
Pensó Malhyam mientras desaparecía.
-Te libero de tus preocupaciones más inmediatas, pero un día seré yo el problema que no podrás sacarte de encima.

Cuando llegaron a la cabaña e introdujeron a la anciana con su lecho, Nasur con un gesto de su mano izquierda despidió a quienes la transportaban.
Liberados marcharon a sus casas.
Aquella noche los hombres del séquito fueron a dormir tras restregarse sus carnes con agua y barro queriendo sacar de su piel una sensación extraña que nadie nombraba.
Los perros ululaban y los gatos maullaban. Fue una noche tenebrosa que antecedería a muchas otras que borrarían el recuerdo de un tiempo en que la luna susurraba canciones de cuna.
Hubo sueños tenebrosos que a todos alcanzaron, pero a la mañana siguiente no osaron ni siquiera pensarlos. Por supuesto no se nombraron. Si hubieran hablado de ello todos hubieran descrito un mismo sueño. Cuando el alba abrió el día y los gallos cantaron su letanía salieron las gentes entristecidas a ocupar sus lugares para secuenciar la vida.
Dado que su hacer y vivir estaba muy lejos de estas consideraciones nadie hablo ni pensó en una mala noche. Malhumorados y tristes se movían en sus quehaceres y algún que otro exabrupto se soltaron unos a otros sin llegar a mayores. Cabizbajos se movían y apenas se miraban los que en otro tiempo se saludaban. Ni que decir tiene que se desplazaban temerosos y evitaban tocar con sus pies allí donde la comitiva pasara tal que con el tiempo la hierba remozara.

Mirando desde su ventanal, Jhord observaba el cambio manifiesto de quienes apenas paraban un instante en las calles.
-Se hace necesario un ritual para liberarlos de este mal.
Dijo mientras era atendido por quienes tenía alrededor.
-¡Malhyam!
Llamó mirando las caras opacas a su alrededor.
Todos salieron cabizbajos, sin volver la espalda, dando paso al mago que les imponía más respeto aún. 
-Aquí me tienes. Señor.
Dijo el mago explicándose.
-He hecho lo necesario. A lo largo del recorrido se han dispuesto unos puestos de picapedreros para empedrar el camino que va desde el lugar en que se encontró a la anciana hasta la cabaña.
Decía mirando a los ojos de Jhord para ponderar su reacción.
-Las piedras evitarán que las fuerzas telúricas entren en contacto con los pies descalzos de tu gente.
Siguió platicando al ver la aceptación de su idea en la mirada de Jhord.
-También se quemarán hojas de laurel y se esparcirán las cenizas sobre las piedras del camino.
-En este momento se está haciendo una fogata alrededor de la cabaña practicando un reguero alrededor que se alimentará con agua canalizada desde el río, para evitar que alcance al poblado nada de lo que allí se geste.
Jhord escuchaba atento y satisfecho.
-Está en todo.
Pensó sin osar interrumpirle.
-Los picapedreros temerosos no querían trabajar, pero les he ofrecido una recompensa y al fin han cedido.
Dijo Malhyam comprobando que iba por buen camino.
-Se les ha prometido que si hallan mal o enfermedad sus familias serán compensadas de por vida.
Malhyam, mientras manifestaba cuales habían sido sus decisiones comprobaba que Jhord era incapaz de oponerse a sus planes y eso le hacía sentirse dueño de la situación.
-Nunca vas a liberarte.
Pensó mirándolo a los ojos sin que el otro se percatara de la amenaza que ocultaba esa mirada aparentemente afable.
-¿Y tú que precio pones?
Oyó que Jhord le preguntaba mientras maquinaba los pasos a dar en el futuro para tenerlo bajo su yugo.
-Mi señor, yo no tengo precio. Soy vuestro siervo.
Le contestó.
Empezaron, los picapedreros, a cubrir el camino que día a día se llenaba de malas hierbas.
-¡Aléjate de allí!
Decían las madres a sus hijos pequeños cuando jugando se acercaban a las obras por curiosidad. La mayoría de los adultos no osaban siquiera mirar, pero los niños son curiosos por naturaleza. Si miraban lo hacían de lejos y de reojo, porque algo de la curiosidad infantil también les carcomía.
-¡Te tengo advertido que no debes aproximarte!
Decía una mujer tirando de la mano de un niño que insistía en acercarse atraído por el trajín que entre polvo y piedras se daba.
-Pero…
-¡No hay pero que valga!
Le replicaba indignada y temerosa.
-¡Es peligroso estar allí!
-El Infierno estará bajo tus pies si pisas la senda prohibida.
Añadía queriendo atemorizarlo. Prevenir con el miedo no era suficiente porque precisamente eso era lo que le incitaba, lo prohibido se convertiría en lo deseado, la tentación que ocuparía sus pensamientos a lo largo del día.
Nahym, que así se llamaba el niño, pasaría el día buscando mil estratagemas para zafarse de la vigilancia de los adultos.
Al oscurecer, las calles quedaron vacías sin que fuera necesario el aviso del toque de queda que regía el ritmo de la comunidad.
Tras la cena con las historias y anécdotas contadas al calor de la lumbre las fogatas perdieron intensidad y los sueños poblaron el lugar.
A hurtadillas una sombra diminuta se movía arrastrándose pegada a las paredes de las casas.
-¿Quién anda?
Se oyó decir en mitad de la noche.
Un gato negro cruzó la calle.
-Será que un simple gato nos hace creer que alguien se desplaza por la calle.
Dijo uno de ellos, no sin cierto temor.
-Precisamente esta noche.
Pensó.
-Algo en el ambiente presagia malos augurios. No sé, pero lo siento en la piel y en las tripas.
Dijo de forma inaudible.
-¿Qué me decías?
-No, nada. Estaba pensando en voz alta.
Respondió sintiéndose sorprendido.
-¡Ah! 
Ambos quedaron silenciosos y atemorizados sin esperar otra cosa que las largas horas de guardia no tuvieran novedades.
Las dos figuras parecían cargar con el peso del mundo mientras se alejaban en su paseo nocturno.
Nahym, que había esperado el momento oportuno para salir de la casa se sintió perdido ante la presencia de los dos guardianes que hacían su ronda por las calles para velar y hacer cumplir el toque de queda que obligaba al a reclusión durante la noche.
Si hubiera sido descubierto todos los miembros de su familia habrían caído en desgracia. El sistema hacía responsable a todos de todos, de manera que la familia tenía que vigilar que cada uno de sus miembros siguiera las normas establecidas.
Era un sistema eficaz, porque la proximidad hacía de la norma la ley. Cada uno velaba por las acciones de los demás y si en un momento dado se ponía en peligro al grupo familiar éste se protegía reprimiendo al que contravenía la norma.
Siempre hay alguien que rompe la norma del grupo para bien o para mal. A veces es el camino evolutivo que lleva a nuevas formas de hacer y de ser.
-¡Uff! 
-Menos mal que ha salido un gato y esos dos no me ven bajo las sombras que me amparan.
Pensó Nahym mientras sentía que un sudor frío atravesaba su espalda.
Tardó en moverse, a pesar de que la pareja de vigilantes no volvería sobre sus pasos hasta que no llegaran al otro extremo, el que se acercaba al río.
-La luna marca el camino.
-Es curioso.
Pensaba observando que una estela iluminaba el recorrido empedrado.
-Me arrastraré sigilosamente…
Apenas esa intención se cruzó por su mente se vio arrastrado y alzado por una fuerza que lo llevó sobre la cabaña dejándolo flotando. Pudo ver el interior sin poder dar crédito a lo que sus ojos presenciaban. Maitina, la anciana que se suponía era cadáver se transformaba en un ser magnífico.
Los ancianos habían explicado historias de seres fantásticos a los que denominaban dragones, pero siempre había creído que sólo eran historias para entretenerlos.
-¡Nahym, despierta!
-¡No seas gandul!
-¡Vamos!
No hubo forma humana de despertarlo cuando al amanecer la vida de la casa ponía a todos en pie.
-¡La desgracia ha entrado en esta casa!
Se decían unos a otros, lamentándose.
-Fue la senda maligna.
Dijo la persona más anciana de la casa, siendo advertida con sorpresa por parte de quienes apenas le prestaban atención por lo insignificante que era para ellos. Habían olvidado otra de las costumbres que hacía de ellos un grupo estable. Los más mayores eran su cuna y aunque perdieran capacidades tenían la sabiduría, que dan los años, de su parte. 
-No podemos salir hasta que regrese.
Siguió diciendo al verse escuchada por todos ellos.
Aquella mañana se quedaron todos dentro de la casa siguiendo las instrucciones de la anciana que sabía como hacer frente a una situación como ésta.
Quemaron hierbas aromáticas para abrir el camino de las sensaciones de Nahym, entre plegarias y sortilegios que se recordaron de los ancestros.
Untaron sus cuerpos y los del niño con aceites aromáticos.
Ayunaron y entraron en un solo pensamiento conducido por la maestra de ceremonias que sabía que ese era el procedimiento para iluminar el camino de vuelta del alma del muchado. 

Se irían, uno a uno, los niños, atraídos por esa fuerza maligna.
Cada mañana se cerraban casa que ante el estupor de sus componentes velaban la ausencia del infortunado o infortunada que había caído en la noche bajo sus redes.
Los ancianos recuperaban su estatus, siendo depositarios de saberes ancestrales.
-Es extraño, parece que todo el mundo duerme.
Pensó Jhord aquella mañana cubierta por la niebla de los primeros días de invierno, mientras se asomaba tras los ventanales de sus aposentos.
-Diríase que el mundo ha caído en letargo.
Sintió a sus espaldas la voz de Malhyam, que apenas conseguía disimular con aparente congoja el placer que ello le proporcionaba.
-Ahora estarás a mi merced.
Pensaba mientras con gesto servil se acercaba al cacique.
-Hace días que se ha mermado la presencia de las gentes en las plazas y en las calles.
Dijo el mago sopesando cada una de sus palabras y calculando el efecto que en su interlocutor iban teniendo.
-Al principio se creyó que era tal el miedo de las gentes que se iban aletargando, pero dada la dimensión de los hechos será razón de entrar en averiguaciones. Si así lo consiente mi señor.
-¡Sea!
Contestó Jhord con precipitación, perdiendo en esta respuesta las riendas de la situación.
Malhyam diose la media vuelta y en sus ojos pudo advertirse un destello de malicia que nadie pudo ver, porque quienes allí estaban presentes no eran nadie, eran servidumbre.
Nasur pudo ser testigo de la escena, desde otra dimensión. Tendría presentes cada uno de los lechos en que cuerpos inertes esperaban sus almas ausentes.
-Debo regresar y acceder a cada una de las casas.
Pensó al darse cuenta de la dimensión que había tomado el rapto de las almas puras del poblado.
-Los ancianos y las ancianas deberán ser convocados.
Durante el día, las calles desiertas sólo presentaban la torva presencia de hombres cabizbajos que piedra a piedra iban trazando su destino fatal.
Éstos, al haber quedado internados, apartados de sus familias, no faltaron a sus quehaceres, pero la ausencia de mujeres y niños en las calles les helaba la sangre.
Aunque habían empezado los primeros fríos y el ambiente húmedo anquilosaba sus cuerpos, cobraron nuevo ímpetu creyendo que estaba en sus manos y no en otras el retorno de los suyos.
Por las noches, en sus sueños, habían sido testigos de todo lo acontecido, y aunque no lo nombraban sabían que se enfrentaban al mal y que bajo su poder, no tenían nada que hacer.
Una actividad febril se daba mientras pasaba, inadvertido, el mago, tomando rumbo a la cabaña, con no buenas intenciones.
-Allí está el quid de la cuestión.
Pensaba arrastrándose tras la sombra que proyectaba.

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		<title>EL PODER DE ELLA</title>
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		<issued>2007-11-08T19:21:52+00:00</issued>
		<updated>2007-11-08T22:13:50+00:00</updated>
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EL PODER DE ELLA
Hubo un tiempo en el que los seres nocturnos y los seres diurnos convivían.
Ella aparentemente era una viejecita frágil y vulnerable.
Cada día al punto del amanecer llegaba por el camino que venía del bosque hacía las puertas del castillo.
Sus servicios eran requeridos en todas las salas del castillo.
Luc era el príncipe. Un muchacho quisquilloso y larguirucho.
Aquella tarde Luc jugaba en la plaza con sus amigos. Habían terminado sus largas horas de estudio y entrenamiento.
De las cocinas del castillo les habían dado una vejiga de puerco y estaban jugando dándole puntapiés y cabezazos. Era un juego caótico que servía más bien para deshacer la tensión del tedioso día.
La anciana pasó entre los muchachos y en un golpe certero cayó al suelo. Llevaba en un hatillo las viandas que había recibido por sus servicios.
Luc rió y los otros le hicieron coro. Ella miró de soslayo, se levantó con dificultad y siguió su camino. A sus espaldas las mofas de los muchachos resonaban como campanas. Atravesó las puertas del castillo y cruzó el puente que cubría el foso. Doblada sobre si misma iba formulando palabras ininteligibles.
Luc cayó al suelo, su tez se tornó pétrea. Todo el mundo a su alrededor se quedó en tinieblas.
Un grito seco cruzó el cielo. Su madre que asomaba a mirar la puesta de sol vio como el impacto de un gélido rayo atravesaba el alma del muchacho...
Cayó el muchacho como atravesado por el impacto.
La vieja volvió la vista atrás y con un mohín miró a lo alto de la torre del homenaje dónde la reina había roto el retorno de las aves con su alarido.
Al cabo de días y semanas de no conseguir sanar al muchacho los habitantes del castillo se movían en penumbras, pues no osaban encender antorchas. Nadie lograba dar con remedios o paliativos para el mal que aquejaba al príncipe.
Una noche entre delirios y anegado en sudor sonaron palabras que venían del sueño. La madre interpretó los signos e hizo llamar a la anciana mujer.
No hubo que andar mucho en su busca pues se hallaba entre la servidumbre como era dado en ella.
Todo el mundo se hizo a un lado cuando ésta se irguió y con paso firme se aproximó al lecho del muchacho.
La reina miró implorando misericordia.
Ella no cambió su semblante y con mirada fiera miró a su alrededor. Nadie osó mirarla a los ojos. Era tal la fuerza que emanaba que todos quedaron mirando al suelo.
Enfocó sus dedos índice y anular, en un signo inequívoco de poder, a la testa del príncipe. Éste salió de su letargo.
Todo el mundo quedó sorprendido y encantado ante tal hecho.
Al incorporarse el muchacho ella habló con voz felina diciendo que sanaría si conseguía los tres frutos del árbol del Paraíso, las tres toronjitas de oro.
Para ello debería marchar sólo en su montura. Para ese viaje necesitaría siete hogazas de pan, siete cántaras de leche y siete ruecas de hilar.
Todo se dispuso tal como ella había señalado.
En los preparativos pasó desapercibida la anciana que de nuevo volvió a sus tareas cotidianas sin ser apenas advertida su presencia allí donde estuviera.
Marchó el muchacho bien pertrechado, con todas aquellas cosas que la anciana propusiera debía llevarse en ese largo viaje hacía el Paraíso.
Las puertas de la muralla se abrieron a su paso. Fue un sordo quejido.
En lo alto un ave rapaz daba vueltas en círculo sobre la figura que se adentraba en el bosque. Una oscura y encorvada anciana se movía como alma que lleva el diablo. Conforme se introducía en la espesura de los altos hayedos esa figura se iba irguiendo y transformando en una esbelta dama negra.
La montura, caballo alazán, iba renqueando bajo el peso de semejante equipaje. El muchacho había hecho distribuir la carga a cada lado del animal y él sobre sus espaldas cargaba, en un hato, las siete ruecas que zaherían su espalda no dada a trabajos de carga. Para subsistir pocas vituallas había podido cargar, un queso y una hogaza de pan recién sacado del horno de las cocinas del castillo amasado al apuntar el alba.
Entretanto saliera el muchacho, los seres que permanecían atrás quedaron embargados en triste estado y aquellas tareas que daban vida a las jornadas se quedaron pendidas del hilo del tiempo.
Luc iba caminando al lado de su caballo cargado con todas aquellas cosas que la anciana había indicado para aquel viaje. De pronto, ante él, siete fieros perros enseñaban sus dientes. Luc, sin pensarlo, les arrojó cada uno de los siete panes. No dejaron migaja alguna, lo devoraron todo. Las bestias cuando sacian su hambre se vuelven pacíficas y así sucedió. Quedaron a merced de las caricias del muchacho que después de un rato volvió a ponerse en marcha.
Como los panes estaban a en uno de los flancos del caballo, éste casi cayó de costado a no ser por la rapidez de reflejos del muchacho que de inmediato depositó su hato, con las siete ruecas, en el lado dónde antes estuvieran los panes.
Siguió su marcha, el príncipe, sobre su montura.
Al poco rato el caballo cabrilleó y paró de golpe. Espantado ante la presencia de unas serpientes. Habían topado con un nido de serpientes, eran siete y el muchacho de inmediato puso ante ellas los siete odres de leche. Es bien sabido que a las serpientes les encanta la leche. Se cuentan historias de mujeres que han dado de amamantar a serpientes. Por descuido, cuando dando de mamar a sus criaturas quedaban dormidas. Bebieron las sierpes hasta que no quedo una gota de leche y, como estaban hartas y satisfechas, quedaron dormidas.
Luc más confiado repartió la carga que quedaba, tres ruecas en cada costado del caballo y para él una en el hato. Cuando estaba entretenido distribuyéndolas se vieron rodeados por siete brujas greñudas y malolientes que los miraban con extrañeza y cara de pocos amigos, así le pareció a él. Como era muy listo supo reaccionar con halagos y buenas maneras, no en vano era aleccionado en las mejores artes de la diplomacia. Presentó ante las damas sus ruecas y les explicó las virtudes de tal instrumento, dándoles la mar de explicaciones de cómo las damas de la corte se afanaban en vestir largor ropajes. Aceptaron su regalo y a cambio lo llevaron con ellas. Se sentaron alrededor del fuego y le pidieron que explicara el motivo de su viaje. Él que sabía de los encantos de la palabra bordó e ilustro su relato. Ellas placenteras escucharon mientras le fueron pasando dulce líquido de zumo de bayas y miel, y unos pastelitos de almendras endulzados con el néctar de las flores. Como bien debéis pensar, no eran brujas sino hadas que aparentaban lo que en realidad no eran.
Quedaron encantadas. A las hadas les encanta que les cuenten historias con toda suerte de gestos y detalles y así lo hizo Luc.
A sus preguntas, el muchacho, daba toda suerte de explicaciones sin importarle el tiempo, sin prisas. Él sabía que a los seres mágicos del bosque se les había de seguir la corriente. Es decir, darles coba.
En un momento dado, cuando ya el fuego se achicaba, le dijeron que podía marchar, que siguiera la estrella de la noche, la que sale justo cuando la luna sustituye al sol en su ocaso y que se quedara a dormir allí donde permaneciera.
El muchacho subió a su caballo y marchó siguiendo la señal que ellas le habían dicho, que no es otra cosa que el planeta Venus el que regenta la diosa del amor. Llegó Luc con su caballo al claro del bosque y justo en ese momento vio que la Luna que parecía seguía sus pasos se quedaba quieta acompañada por la estrella del Norte.
Tal como le dijeran las hadas, Luc se dispuso a dormir. Cayó en un dulce y profundo sueño. Al principio todo era algo así como velos blancos que se movían al toque de una suave brisa. Quedó profundamente dormido.
Abrió los ojos y con la claridad de la mañana vio ante él el árbol del Paraíso, el de las toronjas de oro. Advirtió que solamente pendían de sus ramas tres toronjitas de oro.
Cogió las tres y se guardó una en cada bolsillo y la tercera la miro y remiró. Tenía la uña del dedo meñique muy larga. Los caballeros y senescales del reino tenían la coquetería de dejarse crecer esa uña y él, como todos los muchachos que se miran en los mayores, había hecho un tanto de lo mismo.
En la toronjita de oro no había muesca ni ranura. Miraba y remiraba dando vueltas y más vueltas a la preciada fruta. En un descuido su uña la rozó y de pronto ésta se abrió por la mitad y de ella salió un hada menuda, como una niñita.
Ella le exigió de inmediato que le entregara una jofaina para lavarse, una toalla para secarse y un peine para peinarse. No dio tiempo a excusas. Al ver el gesto de sorpresa del muchacho se esfumó.
Él quedó consternado. Sacó una de las toronjitas que tenía en el bolsillo y la manipuló, esta vez con mayor cuidado, pero ocurrió otro tanto. Se abrió por la mitad y de ella salió un hada hermosa. Con la misma exigencia, ésta le pidió que le entregara una jofaina para lavarse, una toalla para secarse y un peine para peinarse. El muchacho se lamentó de no haber previsto tal cosa y ella sin darle lugar a explicarse desapareció.
Ya la cosa se ponía mal así que decidió esperar a solucionarlo en el castillo y metió la que le quedaba, a buen recaudo, en uno de los bolsillos.
El caballo lamió su cara y el príncipe despertó del sueño.
No había sido algo que ocurriera en ese bosque, el Paraíso sólo se visita en sueños.
Luc pensó que había desperdiciado su oportunidad. Metió las manos en los bolsillos y descubrió que una cosa redonda y diminuta se movía entre otras cosas que solía llevar como todos los muchachos: conchas, piedrecitas, piñas, alguna cinta de alguna damisela,...
Era la toronjita de oro que quedaba por abrir. Se quedó pensativo sin saber que hacer.
en éstas se acercó ronroneando una gata negra. Como suele suceder con los gatos, Luc le acarició el lomo y le hizo mil carantoñas. Ella no paró de hacer monerías.
El príncipe preparó leche de la que le habían dado las hadas la noche anterior con trocitos de pan y se lo acercó a la gata. Ella se tomó todo y lamió el plato.
Ya se sabe que los gatos son muy suyos, ella no iba a ser menos. Le miró un par de veces y con un ronroneo acarició con su lomo su pierna. Era su forma de agradecer lo que había tomado, pero marchó.
Ésta era la anciana que se había transformado en el felino para poner a prueba la bondad del muchacho.
Al cabo de un rato se presentaron a sus ojos las hadas, totalmente transformadas. Habían tejido telas irisadas y vestían como tú y yo sabemos que visten las hadas.
Lavadas y peinadas. Perfumadas de aroma de flores. Eran otras. Jugaban y cantaban.
De inmediato advirtieron que algo le pasaba al muchacho y le preguntaron.
Evidentemente, ya lo sabemos, fueron horas de narrar el sueño que había tenido. Con toda suerte de gestos y detalles, como ellas agradecen, les explicó y dijo.
Cuando terminó el relato vio que le traían una jofaina de oro, una toalla de terciopelo fucsia y un peine de nácar. Le recomendaron que no se precipitara, que para todo hay tiempo.
La anciana que no era otra que una mujer de poder, dama negra, que contactaba con las fuerzas de la oscuridad había visto el alma sencilla del príncipe y por ello había mediado a su favor delante de las hadas del bosque de hayas.
Como recordareis las hadas le habían dicho que se lo tomara con calma. ¿Con calma? Los jóvenes no se toman nada con calma. Viven la vida como si nada fuera a interponerse. Que la paciencia no era la virtud que ornaba a Luc. No paraba de tocar la fruta con sus dedos. Quería distraerse pero le era imposible, todos sus pensamientos derivaban en el deseo de saber, de ver que magnificencia se obraría en la tercera de las toronjitas de oro.
Durante todo ese tiempo había sido observado desde lo alto por un ave que, si recordáis, había salido siguiendo los movimientos de la dama negra.
La madre del príncipe era la que, transformada a través de un sueño, había salido para proteger a su hijo. Todas las madres volarían en círculo, como ella lo hizo, para cuidar de sus retoños si los previeran en algún peligro.
Los acontecimientos no se habían complicado y ella ahora se mantenía en la distancia a la espera del regreso del muchacho.
Luc no pudo aguantar más y al final cedió a su curiosidad. Descansó en el claro del bosque, a la orilla de un riachuelo de aguas cantarinas y en un momento que ni él sabía por qué lo hizo manipuló la fruta dorada. De ella salió una muchachita de semblante triste. Él, sin que ella se lo pidiera, le entregó los tres objetos que las anteriores le habían demandado. Ella los recogió e hizo uso de ellos. Puso agua del arrollo en la jofaina y lavó los pies cansados del muchacho. Los secó con sus cabellos y después usó el peine para pasarlo por las crines del caballo. Envolvió con la rosada prenda la jofaina y el peine, añadiendo al paquete florecillas y hierbas aromáticas.
A todo esto, Luc enmudeció. No fue algo momentáneo, será tema para otro momento.
Cuando todo se hubo cumplido la muchacha recogió las cosas que se habían quedado por tierra y ensilló el caballo. Luc subió como si de un autómata se tratara, estaba a su merced.
Cuando lo hizo ella el caballo se transformó en un hermoso unicornio alado. De cada uno de los costados le crecieron unas hermosas y largas alas y en su testuz se formó un cuerno resplandeciente.
La figura se dibujó en el aire y un revoloteo de aves asustadas salieron en estampida de las copas de los arboles. Se oscureció la tarde y ellos sobre su montura ascendieron sobre las nubes tomando rumbo desconocido.
El halcón que confiado miraba perdió el plumaje y cayó sobre la hierba convirtiéndose en una figura frágil, la dama blanca.
No muy lejos de allí, una oscura silueta remontaba los cielos sobre su escoba siguiendo el camino trazado por el unicornio y sus dos jinetes.
Éste sería el principio de un largo viaje. El retorno solo sería posible en el entendimiento del príncipe y la muchacha que poco interés parecía tener en ello ya que había sido sacada de su plácido sueño.
Serían largas jornadas de encuentros y desencuentros.
En el castillo la vida volvió a normalizarse. Pasaron los tiempos de las cosechas, inviernos y estíos.
La madre del príncipe se iba achicando día a día, apenas comía bocado y estaba siempre triste en su balcón con la mirada puesta en el horizonte que venía del norte.
Cada mañana, cuando se abrían las puertas del castillo, la dama veía con tristeza como la encorvada anciana entraba y se confundía entre la multitud. En un corto intervalo de tiempo se producía el encuentro de la mirada de las dos mujeres, apenas un instante en el que ellas se daban ánimos para poder superar la cuesta del sol que debía atravesar el día.
Ocurrió largos días, tantos que si alguien hubiera querido decir en que fecha había sucedido le hubiera sido difícil hacer la cuenta. Eran años de tristeza en los ojos de esa madre que desesperada esperaba el retorno de su hijo.
Los aconteceres del castillo en nada la ocupaban, languidecía y en latente espera se movía.
Empezaban los ritos del Imbolc, era el inicio del nuevo renacer solar. Era un ritual de fuego en el que los campesinos recorrían los caminos con una antorcha en la mano llevando el fuego de aldea en aldea. Se hacía fiestas dónde se celebraban los nuevos nacimientos, de criaturas y animales, y se bañaban con vino.
Esa noche la reina remontó, con la protección de la Diosa, nuevamente los cielos en su alada figura.
Un halcón blanco pareció verse sobrevolar camino del norte. Otra figura oscura remontaba los cielos siguiendo la misma ruta.
Señales dicen que en las runas se leyeron de nuevos aconteceres. Otro día seguiremos construyendo esta historia.
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		<title> difuntos rompe ola la escollera merma mar su</title>
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		<updated>2007-11-02T01:57:36+00:00</updated>
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&lt;strong&gt;Difuntos&lt;/strong&gt;

Rompe la ola en la escollera.
Merma el mar su agonía.
Llega la tarde todavía.
Ase sus alas a la espalda.
Ángel maligno le visita.

La noche se hizo un sitio.
El alma lamentó el vacío.
Las manos yertas y tristes.
Lacrimales canales secos.
Arados los surcos de la carne.

Hueco yermo del alma.
Saeta del tiempo avisado.
Sirena vespertina llama.
Hiendes los pies en tierra.
Hedor infinito de muerte.

Mañana de los sin nombre.
Noche sin luna ni norte.
Pesadillas de durmientes.
Los que vienen y se van.
Los que vuelven y se quedan.

Correrías por doquier.
Baldón ocre en su portal.
Aullidos en los caminos.
Pueblo de antepasados.
Almas en pena vigilan.

La muerte tocó la puerta.
Hoy es pronto todavía.
Es ella que no te avisa.
Escritos que te destruyen.
Retahílas de vigías.

Las últimas decisiones.
El finado dejó escritas.
Valores quedan por vida.
Legítima no sea perdida.
Finado caliente en tumba.

Herederos que se arañan.
Tironeos de pelo y ropas.
Desgarrones en la lucha.
El muerto dejó disputas.
Reirá desde el abismo.

Torraremos las castañas.
Panellets y huesos de santo.
Mazapanes y dulces vinos.
Alimentos son de abrigo.
Otoño que coge fuerza.

Nos prepara para el frío.
Noche de muertos y brujos.
Gato negro mal presagio.
Larga noche y corto día.
Ciclo de vida y muerte.

Anna (Oct. 2006)

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		<title>El abuelo</title>
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		<updated>2007-10-20T18:44:15+00:00</updated>
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El abuelo
- Me contaron esta leyenda hace tanto tiempo que ni siquiera puedo recordar cuanto.
Así empezó el abuelo a narrar las peripecias de sus años de infancia y juventud. Teodoro, que así se llamaba el abuelo, había reunido al calor de la lumbre a sus hijos y nietos. Aquel invierno era especialmente húmedo y frío, sus huesos se resentían y sólo el vino caliente y las historias comenzadas a la luz de sus recuerdos podían atemperarle.
Captaba la atención de los más pequeños, Jesús y Anamari no pestañeaban cuando el abuelo empezaba sus historias. Le ponía tal pasión a su relato que ellos se sentían partícipes de aquellos sus recuerdos.
Y cuando pasaba a los años de la mili, cuando los maquis. Que si el fuerte Santa Elena, que aquel mosquetón y aquel hambre y frío. Jesús temblaba de frío y se sentía soldado en batalla. Anamari se veía en la retaguardia cuando lo que se explicaba rememoraba haceres de mujeres en sus casas y en el campo.
El abuelo hablaba de su madre con cariño y veneración. La había perdido en la infancia y recuperaba cada uno de los momentos de esa infancia al calor de sus relatos.
Al calor de la lumbre
En el pasado escuchó historias contadas al calor de la lumbre. Se aficionó tanto a ellas que aprendió a leer todo aquello manuscrito que llegaba a sus manos en la más tierna infancia.
Se sucedieron largas estaciones y crudos inviernos, aquellos tan fríos que quedaba quieta durante toda la noche por evitar el contacto de la helada sábana. Siempre le fue difícil tapar su cara en la noche. La puerta cerrada era como el parapeto que evitara todos sus miedos, de niña y no tan niña.
Cuando en el ulular de la noche y la quietud de los sueños despertaba quedaba enmudecida y con miedo a la soledad de los insomnes que nadie acompaña.
Hubo pesadillas que se colaban por debajo de la puerta de la vieja casa. Recuerda los miedos que en la infancia nadie acompaña. Despertar al día, liberación del alma. Mientras dormía nadie velaba su sueño, decía aquella poesía de sus primeras lecturas, la del niño que quería salir a navegar y la madre le decía -¿quién velará tu sueño?- contestando él -las estrellas velaran-. La recuerda en el recuerdo de las sensaciones y los olores de la infancia. Ese olor que tomaban sus ropas del humo de la cocina y los animales que los padres tenían.
Esos perros compañeros de juegos y paseos. El hermano y el primo con quien representaban medio en broma y medio en serio, más en serio, que el juego de los niños es muy serio. Ella siempre la princesa, ellos los piratas o guerreros. De quietud la destinaban a esperar ser liberada. En estos juegos su mente viajaba por los mares y los aires. Asimilaba el papel de doncella, princesa o reina, lo integraba a sus juegos de muñecas. Dibujaba y pintaba princesas.
Fue en los años mayores que desvelo los velos de la 'vindicación' y la 'igualdad' y 'libertad'. Se apuntó un gran objetivo, su autonomía.
Al correr de los años
No en vano y como dice su hermano -quien no tiene talento con el tiempo se le pone, se le impone-, así es como ella lo recuerda. Fueron años de furia en los que nada parecía pararle el lance. Creyó en tantos ideales. Hoy le sorprende reconocer que quedó ajustada al sistema. No acabó de cuajar con las parejas que le fue dado formar. Por supuesto no tardó en negarse al matrimonio, toda relación debía estar basada en la libertad de quedarse o marchar. Si lo piensa reconoce sus contradicciones. Su amiga le dijo una vez, hace mucho tiempo, -tú eres muy tradicional, no eres capaz de seguir relaciones abiertas-, y ella que creía que se había sobrepuesto a todo aquello que le querían inculcar los demás. Siguió sin papeles, con todas sus relaciones, pero reconoce que en el fondo su mayor deseo es el de la pareja en quien identificarse y construirse. Cuando hace juicios de valor se reconoce en el territorio que su amiga le dibujó.
Los años le han dado o le han negado, no lo tiene del todo claro. Se integra en el grueso de la sociedad bajo el traje o máscara de lo que se supone es ella. A veces mira hacía sí y se quiere alada y sobrada de fuerzas para renacer. El espejo le devuelve muy de vez en cuando unos ojos que aún quieren mirar y un cuerpo deseoso de amar.
Hubo un tiempo en el que se negó tanto el deseo que ahora se sorprende de que cuando se cruza en la calle con la mirada de alguien ese deseo aflore de nuevo y que ello le alegre el día.
Ha entrado en un ciclo nuevo y se siente testigo de este cambio. Siente en sus entrañas impulsos que creía acallados y los silencia porque le hace daño. Aflora en ella nueva sensibilidad y recorre en su pasado las oportunidades perdidas con la esperanza de que se le abra un nuevo día, que un mañana sea verdad.

16/10/2006

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