Libro de Arena
Login

la búsqueda de mi misma



Ruptura 3

Estás dolida. No sabes de qué te dueles, pero sientes la llaga que supura, herida hace tiempo padecida y no reconocida.

Hubieras deseado que no se hubiera dado el exabrupto, un acto más racional, menos precipitado.

Le oyes y algo se revuelve dentro de ti, algo así como una rabia contenida, un rechazo.

No sabes y quieres saber.

Era tan fácil seguir y ahora es imposible. De pronto nada tiene color. Se apagó el mundo y te cruza por la mente la frase: 'que se pare el mundo que me bajo'. En otro tiempo era posicionamiento revolucionario. Ahora la sientes en toda su esencia y te da miedo, porque parar el mundo y bajar no tiene otro significado que desconectarse. Te aterra este pensamiento. No quieres mirarlo. Una figura espectral toma forma tras las puertas de tu alma. Te paraliza el pánico.

Te preguntas que diantres ha sucedido o que venda de tus ojos ha caído. Era falso sentimiento. Era acomodo por el entorno que todo lo vuestro dibujaba como perfecto y extraordinario.

Sucede a veces que no nos atrevemos a cambiar el guión que devuelve la lectura que de nosotros hacen.

Esos hijos que ocuparon tantos años de tu vida fueron quizás la pantalla que impedía a tus ojos la mirada. Lo amaste, fue amigo, pero hace tanto tiempo de ello que te cuesta recordarlo.

Miras y no ves nada, eso te acobarda. Volver a la rutina de los días y las noches. Qué lo hace tan difícil. Deseas simplificarte, acomodarte. No puedes.

Sigues perdida por las calles. Al fin frente a tí el mar, 'ese mar de todos los días', te suena a verso. Te sientas en el primer banco que encuentras y te pierdes en el oleaje, suave. Oyes un concierto discordante, gaviotas.

A lo lejos un velero. Te sientes carga en la espalda, carga de muchos pesares. Te sientes cansada. Cada músculo de tu cuerpo se manifiesta incomodo, pesado y dolorido. Los cabellos pesada carga. Cierras los ojos y entras en tu conciencia. Bajas a los pies y notas su pálpito.

Buscan un caramelo que te endulce. Tienes la boca seca. No sabe. Lo retiras de tu boca con gesto amargo. Te levantas y emprendes la marcha por el paseo trazado al par de la orilla.

Vas pasando por delante de unos y otros garitos, no te atrae pararte. Recorres distancia y al fin ya en el tramo de la Barceloneta reconoces el rincón familiar de otros tiempos. Te sientas en una de las sillas y ante el camarero que se ofrece formulas tu deseo, uno de los tres deseos:

-Un agua, por favor.

Te recoges en ti y te adormeces. Tanto cansancio al final cede. Quedas ensimismada. En ti.

Estaba ella en su rincón. Se sentía ofuscada y sin embargo de sus labios salió dibujada una sonrisa, un fino gesto apenas perceptible. Su rostro reflejaba relajación y ensoñamiento del alma.

Fue en ese entonces cuando alguien la miraba, él.

Ella no se apercibe de la presencia, está navegando por los aires en ese globo que la transportaba sobre la ciudad dormida.

Recuerda el sueño que cuando despertara no había recreado en su memoria y que justo en este momento ocupa su pensar.

Nunca ha pensado que hacer determinadas cosas podría ser interesante o divertido. Como aquello que él decía de volar con un globo sobre la ciudad dormida.

La ciudad dormía en su sueño y ella veía las caras de los durmientes, sin extrañeza. Flotaba en un globo de múltiples colores que la transportaban con suavidad. En su sueño visitó su cama de niña, su cama de jovencita, su cama de anciana. No su propia cama, la que ocupaba en su sueño, el globo sería y por ello no la apercibía. Volaba, se deslizaba sobre los tejados de la ciudad, no ésta. La ciudad no conocida la ciudad de sus sueños. Se sentía liviana y sin bloqueos, liberada.

Cuando despertara, en la mañana, su cuerpo en el retorno se quejara. Un golpe de sangre subiera a su cabeza, palpitara sobre sus sienes en un martilleo persistente. Él a su lado, ella entristecida.

Dejó las sábanas y se dirigió al baño, la ducha. El agua caía sobre su espalda dolorida. Su mente autómata en acciones cotidianas de nada se ocupaba.

Y así atontada siguiera los pasos que con el la llevaran.

Ahora lo recuerda y se mira en ese recuerdo, se objetiva se convierte en espectadora de si misma.

En este recuerdo su gesto endurecido. Él ha marchado y no se ha apercibido.

-No, no hay tiempo para recuperar.

-Debo tomar la salida.

-Quiero tomar las riendas de esta vida, mi vida.

Expectante de si misma recorre territorios inexplorados, no explorados por ella. Su vida como si de una extraña fuera sabida.

Qué le importan las vidas ajenas. Sólo se tiene a si misma.

Los hijos, proceso biológico, tarifa de vida. Que planificaciones ni que peras en vinagre, arranque puro arranque tirón hormonal y del deseo. En su tiempo control con pastillas y una vez camino de Londres para interrumpir lo que en ese momento se era incapaz de afrontar y después ocultado sin soporte médico ni psicológico.

Sus hijos, es cierto, los siente carne de su carne, sangre de su sangre. su madre le dice, en la ancianidad, que los hijos son del alma. Se siente en sus hijos, pero ellos no son ella. Ella lo sabe. Costó compartirlos con el mundo. Que madre no hubiera querido conservarlos en su propio seno y que se detuviera el tiempo en ello. Somos generaciones de seres en plena deconstrucción psíquica y biológica. Historia, la nuestra, que viene de paso. En nuestro ser, la esencia, todo es cambio, nada permanece. Hacemos que la vida tenga orden, le ponemos tiempo en lo antes y por venir. Punto de partida y punto de llegada, la nada; y en el entreacto está lo que damos en llamar vida. La esencia es la degeneración, la disolución, la transformación en vacío. Polvo de estrellas que vuelve a ellas.

Y esta entelequia que llamamos vida se pierde en la memoria colectiva que recoge lo que recoge y desecha lo que se pierde.

Nadie en vida te puede 'retratar', menos después de vivida. Retazos de tu historia construirán un guión y diran de tí, de quien digan que tu fuiste, hacías o eras.

Te pareces a tu madre, te dicen, y tu te miras, la miras, y no te reconoces en ella. Ves registros del pasado y reconoces rasgos familiares, que hubo identidades. Se integraban en su medio, su entorno, contexto ya perdido y que el recuerdo emborronado apenas vislumbrado tras memorias selectivas, interpretaciones vivas.

Los propios pensamientos sufren el proceso, colonizados socialmente. No eres sin ser en el grupo al que perteneces y la cosa se complica, muchos marcos de referencia para este milenio que empieza . Los entornos que generan opinión y hacen que te sientas bicho raro. Ocultas bajo máscara aquello que ves rechazado. Te haces tantas preguntas a pesar de tus años. No encajas las miradas primitivas, de primate mal fundado, que se hace de forma reprobatoria y agresiva al distinto. Esa mirada de asco y rechazo. Mirada de desprecio al que fuma, al obeso, al distinto en maneras y formas. Aquello que manifiesta diferencia. Ese yoismo del grupo que desprecia y proscribe desde siempre y hasta ahora.

Kafka se sentía cuervo despreciado.

Esta perspectiva aniquila al ser humano. Se fractura la persona. esa actitud despreciativa no es integradora, es lesiva. La persona no se supera, se hunde más si cabe en ese magma social de desprecio y desamparo.

En este recogimiento te has destapado y descubierto que no debes permanecer en el mismo lugar, que debes dar el paso que te lleve a la libertad.

Sucedió en algún momento que ahora se te escapa. Él dejó de ser para tí quien antes fue. El amor tiene fecha de caducidad. Lo lamentable es que aunque la vida lo confirma no reaccionamos a tiempo y nos dejamos llevar. No sientes y eso te marchita. Poco a poco has ido muriendo sin percatarte de tu pérdida.

Ana mira su reloj y se levanta de su asiento. Levanta la vista y a lo lejos ve una figura reconocida, es Jorge.

-¿Me ha visto y sin embargo no ha osado molestarme?

-¿Qué novedad?

-Debería llamarlo, ¿para qué?

-No, prefiero seguir con mis pensamientos.

-Tomaré el camino contrario. Buscaré un lugar para comer. Allá por la Boquería, cerca de la Ramblas.

Ana marcha con buen paso.

Jorge ni se apercibe del cambio, no osa mirar atrás cual mujer de Lot no fuera se volviera estatua de sal.

Él camina lento y encorvado, ella nunca lo viera tan abatido.

El cielo está encapotado, las calles húmedas por su proximidad al mar.

Toma la ruta del muelle, el moll de la fusta, y se entretiene mirando el ir y venir de las gentes. Un olor impregna el ambiente, mezcla salina y aceitosa de las naves que por allí bogan.

La estatua de Salvat Papaseig con su oscuro porte frente al mar.

Llegando al final recuerda sus primeros años en esta ciudad. Mañanas de sábado en que venía con un libro y sentada en las gradas pasaba horas leyendo y mirando a su alrededor. Eran paseos solitarios, por las Ramblas y las Drassanes, llenos de ilusiones y sueños que ahora con decepción reconoce olvidados.

Cuando empezó su relación con Jorge fue puro fuego, choque de trenes. La convivencia y el día a día lo fue apagando. Esa mirada que un día descubriera en él no sabría decir qué, pero había mudado.

Sabe que sabía y sin embargo se apunto al engaño, autoengaño. Ya le pasaría y es cierto le pasó. Volvió a ella en el momento que ella hubo apagado todos los circuitos para que no le hicieran daño. Al principio disimulo al final ni eso. Excusas de las más nimias eludiendo abrazos. Acostabase más tarde esperando que él estuviera dormido para no negarse o disimularse.

Ahora se enfrenta cara a cara con estos hechos y dice que ya basta que el disimulo y el engaño le han hecho aún más daño.

No volverá a ese juego.

En un callejón encuentra ese restaurante de comida casera. La gente debe ser habitual por como se relacionan. Ella ocupa un puesto en una de las mesas. Recuerda que iba a este sitio, de ello hace tantos años que es posible que sea distinto. Su sorpresa es grande, parece que se hubiera detenido el tiempo, funciona igual. Se siente cobijada, como en casa.

Los camareros son jóvenes venidos de otras tierras. Antes eran andaluces ahora por lo que ve deben ser de otros países.

En el menú hay novedad, para ella, cuscús. Lo pide. Recuerda que su tío una vez les hiciera los honores preparándolo en su casa.

Está relajada, se siente acompañada. Cuando termina sale a la calle decidida a ir a su casa.

Sube la Rambla hasta la Gran Vía y entra en el metro. Lo hace con paso firme y suelto.

-No más engaños.

-A partir de ya voy a pensar con claridad.

-De momento le plantearé a Jorge que quiero una habitación propia.

-Son muchos años de convivencia será cuestión de intentar llegar a un acuerdo en el que no nos sintamos mal.

-No le quiero como hombre, es el hombre que amé pero no puedo superar los cuernos que un día me puso. Ya no me duelen, dolieron tanto que para sobrevivir cerré todos los canales.

-Volver a intentarlo no es mi propósito.

-Quiero mi libertad.

-Me acostumbre a ser compañera, no quiero recibir ni dar nada más.

-Así se lo voy a plantear.

Con estos pensamientos iba pasando una y otra estación hasta que llegó a su parada y bajó. Tomo el camino de la casa y cuando entró en ella frente a Jorge todo flaqueó. No podía hablar, no todavía. Marchó a la habitación y se sentó en la cama. Él se aproximó. Ella le dijo:

-Déjame sola, por favor.

Jorge asintió y la dejó, no la quería molestar. Le daría todo el tiempo necesario. Era muy importante para él, era su vida.


sin comentarios - Escribe aquí tu comentario

Comenta!