Sabía lo que tenía que buscar.IV

IV
Aquella mañana, Mariona, se levantó inusualmente temprano. Cuando sonó el despertador lo apagó de un manotazo, pero hubo otro aviso venido de otro rincón de la casa.
Tenía un sistema para esas ocasiones. Solía dejar un segundo despertador, el que más molestaba con su soniquete machacón, en el salón.
Así fue como consiguió despegarse de las sábanas.
Desperezándose y metiendo sus pies en las zapatillas, salió arrastrando los pies sobre el entarimado suelo, y tanteando las paredes entreabría los ojos guiñándolos, buscando adaptarse al impacto de la luz que procedía de los ventanales del salón. Cuando alcanzó el despertador lo lanzó por los aires de un manotazo.
-Sólo se me ocurre a mí ponerlo tan temprano – Se recriminó, en voz alta.
Descorrió los visillos y miró como al otro lado había un mundo en movimiento.
Arrugando el entrecejo y con mohín serio, dejó tras de sí ese mundo que se divisaba al otro lado del cristal y se encaminó a la cocina para prepararse el café.
Buscó sus gafas y, entretanto se hacía el café, empezó a anotar en una libreta.
Tras las investigaciones que había hecho sobre sus sueños, había llegado a la certeza de que tenía que volver al lugar dónde ahora tan sólo quedaba un solar, tras el derrumbe y desescombro de la casa en que había encontrado aquel libro.
Curiosamente, todavía no lo había abierto. Ni siquiera se le había ocurrido ojearlo.
Ahora pensaba en ello sin acabar de entender en que se le podía haber ido el tiempo.
Tomó una taza y la llenó de un café que inundó sus sentidos.
-¡Qué delicia! – Pensó, esto es lo mejor de la mañana.
Después de ducharse y vestirse cogió: su cámara, unos guantes y una bolsa de plástico.
Metiendo esas cosas en su bolso, rebuscó las llaves que al fin consiguió localizar.
Era una costumbre que siempre repetía. Si al cabo de un rato se le hubiera preguntado al respecto, seguramente hubiera dudado si realmente tenía sus llaves en el bolsillo delantero del bolso. Era de esas cosas que haces sin saber a ciencia cierta que las haces y por qué las haces.
Transitó la puerta, que estaba cerrada sólo con pestillo, y la dejó ir, escuchando el golpe que hacía al cerrarse.
Únicamente usaba la llave para acceder a su vivienda. Recordaba aquellos tiempos en que sólo se cerraban las puertas en la noche. No le gustaba sentirse encerrada.
Durante unos años había vivido en una casa antigua, de cinco vecinos. En el piso más alto. Se había dado el gusto de tener la puerta entreabierta, pudiendo permanecer en la escalera con su té y leyendo una de las muchas historias de las que en ese tiempo decían de novela gótica.
A ella, esas historias, le hacían revivir. Muchas veces pensó que lo que valía la pena de vivir era el gusto de poder escuchar música y tener en sus manos joyas como aquellas.
Desde niña había sentido predilección por aquellas historias que la llevaban por los entresijos de la mente.
Leía a dos velocidades. Cuando el narrador se entretenía en descripciones, ella iba pensando paralelamente en aspectos que le habían quedado colgados en el alma. Si ese libro no era nuevo, que solía ser casi siempre, porque o era de una Biblioteca o lo había adquirido en una de esas tiendas que solía visitar de tarde en tarde, mientras iba recorriendo los renglones preciosistas se iba imaginando los dedos que habían estado en contacto con esas tapas que ella sostenía. De forma inasible había recibido sensaciones y pensamientos que la transportaban.
Como solía tener una serie de cojines, escampados por el descansillo de su puerta, a veces se adormecía y en ese estado de duermevela recorría caminos que hubieran sido considerados sueños.
Tras los años, cuando recordaba una de esas lecturas solía rememorar esas otras informaciones que en otro tiempo habían pasado de largo.
Ahora recordaba que esos pasos que le llevaban a la calle con el bolso sobre el hombro eran algo que sabía y que no era un ‘dejà vu’, era el recuerdo de aquello que ahora reconocía se había adelantado. En ese momento pensó en Merk y la vio ante sí, acompañada por otra anciana que tomándola del brazo la llevaba por las calles de la ciudad.





