El fantasma de la ópera se ha sentado conmigo en el sofá. Ha acudido a mi llamada más rápido de lo habitual y todavía con migitas en la boca, de haber terminado de comer, me ha preguntado qué deseaba.
"Lo de siempre, fantasma".
Él me ha mirado con ojos un poco tristes, como queriéndome trasmitir cierta compasión. Yo la he acogido en silencio y la he enredado en mi bufanda, junto con otros gestos de lástima.
Después, fantasma ha vuelto a ponerse el casco de la moto, se ha subido en su Yamaha y se ha perdido por la avenida rápido y veloz.
La casa de las muñecas no le quedaba muy cerca, pero conocía el recorrido como la palma de mi mano, donde se trazaban las distancias a mis deseos y que él tantas veces consultaba.
Ha vuelto a la hora y media con una Barbie rubia un poco gorda, vestida en traje de baño.
"Toma, la representación de Malena".
"Gracias, fantasma. Prometo no molestarte en mucho tiempo".
Le avisé antes de que se fuera de que algunas migajas rodeaban su boca y él se las sacudió tranquilo, al compás de la última ópera de Cantarero.
Até la muñeca a mi muñeca, la apreté fuerte, cada vez más fuerte hasta sentir cómo me estallaban las venas. Cómo el brazo de plástico se partía.
Moríramos lentamente, entre nebulosas de humo espeso.
Malena y yo. Perdidas para siempre.
Fue el tango quebrado que asomó a la esquina de mi cuerpo sin prisa.
Y la estrella fugaz que chocó en mi ventana en noches contadas al revés.
Fue que no fue nada.
Apenas un sueño con aristas afiladas, pero bellamente adornadas, un viejo libro encontrado en un baúl; unas gafas que nada ven del mundo salvo su propio rostro estampado en los retrovisores de un coche, un puñado de ciudades con glamour y la ropa de marca.
Y mujeres, miles de nombres de mujer derramados en mi piel, en la mesa que como y las sábanas que arropan el silencio de mis noches. Silencio que ya añoraba, porque ahora, estoy cansada. Solo quiero deletrear mi nombre lentamente, para que el eco de estas paredes me recuerde que cualquier treinta y cinco de agosto bailé un tango canalla y que ya otros ritmos me esperan. Y suenan tan bien…

Un martes por la mañana Gregorio, al despertar, se dio cuenta súbitamente de lo monótono que resultaba vivir. Se sentó en la cama, taciturno, e hizo un esfuerzo por recordar su día a día habitual: dormía por espacio de 7 u 8 horas, luego despertaba, hacía sus necesidades, desayunaba. El tiempo que transcurría entre el desayuno y el momento del almuerzo podía dedicarlo a diversas actividades, aunque ahora no era capaz de recordarlas con claridad. Después de comer trabajaba, llegaba por la noche a casa, comía de nuevo, aunque ahora con la palabra cena por delante, y se encontraba otra vez en la cama. Al darse cuenta de todo esto sintió angustia. No era la primera vez que se sentía angustiado, sin embargo.
Gregorio se levantó, desayunó, hizo su cama, hizo sus necesidades, se vistió, leyó el periódico, leyó lo del cambio climático, vio la televisión, fue a la compra, cocinó un plato en el microondas, se echó un rato en el sillón. Una hora después estaba en el trabajo, delante de un ordenador, resolviendo quejas, consultando facturas. Ocho horas después se encontraba de nuevo en casa.
Su casa es como un cubículo. Tiene varias paredes pero conserva cierta forma rectangular. El cubículo está dividido en espacios, habitaciones. Varios cubículos conforman su edificio, y varios edificios unidos entre sí por calzadas dan lugar a los barrios que configuran su ciudad.
-Las ciudades no se encuentran solas ni son autónomas, se conectan unas con otras a través de varios medios: carreteras, vías de tren, rutas aéreas... muchas ciudades forman complejos aún más bastos: comarcas, regiones, estados. Vivo en un estado, en una región, en una ciudad, en un barrio, en un edificio, en un cubículo. Me encuentro en este momento sentado en mi cama, tras haber dormido, preguntándome por qué la vida es tan monótona y parecida a la vida de las personas que me rodean –dijo en voz alta. Frunció el entrecejo cuando llegó a la conclusión de que quizás si todo el mundo actuaba igual es lo que correspondía.
Intentó entonces pensar en cuando él mismo hacía cosas diferentes.
Recordó que en algún lugar de su habitación guardaba papeles de otros tiempos. Presa de una agitación febril, comenzó a desbaratar cajones en busca de esos papeles. Pero en su lugar encontró otras muchas cosas: facturas de telefonía, viejas revistas, algún periódico... más nada suyo, nada que pudiera haber salido de su cabeza y de sus manos. Se empezó a preocupar, como si todo lo que pensaba había sido su vida anterior no fuera más que el producto de su imaginación, pero debajo de esas otras muchas cosas descubrió una carpeta raída y azul. Al abrirla lo primero que vio fue una hoja escrita con lo siguiente:
Estrella
Simplemente quiero ser una estrella.
Quiero tener muchos brazos largos y amarillos.
Quiero brillar durante quince mil millones de años.
Quiero dar luz a seres con cabeza y pelo, con escamas y branquias, con plumas y pico.
Quiero, después, poco a poco, apagarme.
Y desaparecer.
¿Por qué es tan difícil? El cielo está lleno de estrellas ¿Por qué ellos pudieron y yo no?
¿En qué soy tan diferente? Yo también sé cegar, besar y sonreír por las mañanas. También creo que sabré morirme.
Gregorio lo leyó lentamente. Lo sabía, sabía que hacía años escribía cosas así. De todas formas se sintió sorprendido. Nunca se había propuesto llegar a ser una estrella, al menos eso creía, y sin embargo lo escrito le parecía redactado con mucha seriedad, casi una declaración de principios.
-Es raro –se dijo bajando la voz-. Me dan ganas de coger un bolígrafo, o el ordenador, y escribir algo más.
-Aunque no sé –siguió diciendo; se levantó del montón de papeles arrugados que lo rodeaban y volvió a mirarlos con angustia, aunque también con superioridad-; escribir qué.
-Puedo intentar escribir cualquier cosa –se animó. Echó a andar a través del pasillo que comunicaba su habitación con el comedor-escritorio y cogió un bolígrafo y alguno de los folios que siempre tenía desperdigados por la mesa. Febrilmente empezó a garabatear:
Mis días son iguales. Todos los días que recuerdo de los últimos años son lo mismo. Es verdad que hay cosas distintas, pero no es suficiente. A veces follo, y a veces conozco gente nueva y voy al cine. Pero tengo la sensación de que antes tenía otra vida dentro de mí. O a lo mejor es que he llegado a algún sitio al que no esperaba llegar hasta dentro de mucho tiempo. No lo sé.
Miró lo que acababa de escribir, satisfecho. Luego se sintió algo avergonzado; metió el folio en la carpeta raída y azul, la cerró y la guardó bajo el montón de facturas y viejos papeles de su cajón.
-Dentro de algunos años volveré a buscarla y sabré quién soy ahora.
Rafael P. Calmaestra
Le bastan dos adoquines con historia para ocupar un pequeño lugar en el mundo de los olvidados. Sus ojos brillan con el fuego nazarí del atardecer que tuesta su piel para confundirle con las notas que se deslizan por sus dedos.
Él no sabe de mis pasos lejanos ni de nuestros bailes cómplices y silenciosos cuando le miro.
Me siento donde él no pueda verme y respiro hondo el aroma del río que lo acoge.
Es entonces cuando comienza la magia e invento su historia mientras sus manos a ritmo de un vals francés reconstruye la mía. Y esos minutos a oscuras se convierten en la antesala del llanto, porque mis tristezas se postran ante él para besar su hambre- Mi nostalgia moja sus párpados cansados y mi lengua le susurra “mil gracias” al oído.
Él desconoce mis sábados a su lado y posiblemente las historias que cada uno inventamos al pasar por el puente. Pero sólo él puede hacerte sentir en la mediocridad de cualquier día, princesa en mitad de la nada y por un momento creer que el amor es tan fácil como cerrar los ojos y aspirar el aroma de un río.
Aunque él no lo sabe y por eso me gusta.
Maitía
