Libro de Arena
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la búsqueda de mi misma



Sabía lo que tenía que buscar. V-VI-VII

V

Camila había permanecido nerviosa, escuchando como Lote hablaba de Merk.

-Lo primero que vamos a hacer es separarla del resto de residentes – Había dicho, golpeando la mesa de roble, con una mano presidida por un anillo de grandes dimensiones.

La anciana no pudo escuchar más, su corazón se aceleró de tal manera que casi le llevó a peores consecuencias. Bien se le valió que, ante el sofoco, se puso la pastillita de marras, la que siempre llevaba en esa cajita dorada, con forma de corazón, en uno de los bolsillos de su chaqueta de lana, aquella que había tejido en el balcón de su casa. Sus pensamientos la transportaron a ese momento en que las agujas tejían el comienzo de ese bolsillo y una lágrima se deslizó por su mejilla.

Cuando hubo recobrado el sosiego, se incorporó ágilmente y salió en busca de su amiga.

No había tiempo que perder. Tenían que marchar de ese lugar. Bastaría con coger sus medicinas y papeles. Sabía que para ese viaje no hacía falta equipaje. Esta certeza le pareció la cosa más natural del mundo. No se preguntó sobre que camino tomar. Algo le decía que sus pasos la llevarían allí dónde debía.

Cuando llegó junto a Merk, la encontró esperándola.

Salieron sin hacer ningún tipo de aspaviento. Nadie vio a esas dos personas atravesando la puerta principal.

Quienes formaban parte del grupo de residentes ni siquiera podían darse cuenta, inmersos como estaban en su mundo de añoranzas, y quienes no lo eran veían a una cuidadora que llevaba a una anciana pensando que la debería llevar a alguna consulta rutinaria.

Así fue como, tras pasar cuatro travesías, Merk y Camila se encontraron con Mariona.

VI

Pasarían horas hasta que alguien se percatara de la ausencia de las dos residentes.

En los comedores, aquel día, se cuchicheaba. Los ancianos y ancianas se miraban dibujando una sonrisa que hubiera sorprendido a cualquier observador, no así a cuidadores y cuidadoras que se movían sin percatarse de que estaban entre personas.

Fue Lote, al entrar a grandes zancadas, la que puso el grito en el cielo al descubrir el hueco que dejaban las dos sillas vacía.

Sin esperar a que los otros buscaran se encaminó a los aseos de mujeres. Ellas tenían costumbre de ir juntas. Era una manía de las residentes, nunca iba una sola.

No encontró a nadie y empezó a dar órdenes a todo el mundo ordenándoles que buscaran por todos los rincones, incluso por el jardín. Ya se sabía que las personas mayores tenían sus chaladuras y era posible que aquellas dos se hubieran quedado encandiladas con cualquier tontería.

De pronto se le ocurrió que Mariona se podía haber burlado de todos ellos. Era posible que esa cuidadora hubiera jugado a hacerse pasar por alguien ido y tuviera a las dos ancianas con ella.

Enrojeció de rabia y tomando sus cosas de un tirón, salió atropellando a una cuidadora que llevaba a un anciano en una silla de ruedas, haciendo que cayeran al suelo los dos.

Cuando salió dejó tras de sí un absoluto caos. Quienes quedaron se miraron sin dar crédito a lo que estaba pasando, pero al cabo de un rato todo volvió a la normalidad.

Tras la comida, unos quedaron acomodados en sus cómodos silloncitos, y otros se fueron a sus respectivas habitaciones para estirarse un rato.

El ronroneo de un televisor encendido acompasaba los ronquidos de todos ellos.

Lote, mientras se sentaba, tomó del bolso una gruesa agenda y dejándola en el asiento de al lado puso el coche en marcha. Rápidamente emprendió camino por la larga avenida que le llevaría a una encrucijada en la que tres personas se estaban saludando.

A lo lejos divisó las dos ancianas y la cuidadora, pero algo la retuvo. Prefirió reducir la marcha y seguirlas. Quería saber a dónde le conducirían.

Algo extraño se cruzó por su mente. Captó lo que más tarde sería patente. Una sombra, que aparentemente correspondía a la de un árbol, tomaba formas extrañas, alargándose hasta fundirse con la que proyectaban, sobre el suelo, las tres mujeres.

VII

Aquellas tres mujeres no parecían arrancar nunca. Lote se impacientaba esperando que tomaran algún rumbo, quería organizar meticulosamente el lento seguimiento que pensaba llevar a cabo.

Inadvertidamente su mente empezó a vagar por rincones abandonados de su mente. Recordó su infancia, viéndose en los brazos de su abuela Jana. Le vino ese olor característico que sólo la abuela tenía. El espliego que ponía en los armarios pasaba a perfumar las sábanas y ropas blancas que tan bien le había visto ordenar. Hubiera querido ser como ella. Cuando despertaba, al amanecer, cuando apuntaba el sol, empezaba un ritual de aseo que ella siempre había mirado disimuladamente por temor a ser recriminada.

Sólo cuando estaba vestida y peinada y había encendido el fuego del hogar, la abuela le llamaba moviéndola con brusquedad. Ella disimulaba quejándose, pero ese contacto le pareció siempre la más cálida de las caricias. Su madre, una mujer enfermiza, huía de su contacto. No podía recordar a su madre ocupada en otra tarea que no fuera la de remendar tejidos desgarrados por las faenas y trabajos.

Tenía dos hermanos varones, pero mucho más mayores, tanto que a penas podía considerar su relación fraternal más allá que la del mero saberse formando parte de un mismo núcleo familiar.

Jana siempre la llevaba consigo, diciendo que debía aprender aquellas cosas que harían de ella una mujer de provecho. Admiraba de ella su carácter. Su abuela no se doblegaba ante nada ni nadie. Caminaba a su lado con orgullo y actitud altiva, considerando que la mujer más maravillosa del mundo era suya.

Cuando murió, se acercó y la abrazó con fuerza queriéndola levantar. La tuvieron que separar entre cuatro, tirando cada uno de una de sus extremidades. Gritaba y pataleaba.

Recordaría siempre lo gélido y rígido de aquel contacto. Su olfato se quejó al no encontrar ese olor que siempre caracterizó a su abuela.

Ahora, con las manos en el volante se preguntaba sobre aspectos que nunca había considerado.

Miró a las tres mujeres que parecía empezaban a moverse, poniendo la mano derecha sobre la llave de contacto y pisando con suavidad el acelerador.

Una sombra de empatía pasó por su frente, pero no duro apenas un segundo. No era una blanda. Eso era un negocio y esa mema le estaba haciendo perder un tiempo precioso. Apretó las uñas sobre el cuero del volante, rompiéndose la del dedo medio. Aunque se hizo daño no se quejó y siguió, crispada, poniendo la cuarta marcha. Ese coche no tenía dirección asistida, ni ninguna de las lindezas que pregonaban en las vallas publicitarias. Su sueldo no daba para esas cosas. Hacía tiempo que había conseguido ese vehículo en una feria de ocasión. Tampoco le era muy necesario, viviendo en el mismo lugar de trabajo y con el transporte especial para traer y llevar a las personas dependientes tenía el servicio cubierto. Sólo lo utilizaba para acercarse a la ciudad muy de tarde en tarde.

A ella no le gustaba verse en el lugar de nadie. En ese momento se vio en una silla de ruedas. No entendía a que venían semejantes pensamientos. Un sudor frío le bajó por el esquinazo y un temblor incontrolado provocó que se saliera de su carril, dándose de frente con una señal de tráfico. Inmediatamente se armó un alboroto tal que hizo que acudieran personas de todas partes impidiéndole seguir a las tres mujeres que seguían lentamente sin apercibirse de lo que ocurría a sus espaldas.


1 comentario - Escribe aquí tu comentario

lo dijo Alina Galliano 27 Julio 2008 | 05:23 PM

Un gusto el leer su escribanía,el andamiaje donde teje tiempos.Gracias

Saludos

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