Libro de Arena
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la búsqueda de mi misma



Sabía lo que tenía que buscar. II

II

Había dudado sobre lo que intuía, sin embargo fue mayor el impulso que tiró de ella.

No estaba segura de que ese era el objeto que debía encontrar. La duda se impuso, tras haber creído en la certeza. Dio un paso hacia atrás, pero un viento gélido se adentró en la casa, silbando una cacofonía extraña. Le pareció que unas voces la invitaban a entrar. Tembló ante la idea de estar ante espíritus, que venidos de ultratumba, la quisieran conducir por aquellos pasillos, que extrañamente cobraban dimensiones inusitadas. Hubiera jurado que la casa era mediana, y sin embargo, una vez dentro, le pareció una gran mansión. Estaba inmersa en estos pensamientos, cuando un remolino levantó una nube de polvo que se puso en movimiento marcándole el camino.

Tuvo claro cuales eran los signos y, aún con temor, siguió ese rastro sibilino.

Así fue como fue transportada a una habitación de grandes ventanales.

Cuando lo recordaba, repasando los contornos de la casa, no conseguía ubicarla.

Esa fue una de las incógnitas que la mantendrían inquieta durante largos días.

En sueños reconstruía lo que pudo ser aquella mansión en otros tiempos.

Cuando, al despertar los recordaba, trazaba croquis sobre hojas que después dejaba escampadas por el suelo.

Le absorbían tanto estas investigaciones, que dejo de asistir a su trabajo. Las llamadas por teléfono se fueron distanciando hasta que un buen día dejaron de sentirse.

A penas mantenía los mínimos de subsistencia, saliendo a alguno de esos locales que están veinticuatro horas abiertos, para adquirir, a altas horas de la noche, lo básico y poder tomar algún refrigerio.

Aquellos miedos a las calles oscuras y deshabitadas se habían trocado y convertido en los lugares que ella frecuentaba.

Empezó a moverse como una sombra más, sin que nadie se apercibiera de su presencia.

Los sueños y las lecturas de aquel libro que había rescatado estaban haciendo de ella un nuevo ser.

No se percataba de la transformación que estaba teniendo lugar, pero si alguien hubiera sido testigo diría que ella había desaparecido.

Dado que siempre había rechazado los espejos, no podía darse cuenta de que su cara era el puro reflejo de la de aquella anciana que en la Residencia se había comunicado con ella telepáticamente y que de esa manera le había instruido para que fuera en busca de aquel manuscrito.


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