Ruptura 2
Ana se ha alejado por las calles de la ciudad, perdiéndose en la vorágine humana.
Jorge está devorando cada uno de sus pensamientos. No acaba de creer que esto esté pasando, que le esté pasando a él.
¿Cómo es posible que no se diera cuenta de que algo no funcionaba?, piensa.
Y no hay forma de saber que se lleva entre manos.
-Ha pedido tiempo, ¿qué tiempo ni qué...?, no entiendo nada.
Dice en voz alta.
Se descubre gesticulando y hablando sólo. Esto le inquieta. Se silencia.
Coge el teléfono y llama, la llama.
-Ana, por favor escucha.
-No, no me cortes ahora.
-Ven, hablemos.
-¿Cómo puedes ser tan...?
-¡Me ha dejado con la palabra en la boca!
En un impulso contenido casi tira el teléfono al suelo. Bruscamente se lo guarda en el bolsillo y enciende un cigarrillo con gesto nervioso. Camina por la acera de arriba a bajo. Al final se para y toma una decisión. Marcha en dirección al mar.
Solían bajar a la playa en sus largos paseos, desde muy temprano, las mañanas de los domingos. Esto cuando aún no tenían los hijos y vivían como pareja sin más vínculo que la voluntad.
Recuerda las charlas que solían tener. Hablaban de todo y muchas veces discutían por cualquier chorrada, discrepaban en muchos asuntos. Eran tan distintos y al tiempo tan cómplices.
Sus ojos adquieren ese brillo que da la emoción. Saca sus gafas y las limpia con un trapito. Acelera el paso.
Se dirige al Puerto, a aquel café dónde permanecían largas horas repasando los diarios y suplementos matinales.
Las calles estrechas. La Barceloneta con sus casa y sus calles. Esa humedad que da la proximidad del mar. Ese olor peculiar de las cocinas de los restaurantes que preparan diversidad de mariscos.
Chicas y chicos en patines que en esta parte de la ciudad son habituales. Alguno en bicicleta.
Los chiringuitos que a estas horas empiezan a prepararse para la llegada de turistas. Algunos autobuses de los que transportan personas de comarcas que hacen su excursión a la ciudad condal. Reconoce nuevas voces, la riqueza del lenguaje que se comparte en una localidad. Es una cierta musicalidad.
En estas observaciones se distrae. Mira y allí está. Acelera el paso.
Al poco se detiene y se da la vuelta.
Ha visto en su cara una expresión nueva. Ella no le ha visto, no da muestras de ello.
Recapacita.
-Está consigo misma, no la importunaré.
-Quiere pensar.
-Mejor la dejo.
-La veo bien, mucho mejor de lo que hace tiempo la estuve viendo.
-Ahora me percato, ¿qué ciego estuve?
-¿Cómo pude pasarlo por alto?
Él marcha hacia otro lado.
13/09/2006
2 comentarios - Escribe aquí tu comentario
No hay caso; siempre es lo mismo...Para Jorge, bueno en una situación parecida, hasta un manual encontré, sí, un manual para el olvido. Nada que hacer, nada que decir.
Tengo mucho cariño a este texto porque es el intento de novelación que quedó a la espera de nuevos recursos.
No sigue la vía prevista.
Hay una versión que edité en Annlea en que termina con un buen final.
La otra versión vira hacía la fantasía y de momento está interrumpida. No en lo editado. Aún hay más contenido.
Todo ello fue publicado en tus relatos como lletraferida.





