Sabía lo que tenía que buscar.
Apacible situó el vaso sobre la repisa, a la espera de que el líquido elemento se enfriara, para poder tomarlo.
El desasosiego se había impuesto, impidiéndole seguir en la tarea que durante horas le ocupara.
Tenía en sus manos un manuscrito amarillento, rescatado del polvoriento suelo de aquella casa que estaba a punto de ser derruida.
Se contaba que hacía tiempo había sido habitada por una familia compuesta por nueve miembros.
En una de las salas, de la Residencia de ancianos, había conocido a una anciana silenciosa y longeva, que siempre miraba a través de una de las ventanas del largo pasillo, hacía esa casa.
Al principio, cuando empezó a hacerse cargo de las tareas que le asignaron, a penas apreció esa presencia. Fue tras idas y venidas por ese pasillo, que empezó a percibir algo extraño. Esa mirada la traspasaba. Se dio cuenta de que no importaba que hubiera movimiento o quietud. La anciana siempre estaba con su mirada fijada en ese punto, con una expresión, en el rostro, difícil de interpretar.
Una vez le pidieron que la acompañara a su habitación para que se acostara. No era su tarea, pero aquel día le habían solicitado que cambiara su turno con una compañera. No le iba bien el de la noche, pero no queriendo parecer inflexible aceptó el cambio, no sin dejar claro que sería una excepción. Rechazaba esos turnos porque temía regresar a horas en que las calles vacías le hacían temer y sentirse en peligro. No era una zona en la que se hubiera dado ningún situación de alarma, pero no muy lejos de allí ya se había advertido de la presencia de seres extraños que transitaban a altas horas de la noche.
Aquella noche, cuando regresaba a su casa, intentando pasar por las calles más transitadas, su pensamiento no paraba de darle vueltas alrededor de una idea, ir a aquella casa que parecía ser la respuesta a esa enigmática mirada de la anciana.
Aunque la mujer se había dejado conducir por ella como si no la extrañara, supo que sus pensamientos le hablaban. Era una sensación que le hizo recordar momentos de su niñez. Esas comunicaciones sin palabras con la menor de sus hermanas.
Era un lenguaje no textualizado que le indicaba la ruta a seguir. Eso lo supo mientras estuvo preparándose para acostarse.
Después de valorar la importancia de ese mensaje tomó la decisión de acercarse a aquella casa uno de esos días. Posiblemente podría ir la semana siguiente.
Así lo hizo. Cuando hubo llegado se encontró con que estaban preparándose para echar a bajo un edificio que estaba a punto de caerse.
Un impulso incontenido la llevo a acercarse a la puerta principal. No dudo. Sabía lo que tenía que buscar.

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Fabuloso relato con un toque de misterio y su poco de suspense. Me gustó pasarme por aquí.
Un saludo





