Me voy
ahora estoy aquí
Un paseo por la palabra
El florescente de la cocina ilumina las baldosas donde viven los enanos. Los fraguels detrás de las cortinas celebrán una corrida de toros y los pitufos fuman en el alfeizar de la ventana estrecha del salón.
Fuera es de noche y la gente prepara sus despertadores para no llegar tarde al mañana. Mañana trabajo y pienso en llevarme la fruta que nunca me llevo y que también seguramente olvide mañana.
David (el gnomo) salta desde los libros de la estantería de encima del ordenador y se sienta cerca del teclado, a mi lado. Se encarga de darle a las comas y de añadir palabras invisibles. Esas que a muy pocos pueden ver.
El ombligo rodó hasta sus pies igual que una canica, suave, redonda, perfecta como las pecas de Ana.
Ana lo recogió como si fuera una pelusa y lo lanzó al aire junto a un beso desilachado, tan redondo como los ojos de Otto.
Otto sonrió entonces y reconoció su vida sin pasado, ni origen, ni tiempo. Una existencia elástica e indefinida en la que siempre habitaría en un estado secuencial. Principio fin. Principio fin. Como una rueda a la que se le impulsa y vuelve a impulsar cuando está a punto de tocar el suelo. Otto se sabía feliz en aquel sinsentido circular, ningún mundo podía ser mejor que el placer eterno entre la redondez perfecta de los senos de Ana.
La mesa desordenada en una rutina interrumpida por los pasos, las velas, el incienso y una ciudad revuelta que se levanta a deshoras. No como yo, que me duermo temprano y me levanto antes con la sensación de haber soñado otro tiempo donde los conocidos me no me conocen.
La quietud de la estancia iluminada alinea las motas de polvo en mi corazón y yo pienso cómo limpiarlo. cómo puedo limpiarlo.
Aunque no respondas, ni nunca digas lo que quisiera oír.
Aunque me mires de lejos, fumes cada dos o tres horas, desaparezcas sin motivo y yo te vea marcharte detrás del frío, alejarte, desvanecerte sin poder siquiera retener tu sombra.
Sin que pueda hablarte de que tiemblo y me vuelvo enredo si te aproximas. Sin silencios, ni palabras, ni oportunidades. Sin ti nunca.
Permanezco.
Pensando en este extraño calor en las mejillas, este extraño gesto de imaginarte, extrañarte. Permanezco en autores y películas y canciones de siempre que nunca serán.
Aunque me invente la historia, seamos protagonistas, te toque, busque bajo tu ropa, te tambalees en mi cintura y me guste y diga que me gusta, y sepas al fin que me gusta. A pesar de todo me quedo en la desconocida angustia de pronunciarte y descubrirte duna, desierto.
Diciembre ha pasado de puntillas por la espalda de todas las personas sin nombre propio, por los individuos de besos de plástico y medias raciones de amor. Ha formado con ellos un ejército de artífices que vienen hoy a invadir las líneas de tus manos dejando tras de sí vestigios violetas como los de un crepúsculo violado por la claridad. En tu nuevo diseño han incluido azulejos oscuros y señales de Stop que paran el tiempo en el sexto mes con la intención de contar la misma historia en un idioma inventado.
Si repasamos tu reciente destino, poblado de puentes inalámbricos, acueductos obstruidos por la sal y arquitecturas de vanguardia, veremos las señales de humo que ponen en guardia al equilibrio: cada palabra precipitada contra el metal de tu ventana o el gesto que se esconde bajo la ropa para no cambiar la trayectoria. Esta madrugada decoré la muralla de tu recinto privado, investigué tus patios interiores buscando algún resto de noche cuando vencíamos nuestro peligro a través de guerreras y elfos habitantes de antiguos ejemplares. Recorrí parques vacíos, rotondas sin perfilar y calles cortadas por abismos, no encontrando más que huecos de espacio y tiempo y grúas metálicas que destruían nuestros edificios comunes. Me até a una veta de plata que tapó entonces mi esperanza y retirándome con ella pude verte desde lejos. Sentado en escaleras de piedra coloreabas las curvas que olvidaste en mi figura y leías en voz alta una literatura de hadas, que articulaba como murmullo la distancia de nuestros verbos, mientras inútilmente contabas las palabras que faltaban hasta llegar a un final feliz
Sonaba un clarinete y panteras merodeaban por los bosques del alrededor. La nieve espesa se deslizaba por las colinas con la intención de llegar al centro del corazón. Del corazón olvidado del planeta. Un cuerpo desnudo, nada espectacular, reunió a las panteras y les ordenó amor. Ellas, perplejas, rugieron reivindicando canibalismo. El hombre les explicó amor y ellas, confusas, rugieron de mentira y ocultaron el hocico entre las hojas de un abedul. La nieve devoraba insectos, flores y latas de cocacola.
Cristalizaba la vida para salvarla de la colisión estelar.