Al otro lado, en la supuesta realidad Jorge está sobre su cama. Ana marchó dejando a sus hijos sin saber que decir. Cómo podían esperar una salida como esa.
- Te das cuenta, no nos ha hecho ni caso.
- Estoy anonadada, no sé que pensar.
- ¿Habrá perdido la chaveta?
- ¿Adónde ha debido ir?
- ¿Has visto, llevaba un pequeño bulto que envolvía algo?
De pronto, los hermanos, se miran y se dirigen a la habitación. Constatan que las cosas personales de su madre no están.
- Se ha llevado sus cosas, es el colmo. ¿Qué les ha pasado a éstos?
Miran al padre que se mueve inquieto en su sueño y salen de la habitación apesadumbrados.
- Tendríamos que buscar ayuda, esto no puede continuar así.
- ¿Y adónde nos dirigimos o a quién se la pedimos?
- No sé, pensemos en ello.
- Y si llamamos a los tíos, primero podríamos mirar de localizar a Carlos, el hermano de mamá, seguramente sabrá que hacer.
Marcan un número en el teléfono. Esperan un rato.
- Vaya, no contesta nadie.
- Ya llamaremos más tarde, déjalo ahora.
Entretanto en la habitación se producen cambios que ellos no ven. Todo lo que está ocurriendo del otro lado a veces va tomando forma, una forma desvaída, en este espacio. En la cama los cuerpos de Ana y Jorge cobran forma en un abrazo amoroso que es el acto que los une.
02/10/2006
...
Al otro lado
"Renacen nuestros sentimientos de forma inverosímil."
Al otro lado, en la profunda oscuridad, Jorge siente en sus entrañas que está con ella, que la cubre con abrazo amoroso.
La ve a través de los ojos de Izeta. Sabe que ella es Aurea, que Aurea es ella.
Jorge desfallecido está sobre los guijarros de ese camino que no le lleva a ninguna parte.
Una luna omnipresente se abre paso en el oscuro espacio que delimitan altos y oscuros árboles.
Ese sueño abre esperanzas nuevas. Ya no está en la nada absoluta.
¿Dónde buscarla?, - se pregunta - .
Sale del éxtasis amoroso renovado y con ganas de iniciar su búsqueda.
Ahora irá por ella.
En algún lugar de su sueño la encontrará, lo intuye.
Jorge emprende su marcha con decisión. Se diría que sabe hacía dónde.
Ese amor que languidecía ha vuelto a ellos en esa nueva realidad.
Del otro lado, en la cama de su habitación, duerme observado de cerca por sus hijos.
Ellos están a su lado, esperando que despierte.
En su rostro se ha dibujado una sonrisa que no les pasa desapercibida.
Se miran y en su gesto se dibuja una pregunta que no se formula.
20/01/2007
SE PRODUJO LA TRANSFORMACIÓN. ANA TRANSMUTADA EN AUREA CUAL MARIPOSA QUE SALE DEL CAPULLO DONDE SE METAMORFOSEÓ
Aurea volvió de su sueño y salió llena de luz. Sus hijos esperaban que ella despertara, llevaban siete días sin poderla ver. Ella se había ido triste y ahora resplandecía.
Sus cabellos largos recorrían su espalda y su tez se veía rejuvenecida. No salían de su asombro, ¿qué pudo suceder en esos días de ausencia?
Lo más sorprendente fue que Aurea pasó a su lado con la indiferencia de un extraño.
Cogió sus cosas en un hatillo y marchó.
A su paso la gente se asombraba y admiraba.
Se perdió en las calles de la gran ciudad como una más de sus habitantes.
Las calles le llevaron más allá. Vio el mar a su derecha y siguió su camino. Ya las calles se perdieron en la distancia y Aurea encontró su camino. si alguien la hubiera visto habría dicho que había desaparecido.
De nuevo en el poblado de la gran cascada. Aurea aprendiza de hechicera al servicio de la gran diosa.
Izeta la seguía en todos sus pasos.
Izeta era un animalillo que se destacaba por su fiereza y sin embargo era sumiso a los pies de Aurea tal cual un gatito.
Habitaban una cueva y en ella se acumulaban ungüentos y amuletos.
La hechicera la había tomado a su cuidado. Se hacía necesaria una sustituta, ella tenía los días contados.
Aurea había sido invocada y traída del otro lado, dónde no hay individualidades, donde todos son multitud cual hormigas de una colmena.
La hechicera se preparaba para el retorno y difusión de la forma.
Se había tardado mucho en encontrar a la candidata adecuada, aquella que hubiera terminado su ciclo en el otro lado.
Iceta, nada más verla, la había escogido y eso era la señal esperada. Izeta desde su irracionalidad tenía la capacidad del reconocimiento sin engaño.
La hechicera podría marchar tranquila porque el ciclo se continuaría.
Izeta es un animalillo muy inquieto.
Su destino se ha unido al de Aurea. Ella no le hace muchas carantoñas pero tampoco le es indiferente.
Cuando en la noche todo el grupo duerme Aurea queda en espera de ese silencio para pensar y recordar qué le trajo a ese lugar. Izeta en un rincón, enroscada, se hace la dormida, en ese momento nadie la reconocería ya que durante el día es tan movida que a todo el mundo le molesta y la apartan de su lado.
Aurea se acuerda de aquellos sueños que dejó aparcados con el tiempo y la crianza de los hijos. Recuerda que hubo un tiempo en que tuvo un compañero y una sensación punzante le atraviesa el útero. Añora caricias y besos...
Se sienta sobre sus rodillas y acaricia su pecho. Algo cálido se abre paso en sus entrañas, el deseo. Su lengua moja el labio superior y nota su fría tersura. Sus manos expertas recorren los sensibles recovecos de su cuerpo.
Algo se dispara y entra en trance. Izeta la mira desde su rincón, sus ojillos brillan en la oscuridad.
Cuando Aurea, relajada, se duerme Iceta se acerca y se enrosca a sus pies.
La noche transcurre con el ulular de las bestias del bosque y el gorgoteo del agua.
30/09/2006
HILOS DE SEDA SALEN DE SUS MANOS Y SE ENVUELVE EN ELLOS.
ES LA FASE 'IMAGO', COMIENZA LA TRANSFORMACIÓN.
Un capullo es toda ella y su cama y sus ropas. Toda la habitación entretejida entre hilos de seda.
La puerta cerrada impide que alguien lo vea.
-¿Dónde está mamá?
-En su cama, no la molestéis.
Nadie se apercibe.
Ella duerme el sueño de la renovación. Siete días, siete noches en que nadie entra. Siete años que transcurren en su largo viaje.
Ellos suponen que sale cuando no hay nadie. El padre les previno de la crisis de la madre.
En su recogimiento ella hace el gran viaje. Atraviesa ese túnel de luz centelleante, estrella de nueve puntas la de la diosa madre. Navega los mares astrales, recorre las nueve lunas y se encuentra con la luz matriarcal. Sabiduría primera, la de las madres.
Su primer movimiento en el inicio cuando el magma hizo a Gea. Viaja por las edades de la Tierra, la gran madre.
Su segundo movimiento la colonia humana. Esa niña que se pierde en las aguas del diluvio, esos montes y esos ríos.
Va siguiendo por memorias ancestrales del origen de la madre.
Acumula en sus entrañas tantas vidas del pasado que el dolor que la atenaza la amenaza con el llanto. No es pasajera pasiva, se entristece a cada paso.
Quien espera desespera, dice el refrán.
Jorge, a ratos, se acerca a la puerta del dormitorio, algo le detiene, aunque nada oye le sorprende el silencio más allá del que sería dado tener en la habitación cerrada.
Hay un algo que le aleja.
Aunque quisiera traspasar el umbral el sabe, no sabe como pero lo sabe, que es inaccesible.
Una fuerza se lo impide. El no la ve pero existe.
A los lados de la puerta dos guardianes la protegen uno es 'día' y otro 'noche', cancerveros adormecidos vigilantes.
En el quinto día Jorge ya no resiste. Se acerca decidido a franquear la puerta como sea y contra quien sea. Un perfume a rosas lo invade y detiene su empuje. Sorprendido se para y sin control de sus actos se da la vuelta y sale de la casa.
Hay realidades que se mueven en ese mundo del que ya no forma parte.
Ve a las gentes yendo de un lado a otro y se siente suspendido en el tiempo.
Han sido días y noche en vigilia, algo dentro de él se ha fracturado.
Sus pies le conducen no sabe dónde.
Llega a la consulta de su médico se sienta y espera. Pasa la mañana y unos llegan y otros se van. Él en un rincón ensimismado. Ya todos los pacientes han sido atendidos, no queda nadie en la sala de espera. Sale alguien en bata blanca y le mira. Se da la vuelta y se dirige a él.
-¿Espera, usted, a alguien?
Jorge no contesta. Sorprende su aspecto desaliñado, barba de cuatro días.
Insisten:
-Señor, ¿le sucede algo?
Jorge no responde, está ido.
Sale esta persona y regresa con dos más.
-Es extraño, lleva toda la mañana allí quieto.
-Llamemos al 061.
-Sí, mejor que se hagan cargo de él, no sea que de tanto insistirle le de algún mal arranque.
Se retiran y llaman por teléfono.
-Hola, tenemos una persona, un hombre que presenta mal aspecto.
-No, no hay forma de saber nada.
-Sí, hemos intentado preguntarle, pero no responde.
-Bueno, han dicho que ahora vienen.
-Mejor que sea rápido porque hay que cerrar y volver a abrir dentro de dos horas.
-Tendremos que quedarnos de guardia un rato.
-¿Queréis que traiga unos bocatas?
-Yo de tortilla y pan con tomate.
-Yo también.
-¿Y para beber?
-Para beber agua.
-No, yo una cervecita 'sin'.
Un silencio tenso ocupa el espacio.
Jorge de pronto se da cuenta de que no hay nadie y se levanta de su asiento.
-¿A dónde va?
Él ni se da cuenta de que le estan hablando y sigue camino de la salida pero la encuentra cerrada.
-No, no es por allí.
-Salga por esta puerta pequeña.
-Ya hemos cerrado.
-¿Quería algo?
Él no contesta, se va. Sigue por la acera hasta que se encuentra con el cruce de otra calle. Cruza sin mirar, casualmente en ese momento hay poca circulación y los coches que pasan consiguen evitar un posible impacto. Sigue caminando sin prestar atención a nada. Llega a su portal y sube. Se sienta en el sofá y se cubre la cara con sus manos. En ese momento una fuerte tensión en su garganta aflora en fuerte llanto.
Tras el llanto Jorge entra en un profundo sueño.
El olor a rosa ocupa el aire de la casa.
Llegan los hijos. Al ver a su padre dormido de mala manera sobre el sofá intentan moverlo para que despierte.
-¡Papá!
-¡Papá!
No consiguen, de ninguna de las maneras, despertarlo.
-Es curioso, ¿no hueles a algo extraño, como a flores?
-Sí, parece que se haya derramado algún perfume. Es un olor muy intenso.
-Sí, de rosas.
-Es cierto, pero nunca hubo un perfume ni ambientador que tuviera olor a rosas. A mamá le gustan otros olores, no los florales, más como de madera o resina. No se suele perfumar, mas bien sale del baño con olor a limpio.
Intentan, de nuevo, despertar al padre. Lo hacen con dulzura, como si de un niño se tratara.
-Papá, despierta.
-Venga vamos a la cama y te acuestas, estarás mejor.
Los hijos cogen a Jorge y lo llevan a la habitación. Éste, aunque dormido, se deja llevar.
Abren la puerta y encuentran a la madre tendida sobre la cama, desnuda y profundamente dormida. No osan despertarla. Se acercan con sumo cuidado y colocan a Jorge a su lado. Salen muy despacio para no hacer ruido y cierran la puerta para que nada les moleste.
Vuelven al salón y se sientan en el sofá.
-¿Te has dado cuenta?
-¿De qué?
-El olor a rosas salía del cuerpo de mamá.
-Sí, es cierto. Habrá cambiado de perfume.
Quedan pensativos y en silencio.
-Sabes qué, mejor nos vamos y los dejamos a su 'bola'.
-Sí, mejor.
-Algo les está pasando. ¿Será la crisis de los cincuenta?
-Si no estamos en casa les será más fácil hablarlo y se arreglarán mejor. ¿No crees?
-Sí, claro.
Salen los dos hermanos y cierran la puerta tras de sí.
Jorge y Ana están de viaje.
Él entra en su sueño sólo y perdido. Todo es oscuridad y vacío.
Ana está en otro espacio y en otro tiempo.
Jorge va vagando en el oscuro vacío, nada le referencia, nada a que asirse. Al principio del viaje sufre pánico y desconcierto. Poco a poco se acostumbra y conforme se calma el espacio se hace visible. Camina por terreno pedregoso entre marañas de arbustos, arañazos en su cuerpo que él no siente. Espesura boscosa le acorrala. Sigue estrecho camino de piedras y arenilla, es noche y no hay luna. Aullidos y cloqueos, silbidos de aves nocturnas. En un principio permanece quieto, pero toma uno de los caminos sin saber bien hacía dónde. Seguirá por este laberinto largas jornadas sin luces ni nadie que le oriente o acompañe.
Ana se encuentra entre montañas formando parte de un grupo de personas reunidas en círculos concéntricos alrededor de un fuego espectral. Son mujeres, niños y niñas, ancianos y ancianas, y en el círculo externo hombres. No hay comunicación verbal, signos gestuales y telepatía. Los únicos sonidos son los del entorno. Una gran cascada cae en pendiente de entre las montañas.
Ella no se sabe como quien fuera es otra y se reconoce como Aurea. Se siente en otro cuerpo y otra mente, es ciega pero sus ojos no son necesarios capta lo que la rodea con mayor intensidad. Su piel esclarecida blanca como la nieve y su cabello cano, muy largo, cae sobre su espalda como una cascada. Viste túnica transparente que deja entrever su cuerpo, que nadie ve desde los ojos físicos sino los del alma.
Se pone en pie y empieza con suave balanceo al ritmo del murmullo del agua y el susurro del viento. Es un rito iniciatico, ella es el centro de ese movimiento que se va extendiendo a todos los círculos, de dentro a fuera. Sus mentes confluyen en un único pensamiento, una idea compartida por todo el grupo. Se alcanza el éxtasis del grupo y el murmullo del agua, el suave susurro del viento y ellos forman una unidad, son uno en su totalidad.
Vivimos en distintas realidades. Nos creemos habitantes de un mismo tiempo y espacio. Sólo es una creencia.
Jorge sigue perdido en la profunda espesura oscura de una noche perpetua.
Aurea, quien otro tiempo fuera Ana, ha encontrado un nuevo sentido. Se ha unido con el 'ánima mundi' que todo lo abarca y contiene.
Serán, en su caso dos nuevos años. Para sus hijos apenas dos días.
Para llegar al rescate bastará una mano inocente, en nuestro caso dos. Serán los hijos, que de alguna manera son ellos mismos, quienes traerán a los padres de nuevo a casa.
Bastará no saber nada para que así se resuelva el enigma que traza este viaje.
No se aman y la carencia ha destruidos los hilos que dan orden a la vida. La urdimbre que todo lo guía.
Serán los hijos que en su ignorancia recogerán los restos de estas dos almas solitarias.
El cambio tendrá un precio, ella volverá ciega y envejecida, él perderá toda posibilidad de cordura y será el tiempo y los mimos del hijo y de la hija que obrarán el milagro de los padres recuperados. Serán muchos días tras el retorno de estas dos almas perdidas.
24/09/2007
Estás dolida. No sabes de qué te dueles, pero sientes la llaga que supura, herida hace tiempo padecida y no reconocida.
Hubieras deseado que no se hubiera dado el exabrupto, un acto más racional, menos precipitado.
Le oyes y algo se revuelve dentro de ti, algo así como una rabia contenida, un rechazo.
No sabes y quieres saber.
Era tan fácil seguir y ahora es imposible. De pronto nada tiene color. Se apagó el mundo y te cruza por la mente la frase: 'que se pare el mundo que me bajo'. En otro tiempo era posicionamiento revolucionario. Ahora la sientes en toda su esencia y te da miedo, porque parar el mundo y bajar no tiene otro significado que desconectarse. Te aterra este pensamiento. No quieres mirarlo. Una figura espectral toma forma tras las puertas de tu alma. Te paraliza el pánico.
Te preguntas que diantres ha sucedido o que venda de tus ojos ha caído. Era falso sentimiento. Era acomodo por el entorno que todo lo vuestro dibujaba como perfecto y extraordinario.
Sucede a veces que no nos atrevemos a cambiar el guión que devuelve la lectura que de nosotros hacen.
Esos hijos que ocuparon tantos años de tu vida fueron quizás la pantalla que impedía a tus ojos la mirada. Lo amaste, fue amigo, pero hace tanto tiempo de ello que te cuesta recordarlo.
Miras y no ves nada, eso te acobarda. Volver a la rutina de los días y las noches. Qué lo hace tan difícil. Deseas simplificarte, acomodarte. No puedes.
Sigues perdida por las calles. Al fin frente a tí el mar, 'ese mar de todos los días', te suena a verso. Te sientas en el primer banco que encuentras y te pierdes en el oleaje, suave. Oyes un concierto discordante, gaviotas.
A lo lejos un velero. Te sientes carga en la espalda, carga de muchos pesares. Te sientes cansada. Cada músculo de tu cuerpo se manifiesta incomodo, pesado y dolorido. Los cabellos pesada carga. Cierras los ojos y entras en tu conciencia. Bajas a los pies y notas su pálpito.
Buscan un caramelo que te endulce. Tienes la boca seca. No sabe. Lo retiras de tu boca con gesto amargo. Te levantas y emprendes la marcha por el paseo trazado al par de la orilla.
Vas pasando por delante de unos y otros garitos, no te atrae pararte. Recorres distancia y al fin ya en el tramo de la Barceloneta reconoces el rincón familiar de otros tiempos. Te sientas en una de las sillas y ante el camarero que se ofrece formulas tu deseo, uno de los tres deseos:
-Un agua, por favor.
Te recoges en ti y te adormeces. Tanto cansancio al final cede. Quedas ensimismada. En ti.
Estaba ella en su rincón. Se sentía ofuscada y sin embargo de sus labios salió dibujada una sonrisa, un fino gesto apenas perceptible. Su rostro reflejaba relajación y ensoñamiento del alma.
Fue en ese entonces cuando alguien la miraba, él.
Ella no se apercibe de la presencia, está navegando por los aires en ese globo que la transportaba sobre la ciudad dormida.
Recuerda el sueño que cuando despertara no había recreado en su memoria y que justo en este momento ocupa su pensar.
Nunca ha pensado que hacer determinadas cosas podría ser interesante o divertido. Como aquello que él decía de volar con un globo sobre la ciudad dormida.
La ciudad dormía en su sueño y ella veía las caras de los durmientes, sin extrañeza. Flotaba en un globo de múltiples colores que la transportaban con suavidad. En su sueño visitó su cama de niña, su cama de jovencita, su cama de anciana. No su propia cama, la que ocupaba en su sueño, el globo sería y por ello no la apercibía. Volaba, se deslizaba sobre los tejados de la ciudad, no ésta. La ciudad no conocida la ciudad de sus sueños. Se sentía liviana y sin bloqueos, liberada.
Cuando despertara, en la mañana, su cuerpo en el retorno se quejara. Un golpe de sangre subiera a su cabeza, palpitara sobre sus sienes en un martilleo persistente. Él a su lado, ella entristecida.
Dejó las sábanas y se dirigió al baño, la ducha. El agua caía sobre su espalda dolorida. Su mente autómata en acciones cotidianas de nada se ocupaba.
Y así atontada siguiera los pasos que con el la llevaran.
Ahora lo recuerda y se mira en ese recuerdo, se objetiva se convierte en espectadora de si misma.
En este recuerdo su gesto endurecido. Él ha marchado y no se ha apercibido.
-No, no hay tiempo para recuperar.
-Debo tomar la salida.
-Quiero tomar las riendas de esta vida, mi vida.
Expectante de si misma recorre territorios inexplorados, no explorados por ella. Su vida como si de una extraña fuera sabida.
Qué le importan las vidas ajenas. Sólo se tiene a si misma.
Los hijos, proceso biológico, tarifa de vida. Que planificaciones ni que peras en vinagre, arranque puro arranque tirón hormonal y del deseo. En su tiempo control con pastillas y una vez camino de Londres para interrumpir lo que en ese momento se era incapaz de afrontar y después ocultado sin soporte médico ni psicológico.
Sus hijos, es cierto, los siente carne de su carne, sangre de su sangre. su madre le dice, en la ancianidad, que los hijos son del alma. Se siente en sus hijos, pero ellos no son ella. Ella lo sabe. Costó compartirlos con el mundo. Que madre no hubiera querido conservarlos en su propio seno y que se detuviera el tiempo en ello. Somos generaciones de seres en plena deconstrucción psíquica y biológica. Historia, la nuestra, que viene de paso. En nuestro ser, la esencia, todo es cambio, nada permanece. Hacemos que la vida tenga orden, le ponemos tiempo en lo antes y por venir. Punto de partida y punto de llegada, la nada; y en el entreacto está lo que damos en llamar vida. La esencia es la degeneración, la disolución, la transformación en vacío. Polvo de estrellas que vuelve a ellas.
Y esta entelequia que llamamos vida se pierde en la memoria colectiva que recoge lo que recoge y desecha lo que se pierde.
Nadie en vida te puede 'retratar', menos después de vivida. Retazos de tu historia construirán un guión y diran de tí, de quien digan que tu fuiste, hacías o eras.
Te pareces a tu madre, te dicen, y tu te miras, la miras, y no te reconoces en ella. Ves registros del pasado y reconoces rasgos familiares, que hubo identidades. Se integraban en su medio, su entorno, contexto ya perdido y que el recuerdo emborronado apenas vislumbrado tras memorias selectivas, interpretaciones vivas.
Los propios pensamientos sufren el proceso, colonizados socialmente. No eres sin ser en el grupo al que perteneces y la cosa se complica, muchos marcos de referencia para este milenio que empieza . Los entornos que generan opinión y hacen que te sientas bicho raro. Ocultas bajo máscara aquello que ves rechazado. Te haces tantas preguntas a pesar de tus años. No encajas las miradas primitivas, de primate mal fundado, que se hace de forma reprobatoria y agresiva al distinto. Esa mirada de asco y rechazo. Mirada de desprecio al que fuma, al obeso, al distinto en maneras y formas. Aquello que manifiesta diferencia. Ese yoismo del grupo que desprecia y proscribe desde siempre y hasta ahora.
Kafka se sentía cuervo despreciado.
Esta perspectiva aniquila al ser humano. Se fractura la persona. esa actitud despreciativa no es integradora, es lesiva. La persona no se supera, se hunde más si cabe en ese magma social de desprecio y desamparo.
En este recogimiento te has destapado y descubierto que no debes permanecer en el mismo lugar, que debes dar el paso que te lleve a la libertad.
Sucedió en algún momento que ahora se te escapa. Él dejó de ser para tí quien antes fue. El amor tiene fecha de caducidad. Lo lamentable es que aunque la vida lo confirma no reaccionamos a tiempo y nos dejamos llevar. No sientes y eso te marchita. Poco a poco has ido muriendo sin percatarte de tu pérdida.
Ana mira su reloj y se levanta de su asiento. Levanta la vista y a lo lejos ve una figura reconocida, es Jorge.
-¿Me ha visto y sin embargo no ha osado molestarme?
-¿Qué novedad?
-Debería llamarlo, ¿para qué?
-No, prefiero seguir con mis pensamientos.
-Tomaré el camino contrario. Buscaré un lugar para comer. Allá por la Boquería, cerca de la Ramblas.
Ana marcha con buen paso.
Jorge ni se apercibe del cambio, no osa mirar atrás cual mujer de Lot no fuera se volviera estatua de sal.
Él camina lento y encorvado, ella nunca lo viera tan abatido.
El cielo está encapotado, las calles húmedas por su proximidad al mar.
Toma la ruta del muelle, el moll de la fusta, y se entretiene mirando el ir y venir de las gentes. Un olor impregna el ambiente, mezcla salina y aceitosa de las naves que por allí bogan.
La estatua de Salvat Papaseig con su oscuro porte frente al mar.
Llegando al final recuerda sus primeros años en esta ciudad. Mañanas de sábado en que venía con un libro y sentada en las gradas pasaba horas leyendo y mirando a su alrededor. Eran paseos solitarios, por las Ramblas y las Drassanes, llenos de ilusiones y sueños que ahora con decepción reconoce olvidados.
Cuando empezó su relación con Jorge fue puro fuego, choque de trenes. La convivencia y el día a día lo fue apagando. Esa mirada que un día descubriera en él no sabría decir qué, pero había mudado.
Sabe que sabía y sin embargo se apunto al engaño, autoengaño. Ya le pasaría y es cierto le pasó. Volvió a ella en el momento que ella hubo apagado todos los circuitos para que no le hicieran daño. Al principio disimulo al final ni eso. Excusas de las más nimias eludiendo abrazos. Acostabase más tarde esperando que él estuviera dormido para no negarse o disimularse.
Ahora se enfrenta cara a cara con estos hechos y dice que ya basta que el disimulo y el engaño le han hecho aún más daño.
No volverá a ese juego.
En un callejón encuentra ese restaurante de comida casera. La gente debe ser habitual por como se relacionan. Ella ocupa un puesto en una de las mesas. Recuerda que iba a este sitio, de ello hace tantos años que es posible que sea distinto. Su sorpresa es grande, parece que se hubiera detenido el tiempo, funciona igual. Se siente cobijada, como en casa.
Los camareros son jóvenes venidos de otras tierras. Antes eran andaluces ahora por lo que ve deben ser de otros países.
En el menú hay novedad, para ella, cuscús. Lo pide. Recuerda que su tío una vez les hiciera los honores preparándolo en su casa.
Está relajada, se siente acompañada. Cuando termina sale a la calle decidida a ir a su casa.
Sube la Rambla hasta la Gran Vía y entra en el metro. Lo hace con paso firme y suelto.
-No más engaños.
-A partir de ya voy a pensar con claridad.
-De momento le plantearé a Jorge que quiero una habitación propia.
-Son muchos años de convivencia será cuestión de intentar llegar a un acuerdo en el que no nos sintamos mal.
-No le quiero como hombre, es el hombre que amé pero no puedo superar los cuernos que un día me puso. Ya no me duelen, dolieron tanto que para sobrevivir cerré todos los canales.
-Volver a intentarlo no es mi propósito.
-Quiero mi libertad.
-Me acostumbre a ser compañera, no quiero recibir ni dar nada más.
-Así se lo voy a plantear.
Con estos pensamientos iba pasando una y otra estación hasta que llegó a su parada y bajó. Tomo el camino de la casa y cuando entró en ella frente a Jorge todo flaqueó. No podía hablar, no todavía. Marchó a la habitación y se sentó en la cama. Él se aproximó. Ella le dijo:
-Déjame sola, por favor.
Jorge asintió y la dejó, no la quería molestar. Le daría todo el tiempo necesario. Era muy importante para él, era su vida.
Ana se ha alejado por las calles de la ciudad, perdiéndose en la vorágine humana.
Jorge está devorando cada uno de sus pensamientos. No acaba de creer que esto esté pasando, que le esté pasando a él.
¿Cómo es posible que no se diera cuenta de que algo no funcionaba?, piensa.
Y no hay forma de saber que se lleva entre manos.
-Ha pedido tiempo, ¿qué tiempo ni qué...?, no entiendo nada.
Dice en voz alta.
Se descubre gesticulando y hablando sólo. Esto le inquieta. Se silencia.
Coge el teléfono y llama, la llama.
-Ana, por favor escucha.
-No, no me cortes ahora.
-Ven, hablemos.
-¿Cómo puedes ser tan...?
-¡Me ha dejado con la palabra en la boca!
En un impulso contenido casi tira el teléfono al suelo. Bruscamente se lo guarda en el bolsillo y enciende un cigarrillo con gesto nervioso. Camina por la acera de arriba a bajo. Al final se para y toma una decisión. Marcha en dirección al mar.
Solían bajar a la playa en sus largos paseos, desde muy temprano, las mañanas de los domingos. Esto cuando aún no tenían los hijos y vivían como pareja sin más vínculo que la voluntad.
Recuerda las charlas que solían tener. Hablaban de todo y muchas veces discutían por cualquier chorrada, discrepaban en muchos asuntos. Eran tan distintos y al tiempo tan cómplices.
Sus ojos adquieren ese brillo que da la emoción. Saca sus gafas y las limpia con un trapito. Acelera el paso.
Se dirige al Puerto, a aquel café dónde permanecían largas horas repasando los diarios y suplementos matinales.
Las calles estrechas. La Barceloneta con sus casa y sus calles. Esa humedad que da la proximidad del mar. Ese olor peculiar de las cocinas de los restaurantes que preparan diversidad de mariscos.
Chicas y chicos en patines que en esta parte de la ciudad son habituales. Alguno en bicicleta.
Los chiringuitos que a estas horas empiezan a prepararse para la llegada de turistas. Algunos autobuses de los que transportan personas de comarcas que hacen su excursión a la ciudad condal. Reconoce nuevas voces, la riqueza del lenguaje que se comparte en una localidad. Es una cierta musicalidad.
En estas observaciones se distrae. Mira y allí está. Acelera el paso.
Al poco se detiene y se da la vuelta.
Ha visto en su cara una expresión nueva. Ella no le ha visto, no da muestras de ello.
Recapacita.
-Está consigo misma, no la importunaré.
-Quiere pensar.
-Mejor la dejo.
-La veo bien, mucho mejor de lo que hace tiempo la estuve viendo.
-Ahora me percato, ¿qué ciego estuve?
-¿Cómo pude pasarlo por alto?
Él marcha hacia otro lado.
13/09/2006
Cierra los ojos y no mira. Una sospecha, un no se sabe qué.
Sale de la casa pausadamente, indecisa.
Vuelve atrás, enciende la luz y mira hacia la mesa, parece que algo busca. Un ligero mohín se dibuja en su cara.
-A qué esperas, vamos.
Él la mira y aprieta los labios en un gesto contenido.
-Quieres hacer el favor de darte prisa, que vamos a hacer tarde.
Ella desiste de la búsqueda y sale.
-No sé, siento como que algo me dejo, no sé.
-Quieres poner de tu parte, Ana.
-Tranquilo, ya he salido, ¡vamos!
-Sucede que entre unas cosas y otras nos queda tiempo justo para tomar un café.
-Ya lo tomaremos después, cuando lleguemos cerca de la consulta, y si no da tiempo te quedas en el bar que yo ya entraré sola.
-Ni hablar, ¿para eso te he estado esperando?
-¿Para eso te vengo a acompañar?
Dice irritado.
-Ya te dije que no era necesario, que yo sóla me basto.
Hay tensión contenida.
Él la mira con indignación.
-Ósea que cojo la mañana libre para poderte acompañar y ahora me dices que te vales tu sóla.
-Bueno, frena, no te pongas así.
Apresuran el paso y entran en la estación de metro. Él se adelanta e introduce su tarjeta y pasa. Desde el otro lado de las máquinas de paso la mira con cara de pocos amigos.
-Toma la tarjeta.
-No hace falta, ya llevo una.
Ella busca en su bolso en uno y otro compartimento, saca su tarjeta y la introduce en la ranura.
-He cambiado el bolso y ahora no me aclaro con éste.
Él no contesta.
Se oye la llega un metro en ese momento, bajan corriendo las escaleras y llegan al andén justo a tiempo para subir a él.
En todo el trayecto no hay palabras. Silencio.
Se han sentado y cada uno se pierde en sus pensamientos.
Ella cabizbaja mira al suelo. Se oye alboroto en la siguiente parada.
Algo sucede, el tren del metro no sigue su marcha.
Él la mira de vez en cuando. No median palabras.
Ella levanta la vista y observa distanciada. En el vagón que queda delante unos jóvenes están haciendo movimientos cogiéndose de las barras. Piensa que deben estar intentando hacer cómo aquellos que se exhiben en los circos.
Sucede que algo no va, no sabe qué. Se levanta y sale del vagón.
-¿Qué haces?
-¿A dónde vas?
Le espeta sorprendido.
-A casa.
-¿A casa?
-¡Sí, a casa!
-¿Y para esto me haces venir?
-No te pedí que vinieras. Así pues, ¡déjame en paz!
Él la coge por el brazo intentando retenerla.
-¡Que me dejes en paz!
-¡No aguanto más!
Él queda perplejo. La deja ir soltando su brazo.
-Desde luego, ya te dejo en paz.
Indignado se aleja, no mira hacía atrás.
Ella camina. Unas lágrimas corren por sus mejillas. Con unos manotazos se las quita y arranca a correr como alma que lleva el diablo. Al cabo de un rato se detiene mira a un lado y a otro.
Al otro lado de la calle hay una cafetería, entra y se sienta en la barra.
-¿Qué le pongo?
Mira enfrente de ella, se ven unos bocadillos pequeños.
-Un bocadillo de esos.
Señala enfrente.
-¿De qué lo quiere?
-¿De qué son?
-De atún, de jamón, de fuet, de chorizo,...
-De fuet, por favor.
-Un agua y un cortado, por favor.
El camarero coloca un vaso y un botellín de plástico delante de ella, va a buscar un plato y mientras tanto prepara la cafetera.
Ella desenrosca el tapón de la botella y empieza a beberse el contenido. Piensa: -tengo la boca seca-. El camarero le pone el bocadillo delante y ella mecánicamente empieza a comerlo pasando en cuestión de segundos a comer con avidez.
Mira a su alrededor y observa como el camarero está anudando un delantal que ajusta con fuerza a su cuerpo. Se para y advierte que el ambiente del local es agradable, hay buen 'rollito' entre la gente. El local es grande, al fondo se ven unas mesas donde la gente mantiene conversaciones animadas, a su lado un señor está ojeando el periódico. Entra alguien con paquetes de frutas. Piensa en ello y una sonrisa se dibuja en sus labios. Después echa azúcar al cortado y se lo toma saboreándolo.
Observa la caja al otro lado, se levanta y ve que hay una bandejita con su cuenta, entrega un billete y después recoge el cambio.
-¡Gracias, hasta luego!
Sale a la calle decidida.
La gente camina por la ciudad. Unos niños de la mano, un niño y dos niñas, de dos mujeres.
Ella piensa, -claro, han vuelto del veraneo ya pronto empezarán a ir a la escuela-.
Baja la calle, por una calle, sin hacer giros y bajadas como suele. Pasa por delante de un colegio, en el suelo restos de basura mal recogida, cosas de barro pintado rotas y otros restos de manualidades. En la esquina, más abajo, ve un grupo de chicas. Las mira y capta la mirada de una de ellas que se percata de su mirada, desvía la vista porque no quiere molestar. Piensa que quizá sean alumnas del instituto. Observa que van con pantalones cortos de color caqui, parecen prepararse para una excursión pero no llevan mochilas ni bolsas, se le ocurre que es coincidencia en el vestir, más o menos como el hecho de llevar vaqueros. Después de pasar de largo y cruzar la calle piensa que quizás no sean tan jóvenes como para ser alumnas del instituto. Las proximidades de los institutos son lugar de encuentro para ex alumnos. Se percata de que no sólo eran chicas, qué hizo que le pareciera presencia sólo de chicas. Sus pensamiento la llevan a pensar en lo a gusto que ella se encuentra con las compañeras de trabajo, algún compañero hay, no muchos. Ya se sabe que en los colegios los hombres escasean, la docencia es un trabajo feminizado.
Suena el teléfono. Mira y reconoce que es él. Duda en recibir la llamada o rechazarla. Con gesto decidido contesta: -¿Si?
Largo rato mantiene el teléfono en su mano, por lo visto él no para de hablar. Su gesto se endurece.
-Perdona, si sigues por ahí te corto.
-Déjalo ya, por favor.
Retira el aparato de su oreja y cierra la conexión.
De nuevo suena. Lo mira i aprieta durante un rato para que se desconecte y lo guarda en el bolso.
Da un respingo y sigue su marcha de forma precipitada.
Piensa que no son maneras, que algo va mal.
Se pregunta qué ha sido lo que le ha hecho tomar esa salida.
Recuerda estos dos meses.
Un vacío la invade.
Tiene que hacer algo, se la está jugando.
No se debe seguir con quién no te deja espacio ni aire para respirar.
Cuanto tiempo hace que no ha ido al cine. Sus compañeras hablan de tal o cual película. Se está quedando fuera. Y al teatro o a algún concierto.
Ha ido dejando que él decida. Él se mete en el ordenador y se está horas y horas. Se siente sola.
Han ido al pueblo y también a la playa. Odia la arena que todo lo invade.
Piensa que Luís y Julia, sus hijos, ya se han montado las vacaciones por su cuenta, que apenas si aparecen por casa.
- Hace tres veranos les planteamos que debían organizarse vacaciones independientes de las nuestras, digo planteamos, fue Jorge que insistió en la necesidad de recuperar nuestro espacio ahora que los niños ya no eran tan niños.
-Me siento sola, muy sola, y la casa se me cae encima. Me levanto con dolores por todas las articulaciones y las cervicales, por eso íbamos a la consulta y Jorge insistió en pedir permiso para venir a acompañarme, pero yo quería ir sola porque necesito hablar de la opresión que siento en mi pecho, el ahogo que está allí desde que me levanto hasta que me acuesto.
-Se me cae la casa encima.
-Tengo que hablarlo con alguien, pero con quien. Hace tanto tiempo que no intimo. Al principio con Jorge me bastaba, cualquier cosilla se hablaba y solucionado. Ahora sé que me he distanciado y que él o no se percata o no le interesa.
Pasa por delante de una frutería y entra. Mira las frutas y verduras, coge un paquete de plátanos y va a la caja. Se los pesan y le entregan el tiquet, busca en su monedero y entrega el importe justo. Sale a la calle.
Ya cerca de la casa ve que él la está esperando delante del portal fumando con gesto nervioso. Ella se para y se da la vuelta. Tira ese paquete de plátanos a una papelera y marcha en dirección contraria.
Marcha en dirección contraria, no se siente capaz de hacerle frente.
Necesita hablarlo, pero no con él, con él no podría.
Son tantos años de silencios contenidos, tantas ausencias.
Ella creía que vivía, pensaba que ésta era su vida.
Sucede que de pronto le ha caído la venda de los ojos y ahora no puede volver a dar los mismos pasos.
Necesita tiempo.
Coge su teléfono del bolso y lo vuelve a conectar, se para en la calle.
-Oye, Jorge.
Escucha con inquietud.
-Escúchame, por favor.
Se hace una pausa.
-Debes darme tiempo, necesito tiempo.
-Ahora no lo puedo hablar, necesito pensar.
Nueva pausa, escucha.
-Mira, te estoy diciendo que me des tiempo.
-No, no me pasa nada, sólo que...
Se interrumpe.
-Que te llamaré luego.
-Adiós.
11/09/2006
He puesto ante mis ojos un mandala luminoso que le he tomado prestado a mi reina de las nieves, ella supone que es sirena, yo pretendo que traerá sobre la tierra ese manto blanco acolchado
Sus colores sobre el tapiz iluminado parecen transferir a mi alma la luz filtrada por una vidriera de un gran rosetón
Cálido impone su presencia cuando cierro el navegador o me muevo entre programas
Ella desconoce hasta dónde me ha llevado mi afán ante el impacto visual
Tentada he estado toda la tarde de decirle que me lo había apropiado
He callado
Me reservo para mi el gusto de disfrutarlo
Esta amiga que es virtual me acompaña en muchas cuitas
Es mi hermana en sentimientos
Como tal yo la siento
Me he hermanado con las personas que del otro lado me llegan
Paso largas horas ante un rectángulo de luz moviendo mis dedos en teclas o pulsando un adminículo al que se llama ratón
Fantaseo sobre cosas que no me vienen impuestas
Me desplazo por un mundo que no me sería dado, por mi propia pereza
Mañana marcara su ritmo las horas de mi trabajo
Ahora estiro mi tiempo pues no me entran ganas de desconectarme del mundo
En el salón la tele entretiene a mi amiga
Ella allí y yo aquí
Hoy hizo una buena paella
Bien se me valió de ella, porque si no hubiera sido así medio como y medio bebo, voy picando quitándome la gana y cuando cae la noche un pequeño tente en pie
Muchas veces me planteo que debo dedicar menos tiempo
Me corto las alas un tiempo
Arremeto en el retorno y lo tomo con más brío
Así que hasta mañana, rectángulo de mi hacer, bien temprano te volveré a ver
Me machacan con los puntos y las comas, me da que no me acabo de acomodar
Debería dedicarle tiempo a la puntuación, pero entonces perdería la pulsión
Cada cual que tome pausa, allí dónde le parezca
Si volviera sobre el texto haría la mía propia

Hay días que dejaría de lado esto y volvería a la pantalla televisiva a tragarme lo que me ponen por delante, eso sí con el mando a distancia en la mano que para eso hay 'diversidad' de canales.
He pasado por casa de mi amiga, como todas las tardes, y me he encontrado con la serie de Bea. Me gusta verla desde la distancia, no me implico ni me siento seguidora. Comento el cómo está construido tal o cual personaje, le busco sus debilidades y sus puntos fuertes. La coherencia o la falta de ella. Por principio me adhiero al producto propio. Algunas veces, ya en mi casa, veo alguna de las cosas que se hacen en el canal local y defiendo su escucha/visionado para evitar la invasión mental que supone la lectura de los productos venidos de fuera. No soy seguidora de ninguno no por menosprecio, que ya no lo veo tan claro, sino por dedicarme a asuntos blogueros en mi tiempo libre y, como no, a algún sudoku que otro para agilizar la mente y evadirme de los comecocos laborales.
En las vacaciones, con mi madre, me pondré/pondrá al día de todos los asuntos de sus series favoritas. En ese caso es elemento que favorece conversaciones más profundas entre ambas.
En uno de mis relatos pongo en boca de la protagonista que: "Dicen que los culebrones son comecocos, "No te ralles", que dicen los más jóvenes. Se lo pasa en grande siguiendo los melodramas. Y el diario de Patricia es para pasárselo en grande. Que le han de contar a ella. Mucho más divertido que los tostones de antes."
Mi madre me decía ayer que le distraen y evitan que piense. Yo reconozco que hoy me distraigo con esto y que quizás mañana siga sus pasos. Ahora ya no puede leer, las cataratas se lo impiden y no nos atrevemos a que pase por un quirófano dado su estado de salud. Se adapta a sus limitaciones y me enseña el camino venidero.
ESPERANDO EL PRÓXIMO TREN, ESPERANDO QUE PASE.
ME DARÍA POR SATISFECHA SI ...
MORIR: SIMPLEMENTE SE CIERRA LA PUERTA Y HASTA NUNCA.
Fuimos felices en otro tiempo
Publicado en busqueda anterior, en Noviembre de 2006.
Me cito:
ESPERANDO EL PRÓXIMO TREN, ESPERANDO QUE PASE.
Sentada sobre su maleta con el paraguas abierto espera el tren que ha de llegar para llevarla a alguna parte. Cae la lluvia pero ella no se guarece bajo el techado, la lluvia chispeando sobre el paraguas le hace sentir la vida que corre por sus venas. Es tal la ansiedad ante el viaje que no se siente capaz de encerrarse tras el cristal de una ventana y ver la vida pasar.
Tras esa ventana alguien la mira. Un hombre que leía un periódico de la tarde se percata de su presencia y sorprendido ante la figura femenina sentada bajo un paraguas se siente atraído de tal forma que por nada del mundo haría otro gesto que no fuera mirarla, admirarla. Una taza de café humea sobre un plato en la pequeña mesa en que está instalado.
El reloj, esfera blanca saeteado por dos saetas negras entre las tres y las cuatro. Ella mira su muñeca, inquieta juguetea con su zapato negro de tacón alto. Levanta la vista hacía el círculo del tiempo y remira en su muñeca. Parpadea y se arrebuja en su abrigo de paño gris azulado.
Él observa sus facciones detenidamente. Piensa en aquellas diosas del celuloide y la imagina protagonista de alguno de aquellos dramas en blanco y negro. Juguetea con su imaginación y se adjudica papeles y galanterías. Es tanto el deseo de aproximarse que empieza a maquinar una y mil formas de acercamiento. Se levanta y de nuevo se sienta pegado al cristal mirándola.
Al poco ella se apercibe de que alguien la observa y sus artes de seducción se lanzan a la caza del hombre. Yergue su espalda y como quien no quiere la cosa se incorpora y se dirige al interior de la estación. Deja de interesarle el instante plácido que la retenía bajo la lluvia y se siente tentada por el juego de atracción y evasiva que del otro lado se propicia.
Él subyugado por el magnetismo de esa figura que se aproxima no puede apartar la mirada y la sigue en cada uno de los movimientos. Ella entra y con su mirada recorre toda la estancia. Se sienta en una silla a una mesa que está desocupada. La camarera se acerca solicita con bolígrafo en mano y una libreta.
Él observa cada una de sus formas, las más imperceptibles se hacen visibles. No puede evitarlo, nada más podría captar su atención. Un hormigueo le recorre la nuca, un deseo.