El ombligo rodó hasta sus pies igual que una canica, suave, redonda, perfecta como las pecas de Ana.
Ana lo recogió como si fuera una pelusa y lo lanzó al aire junto a un beso desilachado, tan redondo como los ojos de Otto.
Otto sonrió entonces y reconoció su vida sin pasado, ni origen, ni tiempo. Una existencia elástica e indefinida en la que siempre habitaría en un estado secuencial. Principio fin. Principio fin. Como una rueda a la que se le impulsa y vuelve a impulsar cuando está a punto de tocar el suelo. Otto se sabía feliz en aquel sinsentido circular, ningún mundo podía ser mejor que el placer eterno entre la redondez perfecta de los senos de Ana.
La mesa desordenada en una rutina interrumpida por los pasos, las velas, el incienso y una ciudad revuelta que se levanta a deshoras. No como yo, que me duermo temprano y me levanto antes con la sensación de haber soñado otro tiempo donde los conocidos me no me conocen.
La quietud de la estancia iluminada alinea las motas de polvo en mi corazón y yo pienso cómo limpiarlo. cómo puedo limpiarlo.
Aunque no respondas, ni nunca digas lo que quisiera oír.
Aunque me mires de lejos, fumes cada dos o tres horas, desaparezcas sin motivo y yo te vea marcharte detrás del frío, alejarte, desvanecerte sin poder siquiera retener tu sombra.
Sin que pueda hablarte de que tiemblo y me vuelvo enredo si te aproximas. Sin silencios, ni palabras, ni oportunidades. Sin ti nunca.
Permanezco.
Pensando en este extraño calor en las mejillas, este extraño gesto de imaginarte, extrañarte. Permanezco en autores y películas y canciones de siempre que nunca serán.
Aunque me invente la historia, seamos protagonistas, te toque, busque bajo tu ropa, te tambalees en mi cintura y me guste y diga que me gusta, y sepas al fin que me gusta. A pesar de todo me quedo en la desconocida angustia de pronunciarte y descubrirte duna, desierto.
Diciembre ha pasado de puntillas por la espalda de todas las personas sin nombre propio, por los individuos de besos de plástico y medias raciones de amor. Ha formado con ellos un ejército de artífices que vienen hoy a invadir las líneas de tus manos dejando tras de sí vestigios violetas como los de un crepúsculo violado por la claridad. En tu nuevo diseño han incluido azulejos oscuros y señales de Stop que paran el tiempo en el sexto mes con la intención de contar la misma historia en un idioma inventado.
Si repasamos tu reciente destino, poblado de puentes inalámbricos, acueductos obstruidos por la sal y arquitecturas de vanguardia, veremos las señales de humo que ponen en guardia al equilibrio: cada palabra precipitada contra el metal de tu ventana o el gesto que se esconde bajo la ropa para no cambiar la trayectoria. Esta madrugada decoré la muralla de tu recinto privado, investigué tus patios interiores buscando algún resto de noche cuando vencíamos nuestro peligro a través de guerreras y elfos habitantes de antiguos ejemplares. Recorrí parques vacíos, rotondas sin perfilar y calles cortadas por abismos, no encontrando más que huecos de espacio y tiempo y grúas metálicas que destruían nuestros edificios comunes. Me até a una veta de plata que tapó entonces mi esperanza y retirándome con ella pude verte desde lejos. Sentado en escaleras de piedra coloreabas las curvas que olvidaste en mi figura y leías en voz alta una literatura de hadas, que articulaba como murmullo la distancia de nuestros verbos, mientras inútilmente contabas las palabras que faltaban hasta llegar a un final feliz
Sonaba un clarinete y panteras merodeaban por los bosques del alrededor. La nieve espesa se deslizaba por las colinas con la intención de llegar al centro del corazón. Del corazón olvidado del planeta. Un cuerpo desnudo, nada espectacular, reunió a las panteras y les ordenó amor. Ellas, perplejas, rugieron reivindicando canibalismo. El hombre les explicó amor y ellas, confusas, rugieron de mentira y ocultaron el hocico entre las hojas de un abedul. La nieve devoraba insectos, flores y latas de cocacola.
Cristalizaba la vida para salvarla de la colisión estelar.
"Todo depende de la próxima canción" dijo ella y él contestó que sólo seguía a los Creedence.
Ella lo miró callada y optó por salir.
Fuera llovía como en las películas románticas y mientras se refugiaba en un soportal pensó en que si el beso con el chico se produjese en ese momento, de sus bocas saldría frío en forma de vaho y la escena parecería un anuncio de Halls.
Sonrió con la ocurrencia y paró el próximo taxi.
"A la calle 21"
Y en la radio los creedence dibujaron en su pupila el último recuerdo de aquella noche.
Eres una puta.
Ensucias tus pezones con barro de aceras muertas. Aceptas dinero en blanco de niños atormentados. Te mojas el pelo del semen animal del amante desamado y desarmas sus miembros para devorarlos. En tus manos cuajas líquidos amnióticos, y vomitas. Vomitas tu esencia en frases intoxicadas y pares. Pares entre sangre licuada enseres aplastados y cabezas. Cabezas de embriones descompuestos, envenenados por la saliva de tu lengua: masticada y corrupta adornas mentiras que explotan en los cerebros de tus hijos bastardos.
Eres una puta porque te vendes, porque cambias por un puñado de voces en tu nombre tu belleza, y porque estrangulas las manos del cercano con la intención de fosilizarlo y llevarlo hasta el último polvo de su garganta. Sabes a puta y así te relames, para masturbaste e integrarte en lo más grasiento de tu entre pierna. Extiendes el dedo a manosear tu doblez efervescente, y actúas como bálsamo entre lo violeta de tu sexo. Estás corrupta y te gusta. Te gustas más cada día. Transgénica. Con las noches te adulteras en tu escondite y recuentas incansable, los dólares que quedan hasta morirte.
Que los eclipses desterrados de otros planetas vengan de nuevo a engendrarte y desechen por siempre de ti lo más abominable. Aunque, por siempre ondee entre las hojas el hedor más intenso de tu puta.

Saturniana, ¿ves similitudes?
Desde las vidrieras de la catedral, las pastas de los libros de la biblioteca pública, las figuras que forma la humedad en la cal de la pared, o las venas de cartón de una marioneta se presiente que mañana nunca va a llegar.
Como una sonámbula he salido de casa en busca de un kilómetro encogido que me llevara hasta ti, pero las distancias se alargaban y los peces saltaban del agua para venir a morir a mis pies. Trepé los árboles del barrio hasta la copa más alta y topé con 36 gatos insomnes, que venían a ronronearme tus gemidos y los de todas las personas que como tú, descosían pieles para hilar otras nuevas y hacerles un amor fingido.
Las pupilas felinas dilataban la noche mientras arañaban a zarpazos el aire, con la esperanza de romper sus partículas y crear un resquicio por el que llevarme a tu comarca mediante carreteras sin intervalos espacio-temporales. El viento se abrazaba fuerte impidiendo cualquier herida por la que traspasar, sin embargo han caído alas rotas al suelo, piernas abiertas de mujer, nalgas arrugadas, bordados con costuras y una rueca sin hilo.
Se ha vuelto así la ciudad un laberinto de farolas muertas, donde todos éramos extranjeros con rostros cambiantes en busca de soles que prometieran un amanecer. Pero las fachadas de piedra con olor a mito, la bruma azulada venida del norte y el cielo invertido en tu recuerdo deslizan de nuevo un presentimiento: mañana nunca va a llegar. Porque mañana es cuando te fuiste, y el lamento de los gatos repitiendo tu música en el alféizar, se hará tan eterno como una espiral que deshace sus vueltas en mi cuerpo hasta deshilacharlo y convertirme en ovillo.
Archivo de Mi particular cosmos literario