Libro de Arena
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Literaturismo

Un paseo por la palabra

El frágil baúl del cuerpo

Entró descalza por el corredor. El mármol le heló los pies y la piel se le erizó. Con un un frío impropio del mes de mayo caminó hasta el dormitorio. Tampoco esa noche había vuelto Jaime y a ella, de repente, empezaba a no importarle.

Pasó su rostro bajo el agua tibia de la ducha y elimió torpemente el maquillaje de su cara. Se miró al espejo con una actitud cansada, abatida por la decepción. Una nueva arruga saludó desde la comisura de sus labios y Elsa, por algún motivo, le dio la bienvenida. Cada pliegue en su cuerpo era testigo de un cariño distinto, de las risas más desmesuradas o las horas más pesadas del armario. El doblez de su boca volvió a mirarla. Elsa se recorrió por una vez más y lo entendió. Ella acababa de descubrir el último secreto de los volcanes y debería guardar silencio para siempre.

A las cinco y veintitrés minutos comenzaba a soñar con el Amazonas.

-> Foto enviada por Maitía

Otro género

Y la mujer se hizo mujer.

Y un do sostenido se sostuvo fuerte de su pelo para no resbalar como gota de lluvia y formar charcos a sus pies. Y anunciarle un llanto.

Y creció como relámpago hasta moldear cada estrella oculta en su piel y dar luz a la luz y luz a los hombres y luz al universo mentiroso de los libros.

En los museos ningún privilegio escapaba al pliegue triangular de su cuello y la gente se rendía, amable, dormida a sus espaldas.

Y ella dominó las grandes urbes y saltó la geografía del futuro.

Y el ser humano quedó en un efímero recuerdo.

Una nueve especie, singular y femenina, avanzaba desde los terrenos brillantes del desierto.

-> Fotografía enviada por Josema.

El inesperado encuentro de los dioses

Inauguro la sección Fotoletrismo con una de las imágenes que me ha enviado Josema.

Espero que los demás también os animéis a enviar algo :)

Cuando Jacobo alzó la vista una mujer dormía en su cama.

Sorprendido, enarboló sus rizos con la punta de goma del lapiz rojo que había trazado la arquitectura del templo romano y pensó.

Permaneció menos de un pequeño rato ordenando sus ideas.

La mujer, de espaldas a él, soñaba con imágenes urbanas. Alquien cogida a su mano le hablaba de filosofía antigua mientras la conducía a un ático del barrio mesopotánico. La mujer se sonreía con los ojos cerrados. Se dejaba llevar descalza y sin ni un atisbo de frío.

Jacobo que ya había dejado de pensar se levantó y llegó hasta la joven, que sin ser un poquito hermosa ocultaba un enigma bajo los labios. La observó de cerca. Sus rasgos le recordaban a alguien. Podía parecerse, si lo recordaba, a Marta la flaca: la camarera de la playa de vacaciones.

Pero no. No era Marta. Aquella muchacha tenía que tener un nombre mucho más sonoro. Redondo como su rostro.

La mujer subía, prendida del misterio de aquel desconocido, las escaleras de un viejo edificio. Los párpados le pesaban y el corazón pretendía cambiar de posición. Tras una robusta puerta de madera, alguien les abrió apenas pisaron el último escalón de mármol.

Por algún motivo ajeno a Jacobo, éste sintió unos deseos incontrolables de desnudar a la mujer. Se disponía a tocar su vestido azul cuando, al acercarse, ella ya mostraba los contornos de sus caderas, la rosada piel de su ombligo, una vulnerabilidad frágil y tentadora. Lo esperaba, tranquila, con los párpados pesados y un ritmo lejano en el pecho.

Cuando la mujer pasó al habitáculo, dos amantes follaban entre ruinas griegas como dioses impenetrables y poderosos. Al instante notó como su sexo se inflamaba. Todavía de la mano de aquel desconocida necesitaba rendirse al placer. Lo recostó junto a la pareja. Lo desnudó deleitándose en cada lunar, en cada isla que descubría.

Los cuatro intercambiaron susurros, gestos olvidados, se entendieron en otra lengua y vieron amanecer por el ventanal al amparo de cuatro chocolates calientes. El reloj marcaba las siete.