Sabía lo que tenía que buscar. III
III
Aquellos días, en la Residencia de ancianos habían desaparecido algunos de ellos.
Cuidadores y cuidadoras ocultaban los hechos porque no había parientes que los reclamasen, pero quienes gestionaban el centro empezaban a hacerse preguntas sobre ciertas casualidades.
Una determinada mañana apareció, en la cama de una de las ancianas, una de las mujeres jóvenes que tenía a su cargo ese servicio.
Lo curioso del caso fue que ella se comportó, desde el principio, como huésped y no como trabajadora, yendo junto a los otros ancianos y ancianas.
A la hora del desayuno, se situaba en la silla que correspondería a la anciana desaparecida y tomaba aquellas cosas que la misma solía tomar.
Sus pautas de comportamiento eran similares a las de los otros residentes.
Nunca respondía al requerimiento que se le pudiera hacer sobre tal o cual tarea que supuestamente tuviera pendiente.
Era como si no fuera con ella.
Dado su comportamiento y la incomunicación, habían decidido telefonear a su domicilio creyendo que algún familiar podría hacerse cargo de la situación. Tras distintos fallidos habían desistido.
No se les ocurrió hacer trámites con ningún estamento social o policial, temiendo que las investigaciones, sobre la desaparecida anciana, les pudieran llevar a ser expedientados por negligencia, poniendo en riesgo la continuidad en la gestión de la institución.
Así fue llegaron a una situación insostenible, pero eso es adelantar acontecimientos.
Aquella institución estaba bajo la tutela de la Comunidad local. Quienes se hacían cargo de su gestión habían conseguido la plaza en un proceso público, presentando un proyecto que debía ser aprobado y revisado cada tres años.
Llevaban dos años y medio y temían que este escándalo arruinara su continuidad.
Lote, la que encabezaba un equipo de cuatro, era quien residía en un edificio adosado al edificio principal.
Convocó al resto y se reunieron en su casa.
Camila, una anciana perspicaz advirtió las idas y venidas de unos y otros. Salió al jardín y acercándose a la ventana del salón de té de Lote se sentó sobre la húmeda hierba poniendo uno de sus muchos pañuelos sobre ésta.
Desconcertada escuchó las discusiones de aquellos que habían entrado a hurtadillas, disimulando un encuentro que a ella no se le escapaba era de suma trascendencia.
Para la anciana las cosas no estaban claras. Empezó a dudar de la cordura de quienes se suponía debían responder por ella. A quien se le podía ocurrir tal aberración, la cuidadora que decían se estaba comportando como residente no era tal. Ella bien sabía que Merk, la supuesta desaparecida, había estado con ella, hacía un rato, mirando cómo entraban los niños a la escuela próxima. Era la alegría de todas las mañanas, ver llegar aquellas sonrosadas criaturas y sentir sus vocecitas como si gorjearan como pajarillos.
Nunca se perdían ese momento del día, Merk y ella solían mirarse, diciéndoselo todo con una sonrisa. Cómo podían decir que su amiga había desaparecido. La cuidadora, seguramente habría cogido otro trabajo que le fuera más beneficioso y les habría plantado sin más. Ya se sabía que quienes entraban a trabajar no solían durar, pero aquella de la que despotricaban no era, precisamente, de las que abandonan. Eso era extraño, puesto que recordaba como aquella muchacha era la única capaz de, sin apenas manifestarlo, ser amable con todos ellos. No era de las charlatanas, aquellas que cacarean creyendo que ser anciano es ser disminuido mental. Ella te miraba a los ojos y te trataba como a igual. Posiblemente sería alguna indisposición. Eso no se iba a quedar así. Decidió ir en busca de unos cuantos, los de más confianza, para localizarla.





