Continuación de Aurea la blanca dama
Anteriormente el texto quedó aquí:
Aurea, la blanca dama, se pasea por la espesura recorriendo desconocidas latitudes.
Su destino se dibuja, será la nueva hechicera.
Ha dejado su casa para hallar nueva morada.
Se ha alejado de los suyos en ruptura desconsolada.
No hubo adioses ni rencores.
Emprendió su largo viaje con su hatillo a la espalda.
En cuanto se pusiera en marcha hubo fuerza renovada.
Ya los suyos son otra realidad. Izeta le acompaña, es quien mirará por ella cuando ciega sea. La hechicera habrá de perder la visión para acceder al conocimiento de la magia y de ultratumba.
Continuación de Aurea la blanca dama:
Una dama oscura, vestida con pliegues oscuros suelta un largo discurso dirigido a Aurea, la blanca dama:
- Llega un paquete a mis manos. No puedo evitarlo, lo abro. No hay espera. Así es mi vida.
- Arranco con premura la cinta que lo envuelve, si no puedo con los dedos lo hago con los dientes.
- No sobreviven quienes así se lo montan, pero yo sí. Aquí estoy.
- A veces somatizo y padezco el freno que supone parar, restañando mis heridas. En ese caso duermo siglos de soledad.
- Cadáveres a mi paso de almas que se desnudaron a mis manos.
- Deslizo mis dedos y hurgo en sus entrañas. La sangre caliente corre por mis dedos y me vigorizan.
- Era Cleopatra que usaba líquido elemento para rejuvenecerse. Experimentaba con aquellos que como esclavos usaba.
- Con mis uñas afiladas abro ese hueco que brinda su alma. Supura y pierde substancia. En sus ojos recojo agradecida su mirada.
- Colecciono miradas de perro lastimero y hago recortes y collages en las paredes de mi casa.
- Dadoras de vida dicen que somos. Robo tu alma si a mi alcance te alzas. Néctar divino bajo la piel rosada.
- Afilo mis uñas, no necesito colmillos. Acaricio su torso desnudo. El objeto de mis placeres es el muchacho inocente y la doncella si se tercia.
- Juego en la playa y el baile. La luz no me derrite. Escritores ignorantes son creídos de historias lerdas que otros escritorcillos contaron antes. Eterna en mi tiempo me muevo. La muerte o la vida es de humanidad.
- De dioses o ángeles caídos alimentan las iglesias a sus súbditos. Cementerios y tumbas abiertas al hedor. No es ese mi territorio. Es otra realidad. Otra esfera paralela. Esta es la forma en que podrás entender dónde te internaste blanca dama.
- La hechicera te propuso para continuar la saga y te trajo a ésta, mi realidad.
- Viajo a ese mundo del que vienes para hacer cacerías y experimentar el éxtasis que me produce el contacto con el cálido elemento de los humanos.
- Te preguntas el por qué tome esta senda. Yo también fui requerida por la dama que te atrajo y ofreciome vida eterna, de su juego aprendí cuanto sé y después deshice el yugo al que me atara. Volé tan alto que alcancé el poder sin dejar que me tendiera su red. Aprendí lo útil y deshice lo inútil a mi favor.
- Te está haciendo promesas con el precio de perder la luz en tus ojos, deberías reconsiderar tu elección.
Estas eran las palabras de la oscura figura que ante ella se manifestaba.
Había vuelto de ese sueño o todavía estaba en él. El abrazo amoroso con Jorge y el retorno al tálamo de sus primeros tiempos. Era sueño o recuerdo.
Esa presencia parecía real. Abrió y cerró los ojos intentando aclararse. Nada le daba pie a afirmar o negar.
Aurea de pronto sintió que un helado sudor le cubría la espalda, pensó en sus hijos bajo los brazos de esta mantis. Temió por ellos. Vio a sus dos hijos con cara de preocupación sentados en el sofá de la casa y con la agenda en la mano buscando, número de teléfono. Llamando. Era a su hermano. No contestaba nadie del otro lado. Ellos con gesto preocupado y abatidos, parecía que esperaban. Alargó su mano queriendo acariciarlos. Atravesó sus cabezas sin notar contacto. Entristecida contuvo el llanto que pujaba por salir.
Su garganta se contuvo del alarido de espanto frente a lo que su mente captó viéndola tras ellos maquinando una danza macabra y derramando sus encantos.
Aurea sintió la premura de atraer su atención. Salió del lugar y la otra que tenía mayor deseo de tenerla de su lado olvido su presa. Miro hacía ellos y penso que en otro momento volvería.
Volvieron al circulo de piedras rojas, margas. En medio de aquella selva virgen, Oza. Las lianas colgaban de los hayedos. Los ríos derramaban su cauce, del deshielo, crecidos. Saltos de agua gorgoteando por doquier.
La oscura dama, taimada, la miraba a la espera de algún gesto que delatara flaqueza. Por mucho que lo intentara no podía acceder al fondo del alma de la blanca dama.
Aurea alejaba de sí todo temor, pues sabía que este haría crecer a la arpía.
Izeta, tu animal compañía se mantenía a distancia y temeroso, pero con actitud tensa dispuesto a darlo todo por ella.
En esas tierras pirinencas cuando renacía la vida tras el invierno las gentes se abstenían de acercarse por miedo a las crecidas de los irregulares ríos.
El muérdago colgaba de los frondosos árboles a la espera del ritual en noche de plenilunio, pensaba Aurea mirando a ellos. Una hoz de oro para que el bardo pueda hacer ungüentos mágicos. Sería cierto que las fadas negras habían habitado esos parajes en otros ancestros y que al ser despojadas de todo quedaran las que como la dama oscura encarnizadas y dañinas iban y venían entre los dos mundos que allí se abrían.
Se introdujeron bajo la cascada, el Azú, y entre grieta angosta penetraron las dos damas. Aurea se preguntaba cuanto tiempo conseguiría captar la atención de la oscura dama.
Decidió entablar conversación. Hasta ese momento era la otra que había llevado la voz cantante. Ella con su silencio había mantenido la distancia con cautela pero el hecho de reconocer que sus hijos corrían peligro la alentaba a iniciar una serie de aciones para distraer a la dama.
Se dirigió a ella hablando con suavidad pero sin titubeos.
En la otra realidad, Jorge estaba atrapado en una maraña de hierbas enredaderas que sujetaban sus piernas y veía medio en tinieblas las dos figuras femeninas. Identificó los contornos de la que en la otra realidad había sido su esposa. Un escalofrío recorrió toda la superficie de su piel. Se le atezaron los músculos. La sangre ocluida dejó de circular y por un misterioso orden quedó petrificado ante el presagio anunciado tras la visión presente.
Aurea le preguntaba por detalles nimios para distraerla de objetivos mayores. Jorge recibía los pensamientos de prevención que Aurea desviaba de la atención de la dama oscura
El miedo que Aurea sentía por aquellas cosas que la otra pudiera hacer a sus hijos le daba mayor osadía. Proyectaba lejos estos sentimientos. Sin saberlo ella y Jorge habían entablado un diálogo paralelo en el que ella telepáticamente le informaba del peligro a que estaban expuestos los hijos.
Jorge intentaba deshacerse de la sujeción a que estaba sometido por las ramas que enredadas en sus tobillos le impedían tomar rumbo alguno.
Izeta consciente de la necesaria liberación de Jorge traspasa el espacio y tiempo y dirige su atención a éste conducida por la mente de Aurea. Muerde las ramas y hierbas que sujetan a Jorge liberándolo.
Cuando éste queda liberado queda de nuevo a la merced de la nada. Izeta se pierde en el vacío y sus ojos no encuentran camino ni salida.
Vuelve Izeta sumisa a los pies de su dama.
Desdoblada ésta en las dos, Izeta sabe como buena fuineta que es que la dualidad en ese mundo se separa en los dos seres que se presentan.
Se debaten las dos identidades. Conforme el miedo crece la separación se hace más patente.
Continuará
Lanzó las cartas al suelo.
La muerte y la vida en una.
Duplicidad.
Lo negro y lo blanco totalidad.
Los dados marcaron casilla.
Se lo jugaba a la vida.
Anna, 07/12/2006





