Esa niña...
Esa era una niña soñadora. De todo reía o lloraba, según le daba. Cualquier elemento de la Naturaleza la emocionaba.
Siempre tuvo necesidad de encerrarse en si misma. Si las personas la reclamaban, ella era amable, pero cuando nadie lo advertía se iba a sus cosas.
Caminar y mirar en el camino, florecillas y piedrecitas. Quedarse quieta y observar las lagartijas que tomaban el sol sobre las piedras.
Nunca quiso coger un animal que a su lado se moviera. Le bastaba mirar.
Su hermano con los otros niños cogían lagartijas y las ponían en una lata. Sobre el fuego las quemaban. Antes, las maltrataban a pedradas y arrancándoles la cola. Eso a ella la martirizaba. Lloraba e imploraba. Se reían. Quedaba triste, sentada en un rincón.
Corría y saltaba. Se subía a los árboles y a las tapias. Corría arriba y abajo con su bicicleta, la que compartía con su hermano. Los padres habían optado por comprar una mixta. Cuando fueron más mayores el hermano recibió la suya y ella se quedó con la primera. Era azul.
Le hubiera gustado andar con patines. No hubiera podido. El suelo era de tierra, no llegó el asfalto nunca a su barrio. Alguna amiguita, de las que vivían en el centro, le dejó los suyos. En realidad no supo andar con patines. No tuvo opción.
Su hermano y su primo eran, la mayor parte de las veces, sus compañeros de juegos.
Ella era la princesa, y ellos los piratas, los buenos o los malos. A ella la rescataban, la ataban. Su primo era como su hermano gemelo, su cómplice.
Cuando afloró la adolescencia era su primo el que le hablaba de cosas prohibidas. Su hermano siempre fue más serio.






